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Prat de la Riba

Historia de España, Europa e Hispanoamérica

Biografía

Enric Prat de la Riba.

Prat de la Riba i Sarrà, Enric. Castellterçol (Barcelona), 29.XI.1870 – 1.VIII.1917. Político e ideólogo.

Como pensador político, muy valorado en su momento y lugar, Prat de la Riba asentó al “catalanismo”, amalgama doctrinal del todo ecléctico y contradictorio más o menos configurado a lo largo de la década de 1880, sobre un fundamento a la vez simplificado —capaz de ser expresado como un catecismo— y sofisticado, con cierto juego intelectual. De la aportación de Prat resultó una síntesis que sus seguidores, con cierta pretensión, llamarían el “catalanismo científico”.

Pero Prat de la Riba, además de ser un ideólogo de peso, fue, al contrario de otros “padres de la patria catalanista”, un político práctico de suma habilidad, pactista cuando convenía e inflexible cuando contaba con circunstancias favorables. Muy al contrario que Almirall, por ejemplo, quien hasta cierto punto inventó el “catalanismo” y lo lanzó por su camino como movimiento, pero que, por su temperamento, fracasó en 1887, Prat demostró desde muy joven ser un muy eficaz político, con gran capacidad organizativa, dotado de un atractivo poderoso, en especial en las distancias cercanas y en su medio habitual.

Por contra, Prat, encumbrado en “su” Barcelona, quedó marcado por cierta timidez y nunca se atrevió con el escenario político o cultural madrileño, hasta entonces el foco de las ambiciones catalanas (Pi Margall, Prim, Figuerola, Balaguer, entre otros). Con su ascenso político fulgurante, siempre seguro y consistente, sin traspiés, quedó fijado el nuevo modelo del éxito a la catalana, que se realizaba “en casa”.

Hijo de campesinos ricos, hisendats, de cierto alarde de abolengo, Prat fue un segundón a la catalana, que, como era costumbre, dejó la casa solariega al hereu y abandonó su nativo Castellterçol (cabeza de partido judicial y distrito electoral) para emprender una carrera profesional en la Ciudad Condal. Estudió Derecho en la Universidad de Barcelona entre 1887 y 1893 y en 1894 se doctoró en la misma materia en la capital estatal, ya que entonces la Universidad de Madrid ejercía el monopolio de tales estudios. Tan brillante se mostró Prat como alumno aventajado que, inmediatamente, en 1895, se hizo cargo, con otros dos compañeros de estudios, de la redacción de la Revista Jurídica de Cataluña, para la cual escribiría una voluminosa parte de su obra, en la forma de artículos y comentarios. Asimismo, a partir de 1895 intervino en las actividades de la Academia de Jurisprudencia y Legislación de Barcelona. Para resumir, al terminar su carrera, Prat ya era un joven jurista reconocido en la capital catalana.

Prat de la Riba fue un estudiante universitario excepcional —todo matrículas, según su expediente— que supo rodearse de lo más empollón y lúcido en las aulas y claustros de la Universidad de Barcelona, en las Facultades de Derecho (Durán Ventosa y su primo Ventosa Calvell, Cambó, más joven, entre otros) y Arquitectura (Puig Cadafalch): un marcado contraste con sus compañeros de aula, los hermanos Arana, Sabino, imposible estudiante de Leyes que abandonó la carrera para proseguir sus elucubraciones, y Luis, quien sí acabó, pero no ejerció como arquitecto.

Como novel alumno universitario, en 1887, Prat ingresó en el Centre Escolar Catalanista, para ser nombrado presidente de la entidad en 1890-1891. En 1891, fue elegido secretario de la Junta de la recién fundada Unió Catalanista. Por ello, Prat intervino directa y hasta destacadamente en la preparación y los debates de la asamblea de Manresa que aprobó las llamadas “Bases” en marzo de 1892, auténtico proyecto de Monarquía dual para España, con Cataluña como corona paralela, según el patrón austro-húngaro entonces imperante.

Socio de la Lliga de Catalunya hasta 1899, el joven hijo de payeses supo congraciarse ánimos y hacerse admirar o querer hasta crear un núcleo de trabajo que literalmente secuestró el catalanismo, con la creación del Centre Nacional Català en ese mismo 1899, para reinventarlo como partido político (la Lliga Regionalista, fundada en 1901), dispuesto para la brega electoral.

Con la Lliga Regionalista y su triunfo en Barcelona en los comicios legislativos de 1901 se rompió de modo definitivo el antipoliticismo impuesto en 1887 por la Lliga de Catalunya, contra las pretensiones de Almirall. A la vez que partido y máquina electoral, la creación pratiana era también una fuerza de considerable capacidad para la movilización cultural y ciudadana.

No fue nada accidental que él dirigiera el diario La Veu de Catalunya, órgano de la nueva Lliga, en cuyas páginas publicó una gran cantidad de artículos, en los que pretendió sentar doctrina. Prat supo aventajar la idea, todavía larvada en Almirall, que sostenía que Cataluña se encontraba encarnada en su sociedad civil, vivo y laborioso tejido humano frente al hueco Estado borbónico y liberal instalado en Madrid. Su planteamiento dio su fruto cuando, en el otoño de 1905, el espíritu provocador y satírico de los regionalistas contra el creciente militarismo dio pie a un estallido de ira contra su prensa por parte de los oficiales de las guarniciones de Cataluña, y estos fueron secundados ampliamente, y el Gobierno liberal de Moret prefirió dar la razón a los insubordinados y tiró adelante la famosa “Ley de jurisdicciones” que pasaba delitos de opinión patriótica a los tribunales militares.

Entonces, como respuesta a la concesión liberal, Prat pudo forjar una plataforma transversal derechaizquierda, izquierda-derecha, de los carlistas a los republicanos, titulada la Solidaritat Catalana, idea lanzada en 1906 y exitosa en las elecciones generales de 1907. Por mucho que la Lliga fue una potencia electoral limitada, supo dar la impresión de ser hegemónica en Cataluña, lo que distaba mucho de ser verdad.

Aunque conocía Madrid —allí realizó su doctorado—, Prat no sintió la atracción capitalina; dejó ese menester a Cambó, personaje político muy diferente, con quien supo trabajar, pero con quien tuvo importantes roces y conflictos, en especial entre 1909 y 1911.

Así, con Cambó en Madrid, Prat se dedicó en exclusiva a su carrera política en Cataluña, sin jamás salir de ella.

La Diputación Provincial de Barcelona, “aquell poc radi d’acció”, era sumamente aprovechable. En 1905 —el mismo año en que se casó con Josefina Dachs, con quien tuvo dos hijos— fue elegido diputado provincial por el primer distrito (Barcelona-Badalona).

En 1907, tras las elecciones provinciales de ese año, la asamblea provincial le escogió presidente de la Diputación barcelonesa, a pesar de carecer de una mayoría. Con un supremo sentido del manejo de los resortes del poder administrativo, Prat hizo gala de una gran inteligencia en la creación de organismos, dio empleos hasta a enemigos ideológicos si su valía les hacía merecedores y así supo constituir un ambiente de meritocracia catalanista que contrastaba felizmente con el ambiente reinante en la administración pública española (o así se creyó en Cataluña).

Para frustración de su confesor, el padre Torras i Bagès, Prat era resueltamente “latitudinario” en temas teologales, como, por lo contrario, no lo era en temas patrios: su criterio básico era que, siempre que alguien fuera catalanista (en cualquier sentido de la palabra), sus restantes creencias eran menos relevantes, si bien su inteligencia y su honestidad eran importantes valores a tener en cuenta. Ante tal laxitud, Torras se excusó con su encumbramiento eclesial y dejó la tarea de vigilar la conciencia pratiana al inteligente jesuita Ignasi Casanovas, sin duda más flexible como consejero espiritual. Ni que decir tiene que, en los comicios provinciales de 1909 y 1913, Prat se vio reelegido por el distrito de Vic-Granollers.

Prat consagró su reputación como magnífico gerente de los servicios existentes y dirigente creativo de actividades innovadoras de todo signo, desde el Institut d’Estudis Catalans al programa agropecuario.

Con tales haberes, Prat fue reelegido reiteradas veces como jefe de la Diputación barcelonesa en 1909, 1911, 1913 y 1917. Como activo defensor de la noción de una mancomunidad de las diputaciones provinciales catalanas, en 1914 fue asimismo elegido presidente de la flamante Mancomunitat de Catalunya tras su creación por el conservador Dato, mediante Real Decreto (ni Canalejas, ni Romanones lograron imponerse a las Cortes liberales de 1911-1913 para lograr dicha legislación). Por supuesto, aprovechó la nueva coordinación interprovincial para fundar toda suerte de nuevos servicios públicos, desde la multitud de escuelas profesionales (del Trabajo, Agricultura, Administración Pública, Arte Dramático, Bibliotecarias, como parte de una larga lista que podría continuar) hasta la Biblioteca de Cataluña y la red de bibliotecas populares (no había biblioteca provincial en Barcelona), al apoyo contundente ofrecido a la labor normalizadora del idioma catalán emprendida por Pompeu Fabra, muy polémica en su día, hasta la red de carreteras automovilísticas y las conexiones telefónicas que dependían de una empresa pública catalana (entonces innovaciones casi atrevidas). El discurso oficial fue el de L’obra realitzada y L’Obra a fer por la Mancomunitat, tópicos aún vivos, que han sobrevivido casi un siglo de vida política catalana. Dicho de otro modo, Prat se convirtió en lo más cercano a un estadista que se podía ser sin salir del escenario catalán.

Aunque se sabía que no se encontraba bien de salud, fue reelegido en 1917 y, no mucho después, falleció en el cargo.

El pensamiento político de Prat se puede ordenar en dos grandes etapas, marcadas respectivamente por dos obras: en primer lugar, el muy corto texto, Compendi de la doctrina catalanista, un catecismo patriótico redactado en colaboración con su primo Pere Muntanyola y publicado con mucho ruido en 1894; y, en segundo, su libro La Nacionalitat catalana, aparecido en 1906, como texto de fondo preparatorio de la campaña de la Solidaritat Catalana. Evidentemente, como se puede constatar en los tres gruesos tomos de sus Obras completas, recopiladas por los historiadores Balcells y Ainaud de Lasarte, Prat de la Riba escribió bastante más, muchísimos artículos, sobre temas muy variados, tanto, de joven, para la Revista Jurídica de Cataluña, como, siendo ya más maduro, para su diario partidista La Veu de Catalunya, y ello sin contar sus escritos legales y sus muchos textos como presidente de la Diputación de Barcelona y la Mancomunitat de Cataluña.

Su primera fase deriva de los pensadores políticos anteriores, como Almirall, pero también, por ejemplo, Balaguer (véase su apropiación descarada de la “Catalan ‘Whig interpretation of History’” que ya, medio siglo antes, había anticipado este). Pero también aprovechó las lecciones de los escritores católicos post-balmesianos, en especial los curas publicistas vigatans o vicenses como Jaume Collell y el ya citado Torras. Y por ende estaban todas las fuentes del Derecho mamado en la Facultad por un estudiante que sí leía con fruición y beneficio, desde la escuela histórica alemana de Savigny hasta las últimas novedades jurídicas o políticas francesas reseñadas en la Revista Jurídica. Así, Prat, dentro de un arco determinado de pensamiento, tenía fondo.

El texto del Compendi de la doctrina catalanista era breve: tan sólo 31 páginas. Pero se hizo un alarde de promoción; en la época, se aseguró que se imprimió una edición de propaganda de 100.000 ejemplares.

En su catecismo, Prat y su primo Muntanyola establecen el principio axiomático: Cataluña es la nación de los catalanes y España meramente el Estado que la engloba; la una es duradera y la otra potencialmente fugaz. Ello, a mediados de la década de1890, provocó un escándalo considerable, que nunca se ha apagado del todo. La obra fue “premiat en lo concurs regionalista del Centre Català de Sabadell; aprobat per la Junta Permanent de la Unió Catalanista”: o sea, que tenía la bendición del núcleo de Sabadell que se enfrentó a Almirall y de quienes le enterraron mediante el ninguneo. Redundó en su argumento en otros textos inflamatorios, como su Missatge dels catalans a S.M. Jordi I, rei dels Helens, pequeño ejercicio de oportunismo propagandístico sugerido en marzo de 1897 por el helenista Rubió i Lluch, para aprovechar la excusa de la contienda turco-griega sobre Creta. La verdad es que Prat redactó un montón de manifiestos, unos firmados y muchos otros no, o con la signatura de otros. Prat no era orgulloso: el fin estaba por encima de tales nimiedades.

En La Nacionalitat catalana, Prat reelaboró el simple esquema contrastado de Patria y Estado, propio del Compendi, para situarlo en una secuencia de metáforas políticas de largo alcance: las naciones viven ciclos de patrón anual, de estaciones, como las personas, sólo que su capacidad de renacer supera la mortalidad del mero individuo. Cataluña ha tenido su verano, otoño e invierno; toca, al alba del siglo XX, su primavera. Plenitud nacional es la realización completa del vínculo hombre-tierra (entendida como sinónimo de territorio): una vez establecida una gente en un lugar su compenetración se hace historia, adquiere la pátina del tiempo, pero se mantiene fija. El despertar nacional por la cultura, llevaba consigo la constitución de una “Greater Catalonia”, una zona de protagonismo linguístico del idioma catalán, pero también la culminación “imperial” del catalanismo político e “intervencionista” (véase el capítulo culminante de La Nacionalitat catalana), en la cual la Cataluña, moderna e industrial, enseñaría a la España, atrasada y agraria, cómo desarrollar su potencial: un intercambio entre iguales, que trocaba dotes de gestión por poderes de mando, un acuerdo desarrollista, tanto económico como político, que por fin dotaría a Cataluña de su Monarquía particular, a cambio de una aportación esencial catalana al quehacer hispano: el estilo práctico de resolver problemas propio del hombre de negocios, entendido como prototipo del profesional liberal (por ejemplo, el ingeniero).

Así, mientras en Madrid protagonistas como Ortega y Gasset ofrecían al intelectual, en tanto que profesional, como protagonista social de una regeneración nacional española, Prat (y, con él, Cambó) proponían desde Barcelona al empresario como gestor en surgimiento de un ibérico “haz de naciones”, que haría del Rey un auténtico partícipe en el cambio. Tal realce del papel interestatal del Estado español, recuperado como potencia, serviría como empeño de una independencia catalana dentro de España (como Baviera en el Imperio Alemán o Hungría en la Monarquía dual de los Habsburgo). Este esquema —entonces del todo moderno— lo mantuvo Prat de la Riba hasta su muerte, tal como demuestra el programa “Por Cataluña y la España Grande”, que redactó mientras literalmente se extinguía entre 1916 y 1917.

Al morir Prat en el verano de 1917, de una afección suprarrenal (curiosamente la misma que mató a Sabino Arana, adquirida, igual que el prócer vasco, por contagio en la ergástula), su figura quedó a salvo, al margen de las grandes operaciones maduras de la Lliga. Fue Cambó en el verano de 1917, mientras Prat agonizaba, quien fracasó en la gran jugada de la “Asamblea de Parlamentarios”, como la gran oportunidad para realizar la “revolución burguesa” dentro de la Monarquía alfonsina. Fue Cambó y no Prat —ya difunto e instantáneamente mitificado— quien convirtió a la Lliga Regionalista en el primer “partido-bisagra” dentro del sistema parlamentario de la Constitución de 1876, y así dio fuelle al gastado “turnismo”, al poder situarse entre los liberales y los conservadores.

Fue Puig i Cadafalch, sucesor de Prat en la presidencia de la Mancomunitat, quien purgó a los intelectuales como Eugenio d’Ors y tonteó infructuosamente con Primo de Rivera en 1923; fue Cambó quien intentó, sin lograrlo, convertir a la Lliga Regionalista en una fuerza española en 1918 y otra vez en 1930-1931, para malograse su intento de salvar la institución monárquica.

Contrastado así con sus herederos, Prat de la Riba se convirtió en un personaje de fácil “mitologización”, en “catalanista histórico” bueno, humilde y socarrón en privado, pero de gran autoridad latente, frente al maquiavélico Cambó, devenido millonario en los primeros años de la década de 1920, luego rico, burgués, supuestamente corrupto, degenerado, cuya autoridad se suponía externa, una mera pose. La fama de Prat quedó codificada en una expresión de su protegido D’Ors: él fue “el seny ordenador de Catalunya”.