Catalina de Médicis

Datos biográficos

Reina de Francia: 1547-1559
Nacimiento: 13-IV-1519
Fallecimiento: 5-I-1589

Biografía

[Florencia-París]. Fue hija de Lorenzo de Médicis, duque de Urbino (el Pensieroso de Miguel Angel). La madre era francesa, Magdalena de la Tour, condesa de Auvergne y de Lauraguais y su nacimiento le costó la vida. Lorenzo solo sobrevivió a su mujer algunas semanas. Pasó Catalina su niñez bajo los cuidados de cardenal Julio de Médicis, legado de León X en Toscana ante Lorenzo de Médicis.

Miniature of Catherine de' MediciMiniatura de Catalina de Médicis

Los primeros años de la vida de Catalina fueron turbulentos, presenciando los tumultos contra su familia, depuesta por un gobierno republicano. Este se apoderó de Catalina, la duchessina, y la retuvo como rehén, intentando incluso llevarla a un prostíbulo. Caída la república, Catalina volvió a Roma junto a su protector, Julio de Médicis, ya Papa (Clemente VII). Fue este quien arregló su matrimonio con Enrique, el hijo de Francisco I, duque de Orleáns (1533). Enrique pasó en 1536, por muerte de su hermano mayor, a ser heredero del trono francés.

Fue este un matrimonio político, muy discutido en Roma y París. El marido no quiso nunca a Catalina, prefiriendo a Diana de Poitiers, aunque era veinte años mayor que él. La fría actitud de Enrique hacia su mujer se agravó al no darle Catalina, durante los diez primeros años de matrimonio, ningún hijo, Ella supo, sin embargo, captarse, con sus dotes extraordinarias, la simpatía de Francisco I. En 1544, el nacimiento de su primer hijo, Francisco, vino a darle la seguridad de no ser repudiada por su marido. Era el primero de los diez hijos que había de dar a la casa de Francia.

En 1547, al morir Francisco I, Enrique II fue rey, pero no por ello mejoró la condición de Catalina, que siguió pospuesta a Diana. La influencia de Catalina comenzó a manifestarse a partir de la trágica muerte de Enrique y la subida al trono de su hijo Francisco II (1559). Pero hasta la minoridad de Carlos IX (1560-1564) no cobró entera influencia. Como regente, tuvo entonces las riendas del Gobierno.

A partir de ese momento revela una capacidad de trabajo y unas excepcionales dotes de mando. Sobresalió por sus cualidades políticas, por su finura diplomática y por lo que diríamos hoy, don de gentes. Educada desde la cuna en el breviario político de Maquiavelo, sabía perseguir sin cansarse el objetivo determinado, subordinando todo a su logro. Durante su vida entera trabajó por mantener la corona en la cabeza de sus hijos, ante la amenaza creciente de calvinistas y católicos, no satisfechos de su tolerancia religiosa. Sin principios religiosos fijos, aunque con formas de catolicismo, era adversa al calvinismo por convicción política. Pero toda su vida procuró un acercamiento dogmático entre ambas confesiones que permitiera mantener en orden al país y estable la corona Mariejo, Catherine de Médicis, París, 1922, página 101 y ss..

Chocó, sin embargo, con la intransigencia de los dos partidos opuestos y no pudo superarla. Su error estuvo en creer que, apoyándose ora en un partido, ora en otro, podía someter a ambos a los intereses del Estado en una época en que solo se reconocían obligaciones religiosas. La ineluctable lucha entre Reforma y Contrarreforma la enfrentó con Felipe II, que quería empujarla hacia una política abiertamente contrarreformista. Solo la sutileza de Catalina pudo, durante algunos años, evitar la guerra con España. Pero el último intento realizado en las entrevistas de Bayona, fracasó. A partir de este año (1565), Felipe II prescinde de Catalina y sigue una política independiente en Francia.

En julio de 1561 promulgó un edicto, maravilla de incoherencia calculada Romier, Catholiques et huguenots à la cour de Charles IX, París, 1924, pág. 61, el primero por el que se concede en Francia la libertad de conciencia. Reunió en vano, en Poissy, un coloquio o concilio, al objeto de poner de acuerdo a las dos religiones. Los católicos, cansados de su política de tolerancia, se levantaron, nombrando un directorio, el Triunvirato Católico, que procuró contener en su política a Catalina.

Así comienzan las guerras de religión, las cuales, la regente, a pesar de sus esfuerzos, fue incapaz de conjurar. Pero Catalina, presionada por Felipe II, se ve obligada a declararse por el Triunvirato, si bien mantiene secretos tratos con los hugonotes. En abril de 1563, aprovechando una coyuntura favorable, la muerte del duque Francisco de Guisa, se apresuró a firmar la paz de Amboise. Para atraerse a Felipe II, indignado por este paso, acude a las entrevistas de Bayona (1565). A partir de ahora, Felipe II procura seguir su interés político y Catalina, a fin de irse desprendiendo del peso de la influencia española, que le impide concertarse con los calvinistas, busca la aproximación a Inglaterra y a los príncipes alemanes (1570).

En las siguientes guerras de religión procuró actuar de mediadora siempre. En el edicto de Saint Germain, que puso fin a la tercera de estas guerras, concedió a los hugonotes cuatro plazas de seguridad, lo que suponía admitirles como fuerza estatal (VIII-1570). Aprovechando esta ocasión, intentó la atracción de los cabecillas hugonotes, casando a Enrique de Bearne con su hija Margarita de Valois, y llamando a Coligny al Gobierno.

Para lanzar al país unido a una empresa que le distrajera de las guerras civiles, llegó incluso a acoger las solicitaciones de Coligny de hacer la guerra a España en los Países Bajos. Este intento fracasó rotundamente y para contentar a Felipe II, justamente enojado, y suprimir el peligro de la influencia de Coligny, incitó a Carlos IX a la matanza de la noche de San Bartolomé (VIII-1572).

En las últimas guerras religiosas, ocurridas durante el reinado de su hijo Enrique III, Catalina, a pesar de todos sus intentos, no pudo conseguir la paz. El tratado de Fleix (1580), abrió un paréntesis entre la séptima guerra y la octava, permitiendo a Catalina preparar, en busca de una nueva distracción, la escuadra que al mando de Strozzi intentó reponer en el trono portugués a don Antonio de Crato, escuadra que fue destrozada en el combate de las Azores (1582).

Sus últimos intentos fueron salvar la dinastía mediante una política de equilibrio entre la Liga y los hugonotes. Durante los luctuosos sucesos de la octava guerra de religión, murió Catalina de Médicis, el 8 de enero de 1589, reprobando las crueldades de su hijo Enrique III, pero execrada de católicos y calvinistas.

VÁZQUEZ DE PRADA, Valentín, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 784-785.