La clase trabajadora

Índice

El anarquismo español
Los anarcosindicalistas
Los carlistas
Los socialistas

El Anarquismo español

Índice

Introducción
Giuseppe Fanelli en España
Implantación y desarrollo
La idea federal
Movimiento cantonalista
La Internacional
El anarquismo en Andalucía
Colectivismo y anarquismo

Introducción

Sé que moriré y que los gusanos me comerán, pero quiero que triunfe nuestra idea. Quiero que las masas de la humanidad se emancipen verdaderamente de toda autoridad y de todos los héroes presentes y futuros. Bakunin.

El anarquismo español remonta sus orígenes a un aristócrata ruso, Miguel Bakunin. En las Memorias de Herzen encontramos una vívida descripción de este hombre. Gigantesco, con la energía de diez hombres cuando se excitaba, ardientemente exuberante, falto de método en sus actos, sumergido en un torbellino de artículos inacabados, planes incompletos, típicas conversaciones rusas a todo lo largo de la noche e innumerables tazas de té: tal es el retrato que de él nos hace Herzen. Sobresale el aspecto simpático de su carácter, su generosidad, su falta de malicia rayana en el candor, su trato sencillo y natural con todo el mundo; pero lo cierto es que nos produce la impresión de un estudiante —y lo que es más, un estudiante ruso— al que diez años de prisión no han conseguido moderar en absoluto.

Mijaíl Bakunin.Mijaíl Bakunin.

Había sin embargo, en el carácter de Bakunin rasgos profundos que Herzen, exilado sarcástico y desilusionado, confortablemente instalado en Londres, no supo apreciar. Bakunin era un hombre de acción, privado de la posibilidad de ejercerla, un jefe nato para una banda de guerrilleros o campesinos sublevados la posibilidad. Gozaba de una comprensión instintiva para ciertos tipos primitivos de gentes: campesinos rusos o italianos, bandidos y rebeldes de toda laya. No era sólo que estuviera dispuesto, como Garibaldi, a ir al frente de ellos a las barricadas o a dar su vida por ellos, sino que sentía auténtico respeto y gusto por sus ideas y su estilo de vida. Precisamente sobre este sentimiento de simpatía hacia el pueblo sencillo y amante de la libertad, fundó su evangelio, su visión del futuro, que había de guiarlos tras mil vicisitudes a un paraíso sobre la tierra.

El movimiento anarquista europeo es, pues, el producto de la imaginativa penetración de Bakunin en cierto tipo de seres humanos, fundida con un hondo fervor moral y revolucionario. Por este motivo, cuenta con un atractivo inmediato y directo, de que el marxismo carece, capaz de conseguir adictos dondequiera que se den las circunstancias apropiadas. Y por todas partes lleva el sello original de su fundador. Así como Godwin puede ser considerado el padre del anarquismo americano, con su doctrina ultraliberal apropiada a países industriales con elevado nivel medio de vida, Bakunin es el creador del anarquismo campesino del sur y del este de Europa. Ello resulta especialmente cierto en España, el único país en el que sus ideas arraigaron en un movimiento de masas. No resulta exagerado afirmar que, por débiles que puedan parecer los puntos de contacto, todo lo que hay de importancia en el anarquismo español, procede de él.

En 1864, año de la fundación de la Internacional, Bakunin dejó Suiza y se instaló en Nápoles. Tenía ya por entonces cincuenta años, y aunque se encontraba prematuramente envejecido a causa de los sufrimientos, todavía seguía teniendo la vitalidad y el entusiasmo de diez hombres. Su enorme fortaleza y estatura, su personalidad vibrante, su romántica carrera, lo convirtieron en el revolucionario más célebre de su tiempo, el Garibaldi del socialismo, y en su torno se apresuraban sus discípulos. Pero por entonces no tenía aún mucho que enseñarles.

Sus años de prisión en los calabozos del zar le habían impedido tomar contacto con la época reaccionaria que siguió a 1848, y que había obligado a tantos revolucionarios a alterar sus métodos, y vivía todavía entre las ideas de su juventud. En la Europa septentrional tales ideas estaban ya pasadas de moda. Y hasta que no llegó al sur de Italia, con su atmósfera revolucionaria de sociedades secretas y de las insurrecciones garibaldinas, no se dio cuenta de cómo podría adaptar sus ideas a las condiciones modernas. Entonces adquirió forma su credo de colectivismo antiautoritario, o, como sería llamado más tarde, de anarquismo. En él tenían cabida el carbonarismo italiano, las teorías de Proudhon, el culto de los eslavófilos por los campesinos y su propia manía infantil por las sociedades secretas revolucionarias. Al volver a Ginebra, en 1876, su filosofía social había alcanzado la madurez.

Los cuatro años siguientes (1868-1872) contemplaron la lucha entre las ideas de Marx y de Bakunin por el dominio de la Internacional. Los dos puntos capitales sobre los que giraba su oposición consistían en si se debía o no participar en las luchas políticas y si la organización de la Internacional había de ser centralizada o federal. Estas dos cuestiones de táctica respondían, claro es, a profundas divergencias de objetivos y de concepto que ya se expresaban en la época diciendo que mientras Marx deseaba conquistar el poder político para el proletariado, Bakunin quería que el proletariado destruyera el poder político.

Pero nunca podríamos comprender la verdadera naturaleza del anarquismo español sin examinar con alguna extensión la ideología de Bakunin. La filosofía social de Bakunin se divide en tres partes: crítica de la época capitalista actual, visión de la nueva sociedad anarquista (o, como él la llama, colectivista) y medios con los cuales, según él, se puede alcanzar esta sociedad. Respecto del primer punto, el anarquismo constituye una protesta no solo contra las desigualdades de riqueza de la sociedad actual, sino contra su tiranía. Todo ejercicio de autoridad —escribía— pervierte y toda sumisión a la autoridad humilla. Y la peor clase de autoridad es la del Estado, que constituye la más flagrante, la más cínica y la más completa negación de humanidad, ya que (...) todo Estado, como toda teología, da por sentado que el hombre es fundamentalmente malo y pervertido.

Por consiguiente, desea acabar con el Estado, poniendo en su lugar un régimen federal libre en el que entidades autónomas (sociedades, grupos o ayuntamientos), contraigan pactos voluntarios unas con otras. Esto constituía, evidentemente, el sistema preconizado por Proudhon. También ataca la organización de la vida industrial moderna por la cual los hombres se convierten en esclavos de las máquinas y pierden toda posibilidad de vivir una vida auténticamente humana. La libertad, una libertad absoluta y completa, constituye una necesidad para todo hombre.

Bakunin, pues, pretendía destruir el Estado. Y pretendía también destruir a Dios. En todos sus escritos vibra un apasionado ateísmo. Dios es la creación de los instintos de esclavitud del hombre, y el hombre no podrá jamás ser libre hasta que deje de creer en él. La teología da por sentado, como el Estado, que lo hombres son fundamentalmente malos y pervertidos y que han de ser constantemente corregidos y humillados.

Aquí llegamos a un importante aspecto del sistema de Bakunin. Con frecuencia se ha dicho que el anarquismo no podrá nunca resultar de utilidad, ya que se basa en el principio de que los hombres son, por naturaleza, buenos. Sin embargo, no es tal la idea de Bakunin.

Simplemente cree que los hombres son lo bastante buenos para vivir en una sociedad libre, la cual, por supuesto, poseerá sus propios medios para ejercer presión sobre ellos. Toda sociedad produce hombres a su propia imagen, y los hombres de los tiempos actuales se encuentran corrompidos por la lucha por el poder y el dinero. Pero los seres humanos son muy plásticos y, con otro sistema, podrán comportarse de otro modo.

En el nuevo mundo imaginado por Bakunin, la opinión pública será lo suficientemente fuerte para enfrentarse con las infracciones a su código sin tener que recurrir a ninguna autoridad central. Es evidente la analogía con el pueblo de campesinos o con la tribu primitiva, donde la justicia, como todo lo demás, se encuentra organizada a escala local.

Ya hemos visto que Bakunin acentuaba fundamentalmente el concepto de libertad. Pero no entiende esta palabra de la misma manera que los liberales. La teoría liberal o burguesa de la libertad, dice, proviene de aquel miserable libro, El contrato social, de Rousseau. En él se imagina que el individuo aislado, con su deseo de libertad ilimitada, se reúne con otros individuos y llega a un acuerdo para vivir en sociedad con ellos.

Jean-Jacques Rousseau.Jean-Jacques Rousseau a la edad de 41 años, pintado al pastel por Quentin La Tour.

Cada uno de ellos se compromete a renunciar a aquella parte de su herencia natural de libertad que pueda entrar en conflicto con la libertad de los demás. De este contrato, por el desarrollo mismo de la teoría, ha nacido a su tiempo el Estado moderno con sus leyes e instituciones, y, en realidad, también toda forma de tiranía. Pero, continúa Bakunin, tal contrato es, históricamente hablando, una pura ficción.

La sociedad no fue creada por la reunión voluntaria de sujetos individuales; por el contrario, puesto que los hombres son por naturaleza animales sociales, ha sido siempre la sociedad la que los ha creado a ellos. El concepto de libertad resulta, pues, inconcebible fuera de una comunidad. El hombre no puede ser libre cuando se encuentra solo. Solamente puede ser libre cuando vive en comunidad con otros seres humanos libres, cada uno de los cuales gana su derecho a la libertad por medio de su propio trabajo.

No soy verdaderamente libre más que cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son también libres. La libertad de los demás, lejos de constituir un límite o la negación de mi libertad, es por el contrario la condición y la confirmación de mi misma libertad.

Si esto puede parecer paradójico, añade, es debido a que las gentes, a causa de su educación burguesa, se encuentran tan habituadas a pensar en términos de individuo aislado, que no pueden darse cuenta de que el hombre sólo se convierte en un ser humano perfecto cuando vive en una sociedad libre.

El individuo aislado es una ficción y, en los casos en que existe constituye necesariamente una criatura completamente inmoral, la personificación del egoísmo. Y Bakunin rastrea la responsabilidad por esta actitud, a través de Descartes, hasta la noción cristiana de alma inmortal, que ha producido una rotura fatal de la personalidad. Así pues, la causa del mal en la sociedad burguesa radica en que el hombre necesita de otros hombres materialmente, pero no los necesita moralmente. Y por ello los explota.

A través de esta doctrina se puede observar que si Bakunin desea destruir el Estado, realiza una compensación al dar una crecida importancia a la sociedad. La sociedad es, o debiera ser, el fluido en el que deben vivir los hombres para conseguir su alimento adecuado. En el actual mundo burgués, los hombres perecen de hambre sin darse cuenta de ello.

Por consiguiente, sostiene que una sociedad libre ha de producir necesariamente hombres fuertes, de miras amplias, sobresalientes , y acepta sin temor el robustecimiento de las grandes fuerzas conservadoras que gobiernan las sociedades: las costumbres y la opinión pública, que son buenas porque son naturales Será preciso que nos fijemos en esta palabra, natural, ya que constituye una de las claves del pensamiento de Bakunin.

Se encontraba profundamente impresionado por el constante incremento de lo artificial en la vida moderna, y creía que sólo podría ser contrarrestado por medio de una profundísima transformación de la estructura social. Y así como todo lo artificial era malo ante sus ojos, así todo lo natural era bueno. De aquí que la destrucción juegue una parte tan importante en las ideas de Bakunin, y el planeamiento del futuro tenga una parte tan pequeña. La pasión por la destrucción, dijo en cierta ocasión, es también una pasión creadora. Creía que si el Estado y el dominio por la fuerza que mantiene, con todos los compartimentos que separan a los hombres unos de otros, pudieran ser destruidos, la naturaleza haría surgir nuevos y mejores organismos sociales que ocuparían su lugar.

Sin duda olvidaba que esto había ocurrido ya una vez en Europa y que lo que surgió no fue el anarquismo, sino la horrible y cruel anarquía de las primeras épocas feudales. Como veremos más adelante, en la misma raíz del anarquismo existe una fatal paradoja.

Podemos ver ya con claridad que el tipo de vida que Bakunin propugnaba era el de las pequeñas comunidades campesinas, tal como las había conocido en Rusia. Pocos años después, otro gran anarquista, Kropotkin (que también era un aristócrata ruso), había de encontrar precedentes históricos para sus teorías sociales en las comunas de la edad media y hasta en la vida ciudadana griega.

Marx en 1875.Marx en 1875.

Es decir, existe en el anarquismo un fuerte elemento de reacción contra el industrialismo, de retorno (aun sin renunciar a las ventajas de los modernos procesos industriales) a la vida más libre y humana de la edad media. Por esto, Bakunin sustituyó la idea de las masas, tan grata a la mentalidad germánica de Marx, por la de los pequeños grupos. Creía que solamente en pequeños grupos se podía encontrar la debida consideración a los derechos y a la dignidad del hombre. En sus observaciones acerca del respeto que se debe a todo hombre, por estúpido, malvado o despreciable que parezca, precisamente por ser hombre, se recuerdan inmediatamente las enseñanzas cristianas medievales, que se basaban en la teoría democrática de la igualdad de todas las almas ante los ojos de Dios.

Bakunin, pese a eliminar a Dios, conserva la misma mística igualdad de derechos, e incluso la convirtió en el auténtico eje de todo su sistema. Esto le llevó a negar la validez de la dialéctica marxista y a insistir en que las necesidades y los deseos de los hombres tienen la primacía sobre las leyes económicas. La naturaleza, para él, era la naturaleza de ese animal semigregario que es el hombre, y no el proceso general de la historia.

Nos queda por considerar el modo como, de acuerdo con Bakunin, habría de llegar la revolución y la forma de organización más adecuada para conseguirlo. No tenía fe en el ánimo revolucionario de las masas proletarias de los grandes países industriales del norte.

Sabía de antemano, que, a medida que mejorasen sus condiciones materiales de vida, tenderían más y más a adoptar el pensamiento y las formas de vida burguesas. Confiaba más bien en los campesinos y obreros de países como Italia, Rusia y España, en los que el desarrollo industrial era todavía primitivo. Solamente ellos podrían tener espíritu suficiente para la acción revolucionaria. En este aspecto, el tiempo ha demostrado que Marx se equivocaba y que Bakunin tenía razón.

Pero aunque gustaba de imaginarse la futura revolución como el espontáneo alzamiento del populacho enfurecido de la ciudad, o como una revuelta campesina, se daba cuenta de que tales acontecimientos requerían una preparación y una dirección. Para ello contaba sobre una falange de 40.000 jóvenes de las clases cultas, es decir, los jóvenes salidos de las universidades que no podían encontrar trabajo, maestros, pequeños burgueses, inadaptados, que lo sepan o no lo sepan, pertenecen a la revolución.

Por cierto que tales hombres fueron los que, por entonces, estaban minando el régimen zarista en Rusia, y laborando por la independencia de Italia. Posteriormente, estos mismos jóvenes serían los que habrían de traer el fascismo.

Pensaba que la acción subterránea de estos jóvenes había de provocar revueltas incesantes, huelgas y actos de sabotaje, hasta que todo el pueblo se entusiasmara y tuviera lugar un alzamiento general que derribara al gobierno. En este esquema no había lugar para la intervención legal en la lucha política tal como la deseaba Marx. En opinión de Bakunin, tal actividad sólo podría servir para desvirtuar el espíritu revolucionario del pueblo.

Por otra parte, en los países en que sus ideas iban a arraigar, la intervención política resultaba imposible por la sencilla razón de que el pueblo carecía de votos. El desarrollo del programa de Marx en aquella época resultaba tan imposible en Italia, Rusia y España, como lo era el de Bakunin en Inglaterra, Alemania y el norte de Francia.

Sin embargo, la discusión estalló a propósito de la organización de la Internacional. Marx deseaba que los sindicatos que se adhiriesen a ella quedaran organizados jerárquicamente y sometidos a la obediencia del Consejo General. Si esto se llevaba a cabo, el movimiento obrero mundial caminaría sólidamente hacia adelante bajo una sola dirección. Pero la idea de Bakunin era diferente. Según él, el Consejo General debería reducirse simplemente a una oficina estadística. Los sindicatos de trabajadores que compusieran la Internacional, habrían de estar simplemente federados, y el ímpetu de la acción habría de venir siempre desde abajo.

Con ello, no sólo la Internacional tendría el mismo plan que la sociedad del futuro, sino que las organizaciones locales podrían preservar la independencia y espontaneidad que, según Proudhon había enseñado, resultaban tan esenciales en todos los movimientos populares. Sin embargo, se necesitaba algo más para proporcionar el necesario fervor revolucionario. Con el fin de conseguirlo, Bakunin fundó en Ginebra, en septiembre de 1868, con unos cuantos amigos una sociedad secreta revolucionaria, a la que llamó Alianza de la Democracia Social.

En la cumbre de esta sociedad habían de encontrarse los Cien Hermanos Internacionales (sociedad secreta que ya había fundado en forma elemental en Nápoles) cuya única patria era la revolución universal y cuyo único enemigo era la reacción. A sus órdenes se encontrarían los miembros nacionales, elegidos entre los más sinceros y enérgicos dirigentes de las federaciones locales.

La función de esta entidad, tal como Bakunin explicó a uno de sus seguidores españoles, habría de consistir en actuar como : una sociedad secreta en el corazón de la Internacional, con el fin de darle una organización revolucionaria y transformar tanto a ella como a las masas populares ajenas a ella en un poder suficientemente organizado para destruir la reacción político clerical-burguesa y las instituciones económicas, jurídicas, religiosas y políticas del Estado.Carta del 21 de mayo de 1872 a González Morago (Max Nettlau, La Internacional y la alianza en España, p. 97

En una carta inconclusa dirigida a Francisco Mora, encontrada entre sus papeles, Bakunin describe la Alianza una sociedad de hermanos, unidos hasta la muerte, cuya única finalidad es acelerar la llegada de la revolución... En realidad es una religión, la religión de la humanidad. Propiamente la Alianza tenía dos objetivos diferentes: mantener y dirigir los instintos revolucionarios del proletariado y combatir las ideas de Marx dentro de la Internacional.

Ya veremos más adelante, al estudiar el desarrollo de las ideas de Bakunin en España, que su combinación de federaciones de trabajadores, unidas según el lenguaje proudhoniano de la época, por libres pactos de unas con otras, con un pequeño cuerpo secreto revolucionario que las penetrase y controlase a todas, ha constituido la organización típica del anarquismo español hasta nuestros días.

Pero los acontecimientos no se desarrollaron exactamente de acuerdo con los deseos de Bakunin. Cuando la Alianza de la Democracia Social solicitó ser admitida en la Internacional, sin abandonar ni su programa ni su organización, su petición fue rechazada por el Consejo General. Por consiguiente, la Alianza se vio obligada a disolverse a lo solos tres meses de su fundación (diciembre de 1868).

O, mejor dicho, simuló su disolución, lo que resultó mucho más fácil debido al hecho de que por entonces se encontraba formada solamente por doce miembros, perteneciente, todos al círculo de los íntimos de Bakunin. Sin embargo, una de sus secciones locales, la de Ginebra, continuó existiendo en forma no secreta y fue admitida en la Internacional.

El año 1868 es muy importante en la historia de los movimientos obreros. Por primera vez, en aquel verano, en el Congreso de Bruselas, la Internacional aceptó el ideal del comunismo (o, como entonces era llamado, del colectivismo. Esto quería decir que las fuerzas moderadas del proudhonismo francés y del sindicalismo británico habían sido derrotadas. Inmediatamente después, como hemos visto, Bakunin fundó su propia organización, la Alianza de la Democracia Social.

Giuseppe Fanelli en España

Y, a la vez, en el mes de septiembre, estallaba en España una revolución. El ejército, apoyado prácticamente por todo el país, se sublevó contra Isabel II y la expulsó de España, y se anunció para la inmediata primavera la elección de unas Cortes Constituyentes. Resultaba evidente que esto representaba una situación de la que la Internacional tenía que aprovecharse. Hasta entonces no se había realizado ninguna labor revolucionaria al sur de los Pirineos. Para los socialistas europeos, España era todavía una terra incógnita. Por consiguiente Bakunin sugirió a su amigo Eliseo Recius, que posteriormente adquiriría gran renombre como geógrafo, que intentara echar un vistazo a España.

Grupo de fundadores de la Primera Internacional.Grupo de fundadores de la Primera Internacional, en Madrid, en octubre de 1868. Fanelli aparece en el centro con una larga barba.

A Eliseo le resultó imposible acudir a España y envió en su lugar a su hermano Elías pero la misión de evangelizar a España habría de recaer sobre otra persona ingeniero italiano llamado Giuseppe Fanelli, al que Bakunin había conocido varios años antes en Nápoles y que había ingresado en su Hermandad Internacional. Tras de experimentar algunas dificultades para reunir el dinero preciso para pagar su billete de ferrocarril, salió para Barcelona en octubre de 1868.

Por esta época, las ideas socialistas, propiamente hablando, eran prácticamente desconocidas en España. Existía un fuerte y expansivo movimiento federal influido por las ideas de Proudhon, al que nos referiremos más adelante Pero este era un movimiento exclusivo de las clases medias inferiores y no tenía implicaciones sociales, que fueran más allá de un benévolo radicalismo. Por otra parte expresamente no revolucionario.

Existía asimismo un pequeño grupo de fourieristas, entre los cuales el más conocido era Fernando Garrido, autor de varios voluminosos libros, sobre cuestiones sociales y director de un pequeño periódico socialista en Madrid. Él había sido el introductor de las cooperativas en España. Pero este movimiento no se había abierto camino excepto en unos cuantos lugares, cerca de Sevilla y en Cataluña. El movimiento sindicalista se encontraba también muy retrasado.

En Barcelona existían dos sindicatos de obreros de las fábricas de hilaturas, la conservadora Federación de las tres clases de Cataluña, que, en aquella época decía contar con seis mil miembros, sobre una población obrera de 70.000, y la más agresiva Unión Manufacturera, que tenía aún menos miembros. Estos eran los únicos sindicatos de cierta importancia en toda la nación y se encontraban débilmente dirigidos y organizados.

Las huelgas en las fábricas eran prácticamente desconocidas. El área auténtica del descontento entre las clases trabajadoras se encontraba en las zonas agrícolas del centro y del sur. En estas regiones, la subasta de las tierras comunales había provocado una aguda miseria. En 1840, 1855, 1857, 1861 y 1865 había habido grandes alzamientos de campesinos en Castilla y Aragón y, especialmente, en Andalucía.

El de 1857 había sido dirigido por unos cuantos estudiantes de Sevilla que se llamaban a sí mismos socialistas. Narváez los dejó que se entusiasmaran y, a continuación, ahogó su movimiento en sangre. Fusiló a varios centenares y envió a muchos a los penales.

En 1861, una multitud de 10.000 campesinos se reunió secretamente y ocupó Loja, en la provincia de Granada, como protesta contra los bajos salarios y el desempleo. Fue un movimiento pacífico, en el que no fueron atacados ni personas ni edificios, y O´Donnell lo redujo con increíble benevolencia: solamente fueron ejecutados seis de los principales dirigentes.

Pero aquellos hambrientos y rebeldes campesinos, cuyos héroes eran los bandoleros y cuyos mortales enemigos eran las fuerzas de policía rural organizadas por Narváez, evidentemente no necesitaban más que oír hablar de las ideas de Bakunin para recibirlas como llovidas del cielo.

Fanelli llegó a Barcelona, y, al no poder realizar ningún contacto en esta ciudad, siguió viaje a Madrid. Traía una carta de presentación para Fernando Garrido, el cual lo presentó a unos cuantos jóvenes, tipógrafos e impresores, que frecuentaban un centro educativo para las clases trabajadoras, llamado Fomento de las Artes.

Pertenecían a un grupo de federalistas que leía a Proudhon y a Pí y Margall, y se entusiasmaban con el periódico de este último, La Discusión. Ninguno de ellos había siquiera oído hablar de la Internacional. Se organizó una pequeña reunión en la que Fanelli les explicaría los fines de la misma. Uno de los jóvenes presentes en aquella reunión, Anselmo Lorenzo, nos ha dejado una vívida relación de lo que en ella ocurrió.

Fanelli era un hombre alto, con expresión amable y sería, una espesa barba negra y grandes y expresivos ojos oscuros que centelleaban como el relámpago o se cubrían de una expresión de tierna compasión, de acuerdo con los sentimientos que le dominaban. Su voz poseía un tono metálico y era susceptible de todas las inflexiones apropiadas a lo que estaba diciendo.
Pasaba rápidamente de los acentos de ira y amenaza contra los tiranos y explotadores, a los de sufrimiento, pena y consuelo cuando hablaba de los dolores de los explotados, ya como uno que sin haberlos experimentado él mismo, los comprende, o ya como quien, a través de sus sentimientos altruistas, se deleita en presentar un ideal ultrarrevolucionario de paz y fraternidad. Hablaba en francés e italiano, pero podíamos comprender su expresiva mímica y seguir su discurso.

Excepto González Morago, que entendía un poco de francés, ninguno de los presentes sabía ni una palabra de ninguna lengua extranjera, y no se les había ocurrido llevar un intérprete. Sin embargo, veinte años después, todavía podía Lorenzo recordar el acento con que Fanelli exclamaba, agitando sus ojos oscuros entre el marco de la negra barba: Cosa orribile! Spaventosa!.Tomás González Morago fue el primer anarquista español. Ansemo Lorenzo nos ha dejado de él un vivo retrato. Su padre era carlista, y él se sintió inclinado al anarquismo porque le parecía que realizaba las enseñanzas del Evangelio. Poseía brillantes cualidades (Malatesta lo tenía por el más grande de los anarquista españoles) pero también un carácter muy inestable que lo llevaba a veces a pasar días enteros en la cama, en un profundo estado de depresión. Nunca abandonó sus sentimientos religiosos. Murió del cólera en una prisión granadina en plena juventud.

Huelga decir que la conversión de todos los presentes fue instantánea. Los españoles llevaban mucho tiempo esperando aquel momento. Después de tres o cuatro sesiones y de una serie de charlas en el café, Fanelli, al que se le estaba acabando el dinero, tomó el tren para Barcelona. Dejó a los nuevos adictos madrileños copias de los estatutos de la Alianza de la Democracia Social, el reglamento de una asociación de obreros de Ginebra, algunos números del Bell de Herzen y varios periódicos suizos y belgas que contenían informaciones sobre diversos discursos de Bakunin.

Tales fueron los textos sagrados sobre los que se había de levantar el nuevo movimiento. En Barcelona se repitió su éxito, pero como se le acababa de nuevo el dinero —Bakunin había sido incapaz de reunir las pocas pesetas que se necesitaban— hubo de embarcarse con rumbo a Marsella.

En menos de tres meses, sin saber una palabra de español y sin haber encontrado más que unos pocos españoles que le pudieran entender en francés o italiano, había iniciado un movimiento que había de persistir, con avances y retrocesos, durante los siguientes setenta años y que había de afectar profundamente a los destinos de España.

El entusiasmo despertado por Fanelli no decreció con su partida. Los iniciados en estas maravillosas escenas de un nuevo Pentecostés, estudiaron afanosamente los textos que les había dejado, y, al cabo de pocas semanas, se sintieron fuertes para iniciar por su cuenta reuniones de propaganda. El entusiasmo se extendió rápidamente.

La buena nueva llegó a Andalucía, y pronto surgieron nuevos grupos en Lora del Río, Arahal y Arcos de la Frontera, en la provincia de Sevilla, entre los organizadores de las nuevas cooperativas, y, a continuación, en Cádiz y en las pequeñas poblaciones del bajo Guadalquivir.

Las conversiones se conseguían por millares. Los que acudían a las reuniones, se retiraban con el claro sentimiento de que sus ojos se habían abierto repentinamente y de que poseían la absoluta verdad sobre todos los problemas. Esto les proporcionaba una confianza sin límites.

Desafiaban en debates públicos a eminentes políticos republicanos, como Castelar, a graves profesores y economistas y a patriarcales socialistas como Garrido. Intervenían cada vez que se les presentaba la oportunidad en discusiones sobre temas sociales, económicos y jurídicos. Y, si se ha de creer a sus periódicos, invariablemente salían victoriosos, tras dejar a sus contrarios mudos y asombrados.

Un conocido teórico del socialismo, el barón de Laveleye, ha dejado una narración de una de sus asambleas en Barcelona: Cuando visité España en 1869, me encontré presente en varias reuniones de estos centros socialistas. Generalmente, las celebraban en iglesias abandonadas. Desde el púlpito los oradores atacaban a todo lo que en otros tiempos había sido exaltado allí: Dios, la religión, los sacerdotes, los ricos. Asistían numerosas mujeres que se sentaban en el suelo mientras hacían punto a daban el pecho a sus hijos como si se tratara en verdad de un sermón. Aquello representaba realmente la imagen del «93».

Tal vez el barón no acertó exactamente en su comparación. Como veremos más adelante, esta atmósfera de intensa emoción, en parte denuncia de las maldades del mundo capitalista y en parte expectación de la inmediata llegada de un mundo nuevo, ha permanecido como característica de las reuniones anarquistas hasta nuestros días, y lo que más ha recordado a los observadores modernos las reuniones revivalistas americanas.

La clase en la que se reclutaban los internacionalistas, como eran llamados entonces, no era, tal como se podía esperar, el proletariado. Entre el centenar aproximado de militantes de los primeros años, resulta difícil encontrara el nombre de un solo labrador u obrero. Los principales seguidores estaban compuestos por artesanos de diversas clases, Sobre todo, tipógrafos y zapateros, a los que hay que añadir un par de maestros y algunos ocasionales estudiantes de las universidades andaluzas. Los pobres obreros industriales y los campesinos, los sólidos elementos bárbaros, en cuya ira elemental contaba Bakunin para hacer llegar la revolución, no acababan de decidirse.

Tal fue, por otra parte, la característica de los principios del movimiento anarquista en todas partes. En el Jura suizo, por ejemplo, que durante los próximos doce años había de ser el principal reducto de las ideas de Bakunin en Europa, los miembros de las federaciones eran relojeros que trabajaban no en las fábricas, sino en sus propias casas.

En Italia, fueron los artesanos y los estudiantes los que dirigieron sus aspiraciones hacia la Internacional después de la terminación del Risorgimento. Pero, en España resultaba claro que el anarquismo solamente podría tener un futuro si conseguía convertirse en un auténtico movimiento de las clases obreras. Por consiguiente, el relativo fracaso de la Internacional en Barcelona resultó desalentador. Se sacó en consecuencia que, aunque varios sindicatos estaban dispuestos a adherirse a ella con el fin de obtener su apoyo moral, los trabajadores por su parte eran demasiado apáticos de educación para interesarse en los fines generales.

El grupo fundado por Fanelli había ocultado sus opiniones cuando organizó una federación de sindicatos de obreros, y el periódico que fundaron, La Federación, se limitaba a apoyar el programa de la república federal. Fue en Madrid, donde no había seguidores proletarios, donde se conservó pura la esencia de la doctrina bakuninista en los dos periódicos Solidaridad y (posteriormente) El Condenado.

Pero, en realidad, tal situación había sido ya prevista por Bakunin. Su idea consistía en crear una pequeña sociedad secreta, la Alianza de la Democracia Social, compuesta por anarquistas decididos, y destinada a dominar una amplia federación de sindicatos de obreros y campesinos. Pero desgraciadamente, a causa de una equivocación de Fanelli, la Internacional (es decir, la federación de conjunto) había sido establecida en España con el programa mucho más avanzado de la Alianza, y hasta la primavera de 1870 no se pudo llevar a cabo una rectificación.

Entonces se fundó una Alianza de la Democracia Social Española, independiente de la antigua organización ginebrina, pero con el mismo programa. Tal programa (en política anarquista, en economía colectivista, en religión ateo) contenía, entre otras cosas, la estipulación expresa de que la Alianza se negaría a tomar parte en ninguna actividad revolucionaria que no tuviera por objeto el inmediato y directo triunfo de la causa de los trabajadores.

Implantación y desarrollo

El primer acto de la nueva entidad consistió en convocar un congreso general, el cual tuvo lugar en junio de 1870, en el Ateneo Obrero de Barcelona, en una atmósfera de libertad para que cada cual pudiera pensar como mejor le pareciese. Se reunieron noventa delegados que representaban a ciento cincuenta sociedades de treinta y seis localidades diferentes , y se constituyeron a sí mismos en la Federación Regional Española de la Internacional, adoptando como estatutos los de la Federación del Jura, que habían sido redactados por Bakunin.

Los puntos a tratar habían sido cuidadosamente preparados por los miembros de la Alianza de la Democracia Social y el discurso de apertura, a cargo de Farga Pellicer, no dejó duda alguna respecto a la dirección que se había de seguir: Deseamos -dijo- que acabe el dominio del capital, el Estado y la Iglesia, y levantar sobre sus ruinas la anarquía, la libre federación de asociaciones libres de trabajadores libres.

El Congreso constituyó un rotundo éxito y contribuyó a la expansión de la Internacional.

La incertidumbre de la situación política y la aparente incapacidad de las Cortes para encontrar un príncipe que estuviese dispuesto a ocupar el trono vacante proporcionaban una oportunidad favorable para la extensión de las ideas anarquistas. Por toda la superficie de España se incrementaba la animosidad entre pobres y ricos. Pero dentro de las filas de la misma Internacional estaba comenzando a aparecer una división profunda. Las disensiones entre Marx y Bakunin que aparecieron por primera vez en el Congreso de Basilea en 1869, alcanzaron su plenitud en la Conferencia de Londres, en septiembre de 1871. La pugna se basada en las cuestiones de si debía o no participarse en la lucha política, y respecto de la forma de organización que se debía adoptar.

Como ya hemos visto, existía una estrecha relación entre la solución de estos puntos y la forma deseada para la sociedad futura. No podía ya posponerse una decisión en tales materias, y cuando la Conferencia se disolvió tras tormentosas discusiones, era evidente que resultaba inevitable una escisión.

Esta lucha se reflejó también en España. Los partidarios de Marx en España eran conocidos con el nombre de autoritarios, y, aunque numéricamente eran insignificantes, contaban en sus filas con algunos de los mejores hombres de la Internacional. Poseían en Madrid un periódico, La Emancipación, y tenían algunos seguidores en Castilla y en Granada. Como los bakuninistas se llamaban a sí mismos colectivistas, ellos adoptaron el nombre de comunistas.

La lucha se agudizó tras la llegada a Madrid de Paul Lafargue, yerno de Marx, en diciembre de 1871. Se presentó disfrazado, ya que venía huido de la Comuna de París. Gracias a las amistades que tenía en Londres y al hecho de que hablaba perfectamente el español, pues había sido educado en Cuba, se convirtió en el representante natural en España del Consejo General. Su primer movimiento se vio coronado por el éxito. Atacó a la Alianza de la Democracia Social basándose en su carácter de sociedad secreta (las sociedades secretas dentro de la Internacional habían quedado prohibidas en la Conferencia Londres), y la apremió de tal manera que la obligó a disolverse.

Con el fin de prevenir que se volviera a organizar, La Emancipación publicó los nombres de todos sus miembros, sin pararse a considerar el empleo que de tal lista podría hacer la policía. Los bakuninistas reaccionaron expulsando a los autoritarios, que por entonces poseían una federación propia en Madrid.

El final llegó al cabo de uno o dos meses, en el Congreso de la Haya (septiembre de 1872), en el que Marx, después de haber conseguido la expulsión de la Internacional de Bakunin y sus seguidores, trasladó el Consejo General a Nueva York. Antes que consentir que la organización que había creado cayera en manos de sus enemigos, prefirió destruirla. Quince días después, los miembros expulsados se reunían en Saint-Imier, en el Jura suizo. Suiza, España e Italia sostenían a Bakunin. Bélgica estaba dividida. En Francia, la represión que siguió a la Comuna impedía toda expresión de opiniones.

Las resoluciones redactadas por Bakunin, en las que se contenían sus puntos de vista, fueron aceptadas unánimemente. En lugar de la Internacional marxista, apareció una Internacional puramente bakuninista, que poseía su centro entre los pequeños relojeros del Jura y la principal fuerza de sus miembros extendida por las orillas del Mediterráneo.

Estos acontecimientos de Europa, tuvieron su inmediata repercusión en España. Los delegados españoles en Saint-Imier, González Morago y Farga Pellicer, con el entusiasmo aún reciente de las largas conversaciones sostenidas con Bakunin, se apresuraron a convocar un Congreso en el que habrían de ser reafirmadas las finalidades de la Internacional anarquista (o más bien anarquizante).

El Congreso se celebró el 26-XII-1872, en el teatro Moratín de Córdoba. Se hallaron presentes 54 delegados, que representaban a los 20.000 miembros de 236 federaciones locales y 516 sindicatos. Las conclusiones aprobadas en el Congreso de Saint-Imier fueron aceptadas unánimemente y se votaron las medidas necesarias para llevarlas a la práctica. Entonces, pues, nació por primera vez en España una organización de tipo puramente anarquista.

Las secciones locales y sindicales que componían la federación fueron declaradas «secciones soberanamente independientes», libres de renunciar en cualquier momento a su adhesión a la Federación. El consejo federal central fue transformado en una «oficina de correspondencia y estadísticas», carente de toda autoridad. La cohesión había de ser mantenida por las estrechas relaciones personales entre los dirigentes, antiguos miembros de la Alianza de la Democracia Social, que, tras su disolución, continuaba existiendo de hecho ya que no de nombre. El Congreso de Córdoba, al actuar bajo la inmediata influencia de Bakunin, había creado la típica organización del anarquismo español.

Podemos detenernos un momento para considerar si convenía este tipo de organización para las condiciones existentes en España. El primer paso consistía en apoderarse de los campesinos y obreros, medio muertos de hambre y faltos de educación, e inspirarles la conciencia de sus propias reivindicaciones y de su poder. Tales hombres no podían, en general, pagar una cuota regular y sospechaban de toda influencia externa que pudiera dificultar sus relaciones con sus patronos.

Cualquier organización sindical normal, con empleados pagados, que actuara de acuerdo con órdenes recibidas de Barcelona o Madrid, y que llevara a sus miembros a las urnas como cualquier partido burgués republicano, hubiera estado condenada al fracaso. Pero los dirigentes anarquistas jamás cobraron sueldo; en 1936, cuando su sindical, la CNT, contaba con más de un millón de miembros, no tenía más que un secretario a sueldo. Viajando de pueblo en pueblo, a pie o a lomos de mula, o en los duros asientos de los coches de tercera del ferrocarril, o incluso, como los vagabundos o los torerillos maletas, sobre el techo de los vagones de mercancías, mientras organizaban nuevos grupos o dirigían campañas de propaganda, aquellos apóstoles de la idea como eran llamados, vivían como frailes mendicantes de la hospitalidad que les podían ofrecer sus hermanos obreros menos ahogados por la miseria.

Su primer objetivo consistía sencillamente en reunir grupos de obreros pobres, independientemente de sus opiniones políticas o religiosas, con el fin de conseguir la protección mutua frente a los patronos. De vez en cuando, se organizaba alguna pequeña huelga, que, si se veía coronada por éxito, duplicaba inmediatamente el número de miembros y conducía a otras pequeñas huelgas en las regiones próximas. A continuación y gradualmente, los dirigentes iban desplegando su credo anarquista, con su odio contra la Iglesia, su exaltado idealismo, sus generosos y humanitarios fines, y la imaginación de cuantos les escuchaban se estremecía.

Y así ocurría que, en los momentos de entusiasmo, el número de obreros controlados por los anarquistas se duplicaba o triplicaba, y cuando llegaba la inevitable reacción, tornaba a reducirse al pequeño grupo de militantes convencidos. Esta plasticidad del movimiento anarquista lo capacitaba para soportar las persecuciones, y para, tan pronto como éstas cesaban, resurgir con más fuerza que anteriormente.

Existe otra característica del anarquismo español que se remonta al Congreso de Córdoba. Consiste en que todos los movimientos hacia la huelga o la acción revolucionaria que se desarrollan en él provienen de sus capas inferiores. El desarrollo es el siguiente. Supongamos que en algún crítico momento se convoca un congreso de federaciones españoles para estudiar la posibilidad de una acción revolucionaria. Los delegados de cada zona llegan a la asamblea con el pleno conocimiento de los deseos y capacidades de los grupos de obreros que representan. Cada uno expone lo que los hombres de su provincia o de su fábrica están dispuestos a hacer. Ninguna zona será obligada a emprender una acción para la que no se siente moral o materialmente preparada.

Esta libertad de acción ha actuado frecuentemente a favor del gobierno, que ha tenido la posibilidad de suprimir los movimientos anarquistas a su comodidad en una provincia tras otra. Pero, de todos modos, hasta el advenimiento de la guerra civil, los méritos de este sistema han sido superiores a sus defectos. El hecho de que ningún grupo haya sido nunca dominado por otro, ni haya recibido presión para actuar contra sus propias convicciones, sino de acuerdo con su propia medida de entusiasmo o el número de personas con las que haya podido contar, ha significado que los anarquistas, pese a haber sufrido derrota tras derrota, se han levantado siempre más fuertes que nunca.

Si no ha existido en Europa partido alguno capaz de demostrar tal poder de resistencia, la razón radica en que los anarquistas españoles han insistido siempre en basar su movimiento sobre los impulsos libres y sin trabas de sus seguidores organizados en grupos locales, y nunca se han consentido el caer en la mortal y destructora red de una burocracia de partido.

Pocas semanas después de la conclusión del Congreso de Córdoba, el rey Amadeo abdicó del trono de España y abandono el país. En el mes de mayo se celebraron elecciones y, a causa de la abstención de los demás partidos, los republicanos obtuvieron la mayoría. Las Cortes que se reunieron el 1 de junio de 1873, se apresuraron a proclamar la República. Resultó claro desde el principio que la nueva República tendría una constitución más bien federal que centralizada, y en realidad, al cabo de pocas semanas de indecisión. Francisco Pí y Margall, dirigente del Partido Federal, fue elegido presidente. Inmediatamente siguió un periodo de gran expansión y actividad para la Internacional en España.

Pero el movimiento Federal resulta de tal importancia para la historia del anarquismo, e incluso para la historia de la España moderna en general, que resulta imprescindible decir algo sobre él. La Revolución Francesa, con la destrucción de tantos intereses y privilegios locales, completó la obra de Luis XIV, y proporcionó a Francia una administración poderosa y profundamente centralizada. La revolución liberal en España, como ya hemos visto, la imitó. Y en ambos países resultó inevitable una reacción dirigida a conseguir mayor libertad municipal y local.

En Francia esta reacción fue justamente expresada por Proudhon, que subrayó aquellas ideas para cuya consecución había, en su opinión, brotado la Revolución Francesa, y de las cuales había sido apartada por la despótica acción política de los jacobinos. En España, con sus intensos sentimientos regionales y patriotismos locales, hubiera sido de esperar un movimiento contra la centralización mucho más fuerte, pero debido a la postración en que quedó el país después de la guerra de la Independencia y a que el carlismo atrajo a sus filas a la mayor parte de las fuerzas de resistencia contra el centralismo liberal, tales sentimientos tardaron algún tiempo en aparecer entre los partidos de izquierdas. Y, en realidad, si no hubiera sido por la persistente insistencia y los escritos de un solo hombre es posible que esto no hubiera ocurrido nunca.

La idea federal

Pí y Margall, catalán nacido en el seno de una familia de clase media humilde alternaba el trabajo en un Banco de Madrid con el ejercicio ocasional del periodismo y la redacción de libros de arte. Pero su vocación auténtica era social y política, y la lectura de Proudhon, que en aquella época era desconocido en España, le mostró el verdadero camino que debía seguir.

Se dio cuenta de lo exactamente que las ideas de aquel francés encajaban en las aspiraciones de sus compatriotas y se puso a elaborar un sistema político en el que pudieran quedar satisfechas. En 1854, pocas semanas después del triunfal levantamiento del general O´Donnell contra los gobiernos de camarilla de Isabel II, apareció su primer libro, La reacción y la revolución. A pesar de la prisa con que fue escrito y de la naturaleza superficial de muchas de sus ideas, este libro constituye un auténtico hito en la historia del pensamiento político español. Su tema principal es la iniquidad del poder. No se ha de olvidar que España llevaba dos generaciones gobernada por la fuerza en su forma más brutal: el general con sus indisciplinados soldados, el guerrillero que era poco mejor que un bandido, y el piquete de ejecución.

Pí y Margall encuentra esto repugnante y absurdo. Todo hombre que tiene poder sobre otro es un tirano Al discutir el significado de orden, esa palabra que por más de cien años ha constituido la excusa para infinidad de actos de violencia y de injusticias, proclama que el verdadero orden no puede ser obtenido por la aplicación de la fuerza. El orden supone acuerdo, armonía, convergencia de todos los individuos y elementos sociales. El orden rehúsa las humillaciones y los sacrificios. ¿Puede llamarse orden a esa paz engañosa que obtienes tajando con tu espada todo aquello que eres demasiado estúpido para organizar con tu limitada inteligencia?... El verdadero orden, déjame que te lo diga, no ha existido nunca ni existirá mientras tengas que hacer tales esfuerzos para obtenerlo, porque el verdadero orden supone cohesión, pero no una cohesión obtenida por la presencia de causas exteriores, sino una cohesión íntima y espontánea, que tú, con todas tus restricciones, inhibes inevitablemente.

Esta condena de las clases gobernantes españolas ha sido repetida en nuestros días por Ortega y Gasset. Su verdad es demasiado evidente. Los problemas de España provienen de la creencia, compartida por casi todos los grupos de la nación, en los remedios violentos. Hasta los anarquistas, que comparten las mismas opiniones sobre el poder, creen en la necesidad de un supremo acto de violencia para acabar definitivamente con toda violencia. Pero Pí y Margall fue siempre lógico. Se negó a utilizar otro medio que la persuasión y pensaba que, si conseguía formar un gobierno, podría llegar a alcanzar la situación deseada por medio de reformas graduales. Puesto que no puedo evitar el sistema de votos, universalizaré el sufragio. Puesto que no puedo evitar el tener que contar con supremos magistrados, haré que puedan ser cambiados. Dividiré y subdividiré el poder, lo haré cambiable y conseguiré destruirlo.

En el lugar del poder así destruido, habría de surgir un sistema de pactos entre grupos libres e individuos libres. Las ideas de Pí y Margall, tal como quedaban expuestas en su libro, constituían evidentemente anarquismo puro. La única cosa que lo separaba de Bakunin era su reformismo. Y, a pesar de todo, todavía es considerado por los actuales anarquistas españoles como uno de sus santos. Pero, después del fracaso de la revolución de 1854, las ideas de Pí y Margall comenzaron, como en el caso de Proudhon, a adquirir una forma más moderada y más simplemente política.

Se convirtió en el dirigente del nuevo movimiento Federal, que pretendía avanzar solamente el primer paso en el largo camino anarquista. La revolución... es la idea de justicia... Divide el poder cuantitativamente y no cualitativamente como hacen nuestros constitucionalistas... Es atea en religión y anarquista en política: anarquista en el sentido de que considera el poder como una necesidad transitoria; atea en el sentido de que no reconoce ninguna religión puesto que reconoce a todas.

Su ateísmo provenía de Proudhon y lo abandonó silenciosamente más tarde. Este movimiento federal, que aparece por primera vez hacia 1860, se formó como protesta contra el fracaso de la revolución de 1854 y contra la pérdida de todo cuanto entonces se había conseguido ganar. En su Programa de Manzanares, el general O´Donnell había pedido la descentralización del gobierno, la reforma electoral, una prensa libre y, lo más significativo de todo, la formación de una milicia nacional encargada de velar por la conservación de estos privilegios frente a los abusos de los caciques.

El éxito de su pronunciamiento se vio asegurado por el alzamiento del pueblo en Madrid y en todas las ciudades del sur y el este de España, cuyos sentimientos se expresaron con el linchamiento de algunos miembros de la recientemente establecida policía y con manifestaciones contra la Iglesia y contra el servicio militar obligatorio.

En las Cortes que se eligieron aquel otoño había veintitrés miembros republicanos. Pero los generales, que, como los políticos de una época posterior, eran simplemente corruptos y ambiciosos, se inclinaban hacia la derecha tan pronto como se veían en el poder, y, en 1856, Narváez suprimió la milicia nacional a raíz de unas luchas callejeras, e inició un periodo de dura represión.

Por entonces comenzó a brotar la idea federal. Las razones de su popularidad en España en esta época no resultan difíciles de averiguar. El federalismo representaba ante todo una expresión de la devoción española a la patria chica y una protesta contra la política fuertemente centralizadora del régimen liberal. Este deseo de descentralización era compartido por su enemigo el carlismo. Pero representaba también una protesta contra el dominio autocrático y opresivo de aquellos gobiernos, que sólo resultaría posible mientras pudieran seguir amañando las elecciones a su arbitrio.

Y para esto necesitaban una administración fuertemente centralizada. El federalismo, por consiguiente, era considerado como el sistema más apropiado para preservar los derechos de los municipios y para acabar con los caciques. Y existía además la influencia francesa. Desde que Luis XIV dijo que ya no había Pirineos, la política española, tanto de derechas como de izquierdas, ha seguido con una exageración y una superficialidad típicas todas las direcciones de Francia. Y en Francia, como ya hemos visto, las tendencias federales eran muy vigorosas en el joven movimiento socialista.

Y, en realidad, el libro de Proudhon, Du principe fédératif, traducido por Pí y Margall en 1868, pocas semanas antes de la revolución de septiembre que expulsó a Isabel II, proporcionó a los federalistas españoles el fondo teórico que precisaban. A partir de este momento, el entusiasmo por la república federal creció rápidamente. La pequeña burguesía que desde 1840 a 1934 ha sido la clase revolucionaria por excelencia en España, la aceptó como programa.

Los partidarios de una república centralizada, como los socialistas estatales, perdieron sus partidarios. Los trabajadores le otorgaron también su entusiástico apoyo. En el momento en que la monarquía constitucional, que constituía la solución de la burguesía liberal, comenzó a tambalearse, resultó evidente que una República federal ocuparía su lugar. Y así, en junio de 1873, Pí y Margall, un hombre pequeño, tímido y casi absurdamente bien intencionado y honrado, se encontró al frente del Estado español.

El programa federal que había de ser aplicado a la nación más insubordinada y dividida de Europa consistía principalmente en un plan de extremada descentralización. El país habría de ser dividido en once cantones autónomos. Estos cantones se dividirían en municipios libres, y el conjunto quedaría unido por medio de pactos voluntarios. Habría unas Cortes Centrales, elegidas por sufragio universal, pero, una vez que quedase establecida la Constitución, perderían gran parte de su autoridad.

El servicio militar obligatorio sería abolido, la Iglesia y el Estado habrían de separarse y se proporcionaría a todo español educación gratuita y obligatoria. La legislación social incluía la jornada de ocho horas, inspección por parte del Estado de las fábricas y normas para dirigir el trabajo de las mujeres y de los niños. Existía también un programa agrario que especificaba la expropiación de las tierras no cultivadas y el establecimiento en ellas de comunidades de campesinos. Se establecerían bancos de crédito agrario y los arrendamientos a corto término serían cambiados por una enfiteusis perpetua que podría ser redimible mediante una tasa fija.

Pero estas reformas sociales nunca pasaron del estado de vago proyecto, ni se decidió qué presiones se podrían ejercer sobre los cantones y municipios autónomos en el caso de que se negaran a llevar a cabo las reformas votadas por las Cortes. En realidad, el experimento federal de Pí y Margall duró apenas dos meses y degeneró inmediatamente en guerra civil y desorden.

Las causas de este fracaso fueron diversas. En primer lugar, estalló con violencia la guerra carlista que se había estado fraguando durante algún tiempo en los valles de los Pirineos. Esto hizo que resultara imposible para los federalistas el disolver el ejército y abolir el servicio militar. Como precisamente esta promesa es la que había proporcionado más popularidad a la República entre las clases populares, la desilusión fue notoria.

Otra causa importante consistió en ese terrible defecto de todos los partidos españoles recién formados: hizo su aparición la falta de hombres preparados para desempeñar los cargos administrativos. Los federales se habían reclutado entre la clase media inferior y los ministros, gobernadores y militares que ocuparon los puestos de responsabilidad eran o incompetentes, u hombres faltos de escrúpulos que se habían adherido al partido por la esperanza de los que pudieran sacar de él.

Movimiento cantonalista

Finalmente, las provincias decidieron no esperar a que las Cortes aprobaran la Constitución Federal, y comenzaron a organizar cantones independientes por su propia cuenta. Con la típica impaciencia ibérica, se sublevaron y la autoridad del gobierno dejó prácticamente de existir en las regiones del este y del sur. Habremos de examinar, siquiera sea brevemente, las características de éste llamado movimiento cantonalista.

Sus dirigentes eran militares ambiciosos y políticos locales. Sus fuerzas estaban compuestas por los mermados regimientos que se encontraban a sus órdenes y por la milicia local republicana conocida con el nombre de voluntarios de la libertad. El incentivo era, en parte, la Comuna de París, en la que, como se recordará, el principal papel había sido representado por la guardia nacional.

El movimiento estalló casi simultáneamente en Málaga, Sevilla, Granada, Cartagena y Valencia. Los federales se apoderaron de dichas ciudades y las declararon cantones soberanamente independientes. Comités de salvación pública se hicieron cargo de las responsabilidades del gobernador. En Barcelona estalló también un movimiento de características similares.

El sentimiento que más rápidamente aparece en cualquier revolución española es el anticlericalismo. Curas y frailes han cargado siempre con el sambenito de todos los males de la época. Y el movimiento cantonalista no fue una excepción a la regla. En Barcelona, las iglesias permanecieron cerradas durante varios meses. La milicia convirtió una de ellas en cuartel, y en otra se celebraron bailes públicos. Los sacerdotes no podían andar por las calles revestidos de la sotana. En Sevilla, los cantonalistas decidieron que la Catedral debería ser convertida en un café.

Se cargaron impuestos sobre los ricos, y, en algunas ciudades, ardieron edificios. En las zonas rurales, los campesinos se aprovecharon de la anarquía general para declarar la completa independencia de sus pueblos y para repartirse las grandes fincas y las tierras comunales. Como la policía tuvo la sensatez de retirarse a sus cuarteles, todas estas ceremonias se desarrollaron normalmente sin violencias y sin pérdidas de vidas. Solamente en uno o dos lugares, en los que los propietarios opusieron resistencia, tuvieron lugar incidentes serios. Como era de esperar, el movimiento se desvaneció tan pronto como el gobierno demostró que estaba dispuesto a emplear la fuerza.

En el mes de julio, el general Pavía entró en Sevilla con un puñado de tropas, y con una mezcla de tacto y de firmeza restableció el orden en Andalucía. Los dirigentes cantonalistas se retiraron a Cartagena, donde se defendieron durante cuatro meses. Para cuando el largo sitio quiso acabar, en enero de 1874, ya habían sido disueltas las Cortes por el capitán general de Madrid, y la República, excepto en el nombre, había dejado de existir.

La Internacional

¿Cuál había sido la actitud de la Internacional durante todos estos caóticos acontecimientos? Como ya sabemos, se había celebrado un Congreso en Córdoba en los últimos días del años 1872, al que siguió un considerable incremento en el número de miembros, especialmente en las pequeñas poblaciones andaluzas. La subida al poder de los federales en el verano de 1873, resultó naturalmente favorable para la Internacional. Era evidente que, a primera vista, la semejanza entre sus programas era sorprendente. Deseamos —decía una de las conclusiones del Congreso de Córdoba— levantar sobre las ruinas de la unidad nacional municipios independientes y libres unidos únicamente por pactos federales.

Pero esta identidad de fines en el aspecto puramente político, no podía disimular las grandes diferencias en el terreno social. Las intenciones de los federales respecto de las clases obreras no iban más allá de un radicalismo más o menos sincero, mientras los seguidores de Bakunin estaban comprometidos en los términos más específicos a no admitir acuerdos con los partidos políticos burgueses y a despreciar todos los compromisos en su avance hacia la revolución social. Sin embargo, el acuerdo era suficientemente grande como para considerar seriamente si deberían cooperar o no.

Todo el mundo sabía que los internacionalistas franceses habían luchado al lado de la Guardia Nacional (que no era ni siquiera federalista) durante la Comuna de París. La decisión a que se llegó era profundamente característica. Los internacionalistas se negaron a proporcionar un apoyo general al movimiento federalista, pero no pusieron objeción alguna a que sus grupos locales o miembros individuales cooperaran con él. Es decir, estaban dispuestos a conseguir todas las ventajas que les fueran posibles, sin comprometer ni sus principios ni su libertad de acción. Y al examinar los archivos de los alzamientos cantonalistas, queda uno sorprendido de la mínima parte que la Internacional tuvo en ellos.

En Valencia se lanzaron a la calle porque el gobernador había encarcelado a algunos de sus miembros —temprano ejemplo de la famosa solidaridad anarquista. En Granada, dos de ellos formaron parte del comité de salvación pública. (Lo que, por cierto, tuvo por efecto aterrorizar a la burguesía de tal modo, que el cantón se vino abajo inmediatamente) Solamente en una o dos pequeñas ciudades en las que contaban con obreros adictos, hicieron algo por su propia cuenta. Será interesante describir lo que ocurrió en una de estas localidades, ya que proporciona el primer ejemplo de las atrocidades rojas, que había de ser repetido con monótona regularidad, cada vez que las clases medias sintieran su seguridad en peligro.

Alcoy es una pequeña ciudad entre Valencia y Alicante, cuya principal industria consiste en la fabricación de papel. Esta es una industria realmente histórica, ya que se ha dedicado a ella desde el siglo XI. En 1873, las fábricas empleaban a 8.000 obreros. Bajo la influencia de un maestro de escuela apellidado Albarracín, que se había convertido al anarquismo, decidieron ofrecer a España el primer ejemplo de una huelga general. El objetivo de la huelga era, de acuerdo con las conclusiones del Congreso Regional de Córdoba, la jornada de ocho horas. Los obreros dejaron el trabajo y comenzaron a negociar con los propietarios.

Mientras se llevaban a cabo las negociaciones, intervino el ayuntamiento que se puso, como era de esperar, del lado de los patronos. Los trabajadores enviaron inmediatamente una comisión para pedir la dimisión del alcalde, el cual, según alegaban, había roto su compromiso de permanecer neutral. Comenzaron a reunirse grupos de trabajadores que caminaban arriba y abajo por delante del ayuntamiento, hasta que la policía, perdiendo la cabeza, como tantas veces le ocurre en España, hizo una descarga. Entonces comenzó una lucha que duró veinticuatro horas, y en la que perecieron una docena de personas en cada bando. Los trabajadores consiguieron la victoria, quemaron varias fábricas y casas, fusilaron al alcalde, y, more hispánico, cortaron su cabeza y la de los guardias que habían resultado muertos en la refriega, y las pasearon por toda la ciudad.

Los acontecimientos de Alcoy produjeron una enorme sensación. Por primera vez, un grupo que no pertenecía ni a la Iglesia, ni al ejército, ni a la clase media, se había manifestado como revolucionario. La prensa se cubrió de terroríficas narraciones de personas arrojadas desde los balcones, de mujeres violadas, de sacerdotes crucificados, de hombres rociados de petróleo y abrasados vivos. Hasta los periódicos republicanos se unieron al clamor. ¡Tal era el miedo que inspiraban las clases obreras y su nueva y temida organización, la Internacional.!

Los días de la primera Internacional en España iban a acabar pronto. Pero sus últimos meses fueron los más gloriosos. En Europa, casi todo el mundo atribuía a la Internacional el éxito del alzamiento cantonalista. En todas partes, excepto en España, reinaba la reacción y la única fuerza revolucionaria viva parecía ser el anarquismo. En la correspondencia de Engels se puede seguir cuan amargos eran sus celos y cuan profunda su satisfacción cuando, con la caída de la República, se apagó el último resplandor de la revolución en Europa.

Sin embargo, los anarquistas no habían conseguido grandes realizaciones. Los federales —con todo y ser despreciables burgueses— se habían mostrado mil veces más valientes y más revolucionarios. Posiblemente la cosa más terrible de la Internacional había sido simplemente su nombre. Había sufrido, incluso en aquellos años de desorden y de floja autoridad, cuatro persecuciones, y Sagasta llegó a declarar a la organización fuera de la ley y a sus miembros incursos en el código criminal. Incluso su número era más reducido de lo que generalmente se pensaba. Resulta muy dudoso cómo pudieron envanecerse de 60.000 miembros, de los cuales 40.000 en Andalucía.

Cuando, en enero de 1874, el general Serrano suprimió el movimiento, no existía razón alguna que hiciera suponer que se volvería a hablar de él. El movimiento federal, mucho más poderoso, desapareció definitivamente. Sin embargo, la Internacional consiguió sobrevivir. Durante siete años continuó en la sombra. Se interrumpieron sus asambleas, desaparecieron los lazos que unían a las diferentes secciones, los sindicatos catalanes fueron declarados ilegales. No quedaron más que pequeños círculos de militantes en Barcelona y Madrid, y grupos de artesanos o de trabajadores del campo en Andalucía.

El anarquismo en Andalucía

Durante los siguientes veinte años, iba a ser Andalucía quien conservara vivo el fuego del anarquismo. Para tener una idea más acertada de la situación de esta región de España, se la puede comparar con la de Irlanda en la época fenia. En ambos lugares existían factores similares. Una raza imaginativa, una opresión y una pobreza sin esperanza, una clase de terratenientes que aun en los casos en que no se encontraban ausentes de sus propiedades eran considerados como extranjeros, y una policía especial que vivía en cuarteles fortificados y se encontraba armada con fusiles.

Este cuerpo de policía, la guardia civil, era importante. Había sido creado por Narváez en 1844 con el fin de reemplazar a la milicia en la que no se podía confiar políticamente. Su principal función fue la de aplastar a los bandoleros. El bandolero ha sido siempre una figura típica de Andalucía y durante siglos ha actuado como válvula de seguridad para el descontento popular. A los ojos de los campesinos era un héroe, el amigo de los pobres y su defensor contra los opresores. Pero la venta de las tierras comunales había incrementado tanto el descontento que resultó peligroso el tolerar a los bandoleros por más tiempo. Fueron suprimidos y, en su lugar, comenzaron los alzamientos de campesinos.

Sin embargo, al menor signo de disturbio político, el bandido volvía a aparecer, pero esta vez en el otro bando. Ya no podían ser los Robín de los Bosques, pues la policía lo hacía imposible, y se convirtieron en el arma de los caciques, que los necesitaban para proteger sus propiedades y para controlar las elecciones frente a las crecientes oleadas de entusiasmo popular. Los bandoleros que infectaban Andalucía entre 1868 y 1873 y que hacían imposible el viajar sin escolta, eran casi todos de esta clase, y puesto que, cada vez que eran detenidos, los caciques presionaban para que fuesen libertados de nuevo, la policía se encontraba impotente contra ellos. Andalucía se estaba acercando a la misma situación que hizo que brotara la Mafia en Sicilia.

En realidad, esto se evitó gracias a la vez a los anarquistas y a la guardia civil, que polarizaron en su torno a oprimidos y opresores. En adelante, cada guardia civil se convirtió en un propagandista a su pesar del anarquismo, y a medida que los anarquistas crecieron en número, también hubo de crecer la guardia civil. Se hace preciso haber vivido en Andalucía para comprender el tipo de guerra que se hacían entre ellos. Esta guardia civil constituyó uno de los pocos grupos de hombres incorruptibles y de confianza en España. Cuidadosamente escogidos y elevadamente disciplinados, viven en pequeños puestos fortificados en torno a las ciudades y a los pueblos. Tienen prohibido casarse o establecer amistades con los habitantes del pueblo, así como pasear sin armas o solos. Esta última particularidad ha hecho que sean conocidos en toda España como la pareja.

Huelga decir que en las zonas pobres —o sea, en casi toda España— sus relaciones con las clases trabajadoras son de abierta hostilidad o de sospecha. Al tener que vivir entre sus enemigos, terminan por hacerse excesivamente ligeros para disparar. Veces y veces, tranquilas manifestaciones se han convertido en violentas algaradas a causa de que la guardia civil no sabe mantener los dedos separados del gatillo. Y, desde el momento en que, hacia 1890, los anarquistas comenzaron a probar la actuación por medio de la violencia, la presteza de la guardia civil para disparar se hizo mayor que nunca.

Después de 1931, el odio entre la guardia civil y los campesinos convirtió en ingobernables diversas partes de España. Las características del anarquismo rural que se desarrolló en el sur de España difieren, como era de esperar, de las que surgieron en las grandes ciudades del norte. La idea, como era llamada, era llevada de pueblo en pueblo por apóstoles anarquistas. En las gañanías de los cortijos, en aldeas perdidas, a la luz de los candiles, los apóstoles hablaban de libertad, de igualdad y de justicia a un auditorio entusiasmado. Se formaban pequeños círculos en ciudades y pueblos, y se creaban escuelas nocturnas en las que muchos aprendían a leer, se hacía propaganda antirreligiosa y con frecuencia se practicaba el vegetarianismo y la abstención del alcohol.

En algunos grupos se prohibían incluso el café y el tabaco, y uno de aquellos primitivos apóstoles, al que yo llegué a conocer, sostenía que cuando llegase la era de la libertad, los hombres se alimentarían de alimentos crudos cultivados con sus propias manos. Pero la principal característica del anarquismo andaluz era su ingenuo milenarismo. Cada nuevo movimiento o cada nueva huelga eran saludados como si anunciasen la llegada inmediata de una nueva época de plenitud en la que todos —incluso los terratenientes y los guardias civiles—, serían libres y felices. Lo que nadie era capaz de decir es cómo se iba a realizar esto. Aparte de la partición de las tierras (a lo que no se llegaba siquiera en muchos lugares) y de la quema de la parroquia, no existía ninguna propuesta positiva.

El período de ocultamiento acabó en 1881, cuando subió al poder el gobierno liberal de Sagasta (que había sido el Diocleciano de los internacionalistas), y aprobó una ley por la que se legalizaban los sindicatos y las organizaciones obreras. Los socialistas aprovecharon al punto esta ley para fundar su partido, y, en un Congreso anarquista celebrado en Barcelona durante el mes de marzo, volvió a la existencia la Federación Regional Española de la Internacional. Era una federación compuesta por pequeños sindicatos y secciones locales, modelada de acuerdo con la organizada por el Congreso de Córdoba de 1872, con un programa estrictamente legal de propaganda y huelgas.

Pero, entretanto, las represiones y las persecuciones por toda Europa, habían introducido un cambio en las características del anarquismo. La Internacional bakuninista había celebrado su último congreso en 1877. Posteriormente, una crisis en la industria relojera había arruinado a las pequeñas industrias familiares del Jura y su lugar había quedado ocupado por la producción en gran escala de Ginebra. Por consiguiente, el núcleo del sindicalismo anarquista en Europa quedaba destruido, y, en marzo de 1878, salía por última vez el Bolletin de la Federation Jurassienne, que durante siete años había sido el principal órgano del movimiento anarquista. Ocupó su lugar Le Révolté, editado por Kropotkin en Ginebra, con una nueva teoría, el comunismo anarquista.

Pero la pérdida de sus seguidores de los sindicatos, debida a las persecuciones o a otras causas, y su consiguiente aislamiento de las masas, estaba llevando el movimiento hacia una tendencia de individualismo o de pequeños grupos secretos. En los congresos que se celebraban de vez en cuando en Europa no se presentaban ya delegados de federaciones de trabajadores, sino de pequeños grupos de militantes y, a veces de periódicos o, incluso, individuos aislados que no representaban a nadie más que a sí mismos. Muchos de tales grupos eran secretos y algunos terroristas. Los italianos eran quienes mejor representaban esta tendencia.

El obrero de fábrica italiano nunca se había inclinado hacia el anarquismo. Al igual que en España, habían sido la pequeña burguesía y los campesinos del sur quienes se habían mostrado como sus más decididos partidarios. Ya en el Congreso de Berna de 1876, Malatesta había declarado que el sindicalismo era una institución reaccionaria Pero desde entonces la policía se había mostrado en Italia muy activa y, al poco tiempo, hasta los campesinos se fueron retirando. Con el fin de conmoverlos y excitar su imaginación se propusieron métodos más convincentes. Se comenzó a propugnar como técnica anarquista la propaganda de los hechos

Al principio esto no consistía más que en levantamientos organizados o en hábiles actos de sabotaje, pero las represiones de la policía, acompañadas muchas veces de feroces torturas en las cárceles, llevaron a la formación de grupos que estaban dispuestos a utilizar cualquier clase de medios con tal de derribar a sus enemigos. El asesinato del zar en marzo de 1881 por los revolucionarios sociales rusos causó una profunda impresión en toda Europa. Los reaccionarios se estremecieron y los revolucionarios se sintieron alentados.

El congreso anarquista que se celebró en Londres cuatro meses después estuvo influido por esta impresión. Muchos de los delegados eran, en palabras de Stekloff, desesperados aislados, lobos solitarios enfurecidos por la persecución y sin ningún contacto con las masas Otros, los que hacían las propuestas más violentas, eran espías de la policía. Otros representaban las nuevas teorías del comunismo anarquista Pero se votaron resoluciones en las que se aprobaba la propaganda por los hechos como un método útil, y se recomendaba a los miembros que prestasen más atención a las ciencias técnicas y químicas

El delegado español, al volver a Madrid, llevaba consigo algunas ideas nuevas. Sin embargo, los efectos de este cambio de orientación sobre los miembros españoles no fueron considerables. Los españoles vivían por entonces a gran distancia del resto de Europa. Por otra parte, el anarquismo contaba todavía con gran número de seguidores proletarios. En tales condiciones, el terrorismo hubiera sido una locura y no hubiera contado con ninguna aceptación entre los trabajadores. La nueva Federación Regional no tenía ninguna necesidad de apelar a métodos violentos. Su progreso durante los dos últimos años había sido rápido.

En un congreso celebrado en Sevilla en 1882, se encontraron representados unos 50.000 trabajadores, de los cuales 30.000 pertenecían a Andalucía y la mayor parte del resto a Cataluña. Sin embargo, el hecho de que no existiera una organización de selectos anarquistas convencidos, tal como había sido la antigua Alianza de la Democracia Social, llevó a una importante falta de cohesión. Existían dos tendencias principales: la catalana, que era reformista hasta el punto de creer que la lucha sindicalista debía mantenerse dentro de los límites legales y que debían procurarse fondos para las huelgas, y la andaluza, que se oponía a los fondos de huelga porque no los podía reunir y favorecía por ello las huelgas cortas acompañadas de acción violenta y de sabotaje.

El Congreso celebrado en Sevilla en 1882 consiguió una fórmula de conciliación, pero un grupo de andaluces que se llamaban a sí mismos los desheredados, y se componía de varias secciones de trabajadores de las viñas de Jerez y Arcos de la Frontera, no se mostraron de acuerdo y abandonaron la Federación. Eran partidarios de la acción violenta. En aquella época, los sentimientos en el campo se encontraban muy tensos debido especialmente a los dos años seguidos que llevaban de aguda sequía y hambre. Los famélicos labradores tenían que contemplar cómo las cosechas de los grandes cortijos eran llevadas para ser vendidas a alto precio en Sevilla y Cádiz.

Ya desde 1876, el descontento venía siendo muy agudo y se solía manifestar con incendios y asesinatos. Pululaban los grupos y sociedades secretas. A continuación vino un año de extraordinarias lluvias. La cosecha era excelente, pero una huelga de segadores contra el trabajo a destajo vino a excitar aún más los ánimos en toda la región. Repentinamente, la policía anunció que había descubierto una formidable sociedad secreta, la Mano Negra, cuyos miembros habían tramado un complot para asesinar a todos los terratenientes de la región.

Se llevaron a cabo millares de detenciones, hubo trescientas sentencias de encarcelamiento y, tras las habituales torturas para obtener pruebas, ocho sentencias de muerte. Sin embargo, se ha discutido mucho la mera existencia de la Mano Negra. Bernaldo de Quirós, el eminente sociólogo enviado por el gobierno para investigar la realidad, dudaba de su existencia. Los periódicos españoles y franceses discutieron el asunto durante años. La naturaleza de las pruebas presentadas en el tribunal, la evidente barbaridad de los procedimientos, y la severidad de las sentencias parecen apuntar que todo el asunto fue una mera invención de la policía. Sin embargo, posteriormente han aparecido otras pruebas que sí parecen demostrar la existencia de sociedades secretas que condenaban a muerte, pero no a los terratenientes, sino a los delatores, y que los desheredados se encontraban mezclados en ello.

Pero lo que también es cierto es que la policía aumentó enormemente el asunto y se aprovechó para condenar a los dirigentes anarquistas de la región, sin pararse a considerar si eran inocentes o culpables. El episodio de la Mano Negra y la reacción que le siguió obligaron de nuevo a ocultarse al movimiento anarquista andaluz. En vano un congreso celebrado en Valencia clamó contra todas las actividades criminales.

Una epidemia de peste bubónica en la costa oriental llevó a una breve reanimación del sentimiento religioso y a nocturnas procesiones de la Virgen por las calles. En Barcelona, la Federación declinaba sensiblemente. Su falta de espíritu de lucha y las amargas disensiones entre los colectivistas y los comunistas anarquistas la estaban desintegrando.

Colectivismo y anarquismo

Este problema del colectivismo y del anarquismo merece cierta explicación. La cuestión radical era: ¿en qué forma habría de estar organizada la sociedad sin Estado del futuro? En vida de Bakunin el problema había sido poco discutido. Se había adoptado la palabra colectivismo simplemente porque la palabra comunismo sugería a las mentes francesas el falansterio. En una sociedad colectivista todas las propiedades e instrumentos de trabajo se poseen en común, pero cada hombre conserva su derecho sobre lo que puede ganar con su trabajo, así como para reunirse con otros grupos (colectivos) que poseen también tal derecho.

Este método de organización parece adaptarse mejor a primitivas formas de vida agraria que a las modernas condiciones industriales. De aquí que, aunque era popular en Andalucía, en Barcelona se dudaba de su eficacia. El comunismo poseía la ventaja de contar con el apoyo de los principales dirigentes anarquistas de toda Europa, ganados a esta idea por Kropotkin que se había apropiado de lo que originariamente había sido una teoría italiana. Sin embargo, en esta cuestión se veía implicada una idea muy importante: la de la libertad.

El nuevo dogma atacaba a la concepción en que se basaba todo el sistema bakuninista, es decir, la libertad que cada grupo tiene para decidirse por lo que le parece mejor. En el caso de adoptarlo, se corría el riesgo de terminar con la colaboración de los anarquistas convencidos, y con grandes grupos de trabajadores libres, en lo que se basada la esencia del sistema de Bakunin. Aquí precisamente, y no en cierto desacuerdo sobre la hipotética forma de la sociedad futura, es donde radicaba el verdadero núcleo de la controversia.

Kropotkin apoyaba una purificación y concentración de las filas anarquistas que hubiera significado un serio obstáculo para la participación de las masas. El resultado de esta disputa fue que, en 1888, la Federación Regional se disolvió. La causa inmediata de su disolución fue una violenta discusión acerca de si las organizaciones anarquistas habían de estar compuestas únicamente por anarquistas convencidos o habrían de incluir a todos los trabajadores que quisieran adherirse. Esto, como acabo de decir, constituía el auténtico problema entre comunistas y colectivistas, entre Kropotkin y Bakunin.

Cuando, con la introducción del anarcosindicalismo en 1909, se decidió por fin el acuerdo con las ideas de Bakunin, la cuestión de la naturaleza de la futura forma de la sociedad se hizo menos importante. Mientras se conservaba el colectivismo como base de trabajo, el comunismo libertario se convertía en el distante ideal.

Los veinte años siguientes constituyen los más oscuros y peor definidos de la historia de anarquismo español. No existía ya una sola federación anarquista que cubriera a toda España. En diversas ciudades existían pequeños grupos de militantes e intelectuales, en general en torno a alguna publicación semanal o quincenal, y en Cataluña existía un sindicato, el Pacto de Solidaridad y Resistencia, de tendencias colectivistas, y otro más pequeño, la Organización Anarquista, compuesto por puros anarquistas que en su mayor parte eran de tendencias comunistas. Barcelona, Madrid y, un poco después, La Coruña, poseían los núcleos más fuertes de militantes, mientras en Andalucía el anarquismo rural proseguía con su ritmo habitual de explosiones de fervor milenario que llevaban a alguna gran huelga o manifestación, seguidas por una década de apatía.

Una de estas explosiones tuvo lugar en enero de 1891, en ocasión de que, inspirados por una afortunada huelga habida en Barcelona, 4.000 campesinos, armados con hoces y palos se dirigieron hacia Jerez gritando: ¡No podemos esperar ni un día más! ¡Hemos de ser los primeros en comenzar la revolución! ¡Viva la anarquía!, y se apoderaron de la ciudad durante algunas horas. A la llegada de las fuerzas de policía, se dispersaron. Dos tenderos fueron asesinados durante la revuelta, sin que se causaran más daños, pero la policía aprovechó la ocasión para llevar a cabo una violenta represión, en la que cuatro campesinos fueron ajusticiados y otros dieciocho sufrieron largas condenas a trabajos forzados.

Entre 1890 y 1900, tuvo lugar en todas partes un periodo de terrorismo anarquista. Ya hemos visto cómo llevó a ello la pérdida de los seguidores de las clases obreras y las absurdas represiones de la policía. El reino de la burguesía se encontraba en todo su esplendor. Su vaciedad, su filisteísmo, su insufrible autosatisfacción marcaban su huella sobre todo. Había creado un mundo a la vez estúpido y vacío y se encontraba tan firmemente establecido en él, que parecía una locura soñar siquiera con la revolución. El ansia de conmover con alguna acción violenta aquella inmensa, inerte y estancada masa de opinión de la clase media se hacía irresistible.

Artistas y escritores compartían estos sentimientos. Hay que poner a libros como Bouvard et Pécuchet de Flaubert, A Rebours de Huysmans, los epigramas de Butler y Wilde y las terribles imprecaciones de Nietzsche, en la misma categoría que las bombas de los anarquistas. Conmover, enfurecer, expresar la propia protesta era la única cosa que podía hacer cualquier hombre sensible y honrado. En España, sin embargo, la atmósfera psicológica era diferente.

La policía era más brutal y los gobiernos más tiránicos, pero como también eran más ineficaces y más descuidados y la vida seguía aún por los tranquilos caminos del siglo anterior, todavía se podía respirar con tranquilidad. Las bombas representaban, pues, menos una forma de protesta contra la sociedad en general que actos estrictos de venganza por las torturas de las cárceles o por sentencias injustas. La primera bomba fue lanzada en 1891, contra un edificio, la sede de la gran asociación de patronos catalanes, el Fomento. Existía una huelga, y se pensó que un poco de propaganda por los hechos alentaría a los trabajadores.

A continuación, Barcelona sufrió una verdadera epidemia de bombas y petardos, que tenían la pretensión más de asustar que de causar víctimas. Los responsables de ello eran unos cuantos anarquistas, en su mayor parte italianos, que pensaban que de este modo exaltarían el espíritu de lucha de los trabajadores. Se repartió abundantemente un libro con instrucciones para fabricar explosivos titulado El indicador anarquista, y un relojero se encargó de enseñar a fabricar bombas Orsini con mecanismo de relojería. Malatesta visitó España y celebró una reunión con numerosos asistentes. Pero los principales militantes españoles se mantuvieron al margen.

El año siguiente, un joven apellidado Pallás lanzó una bomba contra el general Martínez Campos como venganza por la ejecución de dos conocidos periodistas anarquistas que habían estado complicados en el alzamiento de Jerez. Martínez Campos resultó sólo ligeramente herido, pero Pallás fue juzgado por un consejo de guerra y fusilado. Su amigo Santiago Salvador lo vengó con un acto terrible. Arrojó una bomba en el Teatro del Liceo, causando la muerte de veinte personas, la mitad de las cuales eran mujeres, e hiriendo a muchas más. La policía que en el primer momento no pudo detener al autor del hecho, detuvo a cinco dirigentes anarquistas, y, a pesar de que era evidente que no tenían la menor conexión con el hecho, los jueces los declararon culpables. A continuación fue cogido Salvador. Sin embargo, esto no libró a los cinco anarquistas de ser ejecutados también.

La ineficacia de la policía en esta ocasión llevó a la creación de una nueva fuerza policíaca, la Brigada Social. La primera actuación de esta policía fue, sin embargo, lamentable. La tradicional procesión del Corpus Christi, presidida por el obispo, el capitán general y otras autoridades, se dirigía hacia Santa María del Mar, cuando, en la calle de Cambios Nuevos, fue lanzada una bomba contra ella desde una ventana de un piso alto. Pero la bomba no cayó entre las autoridades que presidían la procesión, sino entre los que iban detrás, de manera que resultaron muertos siete obreros y un soldado. Nunca se consiguió descubrir quién había tirado la bomba, pero el general Weyler, conocido por su actuación en la guerra de Cuba, y que era entonces capitán general de Cataluña, supo aprovecharse inmediatamente del incidente. No sólo anarquistas, sino hasta inofensivos anticlericales fueron detenidos en masa y arrojados a los calabozos de Montjuich, donde fueron abandonados al poder de la nueva policía. Y allí, sin control ninguno y sin el más mínimo objeto racional se aplicaron las más horrendas torturas. Varios murieron a sus manos, aparte de los que fueron ajusticiados oficialmente. Sin embargo, de entre los que fueron ejecutados, solamente uno, Ascheri, pertenecía al grupo de lanzadores de bombas.

De los que se libraron de la muerte, sesenta y uno fueron enviados a los penales de Río de Oro, castigo que, en aquella época era peor que la muerte. Las torturas de Montjuich tuvieron gran repercusión en Europa, y un joven anarquista italiano, llamado Miguel Angiolillo, al enterarse de ellas, se dirigió a Santa Águeda, donde el jefe de gobierno Cánovas estaba tomando las aguas, y lo asesinó.

La pérdida de Cuba puso punto final a esta terrible era. Tanto el gobierno como el ejército estaban demasiado desacreditados como para seguir conservando el poder. Los grupos terroristas estaban también desacreditados y la mayor parte de sus miembros o habían muerto o estaban encarcelados. Una nueva brisa comenzó a soplar sobre las mortecinas hojas del anarquismo. Primero se comenzó a decir que la verdadera arma revolucionaria era la huelga general y no la bomba; luego se extendió la consigna de que el triunfo del anarquismo, como el del catolicismo o del liberalismo, solamente podría llegar a través de las escuelas. Antes de que se pudiera pensar en la conquista del poder, había que educar a los jóvenes en la doctrina libertaria. E inmediatamente se inició en diversas partes de la península un movimiento para establecer escuelas anarquistas. En Barcelona fue fundada por Francisco Ferrer la Escuela Moderna. En ella eran educados los niños para que creyeran en la libertad, en la igualdad social y, sobre todo, en el odio a la Iglesia, que enseñaba doctrinas pervertidas Tenía aneja también una escuela nocturna para adultos y una imprenta de la que brotaba constantemente una corriente de libros y folletos anarquistas.

El mismo Ferrer, pedante de estrechas miras y con pocas cualidades atractivas, profesaba haber abandonado toda fe en la violencia y haber abjurado de sus contactos anarquistas, pero esto no se podía tomar demasiado en serio. Las recientes persecuciones habían convertido la discreción en una necesidad. En Andalucía también se fundaron otras escuelas. En ellas se enseñaba a los trabajadores a leer y a abjurar de la religión, del vicio y del alcoholismo. Una mujer, Belén Sárraga, fundó en Málaga una sociedad para trabajadores que contaba con 20.000 miembros, en su mayoría obreros del campo. Este movimiento correspondió a un período de expansión intelectual. Nunca hasta entonces había contado el anarquismo español en sus filas con hombres cultivados y de ideas.

Comenzó asimismo a abrir sus filas a las clases medias. Tarrida del Mármol, uno de los dirigentes anarquistas de la época, era director de la Academia Politécnica de Barcelona, y provenía de una de las mejores familias de la ciudad. José López Montenegro, que dirigía La huelga general, había sido coronel del ejército. Ricardo Mella, ingeniero gallego, fue el único español que aportó alguna contribución a las teorías del anarquismo. También numerosos escritores e intelectuales quedaban dentro de la órbita acrática. Pío Baroja, Maeztu y Azorín se sentaron por algún tiempo en cafés anarquistas y flirtearon con las ideas libertarias.

En España, al igual que en Francia, el anarquismo se había puesto de moda. Pero la intensa seriedad, que a muchos les parecía estrechez de miras y fanatismo, de los anarquistas acabó por hacer que se apartaran de ellos muchos de estos jóvenes diletantes, y la aparición del sindicalismo terminó de cerrar las filas anarquistas a los simpatizantes burgueses. Desde 1910, la actitud del anarquismo español hacia los intelectuales ha sido de constante hostilidad. Han poseído sus propios escritores y pensadores y no se han preocupado de los demás.

El sindicalismo estaba ya en la atmósfera. La nueva fe en la huelga general se debía a su influencia. Llevó a la formación en Madrid, en 1900, de la Federación de Trabajadores de la Región Española, fundada según el clásico modelo de 1873 y 1881. Esto culminó dos años después con una huelga de obreros metalúrgicos en Barcelona a la que se adhirieron otros muchos trabajadores. La huelga fracasó y fue seguida de un momentáneo retroceso: los obreros abandonaron en masa los sindicatos anarquistas y la Federación se hundió. Pero había provocado la aparición de un gran entusiasmo en toda España y una ola incomparable de fervor milenario en Andalucía. Era ya claro que resultaba solamente cuestión de tiempo el que los nuevos métodos sindicalistas de organización, con su fuerza y cohesión superiores, atravesaran los Pirineos hacia España.

BRENAN, Gerald, El Laberinto Español, Editions Ruedo Ibérico, 1962, págs. 214-270.