La Masonería

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La Masonería
La Masonería en España

La Masonería

La escuadra y el compásLa escuadra (símbolo de la virtud) y el compás (símbolo de los límites con los que debe mantenerse cualquier masón respecto a los demás) son quizá los dos símbolos masónicos más conocidos. Aquí aparece también las letras G, A, que representan al Gran Arquitecto del Universo.

Definir la masonería indicando de una manera precisa su objeto real y fundamental es imposible, por las muchas variantes que se manifiestan en el decurso de su historia y por la falta de una traducción segura de las fórmulas y voces de que, desde sus comienzos, ha usado y abusado la orden. Según los ritos inglés, escocés y norteamericano, se define así: Un hermoso sistema de moral revestido de alegoría e ilustrado con símbolos. También: Una ciencia que se ocupa en la investigación de la verdad divina. Los masones alemanes concretan más, y la definen: La actividad de los hombres unidos íntimamente, sirviéndose de símbolos tomados principalmente del oficio de albañil y de la arquitectura, trabajando por al bienestar de la humanidad, procurando en lo moral ennoblecerse a sí y a los demás, y, mediante esto, llegar a una liga y paz universal, de que aspira luego a dar muestra en sus reuniones.

Según Walther Die Freimaurerei, Viena, 1910, el artículo 1.° de los Estatutos del Gran Oriente de Bélgica define la masonería como una institución cosmopolita y en progreso incesante, que tiene por objeto la investigación de la verdad y el perfeccionamiento de la humanidad. Se funda sobre la libertad y la tolerancia, no formula dogma alguno, ni descansa en él.

Más completo es el concepto que el masón John Truth La Franc-Masonería, trad. española, Madrid, 1870 formula diciendo que la Francmasonería es una asociación universal, filantrópica, filosófica y progresiva, que procura inculcar a sus adeptos el amor a la verdad, el estudio de la moral universal, de las ciencias y de las artes, los sentimientos de abnegación y filantropía y la tolerancia religiosa; que tiende a extinguir los odios de raza, los antagonismos de nacionalidad, de opiniones, de creencias y de intereses, uniendo a todos los hombres por los lazos de la solidaridad y confundiéndolos en un tierno afecto de mutua correspondencia.

Este mismo autor resume así, en la conclusión de su obra, el carácter y el objeto principal de la francmasonería: predica la moral universal, una e inmutable, más extendida, más universal que la de las religiones positivas, todas ellas exclusivistas, puesto que califican a los individuos en paganos, en idólatras, cismáticos, sectarios, etc..., su objeto puede resumirse en estas palabras: borrar entre los hombres las preocupaciones de casta, las distinciones convencionales de colores, orígenes, opiniones y nacionalidades, combatir el fanatismo y la superstición, extirpar los odios nacionales y con ellos al origen de la guerra, llegar por el progreso libre y pacífico a formular el derecho universal y eterno, según el cual cada individuo debe libre e integralmente desenvolver todas sus facultades y concurrir en toda la plenitud de su poder al bien de todos, haciendo así del género humano una sola familia de hermanos unida por el amor, la ciencia y el trabajo. De este concepto no es difícil deducir, atendiendo sobre todo a las enseñanzas que se dan en los diferentes grados masónicos, los caracteres de la francmasonería. Estos son:

Imagen en la iniciación del primer grado (aprendiz).Imagen en la iniciación del primer grado (aprendiz).

Pero, aun entonces, se prohibía encarecidamente toda disputa en materia religiosa, aspirándose a una religión católica en absoluto en el sentido etimológico de la palabra, en cuanto las comprendiese todas sin distinción entre verdad y error. Era la tolerancia religiosa del cuáquero, pero triunfante e imperiosa contra cualquier religión que aspiraba a especiales prerrogativas en la conciencia humana.

Es verdad que han existido en Alemania y Estados Unidos logias que han insistido en conservar algo de cristiano en el nombre y en cierto reconocimiento de la autoridad de la Biblia, pero la indulgencia y tolerancia para diversas religiones cada vez fue transformándose más en odio al cristianismo y la propia expresión de este, el catolicismo; y la negación de sectarismo en la Masonería significa por antonomasia negación de catolicismo. La religión del masón se llama de la Humanidad, con término equívoco para indicar que cabe en la Masonería cualquier forma de convicciones religiosas meramente naturalísticas, que pueden comprender desde el politeísmo hasta el ateísmo, con todos los géneros de deísmo que han profesado ateos vergonzantes.

En la citada Constitución del Gran Oriente español, después de declararse que —La Masonería no reconoce en la investigación científica ninguna autoridad superior a la Razón Humana, que La verdad es así para la Masonería—, lo que esta razón, debidamente esclarecida, determina en la conciencia de cada cual, bajo la disciplina del más omnímodo libre examen, y que esta obligada a respetar el modo que cada cual asume más conveniente de dar culto a su Dios, añade que este respeto no alcanza a las exenciones, prerrogativas y privilegios que reclaman y exigen para su existencia las religiones y que la Masonería no reconoce la necesidad de que una o algunas de ellas disfruten preeminencias y derechos que no se reconocen a las demás.

De este sobreponerse a toda revelación positiva, desligando al hombre de todo vínculo sobreañadido a la norma de la pura razón, proviene el antagonismo que existe entre la Masonería y el Catolicismo. Ni es menester para explicar las condenaciones de la Iglesia contra toda logia masónica y cuantos se afilien a ella, probar que cada logia se propone un fin determinado antisocial ni mucho menos que la Iglesia se ha equivocado en estas censuras, porque desde su primer punto de partida, la Masonería declara, con su profesión de indiferentismo religioso, la guerra a la religión que tiene en sí todas las señales de ser una verdadera religión sobrenatural y depositaria de una revelación que ha de extender por todo el mundo.

Por esta razón, aunque la Masonería predique la fraternidad universal y no se canse de hablar de obras de beneficencia, es, por la misma naturaleza de esta fraternidad, irreconciliable con los verdaderos discípulos de Él que, al introducir en el mundo como ley nueva la del amor entre todos los humanos como distintivo de su escuela, los encargó al mismo tiempo que predicasen que los que no creyesen en Él y no se bautizasen se condenarían. De donde resulta que toda sociedad que promueva la indiferencia o tolerancia absoluta ante el dogma de una revelación positiva, es contraria al cristianismo y a los que sostienen ser continuadores de la obra de Jesucristo.

Por esto, aun el protestantismo, al aparecer la masonería empezó una campaña contra esta; pero la misma contradicción latente que existe entre el nombre de cristiano y el de protestante, ha hecho que el protestantismo cediese en absoluto ante una secta que no es sino una nueva protesta contra la revelación y las especiales obligaciones que de ella dimanan al hombre. Por esto, en la actualidad, los ministros protestantes se honran con las condecoraciones masónicas, y no se distinguen en nada el indiferentismo masónico y la independencia doctrinal de los protestantes liberales. Por esto se justifican las condenaciones de que ha sido objeto la masonería por los Pontífices Romanos.

Las inauguró Clemente XII con su Constitución de 24 de Abril de 1738, condenando y prohibiendo para siempre a las sociedades, asambleas, reuniones, asociaciones, agregaciones o conventículos llamados Liberi Muratori, Masones, u otros nombres, según la variedad de los idiomas, como perniciosas para la seguridad de los Estados y la salvación de las almas, fulminando contra aquellas la excomunión latae sententiae y mandando a los obispos a inquisidores que procediesen contra los adeptos como contra herejes.

Benedicto XIV, en su Constitución Apostolici Providas, dada en 18 de Mayo de 1751, ratificó la Constitución In eminenti, confirmando las penas de excomunión fulminadas en la misma contra los masones y declarando que no fuera permitido a ningún hombre infringir o contrariar la confirmación, renovación, aprobación, invocación, requisición, decreto y voluntad contenido en su Constitución mencionada, y que si alguno fuera bastante osado para atentar contra ellas, él incurrirá en la indignación de Dios Todopoderoso y de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo. Las anteriores Constituciones fueron igualmente ratificadas y confirmadas por Pío VII en su Constitución Ecclesiam a Jesu Christo, dada en Septiembre de 1821 en la que señala el fin y objeto de las sociedades secretas masónica y carbonaria.

No son menos terminantes, claras y concretas las declaraciones de León XII contenidas en la Constitución Quo graviora, dada en 13 de Marzo de 1825, y en la que después de confirmar la condenación fulminada contra los carbonarios en la Constitución Ecclesiam a Jesu Christo, y de anatematizar la secta llamada Universitaria, por tener su asiento y hallarse establecida en las Universidades, dice que la masonería ataca con audacia sin límites los dogmas y preceptos más sagrados de la Iglesia, y, dirigiéndose a las potestades de la tierra, las conmina a prestar su secular auxilio a esta para destruir la masonería.

Con igual energía que sus predecesores se expresan Pío VIII en su Encíclica Traditi, referente en especial a la secta Universitaria, y Gregorio XVI en la Encíclica Mirari vos, de fecha 15 de Agosto de 1832. Pío IX (al que la secta intentó presentar como masón, recortando la cabeza de una fotografía del Pontífice, pegándola al busto de un masón retratado con todos los atributos de la secta y esparciendo profusamente la reproducción de la imagen así obtenida) anatematizó también a la masonería por su Encíclica Qui pluribus, de 9 de Noviembre de 1846, y por la alocución pronunciada en el Consistorio de 25 de. Septiembre de 1865, e incluyó en el grupo segundo de las penas impuestas por la Constitución Apostolicae Sedis, de 12 de Octubre de 1869, a los que se inscriben en la secta masónica o carbonaria, u otras del mismo género, que maquinan pública o clandestinamente contra la Iglesia o las potestades legítimas o los que de cualquier modo favorecen a las mismas, y los que no denuncian a sus jefes y directores ocultos, hasta que los denuncien, imponiendo a todos excomunión latae sententiae, reservada al Romano Pontífice.

Finalmente, León XIII, por su Encíclica Humanum genus, también llamada De secta massonum, de 20 de Abril de 1884, confirmó todas y cada una de las condenaciones fulminadas contra la masonería por los Pontífices antecedentes, describiendo y puntualizando los errores religiosos de la masonería y del naturalismo. La Sagrada Congregación de la Inquisición ha declarado que incurren en las censuras expresadas los miembros de la masonería irlandesa y norteamericana; y el Concilio plenario americano declaró lo mismo en cuanto a las logias de la América latina. Finalmente, Pío X en el Consistorio de 20 de Noviembre de 1911 se ha referido a la secta masónica, presentando como objeto suyo el oprimir al catolicismo, al tratar de la revolución portuguesa (Acta Apostolicae Sedis de 30 de Noviembre).

Estas condenaciones han hecho que entre la masonería y la Iglesia se haya entablado una lucha que, en realidad, ya existía por parte de la primera contra la segunda. Para la masonería las ideas católicas son ideas retrógradas de las que es necesario libertar para siempre las inteligencias, y, especialmente Francia y Bélgica, hasta el nombre de Dios ha sido desterrado de un gran número de logias.

Aunque en ocasiones se ha exagerado la participación que los judíos tienen en la masonería y aunque no se admita hoy el origen judaico de la secta, está probado que el judío se acomoda fácilmente a los propósitos de esta, tanto porque en creencias religiosas padece el judaísmo una crisis semejante al protestantismo, cuanto porque todo cuanto vaya directamente contra el Cristianismo favorece directamente al judaísmo. El uso de numerosas palabras judías en el ritual masónico comprueba esta fácil amalgama, y aunque en un principio no fuesen judíos los fundadores de la masonería, pronto se le admitió en las logias de Inglaterra, en donde, como después en otros varios países, han llegado a tenerlas propias.

En Alemania, en donde se quiso conservar en la masonería cierto tinte cristiano, hubo mucha dificultad en admitir en ella a los judíos, pero a medida de que el protestantismo se ha ido reconciliando con la masonería, también esta lo he hecho con el judaísmo.

En cuanto a los célebres asesinatos masónicos, Walther los considera como una leyenda que el proceso Dreyfus ha desacreditado. Lo que desde luego puede decirse es que en los tiempos actuales no tienen lugar; y en cuanto al pasado, si bien se citan diferentes casos ocurridos, faltan pruebas irrefutables para sentar una afirmación categórica.

Finalmente, hay que observar que existen diferencias, al menos externas, entre la masonería alemana, la francesa y la belga: la primera excluye toda controversia profana, adoptando para las logias la forma de sociedades de socorros mutuos; por el contrario, en Francia las logias apenas se ocupan en otra cosa que de cuestiones políticas, religiosas y sociales, y en Bélgica se ha realizado en cierto modo la síntesis de ambas tendencias.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 33.

La Masonería en España

En relación con la Historia de España, aunque hay autores que creen observar prácticas masónicas en el siglo XVI (Carramolino, Lafuente y, en especial, Nicolás Díaz Pérez, La Francmasonería española, Madrid, 1894, páginas 50 y ss. —libro rarísimo—), es conveniente subrayar que tales actividades no han podido afectar para nada a la vida política del país. La masonería empieza a influir en la vida pública a partir del siglo XVIII. En 1727 se funda la primera logia en la calle Ancha de San Bernardo de Madrid, dependiente de la Gran logia de Inglaterra.

EI primer decreto de prohibición de la masonería en España es el de Fernando VI (2-VII 1751), inspirado en las condenaciones pontificias. La personalidad descollante de la masonería española en el siglo XVIII es el conde de Aranda, quien constituye la logia en 1760, convirtiéndola en 1780 en Gran Oriente con dependencia de las sectas masónicas francesas, en lugar de las inglesas, a las que antes seguía. Cuando el conde de Montijo sucedió a Aranda en la jefatura del Gran Oriente, este no tenía más de 30 logias, que con Montijo ascendieron muy pronto a más de 420 (hacia 1800). No tardó en fundarse otro grupo masónico independiente del mandado por Montijo; este nuevo grupo se sometió al Oriente inglés (1808).

En 1809 funcionaban en España cuatro grandes sociedades masónicas, inspiradas en los mismos principios, pero que perseguían diferentes fines: 1ª, la del conde de Montijo (Gran Oriente de España); 2ª, la de Azanza (Supremo Consejo de España); 3ª, la del conde de Tilly, obediente al Oriente inglés, y que produjo en España la organización de las logias militares o regimentales; 4ª, la fundada por Murat (Gran Oriente español). Entre estos cuatro grandes grupos existían numerosos puntos afines, y según un autor contemporáneo Luis Ducos, Historia cierta de la secta de los Francmasones, su origen, etcétera, 2. ed., Madrid, 1813), por regla general, donde hubo afrancesados, hubo logia, y... a las logias pertenecían todos los afrancesados, incluso los clérigos, y especialmente los cívicos. Las cuatro sociedades antes enumeradas firmaron un acuerdo en Madrid (7-X-1811) con el Oriente lusitano, para coordinar sus propósitos de acción.

Entre los masones más destacados de fines del XVIII y primera mitad del XIX, Tirado y Rojas, La masonería en España, Madrid, 1892-1893 cita a Aranda, Campomanes, Martínez Marina, el marqués de Valdelirios, Mendizábal, Riego, Ventura Rodríguez, Álvarez de Lorenzana, Jovellanos. Pedro Ceballos. Pedro Macanaz, Martín Garay, Cayetano Valdés, general Castaños, Quintana, Porlier, Lacy, el conde de La Bisbal, Torrijos. Argüelles y otros muchos personajes que influ

GARCÍA, Félix O.S.A., Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 960-961.