La II República

Historia

Portada del 13-IV-1931

Portada del 13-IV-1931

El cuadro que presentaba España en el momento de la proclamación de la República no era muy simple que digamos. El país estaba dividido horizontal y verticalmente en un número de secciones mutuamente antagónicas. Para empezar, existía toda una serie de movimientos por la autonomía local en Cataluña y entre los vascos, a los cuales se oponía un bloque centralista, igualmente intransigente, en Castilla. Estos movimientos autonomistas, aunque tenían hondas raíces en la historia de España, habían tomado recientemente un carácter de rebelión por parte de los intereses industriales en España contra el gobierno de los terratenientes. Así, el movimiento revolucionario de 1917 tenía fines paralelos a la revolución liberal inglesa de 1832. Por otra parte, la espina dorsal del centralismo castellano era el ejército, quien sacaba su fuerza de la clase media propietaria de tierras que, a su vez, había sido la principal ganadora en la abortada revolución liberal del siglo XIX.

El ejército, naturalmente, apoyaba a las otras fuerzas conservadoras que lo rodeaban, el rey y la Iglesia, aunque en el caso de esta última había un límite a la ayuda que se le podía prestar, dado el hecho de que las pretensiones de la Iglesia eran tan elevadas que ningún cuerpo de opinión del país podía sostenerlas. La trayectoria propia del ejército era anticlerical. Un rasgo ulterior fue la unión que mantuvo con ciertos partidos políticos que representaban exactamente los mismos intereses materiales e incluso las mismas familias que el ejército.

Las clases trabajadoras estaban igualmente divididas en dos secciones: socialistas y anarcosindicalistas. La diferencia era también, hasta cierto punto, de carácter regional. Pero, aunque podemos afirmar con bastante seguridad que el socialismo, en su conjunto, representaba al centralismo castellano y el anarcosindicalismo al movimiento federal y autónomo del este y del sur, también podemos sostener que el socialismo defendía al proletariado urbano y a los empleados de comercio y el anarcosindicalismo a los labradores sin tierra de los grandes latifundios, con la sola excepción (grande, ciertamente) de Cataluña.

Como ya hemos señalado más arriba, una solución agraria en España, si semejante cosa fuese posible, reduciría al anarcosindicalismo a las dimensiones de un movimiento puramente catalán. En una España socialista el anarcosindicalismo catalán tendría las mismas relaciones con Madrid que la Lliga y la Esquerra han tenido con los partidos monárquicos: aparecería como un movimiento separatista catalán.

Bajo la inquieta acción revolucionaria de los últimos cien años yace la cuestión agraria. Labradores reaccionarios de Navarra carlistas, campesinos ofendidos en Cataluña ( rabassaires), jornaleros insurrectos en Andalucía anarquistas, campesinos hacendados y labradores de la meseta central y de Extremadura socialistas todos han contribuido a la extrema confusión. Las condiciones bajo las cuales vivían eran tales que nadie podrá negar que tenían perfecta razón para actuar como lo hacían. Cuando recordamos que las masas urbanas estaban, por aquel tiempo, casi todas bajo la influencia de los jefes socialistas o anarcosindicalistas no podemos por menos que maravillarnos de que España fuese aún gobernable. Era evidente que, como no se introdujesen reformas agrarias muy radicales pronto dejaría de serlo. Pero, sucedió desgraciadamente, que estas reformas eran muy complejas y difíciles.

La cuestión agraria no puede ser resuelta, como en otros países de Europa, distribuyendo individualmente parcelas o lotes de tierra a los campesinos y proporcionándoles algunos créditos. Las soluciones colectivas son, a menudo, necesarias. Ello presupone un amplio cuadro de consejeros técnicos, una gran cantidad de tiempo y de paciencia y una capacidad de organización; cosas estas que la administración española no ha poseído nunca. Había también por parte de los partidos no socialistas, fuertes objeciones a la organización de los campesinos sobre una base colectiva. Y hasta que la cuestión agraria no se resolviera o, al menos, se mejorara considerablemente, no podía haber esperanza de una pacífica vida de desarrollo para España.

Elecciones Generales 28-VI-1931

Entre las viejas clases gobernantes —ejército, Iglesia y terratenientes— y los campesinos y obreros de fábricas se alzaba una entidad frágil pero muy activa políticamente: la clase media baja de las ciudades. Esta clase era quien había tomado la dirección de todas las revoluciones que hablan pasado por España desde 1856 y que, salvo por pequeños periodos revolucionarios, no había disfrutado nunca del poder.

Bandera tricolor de la República Española

Bandera de España adoptada oficialmente por decreto del 27 de abril de 1931 de la Presidencia del Gobierno Provisional de la República. Posteriormente este cambio fue institucionalizado en el primer artículo de la Constitución de 1931 que señalaba: [...] La bandera de la República española es roja, amarilla y morada. [...]

Recientemente había perdido un número considerable de sus componentes, especialmente entre la clase artesana, que se hablan aliado con los socialistas y con los anarcosindicalistas, pero habla sido compensada en parte, por el aumento en número de pequeños comerciantes que formaban el grueso de sus miembros. Ahora, aunque dividida en varios grupos, que se combinaban y fusionaban fácilmente, era el meollo de los partidos republicanos.

El ochenta por ciento de los intelectuales, maestros de escuela y periodistas junto con un buen número de clases profesionales, simpatizaban con ella. Su centro político de gravedad correspondía a lo que se suele llamar en Inglaterra opinión radical y, a semejanza de los partidos liberales de la primera mitad del siglo XIX, era fuertemente anticlerical.

La tarea que esperaba en delante a este partido y a sus aliados era singularmente difícil. De un lado estaban las viejas clases gobernantes conducidas por el ejército, que aprovecharían la primera oportunidad para alzarse en contra suya. Habiendo conseguido derribar a todos los gobiernos de izquierdas que habían existido durante los últimos cien años no había razón para dudar de su habilidad para derribar también a este.

De otro lado, estaban las clases trabajadoras y lo campesinos, conscientes de su fuerza, impacientes por la larga espera e inspirados por ideologías revolucionarias. Los partidos republicanos, que eran comparativamente débiles y sujetos a grandes fluctuaciones en el número de sus componentes, habían de mantener el equilibrio entre estas dos fuerzas amenazadoras mientras se realizaban las reformas esenciales. Y por esencial no me refiero meramente a aquellas reformas políticas por las cuales los republicanos tomaban un interés especial, sino a satisfacciones mucho más sólidas y que les habrían proporcionado un apoyo seguro en el país. Estaban llamados a realizar, no un revolución socialista, sino una revolución de tipo jacobino, largo tiempo esperada y debida y que arrebataría el poder a los terratenientes y lo darla a las clase medias respaldadas por unos campesinos satisfechos.

El principal problema, que hubieran tenido que resolver era, como ya he dicho, la compleja cuestión agraria Pero, había otra dificultad que era igualmente considerable aunque ha sido generalmente pasada por alto. Esta dificultad derivaba del hecho de que habían llegado al poder en el momento en que todos los partidos en España, tanto los de la derecha como los de la izquierda, habían estado aumentando constantemente sus fuerzas y se habían encontrado en pugna durante los últimos treinta años.

El ejército, aunque temporalmente mantenido a raya por la caída de la Dictadura, era más agresivo aún que en 1900. La Iglesia, exactamente lo mismo. De las fuerzas de derechas, solamente la Monarquía había perdido. En cuanto a las izquierdas, socialistas y anarquistas se encontraban desmesuradamente más fuertes y seguros que nunca. Es cierto que la República llegó en medio de una ola irresistible de popularidad y que entre las opiniones más o menos neutrales había un deseo de reformas. Tanto como duró este sentir, no hubo que temer ataques de ningún lado. Pero, no se puede confiar mucho tiempo en los neutrales y no había razón para creer que su entusiasmo vencería los primeros desengaños. Era de esperar, por esta causa, que tan pronto la ola de entusiasmo pasara, las fuerzas revolucionarias de derecha y de izquierda se enfrentarían una a otra sin más separación que el débil partido republicano.

Debemos recordar que fue la victoria de los partidos republicanos de las grandes ciudades en las elecciones municipales de abril de 1931 la que envió al rey al exilio. Las elecciones para unas Cortes Constituyentes tuvieron lugar dos meses después. Estas dieron, tanto en las ciudades como en los distritos rurales, una enorme mayoría a los republicanos y a sus aliados socialistas.

Los grupos republicanos de izquierda obtuvieron unos 150 diputados; los republicanos de derechas, pocos más de 100 (el partido más numeroso entre ellos, el Radical, obtuvo 90); los socialistas obtuvieron 115. Los partidos que no habían deseado la proclamación de la República obtuvieron poco más de 50 diputados y de estos solo 19 eran monárquicos decididos. Pero, estas cifras no pueden mostrar cuán grande y estrepitoso fue el derrumbamiento. Las mayorías por las cuales los partidos republicanos vencieron en las ciudades fueron colosales; en Madrid llegaron a 120 000 y en ciudades más pequeñas, a 30.000. El país entero, con notoria unanimidad, se volvió contra la Dictadura y contra el rey.

Las Cortes elegidas en julio prometieron ser, en toda ocasión, dignas de la tarea que habían sido llamadas a realizar. La distinción personal de muchos de sus miembros era evidente. Durante los últimos años la vida española había llegado a un pináculo de cultura e inteligencia como no había conocido desde mediados del siglo XVII.

Los nuevos hombres elegidos —pocos de ellos se habían sentado anteriormente en otras Cortes—, estaban llenos de la prestancia y capacidad que su cargo requería. Aquello era una asamblea de notables, tanto como una delegación de los intereses de la nación.

Hemos visto que los partidos, que habían traído la República se dividieron naturalmente en tres secciones: los socialistas, los republicanos de izquierda y los republicanos de derecha. El Partido Socialista estaba, en aquel momento perfectamente unido. Sus dos figuras principales, Francisco Largo Caballero e Indalecio Prieto estaban de acuerdo en entrar en el gobierno en colaboración con los republicanos. Sólo Besteiro, adoptando lo que podríamos casi llamar o actitud sindicalista, disintió de este punto de vista, pero aceptó el puesto de presidente de las Cortes.

La derecha republicana

El ala derecha republicana estaba compuesta principalmente por el llamado Partido Radical cuyo jefe era Alejandro Lerroux. Los radicales tenían una reputación un tanto oscura. Aparecieron súbitamente en Barcelona en 1904 como un partido demagógico, violento y anticlerical; fueron apoyados por los gobiernos liberales de la época para mantener a raya a los nacionalistas catalanes y, durante el tiempo en que dominaron el ayuntamiento de Barcelona realizaron especulaciones con las que hicieron grandes sumas de dinero.

Después de 1909 muchos de los que los sostenían los abandonaron para irse, bien con los sindicalistas, bien con los partidos catalanes de izquierda, y ellos entonces se inclinaron más hacia las derechas. La caída de la Monarquía hizo de ellos el partido del republicanismo conservador.

Por todo el país, la clase media y la clase media inferior, que estaban cansadas del rey y que sentían poco amor por el ejército y por la Iglesia, votaron por ellos. Preparados al principio para realizar algunas reformas, cogieron miedo al ver extenderse la agitación por todo el país.

Los radicales eran, además, el único partido en las Cortes dirigido por políticos de la antigua escuela quienes no siempre se preocupaban de los medios por los cuales obtenían dinero. Su caudillo, Lerroux, era un hombre de origen humilde, que se había elevado, nadie podía decir cómo, y que era propietario de una casa espléndida y de propiedades considerables.

Sus deudas eran famosas. Prototipo del vulgar político latino de la primera década del presente siglo , tanto él como su partido estaban fuera de lugar en aquellas Cortes de entusiastas que estaban allí para construir, cada uno según sus propias ideas, una nueva España.

Lerroux era hijo de un brigada, y fue educado por un tío suyo que era cura y con el cual actuó primeramente de monaguillo y luego de sacristán. La educación recibida durante su infancia dejó en él una gran aversión contra todo lo relacionado con la religión. Después de una carrera aventurera como periodista y orador, fundó el Partido Radical, el cual, gracias en parte a las misteriosas sumas de dinero que le llegaban, gracias también a su violenta oratoria, obtuvo un éxito inmenso, rápido y popular en Barcelona.

La izquierda republicana

Los republicanos de izquierda, que formaban el grupo más numeroso de las Cortes, se componían de la Esquerra (el partido nacionalista catalán de izquierda) y de tres partidos españoles más, cuyos antecedentes y puntos de vista eran similares: Acción Republicana, dirigido por Manuel Azaña; Radical Socialista, que incluía a Marcelino Domingo y a Álvaro de Albornoz, y los republicanos de Galicia que seguían a Casares Quiroga. Sus puntos de vista eran lo que en Inglaterra se podría llamar radical.

Representaban a los más activos y progresistas miembros de la clase media y clase media inferior. Tenían un programa de reformas que esperaban les daría el apoyo suficiente de la clase trabajadora para detener al movimiento revolucionario que venía creciendo sin cesar desde 1917. Aspiraban, en otros términos, a la conclusión de la revolución liberal que había empezado en 1812, pero que los pronunciamientos militares, las Cortes reaccionarias y la Iglesia, que aún vivía con las ideas del siglo XVII, habían paralizado.

Como era de suponer, estos partidos republicanos de izquierda contaban en sus filas con gran cantidad de intelectuales. La famosa generación del 98, cuyas convicciones políticas habían sido formadas por la pérdida de los últimos restos del imperio colonial; como también lo mejor de las clases profesionales doctores, abogados, y profesores de universidad que debían su posición a la magnífica educación que habían recibido en la Institución Libre de Enseñanza, simpatizaban con ellos.

Contaban con la gran mayoría de los maestros de escuela Su cuartel general era el Ateneo de Madrid, famoso centro político y literario que había contado entre sus miembros a las figuras más distinguidas de la vida española, durante los últimos cien años. El Ateneo había sido cerrado por Primo de Rivera —cosa que el gobierno más reaccionario de Isabel II no se hubiera atrevido a hacer— y desde ese momento vino a ser el foco del movimiento republicano. Pocos meses antes de la caída de la Monarquía, Azaña había sido ya elegido como su presidente.

Mucho se ha hablado acerca de la masonería de los partidos republicanos. En realidad, casi todos los políticos monárquicos y la mayoría de los generales del ejército, antes de 1931, eran masones. Hasta del mismo rey, se decía que era masón, y católicos practicantes ocuparon, a menudo altos cargos en las logias. Es decir, que la masonería había cesado de ser política o anticlerical y se había convertido en una sociedad de ayuda, como lo es en lnglaterra. Pero, hacia 1930, los republicanos empezaron a invadir las logias restaurandolas en sus antiguas funciones. Durante los primeros años de la República, las logias de Madrid constituían un lugar muy adecuado para reuniones de los políticos republicanos y un enlace entre los radicales y los grupos que seguían a Azaña. En términos generales, podemos decir que ser masón significa, aunque en un aspecto tenue, pertenecer a la tradición liberal del siglo XIX.

Así, entre los socialistas Prieto era masón, pero largo Caballero no lo era; entre los católicos conservadores, Alcalá Zamora y Miguel Maura, pero no Gil Robles; entre los generales, Sanjurjo, Mola, Queipo de Llano, Batet y Goded, pero no Franco. Unos pocos intelectuales anarquistas eran masones, pero según parece, no lo eran los marxistas auténticos.

El primer gobierno

El primer gobierno de la República se formó en julio e incluía miembros de todos los partidos republicanos. Procedió al instante a la discusión de una nueva Constitución. A esto siguieron ciertas leyes complementarias de las que las más importantes eran el Estatuto Catalán y la ley de reforma agraria.

Durante cierto tiempo el trabajo en las Cortes marchó rápida y normalmente. El Comité revolucionario que había traído la República, se esforzó en fijar las líneas generales de la Constitución de manera que cualquier desacuerdo imprevisto no la hiciese naufragar. No se había olvidado el fracaso de la primera República en 1873. Así, uno de los primeros actos del gobierno provisional fue el de crear una comisión que debería trazar las líneas generales dentro de una forma legal que pudiera ser debatida en las Cortes.

El resultado de esta cuidadosa preparación fue que los primeros veinticinco artículos fueron aceptados, después de su debida discusión, en un lapso de tiempo de tres meses. El artículo veintiséis que trataba de la situación de la Iglesia en el nuevo Estado fue el que provocó la primera oposición seria y, finalmente, una crisis que derribó al gobierno.

La Iglesia

El motivo de esta crisis fue el siguiente: la Comisión Jurídica, creada por el gobierno provisional, había redactado un artículo en el cual se declaraba a la Iglesia separada del Estado, pero se le daba la posición de una corporación especial de derecho público. Por los términos de la misma, dicha corporación podría tener sus escuelas propias y, con ciertas condiciones, practicar la enseñanza de la religión en las escuelas del Estado.

El matrimonio canónico sería considerado legal, y las funciones eclesiásticas públicas podrían ser ejercidas, siempre y cuando aquéllos que tomaran parte en ellas hubiesen prestado juramento de fidelidad a la República. Un acuerdo semejante hubiera sido aceptado por la mayoría de los católicos. Se atenía a la sentencia de Ortega y Gasset de que tratando con un cuerpo histórico e internacional como el de la Iglesia, debemos ser generosos en razón de las fuerzas del pasado que representa, pero debemos también actuar con cautela.

No obstante, la mayoría de las Cortes halló las concesiones que se hacían en este bosquejo demasiado amplias. Argumentaban que garantizar un estatuto especial a la Iglesia era tanto como reconocerle derechos soberanos y confeccionaron un artículo por el cual era considerada como una asociación ordinaria y sujeta a las leyes del país. Además, la donación anual que el Estado hacía al clero (unos 67 millones de pesetas) debía cesar, los órdenes debían ser disueltas y sus bienes nacionalizados y todas las escuelas religiosas, con excepción de los Seminarios, habían de ser cerradas.

Para comprender las razones de esta agresiva actitud anticlerical debemos tener en cuenta no solo la historia de la Iglesia española durante los pasados cien años, sino también su actitud reciente. La República había llegado como una reacción contra la Dictadura y contra la Monarquía: la Iglesia había sido el más fuerte sostén de ambas.

Durante las últimas elecciones identificó deliberadamente los intereses de la Monarquía con los de la religión católica. En la prensa católica y en el púlpito los candidatos republicanos fueron a menudo denunciados como vendidos al oro de Moscú . Además, dos semanas apenas después de la proclamación de la República el cardenal Segura, primado de España, publicó una violenta pastoral contra el gobierno. Es verdad que la mayoría de las jerarquías mostraron una actitud más correcta, pero ello se interpretó más por prudencia que por buenas Intenciones La clase trabajadora, de todo modos, no tenía dudas acerca de quién podía ser su peor enemigo.

Como réplica a una demostración en un centro monárquico y a un artículo del ABC, las muchedumbres atacaron una nueva iglesia jesuita en Madrid prendiéndole fuego y al día siguiente la conflagración se esparció como por obra de magia, por toda España. Docenas de iglesias y de conventos fueron destruidos especialmente en Andalucía.

Sólo en seis grandes ciudades (Madrid, Sevilla, Málaga, Granada, Murcia y Valencia) 102 iglesias y conventos fueron completamente destruidos. En los muros de la nueva iglesia jesuita había escrito con tiza lo siguiente: La justicia del pueblo, por ladrones. Estos ataques y la aparente facilidad con que fueron realizados (debido a la sorpresa o al pánico, no a la indiferencia: el ministro de gobernación, Miguel Maura, era conservador y católico), produjeron síntomas de fuerte emoción religiosa entre los católicos. Las damas catequistas recorrían las calles cantando himnos. Se organizaron peregrinaciones para adorar el Santo Sudario en Oviedo. Hubo también una sorprendente serie de milagros. Reliquias arrojadas a las llamas quedaban intactas; un comunista que disparó su revólver contra un crucifijo, cayó de espaldas muerto. Los milagros nunca estuvieron pasados de moda en España y durante los años siguientes se iban a dar en abundancia

El voto de la mayoría de las Cortes demostró que los diputados estaban aún bajo el efecto de aquellas emociones. Podían haber argumentado que puesto que no más del 20 por ciento de los habitantes de España eran católicos practicantes, la única cosa que hacían era reducir la Iglesia a sus justas dimensiones e importancia. Podían haber añadido que no era justo que los españoles no católicos contribuyeran a los gastos del culto.

Pero, de hecho en sus acciones y discursos demostraron que veían en la Iglesia el principal sostén y mantenimiento de la reacción y querían, destruyendo sus reservas económicas y sus derechos a la educación de la juventud, destruir su poder de una vez y para siempre en el país. No parece que se les ocurriera que con una conducta más prudente podían haber conseguido apoyo incluso dentro de la Iglesia. Muchos de los curas párrocos habían votado por la República. Eran, en su mayor parte, extremadamente pobres, mientras que las órdenes monásticas nadaban en dinero y los obispos percibían grandes ingresos. Solamente el arzobispado de Toledo suponía 600.000 pesetas anuales.

Pero, naturalmente, cuando vieron que las Cortes, de las cuales esperaban que harían algo por ellos, votaron también por el cese de sus ingresos cambiaron de actitud y se hicieron rabiosamente antirrepublicanos. La República había creado también esperanzas entre los elementos más sinceros de la lglesia: los intelectuales católicos y todos aquéllos que pensaban que la religión debe de ser algo más que un medio de sostener al rico contra el pobre. Estos incluían algunas órdenes dedicadas a la enseñanza y cuyos miembros habían estudiado en el extranjero. Favoreciéndolos, los republicanos hubieran ayudado a la Iglesia española en su elevación hacia el nivel moral del catolicismo de otros países y, además, hubieran conseguido un apoyo que necesitaban vitalmente. Pero prefirieron, en el momento del triunfo, arrojar el guante.

Y su acción dividió al gobierno. Después de prolongada discusión el ministro le la Guerra, Azaña, consiguió una modificación del proyecto por la cual las órdenes religiosas, con excepción de los jesuitas, quedaban autorizadas (aunque no podrían dedicarse a la enseñanza) y la subvención del Estado a la lglesia continuaría durante dos años más. Esto fue acordado, después de acalorada discusion pero el presidente del Consejo de Ministros, Alcalá Zamora y Miguel Maura, ministro de Gobernación (ambos conservadores), dimitieron y los diputados vascos abandonaron las Cortes rehusando volver a ellas (54).

La imprudencia de esta medida resulta hoy evidente. No hay que olvidar que ha sido siempre un asunto serio el legislar contra la religión en España. La mera abolición de la Inquisición por las Cortes en 1812 condujo a terribles persecuciones por la Iglesia y a una larga guerra religiosa.

En las Cortes revolucionarias de 1869, una cláusula que permitía el matrimonio civil y la libertad de cultos para los no católicos fue aceptada solo después de varias semanas de discusión, aunque ninguna de las otras medidas de esta Constitución radical hallaron una oposición seria. Los republicanos, por lo tanto, buscaban pelea al atacar tan temerariamente a la Iglesia. No solamente estaban perdiendo cierto número de sus sostenedores y enajenándose a muchos indecisos, sino que daban con ello a la reacción un motivo de protesta que estaba deseando encontrar. La consecuencia lógica de su acto fue que, en adelante habrían de confiar menos en el apoyo de la clase media y más en el de la clase trabajadora si no querían hundirse. Pero, absorbidos como estaban por las pasiones políticas del momento, no pudieron ver todo esto.

Otra consecuencia, menos importante, fue el efecto que la inhibición de las órdenes religiosas de la enseñanza causó en la educación. La mitad de las escuelas secundarias de España se vieron amenazadas con el cierre. El efecto causado sobre las escuelas primarias fue igualmente serio. En Madrid, por ejemplo, 37.000 niños recibían educación en las escuelas del Estado; 44.000 en escuelas privadas, la mayoría regidas por órdenes religiosas, y 45.000 no recibían educación ninguna. Para llenar el hueco de las escuelas religiosas hacían falta 2.700 nuevas escuelas estatales 56.

Sin embargo, en 1933 poco había sido hecho para proveer a la nación de esas escuelas. Debemos admitir que, a pesar de la propaganda llevada a cabo por los partidos republicanos, sus realizaciones en el terreno de la educación no pasaron muchas veces del papel. No era porque les faltase buena voluntad.

Por el contrario, ellos fueron el primer grupo de hombres que trató la materia seriamente, pero el problema requería algunos años de preparación y gran cantidad de dinero si se querían obtener buenos resultados. Igualmente, la disolución de los jesuitas no consiguió los resultados apetecidos. Se halló que sus propiedades estaban todas bajo otros nombres, mientras que el hecho de que sus miembros habían cesado nominalmente de pertenecer a una orden les dejaba libres para continuar su labor de educación.

El Bienio Social-Azañista

El debate sobre la cuestión religiosa puso en primer plano a Manuel Azaña. Este era un hombre completamente nuevo. Hasta la caída de la Dictadura había sido desconocido, salvo por un pequeño grupo de amigos. No poseía un aspecto atractivo. Pequeño, rechoncho, de una complexión biliosa, de mirada fija e inexpresiva, hacía pensar a la gente que lo veía por primera vez, en un sapo o una rana. Su historia carecía de incidentes notables.

Nacido, como Cervantes, en Alcalá de Henares, en una casa situada entre dos conventos, había perdido a sus padres siendo niño y tuvo una infancia dura y sombría, los dos años que estuvo estudiando leyes en el colegio de los Agustinos en El Escorial dejaron en él una profunda antipatía hacia la Iglesia.

Desde entonces había vivido solo en su casa de Alcalá o en Madrid, viendo a poca gente y abismado en sus libros. Había escrito, pero sin gran éxito. Sus principales producciones fueron una novela autobiográfica de la que vendió pocos ejemplares y traducciones de Bertrand Russell y de la Biblia en España de Borrow.

Después se inclinó hacia la política durante algún tiempo actuó como secretario de uno de los pequeños partidos republicanos creados durante los años que precedieron a la Dictadura.

Su principal centro, donde en adelante siempre se le hallaría, fue el Ateneo. Fue elegido presidente de este famoso centro político y literario en 1930 y fue su actividad, organizando allí un movimiento republicano durante los últimos meses de la Monarquía y lanzando un partido que obtuvo veintiséis puestos en las Cortes Constituyentes, la que le proporcionó un puesto en el gabinete.

Como ministro de la Guerra demostró firmeza y tacto al depurar el ejército, y su fuerte personalidad se hizo sentir entre los otros miembros del gobierno llegando a ocupar la presidencia del Consejo de Ministros. Durante el tiempo de estas Cortes fue, indiscutiblemente, la primera figura, El hombre que tiene delante un brillante porvenir, como lo llamaba el trotskista Maurín, hasta el surgimiento del movimiento socialista revolucionario, dominó la escena política. Había varias razones para ello.

En primer lugar, era un hombre de acción y se hacía temer por los enemigos de la República, viniesen estos de la izquierda, como los anarquistas, o viniesen de la derecha, como los generales. Demostró entonces, más que cualquier otro político republicano, tener las cualidades de un parlamentario y hombre de Estado, sin comprometer nunca su honradez. Gracias a su dirección y persistencia se pudo conducir la enorme masa de la nueva legislación a través de unas Cortes más y más recalcitrantes.

Pero, la causa de la grandeza de Azaña es mucho más honda que todo eso. Así como Abraham Lincoln vivió para la democracia americana y vino a ser el símbolo de la misma, Azaña vivió y encarnó la idea de la República española. La République, cest moi, este era el estribillo de la mayoría de sus discursos, siendo su sinceridad y convicción tales que, a pesar de sus a menudo desmesurados proyectos, nunca fue acusado de ambición ni aun por sus enemigos. Es menos importante en España ser amado que ser respetado.

La Constitución quedó terminada al final del año y se eligió el primer presidente de la República. El hombre escogido fue Niceto Alcalá Zamora, que había sido presidente del Gobierno provisional. Don Niceto era un andaluz, abogado y propietario de tierras, el hombre más apropiado para ser presidente de una república latina sólidamente establecida, altamente respetable, extremadamente concienzudo, un banal aunque florido orador y, a todas luces, un poco ridículo a los ojos de los españoles, que lo llamaban el Botas. Había sido protegido de Romanones y, había tenido una cartera en uno de los últimos gobiernos de Alfonso XIII. Habiendo sido vilmente tratado por el rey, se dejó llevar por el rencor y se hizo republicano.

En las elecciones que habían traído al nuevo régimen había obtenido mayorías enormes en algunas de las grandes ciudades porque la clase media conservadora y católica había votado por él, ya que representaba la garantía de que la República no se inclinaría hacia la izquierda. Como católico sincero aceptó la presidencia con la esperanza de poder enmendar, algún día, las cláusulas anticlericales de la Constitución.

Al mismo tiempo, Lerroux y el partido radical salieron del gobierno y adoptaron una actitud neutral. Azaña formó un nuevo gabinete con republicanos de izquierda y socialistas.

Un conato de alzamiento anarquista tuvo lugar en el valle del Llobregat en enero de 1932 y las huelgas, que habían seguido su curso durante todo el mes de octubre, empezaron otra vez. Azaña mostró tener mano dura con los anarquistas y deportó a muchos de ellos a África, conducta que le enajenó a los trabajadores, pero que le concilió a la burguesía la cual empezaba a pensar que la república no era tan mala como habían creído, la nueva ley sobre el divorcio fue aceptada a pesar de la oposición de la Iglesia y empezó la discusión simultánea del estatuto catalán y de la ley agraria.

Con anterioridad a la implantación de la Dictadura, el único partido político de alguna importancia en Cataluña había sido la Lliga. Como hemos visto, era este partido de la burguesía católica y conservadora, pero de un conservadurismo basado, como el inglés, en la industria y no en los latifundios. En 1917 se sumó, por un momento, a los socialistas y a los pequeños partidos republicanos en una actitud revolucionaria. Después del fracaso de esta aventura, se hizo más conservador y clerical.

Las luchas sindicalistas en los años 1919-1923 lo llevaron más aún hacia las derechas, mostrando que su nacionalismo local contaba mucho menos que su sentimiento de clase, Terminó aliándose con el ejército, esto es, con la fuerza más anticatalana de toda España, y se congratuló por el golpe de Estado que trajo a la Dictadura. Cuando Primo de Rivera demostró su ingratitud destruyendo la Mancomunidad, como se llamaba la moderada forma de autogobierno entonces en boga y arrasando todos los elementos de la cultura catalana, la Lliga perdió gran parte de su anterior influencia.

La Dictadura, no obstante estimuló fuertemente los sentimientos nacionalistas catalanes que llegaron a extenderse entre la clase media inferior. Ante el descrédito de la Lliga, esta clase media pensó ingresar en alguno de los pequeños grupos nacionalistas, con tendencias izquierdistas que entonces existían. El resultado fue la coalición de grupos de izquierda en un solo partido, la Esquerra o izquierda catalana.

Esto fue de fácil realización con el descubrimiento de un jefe ideal en la persona del coronel Maciá, alto y hermoso gentilhombre de cabellos y bigote, blancos, quien se convirtió en un héroe nacional organizando ineficaces complots desde el otro lado de la frontera francesa. Cuando cayó Primo de Rivera, Cambó, el jefe de la Lliga, arruinó finalmente su partido con sus tentativas de sostener al rey. En las elecciones de abril de 1931, la Esquerra venció en toda la línea y Maciá volvió en triunfo.

En las elecciones para las Cortes, en junio, la Esquerra tuvo un triunfo aún más rotundo. Sus votos fueron cinco veces más numerosos que los de la Lliga en toda Cataluña. En Barcelona, sus catorce candidatos fueron elegidos, frente a uno solo de la Lliga. Solamente Macia obtuvo 109.300 votos, Cambó, su rival se habla hecho tan impopular con su apoyo al rey, que hubo de alejarse del país

Un amplio estatuto de autonomía para Cataluña se había convertido en una necesidad. Ciertamente, el impetuoso coronel había proclamado una República Catalana independiente, desde el balcón de la Generalidad, al día siguiente de saberse el resultado de las elecciones. Esto fue rectificado pronto, pero pocos meses después, cuando un bosquejo de estatuto presentado por un comité de las Cortes fue sometido a votación, un 99 por ciento de los votos se manifestó a su favor.

El estatuto fue presentado a las Cortes en mayo del mismo año. Durante meses fue apasionadamente discutido, pero al fin, despojado de unos pocos de sus privilegios, fue aceptado (septiembre 1932). Los prejuicios castellanos contra el estatuto catalán fueron vencidos solamente por la persistencia de Azaña, que se sintió recompensado al comprobar que la República había ganado su más decidido sostenedor en el pueblo catalán. Tan intensa fue la oposición del ala derecha castellana a la autonomía catalana que Antonio Royo Villanova, un diputado que había dirigido la oposición en las Cortes, se convirtió en un héroe y fue elegido por diferentes localidades a la vez en las elecciones de 1933.

La Sanjurjada

Pocas semanas antes de ser aprobado el estatuto catalán, estalló en Sevilla una insurrección militar. Su jefe era Sanjurjo, un militar que había cobrado cierta fama en Marruecos y que era muy popular entre las tropas. Un año antes, como director general de la guardia civil, hizo posible la venida de la República sin derramamiento de sangre, al rehusar poner sus fuerzas a la disposición del rey, Su pronunciamiento fue derrotado por una huelga general de la CNT antes de que pudiera obtener alguna ayuda.

Un alzamiento simultáneo de los monárquicos, que intentaron apoderarse del Ministerio de la Guerra, fue sofocado sin dificultad en Madrid. El movimiento de Sanjurjo fue una protesta contra el Estatuto catalán y la ley de la reforma agraria que estaban siendo debatidos por entonces, e incluso se dijo que el general había recibido el apoyo secreto de varios políticos republicanos. Sus fines no eran, probablemente, la restauración de la Monarquía, sino una República conservadora en la cual el ejército hubiera tenido la parte del león.

La facilidad con que el gobierno sofocó estos alzamientos le dio una fuerza inmensa, la consecuencia inmediata fue la rápida aceptación del Estatuto catalán y de la ley de la reforma agraria, cosas ambas que habían ocupado todo el verano. La represión, no obstante, fue considerada por algunos como innecesariamente severa.

De los 157 inculpados, la mayoría fueron hallados culpables y deportados a Villa Cisneros, una saludable aunque excesivamente desagradable colonia en la costa africana. Dos príncipes borbónicos estaban entre ellos. Sanjurjo fue condenado a largos años de prisión. Por decreto especial aceptado en las Cortes antes de que empezaran los juicios, las propiedades de los rebeldes fueron confiscadas y entregadas al Instituto de Reforma Agraria.

Reforma agraria

El éxito o el fracaso de la República dependía claramente de su habilidad para conciliarse la clase trabajadora. Esto quiere decir que debía asegurar un aumento en los ingresos sin aumentar el desempleo. Pero, también debía contar con su destreza para llevar a efecto serias medidas de reforma agraria. Esto hubiera sido visto por la clase trabajadora como la prueba de su sinceridad y hubiera dado al régimen a la larga, la estabilidad que necesitaba. Veamos el éxito que tuvo en ello. No fue muy afortunado para la República el que la crisis mundial empezara justo poco antes de su advenimiento. El régimen de Primo de Rivera se benefició grandemente de la prosperidad efímera que suele preceder a las crisis económicas ya que sin ello no hubiera podido mantenerse por largo tiempo.

Ello produjo un alza en los precios de los productos de la agricultura, que condujo al cultivo de grandes áreas de tierra de mala calidad y, en consecuencia, a una disminución del desempleo y a un ligero mejoramiento en los sueldos, la crisis produjo efectos contrarios: los precios de los productos agrícolas bajaron, una gran cantidad de tierra dejó de ser cultivada y el desempleo alcanzó cifras jamás conocida hasta entonces.

El gobierno provisional publicó algunos decretos con el fin de remediar la desastrosa situación de las zonas rurales; los salarios fueron casi duplicados (debe recordarse que, siendo temporeros la mayor parte de los trabajadores agrícolas en España, los salarios han de ser lo suficiente elevados para poder cubrir el desempleo consiguiente); los terratenientes estaban obligados a cultivar toda su tierra; los que trabajaban haciendas en arriendo recibieron el derecho de protestar ante los tribunales contra el aumento de la renta siendo protegidos contra cualquier desposesión caprichosa; por último, se estableció la jornada de ocho horas.

Más tarde, bajo la presión de los socialistas, se acordaron otras medida tales como una ley de términos municipales que impedía a los dueños de las tierras emplear, a bajo precio, mano de obra de fuera de pueblo y una ley de jurados mixtos que establecía un tribunal al que acudían trabajadores y patronos para decidir horarios de trabajo, salarios, y para entablar discusiones de carácter industrial. Esto era una modificación de los comités paritarios creados por Primo de Rivera, pero arreglados de modo para que fuesen más favorables a los trabajadores.

La justificación de la ley de términos municipales fue la costumbre que tenían los terratenientes de ocupar labradores, llegados de Galicia, de Portugal y de los pueblos de montaña próximos, para que hiciesen competencia a los de la localidad. Pero, sus previsiones fueron excesivamente extremadas. En efecto, perjudicaban los miserablemente pobres y desorganizados campesinos de los pueblos pequeños, quienes dependían de dinero que ganaban durante la cosecha para vivir todo el año, en provecho de los labradores de las grandes propiedades que estaban, por lo regular, sindicados en la UGT o en la CNT

La inquietud empezó a cundir, no obstante, por las zonas rurales mientras la discusión sobre la Constitución continuaba, cosa que no interesaba a la clase trabajadora, y nada se hacía sobre la reforma agraria. Había habido una esperanza general de que las grandes propiedades serían expropiadas y la desilusión fue grande cuando se vio que nada se haría en ese aspecto.

Aquellos dos años (1931-1932) fueron además, un periodo de expansión anarcosindicalista: sus recios ataques a la participación de los socialistas en el gobierno y su actitud de no tener nada que ver con la legislación social votada por las Cortes produjeron una atmósfera revolucionaria en el campo, que venía a favorecer bien poco cualquier proyecto agrario.

Pero la razón principal de aquella peligrosa tardanza en acometer, la cuestión fue el desacuerdo entre socialistas y republicanos sobre la forma que se le había de dar. Los proyectos sobre la reforma agraria habían sido enfocados hacia la desaparición de las grandes propiedades. Pero, los republicanos querían que la tierra así obtenida fuese dividida en individuales, los socialistas pedían que fuese trabajada en forma colectiva. La diferencia era algo más que un principio abstracto: ello envolvía el futuro del socialismo y del republicanismo burgués español. Los republicanos sabían que el éxito de su régimen dependía, a la larga, de su capacidad para conseguir unos campesinos agradecidos a sus protectores y lo suficientemente conservadores como para formar un valuarte contra la revolución.

Los socialistas se daban cuenta de que tenían que evitar esto a toda costa y en su lugar proponer una organización colectiva de la tierra, que en Castilla y en Extremadura quedaría a pesar de todo bajo su influencia. Excepto en los lugares anarquistas, esas colectividades vendrían inevitablemente a sindicarse a la UGT. Con ese fin, organizaron en 1931 la Federación Española de Trabajadores de la Tierra de la UGT, que en Cataluña incluía a los rabassaires catalanes, cuya afinidad política no estaba con los socialistas, sino con el partido radical de la Esquerra. Esta Federación empezó, al instante, un fuerte movimiento de propaganda en favor de las colectividades agrícolas.

La geografía apoyaba el plan de los socialistas. Por razones ya expuestas en otro capítulo, el lote individual de un pequeño campesino, en una región seca, es extremadamente difícil de sostener. El campesino está condenado a una lucha perpetua contra un ambiente desfavorable y, si no sucumbe a la primera sequía o no se hunde en deudas implacables, nunca logrará salir de una trituradora pobreza. Si, a pesar de ello, se establecieran lotes individuales en tierras sin riego, haría falta la más cuidadosa preparación para llevarlo a cabo. Máquinas modernas deberían ser adquiridas con una base comunal, un sistema de crédito debería ser organizado y los lotes cuidadosamente deslindados y divididos.

Más aún, solamente campesinos seleccionados podrían ocupar estos lotes y no ciertamente inexpertos labradores sin tierras. Pero, desgraciadamente, nada había de este material para una organización de alta escala de esa índole. Había gran falta de ingenieros y de consejeros técnicos y también pereza y falta de dirección entre los jefes republicanos, que contrastaba vivamente con su interés por las cuestiones políticas las cuales, por serles más familiares, podían ser debatidas ante las mesas del café o cómodamente arrellanados en los sillones del casino.

Había aún otro aspecto. La crisis mundial, como ya hemos dicho, había arruinado el mercado agrícola, los hacendados hubieron de suspender sus trabajos con el fin de conservar alguna solvencia.

Los propósitos de confiscación sobre algunos, tan pronto como estuviese en vigor la ley agraria, aumentaba la consternación general. Los bancos cesaron en sus créditos y, a pesar de las leyes y decretos para impedirlo, se cultivaba menos tierra. Los partidos republicanos tenían muchos prosélitos entre los pequeños terratenientes y estos hacían ahora sentir su influencia.

El resultado fue una ley agraria de muy modestas proporciones y que en la práctica resultó ser insignificante.

En conjunto, diremos que la ley agraria (aprobada en dos partes, en julio y en septiembre de 1932) creó un Instituto de Reforma Agraria compuesto de veintiún miembros y al que dotó con créditos anuales del Estado. Dicho instituto, actuando por medio de comités regionales, tenía que señalar las propiedades que debían ser expropiadas y la manera como debían ser explotadas las tierras así obtenidas.

En principio, toda propiedad de más de 22 hectáreas que no fuera trabajada por sus propietarios era susceptible de expropiación por parte del Estado. Una clase especial, los nobles, perdían sus propiedades sin derecho a reclamación alguna.

Se pagaba una compensación basada en la declaración de ingresos hecha por los propietarios pero, como casi todos ellos hablan falseado, en su beneficio, tales declaraciones, tenían que resignarse ahora a perder la mitad o la tercera parte del valor de sus propiedades.

El Estado recuperaba, así, parte del dinero perdido durante varias generaciones de falta de honradez. Este trato inferido a los nobles fue una medida política. Así como un s. antes, las tierras de la Iglesia fueron expropiadas porque los curas y los monjes apoyaban a la causa carlista, ahora los nobles se veían privados de sus tierras, con el fin de debilitar la influencia del rey desde el extranjero.

El alzamiento de Sanjurjo condujo a posteriores expropiaciones contra aquellos que estaban complicados en el mismo y para los cuales no hubo compensación alguna.

La propuesta hecha por Díaz del Moral en un discurso pronunciado en las Cortes el 10 de mayo de 1932 sugería que la expropiación fuera hecha convirtiendo la propiedad en un derecho real de censo. Esto se podía llevar a cabo sin ninguna perturbación de la estructura agraria: los arrendatarios pagarán el cuatro por ciento de interés sobre el valor de la tierra y tendrían absoluta garantía de permanencia en la misma. También propuso que algunas de las grandes propiedades se convirtieran en una experimental asociación de trabajadores de la tierra, provista de consejeros técnicos y de la maquinaria adecuada. Aparte de esto, se deberían dar lotes de buen tierra a los labradores sin tierras, cerca de sus casas, para que las trabajasen durante el desempleo temporal. Estas proposiciones parecían ser perfectamente recomendables.

El proyecto de reforma agraria que finalmente se adoptó estaba basado en parte sobre las teorías de Henry George y, en parte, sobre la experiencia de reparto de tierras en Checoslovaquia. Las colectividades que los socialistas querían introducir estaban basadas en los koljoses rusos (código Agrario ruso de 1922). No hay duda de que los socialistas ignoraban los detalles de las despiadadas colectivizaciones de abrumados campesinos que estaban siendo implantadas por la fuerza en Rusia en aquellos momentos, y sin duda debido a ello la palabra colectivización se había convertido en sagrada

Debemos observar que la ley agraria se aplicó solamente en el centro y en el sur, aquella parte del país en que las grandes propiedades abundaban. Si bien, en teoría, las pequeñas propiedades podían ser confiscadas, existía la intención de hacerlo muy rara vez y en especial en la creación de lotes de tierra fuera de los pueblos.

La ley se redujo a un ataque contra el viejo problema de los latifundios, y no se hizo nada para remediar a las innumerables familias del norte que tenían pocas tierras ni para convertir la variable y usualmente excesiva renta de Castilla en un censo fijo o bail héréditaire.

Según Mateo Azpeitia, un crítico conservador del proyecto de reforma agraria, el 84% de los pequeños propietarios de tierras en España estaban obligados a trabajar a jornal, fuera de sus propiedades, para poder vivir. La reforma agraria en España, 1932.

Podemos decir aquí que los partidos republicanos perdieron una gran oportunidad, no solamente de remediar los abusos escandalosos que se producían en el campo, sino también de ganar aliados que hubieran fortalecido considerablemente el régimen.

La cuestión que debiera haber sido planteada en primer lugar, fue considerada tarde y debatida de mala gana, principalmente porque tenía poco interés emocional para los abogados y profesionales que habían creado el partido republicano y aunque se llegó a una solución, quedó pendiente la cuestión de como serían divididas las tierras expropiadas, continuó la pugna fatal entre socialistas y republicanos y no se hizo nada. Contra la oposición local de la UGT o de la CNT, quienes se oponían a un aumento de propietarios individuales, no fue posible un simple reparto.

Un marxista y un anarquista están de acuerdo en considerar esto como el primer error cometido por la República: Los republicanos, escribe Maurín, nunca comprendieron la importancia del campo: esa fue la causa de su derrota.

Solidaridad Obrera, escribió: Si los republicanos hubiesen expropiado rápidamente y sin indemnización alguna todas las grandes propiedades, como sucedió en la revolucion francesa, nuestra república burguesa hubiera vivido largos años. Todos los trabajadores, incluso los anarquistas, la hubieran aceptado.

Naturalmente, a esto se puede responder que hoy día ya no se pueden llevar a cabo revoluciones jacobinas, y aun en el caso en que se pudiera, los respetables y cultos burgueses que componían el partido republicano no eran los hombres indicados para realizarlo. Y tampoco hay motivo para creer que el ejército lo hubiera tolerado

El otoño de 1932 vio a Azaña en el zenit de su carrera. Ante los ojos de Europa, la nueva república española había echado raíces y se había consolidado. España parecía haber cesado de ser el país de la leyenda negra —una nación semibalkánica con una historia gloriosa— y se había convertido en uno de los más modernos y dignos Estados de Europa. Era el momento más apropiado para introducir un presupuesto.

La Dictadura, como se recordará, había dejado las finanzas del país en las peores condiciones. En lugar de seguir los consejos de Cambó, que había cometido el error de nacer en Cataluña, Primo de Rivera eligió como ministro de Hacienda a un abogado gallego, Calvo Sotelo, cuyo talento y capacidad eran más adecuados para organizar rebeliones que para organizar las finanzas. El resultado fue un aumento de la deuda nacional de 417 a 924 millones de pesetas en cuatro años. La República había, a duras penas, cubierto ese déficit cuando la crisis económica echó nuevas cargas sobre el Estado.

Los ferrocarriles, que estaban fuertemente supercapitalizados, sufrieron un colapso. Los mercados disminuyeron grandemente. El ambicioso programa de educación, el aumento de la policía, la ley de reforma agraria, todo pedía gastos adicionales. En estas circunstancias el ministro de Hacienda, Jaime Carner (que por cierto era catalán), realizó un milagro.

En un año redujo el déficit a 576 millones de pesetas y en el segundo año a 470 aproximadamente. Además, debemos señalar que esto fue hecho sin alterar ni modificar el sistema de contribuciones. Estas continuaron siendo casi enteramente indirectas mientras los impuestos sobre la renta continuaban siendo muy bajos.

Los sucesos de Casas Viejas

El gobierno procedía sosegadamente en sus funciones, discutiendo las varias leyes complementarias de la Constitución y denunciando, a la manera española, a los responsables de la Dictadura, cuando ocurrió un hecho que si bien fue considerado al principio de pocas consecuencias, condujo al fin a una situación que derribó al gobierno. Casas Viejas es una mísera aldea, de una región afectada por la malaria, no lejos de Jerez de la Frontera.

La tierra que la circunda pertenecía al duque de Medina Sidonia, que es uno de los mayores propietarios de tierras en España, y estaba señalada para la expropiación Sus habitantes, pertenecientes a la CNT, eran miserablemente pobres e ignorantes como lo son todos los labradores de esos grandes latifundios.

El 8 de enero se produjo en Barcelona un pequeño alzamiento dirigido por militantes de la FAI. Una huelga general había sido planteada en Andalucía, con el fin de secundar ese alzamiento pero no llegó a realizarse. No obstante, un viejo anarquista de Casas Viejas llamado Seisdedos había oído hablar de los proyectos de huelga general, y en uno de esos arranques de fervor milenario tan típicos en Andalucía, decidió que había llegado el gran momento, en que el comunismo libertario llega a infaliblemente.

Habiendo comunicado su ardor a sus amigos y familiares, marcharon todos armados de garrotes y de fusiles hacia el cuartel de la guardia civil que se hallaba cerca, para comunicarles la buena nueva de que, podían deponer sus armas y que, en adelante, todos los hombres serían hermanos y disfrutarían en común de las tierras de los ricos, la guardia civil no respondió a este llamamiento. Algunos tiros partieron de ambos lados y, después de un solemne desfile a través del pueblo, los hombres de Casas Viejas pusieron sitio al cuartel de la Guardia Civil.

El gobierno estaba a la expectativa de un alzamiento anarquista concertado de Cataluña y Andalucía y estaba decidido a suprimir los primeros síntomas Por esta razón, todo estaba preparado y fueron enviadas, rápidamente, tropas y guardia civil a toda la provincia. La aviación voló sobre Casas Viejas y Seisdedos y los que le seguían se retiraron a sus casas. Allí empezó el sitio y como los infortunados hombres se negaron a rendirse, se prendió fuego a sus casas y perecieron veinticinco personas, entre ellas Seisdedos.

Una ola de indignación se alzó por todo el país. Anteriormente habían sucedido acontecimientos trágicos en Andalucía, pero aquel era la culminación de una larga serie de actos brutales por parte de la policía. No se habla proclamado la República precisamente para poner fin a cosas de tal índole o las derechas, sobre todo, con su peculiar hipocresía, fueron duras en sus protestas por el crimen cometido contra pobres hombres inocentes.

El gobierno, que al principio intentó tratar ligeramente el caso, se vio al fin obligado a designar un comité de investigación. Este comité puso en claro tres cosas: primeramente que la orden dada por el ministro de Gobernación, Casares Quiroga, y por el mismo Azaña, había sido innecesariamente severa; después, que el director general de Seguridad, Menéndez, había interpretado dicha orden aplicando la ley de fugas y, finalmente, que el capitán de la Guardia de Asalto, Rojas, había actuado con criminal barbarie fusilando una docena de prisioneros a sangre fría sin ninguna razón para ello.

Ello era el preludio, en pequeña escala, de lo que ocurrió dos años más tarde en Oviedo.

Dimisión del gobierno

Casas Viejas produjo un efecto terrible entre la clase trabajadora de esa España, haciendo a los socialistas impopulares por la parte de responsabilidad que les cabía en ello. El prestigio del gobierno nunca se rehizo de este golpe. Todo lo que se podía hacer era esperar el momento más favorable para celebrar elecciones y entonces dimitir, Azaña había anunciado que convocaría elecciones municipales según el nuevo censo (incluyendo a las mujeres) en abril.

Cuando llegó el momento, se echó atrás y convocó en su lugar elecciones parciales. Unos dos mil distritos rurales que en abril de 1931 se habían manifestado monárquicos y cuya representación había sido, en consecuencia, cancelada iban a ser autorizados para nombrar sus cargos municipales. Si esto fue intentado con el fin de pulsar la opinión pública, fue una mala táctica. El resultado, por el cual el gobierno obtuvo justo el tercio de los nombramientos y las derechas poco menos del tercio, no probó nada.

Azaña, con toda naturalidad, rehusó tomar la opinión de los burgos podridos, como él les llamaba, como una señal de que debía abdicar pero había provocado un malestar contra él, que seguía aumentando. Hubo huelgas anarquistas en casi todas las ciudades de España por la liberación de sus presos. Los estudiantes de la Universidad se declararon también en huelga como habían hecho al final de la Dictadura mientras que Lerroux y su Partido Radical comenzaban una deliberada obstrucción en las Cortes.

De los tres partidos republicanos de las Cortes Constituyentes dos, los radicales y los socialistas, estaban ferozmente opuestos el uno al otro. Los republicanos de izquierda mantenían el equilibrio entre ambos. Cuando, después de completada la Constitución, llegó a ser imposible para los tres partidos el sentarse juntos en el mismo gobierno, Azaña se vio obligado a elegir con quién se aliaría. Eligió a los socialistas, no dudando que sería imposible gobernar el país si las dos grandes divisiones de la clase trabajadora se alineaban contra él.

Los radicales mantuvieron una actitud pasiva, sin oponerse a la aceptación de leyes complementarias, pero rechazando todo elemento socialista que se insinuaba en ellas. Como ya hemos señalado anteriormente, la palabra radical era completamente falsa para dicho partido.

Los radicales eran republicanos conservadores, representantes de lo que se llamaba las clases pasivas y los únicos elementos positivos de su programa eran el anticlericalismo y la importancia que daban a la educación . Ahora que las cosas empezaban a cambiar, pensaban que había llegado el momento de poner fin a las reformas y de ir inmediatamente a elecciones cuyo resultado esperaban que les sería lo suficientemente favorable como para darles la fuerza y la voz de mando en el gobierno del país.

Dos medidas importantes quedaban, no obstante, por ser adoptadas: la ley de orden público, que vendría a reemplazar la tan impopular y severa ley de defensa de la República y otra que autorizara la creación de un Tribunal de Garantías constitucionales que ocuparía el lugar de una segunda cámara como garantía del cumplimiento de la Constitución. Los radicales consintieron en cesar en su obstrucción hasta tanto estas medidas fueran adoptadas. Lo cumplieron y, después de las últimas vacilaciones y retrasos, el gobierno dimitió en septiembre de 1933.

El Anarcosindicalismo

Hemos fijado muy especialmente nuestra atención sobre los actos puramente políticos del gobierno republicano, pero ello no nos permite abarcar toda la complejidad de la escena española de aquel tiempo. Mientras los hombres prudentes y sabios de las Cortes deliberaban, una sucesión de huelgas, boicots, actos de sabotaje y revueltas armadas se producían sin cesar por toda España. Comprenderemos mucho mejor todo esto si empezamos por examinar el papel desempeñado por los anarcosindicalistas en los acontecimientos.

Hemos visto en otro capítulo como los anarquistas aprovecharon la calma relativa de la Dictadura, para reorganizarse. Temiendo que la influencia comunista pudiera hallar eco en la CNT y desplazara a la de los anarquistas, crearon una asociación secreta, la Federación Anarquista Ibérica, o FAI, cuyos miembros debían serlo también de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT).

La FAI era considerada, no solamente como un núcleo de pensadores cuya misión había de consistir en mantener el movimiento ideológicamente puro, sino como un consejo de acción para organizar movimientos revolucionarios. Había de proporcionar la unidad que tanto se necesitaba. El hecho de que sus miembros fuesen al mismo tiempo los jefes de las diferentes federaciones de la CNT les dio la influencia que necesitaban.

Uno de los principios de la FAI era el de que no debía intervenir en los asuntos puramente sindicales No obstante, podernos decir que la CNT no tomó nunca ninguna decisión importante sin su influencia. A pesar de eso, no había ninguna conexión oficial entre ambas organizaciones. Los únicos comités en los cuales colaboraban juntas la CNT y la FAI fueron los comités de defensa, que organizaban alzamientos armados, y los comités propresos que liquidaban los resultados.

La verdadera conexión consistía en que casi todos los dirigentes de la CNT eran también miembros militantes de la FAI. Este hecho producía algunas veces extraños resultados como cuando un compañero votaba por un alzamiento, como miembro libre de la FAI, y en contra del mismo alzamiento, como representante de una federación de la CNT

Su energía revolucionaria se hizo sentir desde los primeros momentos de la proclamación de la República. Durante los cuatro años siguientes fue lanzada contra la República una interminable sucesión de huelgas, asaltos armados a edificios públicos y actos de sabotaje. Ningún gobierno español anterior había tenido que contener semejantes y continuos asaltos.

Si las teorías y métodos sindicalistas de 1919-1923 hubiesen estado aún en vigor, la República hubiera podido llegar a un acuerdo con ellos, Pero, la influencia de Seguí era una cosa del pasado y contra la FAI no podía hacer otra cosa que oponer la violencia a la violencia.

La diferencia puede ser apreciada mucho mejor comparando a los viejos militantes del movimiento con los nuevos. Seguí y Pestaña, fueron esencialmente jefes de sindicatos, aunque los sindicatos que ellos dirigían eran extremadamente militantes y con fines revolucionarios. Su influencia fue ejercida principalmente en las asambleas de las federaciones locales y regionales.

Su habilidad particular consistía en la propaganda y en la organización sindical, siendo sus fines crear poderosas federaciones de la clase trabajadora, desde las cuales, por medio de huelgas cuidadosamente preparadas, hacer frente y derrotar a las asociaciones patronales. En ese aspecto esperaban llegar a tratar de igual a igual con los patronos de la industria, preparándose para el día en que se harían cargo de ella solos completamente.

Los militantes de la FAI por el contrario, pertenecían al tipo del revolucionario que llega a la batalla después de un periodo de lucha en las calles seguida de la represión policíaca. Eran hombres que habían mostrado su mérito y calidad en encuentros armados por las esquinas de las calles y en aventurados golpes de diversa índole. Durruti y Ascaso, por ejemplo, eran fanáticos de la causa que, por sus hechos de increíble audacia, se habían convertido en los héroes del proletariado catalán.

Durruti era un hombre robusto, de ojos negros y expresión ingenua y Ascaso, un hombre pequeño, moreno y de apariencia insignificante. Amigos inseparables, asaltaron juntos Bancos, exterminaron a enemigos de la causa y estuvieron al frente de innumerables huelgas y actos de violencia.

La mayor parte de su vida la habían pasado en la cárcel y tan pronto como salían en libertad volvían a sus modestos trabajos de fábrica pues, naturalmente, nada del dinero adquirido en sus arriesgadas expropiaciones se lo guardaban para ellos. (En una ocasión abrieron y vaciaron una caja del Banco de España.) Eran dos santos de la causa anarquista que mostraban el camino con sus méritos y con su ejemplo. García Oliver, por otro lado, pertenecía al tipo del revolucionario irlandés de 1919. Aunque trabajador de origen y medianamente educado, su instinto político estaba bien desarrollado. Era conocido por su especial perspicacia del sentir revolucionario y del justo momento de la acción.

Así, se convirtió en la figura táctica de aquel periodo y en el organizador de varias huelgas revolucionarias e insurrecciones. Únicamente que, como era anarquista, no quedó nunca en la retaguardia, como un general, sino que condujo a sus hombres yendo él a la cabeza, bomba y pistola en mano.

Una particularidad del anarquismo español, que se hace notar cada vez más a partir de ahora, fue la admisión en sus filas de malhechores, profesionales —ladrones y pistoleros que ciertamente no hubieran sido aceptados, por ningún otro partido u organización de la clase trabajadora—, junto con idealistas de la más pura y desinteresada calidad. Alguna vez, como ya hemos señalado, los dos elementos se combinaban en la misma persona pero, por lo general, estaban separados. Podemos explicarnos esto históricamente. El bandido ha sido siempre una figura popular en España porque robaba al rico para socorrer al pobre.

Durante la guerra contra Napoleón, el jefe guerrillero y el bandido se fundían en una misma persona. Esta tradición fue continuada por los carlistas. Sus famoso jefes de guerrilla, Cabrera, el padre Merino, el cura Santa Cruz y Cúcala, pertenecían al mismo tipo de hombre que Durruti y Ascaso

Pero, los anarquistas, se precipitaron un tanto al admitir a vulgares ladrones y asesinos en su organización. El primer síntoma de esto tuvo lugar durante el alzamiento cantonalista de 1873, cuando el penal de Cartagena, en el que se encontraban 1.500 de los más peligrosos delincuentes de toda España, abrió sus puertas ante la insistencia de los internacionalistas y los penados fueron invitados a unirse a la defensa de la ciudad.

Así, durante los acontecimientos de 1919-1923, docenas de auténticos pistoleros entraron en las filas anarquistas. Sin duda, muchos de ellos tenían cuidado de dar algún color ideológico a sus actos, pero esto solo no hubiera bastado si los anarquistas no hubiesen tenido un sentimiento de simpatía hacia todos los que emprendían el camino de la delincuencia por haber sido maltratados o injuriados por la sociedad.

En todo esto yace una falta de habilidad, típicamente española, para distinguir entre aquellos que se han enriquecido dentro de la ley y aquellos otros que intentan lograrlo por medio del robo y de la violencia. Esta mentalidad que va acompañada de ciertas condiciones políticas y sociales podemos hallarla, por ejemplo, en el Nuevo Testamento.

No obstante, la admisión de tantos individuos de instintos criminales pudo muy buen producir un efecto desmoralizador en las organizaciones anarquistas, lo que se incrementó por el hecho de ser la FAI una sociedad secreta. Semejantes sociedades terminan al fin por conformarse a uno de los dos tipos: o bien, como los antiguos asesinos, muestran una obediencia ciega a una autoridad central Bakunin acarició esta idea), o se dividen en grupos. Esta última era la verdadera Organización de la FAI.

Detrás de los comités oficiales había pequeños grupos con ideas afines que manejaban los hilos y algunas veces, detrás de estos, había grupos terroristas que, en ciertos momentos, controlaban los grandes grupos. Esto, al menos, es lo que sucedió cuando estalló la guerra civil. Si lo tenemos en cuenta, muchas de las inconsistencias y contradicciones entre la teoría y la práctica anarquista podrán ser comprendidas. Esta compleja y cambiante organización de grupos demuestra, también por qué una simple historia del anarquismo español es imposible.

En junio de 1931 tuvo lugar en Madrid un congreso de la CNT con el fin de debatir varias materias relacionadas con la reorganización de la Confederación. Apenas terminado el congreso y cuando las nuevas Cortes habían ocupado sus puestos, estalló una huelga de telefonistas en Madrid combinada con un asalto armado a la Central Telefónica.

El asalto fracasó y los empleados que pertenecían a la CNT, ante la amenaza de ser despedidos, ingresaron en la UGT. Una semana más tarde, una huelga en Sevilla, condujo a un choque con las tropas del que resultaron treinta muertos y trescientos heridos. El gobierno demostró que no vacilaba en emplear los mismos métodos que tanto había condenado cuando eran empleados por gobiernos reaccionarios del pasado.

Pero fue en Cataluña en donde la acción anarcosindicalista durante esos años, fue más característica. La Esquerra o partido catalán de izquierdas había reemplazado a Madrid como centro de gobierno efectivo de la provincia. Luis Companys, un abogado que durante muchos años había estado en estrecha relación con lo anarquistas, fue elegido alcalde de Barcelona en las elecciones de abril, siendo después nombrado gobernador civil. Desde este cargo procedió con el más fino tacto posible al tratar con sus viejos amigos.

Puesto que vosotros, les decía, no estáis preparados para hacer vuestra revolución, ¿por qué no nos dejáis hacer la nuestra y aprovecháis la libertad que el nuevo régimen os da para hacer vuestro propaganda?.

Cuando la CNT anunciaba una huelga general de veinticuatro horas, él declaraba el día como fiesta nacional.

La FAI no obstante, no tenía la intención de dejarse desviar de sus proyectos revolucionarios de esa manera. Todo aquel verano vio el aumento de su influencia dentro de la CNT y en octubre fue lo suficientemente fuerte para obligar a cesar en sus funciones al jefe de redacción y a todo el personal del famoso periódico Solidaridad obrera por haberse negado a sostener la política de la FAI de acción revolucionaria por pequeños grupos.

Aquel verano vio, por consiguiente, una interminable serie de huelgas con sabotajes, violencias y choques con la policía. Se hicieron extrañas peticiones al gobernador civil tales como que debía desarmar a la policía y armar en su lugar al pueblo. Pretensiones imposibles fueron presentadas a los patronos. En una palabra, se hizo todo lo posible y lo imposible para alarmar a las autoridades, desacreditar el régimen y crear un ambiente revolucionario.

Por ejemplo, la petición hecha a la Federación de Patronos Molineros de contratar sus trabajadores por medio de las bolsas de trabajo de la CNT; abandonar el trabajo a destajo; dar el retiro a los cincuenta años a todos los trabajadores; ayuda en caso de desempleo; seguro social por enfermedad; fiestas pagadas y jornada de seis horas solamente. Su manifiesto, que contenía una exposición de sus ideas políticas, es copiado íntegro por F. Madrid, ob. cit. p. 191-195.

Una nueva técnica fue la de la guerrilla empleada contra la policía. Se le atacaba desde las ventanas y esquinas, había de estar en constante movimiento y en perenne estado de alarma y excitación, y no tenía tiempo ni para dormir lo suficiente. Esto alteraba sus nervios y les creaba un carácter malo e irritable.

Así, cuando se capturaba y encarcelaba a los militantes se les hacía pagar por ello. Los anarquistas se lamentaban amargamente de que el gobierno republicano era más tiránico que el de Primo de Rivera. Olvidaban, a sabiendas, que durante la Dictadura la CNT había sido disuelta, la prensa anarquista suspendida y que durante aquellos cinco años ningún anarquista se hubiera atrevido a hacerse ver ni oír.

Pero debemos recordar que durante todo ese tiempo la clase trabajadora pasaba por una situación durísima. La mala situación económica del país ocasionado un paro forzoso terrible. En Barcelona, solamente un 30 por ciento de los obreros de la construcción podían trabajar. De 45.000 que trabajaban en 1930, solamente 11.000 tenían ocupación en 1933 véase Service de Presse de AIT, nº 162, 15-IX-1935.

Cierto que la depresión no era la única responsable de ello. Por toda España los Bancos se combinaron para restringir los créditos y los patronos para esconder sus capitales, con el fin de hacer a la República impopular. Según el Anuario de estadística, el capital en circulación bajó de 2.000 millones de pesetas en 1928 a 50 millones en 1933, Al mismo tiempo el coste de la vida subió enormemente.

En España, no se debe olvidar, desempleo significa miseria completa ya que no hay ninguna ayuda en caso de paro forzoso. Con todo, el profesor Allison Peers ha hallado justo el reproche hecho al gobierno republicano de tolerar el aumento de la mendicidad debido, explica él, al aumento de la indisciplina.

Los primeros días de 1932 vieron un alzamiento en Cataluña organizado por la FAI y en el cual tomó parte también el recién creado partido de izquierda comunista. Este era un grupo de trotskistas conducidos por Maurín, Nin y Andrade, que se habían separado del Partido Comunista oficial arrastrando consigo a casi todos los comunistas, catalanes.

La FAI proclamó el comunismo libertario en el Alto Llobregat, siendo tomados los edificios públicos en Manresa y Berga y, en algunos lugares, las propiedades agrícolas divididas y repartidas. La tropa sofocó fácilmente el alzamiento no sin causar abundante derramamiento de sangre. El gobierno detuvo, además, a ciento veinte de los más destacados militantes de la CNT y de la FAI, entre ellos Durruti y Ascaso, y los deportó, sin previo juicio, a la Guinea española. Pero, la violenta agitación acompañada de amenazas que siguió a ello obligó a liberarlos poco tiempo después.

Un año más tarde (enero 1933) tuvo lugar otro alzamiento armado en Barcelona, Lérida y Valencia dirigido por García Oliver. Sus fines eran obtener la libertad de los deportados a África que aún seguían allí. Semejante al anterior, este movimiento tomó la forma de una tentativa a mano armada de apoderarse de los edificios públicos, pero fue un fracaso más grande aún que el anterior produciéndose nuevas detenciones y la confiscación de todas las armas que habían sido reunidas.

Los anarquistas detenidos en este alzamiento fueron brutalmente golpeados en la Jefatura superior de Policía. Véase Federico Urales, La barbarie gubernamental en Barcelona, 1933, donde García Oliver y otros detenidos anarquistas describen su experiencia personal. A mayor abundancia, esta policía pertenecía a la guardia de asalto, un cuerpo formado por el gobierno republicano y compuesto de republicanos y socialistas convencidos.

Un miembro de este cuerpo de policía, que era ciertamente un hombre humano y decente, me dijo que el ataque de guerrillas que los anarquistas emprendían contra ellos durante las huelgas y la falta de sueño que sufrían en aquellas situaciones, les daba un deseo violento de ejercer represalias sobre los presos

El gobierno declaró ilegal a la CNT y clausuró sus locales pero no era lo bastante fuerte para mantener esta actitud. En efecto, tres meses más tarde la CNT declaraba en Barcelona una huelga formidable del ramo de la Construcción que duró dieciocho semanas, mientras que huelgas generales de simpatía hacia ella se declaraban en Zaragoza, Coruña, Oviedo y Sevilla.

Estos alzamientos fracasados fueron, sin embargo lo suficientemente impopulares para conducir a una división en la CNT. La táctica de la FAI había tenido siempre sus contrarios. En el Congreso de Zaragoza, en 1922, se manifestaron ya dos tendencias opuestas: la de los anarquistas puros que creían que una revolución puede ser llevada a cabo mucho mejor por pequeños grupos entusiastas, y aquella otra de la mayoría, que ponía su fe en la creación de poderosos sindicatos en un ambiente libertario.

La brutal represión de Martínez Anido, seguida por la Dictadura, aseguró el triunfo de la parte violenta. Pero, la desaprobación de la tiránica dirección de la FAI persistía. Ya hemos visto como, unos meses después del advenimiento de la República, Juan Peiró y todo el Cuerpo de redacción de Solidaridad obrera, que representaban los puntos de vista del grupo sindicalista, se hablan visto obligados a dimitir.

Esto fue seguido, poco después, por la expulsión de Ángel Pestaña, secretario de la CNT, del sindicato de metalúrgicos de Barcelona, por el hecho de haber manifestado su desacuerdo sobre el alzamiento del Alto Llobregat.

Un número de anarquistas bien conocidos, entre ellos Peiró y Juan López, sostuvieron a Pestaña y manifestaron su desacuerdo con la FAI en un documento que, por haber treinta firmas estampadas en el, fue conocido como el manifiesto de los treintistas . La consecuencia de esto fue la expulsión de la CNT de todos los firmantes del manifiesto y como los sindicatos a los cuales ellos pertenecían se solidarizaron con ellos, se produjo entonces una división en el seno de la Confederación.

Los sindicatos disidentes, que comprendían los de Tortosa y Sabadell en Cataluña, la mitad de los de Valencia y uno de Asturias, fueron conocidos como los sindicatos de oposición Pestaña, poco después se hizo completamente reformista fundando un partido sindicalista que envió un diputado a las Cortes de 1936. Ninguno de los otros treintistas le siguieron, pero la división continuó, principalmente en el terreno personal y con amargo rencor de ambos lados, hasta que vino la reconciliación en el Congreso de Zaragoza, justo poco antes de estallar la guerra civil.

La crisis en el campo

Sin embargo, obtenemos una idea incompleta del poder de resistencia de las clases trabajadoras hacia la República, insistiendo solamente sobre la actitud del proletariado de las ciudades. Durante los años 1931 y 1932, los distritos rurales del sur y del centro-sur de España estaban en estado de efervescencia. Como en 1919-1923, los anarquistas marcaban el ritmo aunque, gracias a la participación de los socialistas en el gobierno, la UGT se había extendido por muchos lugares en donde era antes desconocida.

En 1934 había pocos pueblos de alguna importancia en esa mitad de España que no tuviesen su sindicato o casa del pueblo. El aumento del paro y la sospecha de que serían abolidas las reformas agrarias aumentaban la tensión y, aunque las huelgas eran menos frecuentes que en 1921, la clase oprimida era más fuerte y daba cabida a cierto grado de intimidación.

Todavía los actos de violencia eran raros. Si, de vez en cuando, se producía algún choque con la policía esto ocurría porque se había querido impedir a los campesinos celebrar alguna reunión o por haberse atrevido estos a penetrar en las grandes propiedades y arar las tierras en barbecho.

Uno de los lugares en que la tensión era más fuerte fue Granada. Aquí, los propietarios de tierras de que la bien regada y rica vega eran numerosos y fuertes porque la renta de unas veinticinco hectáreas daba lo suficiente para mantener una familia de clase media con desahogo y relativa abundancia.

Los campesinos también gozaban de gran prosperidad y estaban fuertemente organizados en la UGT, pero, con todo eso, había un paro considerable. La tensión se manifestaba de vez en cuando por tumultos y por petardos que explotaban cada noche ruidosamente, pero sin consecuencias. Se detenía algunas veces a los coches y a sus propietarios se les obligaba a contribuir con algo al fondo pro-parados, mientras los antipáticos terratenientes eran acosados en las principales calles después de anochecido.

En Sevilla, donde la CNT predominaba a tensión era más intermitente. Yendo en moto a través de un pueblo cerca de Osuna, en la primavera de 1933 pregunte a una mujer en una estación de gasolina, cómo se habían pasado las fiestas de Semana Santa y de Pascua de Resurrección. Muy bien, en verdad, me contestó Mientras se celebraba la procesión los anarquistas entraron en la iglesia y le prendieron fuego. Había mucha animación

Pero, aparte de estos incidentes la vida de la clase media, aun en los pueblos pequeños, se deslizaba plácidamente. Los españoles han tenido que enfrentarse durante siglos con tantos desórdenes y escenas de violencia, que han crecido resignados a ello. Solamente, los grupos de labradores sin trabajo estacionados silenciosamente en las plazas y esquinas y las manifestaciones de campesinos enarbolando la bandera roja de los socialistas o la roja y negra de los anarcosindicalistas mostraban que algo extraordinario estaba ocurriendo

El más trágico de estos episodios, el de Casas Viejas, lo hemos descrito anteriormente. Otro, fue el de Castilblanco, pueblo aislado de Extremadura en el que cuatro guardias civiles fueron muertos y sus cuerpos hechos pedazos. Como ello arroja alguna luz sobre las condiciones de vida del campo en aquel tiempo, quiero describirlo.

Castilblanco

Los habitantes de Castilblanco, un pueblo pequeño y miserable de la Sierra de Guadalupe, en la cuenca del Guadiana no estaban afiliados a ninguna organización sindical. Estaban demasiado aislados para que les alcanzasen las nuevas de solidaridad de la clase trabajadora. Pero, una huelga de campesinos de la UGT seguía su curso en Badajoz y en los pueblos cerealistas de su alrededor. La provincia entera estaba en agitación porque el tiempo de la siembra se aproximaba y la discusión sobre el proyecto de reforma agraria aún no habla empezado.

Castilblanco, entre sus rocas y sus bosques de acebos, vivía al margen de esta lucha. Los pueblos montañosos son siempre los últimos en ser arrastrados hacia ella y los agentes de los terratenientes —este es un distrito de grandes propiedades feudales— habían tenido buen éxito manteniendo lejos las casas del pueblo.

Pero los habitantes del lugar tenían sus injusticias que reivindicar y, a imitación de los pueblos de la llanura, decidieron tener su huelga ellos también. Después de terminado el trabajo y ordenadas las herramientas, anunciaron una reunión General en la plaza del pueblo.

Los cuatro guardias civiles del lugar recibieron orden de impedir la reunión, pero al intentar hacerlo por la fuerza, sucedió algo inesperado. En uno de esos paroxismos de rabia, frecuentes entre los pueblos primitivos, la multitud se lanzó sobre ellos golpeándolos y matándolos seguido esto de otra escena más feroz de locura y vértigo en la que las mujeres bailaron una danza alrededor de los cuerpos mutilados. Esto sucedió el 1-I-1932 y algunos días más tarde se abrió una encuesta para averiguar quiénes eran los culpables, pero no pudo obtenerse una evidencia criminal contra ninguno.

Se trataba de una muerte realizada por una mano colectiva . Esto recordaba el caso de Fuenteovejuna, un pueblo de Sierra Morena, sobre el cual Lope de Vega escribió su famosa obra de teatro: los habitantes habían matado al señor y tirano del lugar y cuando se les quería obligar, bajo tortura, a decir quién lo había hecho, ellos se negaban a responder, No obstante, los jueces los interrogaban insistentemente y la única respuesta que pudieron obtener a su pregunta: ¿Quién mató al comendador?, fue es Fuenteovejuna, señor.

La finalidad del Partido Socialista al organizar huelgas y mítines en las regiones campesinas era evidente: Querían ejercer la más fuerte presión sobre los partidos republicanos con el fin de obtener una amplia medida de reforma agraria. Por primera vez, en todo el curso de su historia, se daban cuenta de la importancia del campo, la finalidad de los anarcosindicalistas, por el contrario, era netamente revolucionaria, la FAI vio en el aumento de libertad dado por la República un debilitamiento del poder gubernamental, que le era muy conveniente y que aprovecharía, en no muy lejana fecha, para derribarlo

Su táctica de conflictos armados, actos de sabotaje y lucha de guerrillas contra la policía perseguía dos fines: primero, dificultar todo lo posible la labor del gobierno; y, segundo, despertar en las masas trabajadoras el sentimiento de la necesidad de la revolución Eran ayudados en sus fines, por el penoso desempleo (cuyo remedio buscaban con sus huelgas por una jornada de seis horas de trabajo) y también por ciertas reivindicaciones justas y comprensibles.

Los gobiernos de las primeras Cortes de la República abandonaron su actitud pasiva, para mostrar su severidad y aspereza. Azaña, principal espíritu de varias combinaciones de gobierno, estaba dispuesto a que esta República no fracasara por las mismas causas que habían derribado la anterior. Él la defendería vigorosamente contra sus enemigos, viniesen de la derecha o de la izquierda. Nunca se diría que él no había sabido mantener el orden.

La quema de iglesias y conventos, por toda España el 11 y 12 de mayo era una advertencia y el gobierno actuó en consecuencia creando un nuevo cuerpo de policía, la guardia de asalto, en el cual solo podían ingresar hombres de conocidas simpatías republicanas. Esto fue seguido en octubre, cuando Azaña llegó a ser jefe del gobierno, por la ley de defensa de la República que daba al Ministro de Gobernación amplios y drásticos poderes, Por medio de esta ley, la mano dura de la República se hizo sentir sobre monárquicos y sobre anarquistas.

El discurso en el cual Azaña presentó el proyecto de dicha ley es típico del orgullo personal que ponía en la buena reputación de la República:

¡Nunca —declaró— mientras esté en mis manos, será debilitada la autoridad. Nunca, mientras esté en mis manos, será el gobierno de mi país objeto de desdén, ultraje o menosprecio. Nunca en este Ministerio habrá vacilación en el servicio del bienestar común. La República nos pertenece a todos. Ay de aquel que se atreva a levantar su mano contra ella!. El Sol, 15-X-1931.

Esta ley entendida solamente como una medida temporal, fue retirada en julio de 1931 y reemplazada por otra más liberal, la ley de orden público.

De todas las restricciones de libertad, la que imponía una censura a la prensa fue la más criticada, los monárquicos, que habían practicado una censura mucho más severa en el pasado, se sintieron especialmente ultrajados cuando, después del alzamiento de Sanjurjo, su periódico, el ABC, fue suspendido durante cuatro meses.

Los anarcosindicalistas sufrieron más de lo que debían porque se negaron a conformarse a la norma que requería someter sus artículos a la censura antes de su publicación. Esa negativa condujo a la confiscación de tiradas enteras de la prensa anarquista. Pero, indudablemente, la objeción más fuerte que hacían a la República fue la nueva legislación sobre el trabajo.

El ministro del Trabajo, Largo Caballero, había introducido una serie de leyes que regularizaban los derechos de la clase trabajadora en su relación con el capital, la más importante, la ley del 24-XII-1931, fijaba las condiciones en que debían hacerse los contratos entre obreros y patronos para que tuviesen validez. Un tribunal especial fue creado para el caso de posibles infracciones.

Otra ley, la ley de jurados mixtos, estableció tribunales ante los cuales las disputas y cuestiones sobre el trabajo serían equitativamente resueltas. Este era un principio que había sido ya adoptado por la primera República, por recomendación de Pí y Margall, y más tarde por Primo de Rivera. Pero, los poderes de estos tribunales no se extendían hasta darles derecho a inspeccionar la marcha o resultado de esos contratos de trabajo.

Otra ley ordenaba que toda huelga debía ser anunciada con ocho días de anticipación. A parte del hecho de que estas leyes marchaban en sentido opuesto a los principios de los anarquistas de negociación directa con los patronos, y de estorbar la práctica de las huelgas relámpago, era evidente que representaban un aumento inmenso de poder por parte del Estado en los asuntos industriales.

Un verdadero ejército de empleados del gobierno, la mayor parte de ellos socialistas, hizo su aparición para afianzar las nuevas leyes y procurar servirse de ellas, en lo posible, para extender la influencia de la UGT a expensas de la CNT. Esta fue, naturalmente, la intención de todos los que las promulgaron. De hecho, la UGT se convirtió en un órgano del Estado y usaba sus nuevos poderes para aniquilar a su rival, los anarcosindicalistas no podían hacerse ilusiones sobre lo que les sucedería si un gobierno puramente socialista subía al poder. A esto, ellos casi preferían una dictadura militar que podría obligar a sus organizaciones a desbandarse, pero que no llegaría nunca a destruirlas.

Último gobierno constituyente

El último gobierno de las Cortes Constituyentes dimitió en septiembre de 1933 en la más honda impopularidad. Las cárceles estaban llenas, mucho más que en tiempos de Primo de Rivera. Se decía que solamente de la CNT había unos 9.000 presos. El país estaba repleto de policía armada. El paro era tan grande como siempre. Los capitales estaban quietos en los Bancos y las huelgas y las disputas sobre cuestiones de trabajo eran incesantes.

No eran solamente la extrema derecha ni la izquierda quienes protestaban: un hombre del centro, Martínez Barrio, poco dado a las ampulosidades de la retórica, declaró que aquella era una República de fango, sangre y lágrimas. Cuán diferente de la primera República la cual, con todo lo caótica y ridícula que fuera había sido descrita por uno de sus hombres como la República del ingenio y de la poesía.

¿Cuáles habían sido las causas de su fracaso? En pocas palabras, el haberse enajenado la República grandes sectores de la clase media sin haber dado por ello satisfacción a los campesinos y obreros.

Si se hubiese contentado como quería Lerroux, con ser una continuación de la Monarquía, aunque de una forma algo más brillante, se habría ganado a toda la clase media. Pero, en ese caso habría provocado la unión de toda la clase trabajadora contra ella y visto que sus reivindicaciones no pueden ser negadas durante mucho tiempo, se habría desarrollado una situación revolucionaria.

Si, por el contrario, hubiese ido lejos entregando las grandes propiedades rurales a los campesinos y a las organizaciones controladas por ellos, hubiera corrido el riesgo de iniciar una revolución social y ser barrida por la misma. El ejército hubiera intervenido entonces para restaurar el orden.

Huyendo de todo esto, ocupó un término medio que en España, recordémoslo, es el de la mayor posibilidad de resistencia Con todo, quizás si la crisis mundial no la hubiese afectado de lleno en los momentos más críticos hubiera podido salir triunfante. Juan Peiró, un escritor anarquista, dijo: La República vino sin derramamiento de sangre y, por esta causa, no fue una verdadera revolución. Siempre vivió insegura de sus resultados.

Maurín, hizo la misma crítica. Ciertamente, el hecho de que las viejas clases gobernantes no hubiesen sido derrotadas, sino que se retiraron estratégicamente, fue la sombra que se proyectó siempre sobre la República. Sin embargo, podemos dudar de si una revolución con derramamiento de sangre podría conducir a algo que no fuese la victoria de la reacción. Companys sostuvo una opinión intermedia: Los republicanos nunca realizaron, mientras estuvieron en el poder, las transformaciones y trabajo indispensables que el pueblo esperaba de ellos.

Si se refiere, como es probable, al fracaso de los republicanos para concretar una medida substancial de reforma agraria, todo el mundo estará de acuerdo con él. La primera necesidad de la República era la de fortalecerse a sí misma contra la inevitable reacción, ganando para su causa nuevos refuerzos. Con todo, la dificultad de esa reforma teniendo en cuenta las condiciones geográficas, las crisis económicas y la complejidad de la situación política, no debe ser olvidada.

Su destino fue fatal. Antes de aceptar esta afirmación fácil, vale la pena sin embargo echar una mirada a la historia de España. No era la primera vez que una opinión esclarecida intentaba imponer su voluntad sobre la gran conservadora y no revolucionaria masa del pueblo español.

Ello había ya sucedido en 1530-1540 con los erasmistas ; algo más vagamente, en el siglo XVI con los economistas colectivistas ; en la segunda mitad del siglo XVIII con los reformadores de la administración de Carlos III. En el siglo XIX la revolución liberal había estallado en tres grandes espasmos: 1812, 1820 y 1837. De nuevo, los años 1854-1856 y 1868-1873, habían visto una erupción de la radical clase media inferior. Todos estos movimientos abortaron y fueron seguidos de una intensa reacción. El fracaso habría sido el mismo, tanto si las masas estaban compuestas de un solo y sólido bloque conservador, como si estaban divididas en dos alas antagónicas.

Estas revoluciones abortadas, estas vueltas periódicas hacia una nueva página que se sucedían por un año o dos para luego fracasar, son sin duda, peculiares en España. Hablando mejor, son típicas de un país sometido al pésimo estado de su economía y en donde los únicos que pueden dirigir un momento de regeneración pertenecen a una sección avanzada de la clase media y no son lo suficientemente fuertes para imponer su voluntad.

Así, ellos solo pueden mantenerse en el poder por el consentimiento de la clase trabajadora cuyos verdaderos deseos y necesidades no comprenden. Pues la clase trabajadora en el momento mismo en que desertó de la causa de la aristocracia feudal entró rápidamente en un ambiente socialista revolucionario sin pasar por el estado intermedio liberal.

La razón de esto es evidente. El progreso político es el resultado de una actividad próspera y hondamente sentida y que hace surgir continuamente nuevas clases hacia la superficie. En tanto que esta actividad existe, cada clase procura obtener los privilegios de que goza la que está por encima de ella. Entonces, el gobierno parlamentario, que es el mecanismo por el cual esos deseos procuran realización, llega a ser posible. Pero, la inercia y el estancamiento han sido las características de la economía española durante muchos centenares de años, desde que los cruzados de Fernando II destruyeron las bases de la prosperidad en Andalucía y que las minas de Cuzco daban la lección de que la riqueza de un país consistía, no en la industria, sino en la plata y en el oro.

Castilla, que había realizado la unidad española, sentía un horror bizantino hacia el tiempo, hacia el cambio y hacia todos aquellos impulsos que hacen florecer a las naciones modernas. El resultado ha sido una estratificación rígida de la vida social que no corresponde ni al orgulloso e independiente carácter de los españoles, ni a las condiciones de vida de la Europa moderna.

En este caso, la ironía de la posición en que se hallaron los partidos republicanos no puede ser más completa y evidente. Aquellos hombres capacitados, desinteresados y cultos que vinieron para dar una nueva Constitución a su país, construyeron sobre arena. Sus fines, abiertamente declarados, eran los de poner un fin a la violencia, a la injusticia y a la corrupción que habían gobernado a España durante los últimos ciento cincuenta años. Con capacidad y previsión prepararon un documento, que sería la tabla de los derechos y libertades españolas para las generaciones venideras.

Sus cláusulas fueron inspiradas y adoptadas de las más modernas y mejor redactadas creaciones sobre historia constitucional y jurisprudencia. Estaban expresadas en un lenguaje sonoro y sucinto. Proveyeron seguridades contra especiales contingencias, fueron organizadas fuertes garantías contra la posible violación. Todo lo imaginable fue imaginado, excepto que el pueblo para quien era designado podía no sentir la necesidad de ello. Así, después de un corto proceso resultó que, ni la Iglesia, ni el ejército, ni los terratenientes, ni los campesinos, ni los obreros habrían sabido que hacer con ello.

Para ellos, según decían, no ofrecía libertad, sino tiranía, habiéndose desarrollado en España hasta ese punto aquello de que la libertad de uno significa su tiranía sobre otro. Los artífices de esta constitución podían muy bien ponderar las palabras de un presidente anterior, Emilio Castelar, quien declaró que estaba dispuesto a proclamar la República tan pronto como los españoles se hubiesen puesto de acuerdo sobre el terreno que los dividía, aunque esto quizás quería decir que nunca podría realizarse la proclamación.

La República española puede ser comparada con la Sociedad de Naciones. Fue una tentativa de fundar un régimen de ley, de justicia y de comparativa decencia en una situación en que, por el contrario, solamente prevalecían la injusticia y la violencia. Pero, como la Sociedad de Naciones, la República fue inevitablemente, fundada sobre ciertas equivocaciones y actos de violencia.

Tenía todos los defectos, toda la inevitable falsa persuasión e hipocresía de toda tentativa de realizar por un solo partido lo que debía de ser hecho por todos los partidos en el futuro. Se vio obligada a simular un prestigio que le faltaba, un prestigio que solo el tiempo y una larga experiencia podía darle y que ningún gobierno español, desde el siglo XVIII, había poseído jamás.

Así, podemos decir que nadie, excepto sus fundadores, mostró jamás el menor respeto hacia la República, que ninguno de los partidos del ala derecha tuvo la menor intención de obedecerla, y que soldados y políticos le habían prestado juramentos de respeto y lealtad con la intención secreta de romperlos llegada una ocasión propicia a sus intereses. En cuanto a la clase trabajadora, si bien durante cierto tiempo uno de sus partidos había sostenido a la República fue solamente porque la consideró como un escalón temporal en su propia marcha hacia el poder.

Las elecciones de XI-1933

La elecciones celebradas en noviembre terminaron con una aplastante derrota de los partidos de izquierda. Las izquierdas republicanas fueron casi aniquiladas. De los 120 diputados que se habían sentado en las Cortes anteriores, solo pudieron conservar el puesto una media docena. Si el mismo Azaña obtuvo un puesto fue gracias a los esfuerzos de Prieto, y el grupo más grande, los radicales socialistas, no obtuvieron absolutamente ninguno.

El Partido Socialista obtuvo también malos resultados: el número de sus diputados bajo de los 116 a 58 aunque aún se mantenía y había aumentado su fuerza en Madrid. La Esquerra catalana bajó de 46 a 19 mientras que su rival, la Lliga, ganaba los puestos que ella perdía. Los radicales aumentaron ligeramente el número de puestos y como en las cortes casi siempre votaban con la Lliga, se puede decir que el bloque del centro ganó 30 puestos. Pero, las principales beneficiadas de esta catástrofe fueron las derechas: su número pasó de 42 a 200. España parecía volverse contra la República.

El movimiento pendular, no obstante no fue tan violento como esos números podrían sugerir. La nueva ley de elecciones había sido hecha para favorecer la formación de dos grupos principales en las Cortes, a imitación del sistema de partidos inglés: la votación era por listas de candidatos y partidos combinados en forma de un frente unido, obteniendo así ventajas sobre los que obraban de otro modo.

A la parte victoriosa en las votaciones se le daba una representación en las Cortes, que estaba fuera de toda proporción con su número de votos. En aquellas elecciones las derechas habían presentado un frente unido y las izquierdas no. Así, sucedió que aunque las derechas obtuvieron el doble de puestos en las Cortes que las izquierdas, el número de votos obtenido por aquellas fue inferior al de los desunidos partidos de izquierda.

La causa principal de la derrota de los partidos de izquierda fue la negativa de los socialistas a colaborar con ellos en las elecciones. Los socialistas estaban perdiendo prestigio desde lo ocurrido en Casas Viejas. Su fracaso de influir en cualquier medida de reforma agraria y el convencimiento de que su continuada participación en el gobierno los estaba haciendo impopulares ante sus mismos partidarios, condujo hacia un descontento creciente entre los dirigentes del partido.

Puesto que los republicanos habían llegado ahora al máximo de sus trabas, cuando los socialistas se daban cuenta de que su programa había empezado a realizarse a penas, toda colaboración parecía fuera de lugar. Pero el presentarse a las elecciones solos fue un acto de suicidio . Obrando así, perdieron todas las ventajas de la nueva ley electoral que ellos habían ayudado a introducir y que los partidos de derecha estaban prestos a aprovechar paras mismos.

El resultado de esto fue que, aunque los socialistas eran indudablemente mucho más fuertes numéricamente en 1933 que lo habían sido en 1931, solo obtuvieron la mitad del número de sus candidatos. Esto fue el castigo por haber antepuesto el orgullo al propio interés.

La ley electoral de la República

Consistía en resumen en lo siguiente. Cada zona elegía varios miembros, pero los electores solo podían votar por un limitado número de candidatos o sea, por menos que el número completo de diputados a elegir. Madrid eligió diecisiete y los electores solo pudieron votar por trece. Barcelona eligió veinte y los electores solo pudieron votar por dieciséis. El partido o combinación de partidos que obtenía mayoría podía así ganar en Madrid trece puestos y la mayor minoría, aunque se acercara mucho a la mayoría, solo obtenía cuatro. La ventaja dada a la combinación de partidos es obvia.

El aquellas elecciones el resultado de la votación en Madrid fue el siguiente socialistas 175.000; derechas 170.000; izquierda republicana y radicales, juntos 100.000. Los socialistas obtuvieron, en consecuencia, 13 puestos, las derechas 4 y los otros partidos ninguno. Los socialistas ganaron debido a su excepcional fuerza. En provincias, no obstante perdieron por causa de su disputa con el partido de Azaña y por la compra de votos llevada a cabo por las derechas que no regatearon en el precio.

Otra causa de la derrota de las izquierdas fue la abstención de los anarquistas. En 1931 gran cantidad de ellos habían votado por primera vez, contagiados por el entusiasmo general. Este año habían organizado una campaña de no votad, respaldada por todos los recursos de su propaganda. Cuando la CNT votaba lo hacía corrientemente por algún partido republicano, jamás por los socialistas. Así, su abstención en aquellas elecciones afectó seriamente a la Esquerra, que perdió los votos del proletariado catalán, habiendo de depender de los campesinos y de la pequeña burguesía. El voto femenino desempeñó también su papel.

En la clase media, muchas mujeres cuyos maridos votaban por los republicanos seguían los consejos del cura del lugar y votaban las derechas. En la clase trabajadora fue diferente: allí las mujeres eran tan anticlericales como los hombres, y por esta causa, el voto socialista no se resintió. Las disensiones de las izquierdas, no obstante, no bastaban para explicar la nueva situación. Las fuerzas de las derechas se habían fortalecido también grandemente. En anteriores elecciones habían sido eliminadas porque habían estado asociadas con la Monarquía. Sus partidarios se quedaban en casa o bien, con la esperanza de poner un freno a la República, votaban por los radicales. Era de esperar, por lo tanto, que ahora actuarían por cuenta propia.

Pero, la serie de sus éxitos fue debida a una cuidadosa organización. Después de la destrucción de los viejos partidos monárquicos en 1931, un nuevo partido conocido con el nombre de Acción Popular fue fundado como la rama política de Acción Católica. Acción Popular vino a representar la reacción de la Iglesia y especialmente de los jesuitas, contra la República.

Fue una imitación superficial del partido católico alemán y, en la intención de sus fundadores, no sería simplemente el partido de los caciques, del ejército y de la aristocracia, sino también de las masas católicas. Aceptaba a la República, pero no las leyes anticatólicas y la mayor parte de su programa consistía en una demanda de revisión de la Constitución. Su programa social era de calidad vaga e imprecisa porque los pocos católicos que veían la necesidad de una reforma agraria y de un seguro contra enfermedades y desempleo eran eclipsados y empequeñecidos por los terratenientes.

A pesar de las buenas intenciones de los fundadores del partido, los terratenientes trazaban siempre la línea política porque ellos eran los que proveían los fondos. El cerebro del partido era Ángel Herrera, director de El Debate, un periódico controlado por los jesuitas, quien puso al frente como jefe a un joven de algún talento, pero de muy mediocre personalidad, llamado Gil Robles.

José María Gil Robles era hijo de un eminente profesor en leyes, y después de haber sido el discípulo modelo del colegio de los Salesianos pasó a la oficinas de El Debate. Allí tuvo la suerte de agradar a sus jefes quienes, cuando fue evidente que la Dictadura no duraría mucho y que los malos tiempos se aproximaban, lo eligieron como dirigente del nuevo partido católico. Se arregló su boda con la hija del conde de Revillagigedo, uno de los hombres más ricos de España, quien le proporcionó la posición y amistades requeridas por un dirigente católico como él, yendo a pasar su luna de miel en Alemania.

Primeramente visitó la asamblea de Nuremberg en donde quedó fuertemente impresionado por Hitler y por Dollfus. La persecución de la Iglesia por los nazis le hizo reaccionar contra su primera impresión, fijando sus ojos finalmente en el Estado corporativo austriaco que vino a ser la meta hacia la cual esperaba conducir los destinos de España.

En Alemania aprendió algo sobre el valor de la propaganda en las campañas políticas y a su vuelta a España procedió a poner en práctica las lecciones aprendidas. El episodio de Casas Viejas demostró claramente que unas elecciones no estaban muy lejos y, con el fin de asegurar para su partido la mayoría que deseaba obtener, vio que sería necesario aprovecharse de la nueva ley electoral y formar un bloque con todos los partidos de derecha.

El primer paso a dar consistía en agrupar alrededor de Acción Popular varias pequeñas entidades católicas de naturaleza semejante: la Confederación de Padres de Familia; la Organización de la Juventud Católica, y otras por el estilo. El nuevo partido así formado recibió el nombre de Confederación Española de Derechas Autónomas o, más brevemente, la CEDA.

Este partido procedió al instante a la formación de un bloque para presentarse a elecciones compuesto de cuatro partidos más de derechas: Renovación Española, el pequeño partido monárquico; Comunión Tradicionalista, el partido carlista; los nacionalistas vascos y los agrarios. Este último era un partido de mucha afinidad con la CEDA, cuyo programa estaba enteramente confinado a la defensa de los hacendados. Representaba en las zonas rurales lo que los radicales en las ciudades. Gil Robles cuyo partido, la CEDA, con sus 110 diputados era el más fuerte en las Cortes fue el dirigente de la nueva combinación de gobierno.

La relativa fuerza de los principales partidos de derecha se manifestó en el número de diputados que enviaron a las Cortes: CEDA, 110; agrarios, 36; tradicionalistas, 20; Renovación Española, 15 nacionalistas vascos, 14. Nada puede mostrar mejor la impopularidad del rey que lo reducido de su partido en estas Cortes. La Monarquía era, decididamente, una causa perdida

Los meses siguientes fueron empleados en preparaciones. Hicieron informes extractados, al estilo nazi, sobre cada votante precisando sus opiniones, lugar de trabajo y quién podría influenciarlo. Fueron organizados actos políticos y reuniones. Todo esto costaba dinero. Los viejos partidos de la monarquía habían tenido siempre fondos medianos. Sus gastos en las elecciones eran reducidos al mínimo ya que la sola recompensa que ofrecían a sus votantes era la de que, si salían triunfantes, se repartirían los despojos.

Pero, ahora el sistema caciquil trabajaba solamente en regiones aisladas y, por esta causa, era necesario el dinero para la propaganda en las ciudades y para comprar los votos en el campo. Los terratenientes eran los únicos que podían darlo. Así, toda esperanza de que la CEDA realizara el más modesto programa de reformas sociales fue desechada desde un principio.

Los terratenientes y especialmente los del grupo monárquico, que siendo los más ricos habían contribuido más ampliamente, estaban allí para impedirlo. Compuesta como estaba de tan discordantes elementos y dividida irremisiblemente, la combinación conducida por la CEDA fue incapaz, desde un principio, de ninguna decisión positiva.

Gobierno y Oposición

La primera cuestión que se planteó fue la composición del gobierno. El partido más grande de las Cortes era la CEDA, pero no había tenido mayoría absoluta. Era natural, por lo tanto que el centro, en otras palabras, los radicales, deberían formar gobierno. Ellos podían depender de los votos de las izquierdas o de los de las derechas. Es muy significativo que prefirieran estos últimos. Como resultado de esto hubo una pequeña escisión en su partido, Martínez Barrio cruzó la estancia con un grupo de unos treinta incondicionales y tomó asiento junto a Azaña.

La Lliga y por algún tiempo los agrarios formaron parte de gobierno. Estos últimos tenían la política de ayudar a los terratenientes revalorizando los productos agrícolas, en otras palabras, aumentando los impuesto sobre los cereales importados y reduciendo los salarios, y estaban ansiosos de aplicarla. Las intenciones del gobierno se vieron pronto. En el espacio de pocas semana toda la legislación de las Cortes Constituyentes que fijaba salarios y condiciones de empleo fue anulada o amortiguada.

La garantía a los arrendatarios contra cualquier desposesión caprichosa fue suprimida: unos 10.000 campesinos que habían sido asentados en grandes propiedades de Extremadura fueron desposeídos de sus derechos. Los salarios (que sin duda eran demasiado altos) fueron reducidos en un 40 y 50 por ciento y los terratenientes, para colaborar, comenzaron a despedir trabajadores. Al mismo tiempo todo aquello de la legislación anticlerical del último gobierno que podía ser escamoteado lo fue, y la substitución de las escuelas religiosas por laicas fue pospuesta indefinidamente. El presupuesto de educación fue también drásticamente reducido.

Estas medidas eran extraordinarias por demás, ya que los radicales habían ganado siempre sus elecciones por su sello anticlerical y habían votado recientemente en favor de la laicización de la educación. Era el precio que habían de pagar por la ayuda de la CEDA.

Más significativa aún fue la aceptación de un decreto de amnistía dando la libertad a todas las personas complicadas en el alzamiento militar de Sanjurjo, reponiendo a los oficiales en los lugares que ocupaban antes y abonándoles la paga de todo el tiempo que habían estado en prisión. Los nobles cuyas haciendas habían sido confiscadas las volvieron a recobrar. Este decreto que sancionaba claramente el derecho de los militares a alzarse contra el gobierno fue aceptado solo después de un gran tumulto en las Cortes y el presidente lo firmó declarando tímidamente que él lo desaprobaba personalmente.

Una tentativa del ministro de Justicia para restablecer la pena de muerte no fue tenida en cuenta por miedo a que ello provocara una revolución. En una palabra, no hubo apenas un acto del anterior gobierno que no fuese echado a un lado o desfigurado. Con todo, el gobierno radical era extremadamente débil : hubo crisis ministeriales casi todas las semanas mientras que una oleada de pequeñas huelgas por todo el país imposibilitaba toda actividad de recuperación comercial.

Los Anarquistas

Los anarquistas no habían esperado, desde luego, a que el nuevo gobierno mostrara las uñas para declararle una guerra abierta. Durante las elecciones, debemos recordarlo, llevaron a cabo una fuerte campaña de propaganda contra el voto. El resultado fue, el triunfo de los partidos reaccionarios. Los anarquistas sintieron entonces que su honor requería una respuesta a este triunfo del fascismo por el único medio que conocían: la revuelta armada. Querían mostrar a los socialistas el único y verdadero camino para combatir a la burguesía.

Después de las consultas usuales con la FAI, los diferentes comités regionales de la CNT se reunieron para decidir lo que se debía hacer. Estuvieron de acuerdo en que una acción revolucionaria, más fuerte que nunca, era necesaria, Pero, la mayoría de las federaciones regionales estaban exhaustas por anteriores alzamientos y no tenían armas. Se decidió, por esta causa, que solamente se alzaría la Federación aragonesa siendo ayudada por otras partes del país por medio de huelgas generales.

El aragonés es el más fuerte y obstinado de todos los pueblos de España, como lo muestra la historia de sus conflictos y los famosos sitios de Zaragoza y de Numancia. El Partido Socialista (debido quizás a que estaba asociado con Castilla) nunca tuvo muchos adherentes entre ellos.

Los trabajadores de las ciudades, los campesinos y habitantes de los páramos que un s. antes se habían agrupado bajo la bandera carlista, seguían ahora a la bandera roja y negra de la CNT. Zaragoza misma era un fuerte baluarte de la CNT y el centro de una esencia anarquista más pura aún que la que podía hallarse en la medio sindicalista Barcelona.

El alzamiento estalló el 8 de diciembre y el comunismo libertario fue proclamado en muchos pueblos de Aragón y en los viñedos de la Rioja. En Zaragoza, Huesca y Barbastro alzaron barricadas e intentaron apoderarse de los edificios públicos. En otras partes de España, Andalucía, Valencia y La Coruña hubo huelgas y quema de iglesias. Solamente Cataluña, agotada por los esfuerzos del año anterior, se mantuvo quieta. Pero, la insurrección no duró largo tiempo. El gobierno envió tropas y al cabo de cuatro días todo estaba terminado. El gobierno podía contar con el ardor del ejército y de la policía republicana contra la CNT.

Es digno de observación el hecho de que en este movimiento, por primera vez en España, se daban instrucciones claras y precisas para una revolución social. Las fábricas fueron ocupadas por los trabajadores, y se nombraron comités de fábrica. Otros comités de alimentación, transporte y demás fueron organizados siguiendo la línea trazada por Kropotkin. Este alzamiento fue considerado como el ensayo de una próxima revolución o como el principio de la misma. Pero la fatal debilidad del anarcosindicalismo se manifestó en el hecho de que solo una entre todas las provincias de España, se levantó.

¿Qué se podía esperar de esto? La FAI había jugado, una vez más, a la revolución. No obstante, es característico de los españoles el contentarse con gestos y pequeños actos de desafío y de temeridad y descuidar el contenido real de la materia. Los árabes conquistaron toda España en dos años. Los españoles necesitaron ocho siglos para desembarazarse de ellos.

En el alzamiento, fueron muertos 67 miembros de la CNT y 87 gravemente heridos. Esto demuestra la envergadura relativamente pequeña de la lucha. Se llevaron a cabo casi 6.000 detenciones por la policía, y la CNT fue declarada organización ilegal, aunque el gobierno era demasiado débil para mantener tal medida. (Véanse las notas 170, 171, y 172 del Boletín del IWMA.

La primera contiene el texto de una proclama de la CNT sobre la organización de los Comités). Una secuela divertida de este alzamiento fue el secuestro de los jueces en la Audiencia en que se juzgaba a los prisioneros y la desaparición de todas las pruebas que habían sido acumuladas por la policía. El golpe había sido organizado por Durruti desde prisión

La fuerza positiva de la CNT radica, no en sus revueltas armadas, a pesar de todo, sino en su capacidad de resistencia sindical. Esto fue probado por una huelga general declarada en Zaragoza en marzo de 1934 —tres meses solamente después de la supresión del alzamiento— como protesta contra los malos tratos recibidos por los prisioneros en diciembre último. Duró cuatro semanas, durante las cuales Zaragoza pareció una ciudad muerta. Los hijos de los huelguistas fueron enviados a otras ciudades, a cargo de familias que cuidaron de ellos.

Una huelga similar, pero de más corta duración fue declarada en Valencia. Cuando recordamos que la CNT no tenía fondos pro-huelgas, podemos apreciar mucho mejor el valor y capacidad de resistencia requeridos en esos trances. Si los anarcosindicalistas no pudieron llevar a cabo su revolución, supieron de todas maneras mantener viva una situación revolucionaria. Como ya he señalado en otro capítulo anterior, el éxito constante de movimiento anarquista en España radica en la influencia moral que ha ejercido sobre los trabajadores. Un socialista inglés escribió:

Mientras por todas partes el movimiento de los trabajadores es orientado hacia la consecución de confort y seguridad, los anarquistas españoles viven solamente por la libertad, por la virtud y por la dignidad. Edwuard Conze, La España de hoy, p. 62. Cuadro de las relaciones entre socialistas y anracosindicalistas en el periodo 1934-1936.

Esto es exacto. Sí, a diferencia de otros partidos revolucionarios, los anarquistas se preocupaban poco de la estrategia era porque creían que se llegaría a la revolución espontáneamente tan pronto como los trabajadores estuviesen moralmente preparados para realizarla.

Sus principales esfuerzos se encaminaron hacia esa preparación. No era suficiente para ellos el ganar adeptos. Cada trabajador debe procurar poner en práctica rápidamente la concepción anarquista de la vida. De aquí se deducía que sus dirigentes no podían, como los aburguesados socialistas, vivir en confortables pisos en las barriadas burguesas. Tenían que quedarse en sus trabajos de tiendas y fábricas como trabajadores ordinarios.

En las huelgas y alzamientos armados debían estar siempre en los lugares de mayor peligro. No se permitía una burocracia pagada para dirigir y administrar su gigantesca organización: los trabajadores debían resolver ellos mismos sus propios asuntos por medio de comités elegidos, aunque ello representara un sacrificio de la eficacia revolucionaria. Era mejor que la revolución fracasara que basarla sobre una traición a los principios.

Los Socialistas

Esta severa actitud moral estaba en evidente contraste con la conducta de los socialistas que durante tres años saborearon los frutos del gobierno. Una multitud de nuevos empleados sindicales había surgido y muchos de los dirigentes percibían salarios espléndidos. Pero, los obreros habían conseguido con ello pocos beneficios.

Durante todo ese tiempo los anarquistas habían estado dando pruebas de su entrega a la causa de los trabajadores por medio de huelgas heroicas, descabellados e infructuosos alzamientos y en las celdas de las cárceles. El reproche era evidente. Aun aquellos que desaprobaban sus tácticas se sentían arrebatados por su ejemplo. La UGT vacilaba. Después de cincuenta años de estricto reformismo el Partido Socialista empezó a ser revolucionario.

Debemos considerar lo que este cambio significa. Solamente dos años antes, Fabra Rivas, subsecretario del ministro del Trabajo Largo Caballero, había hablado en los términos siguientes: No es suficiente practicar el socialismo. Hay que conquistarlo, hay que merecerlo.

El Partido Socialista espera que la República les permitirá realizar esta labor ya que por ello la ha defendido con tanto ardor. Fabra Rivas continuaba exponiendo que el Partido Socialista no esperaba ver realizado el socialismo entonces ni aun simplemente un gobierno socialista en Madrid. Debían contentarse con desarrollar sus ideas gradualmente.

Discurso pronunciado el 14-II-1932 en la inauguración de la Escuela de Trabajo en Zaragoza. Citado por C. y J. Picard-Moch, en L´Espagne républicaine, p. 382-383

Esta había sido, después de todo, la actitud clásica del socialismo español tal como la había mantenido Pablo Iglesias. Desde entonces nada había sucedido que pudiera hacerla irrealizable. Solamente había habido, si juzgamos superficialmente, una inclinación del péndulo que en otro país hubiera sido considerada como temporal.

Con todo, en enero de 1934 la opinión del partido y más aún de los sindicatos se inclinó rápidamente en favor de la abstención en el gobierno hasta que la dominación socialista pudiera ser posible, o sea, hacia una actitud revolucionaria. Para explicar las razones de este cambio debemos retroceder unos pocos años. Cuando cayó la Dictadura, los socialistas eran todavía un partido pequeño. Su central sindical, la UGT, era infinitamente inferior en número a la de los anarcosindicalistas.

El número de sus afiliados no llegaba a los 300.000. Durante la República se extendió enormemente logrando llegar en junio de 1932 hasta el millón de miembros. En 1934 alcanzó la suma de 1.250.000 afiliados. Este prodigioso aumento le dio una conciencia de sí misma que no había poseído antes.

Una cosa debe ser observada en esta expansión: la mayoría de los nuevos adeptos pertenecían, o bien a los pequeños campesinos y labradores sin tierras o a la clase de los empleados y dependientes de comercio. Los socialistas ganaron terreno a la CNT aquí, gracias a la nueva legislación del trabajo y a las esperanzas que su posición en el gobierno había despertado.

El número de mineros, trabajadores industriales y ferroviarios mostraba poco aumento porque la mayoría de ellos habían estado antes alternativamente bajo la influencia de socialistas y anarquistas. Los siguientes números tomados en junio de 1932 da las proporciones: 445.411, trabajadores rurales; 287.245, trabajadores industriales, mineros y ferroviarios; 236.829, oficinistas y empleados de comercio. Estas cifras muestran con suficiente claridad por qué los socialistas eran tan sensibles al descontento de las regiones campesinas y por qué estaban tan ansiosos de una comprensiva solución agraria.

La negativa de los partidos republicanos a tratar seriamente la reforma agraria constituyó, pues, la raíz de la desilusión de los socialistas con la República. Era un sentimiento que venía de lo más profundo, y afectaba más a los jóvenes que a los viejos, a los recién llegados que a los veteranos del partido. El hecho de que fuese especialmente fuerte en Madrid era, quizás, debido a que los anarquistas allí eran pocos aunque fuertes.

Generalmente hablando, un pequeño grupo bien organizado de anarquistas en un terreno de los socialistas conducía a estos hacia la izquierda, mientras que en los lugares predominantemente anarquistas los socialistas eran obstinadamente reformistas. Esta política halló su figura en Largo Caballero. Como presidente de la UGT estuvo siempre especialmente alerta ante el peligro de perder terreno a favor de los anarcosindicalistas. Además se sentía agraviado personalmente y se había disputado con Azaña. Siendo ministro del Trabajo se había disgustado porque se saboteaba mucho de lo hecho por él en la legislación.

El sabotaje es un arma vieja en España. La fórmula que lo expresa, obedecemos pero no cumplimos, data de varios siglos. Largo Caballero se dio cuenta de que hasta los empleados de su propio Ministerio se negaban a obedecer las órdenes que se les daban. Aquello era una conspiración para hacer fracasar todo. Así, sucedió que por febrero de 1934 decía que la única esperanza de las masas es la revolución social. Sólo ella puede salvar a España del fascismo . Como dijo Maurín, Largo Caballero, el representante del oportunismo reformista, se convirtió en 1934 en el hombre de las masas.

Ochenta años antes Carlos Marx había señalado que los movimientos revolucionarios de España evolucionaban más lentamente que en los otros países y que necesitaban, corrientemente, varios años para alcanzar su madurez. Por lo tanto, no había nada realmente sorprendente en aquella nueva evolución. El primer paso para llevar la nueva política a efecto fue la organización por la UGT y por Largo Caballero en particular de la Alianza Obrera. Esta era entendida como una especie de frente popular confinado a los partidos de la clase trabajadora y organizado localmente.

La CNT se negó a sumarse a ella. Las relaciones entre las dos grandes sindicales eran bastante tensas y los anarcosindicalistas se negaban a creer que los socialistas pudiesen cambiar de mentalidad tan repentinamente y que después de cincuenta años de domesticidad pudiesen desarrollar instintos revolucionarios. Sentían también gran desconfianza hacia Largo Caballero que siempre había demostrado gran hostilidad hacia ellos. Se entendían mucho mejor con el ala socialista de derecha, con Prieto. Los comunistas también se negaron. Estos estaban aún en su fase rabiosamente revolucionaria y también a la greña con todos los grupos y partidos del país.

Todo lo que Largo Caballero pudo conseguir fue la adhesión del Bloque Obrero y Campesino, un pequeño grupo de marxistas de izquierdas reducido a Cataluña, de los Sindicatos de Oposición o treintistas de Pestaña y Peiró que se habían separado recientemente de la CNT y estaban también reducidos a Cataluña y Valencia. Más tarde, los rabassaires, también se sumaron a ellos.

Bloque Obrero y Campesino

La historia del pequeño grupo marxista de Cataluña es algo confusa. A fines del 1931, Nin y Maurín abandonaron el Partido Comunista y fundaron el Partido Comunista de Izquierdas. Este nuevo grupo se dividió después de las elecciones de 1933 a causa de la cuestión sobre la cooperación con los socialistas.

Maurín, con la gran mayoría (en Cataluña llegaban a 25.000) que deseaba la cooperación, fundó el Bloque Obrero y Campesino, una confederación insignificante, con un pequeño número de afiliados y muy poca disciplina y la Federación Comunista Ibérica con un núcleo de 3.000 militantes y una estricta disciplina. Es un tanto divertido el notar que su apresuramiento por iniciar las tácticas del frente popular, nueve meses antes de que Stalin lo ordenara, les valió el ser furiosamente atacados por la prensa del Partido Comunista oficial como fascistas y traidores.

Los restantes del Partido Comunista de Izquierdas, que sumaban unos 5.000, y entre los que se contaban los intelectuales como Nin, Gorkin, Andrade y demás, quedaron fuera de Alianza Obrera hasta octubre de 1934 en que, como el Partido Comunista, se sumaron a ella pocos días antes del alzamiento.

Después, en febrero de 1936, las dos ramas de los viejos partidos comunistas de izquierda se reunieron para formar el POUM. Aunque parezca extraño, muchos de los miembros de este rígido grupo marxista se sindicaban en la CNT y no en la UGT. Esta era demasiado reformista en Cataluña. Así, sucedió que la Alianza Obrera (por lo menos hasta agosto) solo había conseguido tener vida en Cataluña, en donde, semejante al PSUC dos años y medio después, debía su razón de ser a los celos y envidia hacia los anarcosindicalistas.

Fue aún lo bastante fuerte para declarar una huelga general que fue efectiva en una ciudad Sabadell. ¡Una huelga en Cataluña que no era anarquista! ¡Y bajo las órdenes de Largo Caballero, esto es, de Madrid! Maurín, el dirigente del Bloque Obrero y Campesino, sintió tal entusiasmo por la nueva aventura que, por un momento, se vio tentado a ingresar en el Partido Socialista.

Las condiciones de las zonas rurales, que ya eran bastante malas en 1933, habían empeorado rápidamente. La reducción de los salarios, los despidos de trabajadores, el relajamiento de las leyes que protegían a los arrendatarios, permitido y estimulado por el gobierno con la esperanza de reanimar el comercio y estimular al capital, había traído un aumento enorme de miseria.

El vizconde de Eza, un diputado monárquico y una autoridad famosa en la agricultura, declaró que en 1934 unas 150.000 familias de campesinos carecían de lo más indispensable. Algunos pueblos tenían casi mil hombres parados diez meses al año. Cuando el tal vizconde preguntó a un grupo de aquellos hombres que solución veían ellos al problema, estos contestaron: Dejarles que nos maten a la mitad.

La miseria era tan grande que los mismos terratenientes estaban aterrados. En parte por razones económicas, pero más aún con el designio de asestar el golpe de gracia a la República vacilante, habían despedido a grandes cantidades de trabajadores y cultivaban sus tierras lo menos posible. Ante tanta miseria ellos eran demasiado débiles para defenderse por sí mismos y el gobierno, que tenía un miedo atroz a otro Casas Viejas, había dado orden a la policía de mantenerse en la expectativa todo lo posible. Así pues, los socialistas pudieron apoderarse, más o menos por la fuerza, de las tierras de los hacendados y organizar colectividades en algunas provincias. ¡A tal grado de debilidad habla llegado el gobierno desde que Azaña había cesado de dirigirlo!

Las colectivizaciones fueron organizadas del siguiente modo: un representante de la Federación de Obreros Agrícolas de la UGT, al frente de un gran número de campesinos sin trabajo se presentaba ante el dueño de las tierras y le invitaba a prestar una parte de su tierra para formar una colectividad. El mismo sería incluido como miembro con su parte en los beneficios. Todos los documentos estaban preparados de antemano y acto seguido se le invitaba a firmarlos.

Dadas las circunstancias, pocos tuvieron el valor de negarse. De esta manera, un centenar de colectividades fueron organizadas en la provincia de Ciudad Real y casi otras tantas en la de Toledo. Otras fueron establecidas en Jaén, Badajoz y Valencia. Una escuela con clases para enseñar el uso de los tractores y la teneduría de libros fue abierta en Valdepeñas por Félix Torres. Aunque el capital era pequeño y pocas colectividades pudieron adquirir tractores, la mayoría de ellas parece que trabajaron lo suficientemente bien como para subsistir hasta el fin de la guerra civil.

Toda la miseria e inquietud de las regiones campesinas culminaron en una huelga general en junio de 1934. Todo había estado contribuyendo a ella durante la largo tiempo, pero cuando llegó era demasiado tarde para que pudiera ser efectiva. El hambre no hace buenos huelguistas. El motivo de la huelga era el de obligar a los hacendados a cumplir con la legislación del trabajo creada por la República y tomaron parte en ella tanto la CNT como la UGT. Los campesinos abandonaron el trabajo en quince provincias, reanudándolo al cabo de nueve días a causa de un arreglo lo con los dueños de las tierras.

Entre tanto, el proceso de socavamiento de la labor de la República desde los bancos del mismo Gobierno seguía su curso. Lerroux había cesado de ser presidente del Consejo y otro radical, Ricardo Samper, había ocupado su puesto. Este gobierno era, si ello podía ser posible, más débil y estúpidamente provocador que el anterior. Uno de sus primeros actos fue el de querellarse con los catalanes.

La situación en Cataluña

La situación en Cataluña era la siguiente. Gracias a la abstención de los anarquistas en las elecciones, la Lliga había enviado 25 diputados a las Cortes y la Esquerra solo 19. Pero en las elecciones de la Generalidad, o gobierno catalán autónomo, que tuvieron lugar en enero, los anarquistas se habían arrepentido de su ligereza anterior, y, en consecuencia, la Esquerra obtuvo una victoria completa. Como el coronel Maciá había muerto en diciembre de 1933, Luis Companys era ahora el jefe del partido.

Pronto surgieron dificultades sobre la cuestión agraria. Las leyes que las Cortes hablan promulgado fijando las rentas y prohibiendo los desahucios injustificados de los arrendatarios habían sido rechazadas por los radicales o no se habían llevado a efecto. Se expulsaba a los arrendatarios por todo el país como en los malos días del pasado.

Los hacendados catalanes no se quedaron atrás en esto. Aprovechando las características de ciertos contratos largamente discutidos, empezaron a despedir arrendatarios cuyo arriendo consideraban caducado. En pocos meses, más de mil familias fueron desposeídas de la tierra que, en la mayoría de los casos, habían cultivado durante varias generaciones.

No existen grandes propiedades agrícolas en Cataluña, La mayor parte de la tierra está en manos de pequeños propietarios quienes han llegado a ese estado gracias a muchas economías y que ceden sus tierras a una clase de campesinos conocidos con el nombre de rabassaires . El tipo de contrato que acostumbran a establecer es el de la aparcería familiar o sea, cosecha compartida, en el cual gastos y beneficios son compartidos equitativamente por arrendatario y dueño.

Pero, como la mayor parte de la tierra así arrendada es cultivada en viñedos, la duración de los contratos está basada sobre el tiempo de vida de las cepas, la tierra vuelve a su dueño cuando tres cuartas partes de las cepas han dejado de producir rabassa morta y puede entonces renovar o no el contrato, según le plazca. El campesino catalán había hecho un arte de la prolongación de la vida de las cepas y en los pasados tiempos estas duraban, por lo general, cincuenta años. Esto aseguraba al labrador un contrato que cubría sus años de trabajo y le indemnizaba de los seis u ocho años de trabajo sin fruto que necesitaban las nuevas plantas para llegar a un estado de inmadurez.

Pero, la plaga de la filoxera mató en el pasado s. todas las cepas viejas, lo que condujo a la introducción de un nuevo tipo de planta que requería mucho más cuidado y cuyo máximo de vida era el de veinticinco años. Esto creó una situación manifiestamente injusta. o obstante, cuando el primero de los nuevos contratos terminó durante la guerra europea, los precios eran tan altos que no hubo disputas para la renovación de contratos. Fue solamente cuando llegó la baja en el precio de los vinos cuando los rabassaires empezaron a sentir lo injusto de su situación.

Los rabassaires

Los rabassaires habían estado organizados primeramente en 1923 en una sociedad agrícola bajo la dirección le Companys. A pesar de su adhesión a la Esquerra, se tomaron poco interés por la política. Algunos de sus miembros se sindicaron en la CNT y otros en la UGT. Por otro lado cierto número de anarquistas y socialistas eran miembros de los rabassaires que consideraban como un sindicato agrícola.

Los rabassaires eran simplemente pequeños campesinos que creían en la socialización y que intentaban resolver sus propios asuntos. Tenían un programa de cooperativas agrícolas, instituciones de crédito y sociedades de ayuda mutua las cuales, sin ninguna ayuda por parte de Estado, habían dado sorprendentes resultados. Sus ideas no eran teóricas y las modificaban según lo exigía la experiencia adquirida por la práctica y mostraban gran persistencia en llevarlas a cabo. Sus cooperativas ofrecían un cuadro lisonjero de lo que podría ser la agricultura en buena parte de España, colocada bajo mejores auspicios.

Entonces se organizaron, con la ayuda de Companys, en un sindicato y cuando cayó la Dictadura se situaron bajo la protección de la Esquerra. A cambio de su ayuda política se comprometieron a votar por ella en las elecciones. Esta ayuda pedía ahora su recompensa y de acuerdo con ello, el gobierno de la Generalidad dictó la ley de cultivos que venía a regularizar el asunto. Fue un decreto moderado que daba facilidades a los arrendatarios para adquirir la tierra que hubiesen trabajado durante quince años y que creaba tribunales de arbitraje.

Los hacendados no aceptaron dicha ley y apelaron a Madrid. El gobierno español llevó el caso ante el tribunal de Garantías Constitucionales para que decidiera sobre si la Generalidad tenía o no poder para dictar tal decreto. Este tribunal, cuyos miembros habían sido cambiados recientemente con el fin de que estuviese en armonía con los designios del gobierno, decidió que no tenía derecho. Ante esto, Companys desafió a Madrid declarando que la ley sería llevada a efecto a pesar de todo, La Lliga, que debió haber mediado, se negó a continuar en el Parlamento catalán y lo abandonó.

La situación en el País Vasco

Al mismo tiempo que el gobierno rompía con los catalanes, se querellaba con los vascos. Estos tienen una larga tradición de libertad y autogobierno. En 1840 tenían su propio parlamento, sus cortes y su moneda propia. Tenían su propia milicia y el rey no podía pasar sus tropas a través del país vasco sin su permiso. Su administración se distinguía de la del resto de España por su eficiencia y ausencia de corrupción.

Pero en castigo por la ayuda prestada a don Carlos, perdieron su autonomía conservando solamente algunos fueros o privilegios Estos les permitían fijar sus propios impuestos, tener su aduana y les eximía del servicio militar. De resultas de su participación en la segunda guerra carlista, perdieron todo esto concediéndoseles lo que fue llamado un Concierto Económico que les permitía, entre otras cosas, fijar sus propios impuestos pagando una suma convenida a la Hacienda nacional.

Después de 1900 apareció un nuevo partido en las provincias vascongadas, exactamente igual que había ocurrido en Cataluña algunos años antes. Semejante a la Lliga, fue un partido de grandes industriales, y de pequeños burgueses católicos y campesinos. Sus deseos de autonomía partían de las mismas causas: el sentimiento nacional mezclado del resentimiento de un una raza joven y emprendedora de verse gobernada por un grupo de soldados y terratenientes castellanos.

Había también un motivo religioso. Los vascos nacionalistas, intensamente católicos, deseaban sustraer a su país de la corrosiva influencia del anticlericalismo español y gobernarse de acuerdo con las encíclicas de León XIII. Pero los sentimientos que abrigaban no eran tan fuertes como los de los catalanes, porque los vascos, semejantes a los escoceses, son una raza de montañeses que está acostumbrada, desde mucho tiempo, a hallar el terreno para sus proyectos y realizaciones fuera de su propia región. Económicamente hablando, son extrovertidos.

El primitivo lenguaje vasco no es tan usado como el catalán. No solamente le falta tradición literaria, sino que solo es hablado en dos provincia, Vizcaya y Guipúzcoa, y en los valles pirenaicos de Navarra. En la provincia del sur, Álava, ha desaparecido casi completamente siendo, bastante tibia la adhesión de los alaveses al nacionalismo.

Por otro lado, los vascos nacionalistas tenían la ventaja de que el problema social no era tan grave en su región como lo era en Cataluña. Aparte de un núcleo de socialistas de los Altos Hornos de Bilbao, cuya conducta era enteramente reformista y que, además, no eran vascos sino emigrantes de otras regiones de España, sus únicos rivales eran los carlistas, que predominaban en Navarra del mismo modo que ellos, predominaban en las provincias vascas.

La cuestión vasca quedó así resuelta con una lucha entre dos partidos ultracatólicos y conservadores, uno de los cuales esperaba realizar sus ideas religiosas y sociales creando un régimen propio en un relativo aislamiento de las vicisitudes de los políticos españoles, mientras que el otro, que tenía las mismas ideas, prefería la política más ambiciosa de ayudar a los partidos católicos de Castilla a imponerse por la fuerza en resto del país.

Una ojeada al mapa explicará la razón de estas dos actitudes diferentes: Vizcaya y Guipúzcoa están separadas del resto de España por los montes cantábricos y miran hacia el mar, mientras que Navarra está separada de Francia por los Pirineos y mira hacia el interior de la península. Las primeras han creado fuertes lazos con la Europa occidental por su industria y comercio, mientras que la segunda está orientada hacia Castilla.

Estos factores, sin mencionar otros de orden histórico, establecen una gran diferencia de temperamento y de ambiciones, diferencia que podemos observar también en su religión, ya que los vascos han desarrollado un catolicismo del tipo belga, con sindicatos y servicios sociales, mientras que los navarros han conservado su mentalidad de cruzada.

Bajo condiciones normales, esta rivalidad de las dos ramas de la familia vasca hubiera tenido una solución local, pero cuando la tensión en el resto de España entre los partidos de derechas y de izquierdas aumentaba, era natural que ellos fueran arrastrados por la misma y obligados a tomar una posición. Esto, no obstante, no se produjo inmediatamente.

La primera reacción de los nacionalistas vascos hacia la República no fue favorable. Indignados por las cláusulas anticlericales de la Constitución, sus diputados abandonaron las Cortes, pero el señuelo de un estatuto de autonomía les hizo volver. Se gastó algún tiempo en la discusión de los diferentes bosquejos, en parte a causa de que los vascos insistían en tener pleno control religioso con el derecho de enviar sus propios representantes al Vaticano y en parte porque Álava, situada entre las provincias vascas y Navarra, era indiferente.

Un texto aceptable acababa de ser aprobado cuando fueron disueltas las Cortes. En las elecciones, los vascos votaron por la CEDA, pero apenas lo habían hecho cuando se dieron cuenta de que ni la CEDA ni los radicales permitirían la aceptación de su estatuto de autonomía. Esto les inclinó hacia las izquierdas. En aquel momento el gobierno, que parecía complacerse en multiplicar el número de su enemigos, fue lo bastante torpe como para imponer una contribución que era, todo lo contrario de las previsiones del Concierto Económico.

Los vascos decidieron celebrar elecciones especiales en sus ayuntamientos como protesta de ello. El gobierno prohibió dichas elecciones y cuando se estaba realizando intentó impedirlas, se dispararon algunos tiros y el periódico monárquico ABC publicó un editorial en el que decía: Preferimos los comunistas a los vascos . Todos los ayuntamientos vascos dimitieron y sus diputados, siguiendo el ejemplo de la Esquerra, abandonaron nuevamente las Cortes. Así, en septiembre el gobierno español se las había compuesto para querellarse seriamente con vascos y catalanes.

La Revolución de 1934

Mientras el gobierno radical había conseguido revocar la mayoría de los actos de las primeras Cortes republicanas y se preparaba para traicionar a los restantes, el partido de Gil Robles se preparaba para el avance. La naturaleza compuesta de este partido, que variaba continuamente, y la necesidad de aparentar la aceptación del régimen republicano sin ofender a sus aliados monárquicos, condujeron a una serie de afirmaciones contradictorias hechas por su dirigente, aunque no era un secreto la realidad de sus fines.

El programa de Gil Robles estaba concebido por etapas. Primeramente debía formar un gobierno de coalición con los radicales; después, tomaría el poder él solo; más tarde, una vez preparado el terreno, convocaría unas elecciones preparadas de modo que le dieran una aplastante victoria; finalmente, volvería triunfante al sitial de gloria y mando y desde allí cambiaría la Constitución. Las circunstancias decidirían sobre si se crearía un Estado corporativo al modelo austríaco, o si se restauraría la monarquía.

Gil Robles

En un discurso dirigido a sus partidarios, poco antes de las elecciones de 1933, Gil Robles habló del modo siguiente.

Debemos marchar hacia un nuevo Estado. ¿Qué importa si ello significa derramamiento de sangre? Necesitamos una solución integral, que es lo que estamos buscando. Si queremos realizar este ideal, no debemos detenernos ni estancarnos en formas arcaicas. La democracia es para nosotros no un fin, sino un medio para llegar a la conquista de ese nuevo Estado. Cuando llegue el momento las Cortes se someterán o las haremos desaparecer ( El Debate).

En otras ocasiones insistía en que la rebelión contra la autoridad constituida era ilegal y contraria a las enseñanzas de la Iglesia. Ni la sedición ni la conspiración estaban permitidas. Posiblemente sea cierto que esperaba conseguir sus fines por medio de la legalidad.

El escritor falangista Giménez Caballero hace de él el siguiente comentario: Aparentemente fascista, aparentemente nacionalista, se ha visto obligado a eliminar de su lado a todo nacionalista auténtico y a todo elemento fascista. El y su partido, con su política vaticanista de jesuitismo tradicional eran espíritus bastardos sin fuerza genital

El momento para realizar la primera etapa parecía haber llegado y en una gran reunión de las organizaciones juveniles de su partido celebrada en Covadonga en septiembre, Gil Robles pronunció uno de sus típicamente equívocos y provocativos discursos: El camino está claro ante nosotros. ¡Ni un momento más! No queremos nada para nosotros, pero no sufriremos por más tiempo que este estado de cosas continúe. Estas palabras fueron interpretadas como que su partido no apoyaría por más tiempo a los radicales cuando las Cortes se reunieran el primero de octubre. Una semana después confirmó esto con lenguaje menos sibilino.

Los partidos de izquierda habían presenciado gradualmente el sabotaje de casi toda la legislación de las Cortes Constituyentes sin protestar más allá de la huelga, pero estaban decididos, si podían, a impedir que la Constitución fuese aniquilada completamente. Estaban dispuestos a tomar las armas para impedirlo. La cuestión estaba en saber cuándo sería el momento propicio. Los republicanos, imbuidos de sus leyes parlamentarias, no pensaban que hubiese llegado ese momento.

Los socialistas estaban divididos: los partidarios de Prieto eran del parecer de que una revolución en aquellos momentos estaba condenada al fracaso, mientras que los de Largo Caballero eran partidarios de ella. Fue una decisión difícil de tomar. Por un lado, los preparativos para un alzamiento no estaban lo suficientemente avanzados y se disponía de pocas armas y por otro lado, si ese momento no era aprovechado y la CEDA conseguía entrar en el gobierno, la oportunidad podía no volver a presentarse.

El recuerdo del aniquilamiento de los socialistas de Viena por Dollfuss estaba aún fresco en todas las mentes y Gil Robles era un discípulo de Dollfuss. Fueron a votación y una mayoría decisiva dio su apoyo a Largo Caballero. La Esquerra que controlaba la Generalidad, se mostró también dispuesta a izar el estandarte de la revuelta en Cataluña.

El 1º de octubre se reunieron las Cortes y el gobierno presentó la dimisión. Gil Robles pidió una mayoría de puestos para los suyos en el próximo gabinete. Los partidos de izquierda advirtieron al presidente de la República que si algún miembro de la CEDA entraba en el gobierno, verían en ese acto una declaración de guerra hacia ellos. Por el contrario, insistieron para que disolviera las Cortes. Después de larga vacilación, don Niceto eligió lo que le pareció ser el correcto camino constitucional autorizando a Lerroux para que formase un gobierno que debería incluir a tres miembros de la CEDA.

Correcto quizás, pero catastrófico en sus resultados si recordamos que todos los desastres que siguieron en España pueden ser adjudicados a esta fatal decisión. Los socialistas no aceptaron este compromiso y al día siguiente (5-X-1934) una huelga general de la UGT empezó por todo el país. Azaña y los otros miembros de los partidos republicanos, incluyendo hasta al conservador Miguel Maura, se disgustaron hasta tal punto con el presidente de la República, que declararon que no permanecerían por más tiempo en las Cortes ni volverían a tener relación personal con él.

El movimiento revolucionario que siguió, estalló simultáneamente en tres lugares diferentes: Barcelona, Madrid y la región minera de Asturias. En las otras provincias de España, en donde los socialistas eran lo suficientemente fuertes, hubo huelgas generales en las ciudades, pero sin acción violenta. Las regiones rurales se mantuvieron tranquilas porque la huelga de campesinos de junio las había agotado. Solamente en Extremadura se alzaron algunos yunteros bajo la dirección de Margarita Nelken, una socialista.

Barcelona

Empezaremos por describir lo que sucedió en Barcelona. La situación de Cataluña era extremadamente compleja en aquellos momentos. La Esquerra controlaba la Generalidad o gobierno catalán autónomo, pero estaba lejos de ser un cuerpo homogéneo. Podemos distinguir cuatro grupos separados dentro de ella:

  1. La pequeña burguesía republicana dirigida por Companys.
  2. Un grupo separatista, Estat Catalá, compuesto de jóvenes patriotas, dirigido por Dencás y Badía.
  3. El Partido Socialista Catalán, un pequeño grupo compuesto de trabajadores unidos estrechamente por el movimiento cooperativista.
  4. Los Rabassaires o partido de los campesinos.

Durante meses (después de la muerte de Maciá se había venido fraguando una lucha dentro de la Esquerra, entre esos grupos, que vino a polarizarse en Companys y en Dencás. El ala de Companys, que era mucho más numerosa que la de Dencás, estaba basada en la opinión de que los trabajadores, como la clase media, tenían simpatías catalanas y preferían la Esquerra a cualquier otro partido, ya fuese socialista o monárquico, que recibía órdenes de Madrid.

Tendió una mano a los anarquistas, creyendo que podría conseguir un modus vivendi con ellos. El Estat Catalá, por otro lado, era un movimiento joven fundado por Maciá y compuesto principalmente de trabajadores y aventureros sacados del mismo medio que los Sindicatos Libres, una docena de años antes, y con un violento antagonismo hacia los anarcosindicalistas. Tenía una pequeña organización militar, los Escamots, que vestían un uniforme verde.

Representaban al nacionalismo catalán en su forma más intransigente: de hecho era el fascismo catalán. A pesar de sus pequeñas dimensiones, había adquirido, en parte por su organización militar, una ascendencia temporal sobre los otros grupos de la Esquerra, viéndose Companys obligado a condescender a las exigencias de Dencás de que Cataluña debía aprovechar la primera oportunidad y romper con Madrid. Negarse hubiera sido tanto como destruir el partido, Y, aunque lleno de escrúpulos y de dudas en cuanto a las posibilidades de éxito, creyó ser lo mejor conducir el movimiento hacia la propia independencia.

Lo absurdo de un alzamiento en Cataluña sin la ayuda de la CNT era más que evidente. Las únicas masas dispuestas a seguirlo en las cuales la Esquerra podía contar eran las de Alianza Obrera (los grupos marxistas y los sindicatos de oposición de Peiró ), cuyo número en Barcelona era insignificante, y los rabassaires, cuyas fuerzas necesitaban varios días para llegar. Companys obrando por sí mismo, hubiera persuadido probablemente a los anarcosindicalistas para que se sumaran al movimiento, pero Dencás y Badía, el jefe de la policía, se opusieron a ello rotundamente, antes de que pudiera suceder.

Los sindicatos de la CNT fueron cerrados y Dencás utilizó emisiones de radio diarias contra la FAI hasta el momento del alzamiento. Al mismo tiempo, las posibilidades de un éxito inmediato estaban de parte de los insurrectos. La Generalidad controlaba 3.400 escamots armados bajo las órdenes de Badía y 3.200 guardias de asalto que podían sumarse en caso de necesidad. La guarnición contaba con 5.000 hombres de los cuales había muy pocos dispuestos a luchar. De hecho, el que mandaba estas fuerzas solo pudo contar con 500 dispuestos a batirse. La cuestión de un éxito final era otra cosa muy diferente: sin la ayuda de las masas, o sea de la CNT, no había posibilidades de triunfo.

A las 7,30 de la tarde, el 5 de octubre Companys, con voz débil y vacilante, proclamó desde el balcón de la Generalidad la independencia del Estado catalán dentro de una República Federal española . A continuación, los acontecimientos Se sucedieron muy rápidamente. Habían contado con las simpatías del comandante de la guarnición de Barcelona, el general Batet, que era catalán, pero este se mantuvo firme.

Poco después de las 10 de la noche, varias compañías de soldados salieron de sus cuarteles y pusieron sitio a la Generalidad. La artillería fue puesta en movimiento y hacia medianoche disparó algunos cañonazos. Antes del amanecer del día siguiente el edificio había sido tomado, Companys hecho prisionero y la lucha había terminado.

En lo más encarnizado de la lucha, Dencás no se movió de su despacho, negando a Companys la ayuda que le pedía. Cuando todo hubo terminado despidió a sus escamots, a quienes no les había permitido salir de sus cuarteles, y los envió cada cual a su casa, escapándose él por una alcantarilla y logrando pasar la frontera. Más tarde se refugió en Italia.

Aunque España es un país en donde las más extrañas combinaciones de cobardía y de fanatismo son posibles, la única explicación racional sobre la conducta de Dencás es la de que fue un agente provocador a sueldo de los monárquicos españoles. Después que el alzamiento hubo terminado, Gil Robles declaró en las Cortes que él había provocado deliberadamente tal alzamiento. Esta afirmación podría parecer una mera jactancia si la conducta de Dencás no viniera a confirmarla.

Madrid

Entre tanto, la huelga de la UGT seguía su curso por toda España, los mineros de Asturias se abrían camino hacia Oviedo y se luchaba en las calles de Madrid. La capital de España lo era también del socialismo, como asimismo el cuartel general de su ala revolucionaria. Largo Caballero dirigía personalmente las operaciones, pero todas las esperanzas se habían esfumado.

En vista de lo fuerte de las guarniciones que defendían las salidas de la capital era muy importante que los trabajadores hubiesen tenido armas en abundancia. La mayor parte de las armas destinadas a Madrid habían sido descubiertas y recogidas un mes antes en Asturias y las otras no habían llegado aún. Un plan para volar el ministerio de Gobernación no pudo ser llevado a efecto. El alzamiento de Madrid fue un fracaso completo.

Las armas empleadas en el alzamiento de octubre vinieron todas de los arsenales del gobierno. El envío principal había sido pedido por Echevarrieta, el conocido financiero vasco y amigo de Prieto, al Consorcio de Fábricas Militares en 1932. Nominalmente requeridas para Abisinia, las armas estaban destinadas a los revolucionarios portugueses. Fueron pagadas por él y entregadas en Cádiz. Escondidas primeramente en Huelva fueron devueltas a Cádiz por miedo de que pudieran servir a los anarquistas. En 1934, con el permiso del ministro de la Guerra, un radical, fueron embarcadas en La Turquesa con rumbo hacia Burdeos. En el camino La Turquesa se detuvo frente a las costas asturianas y las desembarcó, pero la policía tuvo noticia de ello y se apoderó de una parte considerable, especialmente de cartuchos.

Esas armas estaban destinadas a Madrid, pero como los caminos que conducían hacia la capital estaban estrechamente guardados, lo que quedaba de ellas hubo de ser distribuido en Asturias. Consistían en 500 fusiles Mauser, 24 ametralladoras y algunos miles de granada de mano. Para compensar la pérdida de las municiones cogidas por la policía, todo un tren de municiones, partió del arsenal de Toledo con dirección a Asturias, conseguido por medio de falsificación de papeles, y las depositó allí.

El bulo de que las armas usadas en aquel alzamiento habían sido enviadas por Rusia fue una invención de los propagandistas de derechas, para uso en el extranjero. Como todos los periódicos de todas las tendencias publicaron, todas las armas recogidas por la policía llevaban la marca de la fábrica de Toledo.

Asturias

El fracaso de los alzamientos de Madrid y Barcelona fue vergonzoso, el de los mineros de Asturias fue épico, aterró a la burguesía y encendió a la clase trabajadora de España. Puede ser considerado como la primera batalla de la guerra civil. La situación en Asturias era la siguiente.

Los mineros y los metalúrgicos de Oviedo, Gijón y los otros pueblos y ciudades de alrededor formaban una veterana comunidad establecida desde hacía mucho tiempo y que estaba sindicada en la UGT y en la CNT desde 1912. Tenían sus instituciones culturales propias, sus periódicos y sus cooperativas y, aunque las condiciones en las minas eran malas, estaban bien pagados en relación con los demás trabajadores de España. Habían conquistado todas esas ventajas por medio de huelgas tenaces que habían desarrollado en ellos el espíritu de solidaridad. La gran mayoría pertenecía a la UGT.

No obstante, Gijón con su puerto y La Felguera con su fundición de hierro, pertenecían a la CNT. La rivalidad entre Oviedo y Gijón, entre Sama y La Felguera era la situación normal desde 1931. Los comunistas captaron, por entonces, uno de los sindicatos de la CNT y las dos viejas organizaciones se pusieron de acuerdo contra el intruso. Esta nueva alianza fue facilitada por el hecho de que la CNT en Asturias estaba muy poco bajo el control de la FAI y de que Peiró era el que tenía más influencia. Ante el peligro comunista, la CNT en esta provincia debía aliarse con los sindicatos de oposición.

Por esta razón cuando se creó la Alianza Obrera, bajo los auspicios de Largo Caballero, la rama asturiana de la CNT se sumó a ella. Entonces, la política del Komintern cambió súbitamente, siguiendo las exigencias de la alianza francorusa, y el Partido Comunista, que hasta entonces había condenado todo contacto con los otros partidos, empezó a predicar la necesidad de un frente unido.

Pocos días antes del alzamiento de Asturias, el Partido Comunista dio su adhesión al mismo y la Alianza Obrera se convirtió en el Frente Único, prototipo del Frente Popular. Por primera vez todos los partidos y organizaciones de la clase trabajadora española estaban unidos.

El 5 de octubre empezó el alzamiento en Sama con el asalto a los cuarteles de la policía con garrotes y dinamita. El 6, los mineros empezaron a entrar en Oviedo. El 8, asaltaron la pequeña fábrica de armas de Trubia apoderándose de 30.000 rifles y numerosas ametralladoras. El 9, todo Oviedo había sido ocupado, salvo la catedral y el palacio del gobernador en el cual se había refugiado la pequeña guarnición compuesta de unos mil soldados y policías, a los que no se podría hacer desalojar sin el uso de la artillería. Todas las ciudades y pueblos de alrededor habían sido ocupados, excepto Gijón.

Entretanto, tres columnas se dirigían hacia Asturias desde el este, el oeste y el sur. El 7, una fuerza considerable de tropas moras Regulares y de la Legión Extranjera Tercio, enviadas urgentemente desde Marruecos, desembarcaban cerca de Gijón y se unían con la columna que venía del este. El 10, ocuparon Gijón. El 12, la columna principal que venía del oeste, bajo el mando del general López Ochoa, realizó la unión con las tropas moras y con los legionarios del coronel Yagüe en las afueras de Oviedo.

Siguieron tres días de severa lucha en las calles, pero el 17 era evidente que el alzamiento estaba vencido, y Belarmino Tomás, uno de los dirigentes mineros, se entrevistó con López Ochoa y concertó la rendición para el día siguiente. La única condición que impusieron fue la de que los destacamentos moros no fueran los primeros en entrar en los pueblos mineros. Así terminó aquella guerra desigual.

Desde el momento en que Barcelona había capitulado y que el alzamiento en Madrid fracasaba rotundamente, los mineros estaban perdidos forzosamente. Sus dirigentes habían conseguido mantener en pie el espíritu de lucha con boletines de información falsos y así, lucharon hasta lo último con un optimismo magnífico, en la creencia de que la revolución social estaba entre sus manos.

En La Felguera y en los barrios humildes de Gijón se proclamó el comunismo libertario con su acompañamiento invariable de abolición del dinero y de la propiedad y duró unas pocas horas. En todas partes el movimiento fue orientado por comités de trabajadores compuestos de cuatro socialistas, dos anarquistas y dos comunistas. En los pueblos se estableció el racionamiento y se confeccionaron bonos de alimentación.

Las pérdidas fueron serias; unos 3.000 muertos y 7.000 heridos, la mayoría de ellos trabajadores.

El alzamiento comprendió 70.000 trabajadores. De estos, 40.000 pertenecían a la UGT, 20.000 a la CNT y 9.000 eran comunistas. Según las estadisticas oficiales, menos de 300 de los muertos pertenecían a las fuerzas armadas

En Oviedo, el centro de la ciudad, incluyendo la Universidad, quedó destruido, la catedral fue seriamente dañada y su capilla del siglo VIII, la Cámara Santa, que contenía un tesoro que databa de los siglos X y XI voló hecha añicos por la explosión de una mina. El fuego de artillería de los soldados y la dinamita de los mineros causaron estos destrozos.

La impresión producida en toda España por este alzamiento fue, naturalmente, tremenda. Uno de los efectos que menos podían esperarse fue la atroz campaña emprendida ferozmente por todos los periódicos de derechas. Las más increíbles leyendas fueron contadas solemnemente dando testimonios de ellas. Contaban que las monjas del convento del Colegio de las Adoratrices de Oviedo, habían sido violadas, que habían sacado los ojos a veinte hijos de policías en Trubia, que curas, frailes y niños habían sido quemados vivos y que el cura de Sama de Langreo había sido asesinado y colgado de un gancho con la siguiente inscripción colgada sobre el cadáver: Se vende carne de cerdo.

A pesar de que la más escrupulosa investigación por periodistas independientes y por diputados radicales, miembros del partido entonces en el poder, no reveló la menor huella de esos horrores y de que las fuertes sumas recaudadas para los veinte niños ciegos debieron ser destinadas a otros menesteres, ya que no se pudo encontrar a ninguno de tales niños, estas y otras leyendas continuaron siendo repetidas por la prensa de derechas durante muchos meses.

Aun siendo indulgentes ante la facilidad con que las clases altas españolas se sintieron dominadas por el pánico y ante el hecho de que el relato de esas atrocidades hacía una descarada propaganda pornográfica, lo menos que podemos pensar es que había una deliberada intención detrás de la negativa de la prensa de derechas a averiguar lo que hubiere de verdad en todo aquello. Deseaban producir una atmósfera de terrible venganza.

El Sol, el más importante de todos los periódicos liberales, hizo una investigación acerca de las atrocidades y no pudo hallar el menor vestigio le verdad en ninguna de ellas. Un diputado radical, la señora Clara Campoamor, que en 1937 publicó un libro en el que atacaba las matanzas en masa en Madrid, hizo una investigación similar con el mismo resultado.

La madre superiora del Colegio de las Adoratrices negó indignada que alguna de sus monjas hubiesen sido violadas: únicamente se les había hecho, afirmó la superiora, cuidar a los heridos. Otra evidencia de la falsedad de estas informaciones se encuentra en La revolución en Asturias, por un testigo imparcial (así se firma el autor), testigo más bien hostil que imparcial. Con todo, continuaron apareciendo libros para el deleite de la clase media, en los cuales se repetían las más fantásticas y horribles atrocidades sin ninguna prueba de su veracidad.

Debemos añadir, en esta ocasión, que habían aparecido libros similares para excitar los sentimientos de la clase trabajadora sobre los supuestos horrores perpetrados por frailes y monjas detrás de los muros de sus conventos. En cuanto a las verdaderas atrocidades de los mineros asturianos se redujeron al fusilamiento, a sangre fría, de una veintena de personas, todas del sexo masculino.

Catorce de estas fueron fusiladas en Turón, y entre ellas se estaban un cura y seis hermanos de las Escuelas Cristianas. Los mineros reaccionaban así la tentativa de implantar allí un nuevo sindicato según el modelo los sindicatos católicos austríacos. Algunas iglesias fueron quemadas. En la Felguera los anarquistas prendieron fuego a la iglesia y a todas sus imágenes, con gran ceremonia.

En Portugalete, los mismos se divirtieron de lo lindo quemando un museo de la Inquisición con todos sus instrumentos de tortura. En Bembibre, León, mineros de la UGT quemaron una iglesia pero espetaron una imagen del Sagrado Corazón porque estaba vestida de rojo, Cristo rojo, escribieron en un pedestal, no te haremos daño alguno por que tú eres de los nuestros.

La mayor parte de la lucha había sido sostenida por el Tercio y por los moros. No tenía precedentes el hecho de haber utilizado estas tropas en España. En 1931, poco antes de la caída de la Monarquía, se había traído de África un regimiento del Tercio, por deseo del rey, con el fin de sofocar el esperado alzamiento republicano.

Los del Tercio se desmandaron cometiendo toda clase de atropellos lo que motivó la protesta del comandante Ramón Franco, el aviador famoso por su travesía del Atlántico, que estaba indignado por la barbaridad que representaba la estancia de esas tropas en suelo español, y era precisamente el hermano del comandante Franco, el general Francisco Franco, quien habla ordenado su envío y su empleo para sofocar la revolución de Asturias.

El nuevo ministro de la Guerra, Diego Hidalgo, un miembro importante del Partido Radical, había llamado al futuro generalísimo a su despacho dos días antes. Pero, si el envío de la legión extranjera para combatir a los mineros chocó e indignó a la opinión pública , qué diremos del de los moros?

Durante ochocientos años el tema central de la historia de España había sido la cruzada contra los moros. Continuaban aún siendo enemigos hereditarios, los únicos enemigos contra los cuales han luchado siempre los ejércitos españoles. Su salvajismo en la guerra era bien conocido. Solamente doce años antes, los mismos rifeños hablan obligado a rendirse a todo un ejército español asesinando a todos los soldados exceptuando a los oficiales, por los que esperaban obtener rescate.

A pesar de ello, se les había traído en aquella ocasión para luchar en Asturias ese rincón sagrado sobre el cual no había brillado nunca la Media Luna. Por este solo acto demostraron las derechas españolas que ni tradición ni religión —las dos cosas por las cuales decían que luchaban— significaban nada para ellas. En el terror que les produjo la rebelión de 40.000 mineros mostraron que eran capaces de sacrificar todos sus principios.

Inmediatamente después de la rendición empezó la represión. El general López Ochoa, un hombre humanitario y masón, que había sido nombrado para mandar la expedición antes de que el general Franco ocupara su puesto en el Ministerio de la Guerra, quedó completamente anulado por las órdenes de dicho Ministerio. La suerte de las víctimas dependía de la Guardia civil y de la Legión extranjera.

Millares de detenciones fueron hechas y los prisioneros, excepto los asesinados en el camino, fueron llevados a los cuarteles de la policía en Oviedo. Una vez allí, fueron sacados y fusilados en serie. Los legionarios del coronel Yagüe y los moros habían liquidado ya, según su costumbre, a todos los prisioneros cogidos en el momento de la lucha. Es imposible decir cuantos cayeron en las ejecuciones realizadas por los pelotones de la guardia civil. La policía española no es de corazón tierno y en aquel momento vengaban a sus compañeros caídos luchando ya que su tradición y reglamento les impide entregarse.

Se han hecho varios cálculos sobre el número de víctimas de la represión y todos ellos señalan millares. Pronto empezaron a circular rumores de hazañas mucho peores que las relatadas. Los mineros se habían hecho con grandes cantidades de armas y la mayoría de ellas no habían podido ser halladas. Era evidente que las habían enterrado en algún lugar. Para descubrir dónde, fue organizado por cierto jefe de policía llamado Doval todo un equipo de tortura.

Todas las invenciones de los peores campos de concentración alemanes fueron puestas en práctica. Que esto no es una fábula lo muestran las investigaciones hechas separadamente por Fernando de los Ríos, Álvarez del Vayo y Gordón Ordás, presentadas ante las Cortes con todos los detalles de nombres y firmas. El gobierno no quería admitir al principio que se cometían barbaridades, pero al fin tomó miedo, hizo dimitir a Doval que hubo de abandonar el país, y se opuso a nuevas ejecuciones.

Las torturas empleadas con más frecuencia fueron: retorcimiento del escroto; quemaduras de los órganos sexuales; estrujamiento de los dedos de manos y pies con pinzas y tenazas; rompimiento de las rodillas a martillazos; el tormento de la silla, fingimiento de ejecuciones, golpes a la víctima en presencia de madres, esposas y hermanas. Algunas de estas torturas dejaron marcas que se podían ver mucho tiempo después, Leah Manning reproduce varias informaciones en su libro

Si la CEDA hubiese tenido el control del gobierno en aquellos momentos, es fácil adivinar lo que hubiera sucedido. Pero, no lo tenía. El mismo Gil Robles estaba un tanto en la obscuridad. En consecuencia, empezó una lucha silenciosa entre la CEDA de un lado y el presidente y los radicales del otro. Si la CEDA no obtenía el poder mientras el alzamiento minero estaba aún fresco en la memoria de las gentes, y las izquierdas se mantenían quietas y mudas, perdería una gran oportunidad.

La lucha tomó la forma de un debate sobre el destino reservado a los prisioneros. Había unos 40.000. Muchos habían sido detenidos por sospechas solamente. Los cargos contra ellos se habían perdido, y nadie sabía por qué continuaban detenidos.

Aparte el hacinamiento y falta de comodidad, los presos políticos en las prisiones del Estado no podían quejarse. Se les permitía pasear todo el tiempo que les placía. Sus familiares y amigos podían traerles comida y cigarrillos y tenían en la mayoría de los casos una biblioteca repleta de libros de Lenin y de Marx. Como los directores de las prisiones no sabían si los presos que se encontraban a su cargo estarían al cabo de poco tiempo a la cabeza del gobierno, trataban a los detenidos lo mejor que podían.

Los presos de la Cárcel Modelo de Madrid tenían una idea muy alta de lo que se les debía. Enviaron una lista con las siguientes peticiones: una lámpara de mesa para poder leer en cada celda junto con una radio y un sillón; debían procurarse mujeres para la limpieza y cada preso debía tener derecho a un baño diario. Si todo esto no se veía cumplido, romperían las hostilidades y prepararían la gran huida general revolucionaria.

En otras palabras, los presos mostraban un espíritu alto y sereno ante las terribles sentencias impuestas por los consejos de guerra. Pasaban el tiempo en lecturas y discusiones políticas y sociales y, como era de esperar, salían de las cárceles más revolucionarios de lo habían entrado

Contra la mayoría de ellos no pudo haber evidencia alguna por falta de testigos. Los consejos de guerra iban lentamente aplicando las consabidas largas sentencias de encarcelamiento que todos sabían que no llegarían a cumplirse.

En aquellas circunstancias, a fines de marzo de 1935, la crisis esperada se produjo. González Peña, el diputado socialista por Oviedo, y diecinueve dirigentes mineros más habían sido condenados a muerte por el consejo de guerra. Gil Robles presionaba para obtener la ejecución, pero no consiguió que se realizara. La sentencia fue conmutada por el presidente de la República, por consejo de Lerroux, y los ministros de la CEDA, junto con los agrarios, dimitieron del gobierno.

Gil Robles había estado pidiendo, o bien unas elecciones, o que se le permitiese formar gobierno siendo otra vez frustrado en sus deseos. No obstante, los radicales no podían gobernar solos y en abril llegaron a un arreglo mucho más favorable para la CEDA. Se formó un gobierno en el que estaban Gil Robles y cuatro más de su partido, además de dos agrarios y tres radicales. Siendo los agrarios, más o menos, una rama de la CEDA, Gil Robles debió creer que estaba cerca de la meta de sus ambiciones.

Se esbozó un proyecto de reforma de la Constitución en el que se contenían cambios en las cláusulas anticlericales, una modificación de los estatutos de autonomía regional, la anulación de la ley de divorcio y de la cláusula de la Constitución que permitía al Estado la confiscación de las propiedades privadas pagando una compensación. Pero, el gobierno no tenía poderes legales para modificar la Constitución antes de fines del año y no se podía creer que Gil Robles se contentaría por más tiempo con algo de tan reducidas proporciones como un régimen corporativo. El programa fue, por ende, algo así como una pieza de escaparate.

No obstante, todos pedían que se legislara algo positivo. El estado de miseria de las regiones campesinas era más grande que nunca. Había continuamente un millón, más o menos, de parados. Los salarios habían bajado, todas las casas del pueblo y los sindicatos estaban cerrados y los hacendados pagaban los salarios que querían y disponían de las rentas como mejor les placía.

El padre Gafo, uno de los dirigentes del movimiento sindicalista católico, insistió ante Gil Robles sobre la necesidad de hacer algo para frenar a los triunfantes terratenientes. Una pequeña concesión, decía, sería la ruina del Partido Socialista en Castilla. Gil Robles lo escuchó, pero sabía que su fuerza se basaba en el apoyo de los hacendados.

Un ministro de la CEDA, Jiménez Fernández, profesor de la Universidad de Sevilla y perteneciente a un pequeño grupo llamado agrarios populares, propuso un decreto para ayudar a los yunteros de Extremadura. Poseían yuntas de mulas y de bueyes pero no tierra; dependían enteramente de los grandes hacendados y estos habían decidido dejar una parte considerable de sus tierras sin cultivar. El decreto en cuestión fue desechado

Ante su invocación de las encíclicas papales en defensa de arrendamientos más durables, un diputado monárquico gritó: Si su señoría se propone apoderarse de nuestras tierras apoyándose en encíclicas, nos haremos cismáticos . Cuando en julio fue por fin puesto en vigor un proyecto de reforma agraria, era tan reaccionario que el mismo Jiménez Fernández declaró que no serviría para nada.

La ley más sensacional de este gobierno fue la ley de restricciones, una medida económica llevada a cabo por el independiente y enérgico ministro de Hacienda, Chapaprieta. Las finanzas del país habían declinado gravemente desde el relativamente saludable estado en que las había dejado el gobierno de Azaña. Como primer paso hacia la introducción de un presupuesto, Chapaprieta propuso algunas severas restricciones en el servicio del gobierno. Las sinecuras, que habían aumentado grandemente durante el gobierno de los radicales, fueron abolidas una vez más y los empleados fueron obligados a trabajar las horas que les estaban asignadas, a ley fue aceptada, pero, como era de esperar, nunca fue puesta en ejecución.

Los partidos de derechas pasaron el verano en un estado de férvida exaltación. Desde los sucesos de Oviedo, la CEDA había aumentado grandemente su número de afiliados. Gil Robles se había convertido en una figura milagrosa, un führer, un maestro de la política maquiavelista de la que los jesuitas se dice que son tan partidarios y que los españoles de derechas ven a menudo como la más alta forma de un hombre de Estado. Con consumada habilidad y previsión había provocado a los rojos a un alzamiento prematuro que los había arruinado, Con la misma habilidad quería conducir a la Iglesia y a los terratenientes hacia el triunfo, sin incurrir en los peligros de una guerra civil.

Era la táctica de las corridas de toros: provocar al animal a embestir una y otra vez hasta cansarlo y entonces darle la estocada. Había una larga tradición entre las clases gobernantes españolas de cómo hacer abortar una revolución, Verdaderamente este arte representaba para ellos la cumbre de la política.

Entretanto, el héroe estaba muy ocupado pronunciando discurso tras discurso En ellos exaltaba las virtudes y ventajas de la prudencia, de la paciencia, de las estratagemas y, sobre todo, de la táctica.

Esta palabra, la táctica, conduciría a los que le seguían a la cima anhelada desde la cual una vez más podrían poner el pie sobre el cuello de sus enemigos. No se cansaba de señalar que todos los acontecimientos del año anterior, durante el cual él había hecho un enorme progreso tortuoso, habían sido previstos y empujados por él.

Para aumentar su popularidad entre sus partidarios, raramente hablaba ahora sin insultar y desafiar a los del lado opuesto. Los republicanos, decía, eran asesinos, ladrones y criminales de la peor especie. Eran gente que tenían las manos manchadas de sangre de inocentes curas y niños.

Dejadnos ahora dijo en un mitin monstruo celebrado en Valencia en el mes de junio alzar los muros de nuestra ciudad y marchaos fuera de ellos, pues no sois dignos de deshonrar lo que estamos fortificando . Este era el lenguaje con que un ministro español, encargado de revisar la Constitución se dirigía a la mitad de España.

La izquierda se estaba recobrando entretanto de su dependencia. Largo Caballero, Azaña y Companys habían comparecido ante los tribunales aquel verano. Largo Caballero y Azaña fueron absueltos por no haber pruebas contra ellos. Largo Caballero, parece ser, había actuado con gran cuidado y durante la lucha en las calles de Madrid no se había movido de su casa. Azaña había sido detenido en Barcelona en el domicilio de un amigo.

Como se ha sabido después, había ido allí para disuadir a la Esquerra de cometer ninguna acción temeraria. Companys se ganó grandes simpatías. Aunque, como todo el mundo sabe, era opuesto al alzamiento, recabó para sí toda la responsabilidad y no acusó a nadie. Fue juzgado por el Tribunal de Garantías Constitucionales y sentenciado a treinta años de prisión que debían ser cumplidos en penal.

Las derechas habían jugado sus triunfos tan mal como les había sido posible. Por los fusilamientos de masas en Oviedo y por las indignantes torturas empleadas contra los prisioneros, se había creado por todo el país un movimiento de simpatía en favor de ellos y la ejecución de los dirigentes resultaba imposible. Al mismo tiempo, las querellas entre los radicales y la CEDA, el incesante chismorreo de los ministros y la incapacidad de todos ellos para promulgar una legislación cualquiera, había disgustado a esa gran masa del pueblo cuya sumisión y simpatía no se había pronunciado ni por un lado ni por el otro.

La CEDA, que había detentado virtualmente el poder durante todo el verano, estaba haciendo una exhibición calamitosa de su debilidad e intransigencia. Los manejos políticos de Gil Robles ya no impresionaban nada más que a sus satélites. El resultado fue un resurgir repentino de la popularidad de las izquierdas.

Azaña, que había organizado los grupos republicanos de izquierda en un nuevo partido, Izquierda Republicana, organizó un mitin monstruo en Comillas, en los alrededores de Madrid. Fue el más grande de los mítines políticos que se había celebrado jamás en España. Cuatrocientas mil personas asistieron a él procedentes de todos los lugares de España y constituyó un triunfo sin precedentes.

Entre la clase trabajadora el entusiasmo y expectación eran más grandes que nunca, La rebelión de Asturias, que observada desde un punto de vista militar había sido un completo fracaso, gracias a la estupidez de las derechas se había convertido en un gran triunfo moral y político. Todo el proletariado y los campesinos de España habían sido electrizados por el heroísmo de los mineros asturianos y rugían de indignación por la venganza tomada contra ellos. Los anarquistas supieron particularmente las consecuencias. Sentían envidia por el triunfo de los despreciados socialistas y vergüenza por la escasa participación que habían tenido en aquellos acontecimientos.

Pero, el hecho que más impresionó a todo el mundo sobre la rebelión de Asturias fue el siguiente: los mineros habían obtenido su triunfo inicial por que los tres partidos de la clase trabajadora habían luchado codo con codo. Su consigna había sido UHP (Uníos, hermanos proletarios). En adelante empezó a alzarse un clamor, que partía de las filas de la CNT y de la UGT, insistiendo en que los dirigentes de ambas organizaciones debían dejar a un lado sus pequeñas rivalidades y envidias y unirse para hacer la revolución. Fue este sentimiento el que antes de fin de año creó el Frente Popular.

Esta vuelta de la izquierda a la actividad no pasó inadvertida para Gil Robles. Aunque esperaba para antes de fin de año obtener el poder por medios políticos, no por eso descuidó los otros caminos. Muy significativamente había pedido y obtenido de Lerroux el Ministerio de la Guerra. Con el general Franco como su mano derecha estaba reorganizando el ejército y eliminando a todos los oficiales que pudieran tener tendencias izquierdistas.

Por entonces fueron cavadas las trincheras de la Sierra de Guadarrama, que dominaban todo Madrid, y que tan útiles demostraron ser para las tropas del general Mola durante la guerra civil. Gil Robles se mostró también ansioso de tener el control de la guardia civil, transferida desde el Ministerio de la Gobernación al Ministerio de la Guerra, para tener así todas las fuerzas armadas del país en sus manos.

Tanto Lerroux como el presidente de la República se opusieron a esto, pero en el nuevo gobierno formado en septiembre fue lo suficientemente hábil para reemplazar al ministro de Gobernación, Manuel Portela Valladares, un hombre de centro-izquierda, por otro más manejable para sus propósitos. El nuevo gobierno estuvo presidido por Chapaprieta, el independiente que había sido ministro de hacienda durante el verano. El objetivo inmediato era el de la aceptación de un presupuesto.

Pero, mientras él emprendía la difícil tarea ocurrió un acontecimiento que destruyó la coalición CEDA-Radical de una vez y para siempre. Este acontecimiento fue el famoso escándalo del estraperlo A algunos de los ministros radicales se les probó haber sido sobornados por un aventurero holandés quien deseaba, contra la ley, introducir en España una ruleta de nuevo tipo llamada estraperlo.

El hijo adoptivo de Lerroux estaba complicado en el asunto como asimismo Ricardo Samper que meses antes había sido jefe del gobierno y era evidente que el mismo Lerroux debía de estar al corriente de todo. Otro escándalo relacionado con la malversación de los fondos de las colonias salió a la luz al mismo tiempo.

La verdad es que los radicales eran los supervivientes de los viejos partidos de la Monarquía. Eran el único partido de la España republicana que no tenía ideas políticas; todo lo que deseaban era que el país siguiese su marcha pausadamente. Lerroux personalmente tenía una historia tenebrosa. Estos escándalos mostraron que en los críticos y peligrosos tiempos por que atravesaba España, un grupo de ministros y diputados estaban tranquilamente ocupados en llenarse los bolsillos, o quizás podríamos decir mejor, en pagar sus deudas, de juego.

La opinión española, aparte una pequeña clase de políticos aventureros, es intensamente sensible a semejantes cosas y el Partido Radical perdió todo su crédito en el país. La mayoría de sus ministros dimitieron.

Una razón de los frecuentes manejos y cambios de gobierno durantes aquellas Cortes fue la de que todo aquel que había sido ministro recibía una pensión vitalicia de 10.000 pesetas. En el espacio de dos años treinta y ocho miembros del partido Radical habían merecido la pensión

El acontecimiento que derribó al gobierno fue diferente. Chapaprieta tuvo por fin su presupuesto preparado. Se anunciaban grandes economías; los funcionarios, del gobierno verían sus salarios reducidos del 10 al 15 por ciento y los nuevos gastos en educación suspendidos, atreviéndose el jefe de gobierno a imponer un pequeño impuesto a los terratenientes. Los derechos sucesorios subirían del 1 a 3,5 por ciento. El gobierno se dividió por esta causa, ya que la CEDA, bajo la presión de los hacendados, se negó a saber nada de la cuestión. Esto ocurría en diciembre de 1935.

El momento de Gil Robles parecía por fin llegado. Los radicales, se habían destruido a sí mismos. Seguramente que el presidente no les confiaría la tarea de formar gobierno. Su plan era este: una vez en el poder y consolidada su posición aprobarían un decreto pidiendo al presidente que disolviera las Cortes y convocara elecciones sobre la cuestión de la reforma de la Constitución.

El presidente de la República no se opondría y las elecciones se harían en el momento elegido por ellos. Alcalá Zamora, como católico sincero, deseaba también una reforma de la Constitución pero las conversaciones que había tenido en el verano anterior con Gil Robles le habían convencido de que este último deseaba acabar completamente con el gobierno parlamentario y sustituirlo por un Estado corporativo según el modelo austríaco.

Tenía también una ofensa personal Gil Robles, a pesar de todo lo diplomático que se creía, había cometido el error de tratar al presidente con altanería. Alcalá Zamora determinó, en su fuero interno, no darle nunca plenos poderes. En su opinión, lo más urgente era crear un nuevo partido de centro para que ocupara el puesto de los radicales.

Por esta razón puso las riendas del gobierno en manos de Portela Valladares, el dirigente de un pequeño grupo independiente, con la condición de que tan pronto como hubiese organizado sus fuerzas se convocarían elecciones. Había olvidado que la ley de elecciones no favorecía el triunfo de los partidos del centro, sino que acentuaba la inclinación normal del péndulo de un lado al opuesto.

Violentamente asaltado por las derechas y por las izquierdas (el furor de Gil Robles contra el presidente no tuvo límites) le fue imposible a Portela Valladares mantener una mayoría en las Cortes y el presidente de la República se vio, en consecuencia, obligado a firmar la orden de disolución de las mismas. El día de las elecciones fue fijado para el 16-II-1936.

Elecciones de febrero de 1936

Las elecciones resultaron una victoria, por estrecho margen, para el Frente Popular. Las derechas (en las que debe incluirse ahora la Lliga catalana) obtuvieron 3.997.000 votos, el Frente Popular 4.700.000 y el centro449.000. A estos deben añadirse los nacionalistas vascos con 130.000. Este partido, aunque católico y conservador, daría su adhesión al Frente Popular poco antes de estallar la guerra civil.

Pero, estas cifras no se reflejaron en las Cortes. De acuerdo con la ley electoral de 1932, el Frente Popular obtuvo 267 diputados y las derechas solamente 132. La forma de sufragio que en las anteriores elecciones había favorecido a las derechas inclinaba ahora el fiel de la balanza hacia las izquierdas dando al Frente Popular una aplastante mayoría.

La primera cosa que hay que observar en estas elecciones es la gran pérdida de votos de los partidos del centro. Los radicales que habían presentado pocos candidatos fueron completamente aniquilados. Su política temporizadora que culminó en el escándalo del estraperlo y de la Dirección de Colonias había disgustado a sus propios partidarios quienes, alarmados por el alzamiento de Oviedo, votaron casi todos por las derechas.

El principal grupo en el bloque del centro era un nuevo partido formado por Manuel Portela Valladares, el jefe del gobierno, y que era el responsable del resultado de aquellas elecciones. No había tenido tiempo para formar un nuevo partido con lo que quedaba de los radicales. Después de haber intentado luchar solo, se había dado cuenta de las desventajas que la ley electoral presenta a un partido de minorías y en algunas provincias, al menos, había llegado a un pacto electoral con las derechas. Este pacto las sostenía dándoles la —protección— de la policía, protección que solo un gobierno puede dar.

Portela Valladares llegó a extremos desconocidos al cambiar los gobernadores provinciales y los ayuntamientos, antes de las elecciones. Esto fue hecho, sin duda, como un paso hacia el arreglo de las elecciones al viejo estilo, pero los sentimientos generales del país no lo permitieron. El desplome del centro y del centro derecha puede juzgarse por el hecho de que ni Lerroux ni Cambó ni Melquíades Álvarez ni Martínez Velasco (dirigente del partido agrario) obtuvieron puesto en las Cortes

Vamos a ver por primera vez a los partidos de derechas y de izquierdas luchando en términos aproximadamente iguales: cada uno había formado una combinación que aprovechaba plenamente las ventajas de la ley electoral. La CEDA había tenido al principio alguna dificultad para formar una liga que incluyera a los monárquicos, quienes estaban disgustados por las tácticas temporizadoras de aquélla, lo que no le impidió organizar una campaña de propaganda en una escala sin precedentes.

Carteles gigantescos que representaban a Gil Robles en sus gestos y actitudes grotescas cubrían las ciudades castellanas. Al pie de ellos había letreros escritos en un tono fascista: Gil Robles pide en nombre del pueblo el Ministerio de la Guerra y plenos poderes Todo el poder para el jefe, los jefes nunca se equivocan . Sus discursos de elecciones fueron de extraordinaria violencia y consistieron solamente en insultos contra sus contrarios.

Únicamente hizo vagas promesas electorales, aunque la mayoría de sus partidarios comprendieron que su victoria representaría el fin del gobierno parlamentario y la implantación de un régimen autoritario. Desde el año anterior, Gil Robles y los suyos estaban convencidos de que nunca obtendrían la España que deseaban bajo unas Cortes libremente elegidas.

Sin embargo, debemos notar que, a pesar de los fracasos en las provincias vascongadas y en Galicia, en donde el programa del Frente Popular prometía estatutos de autonomía, las derechas habían obtenido muchos más votos que en 1933, y que su menor representación en las Cortes era debida al hecho de ser un partido de minorías.

En cuanto al Frente Popular, no hay medio de saber la cantidad de voto obtenidos por cada partido de los que lo integraban. El número de los diputados elegidos reflejaba simplemente el acuerdo realizado entre ellos antes de las elecciones. Así, los socialistas tuvieron 89 diputados, Izquierda Republicana (el partido de Azaña) 84, Unión Republicana (el grupo de Martínez Barrio que se había separado de los radicales hacía dos años) 37 y, los comunistas 16. Los que más ganaron con este acuerdo fueron estos últimos y los dos partidos republicanos.

Lo que hizo inclinar la balanza fue el voto de los anarcosindicalistas. Aunque ni la FAI ni la CNT ni menos los Sindicatos de Oposición estaban representados en el Frente Popular, la inmensa mayoría de sus miembros votó por el mismo.

Ángel Pestaña, rompiendo con todas las tradiciones anarcosindicalistas, fue elegido en una lista de candidatos del Frente popular como diputado sindicalista por Valencia

La razón que ellos daban de este proceder era la de que había en las cárceles unos 30.000 trabajadores, la mayoría de ellos pertenecientes a la CNT. Otros estaban en Francia en calidad de refugiados y un sin número de ellos había perdido su trabajo a causa de sus opiniones políticas. Las elecciones de 1936 podemos decir que fueron ganadas por el Frente Popular porque había prometido una amnistía. No había necesitado de otra propaganda.

Se puede pensar, pues, que el resultado de estas elecciones mostraba con toda exactitud la fuerza verdadera de las derechas y de las izquierdas en aquel momento crítico. Desgraciadamente la cuestión de compulsión y compra de votos complicó el asunto. Aunque en la mayoría de los lugares las elecciones habían sido ordenadas y pacíficas, las derechas se quejaron de que, en los barrios obreros, sus más tímidos partidarios no se habían atrevido a votar.

Pero ¿qué diremos de la coacción de los caciques y terratenientes en regiones agrícolas? En los pueblos alrededor de Granada, por ejemplo, en donde los dos partidos contendientes eran fuertes, la policía prohibía que se acercara a las urnas todo aquel que no llevase cuello y corbata. Este fue, sin duda, un recurso extremo, aunque por toda España, allí donde las casas del pueblo estaban débilmente organizadas, campesinos y trabajadores votaron conforme les ordenaba el agente local por miedo a perder su trabajo.

El insistente rumor de mal tiempo para aquel invierno, que vendría a aumentar el paro temporero, había dado a los terratenientes un fuerte motivo de presión y daban a entender claramente que solo trabajarían aquellos que votaron por las derechas.

Citando solo un ejemplo diremos que el Dr. Borkenau, durante su recorrido de investigación seis semanas después de estallar la guerra civil, vio que los habitantes de Alía, un pueblo remoto del linde entre Toledo y Extremadura, mostraban un entusiasmo delirante por la causa socialista, a pesar de que en las anteriores elecciones, bajo la presión del agente de los terratenientes, había votado por las derechas. The Spanich Cockpit, por Franz Borkenau, p. 143.).

Desde luego, centenares de otros pueblos habían procedido del mismo modo.

La victoria del Frente Popular produjo la más grande expectación entre la clase trabajadora que había sostenido a las izquierdas y la correspondiente consternación en las derechas y centro. A despecho de cualquier cosa que los dirigentes de la CEDA pudiesen temer, la masa de este partido estaba seguro de que ganarían. El resultado fue rápidamente considerado como mucho más que una simple derrota electoral. En lugar del hundimiento de todo lo hecho desde 1931, que ellos esperaban, se inauguraba una nueva etapa del proceso revolucionario.

En consecuencia, el pánico siguió al anuncio del resultado de las elecciones. Algunos pensaban que, en aquel estado de excitación, los socialistas y los anarquistas se alzarían en armas. Otros, con mucha más razón temían un golpe de Estado por parte de las derechas. El primer ministro, Portela Valladares, declaró más tarde que Gil Robles y el general Franco le habían propuesto un golpe militar antes de que las Cortes se reunieran.

Tres días antes de empezar la guerra civil, Portela Valladares escribió una carta entusiasta a Franco. Después, como otros muchos, cambió de opinión. En el otoño de 1937 prestó su adhesión a la República y asistió a la reunión de las Cortes en Valencia. Fue allí donde divulgó la proposición que le habían hecho Franco y Gil Robles

De todos modos era una imprudencia prolongar un solo día más la vida del gobierno. Portela Valladares dimitió sin esperar a la reunión de las nuevas Cortes y el presidente de la República encargó a Azaña la formación de un nuevo gobierno. Este promulgó al instante un decreto que liberaba a todos los presos que quedaban de alzamiento de octubre, unos 15.000. En algunos lugares habían sido abiertas ya las cárceles sin que las autoridades locales se atrevieran a impedirlo.

La destitución de Alcalá-Zamora

El pacto del Frente Popular en España había sido solamente un acuerdo electoral. La proposición original de Prieto de que debía ser formado un gobierno frente Popular había sido rechazada por su propio partido. Largo Caballero estaba resuelto a no volver a sentarse en el mismo gabinete con los republicanos. Todo lo que estaba dispuesto a conceder era sostenerlos en las Cortes mientras realizaban su programa.

Este programa era ostentativamente modesto. Ninguna socialización, ni aun la del Banco de España, estaba incluida en él. Su solo gesto positivo fue la presión hacia las reformas agrarias. Azaña personalmente hizo todo lo posible por tranquilizar a la opinión moderada. En una entrevista con periodistas de Paris Soir declaró: No queremos innovaciones peligrosas. Necesitamos paz y orden. Nosotros somos moderados.

El primer acontecimiento de importancia después de la apertura de las Cortes fue la deposición del presidente don Niceto Alcalá Zamora. El término de su mandato se cumplía al fin del año, pudiendo suponerse que por esa causa se le permitiría continuar hasta entonces. Pero, la situación fue considerada demasiado peligrosa.

La posibilidad de que, junto con las derechas, organizase un golpe Estado, o de que intentase, con legalidad dudosa, disolver las Cortes, estaba siempre presente. No se hablaba, además, con ninguno los ministros Frente Popular, excepto con Martínez Barrio. Por tanto, fue declarado culpable de haber disuelto las últimas Cortes sin necesidad: un cargo absurdo hecho por las izquierdas, pero el único por el cual podía asegurarse su destitución constitucionalmente.

Las derechas, que tenían razones más fuertes que las izquierdas para no quererlo, se abstuvieron de votar. Así cayó don Niceto, cuya sola falta había sido la de haber procedido con la meticulosa corrección de un presidente de tiempos de paz cuando España pasaba por un periodo revolucionario.

Ahora quedaba por elegir su sucesor. Ante la sorpresa general Azaña permitió que su nombre fuera propuesto. Si el era elegido, ¿quien ocuparía su puesto a la cabeza del gobierno ? Los partidos republicanos estaban muy escasos de hombres y no tenían ninguno que se pudiera, ni de lejos comparar con él. Existieron varias razones para su actitud. En primer lugar, Azaña ya no era el hombre que había sido. Estaba sufriendo una gran desilusión en la vida política. La República que él había formado y en la cual había puesto todas sus ilusiones había fracasado en su anhelo de satisfacer a algo más que un pequeño grupo de españoles.

La mayor parte de las derechas estaba ahora definitivamente opuesta al gobierno parlamentario, mientras que en las izquierdas Largo Caballero había aparecido como un rival formidable que se estaba preparando, con el apoyo de la clase trabajadora, a hacerse el dueño de la situación.

Los partidarios del Lenin español, como empezaba a ser llamado, estaban ya vaticinando para él el destino de Kerensky. Entonces, aceptando la presidencia, podría impedir que los socialistas formaran jamás un gobierno ellos solos. Les obstaculizaría el camino hacia el poder del mismo modo que Alcalá Zamora se lo habla obstaculizado a Gil Robles.

Su antipatía, bien conocida, por Largo Caballero y por lo que representaba, lo empujaba hacia la cabeza del Estado desde la cual sería una garantía para todos aquellos que temían una revolución. Sería también una garantía contra una reacción fascista y un punto de atracción para todos los que temían al espectro de la guerra civil. Fue elegido el 10 de mayo por una inmensa mayoría con solo cinco disidentes. Las derechas, para demostrar que la República habla cesado de existir para ellos, votaron en blanco.

La situación no podía parecer más azarosa para aquellos que deseaban soluciones pacíficas y que eran aún la gran mayoría del país. Tanto en la derecha como en la izquierda, las facciones dirigentes estaban cansadas de medias tintas y se estaban alineando bajo banderas revolucionarias.

Las derechas ocultaban cautelosamente sus fines: se estaban organizando secretamente, reuniendo armas, negociando con gobiernos extranjeros y manteniendo al país en un estado de inquietud constante con sus provocaciones y asesinatos. Los falangistas no habían tenido a menos el tomar en prestamo las tácticas de los anarquistas y, en materia de terrorismo, los excedían.

Los socialistas, por otra parte, no se armaban, no planeaban una inmediata revolución, pero predicaban la necesidad de una gran transformación para fecha no muy lejana. Su finalidad era tomar el poder pacíficamente de manos de los republicanos, exactamente igual como lo había intentado Gil Robles con los radicales el año anterior. La pregunta que el pueblo se hacía era la de si la situación del país podría llegar a tal grado de desintegración que permitiera a los socialistas realizar sus fines.

Ya hemos descrito la división de opinión que se había producido en los medios socialistas después de la disolución de las primeras Cortes republicanas. Desde las últimas elecciones esta división se había hecho mucho más honda. Prieto, que era el dirigente del ala moderada, sostenía que, si las presentes huelgas y desórdenes continuaban, la clase media sería empujada hacia el fascismo y la rebelión armada. Los socialistas debían formar un gobierno en colaboración con los republicanos e introducir una legislación que hiciese para siempre indestructible el poder de las clases trabajadoras.

Con esto quería decir, entre otras cosas, una reforma agraria cuidadosamente organizada, con proyectos de irrigación que transformaran grandes áreas del campo, absorbieran el exceso de población rural y proveyesen de más trabajo a las fábricas e industria en general. Si las aspiraciones de los trabajadores, declaró, van más allá de las capacidades económicas, toda la estructura se vendrá abajo. En ese caso, lo único que se conseguiría sería a la socialización de la pobreza.

Este era el viejo programa social democrático de Pablo lglesias, pero requería una seguridad de poder durante muchos años y una atmósfera pacífica y al abrigo de toda revolución. La masa de los trabajadores socialistas rechazaron estos proyectos. Los que sostenían a Prieto estaban entre los funcionarios del partido, la mayoría ya viejos, y entre los mineros y fundidores de Bilbao y Asturias, quienes habían aprendido a ser cautos desde el fracaso de su alzamiento.

Con todo, debemos notar que en Madrid, el más fuerte sostén de la vanguardia socialista, Julián Besteiro, un socialista de extrema derecha, había obtenido más votos en las elecciones de febrero que Largo Caballero. Si en la UGT se hubiese votado sobre la entrada del partido socialista en el gobierno, hay dudas sobre cual hubiera sido el resultado de tal votación.

El dirigente de la otra tendencia entre los socialistas era, naturalmente, Largo Caballero. Su reciente encarcelamiento le había hecho disponer de tiempo que había empleado en leer, al parecer por primera vez, a la edad de sesenta y siete años, las obras de Marx y de Lenin. Entonces, como él mismo dijo: de pronto vi las cosas tal como son realmente . La no muy heroica participación que había tenido en el alzamiento de 1934 y el completo fracaso de la operaciones que había dirigido habían disminuido muy poco su popularidad.

La división en el PSOE

La masas socialistas, necesitaban un jefe y Largo Caballero con su fuerte personalidad, con sus cincuenta años de trabajo en el engranaje del partido, con su estricta integridad personal (nadie podía olvidar que Prieto se había convertido en un hombre rico), era el hombre hecho a medida para tal papel. Así, pocos meses antes de las elecciones, los comunistas lo ensalzaron hasta el punto de aparecer en Pravda un artículo saludándolo y aclamándolo como al Lenin español. En ese momento, lo socialistas de todo el mundo sintieron que una nueva estrella se elevaba en España.

Los meses de abril, mayo y junio vieron, en consecuencia, el declinar de Azaña y el ensalzamiento de Largo Caballero, el hombre que representaba una nueva España. En el Partido Socialista, la querella entre prietistas, que deseaban la colaboración con los republicanos, y caballeristas, que deseaban suplantarlos, era cada vez más fuerte.

En una jira de propaganda por todo el país que hizo Prieto aquel verano, junto con González Peña y Belarmino Tomás, fueron recibidos por las juventudes socialistas con silbidos e insultos y en Cuenca y en Écija pudieron apenas escapar sanos y salvos, a pesar de ser Tomás y Peña los héroes del alzamiento de Oviedo, que habían sido condenados a muerte por los tribunales, militares y que habían escapado por milagro al piquete de ejecución.

Mientras tanto, los falangistas de Sevilla promovían tumultos y aporreaban a los dirigentes de la CEDA. Iba siendo una práctica en la política española la de reservar los más rudos ataques, no para los enemigos abiertamente declarados, sino para aquellos grupos considerados como tibios e indiferentes.

Al mismo tiempo, los socialistas que seguían a Largo Caballero estaban haciendo grandes esfuerzos por llegar a un entendimiento con los anarcosindicalistas. Largo Caballero fue personalmente a Zaragoza, en donde estos celebraban un congreso y les habló en un grandioso mitin. Pero, estos esfuerzos no condujeron a ningún resultado positivo.

La CNT y la FAI observaban la política de espera, manteniendo vivo el espíritu revolucionario por medio de huelgas relámpago y estrechando sus filas (los treintistas volvieron a la CNT en mayo) y no se fiaban en absoluto de Largo Caballero. Sabían perfectamente el destino que les reservaban estos socialistas de izquierdas si alguna vez conseguían hacer su revolución. En algunas ciudades las Juventudes Socialistas y las Juventudes Libertarias habían empezado a tirotearse mutuamente.

Debemos preguntarnos cuál era el plan de Largo Caballero para conseguir o poder. Esperar a que los republicanos hayan mostrado su ineptitud para solucionar los problemas de España y entonces apoderarse del gobierno . Esta era la respuesta oficial, pero dejaba fuera de cuentas el hecho de que Azaña era el presidente de la República y que él nunca, bajo ninguna circunstancia ni pretexto, dejaría la dirección del Estado a los socialistas.

La posición de Largo Caballero era, pues, la misma que la de Gil Robles en 1934. En realidad era peor, pues mientras que Gil Robles siempre pudo haber tornado el poder por la fuerza en caso de haberlo juzgado necesario, Largo Caballero no podía hacer su revolución contra el ejército y la guardia civil.

¿Contaba quizás con un aumento general tal del sentir revolucionario del pueblo que conduciría a la desintegración total del Estado? Podemos contestar a esto que la situación de España en 1936 no era la misma que la de Rusia en 1917 y que, por rápida que fuese la desintegración en ciertos medios, surgían otros núcleos de resistencia. Solamente había una posibilidad de que Largo Caballero tomara el poder y era la de que los militares se alzaran, que el gobierno diera armas al pueblo para sofocar el alzamiento, y que el pueblo venciera en la lucha. Consciente o inconscientemente, él y su partido calculaban su juego sobre la posibilidad de una insurrección militar.

Entretanto, estaban engolfados en una orgía de ensueños optimistas y de anhelos que ya veían realizados. Una nueva y brillante España estaba presta a alzarse de las cenizas de la vieja. Socialistas del mundo entero llovían sobre Madrid y Barcelona para presenciar la ceremonia de inauguración. El periódico de Largo Caballero Claridad, brillantemente editado y escrito, proclamaba cada día la gran doctrina de la predestinación marxista. La causa del pueblo debía triunfar infaliblemente porque las leyes de la historia así lo han decretado, y el momento de triunfo se acercaba rápidamente. No había fracaso posible.

Los ingleses que vivían en España por aquel tiempo están de acuerdo en que nada contribuía tanto a aterrar a la burguesía española y a preparar un alzamiento militar como estas profecías diarias dichas con severo y restringido lenguaje. Terribles visiones de la matanzas y el hambre en Rusia flotaban en sus mentes. Las tranquilas afirmaciones de Claridad eran mil veces más alarmantes para ellos que las frases inflamatorias a que un s. de periodismo demagógico les había acostumbrado.

Ahora bien: ¿favorecía a los socialistas ese estado de euforia mental con que la dialéctica materialista los obsequiaba? Parece más probable que, en este caso al menos, solo servía para adormecerlos y cegarlos ante los peligros de su situación.

Los españoles son, por naturaleza, propensos al optimismo fácil que los empuja en sus deseos de una acción inmediata. Son inveteradamente perezosos con arranques súbitos de impaciencia. Así, mientras los socialistas trazaban planes sobre lo que habían de hacer una vez que tuvieran el poder en sus manos, los oficiales del ejército y los falangistas preparaban un alzamiento, casi públicamente, y negociaban la ayuda de Mussolini y de Hitler.

Mucho sabe el ratón, pero más el gato, dice un proverbio español. De haber sido realmente Largo Caballero el Lenin español, o sea un hombre con instinto seguro del poder, hubiera venido a buenos términos con Azaña y hubiera permitido la entrada en el gobierno del Partido Socialista. Pero como en el fondo era un socialdemócrata que jugaba a la revolución, no obró así.

El Partido Comunista

El año 1936, vio el elevamiento de dos partidos, el comunista y el falangista desde muy pequeños principios hasta puestos de poder y de influencia sobre el país. Empecemos por los comunistas. Durante la dictadura de Primo de Rivera eran tan insignificantes que el gobierno no se tomó el trabajo de suprimir su periódico, Mundo Obrero.

Cuando se proclamó la República, el Komintern pasaba por un periodo de extremismo izquierdista y el Partido Comunista se opuso violentamente a todo compromiso con un Estado burgués. Se dejó al grupo comunista disidente los trotskistas, con Maurín al frente el abogar por una república democrática y un frente popular.

Pero, después de verano de 1934, después de la firma del pacto franco-ruso, la política del Komintern cambió y los comunistas tomaron parte en el alzamiento de Asturias. Esto los elevó al punto. Una de las heroínas del alzamiento, Dolores Ibarruri, corrientemente conocida como la Pasionaria, pertenecía al partido, el cual se aprovechó de ello para su hábil propaganda.

Tan influyentes llegaron a ser que, al fin del año siguiente, en el acuerdo del Frente Popular, les fue asignada una representación que les daba dieciséis diputados en las nuevas Cortes. Esto representaba cuatro veces más de lo que el número de votos obtenido por ellos le hubiera autorizado a tener.

Su debilidad numérica —en marzo de 1936 los miembros del partido no eran probablemente más de 3.000— era su principal obstáculo.

Ellos decían tener al menos 20.000 afiliados al partido a fines de 1935, pero nadie lo creía. Quizás esta cifra puede ser admitida incluyendo en ella a todos sus simpatizantes. En la parcial renovación bienal de todos los ayuntamientos de España en abril de 1932 solamente 26 comunistas fueron elegidos entre los 16.031 concejales de toda España.

En las elecciones a Cortes de 1933 solo consiguieron un diputado. El general Krivitsky, que debía saberlo bien, da el número de afiliados siguiente: casi 3.000 en 1936 y 200.000 en enero de 1937 Yo fui agente de Stalin, por W. G. Krivitsky, 1939). El Dr. Borkenau está de acuerdo en esto

Con sus quince años de existencia solo habían sido capaces de adquirir un proletariado sólido que los seguía en dos lugares: Asturias y Sevilla. En ambos casos habían sabido captarse sindicatos de la CNT durante las luchas y envidias que provocó la primera aparición de la FAI. Su principal terreno de reclutamiento era Sevilla y, hasta cierto punto, Cádiz y Málaga. En Sevilla las secciones más activas y militantes de obreros, trabajadores portuarios y camareros de café, les pertenecían. La situación allí era una guerra perpetua con la CNT, habiendo pequeñas secciones de la UGT que la contemplaban.

Debemos notar, pues la coincidencia no puede ser accidental, que Sevilla y Cádiz eran también la cuna de la falange. Aun admitiendo el hecho de que la atmósfera de Sevilla, la ciudad del flamenco y de las corridas de toros, de tabernas y prostíbulos, no era propicia para la formación de un movimiento proletario disciplinado, debemos reconocer que la penetración comunista destruyó toda posibilidad de solidaridad entre la clase trabajadora.

Las consecuencias de esto se sintieron cuando, en julio, el general Queipo de Llano pudo apoderarse de la ciudad, uno de los puntos estratégicos de la guerra civil, con solo un puñado de hombres.

Durante los meses que siguieron a las elecciones, la política comunista estuvo orientada por dos consideraciones: cómo ajustarse a la política extranjera de Stalin y cómo aumentar sus efectivos en España. En cuanto a lo primero, sostenían fuertemente el pacto del Frente Popular y, al contrario que Largo Caballero, deseaban que se llegase a un gobierno de frente popular.

Detrás de la fachada de los slogans revolucionarios eran moderados. Votad por los comunistas para salvar a España del marxismo, decían los socialistas a modo de chiste durante las elecciones. Después de las mismas hicieron lo que pudieron para tranquilizar a los republicanos. El secretario del partido decía en abril: Tenemos aún mucho camino que recorrer en su compañía.

Podemos, por esta causa, tomar el bulo de que estaban planeando una revolución para aquel otoño como una mera propaganda fascista. Una revolución hubiera alejado a las democracias occidentales, a las cuales cortejaba Stalin por aquel tiempo, y, además, hubiera colocado a Largo Caballero y a los socialistas en el poder. La política comunista de aquella primavera era la de aprovecharse de la situación revolucionaria para aumentar su influencia y número de afiliados. Obrando así, estarían en posición, viniere lo que quisiere, de influir sobre los acontecimientos.

La dificultad de esto era el que socialistas y anarquistas habían absorbido con anterioridad, a todos los trabajadores industriales y de la tierra y la lealtad sindical era fuerte. Ellos no podían, como habían hecho siempre en el pasado, atraerse a los elementos más revolucionarios de las masas porque eran ahora menos revolucionarios que los dirigentes de los sindicatos. Por esta causa, su llamamiento, fue hecho como partido más joven, más europeo y más dinámico de todos los viejos partidos de España.

A los obreros industriales les decían que solo ellos tenían la suficiente experiencia para conducir una revolución triunfante. A los empleados y a las clases profesionales les explicaban que ellos eran los hombres predestinados con la misión de regir el país después de la revolución y que todo aquel que tentara su suerte con ellos estaba seguro de obtener un buen empleo.

Y sobre todo, detrás de ellos estaba Rusia. Toda aquella primavera las librerías se vieron llenas de traducciones de Lenin, de novelas de autores oscuros rusos y descripciones de la vida en el gran paraíso comunista. Rusia proveía no solamente asistencia material, sino también una mística que daba a sus fanáticos una energía y una devoción no igualada por ningún otro partido en España.

Sus tácticas eran las mismas que las empleadas por los jesuitas en el siglo XVII y llevadas a mayores proporciones por Hitler. Allí estaba la poderosa máquina de la propaganda, siempre bien engrasada con dinero. Allí estaban las organizaciones como Socorro Rojo Internacional que procuraban alimentos y dinero para los presos políticos, sin distinción del partido a que estuviesen afiliados. Allí estaba la adulación hacia los intelectuales y hacía todo aquel que pudiera serles útil.

Pero, el método más característico de aumentar sus fuerzas fue la infiltración dentro de los sindicatos y de las organizaciones de la clase trabajadora, llegando hasta a intentar la captación de la central sindical socialista, la UGT. En el lugarteniente de Largo Caballero, Álvarez del Vayo, hallaron un simpatizante, quien, sin abandonar las filas socialistas, estaba presto a obrar según ellos le indicaran.

A su vuelta de una visita a Rusia en abril fue lo bastante hábil para persuadir a Largo Caballero de que estuviese de acuerdo en la fusión de las Juventudes Socialistas con las Juventudes Comunistas, mucho menos numerosas. Pocos días después de estallar la guerra civil, toda la nueva organización con su secretario socialista, Carrillo hijo, ingresó en el Partido Comunista. De un solo golpe Largo Caballero perdió unos 200.000 de sus más activos sostenedores.

La Falange

La marcha hacia el poder de la Falange fue similar a la de los comunistas, aunque más rápida y con más éxito. José Antonio Primo de Rivera, hijo de dictador, fundó Falange Española en 1932 y dos años más tarde la fusión con otros pequeños partidos fascistas como las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS). Antes de las elecciones de febrero de 1936 seguía siendo un pequeño partido obstinadamente empeñado en no crecer. La Iglesia le mostró cara fría y los terratenientes no lo querían por su socialismo y por su violencia.

Envió un solo diputado a las Cortes: el mismo José Antonio. Más de la mitad de sus componentes eran estudiantes universitarios y solo uno por cinco de los restantes procedían de la clase trabajadora. Estos eran, por lo general, descontentadizos anarcosindicalistas. Su principal feudo estaba en la baja Andalucía. Sevilla, Jerez y Cádiz, en donde el elemento señorito era fuerte y naturalmente, en Madrid. En el norte conservador y carlista y en la industrial Cataluña no pudo hacer progresos.

Su dirigente, José Antonio, era un joven andaluz dotado de encanto personal y de imaginación. Hasta sus enemigos, los socialistas, no podían por menos que tenerle cierto afecto. En las discusiones de café acostumbraba a insistir en que estaba más cerca de ellos que de los conservadores. Apostrofaba a la República porque no socializaba los Bancos y los ferrocarriles y por tener miedo de emprender la reforma agraria con energía. En lo que no estaba de acuerdo con los marxistas era en su doctrina de la guerra de clases, que, según él, era corrosiva y disolvente. La solución que él presentaba era una armonía de clases y profesiones en un destino común .

Si partimos de una concepción de unidad de destino, todos los errores eliminan por sí solos y vemos entonces que la patria no es un territorio ni una raza, sino una unidad de destino orientada hacia un norte universal

Traducido en términos concretos, como el programa falangista con sus veintiséis puntos lo aclara, esto es simplemente fascismo ortodoxo, diferenciándose del fascismo italiano únicamente por su actitud ante la Iglesia. Un falangista puede en lo más profundo de su alma ser un ateo. Pero, debe respetar a la Iglesia Católica porque representa el ideal histórico por el cual España ha luchado siempre. En pago de su protección, el Estado controlará a la Iglesia y la impondrá un nuevo catolicismo, o sea, un carácter nacionalista y falangista.

Finalmente, el destino que ellos deseaban para España era la creación de un imperio por el cual entendían la adquisición de más territorio en Marruecos y, aunque no era dicho abiertamente, la anexión de Portugal. Detrás de todo esto había algo mucho más tentador y de más alto precio: la soberanía espiritual y política sobre toda Sudamérica La victoria próxima de Hitler haría posible todo esto.

El fascismo, como todo el mundo sabe, es la réplica de las clases del orden a situaciones revolucionarias que no han podido llegar a su punto culminante. Cansada del perpetuo estado de guerra entre fuerzas opuestas y de la anarquía resultante de la misma, la clase media se refugia siempre en una solución extrema. Pero, mientras existió una posibilidad de que Gil Robles ocupara el poder pacíficamente, la burguesía española volvió la espalda a los falangistas.

En las elecciones de febrero de 1936, obtuvieron solamente 5.000 votos en Madrid de un total de 180.000 que habían obtenido las derechas. Fue el triunfo del Frente Popular lo que les dio toda su razón de ser. Las derechas habían ido a las urnas esperando ganar y llenas de fe en su caudillo, y su derrota les causó una desilusión inmensa.

Igual que habían hecho los socialistas en 1934, abandonaron toda idea de soluciones pacíficas y legales y pusieron sus esperanzas en la acción violenta. Gil Robles se vio abandonado de todos. Sus partidarios, o bien ingresaban en las filas de los monárquicos, de cuyo nuevo dirigente, Calvo Sotelo, se sabía que veía con buenos ojos un alzamiento militar, o se enrolaban en la Falange. Entre los últimos se encontraron las Juventudes de Acción Popular de Gil Robles, quienes con su secretario, Ramón Serrano Súñer, se sumaron a la Falange en abril, poco meses después de haberse unido las Juventudes Socialistas y las Comunistas.

Desde aquel momento la Falange empezó a crecer rápidamente. Como estaba organizada secretamente en grupos de tres y no conservaban lista alguno de sus miembros es imposible adivinar su envergadura. Era especialmente fuerte en Andalucía Sus adherentes pertenecían al mismo tipo de persona y venían de las mismas clases que aquellos que habían integrado las logias masónicas en 1814-1820 y hecho la revolución liberal. Solamente las tácticas eran diferentes.

Los falangistas creían en el terrorismo y en la violencia Trataban a los partidos de derechas, la CEDA por ejemplo, con insultos, lanzándoles huevos podridos, rompiendo escaparates y ventanas y destrozando los muebles. Las izquierdas eran apaleadas o asesinadas. Tenían sus automóviles de escuadristas con ametralladoras que recorrían las calles disparando sobre todo aquel que intentase oponérseles. Los jueces que condenaban a los fascistas y los periodistas que los atacaban en sus artículos eran ; asesinados; pero su particular venganza iba contra los socialistas.

Violencia y conspiración

Durante toda aquella primavera y verano las calles de Madrid y de otras ciudades de España se vieron animadas por terribles tiroteos entre ambas partes. Los fines de todo esto eran naturalmente, aumentar el desorden y confusión hasta tal punto que las clases pasivas se vieran obligadas a rebelarse y a clamar por un cambio de gobierno.

Debemos advertir, no obstante que no eran los señoritos de Falange los que exponían sus vidas en aquellos encuentros. Empleaban a pistoleros profesionales tomados, o algunas veces simplemente prestados, por la CNT. Los falangistas decían que algunas secciones de la CNT tenían una relación secreta con ellos. Muy bien podría ser pues, si su ideología era diferente, ambos tenían los mismos enemigos y la misma fe en la violencia.

La Falange no era el único partido que trabajaba por una contrarrevolución Había también un grupo de oficiales del ejército, los carlistas o tradicionalistas y los monárquicos. Los oficiales pertenecían a la Unión Militar Española o UME, una sociedad secreta que había ocupado el lugar de las viejas Juntas de defensa. Estaban en contacto con los gobiernos italiano y alemán y las preparaciones para un alzamiento estaban ya muy avanzadas.

Los tradicionalistas, bajo la dirección de Fal Conde, ejercitaban sus milicias en las montañas de Navarra. Debido a la extinción de la línea de don Carlos (el último superviviente, don Alfonso Carlos, tenía ahora ochenta y siete años) y al renunciar los monárquicos al gobierno parlamentario, el abismo que separaba antes a estos dos partidos ya no existía.

Los monárquicos no habían cesado de conspirar desde el advenimiento de la República. Su jefe, Antonio Goicoechea, había estado en secreta y constante relación con el gobierno italiano desde 1933.

No mucho tiempo después de esto, Calvo Sotelo, que había sido ministro de Hacienda durante la Dictadura, volvió del exilio y emprendió la organización general de las fuerzas de derechas que favorecían una rebelión. Era un hombre de temperamento activo y violento, con un odio ciego hacia la República y hacia todo lo concerniente a la misma, siendo la sola figura con habilidad política entre la extrema derecha.

El hecho de no estar personalmente comprometido en ninguna restauración de la Monarquía hacía de él un lazo valedero entre los oficiales del ejército, los falangistas y los políticos conservadores. En las Cortes su política se dirigió a impedir toda reconciliación entre la CEDA y los republicanos e inclinar todo lo posible a las derechas del lado de la insurrección y de la guerra civil.

Semejante al resto de su partido, fue especialmente violento en sus ataques contra la Generalidad y los autonomistas vascos y gallegos. Prefiero una España roja a una España rota, declaró en más de una ocasión. A pesar de esta afirmación, fue una España rota la que surgió del alzamiento organizado por él.

La primavera y principios del verano se pasaron en continua efervescencia. Solamente en el norte y en Cataluña había una relativa tranquilidad. Huelgas relámpago de la CNT, terribles tiroteos entre socialistas y falangistas en Madrid, una iglesia quemada de vez en cuando por la FAI, era la regla diaria por doquier. En algunos lugares los comunistas y la CNT habían venido a las manos y en otros lugares habían sido los dos extremos del partido socialista. En casi todos los oficios había huelgas en las cuales los trabajadores pedían aumento de salarios, reducción de horas de trabajo y el pago de los jornales perdidos mientras habían estado, presos.

Los negocios perdían dinero por todas partes, el capital huía del país y la bancarrota parecía inminente. España había pasado a menudo anteriormente por periodos de anarquía peores que aquél y había sobrevivido a ellos, pero su organización industrial era ahora más compleja y, por lo tanto, los efectos eran más hondamente sentidos. La primitiva psicología del país, con sus periódicas lamentaciones sobre los efectos que tales situaciones dejan tras sí, no se acomodaba a las condiciones modernas.

En el campo, los labradores sin tierra y los pequeños campesinos pedían tierras. Aquel invierno había sido excesivamente lluvioso y el paro y el hambre eran más terribles que nunca. El gobierno, que parecía no haber aprendido nada de las experiencias pasadas, no se daba ninguna prisa en escuchar sus quejas. Entonces los yunteros (propietarios de un par de mulas o bueyes para el arado) se lanzaron a la calle y ocuparon por la fuerza las tierras no cultivadas de las grandes propiedades.

El gobierno se vio obligado a aceptar los hechos y envió supervisores para legalizar la situación. Pocos meses después en Yeste, un pueblo remoto montañés, cerca del nacimiento del Guadalquivir, ocurrió una de esas batallas entre campesinos y la guardia civil de las cuales los anales del campo español ofrecen tantos ejemplos. Veintitrés habitantes del lugar fueron muertos y más de cien heridos. Después de ocurrir esto, los campesinos empezaron en varios lugares a labrar la tierra de las grandes propiedades sin que el gobierno se atreviera a intervenir.

Estos disturbios, no muy importantes en sí mismos, proporcionaban un buen telón de fondo para el drama que se estaba representando detrás de la escena. Todo el mundo sabía que los oficiales del ejército estaban preparando un alzamiento y que la guerra civil era inminente. El gobierno no podía ser más débil. Atacado diariamente en las Cortes por Calvo Sotelo, socavado por sus aliados los socialistas, y agotado por las tácticas guerrilleras de anarquistas y falangistas, no podía hacer nada sino amenazar públicamente.

El jefe de gobierno, Casares Quiroga, estaba tuberculoso. Reaccionó ante el peligro de la situación con un optimismo que podía ser considerado como loco, si no fuera un síntoma de su enfermedad. Tomó ciertas precauciones: hizo instalar su cama dentro de su despacho y allí comía y dormía; las guarniciones fueron reducidas a la potencia mínima enviado con permiso a la mayoría de sus integrantes.

Pero, su servicio de espionaje trabajó bastante mal. El general Queipo de Llano, por ejemplo, gozó de su confianza hasta el último momento y, a pesar de lo que había sucedido en Oviedo, parece ser que nunca se le ocurrió la posibilidad de una invasión por parte de la Legión Extranjera y de las tropas moras. De habérsele ocurrido, los puntos estratégicos de Sevilla y Cádiz hubieran estado bien guardados, se hubieran comprado tanques y aviones modernos y hubiera entablado negociaciones con las tribus bereberes del Riff ofreciéndoles y garantizándoles su autonomía.

Debemos preguntamos qué es lo que hacía Azaña entretanto. Estaba ansioso de formar un gobierno de unión nacional con Prieto a la cabeza que calmaría el miedo de la clase media, y que sería lo suficientemente fuerte para afrontar cualquier eventualidad. Para ello era necesario el consentimiento del Partido Socialista. La opinión de Largo Caballero fue contraría. Ansiaba, a toda prisa, formar una dictadura temporal para salvar al país de los peligros de una guerra civil.

El presidente mexicano, Juárez, a quien Azaña se parecía en muchos aspectos, había sido llevado hasta este extremo. Pero, otra vez, la oposición de los socialistas y de los anarquistas no hizo esto factible. En vista de estas dificultades se apoderó de él una especie de apatía Decidió dejar obrar al tiempo con la esperanza de que la excitación de las clases trabajadoras se calmaría y de que la clase media se tranquilizaría por sus repetidas promesas de no tolerar ningún avance más hacia socialismo. Lo erróneo de sus cálculos fue que el ejército actuara antes de que las cosas fuesen más adelante.

Es imposible no cargar una parte de responsabilidad de lo que ocurrió después sobre Largo Caballero. El 1º de mayo encabezó una manifestación grandiosa que recorrió las calles de Madrid. Más de 10.000 trabajadores, saludando con el puño en alto, llevaban banderas con inscripciones como estas: Queremos un gobierno de trabajadores Viva el Ejército Rojo Intoxicado por el entusiasmo de los que le seguían, enteramente confiado en su éxito, cerró los ojos ante los peligros del camino que había emprendido.

Tenía sesenta y ocho años y a esa edad debemos apresurarnos si queremos ver la tierra prometida. Orgulloso y obstinado por naturaleza, no fácilmente influenciable por los otros, había pasado toda su vida en el limitado marco de los sindicatos. Por esta razón, adolecía de falta de una amplia visión política. De no ser así, se hubiera dado cuenta de que la disposición de fuerzas en Europa, y considerando esto solamente, no hubiera tolerado nunca la implantación de una dictadura del proletariado en España.

Así, el único efecto de la política de los socialistas al socavar al gobierno republicano fue el de hacerlo aún más débil, moral y materialmente, para resistir la avalancha que estaba a punto de caer sobre él. Fue el mismo error cometido por los exaltados en 1823 y por las Cortes de la primera República en 1874. Podemos llamar a esto el error nacional, ya que la historia de España está hecha en gran parte con las ruinas y destrozos causados por estos actos de embriaguez y de excesiva confianza.

En junio, cuando un golpe militar parecía ser inminente, Largo Caballero tuvo una entrevista con Azaña. Señalando los peligros de la situación, pidió que se entregaran armas a los trabajadores. Esto hubiera significado, naturalmente, poner el poder del país en sus manos. Nos preguntamos qué respuesta podía esperar Largo Caballero. Durante los últimos meses había estado haciendo todo lo que había podido para que Azaña, ahora, no aceptase tal sugerencia o consejo.

El presidente de la República estaba igualmente empeñado en impedir una dictadura de las izquierdas como de las derechas. ¿Qué razones había para creer que mostraría ser aún más débil que Kerensky?

El 3 de julio se conoció la noticia de que Calvo Sotelo había sido asesinado por un grupo de socialistas disfrazados de policías, en represalias por asesinato de uno de sus compañeros por los falangistas pocos días antes. Calvo Sotelo era, junto con el general Sanjurjo y con José Antonio Primo de Rivera, la figura más sobresaliente de entre todos los que se aprestaban a alzar el estandarte del alzamiento.

La fecha de alzamiento fue adelantada ligeramente con el fin de aprovechar la impresión producida por su muerte. El 17, el ejército de la zona española en Marruecos se alzó ocupando Ceuta y Melilla.

El gobierno tenía aún tiempo para actuar. El ejército podía ser disuelto y se podían distribuir armas al pueblo. En lugar de esto se publicó una proclama diciendo que nadie, absolutamente nadie debía tomar parte en este absurdo complot. Aquella tarde, los oficiales de las guarniciones se alzaron en casi todas las ciudades de España. Solamente en la noche de sábado del 18 se dio la orden de dar armas al pueblo. Aún en aquel momento algunos gobernadores civiles se negaron a obedecer.

BRENAN, Gerald, El Laberinto Español, Editions Ruedo Ibérico, 1962, págs. 175-236.