La Masonería

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La Masonería
La Masonería en España

La Masonería

La escuadra y el compásLa escuadra (símbolo de la virtud) y el compás (símbolo de los límites con los que debe mantenerse cualquier masón respecto a los demás) son quizá los dos símbolos masónicos más conocidos. Aquí aparece también las letras G, A, que representan al Gran Arquitecto del Universo.

Definir la masonería indicando de una manera precisa su objeto real y fundamental es imposible, por las muchas variantes que se manifiestan en el decurso de su historia y por la falta de una traducción segura de las fórmulas y voces de que, desde sus comienzos, ha usado y abusado la orden. Según los ritos inglés, escocés y norteamericano, se define así: Un hermoso sistema de moral revestido de alegoría e ilustrado con símbolos. También: Una ciencia que se ocupa en la investigación de la verdad divina. Los masones alemanes concretan más, y la definen: La actividad de los hombres unidos íntimamente, sirviéndose de símbolos tomados principalmente del oficio de albañil y de la arquitectura, trabajando por al bienestar de la humanidad, procurando en lo moral ennoblecerse a sí y a los demás, y, mediante esto, llegar a una liga y paz universal, de que aspira luego a dar muestra en sus reuniones.

Según Walther Die Freimaurerei, Viena, 1910, el artículo 1.° de los Estatutos del Gran Oriente de Bélgica define la masonería como una institución cosmopolita y en progreso incesante, que tiene por objeto la investigación de la verdad y el perfeccionamiento de la humanidad. Se funda sobre la libertad y la tolerancia, no formula dogma alguno, ni descansa en él.

Más completo es el concepto que el masón John Truth La Franc-Masonería, trad. española, Madrid, 1870 formula diciendo que la Francmasonería es una asociación universal, filantrópica, filosófica y progresiva, que procura inculcar a sus adeptos el amor a la verdad, el estudio de la moral universal, de las ciencias y de las artes, los sentimientos de abnegación y filantropía y la tolerancia religiosa; que tiende a extinguir los odios de raza, los antagonismos de nacionalidad, de opiniones, de creencias y de intereses, uniendo a todos los hombres por los lazos de la solidaridad y confundiéndolos en un tierno afecto de mutua correspondencia.

Este mismo autor resume así, en la conclusión de su obra, el carácter y el objeto principal de la francmasonería: predica la moral universal, una e inmutable, más extendida, más universal que la de las religiones positivas, todas ellas exclusivistas, puesto que califican a los individuos en paganos, en idólatras, cismáticos, sectarios, etc..., su objeto puede resumirse en estas palabras: borrar entre los hombres las preocupaciones de casta, las distinciones convencionales de colores, orígenes, opiniones y nacionalidades, combatir el fanatismo y la superstición, extirpar los odios nacionales y con ellos al origen de la guerra, llegar por el progreso libre y pacífico a formular el derecho universal y eterno, según el cual cada individuo debe libre e integralmente desenvolver todas sus facultades y concurrir en toda la plenitud de su poder al bien de todos, haciendo así del género humano una sola familia de hermanos unida por el amor, la ciencia y el trabajo. De este concepto no es difícil deducir, atendiendo sobre todo a las enseñanzas que se dan en los diferentes grados masónicos, los caracteres de la francmasonería. Estos son:

Imagen en la iniciación del primer grado (aprendiz).Imagen en la iniciación del primer grado (aprendiz).

Pero, aun entonces, se prohibía encarecidamente toda disputa en materia religiosa, aspirándose a una religión católica en absoluto en el sentido etimológico de la palabra, en cuanto las comprendiese todas sin distinción entre verdad y error. Era la tolerancia religiosa del cuáquero, pero triunfante e imperiosa contra cualquier religión que aspiraba a especiales prerrogativas en la conciencia humana.

Es verdad que han existido en Alemania y Estados Unidos logias que han insistido en conservar algo de cristiano en el nombre y en cierto reconocimiento de la autoridad de la Biblia, pero la indulgencia y tolerancia para diversas religiones cada vez fue transformándose más en odio al cristianismo y la propia expresión de este, el catolicismo; y la negación de sectarismo en la Masonería significa por antonomasia negación de catolicismo. La religión del masón se llama de la Humanidad, con término equívoco para indicar que cabe en la Masonería cualquier forma de convicciones religiosas meramente naturalísticas, que pueden comprender desde el politeísmo hasta el ateísmo, con todos los géneros de deísmo que han profesado ateos vergonzantes.

En la citada Constitución del Gran Oriente español, después de declararse que —La Masonería no reconoce en la investigación científica ninguna autoridad superior a la Razón Humana, que La verdad es así para la Masonería—, lo que esta razón, debidamente esclarecida, determina en la conciencia de cada cual, bajo la disciplina del más omnímodo libre examen, y que esta obligada a respetar el modo que cada cual asume más conveniente de dar culto a su Dios, añade que este respeto no alcanza a las exenciones, prerrogativas y privilegios que reclaman y exigen para su existencia las religiones y que la Masonería no reconoce la necesidad de que una o algunas de ellas disfruten preeminencias y derechos que no se reconocen a las demás.

De este sobreponerse a toda revelación positiva, desligando al hombre de todo vínculo sobreañadido a la norma de la pura razón, proviene el antagonismo que existe entre la Masonería y el Catolicismo. Ni es menester para explicar las condenaciones de la Iglesia contra toda logia masónica y cuantos se afilien a ella, probar que cada logia se propone un fin determinado antisocial ni mucho menos que la Iglesia se ha equivocado en estas censuras, porque desde su primer punto de partida, la Masonería declara, con su profesión de indiferentismo religioso, la guerra a la religión que tiene en sí todas las señales de ser una verdadera religión sobrenatural y depositaria de una revelación que ha de extender por todo el mundo.

Por esta razón, aunque la Masonería predique la fraternidad universal y no se canse de hablar de obras de beneficencia, es, por la misma naturaleza de esta fraternidad, irreconciliable con los verdaderos discípulos de Él que, al introducir en el mundo como ley nueva la del amor entre todos los humanos como distintivo de su escuela, los encargó al mismo tiempo que predicasen que los que no creyesen en Él y no se bautizasen se condenarían. De donde resulta que toda sociedad que promueva la indiferencia o tolerancia absoluta ante el dogma de una revelación positiva, es contraria al cristianismo y a los que sostienen ser continuadores de la obra de Jesucristo.

Por esto, aun el protestantismo, al aparecer la masonería empezó una campaña contra esta; pero la misma contradicción latente que existe entre el nombre de cristiano y el de protestante, ha hecho que el protestantismo cediese en absoluto ante una secta que no es sino una nueva protesta contra la revelación y las especiales obligaciones que de ella dimanan al hombre. Por esto, en la actualidad, los ministros protestantes se honran con las condecoraciones masónicas, y no se distinguen en nada el indiferentismo masónico y la independencia doctrinal de los protestantes liberales. Por esto se justifican las condenaciones de que ha sido objeto la masonería por los Pontífices Romanos.

Las inauguró Clemente XII con su Constitución de 24 de Abril de 1738, condenando y prohibiendo para siempre a las sociedades, asambleas, reuniones, asociaciones, agregaciones o conventículos llamados Liberi Muratori, Masones, u otros nombres, según la variedad de los idiomas, como perniciosas para la seguridad de los Estados y la salvación de las almas, fulminando contra aquellas la excomunión latae sententiae y mandando a los obispos a inquisidores que procediesen contra los adeptos como contra herejes.

Benedicto XIV, en su Constitución Apostolici Providas, dada en 18 de Mayo de 1751, ratificó la Constitución In eminenti, confirmando las penas de excomunión fulminadas en la misma contra los masones y declarando que no fuera permitido a ningún hombre infringir o contrariar la confirmación, renovación, aprobación, invocación, requisición, decreto y voluntad contenido en su Constitución mencionada, y que si alguno fuera bastante osado para atentar contra ellas, él incurrirá en la indignación de Dios Todopoderoso y de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo. Las anteriores Constituciones fueron igualmente ratificadas y confirmadas por Pío VII en su Constitución Ecclesiam a Jesu Christo, dada en Septiembre de 1821 en la que señala el fin y objeto de las sociedades secretas masónica y carbonaria.

No son menos terminantes, claras y concretas las declaraciones de León XII contenidas en la Constitución Quo graviora, dada en 13 de Marzo de 1825, y en la que después de confirmar la condenación fulminada contra los carbonarios en la Constitución Ecclesiam a Jesu Christo, y de anatematizar la secta llamada Universitaria, por tener su asiento y hallarse establecida en las Universidades, dice que la masonería ataca con audacia sin límites los dogmas y preceptos más sagrados de la Iglesia, y, dirigiéndose a las potestades de la tierra, las conmina a prestar su secular auxilio a esta para destruir la masonería.

Con igual energía que sus predecesores se expresan Pío VIII en su Encíclica Traditi, referente en especial a la secta Universitaria, y Gregorio XVI en la Encíclica Mirari vos, de fecha 15 de Agosto de 1832. Pío IX (al que la secta intentó presentar como masón, recortando la cabeza de una fotografía del Pontífice, pegándola al busto de un masón retratado con todos los atributos de la secta y esparciendo profusamente la reproducción de la imagen así obtenida) anatematizó también a la masonería por su Encíclica Qui pluribus, de 9 de Noviembre de 1846, y por la alocución pronunciada en el Consistorio de 25 de. Septiembre de 1865, e incluyó en el grupo segundo de las penas impuestas por la Constitución Apostolicae Sedis, de 12 de Octubre de 1869, a los que se inscriben en la secta masónica o carbonaria, u otras del mismo género, que maquinan pública o clandestinamente contra la Iglesia o las potestades legítimas o los que de cualquier modo favorecen a las mismas, y los que no denuncian a sus jefes y directores ocultos, hasta que los denuncien, imponiendo a todos excomunión latae sententiae, reservada al Romano Pontífice.

Finalmente, León XIII, por su Encíclica Humanum genus, también llamada De secta massonum, de 20 de Abril de 1884, confirmó todas y cada una de las condenaciones fulminadas contra la masonería por los Pontífices antecedentes, describiendo y puntualizando los errores religiosos de la masonería y del naturalismo. La Sagrada Congregación de la Inquisición ha declarado que incurren en las censuras expresadas los miembros de la masonería irlandesa y norteamericana; y el Concilio plenario americano declaró lo mismo en cuanto a las logias de la América latina. Finalmente, Pío X en el Consistorio de 20 de Noviembre de 1911 se ha referido a la secta masónica, presentando como objeto suyo el oprimir al catolicismo, al tratar de la revolución portuguesa (Acta Apostolicae Sedis de 30 de Noviembre).

Estas condenaciones han hecho que entre la masonería y la Iglesia se haya entablado una lucha que, en realidad, ya existía por parte de la primera contra la segunda. Para la masonería las ideas católicas son ideas retrógradas de las que es necesario libertar para siempre las inteligencias, y, especialmente Francia y Bélgica, hasta el nombre de Dios ha sido desterrado de un gran número de logias.

Aunque en ocasiones se ha exagerado la participación que los judíos tienen en la masonería y aunque no se admita hoy el origen judaico de la secta, está probado que el judío se acomoda fácilmente a los propósitos de esta, tanto porque en creencias religiosas padece el judaísmo una crisis semejante al protestantismo, cuanto porque todo cuanto vaya directamente contra el Cristianismo favorece directamente al judaísmo. El uso de numerosas palabras judías en el ritual masónico comprueba esta fácil amalgama, y aunque en un principio no fuesen judíos los fundadores de la masonería, pronto se le admitió en las logias de Inglaterra, en donde, como después en otros varios países, han llegado a tenerlas propias.

En Alemania, en donde se quiso conservar en la masonería cierto tinte cristiano, hubo mucha dificultad en admitir en ella a los judíos, pero a medida de que el protestantismo se ha ido reconciliando con la masonería, también esta lo he hecho con el judaísmo.

En cuanto a los célebres asesinatos masónicos, Walther los considera como una leyenda que el proceso Dreyfus ha desacreditado. Lo que desde luego puede decirse es que en los tiempos actuales no tienen lugar; y en cuanto al pasado, si bien se citan diferentes casos ocurridos, faltan pruebas irrefutables para sentar una afirmación categórica.

Finalmente, hay que observar que existen diferencias, al menos externas, entre la masonería alemana, la francesa y la belga: la primera excluye toda controversia profana, adoptando para las logias la forma de sociedades de socorros mutuos; por el contrario, en Francia las logias apenas se ocupan en otra cosa que de cuestiones políticas, religiosas y sociales, y en Bélgica se ha realizado en cierto modo la síntesis de ambas tendencias.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 33, págs. 718-721.

La Masonería en España

Introducción
Segundo período
Decreto de disolución de 1823
Cisma en la masonería española
Introducción

La primera prueba, aunque debatida, de la existencia de la masonería en España, parece encontrarse en la iglesia de Nuestra Señora de la Anunciación conocida también por el nombre de capilla de Mosén Rubí y construída en el año 1516 en la ciudad de Ávila. Según Carramolino. Lafuente y don Nicolás Díaz y Pérez hay que notar en este edificio:

Grabado de Francisco Javier Parcerisa de 1865..Grabado de la Capilla de Mosén Rubín por Francisco Javier Parcerisa de 1865.

Añádese que el constructor o patrono del edificio fue Mosén Rubí de Braquemonte, indudablemente de origen judío y que había estado en Flandes largos años; que la Inquisición dispuso, en 1530, que no se terminase el edificio, el cual, por otra parte, estaba exento de la visita del arzobispo de Toledo; que las estatuas del patrono y de de su mujer no aparecen en actitud orante, sino el primero en actitud de desnudar la espada con la mano izquierda (como se hace hoy en el grado 30) y la de la segunda con la mano derecha sobre el antebrazo izquierdo y la mirada hacia el suelo en actitud de meditación, y finalmente, que en la sepultura le los descendientes de Mosén Rubí aparecen como signos un martillo y un compás dentro de un triángulo (como ocurre en la de Álvaro Bracamonte y su mujer Isabel Dávila), y que la familia de La Cerda y Carvajal, condes de Parcent y de Contamina, así como la de Téllez Girón y Fernández de Velasco, duques de Medina de Rioseco y condes de Peñaranda de Bracamonte, descendientes de Mosén Rubí, lucen, en muchos edificios de Ávila y su provincia, armas que ostentan como escudo un martillo y una escuadra enlazada con un compás con los ángulos opuestos. Por todo ello se cree que dicho edificio fue edificado por masones, y que Mosén Rubí lo era, dejando grabados en la construcción los emblemas de la sociedad. A la iglesia estaba unida una hospedería destinada a albergar a 13 ancianos de ambos sexos, objeto principal del edificio. El mazo y la escuadra se observan también en la catedral y en la basílica de San Vicente de la misma ciudad.

Se han pretendido también relacionar con la masonería las esculturas irrisorias unas, e impías u obscenas otras, que aparecen en algunos edificios de Galicia y Castilla pertenecientes a los siglos XIII al XVI, como en el Hospital Real de Santiago; en el trascoro de la catedral de Toledo; en el coro de la catedral de Zamora y otras, en las cuales otros autores ven una influencia judaica. Nada de particular tendría que fueran conocidas en España las asociaciones de canteros y obreros constructores que aparecen en los otros estados europeos, y de las que parece reminiscencia el hecho de que los canteros y picapedreros de la provincia de Pontevedra tienen todavía y usan entre ellos un dialecto particular, dando muestras de una gran solidaridad. También se ha pretendido ver la obra de la masonería en las germanías de Valencia (sin prueba alguna seria) y en el suceso de la prisión del príncipe don Carlos.

Más cierto parece que fue masón el almirante Coligny, que vino a España en 1519; pero no el duque de Sesa (de quien el masón Amoribieta dice que estableció en 1563 una logia en el palacio de la condesa de Montijo, sin tener en cuenta que el título de condes del Montijo se creó por Carlos II en 1697), ni los doctores Cazalla y Zapata, pues todos ellos fueron más bien tocados de protestantismo, aunque los autores masones hayan pretendido ver en ellos antecesores.

Segundo período

Más conocido es lo relativo al segundo período de la masonería en España. Se sabe que en 1726 la Gran logia de Inglaterra expidió patentes para la constitución de una logia en Gibraltar y que al año siguiente se erigió una en Madrid, cuyo taller estaba en una casa de la calle Ancha de San Bernardo, diciendo los historiadores de la secta que en poco tiempo subieron a más de 200 las establecidas en España. Las logias españolas aceptaban la iniciativa de la llamada Las Tres Flores de Lis, primera establecida en Madrid con carácter casi maestral, y todas ellas dependían de la Gran logia de Inglaterra. Hervas y Panduro en sus Causas morales de la Revolución francesa, dice que el embajador español en Viena avisó en el año 1848 que en un manuscrito descubierto en una logia alemana se citaban las logias de Cádiz, figurando afiliados a ellas unos 800 individuos.

En 1850 circularon por España, importados de las logias lusitanas, un Credo y unos Artículos de la fe masónicos. En el primero se afirmaba la creencia en Dios, Ser único absoluto, y en la inmortalidad del alma; el respeto para todas las prácticas religiosas y para los Poderes constituidos; la igualdad de derechos y deberes para todo el género humano, especialmente la libertad para pensar y obrar dentro de la ley moral, y se presentaba como aspiración la fraternidad universal, la abolición de la pena de muerte, la desaparición de las diferencias de posición, de nacionalidad, clases y razas, y la educación liberal en la mujer.

En los artículos de la fe masónica se parodiaba el Credo de los cristianos, afirmándose la creencia en un solo Dios como Supremo Arquitecto del Universo; en Jesucristo, no como Dios, sino simplemente como hombre; en la Iglesia, no la romana, sino la universal oculta en la masonería y revelada en las palabras, signos y toques masónicos; en la comunión de los Santos, entendida como fraternidad universal común a todos los hombres; en el perdón de los pecados, no por Jesucristo, sino como tolerancia y olvido total de las faltas de masones y masonas; en la resurrección de la carne, entendida como la perfección a que se habría de llegar en el orden masónico, y en la vida perdurable, considerada como eternidad de la masonería y del Gran Arquitecto del Universo.

Las doctrinas contenidas en estos documentos y las condenaciones que ya por entonces habían fulminado Clemente XII y Benedicto XIV, movieron a Fernando VI a prohibir en España la francmasonería por R. D. dado en Aranjuez a 2 de Julio de 1751, reservándose la imposición de la pena, aunque conminando desde luego con la de privación de empleo e infamia; sin embargo, en los años que transcurrieron hasta 1800 solo se hicieron efectivos relativamente pocas penas, en su inmensa mayoría levísimas. Entre estas causas merece mención la incoada en 1757 contra un tal Tournon, agente en Madrid de la masonería francesa, y acerca de la cual da Truth una falsa relación que se halla en abierta contradicción con lo dicho por Llorente.

Emblema del Supremo Consejo del Grado 33 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado para EspañaEmblema del Supremo Consejo del Grado 33 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado para España

La figura más saliente de la masonería española en el siglo XVIII es el conde de Aranda, que, afiliado desde muy joven a la secta, perteneció a la logia llamada La Matritense, siendo uno de los que más trabajaron para separar a la masonería española del rito inglés, adoptando la reforma escocesa del barón de Ramsay (rito escocés antiguo y aceptado). A este efecto, y unido con Campomanes, Rodriguez, Naya del Río, Salazar y otros, constituyó en 1760 la primera Gran logia española, de la que fue nombrado Gran Maestre el mismo Aranda, quien convirtió dicha Gran logia en Gran Oriente en 21 de Junio de 1780, dependiendo de los poderes masónicos de Francia, así como hasta entonces había dependido de los de Inglaterra.

Al lado de estos trabajos de organización masónica aparecen los realizados con independencia de aquéllos por el célebre José Balsamo (Cagliostro), el cual fundó logias en Barcelona, Cádiz, Valencia, Sevilla y Madrid. organizando una agrupación contraria a la del conde de Aranda, introduciendo el rito de Memphis con 90° y el de Misraim con 96° y convirtiendo las logias de Madrid en un foco de conspiración. Dos de los logias que se suponen fundadas por Cagliostro, La España, establecida en la calle del Bastero, y La Libertad, establecida en la calle del Avapiés, aprobaron, en 1786,18 proposiciones que negaban la autoridad de todos los poderes religiosos y civiles, así como de las leyes tributarias impuestas por estos, incurriendo en otros errores, cuya propaganda alarmó tanto al Gobierno que este dirigió en 10 de Noviembre de 1787 una circular a los prelados y a los superiores de las órdenes religiosas para que condenasen a aquellas.

En la logia España se tramó la famosa conspiración republicana conocida por la de San Blas, de la que fue cabeza el profesor don Juan Picornell y Gomila, secundado por don José Lax, don Sebastián Andrés, don Manuel Cortés, don Bernardo de Garasa, don Juan Pons Izquierdo, don Joaquín Villalba y un abogado llamado Manzanares pero esta conspiración fracasó por la delación del fundidor Hernández y del bordador Rodas, formándose proceso en 1796, por virtud del cual fueron condenados Picornell, Lax, Cortés y Pons a la horca, no llegándose a ejecutar la sentencia por imposición del embajador y del Gobierno francés, los cuales consiguieron que se les conmutase la pena por la de deportación, siendo trasladado Picornell a la Guaira, Lax y Andrés a Puerto Cabello, y Cortés a Portovelo; pero Picornell, Cortés y Andrés consiguieron fugarse, y los dos primeros urdieron en Caracas, juntamente con Manuel Gual y José María España, la primera conspiración separatista encaminada a proclamar la República en Venezuela (1797), la que, descubierta, fue castigada con severidad (1799).

Al conde de Aranda sucedió en la jefatura del Gran Oriente de España el conde de Montijo, a cuyo advenimiento solo contaba dicho Oriente con unas 30 logias. Fundado el Supremo Consejo de Charlestón en 4 de Noviembre de 1802, se propuso intervenir en España, a cuyo efecto delegó en 1804 al conde de Grasse-Tilly, quien logró el apoyo de Azanza, proponiéndose ambos someter la masonería española, que se había independizado, al Gran Oriente de Francia. A este fin se invistió a Azanza de plenos poderes, aunque sin por el momento negar la autoridad de Montijo, y cuando Grasse-Tilly regresó a París dejó en su puesto al francés Hannecart.

Primeramente sirvieron de base al nuevo núcleo dos o tres logias francesas existentes en España, a las cuales se trabajó por reunir las que acataban la jefatura de Montijo. En Madrid solo se contaban por entonces cuatro logias, que trabajaban en tres talleres establecidos en la calle de Santa Maria, en el palacio de Montijo y en la casa llamada después del Duende, junto al palacio de Lyria, además de algunas logias independientes, resto de las fundadas por Cagliostro. En provincias, solamente las logias de Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza, Cadiz, Málaga, Córdoba y Granada obedecían a Montijo. De las otras, unas habían suspendido los trabajos y otras eran en realidad independientes. Hannecart y Azanza, entre las logias que fundaron y las que sustrajeron a la obediencia de Montijo y las independientes que lograron atraer, llegaron en poco más de dos años a colocar bajo la dependencia del Gran Oriente de Francia a más de 420 logias españolas.

En 1809 un hermano de Grasse-Tilly, el conde de Tilly (que llevaba el nombre masónico de Guzmán, general al servicio de España, fundó en unión de otros masones, de los que se conservan lo nombres de Quintana Saavedra, Vadillo y González, un Supremo Consejo de la masonería española en Aranjuez, sometido al Oriente inglés e independiente en consecuencia tanto del Oriente de Montijo como del grupo de Azanza. Este Consejo estableció muchas logias en Andalucía y trasladó poco después el centro de sus operaciones a Cádiz, ciudad esta donde existían, además, las logias Tolerancia y Fraternidad fundada en 1807, los Hijos de Edipo, fundada por el mismo Guzmán en 1808 (logia que era la principal de las tres y la que se afiliaron muchos diputados de las Cortes de Cádiz), y La Legalidad, que comenzó sus trabajos en 1810.

Finalmente, el 3 de noviembre de 1809, se estableció en Madrid, por Murat, un nuevo Gran Oriente bajo los auspicios de José Napoleón, cuyo grupo fundó la logia llamada de La Estrella, que celebró sus sesiones en el local de la calle de Isabel la Católica, ocupado antes por el Tribunal de la Inquisición (Llorente lo niega, diciendo que la logia estaba en la calle de las Tres Cruces), y tuvo por Venerable al barón de Tinan; y poco después, la logias de Santa Julia y la de Beneficencia, cuyos tres talleres reunidos formaron una Gran logia Nacional, bajo cuyos auspicios se establecieron gran número de logias en diferentes puntos de la Península.

Así, pues, en 1809 existían en España cuatro grandes grupos masónicos, a saber:

Luis Ducos, escritor contemporáneo, dice Historia cierta de la secta de los Francmasones. Su origen, etc., 2. ed., Madrid, 1813 que por regla general, donde hubo afrancesados, hubo logia, y que a las logias pertenecían todos los afrancesados, incluso los clérigos, y especialmente los cívicos. Como ejemplos de estas logias, cita una Rosa-Cruz, establecida en el núm. 11 de la calle de Atocha de Madrid, dos en Sevilla, en Salamanca, Jaén, etc, las cuales describe. En el mismo periodo se celebraron asambleas mixtas de logias españolas y francesas, en las que se fijaron los puntos en que estaban de acuerdo, tanto los dos Orientes llamados españoles, como los Orientes franceses. Ejemplo de esto, es el acuerdo firmado en Madrid el 7 de Octubre de 1811 por el representante de los cuatro grupos, más el del Gran Oriente Lusitano, por el que se estableció la solidaridad masónica entre los cinco grupos para la realización de los fines comunes (este documento puede verse en Tirado y Rojas, t. II, págs. 56-59).

Al terminar la guerra de la Independencia se disolvieron los Orientes fundados por Grasse-Tilly y Murat, incorporándose los masones afrancesados a los otros dos. Ante el poder personalísimo de Fernando VII, las logias prosiguieron sus trabajos secretamente (por lo que Cavel dice que los suspendieron), en especial las logias militares que estaban bajo la dirección del general S. Miguel. Los elementos de Azanza y el Oriente de este se fundieron con el de Tilly sobre la base de nombrar el primero su gran teniente comendador a don Agustín Argüelles, como así lo hizo en plancha de 5 de Junio de 1813 ante la previsión de los sucesos políticos. El conde de Montijo, nombrado capitán general de Granada, estableció su Oriente en esta población, trasladándolo de nuevo a Madrid cuando más adelante fue destituido.

Según Tirado y Rojas y Lafuente, eran masones en esta época una serie de ilustres personalidades pertenecientes el siglo XVIII y primer tercio del XIX. El primero considera como tales, además de las ya citadas, al abate Marchena, compañero de Picornell; a Martínez Marina, preso como francmasón por el Santo Oficio en 25 de Septiembre de 1816; el marqués de Valdelirios, fundador de la Económica matritense de Amigos del país; el conde de Campomanes, Mendizábal, Riego, Felipe de Castro, Ventura Rodríguez, Álvarez de Lorenzana, Jovellanos, don Pedro Ceballos, don Pedro Macanaz, Martín Garay, don Cayetano Valdés, el general Castaños, Porlier, Lacy, el conde de La Bisbal y otros muchos, llegando algunos autores hasta suponer a Fernando VII iniciado durante su permanencia en Valencey, y atribuyéndose a la masonería todas las conspiraciones de aquel tiempo, como la de Mina, en Navarra; Porlier, en Galicia; Van-Halen, en Murcia; Lacy, en Cataluña, y Richard, en Madrid, a la cual debe añadirse la que Montijo, Van-Halen, Torrijos y otros urdieron en el Gran Oriente de Granada, uno de cuyos focos fue la logia de Alcalá de Henares, que sirvió de lazo de unión entre los conspiradores del Norte y los del Sur.

La conspiración de Richard tenía por objeto asesinar a Fernando VII para implantar la República, y se fraguó por el sistema triangular del masón inglés Weishaupt, consistente en que el jefe inicie a dos individuos, cada uno de estos, a su vez, a otros dos, sin hablarles nada de los anteriores, y así sucesivamente. Preso el conde de Montijo y desterrado Argüelles y fugitivo Van-Halen, después de abortar dichas conspiraciones, se formó un Directorio masónico, compuesto por don Facundo Infante, don Eusebio Polo, el brigadier Torrijos, don Juan O'Donojú y don Evaristo S. Miguel.

A todo esto, del Gran Oriente transmitido por Azanza a Argüelles en 1813, salió la rama masónica llamada Comuneros de Castilla, cuyas logias se denominaban torres y cuyo Supremo Consejo presidió Romero Alpuente, primero, y despues Riego, figurando como vocales Alcalá Galiano, Istúriz, Arco-Agüero, O'Donojú, López Baños y otros.

Triunfante el movimiento constitucional de 1820, se obligó al conde de Montijo a renunciar su cargo de Gran Maestre del Oriente de España en la persona de don Agustín Argüelles, que a su vez constituyó un Supremo Consejo con Toreno, Martínez de la Rosa, Canga Argüelles, Mendizábal, el capitán de navío Capas, Torres Morillos y con don José Campo, director de correos, como secretario.

La masonería de Argüelles logró ocupar el Poder, representando la tendencia conservadora, mientras que la masonería comunera, que tenía influencia en el ejército, representaba la revolucionaria; la primera disolvió el ejército de Andalucía manejado por Riego, López Baños y Arco-Agüero, quienes en represalias denunciaron a Argüelles ante Fernando VII como sometido a la influencia extranjera, y tomaron como auxiliar a la sociedad secreta de los carbonarios, que fue introducida en Cataluña por los italianos Pachiaroti y D' Atelly, y en Valencia y Andalucía por Pechino, y que en vez de logia, tenía ventas, formada cada una de 20 individuos, la que nombraba un representante, el que, con los 19 de otras ventas, formaba una venta superior, y así sucesivamente hasta constituir la llamada Alta venta, directora de toda la asociación.

Por este tiempo se introdujo también en España otra sociedad secreta llamada Europea, y a la sombra de los comuneros nació la Landaburiana, que más que una sociedad secreta fue un bando político. Para contrarrestar los trabajos de este, formaron los partidarios de Argüelles el de los Anilleros. Ante estas rivalidades renunció Argüelles su cargo de Gran Maestre, fundiéndose (1822) en uno los Orientes de España y el comunero, bajo la dirección de un Supremo Consejo, cuyo jefe fue don Antonio Pérez de Tudela (que sustituyó a Argüelles) asociado con Calatrava, San Miguel, Romero Alpuente, Riego, Martínez de la Rosa, Méndez Vigo y el infante don Francisco, iniciado en 1820.

Decreto de disolución de 1823

La Restauración de 1823 produjo los decretos de 1 de Agosto, 25 de Septiembre y 9 de Octubre de 1824, por los que se ordenó la disolución de la masonería y la persecución de los masones que en el término de un mes no se acogiesen al indulto y continuasen perteneciendo a la secta, delito que se consideraba como de lesa majestad, y debiendo exigirse a todos los empleados, antes de darles posesión del cargo, declaración jurada de no pertenecer ni haber pertenecido a la masonería. Ante esto, los miembros del Supremo Consejo emigraron; pero continuaron dirigiendo las logias desde Londres, por medio de una junta compuesta de Argüelles, Valdés, Canga Argüelles y Álava que se relacionaba con las logias españolas por medio de Gibraltar) y desde París por conducto de Martínez de la Rosa, Yandiola, Toreno y el marqués de Pontejos, quienes se relacionaban con sus adeptos por medio de Cataluña y Baleares.

La muerte de Fernando VII (1833) el Supremo Consejo, convocado por su Gran Comendador Pérez de Tudela, procedió a reorganizar la masonería española, nombrándose Soberano Gran Comendador al Teniente Gran Comendador al mismo Pérez de Tudela; Teniente Gran Comendador a don Carlos Celestino Mañán y Clark; vocales a Calatrava, San Miguel, infante don Francisco Seoane, Olózaga (que fue iniciado en la masonería por Evaristo San Miguel), Palafox y Beraza como secretario, quedando como miembros supernumerarios Toreno, Argüelles, Martínez de la Rosa, Mendizábal, Canga-Argüelles, Alcalá-Galiano, Romero Alpuente, Calvo Rozas, Olavarría, Ferrer y Rodil y otros políticos.

Este Supremo Consejo reorganizó las Cámaras de los altos grados y las logias simbólicas, con objeto de borrar la división entre masones regulares y comuneros, y formar solo cuerpo masónico bajo una dirección única. Por entonces, y en relación con la masonería, aparecen las sociedades de los isabelinos, grupo político que pedía la abolición del Estatuto, y de cuyo directorio formaban parte Calvo Rozas, Palafox, Romero Alpuente y Olavarría; la de losiluminados, masones organizados según el sistema de Weissaupth, y los carbonariosque continuaron existiendo, y cuyas ventas (excepto en Cataluña donde fueron independientes), constituían cámaras masónicas del 9º grado. A estas sociedades se atribuye la matanza de frailes en 1834-1835.

Después de la sargentada de 1836 (que Tirado y Rojas atribuye también a las logias) y por haber entrado en el ministerio Seoane y Calatrava y hallarse ausente da Madrid Pérez de Tudela, se reorganizó de nuevo el Supremo Consejo del Oriente de España. que presidió Mañán, pasando a ser Teniente Gran Comendador el infante don Francisco, y sustituyendo a Calatrava y Seoane, don Manuel Pérez Mozo y don Jerónimo Couder, como vocales.

Cisma en la masonería española

Desde 1840 a 1854 aparecen influyendo en la masonería española: el Supremo Consejo de la masonería francesa, que pretendía tener autoridad sobre las logias de España desde la guerra de la Independencia y protegía a los moderados; el Oriente inglés que favorecía a los esparteristas o ayacuchos, y el Gran Oriente Lusitano, a los revolucionarios.

En relación con esta triple influencia se formaron en España tres distintas agrupaciones masónicas, a saber

Es de advertir que, por acuerdo de la Gran logia de Inglaterra, se destruyeron en 1818 los archivos de gran número de logias, para evitar posibles persecuciones, y que por entonces circuló el rumor de haberse propuesto la iniciación a doña Isabel II, la cual la rechazó enérgicamente, coincidiendo con esto el atentado que cerca de la Puerta del Sol en 1847 realizó contra la vida de la soberana, disparándola dos tiros desde un carruaje, don Ángel de la Riva, quien, aunque fue condenado a muerte, vio conmutada esta pena por la de cuatro años de destierro, reducido luego solamente a un mes. El atentado del cura Merino se atribuyó a los carbonarios.

Después de la revolución de 1854 volvió a funcionar el Supremo Consejo de la masonería española bajo la presidencia de Mañá, con Couder, Pérez Mozo, don Francisco Javier Parody, don Clemente Fernández Elías, don Juan de la Somera y don Ramón María Calatrava, figurando como supernumerarios Olózaga, Espartero, Luzuriaga, Madoz, Infante, don Joaquín Aguirre y otros. En cuanto a Istúriz, Alcalá Galiano y otros prohombres que, bajo la jefatura de Narváez, entraron en el partido moderado, se retiraron de los trabajos activos de la secta. Esta disfrutó de libertad absoluta durante el bienio progresista, la que aprovechó para organizar el carbonarismo, nombrándose jefe de este a don Nicolás María Rivero (cuyo cargo llevaba el nombre de Gran Primo) y afiliándose en las ventas los republicanos. En 1864 dejó de funcionar el Supremo Consejo, que delegó temporalmente sus poderes en las ventas carbonarias y en las logias militares.

Por este tiempo se organizó la masonería de Cuba, pues si bien ya desde los comienzos de la guerra de la Independencia se realizaron trabajos masónicos y en 1837 funcionaban algunas logias, aunque escasas en número, hasta 1860 no se fundó, bajo los auspicios del Supremo Consejo de Charleston, el Gran Oriente de Colón, que se estableció con independencia de la masonería de España.

Triunfante la revolución de 1868, volvieron a reunirse los masones dispersos y se reorganizó el Supremo Consejo, quo tuvo por Soberano Gran Comendador a Mañán (Romano), por teniente de él a Couder (Nephtali), por secretario a Pérez Mozo (Pelayo I), como canciller y secretario adjunto a Leandro Tomás Pastor (Moisés), figurando también en él Simón Gris Benítez, Juan Montero Telinge, La Somera, Fernández Elías y Miguel Ferrer y Garcés. Bajo la obediencia de este Consejo, figuraban: Serrano, Prim, Sagasta, don Manuel Becerra, don Nicolás María Rivero, don Juan Moreno Benítez, don Juan Álvarez Lorenzana, Izquierdo, capitán general de Madrid, y casi todos los altos personajes políticos de la situación.

Este Supremo Consejo presentó al gobierno provisional, a mediados de Octubre de 1868, una exposición que contenía el programa masónico, con 14 proposiciones en las que se pedía la libertad de cultos, supresión de las Órdenes religiosas y de las Asociaciones de caridad anexas a ellas, secularización de cementerios, incautación de las alhajas, ornamentos y preciosidades artísticas de las iglesias, excepto lo estrictamente necesario para el culto, que quedaría en las mismas iglesias bajo inventario y en calidad de depósito; sujeción al servicio militar de los seminaristas y ordenados in sacris, reducción de los templos, pasando los demás a poder del Estado como bienes nacionales; abolición del celibato eclesiástico, matrimonio y registro únicamente civil, etc. Esta exposición pasó a formar parte del programa político del Gobierno provisional.

Al mismo tiempo se fundó otro Oriente masónico llamado Nacional, al frente del que se puso Calatrava, al que sucedió luego en la jefatura el marqués de Seoane, y aparecieron también otros dos, desprendimientos del Lusitano-Unido llamados Ibero e Hispano, presididos por don Juan Utor y Fernández. Por este tiempo tuvo lugar en Madrid la primera manifestación pública de la masonería, que se realizó ocasión del entierro del brigadier Escalante, afiliado al Oriente Lusitano-Unido, y al que concurrieron casi todos los masones madrileños con sus insignias masónicas. El periódico La Reforma era el órgano de la secta.

Por balaustre de 20 de Julio de 1870, fue desposeído de su cargo de Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo, Mañán, y nombrado para sustituirle don Manuel Ruiz Zorrilla, que en tres días consecutivos recibió los grados de aprendiz en la logia Mantuana, compañero y maestro en la Caridad, y todos los demás hasta el 33 (que le fue conferido por un triángulo de Inspectores generales, que eran los que proponían su candidatura), tomando la denominación de Cavour I.

Estos hechos dieron lugar a un cisma y a una verdadera anarquía masónica, y al advenimiento de la monarquía saboyana, muchas logias se desligaron de la obediencia del Gran Oriente, formándose diversos grupos masónicos; además, emigrado Ruiz Zorrilla (a quien se ordenó que renunciase su cargo), retirado de los trabajos masónicos Mañán y Clark, siendo imposible a la masonería organizarse por lo encontrado de las pasiones, y habiendo ocurrido el golpe de Estado de 3 de Enero de 1874, dado por el general Pavía, el Supremo Consejo del Gran Oriente de España abatió temporalmente sus columnas, comunicándolo a todos los Grandes Orientes extranjeros, pidiéndoles su opinión en un extenso documento, de fecha 15 de Junio de 1874, en el cual se hacía historia de todo lo ocurrido y que, por hallarse impreso con tinta roja, se conoce en los anales masónicos con el nombre de balaustre rojo se halla íntegro en Tirado y Rojas, t. II, págs. 191-256

Entretanto la masonería se había mostrado otra vez públicamente en el entierro del infante don Enrique y en los funerales de Prim. El asesinato de este se atribuyó también a la masonería, diciendo Tirado y Rojas que fue obra de la asociación secreta denominada Tiro Nacional (que nada tiene que ver con la benemérita entidad actual del mismo nombre), la cual lo acordó en la sesión de la noche del 16 de Noviembre de 1870. Durante el cisma a que se acaba de hacer referencia, hubo numerosas defecciones, pasando el poder masónico a manos de la Somera, el cual ejerció una especie de dictadura.

Una de las causas que motivaron la disolución del Supremo Consejo, fue el temor a la próxima restauración de la Monarquía, aunque el Gran Comendador del Oriente Lusitano-Unido, conde de Paraty, al contestar en 20 de Septiembre de 1874 a la consulta formulada en el balaustre rojo, se esforzó por disiparlo. Ocurrida la restauración, algunos elementos trataron de reorganizar el Gran Oriente de España, y a este fin algunas logias eligieron por Gran Maestre a don Juan Antonio Pérez, quien dio conocimiento de su nombramiento a todos los masones regulares esparcidos por la superficie del globo, en documento de 18 de Julio de 1875; pero otros masones no quisieron adherirse a este movimiento, entre ellos Utor, quien se despidió de la masonería.

Por su parte, los miembros del Oriente Nacional ratificaron los poderes de Gran Comendador al marqués de Seoane, mientras otras logias se constituían también como grupo independiente bajo los auspicios de un Supremo Consejo, presidido por don Jacobo de Oreiro, y a la muerte de este por don Francisco Panzano y Almirall (Catón de Utica), uniéndose más adelante con ellos el Oriente. presidido por don Juan Antonio Pérez. Como si fuera poco este desbarajuste, la Somera renunció a su dictadura, constituyendose otro Supremo Consejo, cuya dirección fue confiada a don Práxedes Mateo Sagasta (Hermano Paz), que fue reconocido como Gran Oriente de España por los Supremos Consejos de Charleston, Grecia, Irlanda y Escocia, contra cuyo reconocimiento protestó el Oriente presidido por Panzano, en documento de 21 de Octubre de 1882, mientras el Oriente Nacional del marqués de Seoane era reconocido por el de Francia.

De este modo, en los comienzos de 1883 existían en España tres Grandes Orientes de la masonería, a saber:

Además de estos organismos existía en Sevilla una Gran Logia simbólica independiente española, fundada en 7 de Febrero de 1881, teniendo por Gran Maestre a don Francisco R. Castro, y en la misma Sevilla una Confederación masónica, compuesta de un Consistorio de Sublimes Príncipes del Real Secreto, un Consejo de Caballeros Kadosch y tres Capítulos Rosa-Cruz. Por su parte en la isla de Cuba, además de la Gran Logia de Colom e Isla de Cuba, de la Habana, fundada en 1876, con 76 logias y 4.000 afiliados, existían un Supremo Consejo del 33º, una Gran Logia departamental de Cuba y Puerto Rico, una Gran Delegación del Oriente de España y otra del Nacional de España, esta última establecida en Matanzas.

Al dimitir Becerra su jefatura se produjo una verdadera anarquía en el Oriente por él presidido, anarquía que duró de 1886 a 1888, para terminar la la cual se celebró en Madrid una asamblea concurrieron representantes de unas 200 logias de provincias, acordándose constituir un grupo masónico titulado Oriente Español, cuya Gran Maestría se dio a don Miguel Morayta. Este Gran Oriente Español celebró en los días 14 a 17 de Mayo de 1889 una Asamblea general en la cual se aprobaron una Constitución general y una Ley de contribución, las cuales fueron por cierto autorizadas por el Gobierno civil de Madrid en 7 de Agosto del mismo año, siendo gobernador civil el señor Aguilera.

A pesar de esto, continuó funcionando el Oriente presidido por Panzano, y los masones que se llaman ortodoxos fundaron otro Oriente bajo la dirección del vizconde de Ros, para conservar la tradición simbólica de la que prescindió bastante el Oriente Morayta.

Antes de la Constitución de este último Oriente, existían en España 262 logias repartidas por provincias en la forma siguiente: Álava, 1; Albacete, 6; Alicante, 15; Almería, 7; Asturias, 10; Ávila, 1; Badajoz, 1; Baleares, 2; Barcelona, 18; Burgos, 1; Cádiz, 29; Canarias, 6; Castellón, 2; Ciudad Real, 1; Córdoba, 4; Coruña, 5; Gerona, 6; Granada, 7; Guadalajara, 3; Guipúzcoa, 2; Huelva, 6; Huesca, 2; Jaén, 10; Lérida, 2; Logroño, 5; Lugo. 1; Madrid, 25; Málaga, 9; Murcia, 20; Navarra, 1; Orense, 1; Pontevedra, 3; Salamanca, 3; Santander, 2; Segovia, 1; Sevilla, 16; Soria, 1; Tarragona, 1; Toledo, 2; Valencia, 14; Valladolid, 3; Vizcaya,1; Zamora, 2, y Zaragoza, 1. Existían, además, dos logias en Lisboa adheridas al Oriente Nacional y dos en África (una en Tánger y otra en Tetuán, dependiente del Oriente de España. En Cuba había 166 logias, de las cuales 80 estaban en la provincia de la Habana, 26 en la de Matanzas, 1 en la de Pinar del Río, 7 en la de Puerto Príncipe. 20 en la de Santa Clara, y 26 en la de Santiago de Cuba. En Puerto Rico había 4 y en Filipinas 5. El repetido Tirado y Rojas, indica los domicilios y los nombres de los Venerables de todas estas logias en el t. II de su obra, págs. 329-352.

En 1892 denunció El Siglo Futuro la existencia en España de una Gran Logia militar, denuncia que contestó defendiendo dicha existencia el Boletín de Procedimientos del Soberano Consejo General Ibérico, en su núm. de 31 de Julio, y el Gran Oriente español trató, en esta misma época, de constituir una gran sociedad cooperativa masónica que se encargase de grandes operaciones mercantiles, industriales y obras públicas como sociedad anónima bajo la razón social C. Kadosch y Comp.ª, proyecto que no se ha llevado a la práctica.

El historiador imparcial y veraz no debe olvidarse de señalar el hecho público, ocurrido en España en 1891, en que la masonería intentó acudir a los tribunales de justicia con objeto de que su personalidad social y jurídica fuese reconocida oficialmente y vindicada de unas supuestas injurias y calumnias. Estas, según la demanda presentada por don Miguel Morayta y Sagraria, en nombre de la masonería, y ventiladas en la Audiencia provincial de Castellón de la Plana, fueron inferidas por el presbítero don V. Balaguer, director del periódico La Verdad de Castellón, a la secta masónica, en las columnas este diario, en forma y substancia casi igual a la que entrañan las condenaciones pontificias de la masonería y lo que contra la misma han escrito todos los escritores católicos del siglo XIX.

Aceptada la demanda, el presbítero Balaguer nombró defensor suyo al publicista católico don Ramón Nocedal, y la masonería a don Vicente Dualde. Se celebró la vista pública y Nocedal pronunció una de las más brillantes y fogosas oraciones forenses que se conocen en los anales de la jurisprudencia española, El señor Dualde se limitó a señalar los puntos de delincuencia en que, a su juicio, había incurrido el reverendo Balaguer; el señor Morayta mantuvo la acusación; pero el fallo de la Sala fue totalmente absolutorio para el acusado. Al terminar la vista, el presidente preguntó al acusado si tenía algo más que manifestar ante la Audiencia, y el procesado dijo textualmente: Que me consta la existencia de una delegación especial de la masonería española que tiene por exclusivo objeto conspirar contra la integridad del territorio nacional, entregando al extranjero nuestras posesiones de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, y derribar del trono a la actual dinastía reinante. Así lo declaro y denuncio al señor Fiscal de Su Majestad que está presente.

Todos los documentos y discursos referentes a esta causa fueron publicados en Madrid (1892) en la imprenta de El Siglo Futuro. Poco tiempo después, por haber afirmado el padre Corbató en una de sus obras que estaba afiliada a la masonería la reina regente doña María Cristina, se consideró esto como injuria, procesándose y condenándose a dicho sacerdote, y en el año 1899 la mayoría del Congreso de los diputados se opuso a que se admitiese en su seno a don Miguel Morayta por haber preparado, según frase de Ugarte, por medio de las logias masónicas, la insurrección de Filipinas; pero el gobierno de Silvela impuso la admisión Salcedo, Historia de España, pág. 859.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 33, págs. 741-747.