Príncipe de Éboli

Ruy Gomez de Silva.Ruy Gomez de Silva

EBOLI, Príncipe de (1516-1573) [Chamasca? (Portugal) -Madrid]. Ruy Gómez de Silva fue hijo de Francisco de Silva y doña María de Noreña, portugueses, señores de Chamasca y sus villas, y nieto de Ruy Téllez de Meneses. mayordomo mayor de la emperatriz doña Isabel de Portugal, mujer del emperador Carlos V. Lo trajo su abuelo a España cuando vino con Isabel; tenía nueve años y desde entonces fue menino de aquella señora y luego paje del príncipe don Felipe (II), al que llevaba diez años y del que fue servidor inmediato y consejero leal hasta su muerte.

En 1535, cuando andaba por los diecinueve años, tuvo Ruy Gómez una pendencia con otro paje, Juan de Avellaneda, y vinieron a las manos en presencia del príncipe, que tenía entonces nueve y resultó con un rasguño en la cara, cerca de un ojo, producido por un cabo de oro de los vestidos de los alborozados mozosJ. M. March, Niñez y juventud de Felipe II, Madrid, 1942, t. II, página 409.El hecho produjo en palacio gran emoción. El Consejo quería castigar el desacato, pero la bondadosa emperatriz impidió que intervinieran alcaldes y consejeros, pues ella tomaba a su cargo el castigarlo por otros medios.

En 1545, Felipe II, que tenía dieciocho años, casó en Salamanca con la Infanta María de Portugal. En el acompañamiento del príncipe iban el III duque de Alba y Ruy Gómez.

En 1548. Carlos V envió a España al duque de Alba, para que llevase a Alemania a su hijo el príncipe don Felipe II. Es probable que Ruy Gómez acompañara al príncipe como lo hizo, sin duda, a pesar de estar ya casado, de 1554 a 1558, durante el viaje a Francia e inglaterra, cuando el príncipe, ya rey de Nápoles, fue a casarse con la reina de Inglaterra María Tudor. Ruy Gómez fue el encargado de llevar a esta las joyas que le ofrecía su futuro marido.

En 1556 abdicó Carlos V en su hijo Felipe II. Tenía este veintinueve años, y cuarenta Ruy Gómez de Silva, que desde aquel momento hasta el de su muerte en 1573 aparece unido al nuevo rey porla más espontánea y duradera cortesíaG. Marañón, Antonio Pérez, Madrid, 1947, t. I, pág. 43.El rey le premió con oficios cada vez más elevados: sumiller de corps, consejero de Estado y de Guerra, mayordomo y contador mayor del príncipe don Carlos, y le recompensó haciéndole príncipe de Éboli en el reino de Nápoles, duque de Pastrana en el de Toledo, grande de España y clavero de Calatrava. Antes de ser rey le había concedido el especial honor de apadrinarle en su boda, y ya rey, el de visitarle personalmente en su casa durante la enfermedad que le llevó al sepulcroepitafio de la capilla mayor de la colegiata de Pastrana, publ. por G. Marañón, Antonio Pérez, t. II, pág. 429, según la versión deM. Pérez Cuenca, Historia de Pastrana, 1871.

Entre Ruy Gómez, hombrede mediana estatura, de esqueleto sutil..., de movimientos graciosos y llenos de gentilezay el III duque de Alba, fuerte y rudo, se entabló pronto una lucha enconada que no terminó sido con la muerte de Ruy, en 1573, y aun entonces su viuda quiso continuarla. Cada uno tuvo su partido, elalbistay elebolista. Bandera de esos partidos era la política exterior, la de Flandes, particularmente. El medio de resolver ese problema aconsejado por Alba era la guerra a sangre y fuego, mientras Éboli prefería la convivencia. Por esto suele decirse que Alba era belicista y Éboli pacifista.

En cambio, y aunque parezca extraño, como solución al problema de Inglaterra losebolistaspropugnaban la invasión y losalbistasla transigencia.Paz con Inglaterra y guerra con toda la tierraes frase atribuida al duque de Alba. Y es que belicismo y pacifismo no eran otra cosa que medios de conquistar la gracia real. Cada uno de los partidos rivales contaba con un secretario del rey: con Mateo Vázquez elalbista, con Antonio Pérez elebolista. Aunque no es probable que Pérez fuese hijo extramatrimonial del príncipe de Eboli, y no porque la edad lo impidiera, pues cuando Antonio nació el príncipe tenía ya veinticuatro años, sino por otras razonesG. Marañón, ob cit., como I, pág. 29, nota 5, está probado que Eboli conocía a Antonio desde niño y que en su formación política influyó más que Gonzalo Pérez. En la pugna entre Alba y Eboli venció el príncipe de Éboli. El secreto del predominio de Eboli no fue otro que saber mantenerse en la penumbra. Nada mejor para tratar con Felipe II. En 1573, Antonio Pérez, que se parecía mucho a Eboli en las maneras, si no logró sucederle en el papel de confidente principal o único del rey, pudo lo bastante para determinar el relevo del duque de Alba.

Con modestia y buenos modos ganó y conservó Ruy Gómez su influjo, y no porque prestara al rey servicios poco nobles. Tuvo Felipe II, desde su juventud, afición a las mujeres. No son una calumnia los amores de rey con Isabel Ossorio, de que habla laApologiede Guillermo de Orange, y esos amores pudieran empezar antes de que Felipe II cumpliera sus dieciséis años. Como Isabel Ossorio era dama de la emperatriz Isabel y Ruy Gómez paje o menino, es lógico que a este no se le escaparan esos amoríos; pero no por eso ha de aceptarse la afirmación de laApologiede que toda la fortuna de Eboli viniera de haber sido el confidente del rey en esa intriga y el negociador de su matrimonio secreto con la Ossorio, matrimonio que ni está probado ni es verosímilAgustín G. de Amezúa, Isabel de Valois, Madrid, 1949, t. I.

No pedía Felipe II a Ruy Gómez complicidad para sus devaneos amorosos —siempre sin escándalo y sin adulterio—, sino lealtad y secreto en los negocios de Estado, y eso lo tuvo, desde el año primero de su reinado (1556) hasta que el fiel e inteligente consejero murió (1573). El príncipe de Éboli fue, según su epitafio, el que propuso a Felipe II encomendar al duque de Alba la guerra de Italia, al empezar el reinado, guerra que aseguró allí paz. Mientras el rey en persona iba para pedir ayuda en hombres y dinero a su esposa la reina María Tudor, Ruy Gómez venía a España para consultar la empresa con el emperador (marzo, 1557), pedir a la gobernadora doña Juana de Austria —hija de Carlos V—, soldados y dinero y llevarse a la vuelta al príncipe don Carlos, para que fuera reconocido por los flamencos. Elogia el epitafio este viaje, pues le parece el primer caso de un privado que por servir a su señor se separa de él dejando el campo libre a los envidiosos.

La paz de Cateau- Cambrésis (3 abril 1559) puso fin al primer periodo del reinado de Felipe II, que no es otra cosa que el epílogo del reinado de Carlos V. Una vez firmada, Felipe II vuelve a España, de donde ya no volvió a salir, y empieza propiamente su reinado. Ruy Gómez desenvuelve su labor más importante en el Consejo de Estado o Consejo real, al que pertenecían también don García de Toledo y el cardenal Espinosa. En 1562 empezó a asistir a las sesiones, por orden del rey, el príncipe don Carlos, que hizo confidente de sus planes relativos a Flandes justamente al más discreto y leal de los servidores del rey: a Eboli. Este, lo mismo que don Juan de Austria, al que también el desgraciado príncipe intentó complicar en sus absurdos planes de fuga y rebeldía descubrieron todo a Felipe II (1565, 1566 y 1567). El rey resolvió al fin arrestar a su hijo, y Eboli, como los demás consejeros, hubo de presenciar la triste escena.

El príncipe de Éboli, en su calidad de consejero de Estado y confidente del rey, hubo de conocer en todos los asuntos de política exterior e interior desde el año 1559 hasta el 1573. A Eboli se atribuye la designación de Alba para el difícil puesto de gobernador de los Países Bajos (1566), y conoció mejor que nadie, si se exceptúa el rey, cuánto se relaciona con el proceso y trágico fin del príncipe don Carlos, aunque no pueda saberse la distancia que pudo haber entre su pensamiento y el del rey. Éboli disentía, a menudo, de su rey. Baste recordar la cuestión de los jesuitas. Entre la corte y la Compañía de Jesús había una tirantez que no se puede ocultar. Sin embargo, el príncipe de Éboli y con él su partido apoyaban a los jesuitas. El padre Araoz, primer provincial de la Compañía en Castilla, fue gran amigo de Éboli, que enviaba sus hijos a los colegios de la Compañía. Lo mismo hacía Antonio Pérez, que se confesaba con los jesuitas y tuvo por amigo al padre Rengifo.

Si famoso es el príncipe de Éboli, lo es más, aunque por razones muy distintas, su esposa, doña Ana Mendoza de la Cerda, con la que casó en 1552, aunque el matrimonio no se consumó hasta 1559, cuando Felipe II y Eboli volvieron de Flandes.

Entre 1561 y 1573 la princesa de Éboli dio a su marido diez hijos, entre varones y hembras, unos turbulentos y alocados como la madre, otros sensatos y discretos como el padre.

Salieron a la madre el mayor de los varones, don Rodrigo de Silva, segundo duque de Pastrana; don Diego de Silva, duque de Francavilla y doña Ana Mendoza de Silva, duquesa de Medina Sidonia, por su matrimonio con don Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia, buen caballero y mal almirante. Se parecen al padre: Ruy Gómez, marqués de la Eliseda; Fernando, que ingresó en un convento, a causa de un desengaño cortesano, y profesó con el nombre de fray Pedro González de Mendoza, fue obispo de Osma y Sigüenza y arzobispo de Zaragoza y Granada, y, finalmente, doña Ana de Mendoza, que murió monja en Pastrana.

Los príncipes de Éboli unieron sus bienes, y con ellos, después de dotar a todos sus hijos, constituyeron un mayorazgo, que heredó el mayor de los varones, don Rodrigo de Silva, y fundaron la colegiata de Pastrana, donde tuvieron su sepultura. El príncipe murió en Madrid el 29 de julio de 1573.

AGUADO BLEYE, Pedro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, págs. 1181-1183