El socialismo en España

Índice

Introducción
Convocatoria de Huelga General
Largo versus Prieto
El carácter del socialismo español
El movimiento cooperativista
Los sindicatos católicos

Introducción

En 1881 el partido fusionista de Sagasta subió al gobierno y restauró para las clases trabajadoras el antiguo derecho de asociación. Los socialistas podían en adelante, aparecer abiertamente. El partido fue fundado de nuevo con 900 miembros del sindicato de impresores y tipógrafos y un centenar procedente de otras profesiones, e Iglesias fue elegido secretario. Su primer acto consistió en organizar una huelga. Algunas imprentas habían rehusado cumplir con las obligaciones legales que tenían para con sus obreros. Estos, en consecuencia paralizaron el trabajo. La huelga fue de pequeñas proporciones — participaron 300 tipógrafos— pero, era la primera que se declaraba desde la restauración de la Monarquía y causó gran sensación.

Algunos periódicos hubieron de cesar en su aparición y toda la prensa, tanto la liberal como la conservadora, clamó denunciando a los socialistas. El gobierno intervino en favor de los propietarios y encarceló al comité de huelga. Pero el triunfo fue de los huelguistas y, aunque Pablo Iglesias fue sentenciado a tres meses de cárcel por su participación en el movimiento, el hecho de haber triunfado del gobierno y de las autoridades municipales proporcionó al Partido Socialista cierto prestigio. Una consecuencia de esta huelga fue que muchos periódicos e imprentas de Madrid se negaron a emplear socialistas. Comenzó un éxodo de tipógrafos y las doctrinas socialistas fueron llevadas a provincias. El movimiento, no obstante, progresaba muy lentamente. Sólo a partir de 1886 pudo tener un periódico propio.

En esa fecha fue fundado El Socialista como semanario, con un capital realmente humilde de 927 pesetas, que se habían tardado en reunir tres años y medio. La fundación del periódico condujo a una pequeña división dentro del partido. Uno de los artículos de su programa, redactado por Iglesias, expresaba la intención de atacar a todos los partidos burgueses y especialmente a los más avanzados. En esta decisión se veía la influencia de Guesde: los partidos avanzados eran los más peligrosos porque sólo ellos podían atraer los votos de la clase trabajadora. Pero, algunos de los más valiosos miembros del partido, entre ellos Jaime Vera, no se mostraron de acuerdo y lo abandonaron. Ello no desanimó a Iglesias, que durante los veinticinco años siguientes nunca abandonó una actitud que él llamaba de santa intransigencia.

El siguiente paso consistió en organizar un sindicato para toda España. La Federación Regional Anarquista, fundada en 1881, estaba por aquel tiempo desintegrándose y dejando por todo el país pequeños sindicatos que a menudo no tenían una orientación política definida. Captando algunos de estos sindicatos y sumándolos al entonces reducido de los tipógrafos, Francisco Mora y García Quejido lograron fundar en 1888 la Unión General de Trabajadores o, como suele ser denominada, la UGT. Constituía una sindical de tipo democrático social ordinario, moderado y disciplinado y sin ningún objetivo revolucionario inmediato. Sus huelgas fueron pacíficas y encaminadas solamente a mejorar las condiciones de vida de los trabajadores.

El número de sus componentes era insignificante: fundado con 3.300 miembros, necesitó once años para duplicar el número de sus componentes. La comparación con las crecientes fuerzas de los anarquistas era desalentadora. Parecía como si la clase trabajadora española no pudiera ser nunca conquistada para el socialismo. Una de las razones de este fracaso en atraer adherentes resulta obvia. El principio más importante que separaba al Partido Socialista de los anarquistas era su fe en la acción parlamentaria y municipal.

Sin embargo, por el hecho de que las elecciones eran un engaño y de que sus resultados eran decididos de antemano por el gobierno que se encontraba en el poder, resultaba evidente que los socialistas nunca tendrían la oportunidad de obtener un puesto, ni en las Cortes, ni en los ayuntamientos. Era insensato esperar que los trabajadores españoles acudiesen en gran número a las urnas sabiendo de antemano que los resultados eran falsificados. Por esta razón Iglesias se vio obligado a pensar en un plan de preparación moral adecuado a la clase trabajadora sobre la que su partido podía ejercer influencia.

Esto dio al movimiento socialista un carácter peculiar, severo y puritano. Los republicanos, contra los cuales estaban los socialistas en constante guerra, decían que todo aquello era cosa de frailes. Pero, el adjetivo frailuno no es, quizás, el más adecuado. Esta cerrada y estrecha congregación empeñada en mantener la pureza de sus doctrinas con su disciplina estricta, su entusiasmo austero y su inquebrantable fe en su destino superior, puede mejor ser descrita como calvinista. Había algo casi ginebrino en la gran cantidad de respecto a sí mismo, de moralidad personal y obediencia a la conciencia propia que pedía a sus seguidores.

El buen sentido de esta política quedó demostrado cuando en 1899, tras el golpe asestado al régimen por la guerra americana, la situación comenzó a cambiar. En dos años, el número de miembros de la UGT subió de 6.000 a 26.000. Hasta entonces, los únicos lugares en que el movimiento socialista había dado señales de vida habían sido Bilbao y Madrid. En este último lugar estaban agrupados más de la mitad de los miembros del sindicato y una buena proporción de los del partido, pero las posibilidades de expansión estaban limitadas porque, hasta la introducción de la energía eléctrica, algunos años más tarde, tenía pocas industrias y una escasa población obrera.

En Bilbao la cosa era diferente. Allí había existido un núcleo, casi desde el principio, entre los trabajadores de los Altos Hornos y había ganado prestigio por sí mismo en una serie de huelgas afortu- nadas. A pesar de tener que luchar para conseguir adeptos en un lugar de alrededores tan fuertemente católicos, su posición en las grandes ciudades industriales del país, después de Barcelona, fue decisiva y Bilbao vino a ser el principal centro de difusión del socialismo por toda España. Partiendo de allí, el movimiento se esparció entre los metalúrgicos de Asturias y entre los mineros de Linares en la provincia de Jaén.

Por toda España albañiles, tipógrafos, obreros metalúrgicos y mineros fueron inclinándose hacia la UGT más bien que hacia los anarquistas. Pero, aun así, el progreso era lento. Cada nuevo grupo tenía que luchar contra la amarga hostilidad de los patronos, de los ayuntamientos y de los caciques, cuyas acciones nunca fueron inhibidas por escrúpulos relativos a la legalidad de las mismas. Las elecciones continuaban llevándose a cabo por el mismo viejo sistema. Así, aunque el partido había obtenido dos puestos en el ayuntamiento de Madrid, no tenía todavía un representante en las Cortes. Además, los reducidos salarios de la gran mayoría de los trabajadores españoles hizo difícil su adhesión a un sindicato de cuota relativamente alta.

Por entonces se extendieron por España las casas del pueblo Eran una institución de los socialistas belgas que Lerroux trajo a Barcelona en 1905 para su Partido Radical y que Iglesias hizo suyas también. Cada Casa del Pueblo contenía las salas o despachos del comité de la rama local del partido, una biblioteca gratuita que contenía no solamente literatura socialista, sino también libros de interés general y, en general, disponía además de un café. En las ciudades había también un salón donde podían celebrarse reuniones. Cuando pensamos que solamente cuatro o cinco ciudades, en toda España, poseían bibliotecas públicas, podemos apreciar el valor e importancia educativa de estos centros de trabajadores.

Dichas bibliotecas estaban a la disposición de todos los miembros de la UGT. En Madrid la Casa del Pueblo era un palacio ducal comprado expresamente con ese fin por el Partido Socialista, que tenía un alto sentido de la propia dignidad y se consideraba heredero de las glorias del pasado. Esta extensión de sus actividades condujo a una rivalidad con los anarquistas, especialmente en el sur donde los socialistas eran considerados como invasores, y con los radicales que en Barcelona tenían casas del pueblo propias. No obstante, estas innovaciones no alteraron el rumbo del partido. Bajo la dirección de Iglesias continuó su austera y moderada marcha desdeñando las huelgas generales y el fervor revolucionario de los anarquistas y la violencia puramente verbal de los radicales.

Convocatoria de Huelga General

Pero la política de Maura y los acontecimientos de la Semana Trágica los sacaron de su torre de marfil El 26 de julio de 1909 el partido socialista de Barcelona, de acuerdo con los radicales y con los anarquistas, convocó una huelga general. El 2 de agosto la huelga fue extendida por la UGT a toda España e Iglesias publicó un violento manifiesto. Este acto inesperado dio a los socialistas una repentina popularidad. Fue seguido de una alianza con los republicanos y los radicales para los fines inmediatos de acabar con la guerra de Marruecos y derribar el reaccionario gobierno de Maura.

Los resultados de esta nueva política fueron inmediatos. En las elecciones llevadas a cabo unos meses después, los socialistas obtuvieron puestos en cuarenta ayuntamientos e Iglesias volvió a las Cortes como diputado por Madrid. La razón de este cambio no es difícil de hallar. El Partido Socialista creía que su camino hacia el poder pasaba por el parlamentarismo y la acción municipal. Pero no podía progresar en su marcha mientras las elecciones fuesen realizadas corrupta y fraudulentamente. Como los partidos socialistas y campesinos de otros países retrasados y mal gobernados, clamaba, ante todo, por unas elecciones honradas, por moderadas reformas y por la purificación de la vida política y administrativa del país.

Este punto de vista era compartido por los conservadores como Cambó y los industriales catalanes que le seguían, por el Partido Reformista de Melquíades Álvarez, extendido en Asturias, por los radicales de Lerroux y por el pequeño partido republicano, así como por la gente más sana y progresiva del país. Por todas partes crecía el descontento ante la corrupción e ineficacia de la vida política y la tiranía de los caciques y, en consecuencia, la opinión pública se iba alzando. Así pues, cuando los socialistas se pusieron al frente de la situación como defensores en toda España de un gobierno honrado y decente e hicieron lo que ningún otro partido político había podido hacer —declarar una huelga general—, atrajeron hacia sí la atención de todos aquellos que anhelaban la misma cosa.

Cuando la lucha por los votos se intensificó y el poder de los caciques se vio confinado cada vez más a los distritos rurales, el entusiasmo de la clase trabajadora subió de punto y exceptuando las regiones anarquistas o los lugares en que los caciques eran muy poderosos, todo el mundo se volcó hacia las urnas. Los años 1910-1917 vieron, por esta causa, un marcado aumento de la actividad socialista. Los grandes centros mineros y productores de acero del norte, Bilbao y Asturias, aumentaron el número de sus afiliados y empezó a hacer proselitismo en el sur. González Peña ganó Río Tinto para la UGT y los centros mineros de Sierra Morena, Peñarroya y Almadén, le siguieron. Estos movimientos fueron acompañados por una serie de huelgas en Bilbao, Linares y Río Tinto, la mayor parte de ellas con resultado positivo. Solamente una huelga del ferrocarril dirigida por la UGT y secundada por la recién creada CNT fracasó completamente.

El miedo de la burguesía de que todo aquello fuese el preludio de una revolución indujo a Canalejas a movilizar a los huelguistas. Los socialistas empezaron a fijar también su atención en el campo. Las casas del pueblo se extendieron por los pequeños pueblos de Andalucía y de Levante y una campaña prometedora comenzó en la fértil vega de Granada. Los anarquistas perdían en todas partes, salvo en Cataluña. Era éste un periodo de fe en la acción parlamentaria y de creencia de que ella conduciría, ya por medios pacíficos o ya por medio de una revolución, a un nuevo estado de cosas.

Pero el rey y las fuerzas reaccionarias que lo sostenían no tenían la intención de correr el riesgo que supondrían unas elecciones honradas para elegir unas Cortes Constituyentes. Cuando en el llamado Movimiento de Renovación de 1917 todas las fuerzas que trabajaban por una nueva España empezaron a ser fuertes y a pedir una solución inmediata, el Partido Socialista fue manejado y conducido a declarar, contra la opinión de Iglesias, una huelga general que fue aplastada por el ejército con gran derramamiento de sangre. Así, la esperanza de una regeneración por la acción parlamentaria se esfumó y no volverá hasta 1931, cuando las condiciones para su realización serán por varias razones mucho menos favorables.

Largo versus Prieto

Todo movimiento revolucionario, toda huelga fracasada después de haber desafiado valerosa y gallardamente a la autoridad, es un triunfo moral en España y conduce a un aumento en las filas del partido fracasado. Esto indica la diferencia de clima psicológico entre España y otros países europeos. Los cuatro socialistas —Largo Caballero, Besteiro, Anguiano y Saborit— que habían sido encarcelados por su participación en la huelga, fueron al instante elegidos diputados a Cortes (dos de ellos por los votos anarquistas) al mismo tiempo que Iglesias y Prieto. El gobierno se vio obligado a ponerlos en libertad.

En los años siguientes, la UGT que en 1900 tenía solamente 42.000 afiliados, podía declarar 220.000. El socialismo español iba siendo una fuerza política seria. Nuevos hombres aparecían en escena para conducirlo y orientarlo. Pablo Iglesias, el abuelo, como se le llamaba afectuosamente, aunque vivió hasta en 1925 y ocupó la presidencia del Partido Socialista y de la UGT hasta su muerte, estaba tan enfermo en los ocho últimos años de su vida que no pudo tomar parte activa en el movimiento. Largo Caballero, estucador madrileño, que había aprendido a leer y escribir a la edad de veinticuatro años, se hizo cargo del puesto de Iglesias en la UGT, mientras que Julián Besteiro, profesor de lógica, ocupaba la vicepresidencia del partido. Fernando de los Ríos, profesor de derecho, Luis Araquistáin, periodista, e Indalecio Prieto, empezaron también a ponerse al frente del movimiento.

Prieto requiere, especialmente, unas palabras. Siendo niño, vendió periódicos y alfileres por las calles de Bilbao. Su gran inteligencia natural le ayudó a elevarse y atraerse la atención de un rico banquero, liberal y hombre de negocios, Horacio Echevarrieta, del cual vino a ser una especie de agente confidencial. Prieto lo aconsejaba en sus negocios y dirigió su periódico El liberal de Bilbao tan bien, que al fin vino a ser su único propietario. Cuando en 1919 fue elegido diputado a Cortes, sus excepcionales dotes parlamentarias (era el tribuno más elocuente de la casa), le proporcionaron un puesto principal en el Partido Socialista.

Su eterna rivalidad con Largo Caballero data de ese momento. Mientras Largo Caballero representaba el severo y autoritario espíritu de Castilla con sus limitaciones e intransigencia, Prieto abogaba por el más liberal y flexible sindicalismo de Bilbao, ciudad comercial cuyas afinidades se hallan en el norte de Europa más bien que en Madrid. Así, sucedió que, durante los veinte años siguientes. Prieto y Largo Caballero divergieron en casi todas las ocasiones importantes. Con todo, como Largo Caballero representaba a Madrid y la tradición de Guesde y de Iglesias, y Prieto solamente a Bilbao y la casi inexistente opinión liberal española, era natural que prevalecieron las opiniones de Largo Caballero.

Un problema difícil se le presentó pronto al partido: adherirse o no a la Tercera Internacional (comunista). Sus tendencias reformistas habían sufrido un rudo choque en 1917 cuando el intento de abrir un camino parlamentario legal había fracasado. El rey, la Iglesia y el ejército cerraban ahora el camino y resultaba difícil ver de qué manera se les podría desplazar sin violencia. Además, la revolución rusa se iba consolidando y ejercía un poderoso magnetismo sobre todos los movimientos de la clase trabajadora.

Después de que en dos congresos extraordinarios celebrados en el verano de 1920 se llegó a decisiones opuestas (en el segundo se votó por 8.269 contra 5.016, a favor del ingreso), se decidió el envío de dos emisarios, Fernando de los Ríos y Daniel Anguiano, a Rusia para hacer un reconocimiento. Estos hallaron que el Congreso de la Tercera Internacional había establecido veintiuna condiciones que debía cumplir todo aquel que quisiera sumarse a ella. De los Ríos, que estaba desfavorablemente impresionado por todo lo que viera en Rusia, pensaba que aquellas condiciones eran inaceptables. Anguiano pensaba que se podían aceptar.

A su regreso se celebró un congreso extraordinario para escuchar su informe. Con anterioridad al congreso se reunió la Comisión Ejecutiva del partido (que, entre congreso y congreso, era la suprema autoridad) en la casa de Iglesias para discutir el asunto. Iglesias, que era un demócrata, hizo grandes esfuerzos para persuadirlos de que aceptasen el informe de De los Ríos, pero puesto a votación, la mayoría votó en contra de dicho informe. Cuando el Congreso tuvo lugar unas semanas después. Iglesias estaba enfermo y no pudo asistir. No obstante, envió una carta en la cual lanzaba en último grito en contra de la aceptación de las veintiuna condiciones, advirtiendo particularmente que ello sería causa de una división en el seno del partido. La advertencia tuvo éxito.

La asamblea decidió contra la afiliación a la Tercera Internacional por 8.880 votos contra 6.025 y, cuando la Segunda Internacional revivió pocos años después, el partido siguió el consejo de Largo Caballero y se sumó a ella. Los disidentes, entre los cuales se contaban miembros del partido tan activos como García Quejido, Anguiano y Francisco Mora, fundaron el Partido Comunista Español.

Otro problema fue pronto planteado por la Dictadura. Primo de Rivera, que sentía una genuina admiración por los socialistas, tenía necesidad de un apoyo entre la clase trabajadora y se dirigió a ellos ofreciéndoles condiciones favorables si se comprometían a cooperar con él en su obra de regeneración. Prieto, que había crecido en el ambiente liberal de Bilbao y era un miembro del Ateneo, se opuso a la aceptación. Pero, Largo Caballero, madrileño autoritario, hizo prevalecer su propia postura. Así, los socialistas aceptaron la oferta de la Dictadura y Largo Caballero, como secretario de la UGT, se convirtió en consejero de Estado. La verdadera razón de esta acción inesperada fue la esperanza de que, obrando así podrían fortalecer y afirmar su posición en el país y, en particular, ganar terreno a los anarcosindicalistas, cuyas organizaciones habían sido prohibidas por el dictador.

En el curso de pocos años la CNT había aumentado el número de sus afiliados muy rápidamente. Con la ayuda de su sindicato único y con el prestigio de sus grandes huelgas había, no solamente barrido todos los frutos cosechados recientemente por su rival en el campo andaluz, sino que había invadido las reservas socialistas del centro y del norte. Se había apoderado de la mitad del sindicato de la construcción de Madrid, que era uno de los más fuertes apoyos de la UGT, había apartado de la misma a muchos ferroviarios y se había plantado firmemente en Asturias, en el puerto de Gijón y en las grandes fundiciones de acero de Sama y de La Felguera.

Para Largo Caballero, que tenía toda la organización de la UGT en sus manos, era éste un asunto serio. El miedo de ceder terreno a la CNT era casi una obsesión para él. Como marxista, sentía la necesidad de la unificación del proletariado. Por esta razón vio en la Dictadura una buena oportunidad de hacer algún progreso en esa dirección. Posiblemente la UGT sería capaz de absorber a la CNT. Esta esperanza no se vio realizada. Usando los comités paritarios de la Dictadura como punto de partida, la UGT aumentó grandemente su fuerza en las zonas rurales, especialmente en Extremadura, Granada, Aragón y Castilla la Nueva, pero fracasó completamente en Cataluña y no hizo progresos entre el proletariado industrial. Los anarcosindicalistas preferían ingresar en los reaccionarios Sindicatos Libres, que sabían que habrían de hundirse cuando cayera la Dictadura.

Otro fruto cosechado por los socialistas fue la incorporación a la UGT del sindicato de dependientes del comercio y de empleados de Banca en gran parte de España y la formación de un fuerte sindicato de médicos. De aquí en adelante una pequeña sección, aunque de gran influjo, de clases profesionales y un vasto cuerpo de modesta clase media le pertenecerán.

El carácter del socialismo español

Sólo queda por considerar el carácter general del socialismo español. Madariaga, un liberal, destacaba en 1930 su austero punto de vista político, su sentido de la autoridad, su instinto de gobierno desde arriba y del peso y dignidad de las instituciones. Esencialmente producto del suelo castellano, muestra, piensa Madariaga, una actitud de vida que ha sido hondamente influenciada por las tradiciones de la España católica. Podía haber añadido que, como la historia demuestra, ha habido siempre en España una tendencia hacia las instituciones socialistas.

En los siglos XVI y XVII España estaba demasiado aislada del resto del mundo para sentir hondamente los efectos del renacimiento. Su historia fue, por lo tanto, una continuación, en forma expansiva, de la edad media. Su Iglesia era la Iglesia medieval que quería abarcarlo todo. Su Estado se inclinaba más hacia el socialismo que hacia el capitalismo. Hasta tal punto llegó esto, que a mediados del siglo XVII hallamos lo que Costa, con alguna exageración, sin duda, ha descrito como una escuela de economía colectivista cuyos proyectos de nacionalizar la tierra eran seriamente debatidos por el Consejo Real y, en una ocasión, positivamente adoptados.

El progreso de la civilización industrial moderna detuvo esa tendencia pero no pudo establecer una corriente en el dirección opuesta. A pesar de todo el fermento liberal de principios del siglo XIX, el liberalismo económico nunca echó raíces bastante profundas en España. Las empresas privadas estaban estancadas. España se iba quedando retrasada. Ya que nadie puede suponer que una raza tan activa e inteligente como los españoles no pudiera, si lo desease, aplicarse a hacer fortuna, la explicación de este fenómeno no puede ser otra que, como observó un embajador veneciano hace dos siglos, nunca se lo propusieron ni desearon.

Verdaderamente, esto es obvio para cualquiera que haya vivido en España. Cada clase tiene su especial modo de mostrar la repugnancia que siente por la civilización capitalista moderna. Los alzamientos de los carlistas y anarquistas son una forma de ello. La ociosidad del rico, la ausencia de empresas y de hombres de negocios, la pereza de los banqueros son otras tantas formas de esa repugnancia. Así, hallamos también el fenómeno de la empleomanía, con la superabundancia de funcionarios del gobierno y de oficiales del ejército.

Aparte de cualquier causa histórica que se pueda asignar a este espíritu refractario, queda el hecho de que los españoles viven para el placer o para los ideales, pero nunca para el éxito personal ni para hacer fortuna. He aquí por qué, todo hombre de negocios, todo dependiente de comercio, es un poeta fracasado o incomprendido; todo trabajador tiene su idea; todo campesino es un filósofo. Se dirá que todo esto no tiene nada que ver con el socialismo. Sin embargo, el sistema capitalista al hacer intolerables la competencia y tensión violenta de la vida y las condiciones de trabajo, ha producido en todas las clases un fuerte deseo de un cambio.

Lo que el socialismo ofrece, lo que todo español desea, es seguridad. El lado ético del socialismo, la creencia de que a cada cual se dará, no según sus méritos, sino según sus necesidades, también está hondamente arraigado en el natural ibérico. Esta creencia, que nunca fue corriente en las democracias, es parte de la tradición católica española. Este rasgo es el que más distingue al cristianismo español del cristianismo inglés y del francés. No hay raza en Europa tan profundamente igualitaria ni con menos respeto hacia el éxito y hacia la propiedad. Si los dos siglos venideros reservan a España un futuro pacífico y feliz, podemos augurar que ello será en un débil y paternal régimen socialista con amplia autonomía regional y municipal: un régimen no muy alejado del sistema en el cual vivió España a principios del siglo XVII.

El movimiento cooperativista

Hemos de añadir unas palabras acerca del Partido Socialista de Cataluña. Debemos recordar que, aunque el cuartel general de la UGT permaneció durante diez años en Barcelona, nunca pudo arraigar allí. El Partido Socialista español y su sindicato eran demasiado autoritarios, demasiado castellanos, para agradar a los catalanes. En consecuencia un partido puramente catalán, la Unión Socialista Catalana, fue fundado algunos años después por Juan Comorera. Dicho partido era menos centralista que el Partido Socialista y se inclinaba hacia los principios federales de Pi y Margall. Se alió, para las elecciones, con la Esquerra, el partido catalán de izquierdas.

Fue siempre un partido pequeño y hubiera tenido poca importancia, pero los resultados considerables que ayudó a obtener, con su apoyo, al movimiento cooperativista, que venía declinando desde 1873 y tomaba ahora nuevo empuje, le dieron prestigio. Gracias a la energía de Comorera y de sus asociados, ocho grandes cooperativas, cada una con su café, sala de billar, gimnasio, salón de lectura, cinematógrafo y duchas y baños fueron establecidas en los suburbios de Barcelona en 1933.

Cuarenta y dos pequeñas cooperativas fueron abiertas en otras partes de la ciudad y doscientas en provincias. Algunas de ellas eran sociedades agrícolas, pescadoras o industriales en donde la tierra, las fábricas, las casas y los aperos de labranza eran propiedad en común de sus asociados. Podemos decir, con toda seguridad, que en ninguna parte de Europa han tenido las colectivizaciones un éxito semejante, aunque, como este trabajo se llevó a cabo tranquilamente y en una esfera no política, poco se ha dicho sobre ello. Ciertamente que con todo su ruido de tambor batiente ni los anarcosindicalistas ni los socialistas han producido jamás nada que se pueda comparar a ello. Las cooperativas perseguían resultados inmediatos. Los otros dejaban la realización de sus teorías para el día del triunfo.

Los sindicatos católicos

Los sindicatos católicos requieren también alguna referencia. Los sindicatos católicos en España datan de 1861, fecha en que un activo e inteligente jesuita, el padre Vicente, organizó los centros católicos de obreros en Valencia y en otros lugares, afiliándolos al Movimiento Internacional Católico del Trabajo. Pero, ni los obispos ni los patronos prestaron ayuda y este movimiento prometedor fracasó completamente hacia 1874. El pontificado de León XIII condujo hacia un cambio de actitud.

Por primera vez, desde el siglo XVIII, la jerarquía española despertó a la idea de que había una cuestión social y de que se debía prestar alguna atención a la clase trabajadora si se quería que ésta quedase en el regazo de la Iglesia. El clero recibió instrucciones para organizar centros católicos y sociedades de ayuda. Se preveía la asistencia en caso de enfermedad y paro forzoso, como también para gastos de entierro. Los afiliados contribuían con una pequeña cantidad, pero la cifra global de gastos era cubierta por miembros honorarios, o sea, los patronos.

Este movimiento nunca llegó a ser gran cosa porque dependía de tal ayuda financiera. O bien las sociedades se convirtieron en grupos para boicotear las huelgas (como por ejemplo, en Barcelona) o bien, se extinguieron por falta de fondos. Aquellos patronos que no se preocupaban de organizar sindicatos de rompehuelgas para enfrentarlos en su lucha contra la UGT o la CNT, preferían mantener la religión completamente al margen de las cuestiones de trabajo. Este fue especialmente el caso de las zonas rurales del este y del sur donde el sentir antirreligioso era más fuerte.

Podemos decir que en 1905 el movimiento católico de la clase trabajadora en estas regiones había dejado de existir. En el norte la situación era diferente. Allí, los sindicatos católicos, al actuar sobre una población predominantemente católica tuvieron mucha más suerte. Existían dos tipos de sociedades. El primero consistía en sociedades y centros de la clase trabajadora, que fueron agrupadas en un Consejo Nacional de las Corporaciones Católicas Obreras, bajo la presidencia del arzobispo de Toledo. Se trataba de sociedades de ayuda que proveían asistencia en caso de enfermedad, vejez o falta de trabajo.

En los distritos rurales daban pequeños préstamos, sin interés, a los campesinos. Pero no se permitía la huelga. Patronos y trabajadores pertenecían a la misma sociedad y la Iglesia predicaba el mutuo amor entre ellos. Al paso del tiempo estas sociedades, naturalmente, cayeron cada vez más bajo el control de los patronos, que además se lucraban del sistema de cooperativa por el cual vendían y compraban en común. El interés de los trabajadores por dichas sociedades declinó.

El otro tipo de sindicato católico está mejor representado por la Federación Nacional de Sindicatos Católicos Libres, una asociación de tipo europeo, fundada por los dominicos padres Gerard y Gafo, en 1912. Estos sindicatos fueron mucho más efectivos porque se trataba de genuinas organizaciones de la clase trabajadora y defendían los intereses de sus miembros con huelgas y boicots. Tuvieron gran éxito en las provincias vascongadas, en algunos lugares de Navarra y en las ciudades de Castilla la Vieja y, entre 1917 y 1923, desarrollaron una intensa labor económica. No tuvieron escrúpulos en cooperar con los socialistas organizando en Bilbao huelgas en las cuales católicos y socialistas actuaban juntos en los comités de huelga.

Esto acabó con el reproche que se hacía invariablemente a las asociaciones católicas de que velaban solamente por los intereses de los patronos. Indudablemente, estos sindicatos hicieron todo lo posible, especialmente en las provincias vascongadas, por mantener a los trabajadores en el seno de la Iglesia y por evitar que se pasasen a los socialistas. Aunque varios tipos de asociaciones católicas surgieron durante la Dictadura, fueron éstas los únicos que resistieron a la prueba de la República. Así pues, podemos decir que el movimiento católico obrero tuvo éxito en aquellas partes de España en que la Iglesia no estaba abiertamente asociada con la defensa de los intereses del rico contra el pobre y que fracasó completamente allí donde la desigual distribución de la tierra había abierto un infranqueable abismo entre las clases.

BRENAN, Gerald, El Laberinto Español, Editions Ruedo Ibérico, 1962, págs. 314-350.