Los anarcosindicalistas

Índice

Introducción
El anarquismo rural
La situación en Andalucía
El anarcosindicalismo en el norte de España
La Federación Anarquista Ibérica
Anarquismo versus protestantismo

Introducción

Iniciemos ahora... el camino hacia la liberación. Georges Sorel.

El movimiento sindicalista de la generación pasada, comúnmente llamado sindicalismo revolucionario, tuvo un carácter peculiar. Surgió en Francia en el siglo XIX como reacción contra el socialismo parlamentario que permitía a hombres como Millerand representar a los trabajadores en la Cámara de Diputados y conducirlos por caminos aceptables para la burguesía. La figura genuinamente representativa de tal movimiento fue un anarquista, Fernand Pelloutier, y, a pesar de su muerte prematura en 1901, la reorganización de la Confedération Genérale du Travail (CGT) al año siguiente de su muerte completó su obra.

Este sindicalismo fue ante todo un movimiento que aspiraba a la unión de todos los trabajadores, independientemente de sus opiniones políticas y religiosas, en un solo cuerpo, y a dar a ese cuerpo un espíritu de lucha. Toda acción política colectiva había de ser rechazada y habían de mantenerse por entero en la esfera industrial. Los trabajadores sólo confiarían en sus propios recursos y en sus propios hombres y rechazarían el apoyo de periodistas burgueses e intelectuales. Habrían de cultivar una disciplina estricta y su única arma sería la huelga, general y violenta.

En este aspecto y en su más alta expresión, el sindicalismo fue simplemente una técnica o táctica destinada a conseguir el mayor número posible de mejoras para los trabajadores —en ello había de consistir su diaria tarea reivindicativa— hasta el momento en que en una batalla triunfante, concebida bajo la forma de una huelga general, se consiguiera la total emancipación.

Pero el movimiento poseía también objetivos finales: como Proudhon, tendía hacia la disolución del gobierno y el Estado dentro de la organización económica, y veía en su propia organización la imagen de la sociedad futura. El sindicato, que es hoy día una sociedad de resistencia, habrá de ser en el futuro el grupo de producción y distribución, y asimismo la base de la organización social. Es decir, que el sindicalismo era colectivista.

Pero, así como los marxistas deseaban ejercer el dominio desde el Estado y sus organismos en beneficio de los obreros, los sindicalistas pretendían poner ese mismo dominio en las propias manos de los trabajadores para que fuese ejercido a través de los sindicatos. El sindicalismo dispuso de un filósofo, o mejor diríamos un poeta, en la persona de Georges Sorel. Su libro más famoso, Réflexions sur la violence, publicado en 1908, ejerció escasa influencia sobre los obreros y nunca fue leído en España, a pesar de que en este país era donde sus ideas iban plasmándose rotundamente en realidades.

El libro en cuestión es una producción postromántica llena de ecos de Bergson, de Schopenhauer y de Nietzsche, basada en un pesimismo muy fin de siglo Sorel no desea la felicidad y el bienestar físicos de los trabajadores, sino solamente su regeneración moral concebida en un sentido nietzscheano. Del sacrificio y heroísmo de la lucha contra la burguesía surgirá un nuevo tipo superior de hombre, imbuido del sentido caballeresco del honor, que vuelve de la guerra plenamente convencido de la dignidad y sublimidad de su misión. Estos nuevos hombres, extraídos de la selección de los militantes que condujeron a los trabajadores a la lucha, formarán la nueva aristocracia. Ahora bien, estos resultados pueden ser obtenidos tanto por una clase media reformada y agresiva como por el proletariado victorioso. Y así por una transición natural. Sorel vino a convertirse en el padre del fascismo.

En el posterior desarrollo del anarcosindicalismo español se pueden advertir numerosos aspectos evocadores de Sorel, especialmente en la fe, siempre presta a surgir en España, en la mística de la violencia. Pero la generosidad y el optimismo del movimiento popular español difiere profundamente del rígido jansenismo del ingeniero retirado normando quien creía que la verdadera edad de oro fue aquella en que los hombres eran castos, y culpaba a los judíos de que la Revolución rusa no hubiera llevado a un incremento de la caballerosidad.

Se encuentra mucho mejor representado por los falangistas, cuyo punto de vista católico les ayuda a apreciar su gusto por la penumbra y su estilo de un romanticismo semi religioso. En la guerra civil se enfrentaron las dos diferentes ramas de sus seguidores, y las repelentes escuadras de pistoleros así como las ensangrentadas tapias de los cementerios mostraron exactamente lo que se podía esperar de la ética soreliana.

El sindicalismo francés alcanzó su apogeo en un congreso celebrado en Amiens en 1906. La afirmación teórica que esta asamblea realizó en la llamada Carta de Amiens extendió por el mundo sus fines y características. Al año siguiente, se celebró en Amsterdam un congreso anarquista con la esperanza de hallar los medios conducentes a incrementar la cohesión de todas las federaciones y grupos anarquistas de Europa. Por sugerencia de Malatesta, que hasta entonces había sido uno de los más intransigentes comunistas anarquistas, se adoptó como táctica el sindicalismo revolucionario.

Un número considerable de anarquistas españoles se encontraban ya preparados para la nueva táctica. Algunos años antes, después del fracaso de la huelga general de 1902, se había creado en Barcelona una federación conocida con el nombre de Solidaridad Obrera cuya finalidad consistía en introducir una organización sindicalista. En 1907, esta federación se extendió a toda Cataluña y, en enero del año siguiente, celebraba su primer congreso.

Parecía llegado el momento, pero el ambiente político no resultaba favorable, ya que la agitación en Andalucía acababa de disminuir en intensidad y se encontraba en el poder el gobierno de Maura, por lo que se hizo forzoso esperar. Los acontecimientos de la semana trágica y el fusilamiento de Ferrer decidieron la situación. La leyenda del héroe y la corona del mártir ganaron en toda España adeptos que clamaban para que se llevase a cabo una organización sindical fuerte que se extendiera por todo el país. Y así, en octubre de 1910, un congreso de federaciones y grupos libertarios creó en Sevilla la Confederación Nacional del Trabajo, conocida generalmente por sus iniciales: CNT

Las premisas en las que se basaba esta gran federación quedaron expuestas claramente: el sindicalismo no debía ser considerado como un fin, sino como un medio de lucha contra la burguesía. El fin era, naturalmente, el anarquismo. Los sindicatos habrían de ser organizados sobre una base local, es decir que no existirían sindicatos a escala nacional. Las cotizaciones serían muy reducidas, de 30 a 50 céntimos mensuales. (Incluso, en Andalucía, donde los sueldos eran excepcionalmente bajos, los miembros no estarían obligados a cotizar cantidad alguna.) No existiría un seguro social ni un fondo de reserva para caso de huelgas, ni mucho menos paga alguna para los dirigentes y empleados en las diversas secretarías. Este gesto proporcionó al instante a la CNT en España una superioridad moral considerable sobre los sindicatos socialistas, o UGT, cuyos miembros administrativos, bastante numerosos, recibían un sueldo

El Congreso añadió una serie de disposiciones destinadas a hacer comprender las finalidades del nuevo sindicato a la multitud creciente de sus enemigos. La emancipación material de los trabajadores, declaraba, sólo puede llegar como resultado de su emancipación moral. Cuando dejaran de considerarse esclavos, podrían comenzar a ser libres. Todo aquel que no sea capaz de pensar por sí mismo y de actuar espontáneamente de acuerdo con su propia razón es un esclavo. Pero los trabajadores no podrán sentirse libres, en tanto experimenten la necesidad de contar con emancipadores o dirigentes, los cuales, tan pronto como hayan conseguido derrocar al viejo régimen, establecerán otro en el cual serán ellos mismo los privilegiados.

La nueva Confederación celebró su primer congreso en 1911 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. En él se encontraron representados 30.000 miembros pertenecientes a 350 grupos sindicales. Parecía que iba a tener lugar una gran expansión del movimiento; gran número de los jóvenes bárbaros de Lerroux se unían a él; pero la teoría de la huelga general resultó ser demasiado seductora. Sin la debida preparación, se declaró una huelga en Bilbao, que se extendió a Zaragoza y Sevilla. Hubo también un violento alzamiento en Cullera, cerca de Valencia. Y el presidente del Consejo de Ministros, Canalejas, actuó enérgicamente.

La CNT fue suspendida en Barcelona y otras ciudades, y sus oficinas fueron clausuradas. El movimiento sufrió un profundo colapso y la prensa anarquista se vio sumida en la bancarrota. Pero Canalejas pagó cara su firmeza: al igual que Cánovas anteriormente, fue asesinado. Y, cuando en 1914, los sindicatos comenzaban a reorganizarse y a disponerse para la acción, estalló la guerra europea y causó una profunda división en los medios anarquistas, ya que algunos de sus miembros, principalmente la generación joven, eran neutrales y pacifistas, mientras otros se inclinaban a favor de los aliados. Las diferencias se hicieron hondas y provocaron amargos resentimientos, de manera que hasta 1917 la CNT no se sintió lo suficientemente fuerte como para emprender una acción seria.

El anarquismo rural

Al llegar a este punto se impone una pausa en nuestra consideración del desarrollo del anarcosindicalismo en las ciudades industriales, con el fin de fijar nuestra atención en lo que entretanto sucedía en los medios rurales del país. Las áreas principales del anarquismo rural en España se encuentran en Levante y Andalucía. Con la ayuda de la admirable, objetiva y detallada historia del movimiento anarquista en la provincia de Córdoba, de Díaz del Moral, será posible tener una idea clara y exacta sobre la materia..

La huelga general de Barcelona en 1902 levantó, como hemos visto, una oleada formidable de entusiasmo entre todas las clases trabajadoras del resto de la nación. En parte alguna fue tan grande ese entusiasmo como en Andalucía. Se había ensayado el terrorismo y había fracasado; medio siglo de revueltas campesinas no habían producido otro resultado que encarcelamientos y ejecuciones. No cabía duda de que la huelga general era la llave que abriría las puertas de la felicidad y de la abundancia.

Un extraordinario fermento, tan repentino y tan carente de causas aparentes como un renacimiento religioso, se extendió por los medios rurales del país. En los campos, en los cortijos, en las ventas a los lados de los caminos no se hablaba más que de una cosa y siempre con seriedad e intenso fervor. En los descansos de mediodía, y por las noches después de cenar, se formaban grupos para escuchar a algún labriego que leía en voz alta algún periódico anarquista. Luego seguían discursos y comentarios. Aquello era lo que ellos habían presentido y amado durante toda su vida. ¿Cómo podrían cerrar sus oídos a aquellas voces?

Por doquiera surgió un inmenso deseo de leer y de aprender con el fin de tener acceso a aquel caudal de conocimientos y sabiduría que representaba la prensa anarquista. Por todas partes se veían campesinos enfrascados en la lectura, a lomos de las caballerías, o sentados a la sombra de un olivo durante la hora de la comida. Los que no sabían leer, a fuerza de oír repetir a los otros en voz alta sus pasajes favoritos, se aprendían de memoria artículos enteros. A veces, la mera lectura de Tierra y libertad, o de El Productor, era suficiente para que un labrador se sintiera repentinamente iluminado. Se le caían las escamas de los ojos, y veía con nueva claridad. Se encontraba convertido en un obrero consciente.

Abandonaba el tabaco, la bebida y el juego. Dejaba de frecuentar las casas de prostitución. Ponía especial cuidado en no pronunciar la palabra Dios. No se casaría, sino que viviría sin otro formulismo que la voluntad de ambos con su compañera a la que sería estrictamente fiel. Sus hijos no serían bautizados. Se suscribiría por lo menos a un periódico anarquista, leería libros de historia, geografía y botánica publicados por la Escuela Moderna de Ferrer, y profundizaría en todos estos temas cuanto sus fuerzas se lo permitieran. Semejante a otras personas faltas de cultura que abren repentinamente sus ojos a las posibilidades del saber, hablará en un estilo infatuado y utilizará largas e incomprensibles palabras.

Las asambleas de estos conversos al anarquismo constituían un espectáculo fácil de imaginar: reinaban en ellas escenas de entusiasmo que recordaban las reuniones de los anabaptistas en los pueblos de Inglaterra hace cincuenta años, y los oradores locales discutían y se enardecían interminablemente. Sus conversaciones eran a menudo de una simplicidad tal que hubieran hecho sonreír a cualquiera, pero las autoridades y los terratenientes, que juzgaban a los anarquistas solamente a través de sus publicaciones y de su reputación en el extranjero, imaginaban que se estaban tramando terribles complots y horribles proyectos de muerte y destrucción.

Era tan grande la ignorancia de los patronos sobre sus propios obreros que, hasta 1936, estuvieron convencidos, a pesar de todas las apariencias en contrario, de que los anarquistas estaban a sueldo de Moscú. El milagro que se esperaba en la nueva era mesiánica era la huelga general, pero en su impaciencia por verlo actuar, los campesinos no supieron tener paciencia y las huelgas comenzaron a estallar en todo el país sin orden ni concierto. Cada ciudad o pueblo se lanzó a la huelga cuando le vino en gana, escogiendo normalmente el momento menos adecuado, cuando no había trabajo en los campos. Las pretensiones se dirigían más bien hacia la disminución de horas de trabajo que al aumento de salarios, y se rechazaba especialmente el trabajo a destajo.

Pero, a veces, tales pretensiones se llevaban a extremos absurdos. Por ejemplo, en el caso de la huelga general de Córdoba, en 1905, los huelguistas reclamaban un descanso de siete horas y media sobre una jornada de ocho horas de trabajo. La razón de este absurdo estriba en que, como esperaban que la huelga precipitaría la revolución, querían estar seguros de que los propietarios se negarían a satisfacer sus pretensiones. Una demanda más seria aún fue la del reparto de tierras.

Mientras tenían lugar las huelgas, los trabajadores abandonaban la bebida, el tabaco y el juego, y observaban una castidad estricta. Pasaban el tiempo, o bien en sus hogares, o bien paseando silenciosamente por las calles. Cuando no existen fondos de huelga que repartir, las huelgas se convierten en períodos de tremenda tensión y ansiedad para los trabajadores. La batalla que los patronos tenían que librar con sus cuentas bancarias, los obreros habían de librarla con sus propios estómagos. La disciplina y la solidaridad resultan indispensables en estos casos.

La terrible sequía y el hambre que la acompañó en el año 1905, acabaron con las huelgas. Se sacaron en procesión por los campos la imágenes milagrosas con sus acompasados movimientos de cabeza y brazos, pero el anarquismo había matado la fe en los milagros del catolicismo y eran pocos los que seguían descalzos las procesiones. Al hambre, que el gobierno hizo muy poco para aliviar, siguió un periodo de tranquilidad, pero la derrota había dejado tras de sí amargos sentimientos y ardieron algunas granjas y cosechas.

En algunos lugares, las huelgas habían conseguido ciertas mejoras en los salarios, pero estas mejoras quedaron automáticamente anuladas por el rápido aumento del costo de vida en toda España. La lucha entre la CNT y la patronal catalana, en Barcelona, que se inició en 1918 y continuó durante cinco años hasta que la dictadura de Primo de Rivera acabó con ella, ha sido ya descrita con cierta extensión en el capítulo 4. Bastará con mostrar aquí hasta qué punto dicha lucha afectó al desarrollo del anarcosindicalismo.

El primer paso consistió en la organización, dentro de la CNT, de los Sindicatos Únicos de Ramo, como resultado del fracaso de la gran huelga general de 1917, en la que actuaron como dirigentes los socialistas. Esta medida no hizo más que dar los últimos toques de sindicalización al movimiento anarquista.

Ya la organización por parte de Pelloutier en los últimos años del siglo XIX, de las bolsas de trabajo o sindicatos locales, en una federación nacional, incluyéndolos como una sección separada en la recién formada CGT o federación de sindicatos de oficios, había puesto las bases para la constitución de todo el engranaje sindical. Sin esta estructura, el movimiento no hubiera podido resultar eficaz. Estos cambios en la CNT, aun lejos de ser completos, aumentaron considerablemente el poder combativo de las organizaciones obreras. Constituían, por supuesto, una deliberada preparación para las luchas futuras.

Y los obreros no podían trabajar más, porque de hacerlo, fomentarían el desempleo. Con ello, los propietarios obtenían un trabajo de esclavos, es decir, malo y realizado de mala gana, y los trabajadores no contaban siquiera con el único privilegio de los esclavos, es decir, la manutención. En el invierno del año 1918, se celebró en Barcelona una asamblea anarquista nacional. Su objetivo consistía en fijar de una vez y para siempre la actitud que habría de seguir el movimiento anarquista con la organización sindical.

Después de algunas discusiones, se adoptó una solución bakuninista que recordaba los acuerdos del Congreso de Córdoba y los primeros años de la Internacional en España. Es decir, se acordó que, aunque una gran federación de trabajadores como la CNT no podía propiamente ser calificada de anarquista, se hacía preciso impregnarla tanto como fuera posible del espíritu libertario y que fuera dirigida por anarquistas.

Se aprobó la reorganización en sindicatos únicos y se hicieron preparativos para lanzar una vigorosa campaña anarquista por todo el país. Las figuras dirigentes de este movimiento fueron Salvador Seguí, llamado el Noi del sucre, y Ángel Pestaña. La postura de Seguí era diferente de la de los doctrinarios anarquistas- comunistas de la generación anterior. Buen orador cuando la ocasión lo requería, su principal talento, al igual que en el caso de Pelloutier, residía en sus capacidades de organizador. La CNT como fuerza combativa fue en gran parte creación suya, y su ideal consistía en llegar a conseguir una fusión con la socialista UGT, de manera que quedasen integradas en un solo cuerpo todas las fuerzas trabajadoras del país.

Para conseguir este fin estaba dispuesto a ceder en algunos de sus principios anarquistas. Pero antes de que se pudiera pensar en esta magna realización, era preciso conmover a los trabajadores con algún gran acto que probara la fuerza de la nueva organización. El entusiasmo entre los obreros catalanes había alcanzado tal punto que era forzoso proporcionarle una salida si no se quería que comenzase a declinar.

En tales circunstancias estalló en febrero de 1919 la huelga de la Canadiense (la gran compañía eléctrica de Barcelona). La huelga terminó con un acuerdo que constituía una verdadera victoria moral para los obreros, pero la negativas de las autoridades militares a aceptar los términos del acuerdo provocó una huelga general en la que tomaron parte 100.000 hombres. La perfecta disciplina observada y el paro completo de todas las fábricas y servicios públicos causó más profunda impresión entre los españoles de la que hubiera producido cualquier tumulto o motín y, aunque la huelga terminó con un acuerdo de compromiso (ya que sin fondo de huelgas no hay huelga de esta categoría que pueda durar mucho tiempo), proporcionó una completa vindicación de los métodos sindicalistas.

Los obreros agrícolas y los pequeños propietarios campesinos del sur y el este de España se apresuraron a engrosar las filas de la CNT. La lucha en Barcelona continuó durante todo el verano con diversas alternativas, según se encontrase en el poder un gobierno militarmente reaccionario o un moderado conservador. En septiembre tuvo lugar el lock-out de la Patronal, que debilitó a la federación sindicalista y desató la terrible guerra de los pistoleros ya descrita anteriormente.

En esta lucha, como en todas las guerras civiles, salieron perdiendo los dos bandos. Pero en otros lugares de España, y especialmente en Andalucía, la agitación se encontraba en su apogeo, y diariamente estallaban nuevas huelgas. En estas circunstancias se decidió celebrar un congreso de la CNT en Madrid. En el mes de diciembre de 1919, se reunían en el teatro de la Comedia 450 delegados que decían representar a los 700.000 miembros de la CNT y de las sociedades federadas con ella. Se trataba de tomar decisiones en varias e importantes materias: cuál era la mejor manera de continuar la lucha; qué posibilidades existían de fusión con la UGT; qué relaciones se habían de seguir con la Rusia soviética.

Respecto del primer punto, se decidió declarar una huelga de arrendatarios en todo el país a partir del 1 de enero, así como la creación entre los impresores de un censor rojo que correspondiera en intensidad con la censura del gobierno. Se aprobó también una moción respecto al sabotaje: aun cuando se le consideraba como un arma valiosa en la lucha contra el capitalismo, se decidió que había de ser usado inteligentemente y sólo cuando fuese necesario, oportuno y eficaz. Se acordó también en este congreso que la CNT se adheriría provisionalmente a la Tercera Internacional (comunista), aunque manteniendo todos los principios de la Primera Internacional, tal como habían sido planteados por Bakunin.

Respecto de la fusión con la UGT, Seguí se inclinaba fuertemente en su favor, y muchos sindicalistas pensaban que puesto que la CNT contaba con doble número de miembros, la UGT quedaría completamente absorbida. Sin embargo, la votación se declaró rotundamente en contra de la fusión.

Como una deferencia hacia la revolución bolchevique, el Congreso declaró su adhesión al comunismo anárquico, o como entonces era llamado, el comunismo libertario. Esta declaración fue ratificada posteriormente en el Congreso extraordinario celebrado en Zaragoza en 1931.

La situación en Andalucía

Volvamos de nuevo a la situación en Andalucía. Después del hambre de 1905, el anarquismo parecía haber desaparecido del sur de España. No quedaban más que pequeños grupos en las ciudades. Hacia 1910, se inició de nuevo cierta actividad que fue creciendo hasta culminar en Córdoba con la creación, en abril de 1913, de una federación de campesinos y obreros agrícolas bajo los auspicios sindicalistas, con el nombre de Federación Nacional de Agricultores Españoles (FNAE). Se abrigaba la esperanza de que esta federación se habría de extender entre los campesinos de toda España, y, por este motivo, a pesar de que los anarquistas habían desempeñado el papel más importante en su fundación, las ideas libertarias quedaron discretamente veladas.

Las pretensiones eran modestas: jornada de ocho horas, salario mínimo de 2,50 pesetas, extensión de las leyes de seguridad social ya existentes en las fábricas a los accidentes de los obreros del campo e insistencia para que se proveyera de un mínimo de instalaciones sanitarias e higiénicas a las moradas de los campesinos. Las tendencias libertarias de la Federación quedaron de manifiesto en su repulsa absoluta de las cooperativas, sociedades de ayuda y fondos de huelga, por considerar que tendían a incrementar el egoísmo de los trabajadores; en su condena de los Tribunales de Arbitraje, que traían aparejada la intervención del Estado, y en los estímulos que proporcionó a los sindicatos y clubs de obreros para que establecieran escuelas racionalistas.

Sin embargo, todo esto no impidió que los pequeños sindicatos socialistas que existían en algunas poblaciones andaluzas, sobre todo en la provincia de Jaén, se unieran a la Federación. El éxito de la FNAE fue solamente moderado. No consiguió extenderse por el centro y norte de la península, si se exceptúan algunas localidades en tomo a Zaragoza. Posiblemente su mayor éxito consistió en la conversión de Murcia y Valencia a las ideas libertarias. Hasta entonces, el levante español había permanecido neutral.

Pero no se consiguió que volviera el entusiasmo de 1902 a 1905 y hacia 1916 el movimiento iba languideciendo. A finales de 1917, parecía haber muerto por completo, y, sin embargo, pocos meses después, todo el sur y el este de España se encontraban en un estado de violenta agitación. Tal parece ser el ritmo invariable de las provincias meridionales del país. Las causas inmediatas fueron, como es de suponer, la revolución rusa y el creciente poderío del anarcosindicalismo en Cataluña.

El medio de liberación lo constituyó, como en 1902- 1905, la huelga general. Pero el sentir mesiánico, de expectación, la creencia infantil de que, sólo con que el trabajo cesara durante unos días, el comunismo libertario había de llegar como llovido del cielo, había disminuido considerablemente. Por toda esta parte de España se veían ahora millares de expertos militantes, veteranos de pasadas campañas, que comprendían la necesidad de una lucha bien organizada.

Los innumerables periódicos que surgieron, uno en cada pequeña población, iluminaban y mantenían el celo de los trabajadores y dirigían sus operaciones. No solamente el sentimiento en las ciudades y pueblos era más fuerte y unánime que anteriormente, sino que el área afectada era también mucho mayor. Las huelgas generales comenzaron en varias ciudades y pueblos hacia finales de 1917, y como muchas de ellas se vieron coronadas por el triunfo de los trabajadores, en la primavera y el verano siguientes se extendieron por toda Andalucía y Levante.

Al igual que en 1903, cada pueblo o ciudad declaraba la huelga cuando mejor le convenía. El éxito de estas huelgas se debió a que, excepto en las grandes ciudades como Sevilla y Málaga, todos los trabajadores y hasta los pequeños propietarios y los tenderos se encontraban agrupados en un solo sindicato. En el mes de mayo, se celebró un congreso en Sevilla con el fin de extender este sistema de sindicatos locales a toda la región.

La adopción de los sindicatos únicos por Barcelona, ya descrita anteriormente, tuvo lugar dos meses después, y la FNAE siguió también el ejemplo. Por consiguiente, en el otoño de aquel año, pudo verse a la inmensa mayoría de los trabajadores agrícolas del sur y el este de España, junto con tenderos, artesanos y demás trabajadores de las pequeñas industrias locales, agrupados en un vasto aunque un tanto incoherente sindicato. Parecían estar a la vista los comienzos de una gran confederación de campesinos que habría de abarcar a toda España, pero en un congreso celebrado en Valencia durante el mes de diciembre, la FNAE quedó definitivamente integrada en la CNT.

Ello confirmó la preponderante influencia de los obreros de Barcelona sobre las regiones agrícolas de Andalucía y Levante, hizo más fuerte aún la influencia anarquista y perpetuó innecesariamente el abismo existente entre los campesinos andaluces y castellanos. En otros términos: los intereses de los campesinos y obreros agrícolas hubieron de quedar postergados ante el viejo antagonismo existente entre Cataluña y Castilla.

Las huelgas se llevaban a cabo del modo siguiente: en la mayoría de los pueblos, no solamente los campesinos y labradores sin tierras se presentaba en el centro o sindicato, sino que también acudían artesanos, tenderos y mozos de servicio. Los miembros de la UGT, sindicato socialista, se sumaban también a la huelga. En algunos pueblos aparecieron al principio ciertos disidentes. Entre ellos se encontraban los labradores ricos y los tradicionales enemigos de los campesinos, los muleteros o yunteros, gentes sin tierras pero que poseían un par de mulas o de bueyes, así como también aquellos labradores que, por diversas razones, se encontraban estrechamente unidos a los terratenientes.

Al crecer el entusiasmo por la huelga, estos últimos, fuese por propia voluntad, o fuese por miedo a permanecer al margen, se decidían a presentarse también en el Centro. Por extraño que parezca, en los pueblos en que había bastantes pequeños campesinos el entusiasmo era mucho mayor que en los lugares en que predominaban los jornaleros. Estos, carentes de recursos para resistir, no podían afrontar largas huelgas y sus únicas armas eran el sabotaje y la violencia. Era, pues, en los pueblos en los que las grandes fortunas alternaban con pequeños propie tarios donde las huelgas se llevaban a cabo con más decisión.

En algunas de las primeras huelgas se realizaron boicots y se llegó a la intimidación de los trabajadores que no seguían la huelga, pero estos procedimientos no tardaron en hacerse innecesarios, con lo que las huelgas se llevaban a cabo tranquilamente y con perfecta disciplina y solidaridad. Durante estos años, los sindicatos locales adquirieron por todas partes autoridad y prestigio inmensos. Sus representantes, que componían los comités, eran los verdaderos gobernantes del lugar.

El ayuntamiento no ostentaba más que un poder nominal. Todos los domingos, el sindicato se reunía para discutir los asuntos locales. Todo el pueblo se encontraba presente, y todos los que lo deseaban tenían derecho a hacer uso de la palabra. Se aprobaban diversas resoluciones y el voto se llevaba a cabo por mano alzada. Durante la semana, el comité reforzaba sus decisiones mediante un sistema de multas, contra las que se podía alegar en la asamblea del pueblo. En realidad, aquello no representaba más que el renacer de las municipalidades de la edad media, tal como habían sido antes de que los nobles, los grandes señores y el rey hubieran acabado con sus cualidades democráticas. No es esta la única ocasión en que habremos de advertir que el anarquismo español en su trayectoria busca, como el carlismo, dar nuevo vigor al pasado.

Las peticiones de los huelguistas no eran, en general, inaceptables. Esto prueba que su educación política había mejorado desde 1905, y también que la tendencia sindicalista prevalecía sobre la anarquista. La mayor parte de las huelgas tendía a la elevación de los salarios de miseria de la época. En Castro del Río, por tomar un ejemplo típico, los trabajadores pedían un salario mínimo de 2,50 pesetas. Una vez que se hubo conseguido esto, elevaron la petición a 3,50. Y se llegó a un acuerdo definitivo en 3,00 pesetas.

A continuación se presionó para conseguir la abolición del trabajo a destajo en casi todas partes. Los terratenientes consintieron en tal abolición cuando no tuvieron otro remedio, pero no tardaron en volverse atrás de sus promesas. Era éste un punto en el que no estaban dispuestos a ceder. Pero lo que, por primera vez en la historia de España, estaba agitando seriamente a los trabajadores fue el desempleo. Y asimismo por primera vez se asoció este problema con la idea de cultivo de la tierra en común bajo la supervisión de los sindicatos.

Hasta entonces no se había planteado la cuestión del cultivo en común. Normalmente, en cada movimiento revolucionario hasta entonces, los campesinos pedían un nuevo reparto de tierras. Pero el fracaso de los pequeños poseedores de tierras había mostrado lo insensato de este empeño excepto en los lugares en que el suelo era muy fértil y los sindicatos proporcionaban los medios ideales para su organización. Los huelguistas, pues, pedían al gobierno y a los ayuntamientos trabajo para los parados hasta que la tierra, pasara a poder de los sindicatos para ser trabajada por ellos en común, tal como de hecho se había realizado durante la edad media.

La actitud de los patronos merece alguna atención. Su inmediata reacción fue la típicamente española de intransigencia y arrogancia. Se negaron en absoluto a parlamentar con los huelguistas. Pero cuando vieron que su actitud no surtía efecto, se apaciguaron y concedieron todo cuanto se les pedía. Era lo único que podían hacer, ya que no recibían ayuda alguna de los gobernadores de la provincia. El moderado gobierno conservador de la época sabía muy bien que los salarios del campo estaban muy por debajo del mínimo nivel de vida y veía con buenos ojos las alzamientos de los campesinos. Por consiguiente, los más sensatos de los terratenientes realizaron sinceros intentos para llegar a un acuerdo con los trabajadores y para iniciar planes de construcciones escolares, de viviendas y de arrendamientos de tierras. Pero a medida que las huelgas se fueron extendiendo, y, de esporádicas, se convirtieron en sincronizadas en toda la provincia, hubieron de ceder al pánico.

Liberales, conservadores y republicanos olvidaron sus antiguas rivalidades y se unieron estrechamente. Se suprimieron las venganzas de los caciques y cada casa se convirtió en un verdadero arsenal de fusiles y revólveres. Con el terror característico de su clase, familias enteras levantaron sus casas y abandonaron la región e, incluso, algunas no pararon hasta alcanzar la frontera. Pero, en mayo de 1919, un gobierno reaccionario las librada de sus temores. La Cierva envió a Andalucía a un general al frente de una división completa, se declaró la ley marcial y todos los sindicatos obreros fueron declarados ilegales. El movimiento sufrió un colapso como por arte de magia, y aunque bajo otros gobiernos se celebraron nuevas huelgas, nunca consiguieron la misma fuerza y unanimidad. Los resultados obtenidos durante estos dos años de agitación fueron incalculables.

Durante la misma época, los obreros catalanes consiguieron y mantuvieron grandes mejoras en los salarios. En Andalucía, las pequeñas ventajas obtenidas no tardaron en quedar superadas por el incremento en el costo de vida. Con el fin de la guerra europea llegó una gran crisis en la producción agrícola, se abandonó el cultivo en muchas tierras y el desempleo se incrementó. Resultaba evidente que sólo podría mejorarse el nivel de vida de los agricultores merced a cambios mucho más radicales.

El anarcosindicalismo en el norte de España

Volvamos ahora hacia el movimiento anarcosindicalista de las grandes ciudades del norte. A finales de 1919, el movimiento declinaba en Barcelona, a causa del lock-out de la Patronal y a la ola de asesinatos que lo acompañó, mientras en Madrid y Zaragoza comenzaba también su declinar un año más tarde. Un pacto firmado por Largo Caballero y Seguí como representantes de la UGT y de la CNT en el que se preconizaba la acción común, llegó demasiado tarde para significar un remedio a la situación. En realidad, durante el poco tiempo que duró tal acuerdo tuvo más bien efectos contrarios, ya que, con el fracaso de una gran serie de huelgas, primero en Andalucía y luego en Barcelona, iba cayendo el descrédito sobre los dirigentes puramente sindicalistas, a la vez que el encarcelamiento de sus principales dirigentes dejaba el paso libre a la aparición de otras figuras.

Los años inmediatos de la dictadura de Primo de Rivera contemplaron una áspera lucha por los principales cargos dentro de la CNT. Seguí y sus amigos iban perdiendo influencia. Los grupos puramente anarquistas esgrimían contra ellos su pacto con la UGT, la facilidad con que habían aceptado la mediación del Estado en las disputas campesinas y su tendencia general al reformismo.

Era fuerte también la nueva influencia bolchevique. La revolución rusa había producido, naturalmente, una profunda impresión en los medios anarquistas. Un grupo, cuyas figuras principales eran un maestro de escuela de Lérida, Andrés Nin, y el aragonés Joaquín Maurín, se mostraba claramente partidario a una colaboración más estrecha con los bolcheviques. Nin y Maurín persuadieron a una asamblea local para que los enviara a Rusia y, una vez allí, sin ninguna autoridad para ello, federaron a la CNT con la Tercera Internacional. Pero la represión de los marinos de Kronstadt en marzo de 1921 produjo un movimiento de repulsión en los grupos ácratas. Alexander Berkman, Emma Goldman, Schapiro y otras personalidades anarquistas comenzaban a denunciar los horrores de la dictadura de Lenin y en particular la guerra de exterminio que había emprendido contra los anarquistas rusos.

Ángel Pestaña, que había estado también en Rusia, volvió a España con pruebas fehacientes de lo que en dicho país estaba ocurriendo y la acción de Nin y Maurín fue desautorizada. Estos acontecimientos culminaron en un congreso celebrado en Zaragoza en el mes de junio de 1922, y presidido por Juan Peiró. Se afirmó una vez más la fe en el comunismo libertario, la CNT rechazaba toda conexión con la Internacional de Moscú y por el contrario, envió sus delegados a Berlín al congreso de la Internacional Sindicalista (AIT), que estaba siendo organizada por los sindicatos que no habían pactado nunca con los políticos y que habían permanecido neutrales durante la guerra europea. Pocos meses después, la CNT se adhería a la AIT. Entretanto, un congreso de grupos puramente anarquistas celebrado en Madrid había acordado que todos los anarquistas habían de alistarse en la CNT y considerarla como su campo de acción específico.

Por entonces, muchos habían desertado de la organización sindicalista por parecerles que representaba un concepto demasiado estrecho del anarquismo como filosofía apta para todos los hombres. Pero, en aquel momento, era necesario que aportaran su influencia y su capacidad a la CNT si no querían verla caer en manos de los bolcheviques que ya estaban practicando sus habituales tácticas de infiltración. No resultaba fácil resistir a un partido que acababa de realizar con éxito una gran revolución y que acusaba a los anarquistas españoles, sobre todo, de timidez y pedantería.

Pero, en septiembre del año siguiente quedaba detenido el libre desenvolvimiento de todas las organizaciones de las clases trabajadoras por el golpe de Estado de Primo de Rivera. Anticipándose a su inevitable supresión, la CNT se reunió y acordó su propia disolución. Sus miembros se afiliaron en los Sindicatos Libres del dictador. Esta disolución fue, no obstante, un mero simulacro. La estructura sindical permaneció intacta. La clausura de todos los centros libertarios y la suspensión de su prensa en 1924 indujeron a actuar clandestinamente. No obstante, se celebraban plenos de delegados de las federaciones regionales en contacto con los miembros del comité nacional, y, cuando la Dictadura caminaba hacia su fin, la CNT colaboró con los partidos políticos para acelerar su caída. A medida que se acercaba este momento, se realizaban preparativos para el periodo revolucionario que se esperaba había de llegar.

Mientras Nin y Maurín organizaban en el exilio un pequeño pero activo partido comunista, los anarquistas creaban en 1927 la Federación Anarquista Ibérica (FAI). Con esta creación, la rueda de la historia del anarquismo traza un círculo completo que vuelve hasta Bakunin y la Alianza de la Democracia Social.

La Federación Anarquista Ibérica

La FAI fue una asociación secreta o semi secreta compuesta exclusivamente de anarquistas. Su misión consistía en controlar desde dentro la organización sindical tan pronto como fuera restablecida. Comprendía sólo militantes de vanguardia de todo el país, hombres entregados en cuerpo y alma a la causa de la revolución, y quería asegurarse de que, gracias a su influencia, la masa de los trabajadores no se inclinaría ni hacia el conformismo y cooperación con los partidos políticos, ni hacia el comunismo ruso y su dictadura del proletariado. Cuando, en 1930, después de la caída de Primo de Rivera, la CNT hizo su reaparición, las fuerzas del anarcosindicalismo español se encontraban más fuertes y poderosas que nunca. Y comenzaron a prepararse, deliberada y sistemáticamente, para la revolución social.

Hemos trazado ya a grandes rasgos la historia del movimiento anarquista hasta la víspera del advenimiento de la República. Nos resta sacar algunas conclusiones generales. En primer lugar, su extensión. Desde sus mismos comienzos, hemos podido advertir que la peculiaridad del anarquismo español ha consistido en poseer dos núcleos distintos: el obrero industrial de Cataluña y el obrero agrícola de Andalucía. A primera vista, esto puede constituir una conjunción poco adecuada.

Los obreros catalanes eran, por lo menos desde 1920, los mejor pagados de toda España, si se exceptúa la región vasca. Por consiguiente, no tenían más motivos que cualquier otro grupo de obreros de Europa para desear la revolución. Pero no hemos de olvidar que estaban reclutados en su mayor parte entre los hambrientos y amargados labradores del sur y de Levante y que se encontraban como enjaulados en la más inquieta y excitada ciudad de Europa. Se veían sujetos a las rudas y despóticas leyes de generales y gobernadores castellanos y expuestos a la arbitraria y a menudo bárbara acción de la policía española, unos y otra los más grandes fomentadores de anarquismo que se puedan imaginar. A pesar de ello, mostraban una persistente tendencia hacia el puro y, en la práctica, pacífico sindicalismo que preconizaba la francesa CGT. Si España hubiera sido capaz de resolver su problema agrario y de conseguir diez o veinte años de desarrollo pacífico, no cabe la menor duda de que esta tendencia es la que hubiera llegado a prevalecer.

El anarquismo rural posee unas características muy diferentes. Constituye la reacción natural contra unas condiciones de vida intolerables, y siempre que tales condiciones desaparecen, siempre que encontramos campesinos que poseen o trabajan tierras suficientes para su sustento, el anarquismo cesa como por encanto. Así, en Cataluña, los modestos campesinos, los rabassaires, a pesar de las serias injusticias que con ellos se cometían, nunca fueron anarquistas. Poseían un partido político propio que prestaba su apoyo a la Esquerra. Igualmente, los prósperos campesinos de las fértiles vegas de Castellón o de Valencia pertenecían, o bien a las derechas católicas, o bien a alguno de los partidos republicanos, mientras que los campesinos y labradores de la igualmente fértil vega de Granada, aunque en constante y ruda lucha con los terratenientes, prefirieron por su parte el socialismo.

Fueron sólo los labradores sin tierra y los pequeños propietarios de Andalucía y de las áridas regiones del este en lucha constante con condiciones geográficas y climatológicas hostiles, los que abrazaron las doctrinas libertarias. Comprendían también, naturalmente, al vasto cuerpo de trabajadores agrícolas de la misma región que, al haber constituido durante largo tiempo la principal fuente de mano de obra para Barcelona, supieron recoger y guardar el calor del anarquismo catalán y sacar del mismo el soporte intelectual y el estímulo que las empobrecidas comunidades rurales no podían proporcionar por sí mismas. Esta íntima unión con la industria catalana, así como la desigualdad de salarios y condiciones de vida en las diversas regiones de España fueron las principales causas que impidieron la formación de un sindicato o partido de campesinos verdaderamente nacional.

Cualquier gobierno que quiera acabar con el anarquismo en España habrá de hacer, por consiguiente, dos cosas: resolver el problema agrario en el sur y en el este, y dar mayores facilidades a la industria catalana para que colabore en el desarrollo de esas empobrecidas regiones. Pero mientras Castilla siga teniendo la última palabra en los asuntos españoles es muy probable que Andalucía continúe como hasta el presente.

Existían, evidentemente, otros centros de anarquismo en la península. En Madrid, la CNT estaba fuertemente representada en algunos sindicatos, sobre todo en el ramo de la construcción, pero carecía de seguidores en el resto de Castilla. Zaragoza había sido durante largo tiempo una sólida fortaleza anarquista y consiguió extender algunas ramas en las regiones circundantes: una de ellas fue la de los trabajadores de las viñas en La Rioja. En Asturias, los obreros del acero en Gijón y La Felguera formaban dos islotes de anarquismo en medio de un mar de socialismo; como resultado de esta proximidad, los anarquistas asturianos se sentían inclinados hacia los métodos y la disciplina de la UGT. En Galicia existía un movimiento libertario rural, así como un fuerte núcleo anarquista entre los obreros portuarios de La Coruña. Estos anarquistas gallegos tuvieron un papel muy importante en la propaganda del anarquismo en Sudamérica.

A lo largo de las costas de España, pescadores, marineros y obreros portuarios preferían el anarquismo al socialismo. Las consecuencias de esta distribución entre campos y fábricas se pudieron comprobar en 1936, cuando llegó la por tanto tiempo deseada revolución. Los anarquistas deseaban implantar un sistema de colectivización para los obreros agrícolas, sistema que resultaba perfectamente conveniente para las condiciones existentes en Andalucía. Pero la mayor parte de Andalucía no tardó en caer en manos de los nacionalistas, y cuando los anarquistas de las grandes ciudades industriales quisieron imponer la colectivización a los labradores catalanes y valencianos, se encontraron con una fuerte oposición. Los campesinos, al buscar a alguien que los defendiera de esta revolución indeseada, no encontraron mejores defensores que los comunistas.

Por otra parte ¿qué beneficios habían proporcionado a los trabajadores sesenta años de organización anarquista? En las zonas rurales, a pesar de todas las huelgas e insurrecciones, no se había conseguido prácticamente nada. Ya se encontrara la agricultura en alza o en baja, el nivel de vida de los obreros agrícolas en el sur de España permaneció prácticamente el mismo desde 1870 hasta 1936. Los pequeños propietarios que habían conseguido sobrevivir a los malos años, estaban un poco mejor ya que los mercados habían progresado. Por otra parte, en las ciudades industriales se había conseguido un notable incremento en los salarios. Pero esto mismo, con mucho menos ruido y agitación, lo había conseguido también el socialismo. En este aspecto, resultaba difícil escoger entre las ventajas conseguidas por anarquistas y socialistas.

En cuanto a sus realizaciones revolucionarias, resulta difícil resumirlas. Si bien es verdad que el anarcosindicalismo, como observó Maurín, se había mostrado incomparablemente más eficaz que el socialismo para crear un sentimiento y una situación revolucionarios entre los trabajadores españoles, no es menos cierto que le faltaron las cualidades necesarias para llevar a cabo una revolución. Expresó admirablemente la intransigente resistencia de los obreros y campesinos españoles a las condiciones que la sociedad capitalista les imponía; proporcionó, en pequeña escala, magníficos ejemplos de solidaridad, de entrega a un ideal y de fervor revolucionario. Sus dirigentes eran posiblemente los únicos revolucionarios auténticos que quedaban en Europa, y, sin embargo, su organización, y sus principios los condenaba para siempre a representar el papel de Sísifo.

Aun en el caso de que, por un medio u otro, hubiera estallado una revolución social, no hubiera conseguido llegar a la cumbre un partido que, como el anarquista, pensara en destruir el poder político, sino uno que lo supiera arrebatar y utilizar. Y así, aunque el anarcosindicalismo resultó extremadamente eficaz para hostigar a los moderados gobiernos parlamentarios, y para sostener las constantes guerrillas políticas que mantuvo durante la segunda República, guerrillas que no sirvieron más que para desacreditarla y acelerar su caída, y que no tenían otro objetivo que minar y desprestigiar al partido socialista que entonces se encontraba en el poder, finalmente, por caminos revolucionarios se vio arrastrado por sí mismo al fondo y todos sus aires revolucionarios se redujeron a melodrama y chiquilladas.

Cuando la despreciada UGT se alzó en Oviedo en 1934, conmovió a España entera. Pero los anarcosindicalistas, con su espíritu, su organización y sus contradicciones fueron incapaces de realizar un amplio y concertado esfuerzo de este tipo. Aunque podían asustar a los miembros más tímidos de la burguesía, ningún gobierno los consideró nunca, a pesar de su número que se elevaba hasta el millón o millón y medio de miembros en épocas de agitación, más que como un problema que había de resolver el gobernador civil y la policía.

Con esto parece que queda agotado el tema del anarquismo español. Ineficaz como fuerza revolucionaria, moderadamente afortunado en la lucha para conseguir mejoras para los obreros, obstaculizó tenazmente todo gobierno, bueno o malo, con buenas o malas intenciones, que existió en España. Jugándose siempre el todo por el todo, ha aparecido necesariamente en muchas ocasiones como colaborador de la reacción. Pero todo esto no altera el hecho de que ha conseguido expresar algo que está mucho más hondamente arraigado en las mentes de los proletarios españoles que el socialismo o el liberalismo, y que por este motivo ha ejercido una influencia que no puede ser aniquilada fácilmente.

Anarquismo versus protestantismo

Precisamente debemos ahora considerar este aspecto del anarquismo: el moral y no el político. Cuando se intenta penetrar en el verdadero sentido del anarquismo español, se encuentra uno enfrentado a dos principales aspectos que, en la práctica, se reducen a uno. En primer lugar, se encuentra su carácter profundamente idealista y religioso-moral. Los anarquistas son unos hombres que intentan llevar a la práctica su utopía (que resulta tan ascética y severa como la primitiva utopía judeocristiana) de repente y, por consiguiente, por la fuerza. En segundo lugar, nos encontramos con una serie de campesinos y obreros españoles que, sin darse enteramente cuenta de ello, intentan reconstruir las primitivas situaciones agrarias (en este caso, la comuna colectivista), que en otros tiempos prevalecieron también en muchas partes de España, y que intentan, a la vez, recobrar la igualdad, la libertad y, sobre todo, la dignidad que en mayor o menor grado disfrutaron en otros siglos.

Es decir, el anarquismo, al igual que el carlismo, posee un aspecto atávico: en cierto aspecto constituye una expresión de nostalgia por el pasado y una actitud de resistencia a la esclavitud que la moderna estructura capitalista de la sociedad y la tensión y el esfuerzo del trabajo en las fábricas traen aparejada. Me ocuparé primero del aspecto religioso-moral. Desde este punto de vista, se puede describir al anarquismo español como la herejía protestante de la que la Inquisición salvó a España en los siglos XVI y XVII. Por muy violentos que sean los anarquistas (y no olvidemos que los independientes de Cromwell también lo eran), hablan la misma lengua de amor y libertad, de dependencia en la luz interior, que los ingleses usaron en algunas épocas. Son moralistas intransigentes. Cada acto es para ellos o bueno o malo. No admiten términos medios.

Cuando Sir Peter Chalmers Mitchell, intentó explicar a sus amigos anarquistas de Málaga que sus matanzas habían producido una pésima impresión en Inglaterra y que aquello posiblemente afectaría a la adquisición de armas para la República, le contestaron: - ¿Cómo? ¿Quiere usted decir que no debíamos haber hecho lo que considerábamos justo, simplemente porque el pueblo inglés podría desaprobarlo? Aún puedo dar otro ejemplo, tomado de mi propia experiencia. Me encontraba en una colina contemplando cómo se elevaban hacia el cielo el humo y las llamas de unas doscientas casas incendiadas en Málaga. Un viejo anarquista, conocido mío, se encontraba a mi lado. ¿Qué le parece? -me preguntó. - Van a abrasar toda Málaga -le respondí. - Sí, -dijo- la están abrasando. Y le aseguro que no quedará piedra sobre piedra, y que ni una planta, ni una triste col volverán a crecer allí, para que no haya más iniquidad sobre la tierra.

Era la misma voz de Amos o de Isaías (aunque el viejo nunca había leído a ninguno de los dos) o la de un sectario inglés del siglo XVII. El odio fanático de los anarquistas contra la Iglesia, y la extraordinaria violencia de sus ataques contra ella durante la guerra civil son cosas conocidas de todo el mundo. Creo que sin equivocarse mucho se puede decir que todas las iglesias quemadas en España durante la guerra civil fueron quemadas por anarquistas, y todos los sacerdotes asesinados, también lo fueron por ellos. Una persecución semejante de la religión no se había conocido en Europa desde la Guerra de los Treinta Años.

En la revolución rusa no hubo nada que se pudiera comparar. Creo que sólo se puede explicar como el odio de los herejes hacia la Iglesia de la que han surgido. A los ojos de los libertarios españoles, la Iglesia ocupa el lugar del Anticristo en el mundo cristiano. Representa para ellos algo más que un mero obstáculo para la revolución. Ven en ella la fuente de toda maldad, la corruptora de la juventud, con su mísera doctrina del pecado original, la blasfemadora contra la naturaleza y sus leyes. Es asimismo la religión quien escarnece con su pretensión de amor fraternal y mutuo perdón el gran ideal de solidaridad humana.

Creo que los ingleses olvidamos con demasiada facilidad nuestra propia historia cuando nos mostramos sorprendidos ante esta violencia antipapista. Entre los santos decapitados en las iglesias de Inglaterra y los altares destruidos y los muros ennegrecidos de las iglesias de España no existe más que una diferencia de matiz. Cabe, sin embargo, preguntarnos puesto que el anarquismo español puede ser descrito, en modo lato, como una herejía religiosa, cómo y en qué momento se separó de la Iglesia.

Existen, creo, dos clases principales de herejías: en primer lugar, aquellas que surgen como resultado de una diferencia de opiniones, en ocasión en que la Iglesia, en su desarrollo, se ve obligada a tomar posición en materias doctrinales. Como ejemplos podemos citar el arrianismo, el pelagianismo y el monofisismo. Este tipo de herejías aparece cuando el cuerpo doctrinal en algún punto concreto es todavía fluido. La Iglesia plantea con claridad su postura y todos los que no se someten a ella quedan convertidos en herejes.

En segundo lugar, existen las herejías provenientes de una rebelión dentro del cuerpo de la Iglesia contra determinados abusos, contra el fracaso del clero para llevar una vida de acuerdo con sus propias exigencias. Si uno de estos últimos tipos de herejías llega a adquirir una forma doctrinal, se hace mucho más peligroso, ya que está alimentado por un espíritu de indignación y porque una emoción genuinamente religiosa posee gran ventaja sobre un cuerpo que se sabe hipócrita y profano. Por este medio fue como el luteranismo obtuvo sus triunfos.

Pero existe una especie de herejía, que pertenece a esta clase, hacia la que, tanto las iglesias protestantes como la católica, han tenido siempre especial terror. Se trata de aquella que consiste en tomar al pie de la letra las frecuentes alusiones de la Sagrada Escritura contra la maldad de los ricos, y la consiguiente maldición de los ricos y bendición de los pobres. Tal fue el delito de los circuncilianos, secta militante del siglo IV, que se extendió por los latifundios africanos en unas circunstancias muy similares a las de los anarquistas españoles, y tal fue también el crimen de los waldenses y de los anabaptistas. Lo que las autoridades no podían perdonar en modo alguno a estas sectas era su enseñanza social de los Evangelios.

Podemos recordar el loco furor con que Lutero pedía la destrucción por la espada y por el fuego de los campesinos que lo estaban comprometiendo al tomar en un sentido literal sus enseñanzas sobre la libertad cristiana. La razón de esta violencia es evidente. La Biblia, y sobre todo el Nuevo Testamento, contiene dinamita suficiente para hacer saltar todos los sistemas sociales existentes en Europa, y solamente por la fuerza de la costumbre y por la hermosa y rítmica cadencia de las palabras, no nos damos cuenta de ello.

Un chino inteligente ha sido más observador que nosotros. Cuando Sun Yat Sen visitó Europa, se asombró al ver que una religión que constantemente exalta al pobre y condena al rico era practicada y mantenida principalmente por las clases más ricas, egoístas y respetables. La habilidad política y la hipocresía necesarias para conseguir tal situación le parecían exceder por completo las posibilidades de comprensión de un oriental. Por consiguiente, siempre ha existido el riesgo de que el menor debilitamiento en la influencia de la Iglesia, toda deserción de los intereses de los pobres por parte del clero, habría de llevar a un énfasis mayor en los principios de igualdad, pobreza voluntaria, y amor fraternal que, con otras cosas, yacen en las mismas raíces de la cristiandad.

¿Y dónde se cumplieron tales condiciones mejor que en la Andalucía del siglo pasado? El pobre labrador que compraba una de aquellas Biblias que la Sociedad Bíblica inglesa vendía por pocos céntimos, y que siempre se vendieron muy bien en el sur y el levante de España, podía leer, por ejemplo, lo que la Virgen María, verdadera diosa de Andalucía, y a la que cada noche al despojarse de su camisa elevaba una plegaria, pensaba de aquellas cosas. En su gran himno de triunfo, poseída de un inconfundible espíritu profetice, se había alegrado de que los poderosos habían sido arrojados de sus sitiales de privilegio y los pobres habían sido exaltados, de que los hambrientos habían sido colmados de cosas buenas, mientras los ricos habían sido despedidos con las manos vacías.

Bien puede perdonarse a tal labrador por ver en estas palabras una expresión de la lucha de clases. Me atrevería a sugerir, pues, que la rabia de los anarquistas españoles contra la Iglesia es la rabia de un pueblo intensamente religioso que se siente abandonado y decepcionado. Los curas y frailes lo abandonaron en un momento crítico de su historia y se echaron en brazos de los ricos. Los humanitarios y resplandecientes principios de los grandes teólogos del siglo XVII fueron dados de lado. El pueblo, entonces, comenzó a sospechar (y las nuevas ideas aportadas por el liberalismo no hicieron más que ayudarle) que todas las palabras de la Iglesia no eran más que hipocresía.

Por consiguiente, cuando se lanzaron a la lucha por su utopía cristiana, fue contra la Iglesia y no con ella. Hasta su misma violencia puede ser calificada de religiosa. Después de todo, la Iglesia española ha sido siempre una Iglesia militante y hasta el mismo siglo XX ha seguido pensando en destruir a sus enemigos. No cabe duda de que los anarquistas podían pensar que si, utilizando los mismos métodos, podían librarse de todos los que no eran de su modo de pensar, realizarían un trabajo mejor que el de la Iglesia en su empeño de establecer un nuevo paraíso terrestre. En España, todo credo aspira a ser totalitario.

Tal vez alguien piense que he acentuado demasiado el aspecto religioso sobre todo teniendo en cuenta que el anarquismo español no es, después de todo más que una doctrina política. Pero los fines de los anarquistas eran mucho más dilatados y sus enseñanzas mucho más personales que todo lo que se pueda entender por la palabra política. A los individuos les ofrecían un modo de vida: el anarquismo no es sólo algo por lo que hay que trabajar, sino algo que hay que vivir. Ofrecían a la comunidad un nuevo mundo fundado exclusivamente en principios morales. Nunca cometieron la equivocación de pensar, como los socialistas, que esto podía ser conseguido simplemente con elevar el nivel de vida en la nación. Por el contrario, muchas veces se mostraron ascéticos y puritanos.

Ya he descrito anteriormente cómo, en algunas colectividades anarquistas, consiguieron suprimir el vino, el tabaco y hasta el café. Este ascetismo se extendía también al aspecto sexual. Es cierto que los anarquistas creen en el amor libre —todo, incluso el amor, debe ser libre— pero no creen en el libertinaje. Y así, en Málaga enviaron misiones a las prostitutas. En Barcelona limpiaron cabarets y burdeles con una eficacia que la Iglesia española (que frunce el ceño ante un vicio externo, como llevar un traje de baño sin faldilla, pero que cierra sus ojos ante las válvulas de seguridad) nunca habría aprobado.

El doctor Borkenau, que en su libro sobre la guerra civil española ha proporcionado una descripción tan admirable de los anarquistas españoles, subraya particularmente estos aspectos. Su odio contra las clases superiores, dice, tiene un fundamento mucho menos económico que moral. No desean aprovecharse de la buena vida de aquellos a quienes han expropiado, sino verse libres de sus lujos que les parecen incluir todos los vicios. Cualquiera que haya vivido algún tiempo en un pueblo español, aunque sea en uno que no haya recibido influencia de las ideas anarquistas, habrá podido darse cuenta de cuan característica es la desaprobación de la menor ostentación.

Los vicios de los hombres de hoy y las virtudes de sus antepasados constituyen temas que aparecen constantemente en su conversación. El fumar, aunque generalizado, es siempre condenado, y resulta frecuente oír a los obreros jactarse del poco dinero que necesitan para vivir. Después de todo, ya don Quijote en su exaltada peroración sobre la edad de oro y el estado de felicidad en que vivía el hombre primitivo, declaraba que éste se alimentaba de bellotas.

Apenas si resulta necesario señalar cuan completamente diferían en esto los anarquistas de los socialistas y comunistas. Ellos no tenían nada que hacer con la dialéctica marxista ni con el cuerpo de teoría y dogma edificado sobre ella. La estricta disciplina de los comunistas y su actitud de subordinar los principios morales a las conveniencias les parecía jesuítica. Por su parte se apoyaban en esa cosa tan española: actuar por instinto. Todo plan, todo orden, todo acuerdo que estorbara el instinto era equivocado. Tan pronto como iniciaban una batalla, se lanzaban hacia adelante, siguiendo la luz interior de la naturaleza, con extraordinario arrojo o con absoluta cobardía, según se sintiesen inclinados. Magníficos en algunos momentos, pero si las circunstancias exigían una cohesión o una resistencia que no se sentían capaces de dar, no se podía confiar en ellos. Este mismo había sido el principio de las partidas de guerrilleros en la guerra de la Independencia. Si alguien duda de que gran parte de lo que hoy llamamos «anarquista» es simplemente ibero puro, puede comparar la famosa llamada a la «indisciplina organizada» con que la FAI cubrió las paredes de Barcelona en agosto de 1936, cuando la columna de Durruti se disponía para emprender su marcha sobre Zaragoza, con esta descripción de un inteligente testigo presencial de la organización de las guerrillas contra Napoleón: «Después de que todos los ejércitos regulares habían sido derrotados... surgió un sistema de guerra reducida, una especie de «desorden organizado,» que encajaba perfectamente con el carácter indomable de la nación española y con las desdichadas circunstancias en que se encontraba». Su otra disputa con los comunistas se refería a la libertad. Marx había diagnosticado que los trastornos del mundo eran debidos a la avaricia. Para él el mayor delito consistía en la propiedad privada. Los anarquistas se mostraban de acuerdo en esto, pero añadían que existe un segundo pecado todavía más importante, que es el ansia de poder. Señalaban que la abolición de la propiedad privada en Rusia había llevado a un incremento de la tiranía. Y precisamente sus protestas iban principalmente contra la tiranía económica del moderno mundo capitalista, y solamente en segundo término contra la desigualdad de ingresos. Los anarquistas, pues, luchaban, sobre todas las cosas, por la libertad. Pero aquí se presenta el grave dilema. Estos severos moralistas, estos hijos del imperativo categórico desaprueban la organización actual de la sociedad. Pero ¿qué es lo que piden? Piden que todo el mundo sea libre. ¿Libre para qué? Libre para vivir una vida natural, para alimentarse de frutas y verduras, para trabajar en las granjas colectivas, para conducirse de la manera que los anarquistas consideran adecuada. Pero si esas cosas no le importan, si quiere beber vino, e ir a misa, y cavar en su propio campo y rehúsa los beneficios aportados al mundo por el comunismo libertario ¿entonces, qué? Entonces, se trata de uno de los malos, de los perversos, susceptible tal vez de curación, pero, si no proviene de una familia de trabajadores, lo más probable es que esté corrompido y viciado por la educación o por la herencia, y, por consiguiente, no es digno de tomar parte en el paraíso anarquista. Una bala en la cabeza para este compañero —sin odio, naturalmente, sin odio. Incluso puede fumar un último cigarrillo antes de morir. Después de todo, compañero, la muerte no es nada. Estas parecen ser las consecuencias prácticas del anarquismo. Muchas personas cuya simpatía se ha sentido atraída por los anarquistas españoles, que se han sentido conmovidas por su heroico idealismo, y encantadas por su sinceridad y franqueza, olvidan la otra cara de la medalla. El anarquismo, que pone la libertad por encima de todas las cosas, puede llevar fácilmente en la práctica a la más repelente tiranía. A nadie le puede quedar la menor duda de que si los anarquistas hubiesen ganado la guerra, hubieran impuesto su voluntad no sólo sobre la burguesía sino también sobre los campesinos y los obreros sin la menor compasión. Existen indicios para creer que en las zonas rurales esto hubiera llevado a una nueva especie de caciquismo. Esta es la trágica paradoja del anarquismo español. Pretende alcanzar por medio de la violencia un estado en el que hasta la más moderada forma de coacción se encuentre excluida. Los malvados que durante tanto tiempo han oprimido al mundo, han de ser eliminados para que, automáticamente, surja una era de paz y de tolerancia mutua. Es claro que tales esperanzas no pueden ser tomadas en serio. Sería una gran simplicidad el creer que de la agitación y tumulto de una revolución violenta en un país moderno pudiera surgir semejante forma de sociedad sin Estado. Únicamente en algunas pequeñas ciudades y en pueblos en los que la inmensa mayoría de sus habitantes son labradores y campesinos pobres, preparados para trabajar sus tierras en común, podría ser posible algo de esta naturaleza. Pero, lo que en Bakunin no pasó de ser un fugaz sueño revolucionario, hizo fuerte presa en los españoles, precisamente porque están habituados a pensar en términos de su propio pueblo. En un pueblo primitivo hubiera sido posible este cambio que en una sociedad altamente organizada hubiera resultado en absoluto una utopía. Por tanto, cuando los anarquistas dicen que «para conseguir la edad de oro no hay que hacer más que matar a los malvados que impiden que los buenos vivan como les place», en el fondo de su pensamiento existe siempre el pueblo de tres mil habitantes con sus campesinos y obreros del campo sin tierras. Con librarse de una docena de terratenientes y del cura, el resto puede repartirse las tierras y vivir felizmente. Y realmente en esta creencia no hay nada de ilusorio. Cualquiera que haya conocido las clases menesterosas españolas, reconocerá que por sus sentimientos generosos de los unos para con los otros y por la capacidad que muestran a menudo para la cooperación, están perfectamente preparados para desempeñar su papel en la comunidad anarquista. Los bereberes de las montañas de Marruecos, primos hermanos de los iberos, han vivido durante miles de años en pequeñas comunas independientes cuya organización es puramente anarquista. Con esta capacidad de aplicación de las ideas libertarias a la vida rural, creo que llegamos a la otra raíz del anarquismo español, aparte de la religiosa. Ya que, aunque el anarquismo es en cierto sentido una concepción utópica de la vida que abre sus brazos hacia el futuro, también es cierto que los anarquistas, al igual que los carlistas, fijan una profunda mirada en el pasado. El anarquismo rural no es, ni más ni menos, que el intento de hacer resurgir las primitivas comunas españolas que ya existían en muchas partes de España en los siglos XVI y XVII. Hoy día se llaman colectividades, pero, aunque los rusos inventaron esta palabra y la moderna maquinaria agrícola les ha dado un nuevo sentido, lo que los anarquistas ansiaban implantar era la vieja comuna en la que la tierra era dividida en lotes cada pocos años. El anarquismo se ha limitado a hacer revivir el perenne instinto del campesino que cree que la vida en el pasado era mejor en todos los aspectos que en el presente y que desea volver a ella. No ha habido un solo alzamiento de campesinos en los últimos cien años en Andalucía en el que el pueblo no se haya organizado en comuna, no haya dividido las tierras, abolido el dinero y declarado su independencia y libertad frente a la interferencia de los terratenientes «extranjeros» y la policía. El anarquismo de los obreros industriales no es demasiado diferente. Lo primero que piden es el autogobierno de su localidad industrial o de su sindicato, y, a continuación una reducción de las horas de trabajo o de la cantidad del mismo. Piden más libertad y más tiempo libre, y, sobre todo, más respeto por la dignidad humana, pero no necesariamente un nivel de vida más elevado. Después de todo, esto no es más que una manera de decir que desean volver a las tranquilas y cómodas condiciones del siglo XVII, cuando, a costa de sus estómagos, los trabajadores de las ciudades conservaban aún su innata dignidad y libertad y no habían sido aplastados y deshumanizados por la vida de las fábricas. Por tanto, el anarquismo, aunque parece mirar solamente hacia el futuro, en realidad está dominado por la nostalgia del pasado tan característica de España. El siglo de oro, la era de gloria para las clases educadas y cultas y de la libertad y el ocio para todos, es la época dorada a la cual desearían volver casi todos los españoles, y tras la cual, a poco que se ahonde, se encuentra la época pastoral, en la que los hombres vigilaban sus rebaños durante el día y meditaban como los profetas hebreos en el vicio y la virtud, en el destino y en Dios, mientras quedaba para otros la fatiga y la degradación de los trabajos del campo. Creo que hemos llegado ya al significado preciso del anarquismo y a su valor tanto para España como (aunque esto pueda parecer absurdo) para Europa. El anarquismo proclama más clara e inteligentemente que cualquier otro movimiento ibérico la resistencia de todo el pueblo español contra la tiranía y ruindad de la moderna era mecánica. A diferencia del carlismo que (si es que todavía significa algo) vuelve también la espalda a la modernización, el anarquismo acepta los beneficios que se pueden obtener de la producción mecánica, aunque insiste en que nada debe cercenar el derecho del hombre a vivir una vida digna. No se han de hacer sacrificios a Moloc. Si tiene que escoger entre un incremento de la comodidad o un aumento del ocio, escoge enfáticamente lo segundo. Y esto no significa una preferencia por la pereza. Se debe únicamente a que el anarquismo español es un credo ascético que pone los valores espirituales de la vida por encima del confort material, y sabe que para que esos valores espirituales se desarrollen es menester cierto ocio. En este aspecto es hondamente español. Durante más de dos siglos, el pueblo español, como todos los viajeros desde el siglo XVIII han observado, ha sido el depositario de las virtudes y tradiciones de la raza, abandonadas por las clases altas. Hoy día, pocos, aparte de los pobres, pueden hablar con la auténtica voz de España. «La superficie de nuestro país se corrompe constantemente, decía Cánovas, pero nunca su fondo» Y así, el movimiento anarquista español, estrecho, ignorante, a menudo terriblemente carente de piedad, enarbolando con libre determinación e infalible optimismo designios totalmente impracticables, no solamente es la cosa más «hispánica» al sur de los Pirineos, sino que contiene principios que, con todas las modificaciones precisas, han de ser reconocidos y satisfechos si es que España ha de volver a ser una nación grande y unida. Si hubiera surgido alguna vez un verdadero héroe nacional, no hubiese dejado de verlo. Lo que España ha de dar a Europa no ha de consistir en imitar las formas extremas de naciones tal vez más organizadas que ella pero en muchos aspectos menos vitales, formas que, por otra parte, tal vez no sería capaz de aprovechar, sino el desarrollo dentro de sí misma de sus propias fuentes de vida. Y esto sólo puede ser realizado prestando alguna atención a lo que el pueblo quiere realmente. Desde hace más de un siglo, la debilidad de España se ha debido al hecho de que todos los gobiernos que se han sucedido han tenido a la gran masa del pueblo contra ellos.

BRENAN, Gerald, El Laberinto Español, Editions Ruedo Ibérico, 1962, págs. 271-314