Juan de Escobedo.Retrato del príncipe de Asturias Carlos de Austria de Sánchez Coello.

CARLOS, príncipe don (1545-1568) [Valladolid-Madrid]. Aunque en diversos países hubo príncipes de ese nombre, el príncipe don Carlos es para todo el mundo el desdichado primogénito de Felipe II, y su figura pertenece, tanto o más que a la historia, a la literatura y a la leyenda. Fue don Carlos el único fruto del primer matrimonio de Felipe II, todavía príncipe (Salamanca, 12 noviembre 1543) con María Manuela, hija de Juan III de Portugal y de Catalina, la hermana menor de Carlos I. Felipe II y María Manuela eran primos por doble vínculo, y nietos ambos de Juana la Loca. En Valladolid, el 8 de julio de 1545, nació don Carlos, y cuatro días después murió su madre. La vida del príncipe fue corta, pues murió en Madrid, el 24 de julio de 1568, a la edad de veintitrés años. Su cadáver estuvo depositado en Santo Domingo el Real, de Madrid, hasta que en 1573 fue llevado a El Escorial.

Don Carlos pasó su niñez en Alcalá de Henares, al cuidado de su aya doña Leonor de Mascarenhas, la misma dama portuguesa que había cuidado en su niñez a Felipe II, y de sus tías las infantas María y Juana, hijas de Carlos I. En 1549, cuando el príncipe tenía cuatro años, su abuelo Carlos envió desde Bruselas unas minuciosas instrucciones para su educación, asumiendo, en cierto modo, el papel del padre, ya que este pasó once años (1548-1559) fuera de España excepción de algunos meses, de 1551 y 1552. Don Carlos, si vio alguna vez a su padre durante su infancia, dejó de verlo hasta que cumplió los catorce años. En 1548 la infanta, María marchó a Alemania. En 1549 el príncipe, con su aya y la infanta Juana, se trasladó a Toro. En 1552 Juana marchó a Portugal, a casarse; don Carlos tenía siete años y perdió a su compañera de juegos, que no pasaba de trece.

En 1554 don Carlos cumplió nueve años, y su padre encomendó a don Antonio de Rojas la organización de la casa del príncipe. Para dirigir su educación fue elegido don García de Toledo, y como maestro principal, el humanista Honorato Juan. Ese mismo año volvió de Portugal, prematuramente viuda, la infanta doña Juana.

El emperador vio por primera vez a su nieto en Cabezón, cerca de Valladolid, el 21 de octubre de 1556 Foronda, Viajes y estancias del emperador, páginas 657-58. Ni el aspecto ni el temperamento del nieto agradaron al abuelo, que luego, aunque penosamente, se negó a tenerlo en Yuste una temporada, como le suplicaban insistentemente doña Juana y don García de Toledo. No es extraña la negativa de Carlos I; don García no estaba satisfecho de las cualidades del orgulloso príncipe, y el juicio del sabio y prudente Honorato Juan no era más favorable. Así se lo dijo este con tanto dolor como claridad a Felipe II, rogándole que rompiera la carta después de leerla, ya que en ella exponía su temor de que a don Carlos se le declarase la locura. Físicamente, don Carlos no valía más; su cuerpo endeble tenía que sostener una cabeza desproporcionada por lo grande; tartamudeaba, padecía fiebres, acaso palúdicas, y no sentía la alegría juvenil de montar a caballo.

El 22 de febrero de 1560 las Cortes de Castilla, reunidas en Toledo, le reconocieron por heredero. La ausencia de Felipe II y la poca salud del príncipe habían retrasado, aunque no mucho, este acto; a la catedral, lugar de la ceremonia, llegó don Carlos a caballo, entre don Juan de Austria y Alejandro Farnesio. Don Carlos tenía, según Cabrera de Córdoba, el mal color propio de los enfermos de cuartanas. Felipe II, buscando lugar adecuado para que su hijo pasara la mocedad, con beneficio para su salud y para su formación, eligió Alcalá de Henares, donde el palacio de los arzobispos de Toledo ofrecía alojamiento digno del heredero de tan gran monarquía, y la Universidad, en su mejor época, enseñanzas convenientes. Regían la casa del príncipe don García de Toledo y don Luis Quijada. Con don Carlos se educaban don Juan de Austria, que se alojaba en el mismo palacio, y Alejandro Farnesio, que tenía alojamiento independiente en la ciudad. Completaban la casa dos médicos, los doctores Vega y Ortiz, y un cirujano, Dionisio Daza Chacón.

Si Felipe II no visitaba a los príncipes, estos salían alguna vez de Alcalá para ir a El Pardo. No es mucho lo que se sabe de la vida de estos tres mozos en Alcalá; sin embargo, es lo bastante para suponer que don Carlos se esforzaba por competir con sus compañeros, más sanos y equilibrados. Alejandro era el mejor de los tres en Latín y Filosofía; don Juan sobresalía en la natación, en la equitación y en la esgrima. Don Carlos era inferior a ellos en todo, menos en extravagancia. A causa de esta, el rey intervino, destituyó al mayordomo, conde de Galves, y ordenó que se vigilasen las idas y venidas de su hijo.

A pesar de esa vigilancia, don Carlos se escapaba de sus habitaciones en busca de una muchacha de su edad, hija de un servidor de palacio. En una de esas salidas, el príncipe rodó por una escalera y se hirió en la cabeza. Se comunicó al rey la desgracia (20 de abril de 1562). Como el príncipe se agravara, Felipe II salió para Alcalá, llevando consigo al famoso médico Vasalio (1 de mayo). En Alcalá se reunieron nueve médicos, que celebraron hasta 50 consultas. El rey, la reina y la princesa doña Juana rezaban, y con ellos toda la Iglesia española, por la salud del príncipe, mientras Honorato Juan, Luis Quijada y el duque de Alba no se apartaban de su lado. Se extremaron los recursos. El Punterete, curandero morisco valenciano, aplicó al enfermo sus ungüentos. Se llevaron a la habitación del enfermo los restos de fray Diego de Alcalá, un lego franciscano que había muerto en olor de santidad hacía cien años. De Madrid llevaron la imagen de Nuestra Señora de Atocha.

El rey autorizó a los cirujanos a practicar la trepanación; la inició un portugués y la continuó Daza Chacón, pero este la abandonó por parecerle innecesaria. El príncipe mejoró, y Felipe II, que había llegado a creer que su hijo no tenía salvación, solicitó del papa Pío IV la canonización de fray Diego de Alcalá. La herida estaba totalmente cicatrizada el 17 de julio de 1562, cuando don Carlos volvió a Madrid, justamente el mismo día que llegó a la corte el señor de Montigny, cuya suerte vino a entrelazarse con la del infortunado príncipe español.

Felipe II, muy esperanzado con la aparente curación del príncipe, le nombró presidente del Consejo de Estado. Don Carlos comenzó a presidir algunas de sus sesiones, labor delicada para la que no mostró tener aptitudes. En cambio, durante estos años de su estancia en Madrid, su irascibilidad, su terquedad y su indiscreción se exacerbaron. Y lo más lamentable es que don Carlos se mostraba irascible e indiscreto con personas tan elevadas y respetables como el príncipe de Éboli, don García de Toledo o el cardenal Espinosa. No podía dudarse de que era un anormal fisiológico y mental.

A pesar de todo, las cortes de París y de Viena no abandonaban su propósito de ofrecer una princesa o una archiduquesa como esposa del príncipe de Asturias, y a casarse con él aspiraban también dos viudas: doña Juana de Austria y María Estuardo. El matrimonio de don Carlos con María Estuardo ofrecía a Felipe II casi las mismas perspectivas que las que le habían llevado a casarse con María Tudor: Escocia sería para España la mejor base para defender los Países Bajos; el catolicismo restaurado en Escocia y luego en Inglaterra, cuando al morir sin hijos la reina Isabel, María Estuardo heredase la corona inglesa.

Al príncipe no le agradaba casarse con una viuda; Felipe II andaba perplejo; como en todos los negocios, procedía con lentitud, y acabó por abandonar ese proyecto de matrimonio. No es fácil saber qué quiso decir el rey en la frase Considerada la disposición de mi hijo, cuando adoptó esa resolución. ¿Qué temía Felipe II? Ante todo, la incapacidad para el matrimonio, de la que ya empezaba a murmurarse.

Parece que de todas las mujeres de que por entonces se habló, la preferida por don Carlos era su prima Ana de Bohemia. Cuando casase con ella —pensaba— su padre cumpliría la promesa hecha a los Estados Generales de Flandes en 1559, y le enviaría ya casado como gobernador de aquellas provincias. Pero esa promesa era una dificultad más para que el rey autorizase semejante matrimonio. Felipe II no podía enviar a gobernar aquellos Estados, que atravesaban una crisis gravísima, al príncipe, su hijo, cuya incapacidad política le era tan conocida.

La situación era dramática para Felipe II, y don Carlos la convirtió en trágica, comenzando a exteriorizar antipatía por su padre, porque, sin razón que lo justificase, a su juicio, no le concedía ni mandos ni amor. Criticaba don Carlos ásperamente cuanto su padre hacía, y hasta pretendió satirizarlo, parangonando los minúsculos viajes del rey de Madrid a El Pardo o a El Escorial con los grandes viajes del emperador, en un cuadro que burlescamente tituló Los grandes y admirables viajes del rey don Felipe.

El príncipe don Carlos no podía tener muchos amigos; pero habrá de reconocerse que tuvo al menos tres: su preceptor Honorato Juan, que poco antes de morir le escribió, dándole prudentes consejos (1566); el doctor Hernán Suárez, que también le escribió repetidamente en el mismo sentido (1566-1567) y su padre. A nadie podían doler más que a Felipe II los actos de sadismo de su hijo, como la orden de golpear a unas niñas, a cuyo padre hubo de tapar la boca con dinero, y otros más repugnantes, que podrá leer quien guste en un libro reciente César Giardini, El trágico destino de don Carlos, Barcelona, 1940, págs. 111-12, y eran claro indicio de perversión sexual.

En los Países Bajos, cuyo gobierno tenía desde 1559 Margarita de Parma, estaban ocurriendo sucesos gravísimos. La gobernadora decidió enviar a Madrid a dos representantes de la nobleza flamenca, el marqués de Berghes y el barón de Montigny (10 abril 1566). El primero en llegar fue Montigny (junio 1566), al que Felipe II invitó a presentarse en Valsaín (julio). Mientras Felipe II difería, según su habitual táctica, una solución clara del grave problema, en Flandes y especialmente en Amberes, se produjeron desórdenes muy graves. No podía esperarse que el rey cediera ante un pueblo rebelde, por lo que Montigny y su compañero de misión, Berghes, llegado posteriormente a España, pidieron pasaportes para retirarse y volver a su patria. El rey se los negó, y Berghes murió a poco (21 mayo 1567).

Cuando el duque de Alba, desde Bruselas, anunció el encarcelamiento del conde de Egmont y del conde Horn (septiembre 1567), Felipe II mandó encarcelar a Montigny en el Alcázar de Segovia. Desde esta prisión, el desgraciado barón fue trasladado al castillo de Simancas, y en él fue estrangulado el 16 de octubre de 1570, ante el alcaide de la fortaleza, un notario y un fraile. La muerte de Montigny, que al fin era un emisario, un embajador podría decirse, es difícil de justificar y oscurecerá siempre la memoria del gran rey español.

Si Montigny fue encarcelado, según se ha dicho, en septiembre de 1567, el príncipe don Carlos fue preso el 18 de enero de 1568. No es preciso insistir en las relaciones que pueden existir entre estos dos encarcelamientos, pero sí necesario señalar las circunstancias del segundo. Felipe II sabía cuanto hacía y pensaba hacer su hijo. Entre los meses de enero y abril de 1565, el conde de Egmont había estado en Madrid: directa o indirectamente hubo de ponerse en comunicación con el príncipe, que por entonces planeó por vez primera escapar de España y llegar a Flandes. Don Carlos tomó por confidente de sus descabellados planes al príncipe de Éboli, el más leal de los amigos y colaboradores de Felipe II. El de Éboli dio inmediatamente noticia al rey de los planes de su hijo.

Poco después, en junio de 1566, llegó a Madrid Montigny, quien no tardaría en anudar relaciones con el desdichado don Carlos. Abandonado por irrealizable ese primer proyecto de fuga, renació en forma distinta en 1567, cuando el duque de Alba fue enviado a Flandes. Don Carlos pidió al príncipe de Éboli que, a escondidas del rey, le proporcionara 200.000 ducados. Nada tardó en saberlo Felipe II, pero, guardando temible silencio, se marchó a El Escorial (20 diciembre).

Con loca imprudencia, don Carlos escribió cartas a varios grandes de España, pidiéndoles ayuda para una grande empresa. Unos le contestaron que contará con ella, si lo que iba a hacer no era en deservicio del rey, y otros enviaron a este la extraña misiva. La última ingenuidad del príncipe fue pedir a don Juan de Austria, a quien el rey había nombrado general de la Mar en octubre de aquel año, que le llevase a Italia, prometiéndole el reino de Nápoles y el ducado de Milán para cuando triunfara. Don Juan marchó inmediatamente a El Escorial e informó a su rey y hermano de los proyectos subversivos del heredero del trono. Don Felipe procedió con calma. Aunque hasta pasadas cuatro semanas no lo manifestara con actos, en realidad tenía ya resuelto lo que te nía que hacer: impedir que la corona de España ciñera las sienes de aquel hijo, al que tenía por incapaz e indigno, e impedir igualmente que ese hijo se casara y tuviera sucesor, del que no eran de esperar mejores cualidades. Para ello no había más que dos medios: la prisión perpetua o la muerte.

Al mediar la noche del 18 al 19 de enero de 1568, Felipe II, acompañado de sus consejeros y de algunos soldados, entró en la habitación del Alcázar de Madrid donde su hijo dormía. Don Carlos despertó y, al ver a su padre, le preguntó si le quería matar. El rey mandó que se recogieran los papeles del príncipe y le anunció que quedaba preso. Una semana después dispuso que se le trasladara a otra habitación, situada en una de las torres del alcázar, más fácil de guardar, por no tener más que una puerta y una ventana. Durante la prisión de su hijo, Felipe II comunicó al cardenal Espinosa, al príncipe de Éboli y al duque de Feria su decisión última respecto a él, y pidió dictamen de algunos teólogos famosos, como el doctor Navarro, el doctor Gallo, obispo de Orihuela, y Melchor Cano.

Terminadas estas consultas, Felipe II dio instrucciones acerca de la vida de su hijo en la estrecha prisión. En ella murió don Carlos el 25 de julio de 1568, en circunstancias que todavía se desconocen. Acaso la última opinión acerca de ellas, exteriorizada por persona responsable y en tribuna prestigiosa Bol. de la Real Academia de la Historia, CXII (1943), 161-209, sea la de don Elías Tormo La tragedia del principe don Carlos y la trágica grandeza de Felipe II, quien después de resumir las más autorizadas opiniones anteriores, escribe: ...yo juez, no podría decir en conciencia que Felipe II decidió en juez la muerte de su hijo. Pero yo jurado... puedo sentenciar que Felipe II decidió la muerte del príncipe, lleno al caso de toda suerte de razones y de urgencias . La muerte, según hipótesis del mismo señor Tormo, fue por envenenamiento lento.

Felipe II anunció la muerte del príncipe a las Cortes extranjeras, a los grandes y prelados españoles, a los virreyes y gobernadores, con sobriedad, que, si dejaba abiertas las puertas a toda suerte de interpretaciones, da también motivos para afirmar que si el destino de don Carlos fue trágico, lo fue más el de aquel rey y padre, sobre el que pesó largos años la pesadumbre de esa muerte. Ordenase Felipe II la prisión perpetua o la muerte de su hijo, nada tienen que ver con esa orden ni la supuesta herejía de don Carlos, ni mucho menos los absurdos amores de este con su madrastra Isabel de Valois, como propalaron Guillermo de Orange Apologie, 1581, Antonio Pérez Relaciones, 1592, 1598, Pierre Matthieu Histoire de France, 1607, el abate de Saint-Réal Don Carlos, 1673 y los poetas Otway, Campistron, Alfieri y Schiller.

La causa lejana de la dura orden del rey español no fue otra que la de impedir que aquel principe, contrahecho de cuerpo y de espíritu, llegase a reinar algún día. La causa próxima, hacer abortar un complot europeo contra el imperio católico español, complot al que había sido arrastrado el desdichado don Carlos y en el que entraban los rebeldes de los Países Bajos, católicos y protestantes, los hugonotes franceses, la reina Isabel de Inglaterra y su ministro lord Burleigh, el duque de Sajonia, rey de Dinamarca y el Gran Turco. Haber deshecho ese complot sería uno de los actos por los que Felipe II se mostró prudente.

AGUADO BLEYE, Pedro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, págs. 718-721.