Nubeluz

Leonor de Plantagenet

Autor: Antonio Sánchez de la Mora

Leonor de PlantagenetLeonor de Plantagenet

Domfront (Francia), 13-X-1162 - Burgos, 31-X-1214. Reina de Castilla, esposa de Alfonso VIII. Hija de Enrique II Plantagenet, rey de Inglaterra, y Leonor de Aquitania, accedió al trono de Castilla por su matrimonio con Alfonso VIII. Nacida en una localidad de Normandía y en el seno de una de las cortes europeas más importantes, sus padres no tardaron en buscarle un destino acorde con su posición social. Por eso pensaron en un matrimonio de Estado que afianzara la complicada política angevina en territorio francés, donde su dinastía rivalizaba con los Capeto, titulares del trono galo, y con algunos magnates de su entorno, reacios a reconocer el poder desmedido que los Plantagenet habían alcanzado en la Francia atlántica.

Poco importaba la supuesta belleza de una niña que rondaba los ocho años, ensalzada por diversos contemporáneos, pues cobraron fuerza los intereses de la corona castellana e inglesa. Los primeros sufrían en la Rioja y Vizcaya el hostigamiento del reino navarro, afín a los Capeto y hostil a los Plantagenet. Es más, del lado castellano debió pesar el consejo del conde Lope Díaz de Haro I, ferviente defensor de sus dominios vizcaínos frente a los navarros y, por ende, aliado del poderoso clan de los Lara. Además, ingleses y castellanos contaban con la connivencia de Alfonso II de Aragón, en buenas relaciones con los Plantagenet y rival, como éstos, del rey navarro y de los Capeto. De hecho, aumentaron los contactos entre las cortes aragonesa y castellana y la mediación de Alfonso II resultó crucial en el concierto matrimonial, por más que este asunto se convirtiera en un eslabón más de la política internacional de ambos reinos. Por eso sancionaron su colaboración en el verano de 1170 y proclamaron su amistad con el inglés, al tiempo que pactaban el posible reparto de Navarra. Según algunos autores, el enlace debió plantearse en XI-1169, primera curia que presidía el joven Alfonso VIII, aunque otras fuentes apuntan a marzo del año siguiente. Sea como fuere, las negociaciones se formalizaron en torno a esta fecha y se preparó la venida de la joven Reina. A tal efecto, se constituyó una embajada, de la que formaron parte el arzobispo de Toledo, los prelados de Burgos, Segovia y Calahorra y destacados nobles del reino, encabezados por el conde Nuño Pérez de Lara. No es seguro que todos arribaran a Burdeos, donde la comitiva se unió a la encabezada por Leonor, que venía acompañada de otros tantos nobles y obispos.

En cualquier caso, ambas legaciones se encontraron y unieron en una única caravana, que cruzó los Pirineos con dirección a Tarazona, donde tuvieron lugar los esponsales. El matrimonio vino acompañado del consiguiente reparto de dotes y arras. En el primer caso, Leonor aportó la Gascuña, de importancia estratégica y comercial para los castellanos, al tiempo que los ingleses afianzaban su expansión mercantil por las costas de un estado amigo.. Respecto a las arras otorgadas por Alfonso VIII, consistían en la tenencia de gran número de ciudades y villas castellanas, entre ellas Calahorra, Logroño, Burgos y Castrojeriz, a las que se sumaron las rentas regias de otras tantas localidades, incluidos varios puertos del Cantábrico y no pocas poblaciones del Camino de Santiago. Así se cumplió, pues los delegados ingleses tomaron posesión de los castillos en nombre de la regia dama y ante la supervisión de Alfonso II de Aragón, fórmula por la que se garantizaba el cumplimiento de los acuerdos.

Casados ya los jóvenes soberanos se incorporaron al cotidiano quehacer de la Corte, aunque la Reina debió quedar apartada de la política y dedicada a su formación como soberana castellana. Las fuentes recuerdan su prudencia y honradez y ensalzan la compenetración y el amor existente entre ambos esposos, incluso en los asuntos de Estado. Por ello sorprende un relato de escaso crédito que asigna una amante judía al propio Monarca, de nombre Raquel, aparente calumnia que, en caso de surgir en vida de la Reina, debió de causarle hondo malestar. No se sabe quienes la instruyeron o cuáles fueron las damas que le acompañaban en el día a día, aunque en su casa pesarían las influencias aquitana y castellana.

Algunos textos recogen retazos de su vida palaciega en la que dejó su impronta la moda trovadoresca venida del norte de los Pirineos. Vivió de cerca los conflictos entre Castilla y Navarra —en los que medió Enrique II de Inglaterra—, la conquista de Cuenca y, según algunas fuentes, hizo de mediadora en el matrimonio de su hermano Ricardo I Corazón de León y la infanta Berenguela, hija de Sancho VI de Navarra (1191). Asimismo, atendería con interés la reclamación castellana del ducado de Gascuña, dote de Leonor, que no solo no se había hecho realidad, sino que se había cuestionado por la propia casa real inglesa.

Alfonso VIII intentó controlar aquellas tierras tras el fallecimiento de su suegra, Leonor de Aquitania (1204), a lo que se opusieron los burgueses de Burdeos y Bayona y hasta el rey navarro, preocupado por el expansionismo castellano al oeste y norte de sus dominios. Desde Guipúzcoa, conquistada al comenzar la centuria, los castellanos se introdujeron en la Gascuña con el apoyo de la nobleza de la región, aunque la hostilidad creciente de sus habitantes les convenció de la imposibilidad de tal empresa. Entre tanto, la Reina se ocupó de los enlaces matrimoniales de sus hijas. A Berenguela, la mayor, la casó con Conrado de Hohenstaufen, aunque la muerte de este acabó con este prestigioso enlace. Se plantearon entonces sus nupcias con Alfonso IX de León (1197), matrimonio que, al decir de algunas crónicas, partió de la iniciativa de Leonor.

Alfonso VIII no estaba muy convencido, aunque ayudase a serenar las tensas relaciones existentes entra ambas Coronas. No obstante, el enlace más acorde con los intereses de los Plantagenet fue el de Blanca, pues desposó con el futuro Luis VIII de Francia (1200). En este asunto intervinieron tanto la Reina como su madre Leonor de Aquitania, que vino ex profeso a la Corte castellana para seleccionar cual de sus nietas respondía mejor a sus expectativas. Poco después, Leonor vio como se truncaba el matrimonio de su hija Berenguela y Alfonso IX de León (1204), dificultando la herencia de su nieto Fernando y las relaciones entra Castilla y León. La repentina muerte de su hijo Fernando (1211) truncó las expectativas volcadas en un joven que prometía un futuro alentador para Castilla. Por eso no sorprende que la Reina sufriera con gran dolor la muerte de su hijo y principal heredero, tal y como reflejan las fuente coetáneas.

No había tiempo para lamentaciones, pues se preparaba la campaña contra los almohades, cruzada hispánica que contó con la colaboración de magnates nacionales y extranjeros. Algunos vinieron de allende los Pirineos, en particular de Burdeos, Nantes y Narbona, con los que Leonor tendría ocasión de intercambiar pareceres. La victoria de Las Navas de Tolosa (1212) llenaría de júbilo a la Familia Real y, aunque no hacía mucho tiempo que había muerto el infante Fernando, aún sobrevivía el pequeño Enrique I, al que la Reina quiso poner el nombre de si progenitor. De apenas ocho años de edad, el nuevo heredero al trono no tardaría en verse inmerso en la vorágine política de la sucesión, pues Alfonso VIII falleció en 1214.

Leonor se ocupó entonces de la regencia de su inexperto hijo, tal y como había establecido su difunto esposo, para lo cual contó con la colaboración de su hija mayor, Berenguela, que había regresado a Castilla tras la disolución de su matrimonio, compartió confidencias con su madre en más de una ocasión, preocupada como estaba por los derechos sucesorios al trono leonés de su hijo Fernando. De hecho, algunas crónicas aseguran que la Reina Madre, viendo cercana su hora, planteó la cesión de la regencia a su hija y a Alfonso IX de León, lo que pudo despertar los recelos de muchos castellanos.

Al final triunfó el bando liderado por Álvaro Núñez de Lara, aunque Leonor no tuvo tiempo para contemplar la crisis política que se desencadenó, atizada por las intrigas nobiliarias y la ambición de su yerno. La muerte de su regio esposo la había sumido en un profundo pesar, tornado en la enfermedad que acabó con su vida. Las fuentes ensalzan las cualidades humanas de Leonor Plantagenet, tanto por su amor hacia su marido y dedicación hacia sus hijos como por sus atenciones con los más necesitados, aunque en ello se vislumbre cierto afán panegírico.

Aunque desarrolló la mayor parte de su vida en Castilla, no se olvidó de las devociones de su niñez. Por eso favoreció la casa cisterciense de Fontevrault, a la que, junto a su esposo, concedió una renta de cien áureos anuales. A imitación de esta institución promovió la fundación del monasterio de Santa María de las Huelgas en las afueras de Burgos (1187). Allí residió durante largas temporadas, al igual que el resto de la Familia Real, y en él fue enterrada, junto a su marido. Este cenobio recibió amplias prerrogativas espirituales y temporales, y la autonomía de que gozó contrasta con la autoridad ejercida sobre otros monasterios dependientes y sobre los laicos situados bajo su mando.

Leonor promovió el culto de Santo Tomás Becker, al que se le dedicó una capilla en la catedral toledana. No fue la única sede episcopal a la que favoreció, pues se preocupó porque edificasen una nueva catedral en la ciudad de Cuenca (1183), conquistada no hacía mucho. Alfonso VIII y Leonor trajeron al mundo catorce hijos. Algunos fallecieron siendo niños. Del resto conviene citar a Constanza, abadesa de Santa María la Real de las Huelgas de Burgos, a Urraca, desposada con Alfonso II de Portugal, y a Leonor, casada con Jaime I de Aragón.

SÁNCHEZ DE MORA, Antonio, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol. XXIX, págs. 491-493