Castilla

ALFONSO DE LA CERDA, el Desheredado. ?, ¿1271? – ¿1333? Infante heredero de Castilla.

Era hijo del infante Fernando de la Cerda, primogénito de Alfonso X, y de su mujer Blanca de Francia, hija de Luis IX de Francia. Junto con su hermano Fernando se les conoce en la historiografía como “los infantes de la Cerda”. En noviembre de 1275 murió en Ciudad Real el primogénito y heredero de Alfonso X, por lo que se planteaba el problema de la sucesión en el trono castellano; es decir, ¿la corona de Castilla debería recaer en el infante Sancho, segundogénito de Alfonso X, o en Alfonso, hijo mayor del infante muerto? Desde el punto de vista legal, ambas soluciones eran posibles. Siguiendo las leyes tradicionales, la corona correspondía al infante Sancho, que para la mejor defensa de sus derechos buscó el apoyo de Lope Díaz de Haro, señor de Vizcaya.

Pero las Partidas, aunque no entrarán en vigor hasta el Ordenamiento de Alcalá de 1348, introdujeron un nuevo sistema sucesorio, llamado de primogenitura y representación, en virtud del cual el nieto, Alfonso, era preferido al tío, Sancho. Poco antes de morir, Fernando de la Cerda nombró tutor de sus hijos al poderoso Juan Núñez de Lara, para que defendiera los derechos al trono de su primogénito.

Alfonso X vaciló en la resolución del problema sucesorio y con ello no hizo más que agravarlo, pues a punto estuvo de provocar un conflicto internacional, ya que Francia y Aragón apoyaban la candidatura de Alfonso de la Cerda. En unas supuestas, según A. Ballesteros, Cortes de Segovia de 1276, Alfonso X ordenó que “ficieren pleito e omenaje al infante don Sancho su fijo primero heredero, que después de días del rey don Alfonso que lo oviesen por su rey e por su señor”. En las Cortes de Burgos de 1276 salió fortalecida la candidatura de Sancho, cuya cancillería particular le designa en ocasiones “fijo mayor e heredero”.

En favor suyo jugó su experiencia política y su capacidad militar, demostrada en la lucha contra los benimerines, así como el fuerte arraigo popular del derecho tradicional, y el apoyo que le proporcionaron algunos nobles y concejos.

En las Cortes de Segovia de 1278, Alfonso X reconoció de forma solemne y oficial a su hijo Sancho como heredero del trono. Fue entonces cuando Violante, mujer de Alfonso X, acompañada de sus nietos los infantes de la Cerda, y de la madre de éstos, Blanca, huyeron a Aragón, buscando la protección de Pedro III, hermano de Violante. Aunque la reina castellana no tardó mucho en regresar a Castilla, los infantes de la Cerda fueron obligados a permanecer en Aragón, sirviendo de importante baza política para los intereses de Pedro III.

Por otra parte, Felipe III de Francia inició los preparativos para invadir Castilla, a fin de imponer como heredero a su sobrino Alfonso de la Cerda. La temida invasión no llegó a producirse, pero la presión francesa y la débil situación de Alfonso X empujaron a éste a abrir negociaciones con el rey de Francia (entrevista de Bayona, diciembre de 1280), en las que el monarca castellano accedió a conceder a Alfonso de la Cerda el reino de Jaén, siempre que aceptara ser su vasallo y del infante Sancho, aunque este último nunca aceptó semejante solución. Este asunto volvió a tratarse en las Cortes de Sevilla de 1281, pero el infante Sancho se negó radicalmente a aceptar cualquier tipo de fragmentación del reino.

Desde 1281, los infantes de la Cerda estuvieron prisioneros en el castillo de Játiva, rehenes del pasajero entendimiento entre el infante Sancho y Pedro III tras haberse entrevistado en Ágreda. Tras la muerte de Alfonso X, su hijo Sancho pudo coronarse rey. El 13 de julio de 1288, Sancho IV y Felipe IV de Francia suscribieron el tratado de Lyon en virtud del cual el monarca castellano concedía a sus sobrinos los infantes de la Cerda el reino de Murcia con todas sus villas y rentas y Ciudad Real, donde reinarían con absoluta independencia con respecto a Castilla. Si los infantes morían sin hijos, tales posesiones pasarían a su madre, Blanca, que las tendría mientras viviera, pasando después al que fuera rey de Castilla. Si el que moría sin hijos era Sancho IV, le sucedería Alfonso de la Cerda. Cuando los infantes fueran puestos en libertad deberían renunciar a sus derechos a la corona castellana y jurar respeto al contenido del tratado de Lyon. Para mayor garantía, Alfonso de la Cerda casaría con la infanta Isabel, primogénita de Sancho IV.

Pero la situación de los infantes de la Cerda se modificó casi al mismo tiempo, tras la muerte violenta en Alfaro de Lope Díaz de Haro a manos de Sancho IV, de quien era privado. Un hijo del difunto, Diego López de Haro, huyó a Aragón y por su mediación los infantes fueron puestos en libertad. En Jaca, en septiembre de 1288, a iniciativa de Alfonso III de Aragón y en presencia de Gastón, vizconde de Bearne, de Diego López de Haro y de otros muchos nobles castellanos, fue jurado como rey de Castilla y de León Alfonso de la Cerda. La guerra entre Castilla y Aragón se hizo inevitable, aunque las operaciones militares tuvieron un escaso relieve, consistiendo en la mayor parte de los casos en acciones de rapiña y depredación en la frontera, y estaba ya concluida a finales de agosto de 1289. Con el fin de garantizarse su apoyo, Alfonso de la Cerda cedió al monarca aragonés los derechos sobre Murcia e incluso buscó la alianza con el rey de Granada.

En 1290, Alfonso de la Cerda marchó a Francia buscando la ayuda de Felipe IV, que no consiguió.

Ese mismo año, Sancho IV se entrevistó en Bayona con el monarca francés con el fin de estrechar la alianza franco-castellana. Pero el principal resultado de la entrevista fue que Felipe IV se desentendió por completo de la causa de los infantes de la Cerda, lo que constituyó un importante éxito político para los intereses de Sancho IV. No obstante, la prematura muerte de Sancho IV en 1295 brindará a Alfonso de la Cerda una nueva oportunidad para reivindicar el trono castellano, aprovechando la minoría de su hijo y sucesor Fernando IV.

El reinado de Fernando IV se inició con una larga guerra civil que se prolongará hasta 1304, en la que se mezclan varios ingredientes: la menor edad del rey, sus discutibles derechos al trono al no estar legitimado el matrimonio de Sancho IV con María de Molina, las ambiciones de la alta nobleza castellana o el decidido apoyo de Jaime II de Aragón a Alfonso de la Cerda en sus aspiraciones al trono de Castilla.

Aprovechando este conjunto de circunstancias y contando con la simpatía del infante Juan, en 1296, Alfonso de la Cerda invadió Castilla al frente de un ejército que había puesto a su disposición el monarca aragonés, que recibirá por la ayuda la renovada cesión del reino de Murcia. Tal invasión, que causó importantes daños en Castilla, permitió al infante don Juan proclamarse en León rey de León, de Galicia y de Sevilla, mientras que al poco tiempo Alfonso de la Cerda hacía lo propio en Sahagún, proclamándose rey de Castilla, de Toledo, de Córdoba, de Murcia y de Jaén. Pero esta operación terminó, finalmente, en un auténtico desastre, pues en el asedio de Mayorga de Campos la peste hizo acto de presencia, provocando muchas bajas y la retirada del diezmado ejército aragonés.

Tras el fracaso de Mayorga, Alfonso de la Cerda volvió a Aragón, desde donde emprendió por su cuenta algunas operaciones militares, ocupando las villas de Almazán, provisionalmente convertida en sede de la corte del aspirante, y Deza (1298), desde las que hizo la guerra a Fernando IV, pero sin resultados definitivos.

En 1301, Bonifacio VIII otorgó las bulas que legitimaban el nacimiento de Fernando IV, lo cual constituyó un duro golpe para los intereses de Alfonso de la Cerda, pues a partir de este momento Roma cerraba su acceso al trono castellano al capacitar plenamente a Fernando IV para el oficio de rey.

En 1302, Alfonso de la Cerda volvió a Francia, tratando de conseguir nuevos apoyos para su causa, cada vez más debilitada, aunque nada logrará. En su contra, actuaba también un general anhelo de paz, muy visible a lo largo de 1303, que pretendía tanto poner fin definitivo a la guerra castellano-aragonesa como a las pretensiones al trono de Alfonso de la Cerda. A partir de este momento, se va a iniciar una serie de contactos diplomáticos entre las cancillerías de Aragón y de Castilla que culminarán en la sentencia arbitral de Torrellas, dictada el 8 de agosto de 1304.

Uno de los asuntos tratados en la sentencia fue el reparto del reino de Murcia, casi en su totalidad ocupado por Aragón, entre este reino y Castilla, estableciendo una nueva frontera. El segundo asunto importante fue el problema de los infantes de la Cerda.

Los jueces árbitros, Jaime II de Aragón y Dionís de Portugal, en presencia del infante Juan, procurador de Fernando IV, con el fin de poner término al largo enfrentamiento entre el monarca castellano y Alfonso de la Cerda, dispusieron la entrega a este último de un extenso heredamiento, del que formaban parte, entre otros lugares, Alba de Tormes, Béjar, Valdecorneja, Monforte de Lemos, Gibraleón y el Real de Manzanares, así como otros bienes y rentas en Córdoba, Bonilla, Toledo, Madrid, Medina del Campo, etc.

Se tuvo especial cuidado en que tales heredamientos, que servirán en el futuro de base patrimonial a numerosos linajes nobiliarios, no formasen un todo unido, sino disperso por toda la Corona. La generosidad de los jueces árbitros fue complementada dos días más tarde por el propio Fernando IV, que reconoció que si los bienes entregados a Alfonso de la Cerda no proporcionaban una renta anual de cuatrocientos mil maravedís le concedería nuevos lugares hasta alcanzar tal cantidad. La sentencia contenía también algunas obligaciones para Alfonso de la Cerda, entre otras la de devolver algunas importantes plazas que retenía en Castilla, como Almazán, Soria, Deza, Alcázar, Monteagudo y otras. Pero la más importante, sin duda, era el compromiso de renunciar en el futuro a llamarse rey y a usar las armas y el sello correspondientes.

Fernando IV se mostró muy escrupuloso en el cumplimiento de la sentencia de Torrellas y durante el resto del reinado, hasta 1312, Alfonso de la Cerda, que se trasladó a vivir a Poitiers, cesó en sus reivindicaciones al trono, aunque no dejara de ser para Castilla un problema latente que en cualquier momento podía resurgir. Es lo que sucedió en los turbulentos años de la minoría de Alfonso XI, cuando Alfonso de la Cerda se alió con la facción que capitaneaba el infante Juan, uno de los tutores del monarca. Pero la fortuna le fue adversa, hasta el punto de que fue despojado de sus bienes. Se retiró a Francia, desde donde nuevamente reivindicó sus derechos a la corona castellana. Todavía pasarían muchos años hasta que se resolviese definitivamente el pleito dinástico.

Es lo que sucedió en Burguillos en 1331, cuando Alfonso de la Cerda se reconoció vasallo de Alfonso XI, como reza en la Crónica de este último: “Et aquí fizo Don Alfonso carta de conoscimiento en que renunció et demetió alguna voz o derecho si avía en los regnos de Castiella et de León; et besole las manos otra vez al Rey et otorgose por su vasallo. Et el Rey diole parte de las rentas del su regno con que se mantoviese, así como daba a los otros sus vasallos. Et otrosí diole villas et logares por heredat et diole algunas otras villas et logares que toviese para en sus días. Et de aquí adelante Don Alfonso quedó asosegado en la merced del Rey, et ovo mantenimiento honrado en lo que el Rey le dio para en toda su vida”.

En el verano de 1332, Alfonso de la Cerda asistió en Burgos junto a los principales linajes del reino a la ceremonia de la solemne coronación de Alfonso XI, colocándole una de las espuelas. También pretendió acompañar al monarca al año siguiente, cuando acudió a defender Gibraltar, sitiado por los moros, y que terminó por perderse. Alfonso XI no le permitió pasar de Jerez de la Frontera, “porque era muy viejo”, al decir de la Crónica, y, probablemente, murió a finales de ese mismo año, pues a partir de ese momento deja de verse su nombre en las confirmaciones de los privilegios reales.

Estuvo casado con una noble francesa de estirpe regia, Mafalda de Narbona, señora de Lunel, naciendo de este matrimonio varios hijos. Luis, el primogénito, aparece en el elenco de ricos hombres en la ceremonia de coronación de Alfonso XI, y estuvo casado con Leonor de Guzmán, hija de Guzmán el Bueno. El segundo hijo fue Juan Alfonso, señor de Gibraleón, Huelva y Real de Manzanares, que contrajo matrimonio con María de Portugal, hija natural del rey Dionís. El menor de los hijos fue Alfonso de España, señor de Lunel, que permaneció en Francia. Según A. Benavides, tuvo también una hija, Margarita de la Cerda, que contrajo matrimonio con el infante Felipe, señor de Cabrera y Rivera y pertiguero mayor de Santiago, hermano de Fernando IV y tutor de Alfonso XI.

GONZÁLEZ MÍNGUEZ, César, «Alfonso de la Cerda», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, https://dbe.rah.es/biografias / 11921/alfonso-de-la-cerda)