Es un deber universal de humanidad poner al alcance de todos los hombres las riquezas que dio Dios en común, puesto que a todos entregó la tierra como patrimonio, de modo que todos sin distinción pudiesen vivir de sus frutos. Solamente una desenfrenada avaricia puede reclamar para si este don de los cielos, apropiándose los alimentos y riquezas que fueron creados para ser propiedad de todos. Dios desea, y así lo ha dejado escrito en sus leyes, que ahora que la humana naturaleza, corrompida como lo está, ha procedido a una distribución de los bienes comunes, no puedan estos ser monopolizados por unos pocos, y que una parte de ellos quede siempre como remanente para remediar las calamidades de las gentes... En una república, en que unos se ven atiborrados de riquezas y otros faltos aun de lo más necesario, no puede haber ni paz ni felicidad. Juan de Mariana, De rege et regis institutione, 1599.

Antes de comenzar con la historia de la República será necesario detenerse y trazar un cuadro de la situación de los campesinos y de las clases trabajadoras en la España de la época. Empezaré con una exposición de lo que constituye el problema fundamental de España —la cuestión agraria—, para desarrollar en capítulos sucesivos la historia de los dos grandes movimientos obreros, el anarcosindicalista y el socialista, que en su conjunto englobaban a la gran mayoría de los trabajadores del país. Después haré una breve referencia a los carlistas que, aunque no constituyen precisamente un movimiento obrero,(pág. 154) son en cierta medida una corriente arraigada en ciertas poblaciones rurales.

Lo primero que hay que señalar es que España es un país con economía subdesarrollada, primitiva, dividido en dos sectores bien delimitados. Arriba están las clases altas y medias, es decir el quinto de la población, que votan, leen periódicos, compiten por los empleos que da el gobierno y son en principio las que administran los asuntos todos del país. Abajo están los campesinos y los obreros, que en los tiempos normales no sienten interés por la política, muchas veces no saben siquiera leer y se atienen estrictamente a sus asuntos personales. Entre estos dos mundos, diferentes en absoluto, hay un foso, imperfectamente colmado por los pequeños comerciantes y artesanos.

Una y otra clase social viven pared por medio en ciudades y aldeas, pero sin apenas contactos verdaderamente reales. La falta de educación general y política, así como el atraso e inercia de toda la estructura económica han venido impidiendo todo movimiento de aproximación de la una a la otra. En Francia e Inglaterra ha sido desde hace ya tiempo relativamente frecuente el hombre que asciende desde las capas más humildes de la sociedad a un nivel superior. En España esto ha sucedido rara vez. Un obrero que pueda ahorrar algún dinero, un campesino que incremente su hacienda, un artesano que se convierta en industrial resultan la excepción en el momento en que se pasan los Pirineos, y apenas si se da un caso siquiera en la porción meridional de la península. Los pocos que hayan mejorado de fortuna han hecho casi siempre su dinero en América.

Ello ha traído una consecuencia que no ha dejado de sorprender a todo viajero por España durante los últimos ciento cincuenta años: las clases trabajadoras no mostraban ningún deseo de imitar las costumbres y estilo de vida de sus superiores en la escala social. Al contrario, mantenían con independencia de criterio las suyas propias. Pues aunque empobrecidos por la pérdida de los bienes comunales a lo largo del siglo XIX, no habían sido sin embargo triturados y desarraigados como lo fueron las gentes pobres en Inglaterra, ni desmoralizados por el socorro parroquial. Se les había dejado entregados a sí mismos en ciudades y aldeas, donde vivía la mayor parte de los campesinos españoles, y habían seguido manteniendo su estilo tradicional de vida. Ello les daba una solidaridad con su propia clase sin equivalente ni en Francia ni en Inglaterra. Y, como he dicho ya, la revolución industrial, que en tan larga medida vino en auxilio de los ingleses pobres, maduraba en España muy lentamente, de modo que en su ambiente eran rarísimas las oportunidades para mejorar su suerte. Excepto en unas pocas grandes ciudades, la sociedad española quedaba crudamente dividida en dos clases: la muy numerosa de los que trabajaban con sus manos, y la muy reducida de los demás.

Teniendo en cuenta esto, fácil es ver por qué la política española de los dos siglos últimos produce tan clara impresión de inconsecuencia y futilidad. Y es que el pueblo no tomaba ninguna parte en ella. Si votaban, era por miedo a perder su trabajo o por ganar la peseta o las dos pesetas que el cacique les ofrecía. Tan convencidos se sentían de que leyes y gobiernos era cosa que no iba con ellos, y de que los políticos se preocupaban únicamente de llenarse el bolsillo, que regularmente habían vuelto la espalda a las sugerencias hechas por candidatos republicanos en cuanto a mejorar su condición. Pero uno se equivocaría mucho si considerase a esta gran masa silenciosa como fatalmente inerte y sin expresión. El pueblo español tiene un carácter completamente diferente al de cualquier otro de Europa.

A intervalos regulares en todo el curso de su historia, en el momento en que ha considerado amenazados sus intereses verdaderamente vitales, se ha levantado arrastrando todo por delante. Es este mismo pueblo el que, con tumultos y matanzas por toda la extensión de España, insistió en la forzosa conversión de los judíos en el siglo XV; el que hizo expulsar a los moriscos en el XVII contra los deseos de los terratenientes, y el que, un siglo más tarde echó del país al archiduque de Austria con sus aliados ingleses en la guerra de sucesión. Una vez más fue el pueblo, y no la nobleza ni la clase media, quien combatió furiosamente contra Napoleón.

En todos estos casos se levantó, no tanto para satisfacer reivindicaciones materiales como bajo la dirección y la instigación de la Iglesia (y especialmente de los frailes y los curas de aldea) en defensa de ciertos ideales, y tan pronto hubo logrado el objetivo que le movía, volvió a su apatía tradicional. En el siglo XIX hubo aún levantamientos populares, pero estos, a excepción de las guerras carlistas, no fueron dirigidos ya por la Iglesia; respondían a cuestiones que solo le arrastraban a medias, y a ello se debió sin duda el que en su nueva orientación se sintiese débil aún y poco seguro de sí mismo.

Un rasgo habrá que hacer notar en todos estos movimientos populares, y es que en cada uno el objeto que se perseguía no era una corrección positiva de agravios o injusticias, sino simplemente la expulsión de un cuerpo extraño que le molestaba y le irritaba. Antaño judíos y moriscos, más tarde los Austrias y los franceses, le hemos visto volverse últimamente con el mismo destructivo furor contra los terratenientes y los curas que habían acabado con su paciencia. En todos estos casos puede observarse el mismo proceso: levantamiento súbito contra el enemigo como eje de la acción colectiva y después, en el momento en que la destrucción o expulsión de este enemigo quedaba consumada, un rápido desplome de sus energías. Podría parecer que la larga y dilatada historia de purificación de España hubiese creado en los españoles el sentimiento de que, para vivir como ellos quieren, solamente les hace falta librarse de alguien.

Y, una vez más hay que hacerlo notar, cuando el pueblo español se levanta es irresistible. España actúa entonces como un todo, movilizada desde la raíz.

Aun la clase más alta ha admitido esto. El pueblo está reconocido como el gran depositario de las virtudes españolas, la fuente de que brota todo lo que hay de sano y recio en el país. Ninguna acción en la que él no haya tomado parte hunde sus raíces en la conciencia nacional. Aun demasiado tarde, aun después de haberle abandonado, las clases superiores continúan apelando a él, buscando el verdadero pueblo, el pueblo que es aún fiel a sus ideales, y que no ha sido corrompido por el oro extranjero, con el mismo patético fervor con que los marxistas ortodoxos buscan hoy el verdadero proletariado. Pues estas clases medias españolas sufrían y sufren una sensación mortal de inferioridad, de superficialidad, de falta de substancia. Han perdido desde hace tiempo la fe en sí mismas y en la religión. Bajo sus aires de confianza y seguridad, se sienten desconectadas de las verdaderas fuentes de la vida de su país, y degenerando de día en día. No es de maravillar, pues, que los más sensibles de entre sus miembros se hayan visto inclinados a atribuir a este pueblo —que aparecía, dentro de su ignorancia, más fuerte y más sano que ellos lo eran (fuerza y salud bastantes, quizá, para acabar un día devorándolos)— una especie de fuerza mística análoga a la que los eslavófilos rusos atribuían a sus campesinos en las últimas décadas anteriores a la Revolución. Ciertamente había mejores razones históricas para creerlo así.

El proceso que trazaremos a lo largo de los próximos capítulos será el del gradual desplazamiento de la lealtad de los campesinos y de los obreros a la Iglesia, hasta desembocar en su entrega a ideologías revolucionarias, precisamente hostiles a aquélla. El efecto de estas nuevas teorías sociales fue el hacer que los trabajadores mirasen a los terratenientes y dueños de fábricas como en tiempos pasados miraban a los judíos y a los moriscos: esto es, como extraños que se interponían en su vida, impidiendo su libre desenvolvimiento. Punto de vista tan obvio y evidente, que apenas si serían necesarios argumentos para sostenerle, teniendo en cuenta cuan grande y sin atenuantes había sido el parasitismo de las clases ricas españolas. Pero los españoles tienen de muy atrás el hábito de luchar por ideas; durante mil años la historia de España ha sido la historia de una cruzada, puntuada por intervalos de indiferencia y apatía. Hacía falta una ideología capaz de sacudir a los trabajadores y llevarlos a la victoria. En el socialismo y quizá más aún en el anarquismo encontraron lo que necesitaban.

La primera cosa que habrá que dejar clara es que, si bien España es predominantemente un país agrícola y ganadero (son 4 millones y medio los trabajadores de la tierra por solamente 2 millones en la industria) el valor de la mayor parte de esta tierra es muy bajo. El hecho de que ciertas pequeñas porciones de regadío esparcidas acá y allá por la periferia de la península contengan la mejor tierra de cultivo de toda Europa, no debe hacernos olvidar que una gran parte de la zona central consiste en estepa con pastos muy escasos y desierto. El área cultivada en España en 1928 era entre 20 y 25 millones de hectáreas, la de pastos y monte bajo un poco mayor, en tanto que 6 millones de hectáreas quedaban totalmente improductivos. En cuanto a la tierra de pastos, más de la mitad era extremadamente pobre; es decir, incapaz de mantener más de cinco ovejas por hectárea.

Para comprender las razones de esto, hemos de considerar ante todo las condiciones físicas del país. El centro y núcleo de la península es una meseta de rocas antiguas cuya altitud media supera los 600 metros sobre el nivel del mar.

Esta alta meseta se ve abrasada por el sol en verano y barrida por vientos helados en invierno. Toda la parte al norte de ella, formada por los Pirineos y la cordillera Cantábrica, es una zona de arriscadas montañas que se parece a Suiza y termina, por el oeste, en la región de granitos quebrados de Galicia. Aquí, extensiones de matorral alternan con pequeñas franjas cultivables como en Inglaterra e Irlanda. El valle del Guadalquivir, al sur, consiste en una extensión ondulada de suelo fértil, pero con lluvia insuficiente para contrarrestar la elevada evaporación. La costa mediterránea dispone de un suelo excelente, compuesto de formaciones miocénicas arrastradas desde la meseta central y depositadas en capas no muy gruesas, pero las precipitaciones son tan escasas que, salvo en zonas de regadío, apenas resulta utilizable.

La lluvia es pues el factor decisivo en España. El mapa de la página 78 dará una idea de su distribución. Oscila entre 1 500 y 2 000 milímetros en Galicia y menos de 250 en el sur de Huesca y a lo largo de la costa este, en tanto que en algunas partes de las provincias de Murcia y Almería se pasan años enteros sin llover. Es decir, que el régimen de sequía prevalece en la mayor parte del país y está distribuido de tal modo que es precisamente el suelo más pobre el que recibe la mayor cantidad de lluvia, mientras que el buen terreno queda sometido a sequías.

Es evidente que condiciones geográficas tan variadas han de dar lugar a sistemas agrarios muy diferentes. El mapa de la página 86 muestra cuan exactamente coincide el área de pequeñas propiedades y arrendamiento a largo término con la de humedad suficiente, mientras que los latifundios y arrendamientos a corto plazo se asientan en las zonas secas. El pequeño labrador no puede apenas sostenerse en el secano por ser incapaz de resistir las variaciones estacionales de las cosechas. Hay, por tanto, en España dos grandes problemas agrarios: el del minifundio en el norte y parte del centro, minifundios que son a veces tan pequeños que no llegan a mantener a los hombres que trabajan en ellos; y el de los latifundios en el centro y sur, cultivados mediante un sistema de trabajo análogo a los de las fábricas, que mantienen los jornales lo más bajos posible, rayando con el hambre, basado en las grandes reservas de brazos en paro. Un tercer problema es el de los arrendamientos.

Veamos primero la cuestión de los minifundios, cuyo ejemplo clásico es Galicia. En la edad media la mayor parte de la tierra gallega pertenecía a la Iglesia. Esta implantó un tipo de arrendamiento llamado foro, que venía a ser una forma de enfiteusis hereditaria. El colono pagaba una renta global, que representaba alrededor del 2 por 100 del valor capitalizado de la propiedad, y atendía a su costa a las reparaciones de la casa y los edificios de la granja, pero no podía ser desahuciado. Era una forma de posesión que entró en uso también en gran parte de la España central por los siglos XIII y XIV, y que en Castilla sedenominó censo. El foro difería del censo en que se hallaba limitado a un periodo concreto —generalmente por tres voces y ventinueve años más—, esto es, por el espacio de tres vidas humanas (bien de los arrendatarios o de los reyes) y después 29 años. Esta limitación parece estar basada en el hecho de que fue introducida por los monjes cistercienses y premonstratenses en los siglos XII y XIII como un incentivo para los campesinos libres y los siervos a poblar tierras pantanosas e incultas; no, como fue el caso con el censo, durante la conversión de los dominios feudales en un sistema de rentas por año. Es decir, que ofreciendo ciertas ventajas a los colonos, la Iglesia quería mantener algún control sobre su propiedad. Galicia, con su santuario de Santiago de Compostela, y Cataluña, rayana con el Languedoc, estaban naturalmente más sometidas que otras partes de España a las nuevas influencias eclesiásticas que llegaban de Francia.

En los siglos XVII y XVIII la población de Galicia empezó a aumentar rápidamente y las tierras a subir de valor. Los colonos que tenían arrendadas tierras de la Iglesia y de la nobleza, empezaron a encontrar provechoso el dividir sus haciendas y subarrendarlas con un gran porcentaje de beneficio, en algunos casos por diez o veinte veces más de lo que ellos pagaban. Así surgió una nueva clase de beneficiarios de la tierra, y bajo ellos, un nuevo tipo de colonos: los subforados La Iglesia y los nobles intentaron entonces llevar a la práctica la cláusula que limitaba los arrendamientos a un periodo definido, cláusula que gradualmente había ido cayendo en desuso.

Los foreros se resistieron y así empezó un pleito que se arrastró por los tribunales de justicia y las cortes de los monarcas por espacio de ciento treinta años (desde 1629 hasta 1759) sin que se llegase a un acuerdo. En 1763 una orden de consejo suspendió toda la cuestión, lo cual equivalía a decir que los foreros habían ganado. Como, por otra parte, la total jurisdicción civil y criminal sobre las tierras continuaba perteneciendo a la Iglesia y a la nobleza, en las Cortes de Cádiz de 1810 los foreros, clase media, se situaron del lado liberal. Después de la primera guerra carlista, las tierras de la Iglesia fueron vendidas y la mayor parte de los foros comprados por los mismos foreros, que se convirtieron con ello en sus propietarios legales, o foristas La cuestión de los foros quedó planteada entonces en una lucha entre estos nuevos foristas, que eran en general abogados y vivían en la ciudad, y las gentes que en realidad trabajaban la tierra, los subforados o foreros.

Para comprender cómo esta cuestión afectaba a la política local, hay que saber la manera como se trabajaban estas tierras. El clima de Galicia es húmedo como el de Irlanda, que se le parece en muchos aspectos, pero el suelo es pobre y más adecuado a pastos que a cereales. La subdivisión de la tierra no permite que el suelo sea explotado de la manera más productiva. Toda la región está sembrada de caseríos, cada uno de los cuales dispone justamente de bastante tierra para mantener una familia. El tipo de estos caseríos es por necesidad el de una estricta economía cerrada. Cada familia posee su vaca, que se engancha al arado y proporciona un poco de queso y de leche; recoge su propio centeno o maíz, de lo que hace su pan; cosecha su vino, y aun en ciertas comarcas teje sus propias ropas. La familia consume lo que produce; no hay exportación de cosechas. El único modo de allegar un poco de dinero para poder pagar los impuestos, es vender cada año el ternero o marchar a otras partes de España a trabajar en el verano por la siega. Todo esto podría haber bastado quizá si el cierre de la vieja válvula que constituía la emigración a América no hubiera incrementado más la ya excesiva subdivisión de la propiedad y llevado a gran número de familias a vivir en condiciones de hambre.

Precisamente en esta situación se exigía al campesino gallego pagar un foro por la tierra sobre la cual vivía y, que, al no poder ser desahuciado de ella, consideraba como propia. El Foro era recaudado a través de agentes y entregado a personas que, por lo general, el campesino nunca había visto y que no tenían derecho ninguno sobre su propiedad. Por esta razón, igual que sucedía con la recaudación del diezmo en Inglaterra, se resentía de él como de una injusticia. Otros males provenían además de esto. Aunque la tierra estaba más y más subdividida, los foros no, de modo que surgían infinitas disputas y pleitos entre los colonos hasta decidir la parte que cada uno de ellos había de pagar. Disputas y pleitos fomentados por los abogados, al objeto de tener siempre en deuda a los campesinos. Tanto los abogados como los inevitables usureros pertenecían a la clase de los foristas, y al tener en sus manos a un número considerable de campesinos, les obligaba a votar por los suyos en las elecciones. Tan fuerte era el sistema caciquil en esta región que ha sobrevivido aun al advenimiento de la República.

Hasta estos últimos años la cuestión de los foros dominaba sobre todas las demás de Galicia.

Hacia 1905 los foristas empezaron a encontrar dificultades en el cobro de los foros, pues sus agentes eran intimidados por los campesinos, y los miembros de tribunales que confirmaban las denuncias de los foristas se veían perseguidos y a veces muertos. Más o menos por esa fecha los foreros encontraron dos organizaciones que les apoyaban en sus derechos. Una, Solidaridad Gallega, propugnaba el redimir los foros mediante indemnización; la otra, Unión Campesina, creada bajo la influencia de los anarquistas de La Coruña, pedía su cancelación pura y simple. La primera, que podemos titular republicana o liberal, creía sólo en la acción política; la Unión Campesina seguía un sistema de boicots y violencia y volvía la espalda a los políticos. Un ejemplo más de que donde aparece el cacique, provoca apoliticismo y anarquismo. Pero lo que hizo este conflicto único en la historia de la España moderna, fue la actitud de la Iglesia. Hablando en términos generales, dondequiera que en España se concentra la población rural en villas o grandes aldeas, la Iglesia se pone de parte de la clase media y de los caciques y en contra del pueblo, mientras que allí donde el campesino se dispersa en pequeños núcleos de población y caseríos, el clero se asocia con él.

Esto fue lo que pasó en Galicia. El clero rural era fanáticamente antiforista y hasta se han conocido casos de negarse los sacramentos a los foristas. Tan sólo el clero de ciudad, compuesto de hijos de los foristas y caciques, predicaba paz y sumisión. Resultado de todo ello fue que aun cuando, con la venida de la República, las doctrinas socialistas empezaron a difundirse entre los campesinos, la situación política de Galicia nunca ha estado completamente en línea con la del resto de España. Su política, girando siempre en torno a los foros, y confusa por la doble actitud de la Iglesia, se quedó reducida a los horizontes locales.

Había también un movimiento regionalista basado en parte sobre el hecho de que los intereses peculiares de la agricultura gallega no se juzgaban atendidos en Madrid. El impuesto aduanero sobre el maíz impedía el desenvolvimiento de la cría de ganado, industria natural del país y su única esperanza de salir de su estadio económico primitivo. Pero aunque los gallegos hablan una lengua distinta y tienen su propia tradición cultural, esta no se encuentra suficientemente arraigada. De modo que en términos generales se puede decir que el alejamiento de Galicia del resto de España y de sus problemas políticos (alejamiento acentuado por un execrable sistema ferroviario) ha sido su característica principal.

Siguiendo hacia el este a lo largo de la Cordillera Cantábrica, se llega primeramente a Asturias, región montañosa de pequeñas haciendas campesinas. Aquí las condiciones son un poco mejores que en Galicia, porque las posesiones familiares son mayores y porque aún quedan extensos pastos comunales. Las únicas exportaciones de origen rural son ganado y productos lácteos. Los foros son raros. Y se llega a las cuatro provincias vascas, la más oriental de las cuales, que históricamente ha tenido un desarrollo independiente de las otras, es Navarra. Más allá de Navarra, viene la zona pirenaica de Aragón, que se extiende hasta el límite de Cataluña. Toda esta región presenta un tipo casi puro de economía rural, que ha sobrevivido a través de los siglos más o menos sin cambios desde los tiempos primitivos, y no es, por tanto, resultado de la decadencia de instituciones feudales. Se trata de un país de pequeños propietarios o arrendatarios, que trabajan sobre una base familiar y poseen suficiente tierra para subvenir adecuadamente a sus necesidades. Al contrario de lo que es corriente en casi todas las demás regiones de España, no viven agrupados en pequeñas ciudades o villas, sino diseminados en caseríos o pequeños poblados. Como las lluvias son abundantes y la temperatura adecuada, se desenvuelven con cierta abundancia.

Dos formas de posesión de la tierra coinciden aquí, según que ésta sea propiedad de la familia que la trabaja o bien arrendada a los propietarios. La primera, común a toda la región pirenaica, crea un régimen de comunidad familiar, en el cual la propiedad pertenece al tronco familiar y el cabeza de familia escoge en consejo a su sucesor entre sus hijos u otros parientes. La casa, denominada Lar o llar (derivado del lar latino) con su huerto, campos y viñedos, es inalienable y pasa de una a otra generación. Dicho régimen, no tan estricto actualmente como en otros tiempos, es la forma de posesión agraria que prevaleció antiguamente en toda la región montañosa del norte de España. Sus huellas pueden ser rastreadas hasta el siglo X y, sin duda, vienen de mucho más atrás. Con ello se crea un fuerte sentido de solidaridad entre los vecinos, que se deben mutuamente ciertas obligaciones y han de cumplirlas so pena de verse boicoteados por los demás. En Navarra gran parte de la tierra se posee de esta manera, y el resultado de ello es la población rural más conservadora de toda Europa.

Al lado de estos pequeños propietarios campesinos hay otros labradores que viven en tierras de renta. El tipo de arrendamiento más común pertenece al muy extendido en otros tiempos por gran parte de España, y que se llama aparcería El propietario pone la tierra, el colono pone el trabajo y paga los impuestos; el pasivo de los gastos extraordinarios y el activo de las cosechas se reparten a medias. Es un sistema que requiere, si ha de funcionar como es debido, Una estrecha confianza entre el propietario y el colono, ya que ambos han de marchar de acuerdo en cuanto a lo que se ha de sembrar cada año. Y es más apropiado también a aquellos climas que disfrutan de lluvias regulares, pues mientras que el propietario siempre gana algo, el colono, si el tiempo no le es favorable, puede no conseguir lo suficiente para mantenerse.

En las provincias vascas, y en realidad en todo este territorio montañoso del norte, prevalece el sistema de aparcería, siendo a menudo orales los contratos, transmitidos por padres a hijos como si fuesen con la tierra misma. En las tres provincias vascongadas propiamente dichas, Vizcaya, Guipúzcoa y Álava, la mayor parte de la tierra se cultiva de esta manera. El arrendador suele vivir en la villa o ciudad vecina y las relaciones entre él y su colono son invariablemente excelentes. Las condiciones del arrendamiento son menos onerosas para el colono que en Navarra o en Aragón; en verdad se puede decir que el sistema de aparcería ha llegado aquí a ser no tanto arrendamiento cuanto un contrato de asociación. Y no hay duda de que debe ser puesto en el haber de esta forma de cooperación, la prosperidad de que goza el País Vasco, así como el espíritu liberal y sensato que ha sabido desarrollar.

A este régimen de pequeñas explotaciones hay que añadir los bosques y pastos comunales que existen a lo largo de la vertiente pirenaica y dondequiera que las montañas son suficientemente altas. Como ya hacía notar Arthur Young en 1787, contribuyen grandemente a la prosperidad de las comunidades campesinas.

Las provincias vascongadas, Navarra y el alto Aragón se aterran, pues, a una economía rural primitiva, basada en pequeñas haciendas cultivadas por la misma familia, de generación en generación, o arrendadas por largos periodos, lo que las hace prácticamente hereditarias. Ello les es posible por el hecho de que las precipitaciones atmosféricas son bastante seguras y también porque el sistema de comunidad familiar no ha permitido la extrema subdivisión de la propiedad que se da en Galicia. Son las zonas satisfechas de España; las únicas, aparte de unos cuantos regadíos del sudeste, donde puede decirse que no existe problema social. Y son también las más religiosas; en ellas, el cura de aldea mantiene una inmensa influencia sobre sus feligreses y las asociaciones católicas protegen a los campesinos contra las tres miserias de la vida rural: enfermedades, pérdida de las cosechas y usura.

Hay, sin embargo, diferencias importantes entre ellas: en las viejas provincias vascongadas no se da el mismo tipo de catolicismo que en el alto Aragón y Navarra. Los vascos, con su gran ciudad industrial, Bilbao, su marina mercante y sus activas relaciones comerciales con otros países, son los más europeos de todos los pueblos ibéricos. Lo único primitivo en ellos es el lenguaje. Aunque conservadores en sentido político, su conservadurismo es el de un pueblo activo y comerciante como lo es el inglés, que cree en el esfuerzo individual. También su catolicismo es a la moderna; si uno quiere encontrarse con frailes no absorbidos por la propaganda política, curas bien educados, obispos que no sean fanáticos, es en esta parte de España donde más probabilidades tiene de encontrarlos.

Por su parte Navarra, aunque habitada por un pueblo en otro tiempo de habla vasca, ha tenido una historia muy diferente de la de las provincias hermanas. Última región incorporada a la Monarquía por los Reyes Católicos, se ha mantenido la más fiel(pág. 169) a los reyes. Se explica esto por su economía autárquica, basada en haciendas no grandes pero relativamente prósperas; cultivadas en general por sus propietarios, y en su alejamiento de los grandes centros comerciales. El indudable bienestar de los navarros y el éxito logrado con su peculiar autonomía administrativa les han hecho aborrecer todo cambio, de modo que durante los pasados cien años han venido a ser los principales mantenedores de esa actitud fanáticamente conservadora y religiosa conocida bajo el nombre de carlismo, lo cual no es otra cosa que la hostilidad de un robusto pueblo de montañeses y labradores frente a la vida industrial.

Esto mismo puede decirse, aunque en menor extensión, de las llanuras de Castilla la Vieja en torno a Burgos y a Palencia que se extienden por el sur hasta Valladolid. Se trata en general de zonas de pequeños propietarios o arrendatarios, que sacan de la tierra los medios para una vida pobre pero bastante regular. Palencia, por ejemplo, ha sido desde tiempos remotos una región de pequeños propietarios: era la capital de la tribu ibérica de los vacceos que dividía en lotes sus tierras cada año. A primera vista puede parecer sorprendente que esta región de España haya sido tan arraigadamente católica. Es difícil que en cualquier otra parte los labradores hayan tenido que sufrir más del sistema de arrendamientos a corto plazo, de los especuladores sobre la tierra y de los usureros. Las rentas se estipulan en dinero, lo que significa que no dependen de la cuantía de la cosecha, de modo que un mal año deja al labrador fuertemente endeudado. Tal era el estado de Castilla la Vieja en el siglo XVII, tal continuaba siendo en el XVIII y tal es en el día de hoy.

Pero los castellanos, que se han sentido siempre los amos de España, tienen una larga tradición de conservadurismo. Por lo demás, sus quejas nunca han sido desoídas del todo en Madrid. Siempre ha habido una fracción del partido conservador que combinaba su insistencia en mantener bajos los jornales de los trabajadores agrícolas con la concesión fácil de créditos a los propietarios. Los intereses del gran terrateniente y los del pequeño labrador quedaban unidos así. Y por otra parte, la Iglesia, a medida que iba perdiendo crédito y adhesión entre los campesinos en otras regiones de España, concentraba sus mejores esfuerzos en conservar la lealtad de los castellanos. Puso en marcha asociaciones católico agrarias, bancos de crédito rural, escuelas para hijos de campesinos, invirtió grandes cantidades de dinero. En conjunto, tal política ha tenido éxito. El campesino de hoy en Castilla la Vieja, suele mirar a sus iguales del este y del sur un tanto como sus antepasados miraban a infieles y moriscos, y solamente al llegar a una zona de latifundios, se podía encontrar la Casa del Pueblo compitiendo con el cura y encaminando a los labradores más pobres hacia el socialismo. Este es especialmente el caso en la parte sur de la provincia de Valladolid, donde la lluvia disminuye y el suelo se vuelve más y más mísero, y también en el oeste y noroeste, hacia León.

El viejo reino de Aragón consta de una zona pirenaica, cuyas condiciones de vida se parecen bastante a las de Navarra; del valle regado del Ebro, en el que las propiedades son pequeñas y los campesinos relativamente prósperos, y de una extensa área de secano con muy bajo nivel de precipitaciones, la cual incluye las llanas estepas de la cuenca del Ebro y la región montañosa conocida con el nombre de Maestrazgo, que se extiende por el sur hasta Teruel. Grandes propiedades, campesinos roídos de deudas y una agricultura empobrecida caracterizan la zona esteparia, fuertemente afectada por el movimiento anarcosindicalista. El Maestrazgo, por su parte, conserva tradiciones del carlismo. A ello habrá que añadir que, en cuanto a su aspecto físico, los aragoneses son distintos tanto de los vascos como de los catalanes: parecen venir de un tronco étnico más primitivo y son famosos en toda España por su testarudez.

Falta únicamente que nos refiramos en el norte, a Cataluña. Aquí las condiciones agrarias son buenas. La tierra está en su mayor parte en manos de pequeños propietarios, que se la arriendan a los campesinos, aunque también hay campesinos que cultivan terreno propio. Hay dos tipos de arrendamiento: uno, la enfiteusis hereditaria o censo (originariamente, como el foro, por tiempo limitado); el otro es una forma particular de aparcería utilizada sobre todo en la tierra dedicada a viñedo. Como de ordinario las viñas proporcionan la cosecha más remuneradora, esta forma de arrendamiento dio lugar a una clase especial de campesinos, los rabassaires o arrendatarios de viñedos. Lo peculiar en este tipo de arrendamientos era el que su duración estaba condicionada a la vida del mismo viñedo. La tierra revertía al propietario cuando las tres cuartas partes de las viñas plantadas habían muerto (rabassa morte), y el propietario podía entonces a su comodidad, renovar o no el contrato. Tradicionalmente, la media de vida del viñedo se estimaba en cincuenta años, lo cual aseguraba al labrador un contrato que cubría toda su vida de trabajo y aun le remuneraba por los seis o siete años que había de esperar hasta que los jóvenes plantones dieran su fruto. Pero en el último decenio del siglo pasado la filoxera acabó con las cepas viejas y obligó a introducir una nueva especie americana que requiere más trabajo y cuidado y vive sólo la mitad del tiempo. Esta dura situación de los rabassaires llevó, como es sabido, a serias complicaciones en el tercer año de la República.

Aparte esta reivindicación, que en cualquier otra región que no fuese Cataluña se habría resuelto fácilmente, los campesinos son trabajadores y viven con cierta abundancia. Tienen un gran mercado para sus productos, que es Barcelona, y un buen coeficiente de precipitaciones atmosféricas, y aun cuando el suelo es pobre, el trabajo y la habilidad de los catalanes (que ya notaba Young en 1787; ellos eran los avanzados de las explotaciones pequeñas en España) hacían productivo cada metro cuadrado. Las regiones cuyas características agrarias han sido descritas hasta ahora: Galicia, Asturias, el País Vasco, Navarra, Aragón y Cataluña, zonas todas ellas montañosas o cubiertas de monte bajo, con Castilla la Vieja y León sobre la meseta central, tienen en común —si se exceptúa una parte de Aragón— dos características: relativa humedad y tradición cristiana que se remonta al siglo X.

Nunca fueron conquistadas por los musulmanes o permanecieron en su poder muy breve periodo. Debido a ello vienen a formar el núcleo de la más vieja España, la cual, geográfica y culturalmente, ha estado más próxima siempre a Europa que a África. Sus formas, tanto de propiedad territorial como de gobierno local, reflejan bien esto. En lo esencial, a despecho de la tardía importación del feudalismo, derivan su espíritu y vigor de la Marca Hispánica, cuando la más urgente tarea de los reyes y nobles era repoblar los territorios yermos, y cuando el campesino se veía obligado tanto a luchar como a arar la tierra. Es de entonces sin duda desde cuando debe arrancar este amor por las libertades locales y por la independencia personal que ha caracterizado hasta hoy a los españoles.

Entre estas formas de propiedad territorial hay una muy común, especialmente en las viejas regiones fronterizas de Castilla y León: los bienes comunales, que abarcan toda la tierra en torno a la aldea. Tales bienes, por lo demás, han existido en otras partes de Europa. Pero lo que es notable es que solamente en España hayan no sólo persistido en zonas aisladas hasta el día de hoy, sino que el espíritu comunal o cooperativo ha mostrado tal vitalidad que en varias ocasiones durante los cuatro últimos siglos, y en especial en los últimos veinte años, ha echado de sí nuevos y vigorosos brotes. Como por otra parte, estas comunas no son lo bastante numerosas para ejercer una influencia general, sino meramente para manifestar ciertas tendencias que han actuado o siguen actuando, he preferido tratar de ellas en un apéndice.

A medida que nos acercamos a la costa mediterránea, las precipitaciones disminuyen hasta 300 milímetros y hacen muy precario el cultivo de cereales. A veces no hay cosechas en años enteros porque no se puede sembrar el grano, o porque, una vez sembrado, no germina. Tortosa, Valencia y Murcia constituyen huertas o llanuras regables —oasis en medio del yermo— que muestran el más alto nivel en productividad agrícola de toda Europa. En ellas maduran al año de tres hasta cinco cosechas y un trozo muy pequeño de tierra es suficiente para sostener a una familia. (La media de estas propiedades es de media hectárea, y 4 hectáreas hacen a un hombre rico.) La huerta de Valencia produce no sólo las naranjas que van a Inglaterra, sino todo el arroz consumido dentro de España. El suelo está muy parcelado y explotado por pequeños arrendatarios; arrendamientos que, desde la expulsión de los moriscos en 1602, vienen siendo acordados por una cantidad fija de dinero. Hoy, la mayoría de los labradores ha ahorrado lo bastante para comprar sus propias parcelas. Debido a su prosperidad, votan a los republicanos (Valencia tiene una fuerte tradición de anticlericalismo) o a los católico-conservadores. Los jornales agrícolas son más altos que en cualquier otra región de la península. Los famosos anarquistas de esta tierra no provienen de la zona de regadío, sino del secano que la rodea, donde la pobreza y el hambre se hacen sentir duramente. La mayor parte de los hombres de estas zonas de secano emigran a las grandes ciudades, dejando en la aldea a sus familias, mientras que las mujeres emplean su tiempo en hacer encaje de bolillos.

Valencia es la sede del notable Cort de la Seo o Tribunal de las Aguas que juzga de las infracciones a las complicadas normas del riego e impone multas; está compuesto por un jurado elegido entre los labradores de la región. Las multas, aun cuando no haya ley que obligue a hacerlas efectivas, se pagan invariablemente. Este tribunal, que viene de la alta edad media, es sencillamente una prueba de la capacidad de organización y de disciplina que poseen las comunidades rurales españolas. Digamos al paso que en Valencia el derecho al agua va implícito en la tierra misma; en otros puntos, tales Murcia y Lorca, están separados, sistema éste que da lugar a grandes abusos.

La única región que merece ser mencionada antes de pasar al problema de los latifundios, es la fértil vega de Granada. Esta, con la huerta de Murcia, es la sola zona de regadío en España en que la tierra no está en manos de pequeños propietarios que la trabajan. Enormes fortunas se han amasado aquí en años recientes con el cultivo de la remolacha azucarera, y las rentas (de las cuales no hay que deducir los impuestos, ya que es el arrendatario el que está obligado a pagarlos) ascienden hasta al 8 por 100 del valor capitalizado de la tierra. El resultado es que los conflictos sociales han sido más graves aquí que en cualquier otra zona agrícola de España, pues los arrendatarios y jornaleros no son ya esos pobres siervos medio muertos y humillados del resto de Andalucía, sino socialistas educados y organizados, en tanto que los propietarios (que aquí viven en la finca o no lejos de ella) constituyen un bloque compacto, que pertenece, como casi todos los terratenientes españoles, a la extrema derecha. Con ello concluyo esta visión general de las condiciones agrarias del norte y del este de España.

Aparte Galicia, algunas zonas de León y Castilla la Vieja y las tierras de secano de Levante, son de hecho distritos afortunados de la vida española, donde las condiciones de vida pueden ser comparadas no demasiado desfavorablemente a las de otros países de Europa. Nos faltan el centro y el sur, el área de las grandes propiedades y los arrendamientos a corto término. Área esta que puede ser dividida a su vez entre la meseta de Castilla la Nueva y La Mancha, donde las propiedades son por lo general de extensión media, y la más baja y fértil Andalucía, con enormes extensiones de un solo propietario que alcanzan hasta 8 000 hectáreas y en algún caso excepcional hasta 80 000. Al oeste, Extremadura constituye una región de transición. Pero sería imposible comprender el carácter de estas dos regiones capitales, que vienen a formar el verdadero eje de España, sin decir algo sobre sus antecedentes agrarios.

Hasta que se inició la era industrial, hace una o dos generaciones, la historia de España puede explicarse como una pugna entre los ricos distritos agrícolas de Andalucía y Levante y la meseta pobre, semipastoril de ambas Castillas. Andalucía ya estaba densamente poblada y mantenía un alto nivel de civilización mucho antes de que llegasen los romanos e hiciesen de ella el granero de Italia. Pero con la decadencia del comercio y la agricultura en los últimos tiempos del Imperio, la importancia de esta provincia declinó y el centro de gravedad de la península empezó a correrse más al norte.

La batalla de la laguna de la Janda cambió de abajo arriba esta situación. Un poder mediterráneo, con natural talento para el comercio y la manufactura, volvió a apoderarse de España, y la civilización andaluza alcanzó un nivel al que jamás había llegado anteriormente. Surgieron grandes centros industriales en Córdoba, Sevilla, Málaga y Almería para proveer de sedas y tejidos de algodón, de papel, cristal y cerámica de reflejos a toda la Europa Occidental, que acababa de salir de la inmovilidad de épocas sombrías y se sentía llena del optimismo de una nueva era, experimentando ávidamente la necesidad de estas mercancías. Almería llegó a ser el Manchester de Europa, contando con una población de 250 000 almas (hoy tiene unas 54 000) y un sistema de manufacturas altamente desarrollado, en tanto que Sevilla y Córdoba se contaban entre las más ricas y más civilizadas ciudades del mundo.

Pero esta población no se podría haber mantenido, de no contar al mismo tiempo con un gran desarrollo agrícola. Bajo las influencias de persas y nabateos, empezó a cultivarse la tierra intensivamente, a base de una red de canales de riego, siempre que era posible; y se introdujeron especies nuevas: tales la caña de azúcar, arroz, naranjas, limones y algodón. Las grandes haciendas de los propietarios romanos se fraccionaron en pequeñas explotaciones, y la riqueza se encontraba bastante bien distribuida. La decadencia sobrevino en el siglo XII cuando el mercado de la seda cayó como consecuencia de que las ciudades del norte de Europa habían montado sus propias manufacturas, y la estructura política de los musulmanes acabó por desintegrarse.

Los españoles semipastoriles del norte lograron entonces conquistar la mayor parte de Andalucía y la costa mediterránea. Los canales de riego fueron arrasados; la tierra, devastada en expediciones de frontera; hambres y epidemias despoblaron además el país hasta el punto de que, a fines del siglo XVII, extensiones inmensas, en realidad la totalidad casi de lo que había sido tierra fértil, se había vuelto yermo sobre el que pastaban rebaños de ovejas y cabras, y muchas ciudades y aldeas (los despoblados) habían dejado simplemente de existir. Las únicas provincias en que se conservaron las acequias fueron Valencia y Murcia, dominio de la corona de Aragón, y donde su extraordinaria fertilidad y la proximidad al Mediterráneo proveían de fácil mercado. Y aun cuando hoy en día hay sin duda mayor extensión de regadíos en España que en el siglo XII, el valle del Guadalquivir, de Córdoba a Sevilla —corazón de la vieja provincia Botica— no se ha recuperado nunca. Castilla ha hecho a España y Castilla la ha deshecho ¿Por qué tema que ocurrir esto?

En primer lugar los nobles que, bajo el reinado y dirección de Fernando III, habían conquistado Sevilla, y fueron recompensados por su hijo y sucesor con vastas extensiones de la mejor tierra de Andalucía, eran, como sus predecesores de los tiempos visigóticos y celtíberos, los principales dueños de piaras y rebaños. Esto cuando menos, era la única parte de su patrimonio que explotaban directamente. Luego, la emigración de la mejor parte de la población musulmana de las tierras recién conquistadas, hizo a éstas depender del trabajo de siervos. La decadencia de las ciudades, por otra parte, debida a la incapacidad de los castellanos para llevar adelante sus industrias y para colocar sus mercancías en los mercados extranjeros, produjo un descenso en la demanda de productos agrícolas. Aragón, con su flota mediterránea, pudo haber salvado a Andalucía como salvó a Valencia, pero Castilla no.

Más aún, estaba apareciendo un nuevo factor que hacía inclinarse decisivamente la balanza en contra de la agricultura. El comercio extranjero en lanas se había vuelto rentable y estaba ocupando el lugar que antes disfrutaba la seda, en moda en toda Europa un siglo atrás. Una de las últimas innovaciones de los musulmanes españoles fue la introducción de la oveja merina de África, cuya lana, era más valiosa por su finura que cualquier otra. Los nobles castellanos vieron que el uso más cómodo y productivo que podían dar a sus tierras era el de emplearlas en criar ovejas.

Los reyes a su vez, comprendieron que esto también les sería ventajoso, pues la venta de lanas proporcionaba un medio fácil de levantar impuestos. Las ciudades castellanas también lo vieron con agrado, porque así serían sus telares, y no los de Andalucía, los que las tejerían. Y de este modo se fundó la famosa liga de ganaderos de ovejas, conocida por la Mesta, y así la lana llegó a ser la principal industria en Castilla y en todas las provincias dominadas por ella. El esplendor de la civilización andaluza, con su compleja pero frágil economía, basada en un cierto equilibrio entre la manufactura en grande y la riqueza agrícola, desapareció para siglos.

Y no era esto sólo. Los reyes habían otorgado cartas liberales a las ciudades andaluzas y amplias concesiones de tierras comunales a los que se asentaban en ellas. Miles de españoles necesitados vinieron del norte. Pero el país estaba aún repleto de musulmanes, muchos de ellos esclavos, y las grandes haciendas eran explotadas exclusivamente a base de esta mano de obra esclava. En un ambiente así, el campesino cristiano no podía sentirse feliz, y el trabajo del campo empezó a ser considerado como una maldición. Por otra parte la tendencia a convertir tierras cultivadas en baldíos para pastos era muy fuerte; enseguida los poderosos con sus grandes rebaños llegaron a controlar la mayor parte de los terrenos comunales. Tan poco grano se cultivaba, que pronto el nombre de esta tierra, antes próspera y rica, llegó a ser sinónimo de miseria y de hambre.

Durante los siglos XVI y XVII, pocos años pasaban sin que hubiese en Sevilla plaga o epidemia, debida a la desnutrición, y eran miles los que morían. Líbrete Dios —se lee en Guzmán de Alfarache— de la enfermedad que baja de Castilla y del hambre que sube de Andalucía Y sin embargo, no puede uno menos que pensar que tras la victoria de los ganaderos de ovejas de Castilla había algo más profundo y más permanente. El suelo de la meseta central es en verdad muy pobre —dura tellus Iberia, que decía Plinio— y, salvo en unos pocos sitios favorecidos, requiere un gran esfuerzo para vivir de su cultivo. Tan poco segura es la lluvia que las cosechas fallan a menudo y en consecuencia son frecuentes las hambres. Solamente practicando cierto comunismo de aldea, son en no pocos casos los campesinos capaces de seguir adelante.

Al mismo tiempo existen extensiones inmensas de estepa batidas por pastores y rebaños, que en ciertas épocas del año se convierten en trashumantes. Los pastores mantienen una guerra perpetua contra los labradores, a los cuales miran como a inferiores, mientras unos y otros sienten intensa envidia hacia los habitantes de la ciudad y los cultivadores de los ricos oasis, y gustan de subrayar su avaricia y perversidad frente a su propio libre y simple modo de vida. Tipo este de sociedad que no está limitado a España, sino que aparece dondequiera que se dan ciertas condiciones climáticas; así por ejemplo, se encuentra fuertemente desarrollo en el Irán y en el norte de África. Una de sus características principales es su inestabilidad, resultado de una fuerte y aun violenta tensión entre una tiranía centralizada y una vida local o tribal anárquica. Con cada sequía o con cada crisis económica, sobreviene una revolución o bien una ola de exaltación religiosa, mientras que a intervalos más largos se dan grandes levantamientos en los que se derrama toda la energía del país en una guerra de conquista, dejándoles después agotados e inertes.

Visto a esta luz, el triunfo de los ganaderos castellanos a partir de 1248 es simplemente el resultado de la victoria de aquellos elementos inquietos, explosivos, de la vida española que eran el corazón y el alma de la Reconquista. Su espítiru había de dominar en España hasta el siglo XVIII, bloqueando el camino para toda restauración económica. La famosa mentalidad oriental de los españoles no es debida a su sangre árabe, sino a la geografía y al clima.

En los cuatro siglos siguientes, el ganado lanar no solamente se sobrepuso a la agricultura, sino que en una gran medida la desplazó en las tierras dependientes de la Corona de Castilla. Y esto en tal grado, que gran parte de la escasa población del país vivía al borde mismo del hambre. Los rebaños pasaban el verano en las anchas llanuras de Castilla la Vieja y bajaban en el otoño a Extremadura. También en otras partes de la península tenía lugar esta trashumancia dos veces al año. Las grandes nubes de polvo que acompañan a los rebaños en su marcha son uno de los rasgos característicos del paisaje español. Como no existen vallas, esto crea una constante pugna entre labradores y pastores sobre mutuos abusos, y en especial sobre las derrotas, como se llama a los derechos de pasto sobre el rastrojo.

En tales luchas casi siempre llevaba la Mesta la mejor parte, con el resultado de que la agricultura decaía tan rápidamente que a fines del siglo XVII el embajador de Francia informaba que el área de tierra cultivada en torno a Sevilla, entonces la mayor y más próspera ciudad del país, había descendido a una vigésima parte de lo que fuera un siglo atrás. Buenas tierras de cereal se veían invadidas por el palmito; espartos y retamas reemplazaban a los olivos y el ganado cabrío pasaba a ocupar el lugar del ganado estante, que en contraste con el trashumante era necesario para el adecuado rendimiento del terreno.

Tal estado de cosas dio lugar, como es natural, a muchas sugerencias para corregirlo. Hizo su aparición lo que Costa llama escuela colectivista de economía, y los gobiernos aceptaron y aun se esforzaron en llevar a la práctica planes de largo alcance encaminados a controlar y nacionalizar la mayor parte de la tierra de España. Pero la decadencia, por esta época, había ido tan lejos que el Estado no poseía ya ni los recursos económicos ni la autoridad suficiente para hacer efectivos sus decretos, y lo que es más grave, continuaba aferrado a la vieja idea castellana de la superioridad de la ganadería lanar sobre la agricultura.

En el siglo XVIII esta opinión cambió por completo. El nuevo ideal fue expresado por Campomanes cuando declaró que deseaba ver a cada campesino español dueño de su casa y su huerta, su yunta de mulas o bueyes y 50 fanegas de tierra de sembradura. Más aún, añadía, es deber del Estado el hacer que esto se lleve a efecto. Opiniones que gradualmente fueron ganando al grupo ilustrado de hombres que rodeaban al rey, y después de la crisis económica de 1766, que motivó tumultos en toda España y por fin la expulsión de los jesuitas, el gobierno de Carlos III decidió que había llegado la hora de emprender un intento serio para resolver la cuestión agraria y lograr, con ello, el resurgimiento de la agricultura.

Casi todo el suelo de España estaba entonces dividido entre la Iglesia y los nobles e hidalgos (el de éstos en forma de mayorazgos) o bien eran terrenos comunales. Con excepción de la provincias vascongadas y Navarra y algunas zonas especiales como Palencia, apenas si existía el pequeño propietario; y donde existía, era porque se había vendido recientemente alguna parte de los terrenos comunales o cedido algo de la tierra no cultivada. La cantidad de terreno baldío en España era enorme. Refiriéndose a Castilla, el embajador de Venecia cuenta que se podía cabalgar días y días sin ver una casa [13] Aun en las llanuras andaluzas, fértiles otro tiempo, cruzaba uno durante horas y horas sin encontrar un campo arado; ciudades enteras habían desaparecido, y sin embargo la miseria y el hambre eran tan grandes que en 1750 la población de Andalucía decidió emigrar en masa, y costó gran trabajo evitarlo. Y ello sucedía, al parecer, porque los latifundios existían exactamente igual que ahora, pero eran empleados para pastos, mientras que las comunidades rurales habían permitido que sus tierras fuesen monopolizadas por sus miembros más ricos. En todo el sur de España, el suelo mejor se lo habían apropiado los propietarios de rebaños.

El problema que se presentaba a los ministros de Carlos III era el de desvincular los mayorazgos (aunque no se quería poner la mano en los de los nobles; éstos, hasta las Cortes de 1812 fueron intocables) y también los bienes de propio, tierras en renta pertenecientes a los municipios.2 Estos terrenos, yermos entonces en su mayor parte, debían ser colonizados con arreglo a un plan. Las teorías colectivistas de los siglo XVI y XVII, que condenaban la propiedad individual y favorecían la del Estado, con cierto grado de gestión comunal, estaban aún en boga. Y sobre tales principios fundó Olavide colonias de alemanes en La Carolina y otros pueblos cerca de Córdoba.

En 1771 se registró una colección de informes —el famoso expediente consultivo— que había de servir como base para la preparación de una nueva ley agraria. Sus principales recomendaciones eran el dar garantías convenientes a los colonos, tales como la fijación de rentas, así como la prohibición de subarriendos y de desahucios; la obligación de los terratenientes de arrendar los terrenos no cultivados; la división de los bienes de propio en lotes inalienables entre los vecinos más pobres y la creación de parcelas especiales de buena tierra cerca de los pueblos. Medidas todas que, aunque moderadas en relación con las sugerencias de los economistas del XVII, ha habido que esperar la venida de la República en 1931 para que tuvieran fuerza de ley. Otras recomendaciones (en especial las de Olavide, comisario real para Sevilla) se referían a la creación de nuevos poblados con pequeñas haciendas inalienables e indivisibles sobre los bienes de propio y aún en algunos casos sobre latifundios.

Estos informes fueron aceptados por el Consejo de Castilla y hasta se dieron ciertos pasos para ponerlos en ejecución, pero la dimisión forzosa de Aranda, provocada por la reina María Luisa para sustituirlo por Godoy, y luego la Revolución Francesa y la invasión napoleónica pusieron fin a tan vasto programa. Cuando las Cortes de Cádiz se enfrentaron de nuevo con el problema en 1812, siguieron la opinión de Jovellanos , que era discípulo de Adán Smith, y en consecuencia se opusieron a todas las ideas, que juzgaban pasadas de moda, sobre propiedad nacional, y empezaron a vender en subasta las tierras comunales para pagar la deuda pública. Esto abrió las compuertas, pues existía una amplia clase media ansiosa de encontrar buena inversión para sus ahorros y al mismo tiempo aumentar su prestigio haciéndose terrateniente. Hasta este momento, sus posibilidades de hacerlo eran bien escasas, ya que casi toda la tierra de España que no pertenecía a la Iglesia o al común estaba vinculada, esto es, en mayorazgos. Ahora veían llegada su oportunidad, y comoquiera que los campesinos y clases bajas carecían de capital para adquirir su parte, la extensión ocupada por las grandes haciendas creció más y más.

Esta nefasta política agraria de los liberales, la reemprendieron cuando volvieron al poder después de 1833. Las propiedades de la Iglesia (unos 5 millones de hectáreas) fueron vendidas de una vez a precios irrisorios; a esto siguió otra venta de los terrenos comunales.

Estaba empezando en España una revolución en la agricultura. Puede decirse que por primera vez desde los tiempos en que era provincia de Roma, empezaba el país a exportar productos agrícolas, y las tierras subían de valor. Y lo mismo exactamente que había sucedido en Inglaterra en los siglos XVI y XVII, los más emprendedores de los terratenientes y capitalistas locales empezaron a mirar con interés los terrenos comunales.

Las Cortes les otorgaron facilidades para ello. No podían, desde luego, promulgar pura y simplemente decretos permitiéndoles apropiárselos, como fue el caso en Inglaterra —la autoridad municipal y el sentido de lo local eran en España demasiado fuertes— pero mediante la ley de 1836 y más eficazmente aún por leyes de 1855 y 1856, se estatuía que todos los bienes de propio y aquellos terrenos comunales no reclamados por los pueblos para su explotación inmediata serían vendidos en pública subasta. Fue una ley muy impopular, a cuyo cumplimiento se resistió en ciudades y aldeas de toda España hasta los finales del siglo. Privaba a los campesinos de sus terrenos comunales, especialmente en lo que se refiere a pastos, y también de la caza, leña y carboneo. De nuevo el resultado fue, sobre todo en Andalucía, que el número de latifundios aumentó hasta que la mayor parte del suelo español llegó a ser propiedad de una clase de nuevos ricos, más avizores a su beneficio económico que lo habían sido los señores feudales. Al mismo tiempo estallaron levantamientos campesinos en 1855, repitiéndose con creciente frecuencia durante los sesenta años siguientes.

De este modo, en pocos decenios, la vasta herencia de la propiedad nacional preservada de siglos atrás fue malbaratada. Y destruidos los cimientos echados por generaciones de legisladores ilustres; y los campesinos españoles quedaron entregados al buen corazón de una nueva clase de terratenientes que en adelante iba a vivir a sus expensas. Tal ha sido la real significación del gobierno parlamentario en España. Un liberalismo doctrinario, completamente inadecuado a las condiciones del país, servido por un enjambre de leguleyos, negociantes y pequeños capitalistas ansiosos de enriquecerse explotando la tierra, provocó esto. Tal es la clase que, a partir de 1843 (la dictadura de Narváez) ha ejercido el poder político en España —una clase media enriquecida no por el comercio o la industria, sino por la posesión de la tierra— y si bien no se puede menos de admitir que acabó con el estancamiento de la vida rural española y creó un grado de prosperidad que nunca se había conocido, motivó también la mayor de las desigualdades en la distribución de esta riqueza y la destrucción de aquellas defensas (entre las que hay que contar el poder y la riqueza de la Iglesia) con que el pobre hasta entonces había contado.

El siglo XX vino a dar nuevo impulso a este desarrollo. Hubo un gran aumento en los precios de los productos agrícolas y los terratenientes de toda España amasaron grandes fortunas. En muchas zonas del país, el precio de la tierra subió hasta un 1 000 por 100 sobre su valor anterior. El incremento en población de los centros industriales hizo que áreas cada vez mayores de tierra pobre de secano se dedicasen al cultivo de cereales, ya que desde el siglo XVI los cereales se veían protegidos por un precio fijado de antemano, la tasa, lo cual permitía su cultivo aun en condiciones desfavorables. La guerra europea señaló la culminación de esta prosperidad; hasta la última hectárea de tierra cultivable fue aprovechada. Mas la expansión había sobrevenido tan de golpe, y los propietarios rurales en España iban en general tan cortos de capital y se sentían tan poco respaldados por los bancos, que aun quedaba bastante por hacer para mejorar la calidad de las cosechas. A partir de esa época, y sobre todo de la crisis de 1929-1930, el área de tierra cultivada ha decrecido notablemente.

Ahora será más fácil, después de esta larga excursión por la historia, enfocar objetivamente el problema de los latifundios. Se extienden, como antes quedó dicho, por todo el centro y sur de España, empezando en Salamanca, Valladolid. Cuenca, Albacete y volviéndose cada vez mayores, a medida que se avanza hacia el suroeste. En las tres extensas regiones de Extremadura, Andalucía y La Mancha, solamente 7 000 propietarios, en su mayoría absentistas, disponen de más de 6 millones de hectáreas.

Veamos primeramente la situación en la meseta central de Castilla y la Mancha. En Castilla la Vieja y, por el sur hasta el valle del Tajo, las grandes propiedades pertenecen aún en su mayor parte a la nobleza —Cuanto más pobre es la tierra, más nobles hay en ella, dice un refrán español—, y pocas de estas propiedades son demasiado grandes. Su origen se remonta a los siglos X y XI, a la primera fase de la Reconquista, cuando los reyes y los nobles, que necesitaban con urgencia repoblar lo que entonces eran espacios deshabitados, concedían tierras en condiciones no gravosas, tanto a individuos como a comunidades campesinas. Esta es la razón por la que una proporción considerable del suelo (en especial al norte del Guadarrama) pertenece a modestos labradores, y ciertos pueblos poseen aún su propia tierra y la trabajan comunalmente. Los campesinos viven en casas del color de la tierra, hechas de adobes y cubiertas con tejas rojas; los pueblos, más pequeños que en casi todo el resto de España, tienen una población media inferior a 4 000 habitantes. Cada propietario o colono (pues las grandes propiedades están invariablemente arrendadas) tiene su trozo de terreno, su yunta de bueyes y su casa en el lugar. Las únicas cosechas son trigo y cebada; se cultivan muy pocas hortalizas y a menudo en toda la aldea no se ve un solo árbol. El suelo, por lo demás, salvo en Tierra de Campos, es pobre, y la lluvia insegura. Sobrevienen con frecuencia sequías, y aun la pérdida total de las cosechas. Como quiera que no hay un sistema eficaz de crédito agrario ni seguro de derrama contra estas pérdidas, el campesino tenía a menudo que recurrir a los prestamistas. Esta ha sido una de las peores plagas del arrendatario o pequeño propietario castellano. La otra está en la forma injusta e insegura de los arrendamientos a corto término.

El arrendamiento a largo término con su pago en especie, como se practica en el norte, mediante el cual el propietario y el colono viven en la mejor armonía y llevan un interés común en la tierra, no parece haber existido nunca en Castilla. Aquí el arrendamiento típico es, o más bien era, la enfiteusis hereditaria o censo que se creó al desaparecer las relaciones de trabajo feudales. Hacia fines de la edad media, los tributos feudales que las comunidades campesinas pagaban al señor del castillo a cambio de la tierra otorgada, tierra que ellos cultivaban en común y, a lo que parece, parcelaban entre sus miembros cada pocos años fueron convertidos en una renta o canon fijo en especie, que cada aldeano por separado venía a traer a los graneros del señor, a cambio del derecho a ocupar su casa y cultivar su lote a perpetuidad.

En general puede decirse que dondequiera que tales condiciones feudales prevalecían —esto es, en León, algunas partes de Cataluña y Aragón y, después de la expulsión de los moriscos, en Valencia, pero no en las montañas del norte ni en Andalucía— tuvieron lugar tales conversiones de relación contractual. Más tarde, para mayor comodidad del señor, que se había ido a vivir a la ciudad, el pago del canon vino a hacerse mediante una cantidad anual en dinero. Ahora bien, como hemos explicado ya, la tendencia del censo o foro es a separar al propietario de toda conexión con su propiedad y hacer al campesino dueño virtual de la tierra que cultiva. Pero en Castilla no ha sucedido así. Debido en parte a las malas condiciones agrícolas y climáticas de la Meseta, que impiden al labriego adquirir aquella independencia de sus hermanos de Galicia y Valencia, en parte también por su proximidad a Madrid y aun por toda una serie de factores psicológicos, el hecho es que la nobleza castellana nunca perdió el contacto con sus propiedades.

A lo largo del siglo último hubo frecuentes quiebras y fallos en pagar la renta que dieron por resultado la conversión de muchos de los censos en arrendamientos a corto término. Una legislación especial fue promulgada para favorecer esta corriente, y hoy por hoy el censo es cosa del pasado. Lo más general ha llegado a ser el arrendamiento a corto término, siglo XI, se generalizó en Castilla en el XVI, cuando los nobles renunciaron a vivir en sus posesiones y montaron casa en la corte o en la ciudad más próxima lo cual, dadas las condiciones que prevalecen en España, produce necesariamente pobreza y empeoramiento de la tierra. En tales contratos de arrendamiento, todo, absolutamente todo se vuelve en contra del colono para favorecer al propietario, el cual, hay que insistir en esto, no se ve sometido a obligación ninguna, puesto que ni paga él los impuestos ni se compromete siquiera a mantener las casas y dependencias en debida forma.

Por otra parte, puede desahuciar al arrendatario o elevarle la renta cuando le plazca. Situación que se ha agravado notablemente en los últimos años con la especulación sobre fincas y la exacerbación del odio entre las diferentes clases sociales. Ello crea innumerables abusos. Los nuevos propietarios, al pretender beneficiarse del hambre de tierra de los campesinos, suelen subdividir aún más los lotes hasta que apenas queda la extensión suficiente para mantener una familia. Otros, que viven en Madrid y rara vez visitan sus tierras, no se enteran siquiera de que los colonos frecuentemente tienen que pagar una segunda renta a los administradores. Como lo demuestra la historia de Irlanda, esta es la secuela obligada del absentismo de los propietarios. Y puede comprenderse bien cómo, bajo un sistema así, son pocos los labradores que se atreven a votar por un candidato que no lleve la etiqueta de conservador.

Lo más grave de todo es que este sistema de arrendamientos a corto término, con todos los abusos que engendra, se extendía, más y más. Debido a la falta de confianza entre las diferentes clases sociales, la aparcería, única forma satisfactoria de relación contractual a corto término, sólo seguía vigente en el norte.

Muchos pequeños labradores, por falta de un sistema eficaz de créditos, se veían acosados económicamente. El primer gobierno de la República impuso restricciones a los terratenientes con vistas a rectificar tales abusos, pero los gobiernos siguientes de Lerroux y Gil Robles, o bien las revocaron, o permitieron que no se les diese cumplimiento. Y así la situación tanto del campesino con tierra propia como del colono, ha ido de mal en peor.

Bastarán dos ejemplos para hacerse cargo del infeliz nivel en que estos hombres vivían. En la parte de España que había sido catastrada hasta 1929, de 1 026 412 propietarios o colonos que pagaban impuestos, 847 548 ganaban al día menos de una peseta. En una provincia típica de Castilla, como es la de Ávila, de 13 530 contribuyentes, 11 452 tenían unos ingresos diarios inferiores a una peseta, y solamente 320 por encima de un duro. Tales cifras muestran con elocuencia el grado de pobreza en que viven.

Viajando al sur del Tajo hacia La Mancha y Extremadura, se ve cómo las fincas aumentan en extensión y el número de pequeños propietarios y arrendatarios disminuye. Estas grandes fincas tienen origen diferente de las de Castilla la Vieja. Se constituyeron durante la segunda etapa de la Reconquista, entre 1085 y 1248, cuando los reyes de Castilla empezaron a incorporarse territorios que contaban ya con una población musulmana bien asentada. La tierra que iban conquistando era entregada, no a individuos de la nobleza, sino a las recién constituidas órdenes militares que, formando el núcleo principal de la caballería del reino, eran más capaces de defenderlas. Y en lugar de poblarlas a base de comunidades de campesinos libres, eran explotadas en parte con el trabajo de esclavos moros, y en parte con labradores que llegaban del norte; el resto lo dejaban de pastos. Esta es la razón por la cual estas propiedades son mayores que las de Castilla la Vieja y están organizadas sobre base distinta. Su particular nombre, transmitido después a las haciendas esclavistas de las colonias americanas, era el de encomiendas. En 1837 estas fincas fueron vendidas por el gobierno, y adquiridas, como hemos dicho ya, por la clase media de las ciudades.

Las condiciones de vida en estos lugares son, en conjunto, peores que en Castilla la Vieja, puesto que la tierra es más pobre y la lluvia más escasa aún. En torno a Valdepeñas, el viñedo ha creado cierta prosperidad. Cerca de Albacete hay vastas extensiones de estepa de pastos y maleza, utilizadas como cotos de caza o bien para la cría de muías. Y en todas partes son la norma general los arrendamientos a corto término.

Extremadura, junto a la frontera con Portugal, es igualmente una región de latifundios y tremenda pobreza. Posee grandes cantidades de ganado, y los viejos conflictos entre labradores y pastores trashumantes campean allí en su mejor estilo. Puede trazarse, sin grandes cambios, una continuidad histórica que viene desde la conquista romana o aún desde Viriato. En tiempos más recientes, no obstante, la principal cuestión agraria ha sido distinta. Las llanuras que rodean a Badajoz son ricas productoras de grano, lo cual en otros tiempos contribuyó a la prosperidad de Mérida. Esta zona pertenece en su casi totalidad a terratenientes absentistas que la cultivan malamente, mientras el campesino típico es el yuntero que posee un arado y un par de mulas, a las que apacienta en el terreno comunal. Así, cuando los terratenientes quieren hacer entrar en razón a los yunteros, no tienen más que dejar en barbecho una parte de sus posesiones. Este problema del terrateniente y el yuntero, tan agudo en el siglo XVIII que el Estado hubo de intervenir para resolverlo, es no menos agudo en el día de hoy; ya veremos cómo la República se vio obligada en mayo de 1936 a un apresurado reparto de los latifundios para evitar que esto mismo fuese hecho por la fuerza. En España los reyes y gobiernos legislan, los siglos pasan, pero los problemas fundamentales continúan en el mismo estado.

En cuanto al resto de la región, es tan pobre que solamente puede lograrse una cosecha, más o menos cada doce años. Y esta cosecha agota por completo al suelo. Y sin embargo los ríos corren llenos de agua y ofrecen un buen desnivel; grandes extensiones de Extremadura podrían convertirse en regadío.

Andalucía Nos falta únicamente que considerar Andalucía, la región clásica de los latifundios o grandes haciendas, trabajadas con mano de obra prácticamente esclava. Encontramos aquí, ante todo, un fondo histórico y geográfico muy diferente. Estas grandes haciendas, que se extienden a lo largo del valle del Guadalquivir en torno a Córdoba y ocupan inmensas extensiones siguiendo el curso bajo del río, han persistido sin grandes cambios desde la época romana. Arruinadas por el propio sistema fiscal de Roma y, más tarde, por los hábitos pastoriles de los visigodos, reconstituidas a escala más suntuosa aún por los árabes, propiedad primero de las tribus árabes y bereberes, y luego de reyes y príncipes, fueron entregadas intactas por Fernando III a los señores feudales que le ayudaron en la conquista de Sevilla. A partir de esa época, su gran función ha consistido en proveer de rentas a las familias aristocráticas de Castilla. Pero no más de un tercio de las grandes fincas que encontramos hoy en Andalucía tiene ese origen; el resto, o sea la mayor parte, se formaron al desamortizar las tierras de la Iglesia y los bienes comunales, en pleno siglo XIX. Vendidos a precios escandalosamente bajos, sirvieron para hacer la fortuna de varias familias de la clase media, que adquirieron con ello el poder político como tal clase. Este poder es el que ha gobernado a España hasta el día de hoy. Y como las nuevas propiedades se asimilaban rápidamente las peores características de los latifundios feudales contiguos, puede decirse que en el día de hoy no existe diferencia ninguna entre ellos.

La vieja región de Andalucía o Bética está formada por la cuenca del Guadalquivir y las tierras montañosas que la circundan. Contiene pues llanura ondulada y montaña, suelo bueno y mediano, y precipitaciones medias (de 500 a 1000 milímetros, y aún más cerca de Cádiz) pero la mucha evaporación y los largos veranos secos hacen que el principal problema de su agricultura sea precisamente la conservación de la humedad. Esta afortunada región de España, como dicen los que sólo han tenido de ella una visión superficial, ofrece mucha mayor variedad de cosechas que la Meseta central, en la que como norma general sólo se recolectan trigo y cebada. La principal riqueza de la Andalucía alta es el olivo; en Córdoba y Jaén se encuentran los más grandes y ricos olivares del mundo. Se produce además trigo, maíz, legumbres y en especial uvas. En la baja Andalucía se dan excelentes condiciones para el cultivo del algodón. Una tal variedad de cosechas ofrece o debería ofrecer considerable amplitud de trabajo, pero no hay que olvidar que estos cultivos están condicionados por la sequía, lo cual limita la productividad por hectárea y también las posibilidades de rotación en los cultivos. Es, ante todo, tierra de secano.

Las exigencias especiales del secano no son siempre bien comprendidas por las gentes de otras partes de Europa. Por ejemplo, viajeros por España en todas las épocas se han visto una y otra vez sorprendidos por la gran extensión de suelo baldío o en barbecho y han cargado esto en la cuenta de la pereza o incompetencia de los españoles. Lo cual no es siempre así. Como hemos dicho ya al hablar de Extremadura, hay muchas regiones de España en que el suelo es tan pobre y tan seco que una sola cosecha lo agota para ocho y hasta doce años. El sistema seguido clásicamente en Andalucía es el llamado al tercio, por el cual se deja descansar a la tierra un año, en seguida se ara y después se la deja otro año de barbecho; o sea que no se siembra más que cada tres años. La tendencia de hoy es sembrar por lo menos dos años seguidos año y vez Pero esto ofrece ciertas dificultades. No es ya únicamente un problema de fertilizantes, sino el de compensar la humedad perdida, cosas nada fáciles de resolver simultáneamente. El abuso de abonos químicos trae como consecuencia un exceso de salinidad en las tierras, mientras que si se lleva a pastar al ganado en ellas, las hierbas y cizañas que constituyen este pasto (de muy corta vida, por lo demás) acaban con la humedad. Por ello, hoy, los barbechos se dejan limpios, y el volver la fertilidad a las tierras se encomienda a las bacterias provocadas por los rayos del sol. Experimentos hechos con tipos especiales de maquinaria agrícola, que pulverizan la tierra y con ello disminuyen la evaporación, han mostrado la posibilidad de conseguir buenas cosechas de secano todos los años sin apenas auxilio de fertilizantes; lo que no está claro aún es si estos métodos pueden aplicarse a otros que a los terrenos de primera calidad. El cultivo intensivo en secano es problema agronómico aún por resolver en España. Los grandes distritos del medio oeste en Norteamérica, de terrenos de secano no han llegado a sentirlo, puesto que no han de mantener más que a una población mucho menor. Por ello, el problema fundamental de Andalucía radica en cómo se ha de mantener una población densa sobre un suelo seco.1. Pero por la mala organización y las aterradoras condiciones sociales, resulta de tal modo complicado, que los meros factores geográficos tienden a borrarse en el fondo del cuadro. Son las condiciones sociales las que debemos investigar ahora.

A medida que se avanza por el valle del Guadalquivir abajo, desde Córdoba hasta Sevilla y Cádiz, el número de latifundios aumenta.1 En la provincia de Córdoba constituyen el 41 por 100 de la extensión total; el 50 por 100 en la de Sevilla y el 58 por 100 en la de Cádiz. En tres de los partidos judiciales de esta última provincia, los latifundios ocupan, respectivamente, el 77, el 84 y el 96 por 100 del total. Y, lo que es aún más significativo, estos latifundios ocupan la tierra mejor.

En Castilla la Vieja y la Nueva, así como en Levante el valor capitalizable de las grandes fincas no sobrepasa al 5 por 100 del valor total de la tierra, es decir, que ocupan las de peor calidad. En la Mancha, la proporción es del 21 al 26 por 100 y en Extremadura, del 25 al 30. Pero en Andalucía es más alta aún: el 49 por 100 en Sevilla y Córdoba, y superior todavía en Cádiz. En Sevilla se encuentra uno con que el 50 por 100 de la superficie de la provincia pertenece a los grandes cortijos y produce el 49 por 100 de la riqueza total; las fincas de mediana extensión producen el 33 por 100 y las pequeñas, no más del 18. Y como las fincas pequeñas y medianas se cultivan mejor, ello evidencia que los latifundios ocupan la mayor parte de la tierra buena.

Considerando de otro modo las cifras, encontramos que en la provincia de Sevilla 2 344 grandes propietarios (estos es, todos los que poseen más de 10 hectáreas) constituyen el 5 por 100 del total de propietarios y producen el 72 por 100 de la riqueza agrícola total. Tomando a Andalucía como un todo3 la renta media anual que un terrateniente obtiene de sus fincas, es de 18000 pesetas, mientras que la renta media anual de un pequeño propietario (o sea, el que posee menos de 10 hectáreas) es de 161 pesetas. Y como en esta región hay 4101 grandes propietarios y aproximadamente 200 000 pequeños, es evidente que los datos transcritos muestran una enorme desigualdad en la riqueza (aun cuando se admita que el pequeño propietario consume anualmente productos de propia cosecha por valor de unas 700 pesetas)

No obstante, no es el pequeño propietario el que crea el problema característico de Andalucía, sino el hombre absolutamente sin tierra —descendiente de la población esclava de la conquista y de los blancos pobres que en otro tiempo trabajaron allí—, el proletariado agrícola de las grandes haciendas.

BRENAN, Gerald, El Laberinto Español, Editions Ruedo Ibérico, 1962, págs. 214-270.