Retrato de la reina Isabel de Borbón, por VelázquezRetrato de la reina Isabel de Borbón, por Velázquez

ISABEL [DE BORBÓN], reina de España (1603-1644; 1621-1644 ) [París-Madrid]. La primera esposa de Felipe IV fue Isabel de Borbón, hija del gran rey de Francia Enrique IV de Borbón y de María de Médicis. Casó con Felipe IV, siendo este príncipe heredero, el 18 de octubre de 1615. Tenía entonces Isabel doce años y Felipe IV poco más de diez. Felipe III permitió a su hijo hacer vida marital el 25 de noviembre de 1620, cuando tenía quince años y medio y la princesa había cumplido diecisiete dos días antes. El 31 de marzo de 1621 murió Felipe III y empiezan a reinar Felipe IV e Isabel. Ese mismo año 1621 comenzaron los partos de la reina Isabel, que fueron siete en veinticuatro años, pues murió en 1644. De los cuatro primeros partos (1621, 1623, 1625 y 1626), dos fueron prematuros, y entre el tercero y cuarto sufrió la reina un aborto. Las cuatro niñas nacidas de ellos tuvieron muy corta vida. Estas circunstancias parecen indicio de una enfermedad hereditaria de la reina. De los tres partos siguientes, dos fueron más afortunados; de uno (1629) nació el príncipe Baltasar Carlos que vivió cerca de diecisiete años, y de otro (1638), la infanta María Teresa, que en 1660 casó con Luis XIV. Entre estos dos, hubo otro (1635), cuyo fruto, una niña, no llegó a cumplir un año.

Si por la prole no puede decirse del matrimonio de Isabel de Borbón que fuera muy afortunado, esta reina, aunque muriera joven como la mayoría de su época, vivió en medio de frivolidades que le hacían grata la vida y fue tratada dignamente por su marido. No desconocía los amoríos del rey y a causa de ellos no podía estar plenamente satisfecha: pero más que los amoríos de su marido la molestaba, sin duda, lo mismo que a los infantes, el influjo del conde duque de Olivares, que en su soberbia se atrevía a tratarla con aspereza. Martin Hume, Las reinas de la España antigua, Madrid, pág. 317, nota recoge una anécdota muy expresiva. En cierta ocasión doña Isabel emitió su opinión sobre un asunto de gobierno en presencia del rey y del conde-duque. Este puso el siguiente colofón: La misión de los frailes es solo rezar y la de las mujeres solo parir.

Todo lo sufría la reina con dignidad y entereza, y antes de morir tuvo el consuelo de ver que su marido y rey había, al fin, apartado de su lado a Olivares y oía los consejos que ella le daba. Otra anécdota no menos expresiva que la anterior y que viene bien como prueba de que así era, es la recogida por F. Silvela en el Bosquejo que precede a su edición de las Cartas de la V. M. Sor Maria de Agreda, t. I, pág. 60. Visitando un día de 1643 Felipe IV a las Descalzas de Madrid, les pidió que encomendaran mucho a Dios a su privado. Una religiosa le preguntó arrodillada: ¿Quién es ahora el privado de Vuestra Ma jestad? Y don Felipe IV respondió: Mi privado es la reina. Esos consejos que Isabel daba a su marido estaban inspirados en el amor a la patria sobre la que estaba llamado a reinar su hijo Baltasar Carlos.

La reina Isabel de Borbón había estado, sin embargo, a punto de perder su reputación de esposa leal. En un teatro rústico de Aranjuez se produjo un incendio el 15 de mayo de 1622, mientras se representaba El Vellocino de Oro, de Lope. El conde de Villamediana, don Juan de Tarsis, del que los cortesanos murmuraban que cortejaba a la reina, aprovechó la ocasión, se dijo, para salvarla en sus brazos. No muchos días después, el 21 de agosto, era asesinado en la calle Mayor de Madrid.

Parece innegable que Villamediana cortejó a la reina, aunque nada hay que autorice a afirmar que doña Isabel le dio pie para ello. Hubo rivalidad amorosa entre Felipe IV y Villamediana, pero no por la reina, sino por una dama de la corte, doña Francisca de Tavora, que pretendida por los dos, prefirió al conde. A doña Francisca y no a Isabel alude la célebre divisa Son mis amores reales, que Villamediana exhibió un día de cañas en la Plaza Mayor de Madrid. En la representación de La gloria de Niquea, el mismo día 15 de mayo de 1622, tomó parte Francisca, figurando como Abril sobre un carro florido tirado por Tauro, en el cuadro alegórico con que se inició el espectáculo. En el fin de fiesta danzó también el turdión . Tres fueron las parejas de esta danza: doña Isabel de Aragón, doña Antonia de Mendoza y ella, como damas; la reina, la infanta y doña Ana María Manrique, con espadas y sombreros, como galanes.

Era doña Francisca de Tavora hija del noble portugués Martín Alonso de Castro, comendador de Avis, general de las galeras de Portugal y virrey de la India. Cuando cautivó al rey y a Villamediana con su gracia y su belleza estaba soltera, y en 1630 casó con el noble portugués Fernán Téllez de Meneses, al que Felipe IV dio como regalo de boda el título de conde de Unhão. Villamediana, en sus poesías, cantó repetidamente su amor a doña Francisca, llamándola Francelisa, Francelinda, y, alguna vez, Abril, en recuerdo de su papel alegórico en la fiesta de Aranjuez. Con sus loores a Francelisa suele Villamediana unir otros a Amarilis, que era una prima de Francisca, María de Cotiño, no una hermana.

Bien sabía Villamediana cuánto arriesgaba galanteando a Francisca, que había despertado en el rey una fuerte pasión. Era Villamediana gallardo y arrogante y sus amores reales, que así pudieron llamarse, no porque la mujer adorada fuese la reina, sino porque la adoraba a la vez el rey, tuvieron trágicas consecuencias. El 21 de agosto, Villamediana fue asesinado en la calle Mayor de Madrid, a primera hora de la noche, cuando iba en su coche con don Luis de Haro, por un hombre que salió de los portales de San Ginés y le asestó una tremenda cuchillada. Aunque una de las hipótesis más difundidas que pretendían explicar ese crimen lo atribuyeran a celos de Felipe IV, las causas parecen haber sido muy distintas N. Alonso Cortés. La muerte del conde de Villamediana, Valladolid, 1928. Aunque corresponde a la vida de Villamediana el exponerlas, algo debe decirse aquí de lo que murmuraban los cortesanos y algunos extranjeros recogieron en sus libros de viaje.

El rey y la reina eran tan aficionados al teatro que asistían con frecuencia, disfrazados y de incógnito, a los corrales o teatros públicos para escuchar, tras las celosías de algún aposento privado, las arengas de Juan Morales, las ternezas de María Calderón o los chistes picarescos de Cosme Pérez, llamado Juan Rana . En ocasiones solemnes se organizaban lujosos espectáculos en las residencias reales.

El día de San Isidro de 1622, 15 de mayo, se representó en Aranjuez, en un teatro provisional levantado en el Jardín de la Isla, el apropósito de Villamediana La gloria de Niquea, comedia de invención o de aparato basada en la novela caballeresca Amadís de Grecia, en la que se reservó a doña Isabel el papel de Reina de la hermosura y el de Abril a Francisca de Tavora, como se dice más arriba. Aquella misma noche se había de representar, en otro teatrillo dispuesto en el Jardín de los Negros, El Vellocino de Oro, comedia de Lope de Vega. A él se trasladaron los reyes cuando terminó la representación de Niquea.

Al comenzar el segundo cuadro, la caída de una antorcha sobre un dosel produjo un incendio y la natural confusión que Villamediana aprovechó para salvar en sus brazos a la reina desmayada. Un incidente más que los murmuradores no dejaron de aprovechar para añadir una anécdota a las que ya se contaban de los supuestos amores de Isabel, entonces de diecinueve años, con el arrogante y aristocrático poeta. En cierta ocasión —se decía—, estando Isabel de Borbón asomada a una ventana del Alcázar, se acercó alguien y la tapó los ojos con las manos. La reina, suponiendo que era Villamediana, dijo: Estaos quieto, conde ; pero el supuesto atrevido era el rey.

Otro día, se corrían toros y lucía su galanura y su habilidad de jinete y rejoneador Villamediana. La reina dijo a Felipe IV: ¡Qué bien pica el conde! Y el rey le respondió: Pica bien, pero muy alto. En una fiesta de cañas en la Plaza Mayor de Madrid, ese mismo año 1622, Villamediana se atrevió a presentarse llevando en el escudo por divisa unas monedas y el mote Son mis amores . Un bufón lo interpretó así: Son mis amores reales. Yo se los haré cuartos, replicó el rey. En el Retiro, los viajeros señalaban un ciprés junto al cual se decía que Felipe IV había sorprendido a la reina con el conde. Si las anteriores anécdotas nada prueban contra Isabel, esta es, además, anacrónica, ya que el Retiro no se empezó a construir hasta 1630, ocho años después de la muerte de Villamediana.

Si puede admitirse el enamoramiento del conde, galanteador entonces ya decadente, y hasta alguna ingenua ligereza de la juvenil reina, todo quedó olvidado, y ya se dice más arriba que el rey y el pueblo apreciaron las nobles cualidades de esta princesa de Francia, que supo, no hacerse perdonar, que no lo necesitaba, sino perdonar a su marido, amarle y respetarle hasta el extremo de anular su testamento, ya a las puertas de la muerte, y confiar al rey, ausente en Aragón, la ordenación del definitivo. Isabel murió en Madrid, el 6 de octubre de 1644, antes de cumplir los cuarenta y un años.

AGUADO BLEYE, Pedro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 500-502.