María de Austria

Datos biográficos

Emperatriz de Austria: 1637-1646
Reina de Hungría: 1631-1646
Nacimiento: 18-VIII-1606
Fallecimiento: 13-V-1646

Biografía

Retrato de la emperatriz María Ana de Austria (1606-1646), por VelázquezRetrato de la emperatriz María Ana de Austria (1606-1646), por Velázquez

[El Escorial-Linz). Cuarta hija de Felipe III y Margarita de Austria. A los cinco años perdió a su madre. Se trató de su matrimonio con el príncipe de Gales Carlos Estuardo (Carlos I), hijo de Jacobo I, quien deseaba estrechar su amistad con España, a diferencia de la conducta hostil de su antecesora, Isabel. Ante las dificultades que surgían en las negociaciones, vino Carlos de incógnito a Madrid el 7 de marzo de 1623, con el marqués de Buckingham. La estancia de Carlos dio motivo a extraordinarios festejos en su honor, comenzando por su entrada pública el día 26, hasta su partida el 9 de septiembre. Carlos, enamorado de María, no pudo verla nunca más que en actos públicos, fracasando un intento de verla a solas en la Casa de Campo.

El proyecto de boda databa ya de la época de Felipe III y el duque de Lerma, de unos doce años atrás; las negociaciones eran interminables, llevadas en Londres por el embajador español, conde de Gondomar, pues por parte de la corte española no había interés en realizar el matrimonio, por motivos religiosos; deseaba la corte española evitar la aproximación de Inglaterra y Francia y que el catolicismo volviera a dominar en Inglaterra, esperando conseguir la conversión de Jacobo y del príncipe, lo que era muy difícil, y aun si se hubiera conseguido no era posible derribar la situación religiosa implantada hacía medio siglo; por otra parte, los reyes españoles no hubieran consentido en casar a una infanta con un hereje.

Por otra parte, Felipe III al morir había expresado su deseo de que se casar a María con el emperador austríaco. La cuestión fue remitida a Roma, para tratar de la dispensa. Quería, a su vez, Jacobo el apoyo español en esta época de Felipe IV y Olivares para la devolución de sus estados a su yerno Federico, elector palatino, que los había perdido en la primera fase de la guerra de los Treinta Años. Olivares deseaba la alianza inglesa, como parte de su política de prestigio político y militar y con la esperanza de que Inglaterra volviera a la Iglesia católica, pero sin comprometer el matrimonio.

La venida de incógnito del príncipe de Gales había sido sugerida por Gondomar, Olivares no tenía interés en realidad por la boda, y en medio de los continuos festejos se fueron dando largas y aún se intentó convertir a Carlos. Como prenda de sinceridad se exigía a Jacobo previamente la concesión de tolerancia a los católicos ingleses y la anulación de las medidas persecutorias promulgadas por Isabel, lo que también exigió la dispensa papal. Olivares no cedió de sus propuestas, aunque llevó hábilmente las negociaciones, haciendo creer al príncipe que se vencerían las dificultades, tanto que el 30 de julio Jacobo juró las cláusulas del compromiso matrimonial, lo que representaba la plena tolerancia para los católicos: inmediatamente supo que se aplazaba hasta la primavera el envío de la infanta, para dar tiempo a que el Papa diera su consentimiento y se pusieran en vigor las nuevas disposiciones sobre los católicos ingleses; pero no se le prometía nada sobre el Palatinado.

No obstante, tras nuevas discusiones de los teólogos sobre el juramento de Jacobo, el 7 de septiembre juró Carlos cumplir las condiciones del contrato matrimonial, mientras que Felipe IV se limitó a prometer el permiso para la boda cuando llegase el consentimiento pontificio, afirmándose que sería para fin de año y entonces se celebraría la boda; pero los teólogos elevaron nuevas dudas sobre la sinceridad de los ingleses, Carlos se consideró engañado y él y Buckingham pidieron a Jacobo que les ordenase regresar para irse con dignidad; entre tanto continuaban los suntuosos festejos. La despedida fue acompañada por la entrega mutua de abundantes y costosos regalos, rivalizando unos y otros en derrochadora generosidad. Con el compromiso de boda aparentemente firme, partió Carlos el 9 de septiembre, autorizando al embajador inglés, lord Bristol, a concluir el matrimonio cuando llegase el permiso definitivo del Papa, pero convencido de que no se quería llevarlo a cabo y dispuesto también él a romper.

En efecto, no hubo muy probablemente nunca intención por parte de Felipe IV y el Conde Duque de efectuar el matrimonio de la infanta con un protestante y en Roma hubo una decisiva oposición por el temor de que por azares imprevistos la corona de España, la principal defensora de la Iglesia, viniera a recaer en la persona de un príncipe heterodoxo. Sin embargo, siguieron los tratos en los meses siguientes; el Papa aceptó condicionalmente, pero Jacobo y Carlos impusieron la devolución del Palatinado al elector, lo que no se quería conceder, y así el proyecto de boda se fue esfumando. Tampoco Jacobo estaba dispuesto a otorgar a los católicos los privilegios prometidos, lo que hubiera puesto en peligro su corona.

Humillado Buckingham por el fracaso, impulsó a Carlos, cuando entró a reinar, a declarar la guerra, a España y envió una expedición a Cádiz (1625), mandada por sir Edward Cecil, que fracasó. El conflicto creciente con el Parlamento impidió a Carlos I proseguir su política antiespañola. Los obstáculos religiosos hallados en España no los encontró Carlos, poco después, para casarse con Enriqueta María, hija de Enrique IV de Francia y asimismo católica.

Decidió Felipe IV estrechar su alianza con la casa, de Austria alemana frente a sus enemigos y a la creciente hostilidad de Richelieu y para asegurarla se pactó el matrimonio de María con su primo Fernando, luego emperador Fernando III, titulado entonces rey de Hungría. Se celebró la boda, por poderes, el 25 de abril de 1629 en privado. Partió en enero de 1630, realizando un larguísimo viaje por la duración, incómodo en ocasiones y turbado por las impertinencias de su acompañante, el duque de Alba.

En febrero de 1531 llegó a Viena, celebrándose solemnemente la boda. Su esposo fue elegido Rey de Romanos, o sea heredero del Imperio, en 1635, y en 1637, a la muerte de su padre, Fernando II, subió al trono imperial y de los dominios austríacos. Fueron los hijos de Fernando y María: Fernando IV, Rey de Romanos, muerto antes que su padre; Mariana, segunda esposa de Felipe IV; Leonor, casada con el duque de Lorena; Mariana Josefa, con el conde de Neuburgo, y Leopoldo I, emperador de Alemania.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 903-904.