Los anarcosindicalistas

Iniciemos ahora... el camino hacia la liberación. Georges Sorel.

El movimiento sindicalista de la generación pasada, comúnmente llamado sindicalismo revolucionario, tuvo un carácter peculiar. Surgió en Francia en el siglo XIX como reacción contra el socialismo parlamentario que permitía a hombres como Millerand representar a los trabajadores en la Cámara de Diputados y conducirlos por caminos aceptables para la burguesía. La figura genuinamente representativa de tal movimiento fue un anarquista, Fernand Pelloutier, y, a pesar de su muerte prematura en 1901, la reorganización de la Confedération Genérale du Travail (CGT) al año siguiente de su muerte completó su obra.

Este sindicalismo fue ante todo un movimiento que aspiraba a la unión de todos los trabajadores, independientemente de sus opiniones políticas y religiosas, en un solo cuerpo, y a dar a ese cuerpo un espíritu de lucha. Toda acción política colectiva había de ser rechazada y habían de mantenerse por entero en la esfera industrial. Los trabajadores sólo confiarían en sus propios recursos y en sus propios hombres y rechazarían el apoyo de periodistas burgueses e intelectuales. Habrían de cultivar una disciplina estricta y su única arma sería la huelga, general y violenta.

En este aspecto y en su más alta expresión, el sindicalismo fue simplemente una técnica o táctica destinada a conseguir el mayor número posible de mejoras para los trabajadores —en ello había de consistir su diaria tarea reivindicativa— hasta el momento en que en una batalla triunfante, concebida bajo la forma de una huelga general, se consiguiera la total emancipación.

Pero el movimiento poseía también objetivos finales: como Proudhon, tendía hacia la disolución del gobierno y el Estado dentro de la organización económica, y veía en su propia organización la imagen de la sociedad futura. El sindicato, que es hoy día una sociedad de resistencia, habrá de ser en el futuro el grupo de producción y distribución, y asimismo la base de la organización social. Es decir, que el sindicalismo era colectivista.

Pero, así como los marxistas deseaban ejercer el dominio desde el Estado y sus organismos en beneficio de los obreros, los sindicalistas pretendían poner ese mismo dominio en las propias manos de los trabajadores para que fuese ejercido a través de los sindicatos. El sindicalismo dispuso de un filósofo, o mejor diríamos un poeta, en la persona de Georges Sorel. Su libro más famoso, Réflexions sur la violence, publicado en 1908, ejerció escasa influencia sobre los obreros y nunca fue leído en España, a pesar de que en este país era donde sus ideas iban plasmándose rotundamente en realidades.

El libro en cuestión es una producción postromántica llena de ecos de Bergson, de Schopenhauer y de Nietzsche, basada en un pesimismo muy fin de siglo Sorel no desea la felicidad y el bienestar físicos de los trabajadores, sino solamente su regeneración moral concebida en un sentido nietzscheano. Del sacrificio y heroísmo de la lucha contra la burguesía surgirá un nuevo tipo superior de hombre, imbuido del sentido caballeresco del honor, que vuelve de la guerra plenamente convencido de la dignidad y sublimidad de su misión. Estos nuevos hombres, extraídos de la selección de los militantes que condujeron a los trabajadores a la lucha, formarán la nueva aristocracia. Ahora bien, estos resultados pueden ser obtenidos tanto por una clase media reformada y agresiva como por el proletariado victorioso. Y así por una transición natural. Sorel vino a convertirse en el padre del fascismo.

En el posterior desarrollo del anarcosindicalismo español se pueden advertir numerosos aspectos evocadores de Sorel, especialmente en la fe, siempre presta a surgir en España, en la mística de la violencia. Pero la generosidad y el optimismo del movimiento popular español difiere profundamente del rígido jansenismo del ingeniero retirado normando quien creía que la verdadera edad de oro fue aquella en que los hombres eran castos, y culpaba a los judíos de que la Revolución rusa no hubiera llevado a un incremento de la caballerosidad.

Se encuentra mucho mejor representado por los falangistas, cuyo punto de vista católico les ayuda a apreciar su gusto por la penumbra y su estilo de un romanticismo semi religioso. En la guerra civil se enfrentaron las dos diferentes ramas de sus seguidores, y las repelentes escuadras de pistoleros así como las ensangrentadas tapias de los cementerios mostraron exactamente lo que se podía esperar de la ética soreliana.

El sindicalismo francés alcanzó su apogeo en un congreso celebrado en Amiens en 1906. La afirmación teórica que esta asamblea realizó en la llamada Carta de Amiens extendió por el mundo sus fines y características. Al año siguiente, se celebró en Amsterdam un congreso anarquista con la esperanza de hallar los medios conducentes a incrementar la cohesión de todas las federaciones y grupos anarquistas de Europa. Por sugerencia de Malatesta, que hasta entonces había sido uno de los más intransigentes comunistas anarquistas, se adoptó como táctica el sindicalismo revolucionario.

Un número considerable de anarquistas españoles se encontraban ya preparados para la nueva táctica. Algunos años antes, después del fracaso de la huelga general de 1902, se había creado en Barcelona una federación conocida con el nombre de Solidaridad Obrera cuya finalidad consistía en introducir una organización sindicalista. En 1907, esta federación se extendió a toda Cataluña y, en enero del año siguiente, celebraba su primer congreso.

Parecía llegado el momento, pero el ambiente político no resultaba favorable, ya que la agitación en Andalucía acababa de disminuir en intensidad y se encontraba en el poder el gobierno de Maura, por lo que se hizo forzoso esperar. Los acontecimientos de la semana trágica y el fusilamiento de Ferrer decidieron la situación. La leyenda del héroe y la corona del mártir ganaron en toda España adeptos que clamaban para que se llevase a cabo una organización sindical fuerte que se extendiera por todo el país. Y así, en octubre de 1910, un congreso de federaciones y grupos libertarios creó en Sevilla la Confederación Nacional del Trabajo, conocida generalmente por sus iniciales: CNT

Las premisas en las que se basaba esta gran federación quedaron expuestas claramente: el sindicalismo no debía ser considerado como un fin, sino como un medio de lucha contra la burguesía. El fin era, naturalmente, el anarquismo. Los sindicatos habrían de ser organizados sobre una base local, es decir que no existirían sindicatos a escala nacional. Las cotizaciones serían muy reducidas, de 30 a 50 céntimos mensuales. (Incluso, en Andalucía, donde los sueldos eran excepcionalmente bajos, los miembros no estarían obligados a cotizar cantidad alguna.) No existiría un seguro social ni un fondo de reserva para caso de huelgas, ni mucho menos paga alguna para los dirigentes y empleados en las diversas secretarías. Este gesto proporcionó al instante a la CNT en España una superioridad moral considerable sobre los sindicatos socialistas, o UGT, cuyos miembros administrativos, bastante numerosos, recibían un sueldo

El Congreso añadió una serie de disposiciones destinadas a hacer comprender las finalidades del nuevo sindicato a la multitud creciente de sus enemigos. La emancipación material de los trabajadores, declaraba, sólo puede llegar como resultado de su emancipación moral. Cuando dejaran de considerarse esclavos, podrían comenzar a ser libres. Todo aquel que no sea capaz de pensar por sí mismo y de actuar espontáneamente de acuerdo con su propia razón es un esclavo. Pero los trabajadores no podrán sentirse libres, en tanto experimenten la necesidad de contar con emancipadores o dirigentes, los cuales, tan pronto como hayan conseguido derrocar al viejo régimen, establecerán otro en el cual serán ellos mismo los privilegiados.

La nueva Confederación celebró su primer congreso en 1911 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. En él se encontraron representados 30.000 miembros pertenecientes a 350 grupos sindicales. Parecía que iba a tener lugar una gran expansión del movimiento; gran número de los jóvenes bárbaros de Lerroux se unían a él; pero la teoría de la huelga general resultó ser demasiado seductora. Sin la debida preparación, se declaró una huelga en Bilbao, que se extendió a Zaragoza y Sevilla. Hubo también un violento alzamiento en Cullera, cerca de Valencia. Y el presidente del Consejo de Ministros, Canalejas, actuó enérgicamente.

La CNT fue suspendida en Barcelona y otras ciudades, y sus oficinas fueron clausuradas. El movimiento sufrió un profundo colapso y la prensa anarquista se vio sumida en la bancarrota. Pero Canalejas pagó cara su firmeza: al igual que Cánovas anteriormente, fue asesinado. Y, cuando en 1914, los sindicatos comenzaban a reorganizarse y a disponerse para la acción, estalló la guerra europea y causó una profunda división en los medios anarquistas, ya que algunos de sus miembros, principalmente la generación joven, eran neutrales y pacifistas, mientras otros se inclinaban a favor de los aliados. Las diferencias se hicieron hondas y provocaron amargos resentimientos, de manera que hasta 1917 la CNT no se sintió lo suficientemente fuerte como para emprender una acción seria.

El anarquismo rural

Al llegar a este punto se impone una pausa en nuestra consideración del desarrollo del anarcosindicalismo en las ciudades industriales, con el fin de fijar nuestra atención en lo que entretanto sucedía en los medios rurales del país. Las áreas principales del anarquismo rural en España se encuentran en Levante y Andalucía. Con la ayuda de la admirable, objetiva y detallada historia del movimiento anarquista en la provincia de Córdoba, de Díaz del Moral, será posible tener una idea clara y exacta sobre la materia..

La huelga general de Barcelona en 1902 levantó, como hemos visto, una oleada formidable de entusiasmo entre todas las clases trabajadoras del resto de la nación. En parte alguna fue tan grande ese entusiasmo como en Andalucía. Se había ensayado el terrorismo y había fracasado; medio siglo de revueltas campesinas no habían producido otro resultado que encarcelamientos y ejecuciones. No cabía duda de que la huelga general era la llave que abriría las puertas de la felicidad y de la abundancia.

Un extraordinario fermento, tan repentino y tan carente de causas aparentes como un renacimiento religioso, se extendió por los medios rurales del país. En los campos, en los cortijos, en las ventas a los lados de los caminos no se hablaba más que de una cosa y siempre con seriedad e intenso fervor. En los descansos de mediodía, y por las noches después de cenar, se formaban grupos para escuchar a algún labriego que leía en voz alta algún periódico anarquista. Luego seguían discursos y comentarios. Aquello era lo que ellos habían presentido y amado durante toda su vida. ¿Cómo podrían cerrar sus oídos a aquellas voces?

Por doquiera surgió un inmenso deseo de leer y de aprender con el fin de tener acceso a aquel caudal de conocimientos y sabiduría que representaba la prensa anarquista. Por todas partes se veían campesinos enfrascados en la lectura, a lomos de las caballerías, o sentados a la sombra de un olivo durante la hora de la comida. Los que no sabían leer, a fuerza de oír repetir a los otros en voz alta sus pasajes favoritos, se aprendían de memoria artículos enteros. A veces, la mera lectura de Tierra y libertad, o de El Productor, era suficiente para que un labrador se sintiera repentinamente iluminado. Se le caían las escamas de los ojos, y veía con nueva claridad. Se encontraba convertido en un obrero consciente.

Abandonaba el tabaco, la bebida y el juego. Dejaba de frecuentar las casas de prostitución. Ponía especial cuidado en no pronunciar la palabra Dios. No se casaría, sino que viviría sin otro formulismo que la voluntad de ambos con su compañera a la que sería estrictamente fiel. Sus hijos no serían bautizados. Se suscribiría por lo menos a un periódico anarquista, leería libros de historia, geografía y botánica publicados por la Escuela Moderna de Ferrer, y profundizaría en todos estos temas cuanto sus fuerzas se lo permitieran. Semejante a otras personas faltas de cultura que abren repentinamente sus ojos a las posibilidades del saber, hablará en un estilo infatuado y utilizará largas e incomprensibles palabras.

Las asambleas de estos conversos al anarquismo constituían un espectáculo fácil de imaginar: reinaban en ellas escenas de entusiasmo que recordaban las reuniones de los anabaptistas en los pueblos de Inglaterra hace cincuenta años, y los oradores locales discutían y se enardecían interminablemente. Sus conversaciones eran a menudo de una simplicidad tal que hubieran hecho sonreír a cualquiera, pero las autoridades y los terratenientes, que juzgaban a los anarquistas solamente a través de sus publicaciones y de su reputación en el extranjero, imaginaban que se estaban tramando terribles complots y horribles proyectos de muerte y destrucción.

Era tan grande la ignorancia de los patronos sobre sus propios obreros que, hasta 1936, estuvieron convencidos, a pesar de todas las apariencias en contrario, de que los anarquistas estaban a sueldo de Moscú. El milagro que se esperaba en la nueva era mesiánica era la huelga general, pero en su impaciencia por verlo actuar, los campesinos no supieron tener paciencia y las huelgas comenzaron a estallar en todo el país sin orden ni concierto. Cada ciudad o pueblo se lanzó a la huelga cuando le vino en gana, escogiendo normalmente el momento menos adecuado, cuando no había trabajo en los campos. Las pretensiones se dirigían más bien hacia la disminución de horas de trabajo que al aumento de salarios, y se rechazaba especialmente el trabajo a destajo.

Pero, a veces, tales pretensiones se llevaban a extremos absurdos. Por ejemplo, en el caso de la huelga general de Córdoba, en 1905, los huelguistas reclamaban un descanso de siete horas y media sobre una jornada de ocho horas de trabajo. La razón de este absurdo estriba en que, como esperaban que la huelga precipitaría la revolución, querían estar seguros de que los propietarios se negarían a satisfacer sus pretensiones. Una demanda más seria aún fue la del reparto de tierras.

Mientras tenían lugar las huelgas, los trabajadores abandonaban la bebida, el tabaco y el juego, y observaban una castidad estricta. Pasaban el tiempo, o bien en sus hogares, o bien paseando silenciosamente por las calles. Cuando no existen fondos de huelga que repartir, las huelgas se convierten en períodos de tremenda tensión y ansiedad para los trabajadores. La batalla que los patronos tenían que librar con sus cuentas bancarias, los obreros habían de librarla con sus propios estómagos. La disciplina y la solidaridad resultan indispensables en estos casos.

La terrible sequía y el hambre que la acompañó en el año 1905, acabaron con las huelgas. Se sacaron en procesión por los campos la imágenes milagrosas con sus acompasados movimientos de cabeza y brazos, pero el anarquismo había matado la fe en los milagros del catolicismo y eran pocos los que seguían descalzos las procesiones. Al hambre, que el gobierno hizo muy poco para aliviar, siguió un periodo de tranquilidad, pero la derrota había dejado tras de sí amargos sentimientos y ardieron algunas granjas y cosechas.

En algunos lugares, las huelgas habían conseguido ciertas mejoras en los salarios, pero estas mejoras quedaron automáticamente anuladas por el rápido aumento del costo de vida en toda España. La lucha entre la CNT y la patronal catalana, en Barcelona, que se inició en 1918 y continuó durante cinco años hasta que la dictadura de Primo de Rivera acabó con ella, ha sido ya descrita con cierta extensión en el capítulo 4. Bastará con mostrar aquí hasta qué punto dicha lucha afectó al desarrollo del anarcosindicalismo.

El primer paso consistió en la organización, dentro de la CNT, de los Sindicatos Únicos de Ramo, como resultado del fracaso de la gran huelga general de 1917, en la que actuaron como dirigentes los socialistas. Esta medida no hizo más que dar los últimos toques de sindicalización al movimiento anarquista. Ya la organización por parte de Pelloutier en los últimos años del siglo XIX, de las bolsas de trabajo o sindicatos locales, en una federación nacional, incluyéndolos como una sección separada en la recién formada CGT o federación de sindicatos de oficios, había puesto las bases para la constitución de todo el engranaje sindical. Sin esta estructura, el movimiento no hubiera podido resultar eficaz. Estos cambios en la CNT, aun lejos de ser completos, aumentaron considerablemente el poder combativo de las organizaciones obreras. Constituían, por supuesto, una deliberada preparación para las luchas futuras.

pendiente de completar
BRENAN, Gerald, El Laberinto Español, Editions Ruedo Ibérico, 1962, págs. 271-314.