Maria de Molina

Datos biográficos

Reina de Castilla y León: 1284-1295
Fallecimiento: 1321

Biografía

María de Molina presenta a su hijo Fernando IV en las Cortes de Valladolid de 1295, por Antonio Gisbert Pérez.María de Molina presenta a su hijo Fernando IV en las Cortes de Valladolid, por Antonio Gisbert, 1863

Hija del infante don Alfonso de Molina y de su tercera esposa, doña Mayor Alfonso de Meneses, nieta por línea paterna de Alfonso IX de León y de doña Berenguela. Toda su infancia transcurre en Tierra de Campos. Su padre de conducta noble y elevada, renuncia al trono de León en favor de su hermano Fernando III.

En el verano de 1281, sin haber obtenido la dispensa pontificia necesaria por el grado de parentesco que une a los dos, se casa en Toledo con el infante don Sancho [IV]. Desde entonces ha de ser la compañera y consejera inseparable del rey Bravo. A principios de mayo de 1284, muerto Alfonso X, son coronados reyes. María, desde principios del reinado, tiene una preocupación: conseguir la dispensa del Pontífice. Toda su política ha de ir encaminada a ello.

El reino está dividido: Francia y Aragón se disputan la amistad de Castilla. La reina se inclina a Francia y a don Juan Núñez de Lara, que ha permanecido varios años en aquel reino como partidario de don Alfonso de la Cerda. En esta amistad ve María, por medio de Francia, su aproximación a Roma, y con don Juan restarle un partidario de fuerza al infante de la Cerda.

En 1286, el entonces privado del rey, don Gómez García, abad de Valladolid, se entrevista con Felipe IV de Francia para llegar a un pacto. Como condición el francés exige la ruptura del matrimonio de los reyes castellanos. Sancho IV no admite tal condición y don Gómez García cae de la privanza inmediatamente, por haber dado oídos al rey francés.

Con el privado que sustituye a este, don Lope Díaz de Haro, orgulloso señor de Vizcaya, la reina sabe que tiene un enemigo. El rey, en un principio, está absolutamente dominado por él y llega a distanciarse de la reina, apartando de su lado a sus más fieles servidores, como doña María Fernández Coronel, aya de la reina y ahora de su hija mayor, la infanta Isabel. María muestra entonces sus cualidades más sobresalientes: la resignación, la paciencia y la abnegación en los momentos ingratos. Gracias a estos rasgos, a través de su vida, como en esta ocasión, ha de salir triunfante. En la asamblea celebrada en Toro a comienzos de 1288, María consigue que el rey decida pactar con Francia, enfrente de la voluntad de don Lope, que se inclinaba por el aragonés. Allí termina la amistad incondicional del rey por su valido, que poco después había de morir trágicamente en Alfaro.

En 1292, desde Sevilla, la reina toma una parte activa en la guerra contra los moros, en Tarifa. En 1293, y por muerte de su hermanastra, la señora de Molina, que deja en su testamento este señorío a Sancho IV, quien lo cede a la reina, toma esta el nombre con que se ha inmortalizado en la historia.

El 25 de abril de 1295 muere Sancho IV; desde 1294, en que el rey enferma gravemente, es Maria la que se ocupa de la gobernación del reino. Los momentos son difíciles: Su hija Isabel, prometida de Jaime II, es devuelta a Castilla, roto el matrimonio por conveniencias políticas de Aragón. María oculta al rey, ya gravemente enfermo, esta ruptura, y es ella la que lleva a cabo todas las negociaciones.

Antes de haber pasado cuarenta días de la muerte del rey, María de Molina recibe noticias de que el infante don Juan —hijo de Alfonso X—, siempre traidor, quiere venir desde Granada con gran ejército de moros para proclamarse rey y que don Diego López de Haro, hermano de don Lope, el valido muerto en Alfaro, quiere recuperar por la fuerza el señorío de Vizcaya. El infante don Enrique —hijo de Fernando III—, al enterarse de que la reina se apoya en los Laras, por los que siente viva antipatía, en contra de los Haro, se marcha a tierras de Sigüenza y Burgos, para sublevar allí a sus gentes.

En Valladolid, María de Molina y el rey encuentran cerradas las puertas de la ciudad, que tardan en abrirse; es el primer choque visible de la lucha. El pugilato entre los nobles, formados en partidos, para escalar el poder y vencer a la reina, es el resumen de esta época. Un hecho exterior, la declaración de guerra a Castilla hecha por Portugal, hace que los nobles cesen por un momento en sus contiendas y acaten todos como rey a Fernando [IV]. El infante don Enrique consigue de Portugal una paz, tras muchas concesiones, que la reina y su hijo Fernando ratifican en Ciudad Rodrigo.

La desbandada de nobles que se apartan del rey niño es cada vez mayor. En marzo de 1296 la situación es gravísima, María recibe declaraciones de guerra de Jaime II de Aragón; de Felipe IV el Hermoso, de Francia; de Carlos de Sicilia; de don Dionis de Portugal, y de don Alfonso de la Cerda, que se hacía llamar rey de Castilla. En León proclaman rey al infante don Juan y en Sahagún, a Alfonso de la Cerda.

El infante don Enrique propone una solución: el matrimonio de María de Molina con el infante don Pedro de Aragón, matrimonio que la reina rechaza indignada. La guerra se extiende por todas partes, pero los ejércitos aragoneses, minados por la peste, tienen que pedir treguas. Portugal, ante la amenaza de que Fernando IV no casará con doña Constanza, hija de don Dionís, si persisten en la guerra, desiste de la lucha, y en Alcañices, a mediados de septiembre, María firma la paz con el rey portugués, dejando en aquel reino a su hija Beatriz como desposada de don Pedro y trae a Castilla la prometida de Fernando, Constanza. Pero el rey portugués siente gran inclinación por el infante don Juan, y así propone a María que su hijo siga siendo rey de Castilla y don Juan lo sea de León La reina pide unos días para meditarlo, y como viene haciendo de tiempo —y hará durante toda su vida, siendo esta actitud suya una de las que más caracterizan su reinado— se apoya en los concejos y hombres buenos, que en Cortes se niegan a la desmembración del reino. El pueblo, cada vez con mayor entusiasmo, apoya siempre a María; esta es su mayor fuerza.

El poderoso don Juan Núñez de Lara, hasta entonces unido al aragonés, se somete al rey de Castilla, y en mayo de 1300, a las Cortes reunidas en Valladolid, llega un mensaje del infante don Juan deponiendo su actitud y solicitando volver a la merced del rey.

María organiza los ejércitos para ir contra Almazán, la corte de don Alfonso de la Cerda, que sigue llamándose rey de Castilla. El infante don Juan y el infante don Enrique van al frente de ellos y evitan el choque, seguramente favorable a los castellanos, llegando a unas vistas. Pero la guerra sigue con Aragón y el infante de la Cerda. El castillo de Lorca es tomado por los aragoneses. Los castellanos se dirigen a Alcalá y Mula, siguiendo a Murcia, que no consiguen tomar por la nueva intervención de los infantes don Juan y don Enrique, que impiden el ataque.

.En marzo de 1301, en Cortes celebradas en Burgos, la reina pide nuevamente subsidio para tramitar en Roma la dispensa matrimonial y legitimación de Fernando IV. El pueblo, que apoya a la reina incondicionalmente, a pesar del hambre y la miseria que asolaban Castilla, vota el subsidio. Y en Anagni, el 6 de septiembre de 1301, el papa, Bonifacio VIII, extiende la deseada bula de legitimación, que es publicada solemnemente en Burgos, en la catedral, ante los más grandes del reino.

Pero ante la nueva fuerza de la reina, los nobles traman un nuevo ataque; don Enrique, don Juan y don Juan Núñez de Lara procuran separar al rey de su madre. El carácter débil de Fernando se inclina fácilmente a los aduladores y se muestra hostil a la madre, que desde Vitoria, donde ha tratado con emisarios de Felipe el Hermoso, se dirige a Burgos, para entrevistarse con su hijo y saber por qué se aparta de ella. Pero el rey se muestra receloso y María tiene que callar; su actitud ante la ingratitud ha de ser digna y resignada. En enero de 1302 se lleva a cabo la boda del rey con doña Constanza.

Don Juan es el que priva; no exige, como debiera, a don Dionís el cumplimiento de sus compromisos. La reina madre se ve cada vez más apartada; todos se disputan el favor del rey, y por conseguir este comienzan las discordias entre los cómplices. Fernando IV quiere convocar Cortes sin la intervención de María. Pero el pueblo, que no apoya más que a la reina, se niega a acudir a Medina del Campo si no es por su mandato. Los amigos del rey ven que el pueblo no obedece más que a esta y que sobre él no tienen autoridad. Por eso le ruegan asista a las Cortes, aunque temen que el rey se dé cuenta del apoyo de que goza su madre y de la falta de popularidad suya y de sus partidarios.

Pero esta misma popularidad aumenta la animosidad de los consejeros del rey contra María de Molina. Llegan a conseguir de Fernando situaciones humillantes para su madre. El rey pide a la reina las joyas de Sancho IV, que ella entrega religiosamente. Más tarde pide nuevamente cuentas a su canciller y a su administrador. Estos, al entregarlas, ponen de manifiesto la generosidad de María, que se ha desprendido de lo suyo propio en bien de su hijo.

El infante don Enrique, con un gran grupo de nobles, trata de rebelarse contra el rey y solicita el apoyo de María. Esta, entre los dos bandos, tratará de unir y moderar a unos y otros. Don Enrique, unido a don Diego López de Haro, consigue en Ariza una entrevista con Jaime II (20 de junio de 1303), a la que quiere que acuda la reina y se trate del matrimonio de sus hijos Pedro e Isabel con una hija de Jaime II y con don Alfonso de la Cerda. Los rebeldes proponen a María entregar el reino de Castilla a su hijo, y el de León a la infanta Isabel y a don Alfonso de la Cerda. Esta no acepta tal proposición, y con gran esfuerzo y autoridad consigue modificar lo que estaban pactando en Ariza: don Enrique y los suyos ofrecen servir al rey de Aragón contra Fernando IV si antes de Navidad no han conseguido de María que ceda el reino de Murcia a Jaime y el de Jaén a Alfonso de la Cerda. El aragonés exige que antes del 15 de agosto apruebe lo tratado.

La reina, ante tales acuerdos, convoca a los representantes populares de Ávila y Segovia, en Coca, y les ruega pidan al rey que vuelva de Andalucía, donde andaba con el infante don Juan, despreocupado de Castilla. El rey atiende la petición y vuelve al lado de su madre, a la que respeta. Por su parte, los conjurados también acuden a ella, tratando de obtener la aprobación de lo tratado en Ariza. Pero María no consiente que el infante de la Cerda se llame rey; con su gran autoridad moral es el centro alrededor del cual giran los destinos de Castilla.

El 11 de agosto de 1303 moría en Roa este gran aventurero, infatigable en sus intrigas y revueltas, el infante don Enrique.

En las vistas de Ágreda, celebradas en agosto de 1304 entre los reyes de Portugal, Aragón y Castilla, también interviene la reina madre. Gracias a ella, el señorío de Vizcaya recaerá en doña María Díaz, mujer del infante don Juan, a la muerte de su tío don Diego.

A comienzos de 1308, y después de grave enfermedad, otorga testamento. En septiembre de este mismo año recibe la noticia de la toma de Gibraltar y a poco de la muerte de don Alfonso Pérez de Guzmán, que muere en lucha con los granadinos.

Luego interviene en el matrimonio de su hijo Pedro con María, hija de Jaime II y de Isabel, con Juan, duque de Bretaña. Sigue también su papel de mediadora entre los nobles y el rey. Y consigue que al terminar el año 1311 el reino esté en paz. Poco ha de durar para la reina esta tranquilidad. El 7 de septiembre de 1312 muere Fernando IV. Otra minoridad, otra vez la rivalidad entre los nobles ambiciosos por lograr el poder y la tutoría, se presenta a María de Molina, que ya no tiene ánimos para luchar. El infante don Juan y don Juan Núñez de Lara acuden a la reina a pedirle sea tutora del rey, niño de año y medio de edad, que está en Ávila; María pide a su obispo lo guarde allí, en tanto las Cortes no determinan quién ha de criarlo.

La joven reina Constanza, mujer sin carácter, se inclina primero al infante don Pedro, después a este y a su suegra; pero a poco se une al infante don Juan Manuel. Quedan entonces bien dibujados los dos partidos rivales: María de Molina con su hijo don Pedro en un lado; en el otro, el infante, la reina viuda con los infantes don Juan y don Juan Manuel. El pueblo apoya al primer partido; los nobles, al segundo. María busca medios de concordia.

El 18 de noviembre de 1313 muere inesperadamente la reina Constanza. El partido pierde con ella toda su fuerza moral. María de Molina queda como único amparo de su nieto, el niño Alfonso. En diciembre de este mismo año llega a un acuerdo con el infante don Juan, acuerdo que se ratifica en abril, estando presentes don Juan, don Juan Núñez de Lara, don Pedro y la reina. La tutoría queda dividida: serán tutores conjuntamente doña María, don Pedro y don Juan. María será la que guarde al nieto.

Don Juan Núñez de Lara muere cuando se celebraban Cortes solemnes en Burgos en el verano de 1315.

Pero los nobles siguen revueltos: en Carrión, en la primavera de 1317, y después de haber constituido una hermandad, se reúnen para exigir responsabilidades a los tutores, sobre todo a don Pedro. María de Molina y don Juan aprueban el cuaderno de Cortes, no muy a su gusto, y aquella evita que prosperen las maniobras contra su hijo.

En el verano de 1319 una nueva tragedia ensombrece la vida de la reina: en la vega de Granada mueren trágicamente, en plena campaña victoriosa, los infantes don Pedro y don Juan. María se encuentra nuevamente sola, rodeada por nobles ambiciosos, y nuevamente busca apoyo en los concejos. La situación es la misma que a la muerte de Sancho IV. Solo los nombres han cambiado. Los infantes don Juan Manuel y don Felipe y don Juan el Tuerto, hijo del infante don Juan, son ahora los que se disputan la tutoría. El primero es el más activo; como yerno de Jaime II pide apoyo a este y a la reina, quien delega en las Cortes la elección. Don Juan el Tuerto, con su madre, quiere imponerse a María con una serie de exigencias que esta rechaza plenamente. Y prosigue su política pacificadora. Convoca en Valladolid a don Juan Manuel y a don Felipe para conseguir llegar a un acuerdo. En Talavera de la Reina, en 1320, y por los representantes de aquella ciudad solamente, son nombrados tutores, junto con la reina, los infantes don Juan Manuel y don Felipe, lo que produce un gran descontento en don Juan el Tuerto, que uniéndose a don Fernando de la Cerda forma una hermandad en contra de los infantes. Doña María, desolada, ve como se extiende la anarquía. Esta hermandad busca el apoyo y el consejo de la reina, la que logra en Valladolid lleguen a un acuerdo los dos partidos, siendo reconocidos como tutores en todo el reino don Juan Manuel y don Felipe. Pero pronto vuelve la discordia. Y es entonces cuando llega a Valladolid, a principios de 1321, el cardenal de Santa Sabina, legado apostólico de Juan XXII, quien intenta ayudar a la reina. Celebra entrevistas con los que se disputan la tutoría, y cuando, satisfecho, cree llegar a una solución, María cae gravemente enferma: quiere dejar en regla la guarda de su nieto, solo de diez años de edad, y junto con su hermana la niña Leonor, lo entrega, en señal de confianza, a los caballeros y hombres buenos de Valladolid, al pueblo en el que toda su vida se había apoyado, prometiendo estos guardarlos sin entregar al rey a nadie hasta su mayor edad.

El 29 de junio de 1321 dicta nuevo testamento. Pide ser enterrada en el monasterio recientemente fundado por ella de Santa María la Real, de la Orden del Císter, conocido vulgarmente por las Huelgas, de Valladolid. Y a poco, el 1 de julio, muere esta gran reina, que según su biógrafo más reciente, ecuánime, ponderada, fue dueña en todo momento de su serenidad Mercedes Gaibrois de Ballesteros, Maria de Molina, Madrid, 1936, pág. 267. Por su enorme popularidad y su gran espíritu democrático, buscando siempre la soberanía de las Cortes y el apoyo popular, ha sido inmortalizada por la historia.

GUTIÉRREZ DEL ARROYO, Consuelo, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 891-894.