Antonio Pérez

Antonio Pérez.Antonio Pérez. Pintura de Antonio Ponz, Monasterio de El Escorial.

PÉREZ, Antonio (1540-1611) [Madrid-París]. Antonio Pérez era hijo del secretario de Felipe II, Gonzalo Pérez, y de doña Juana Escobar y Tobar, natural de Torrejón de Velasco. Aunque en el acta de legitimación se dice que, cuando Antonio nació, el padre no era todavía clérigo y la madre estaba aún soltera, ambas afirmaciones son muy poco fundadas. En el proceso que la Inquisición instruye más tarde a Antonio Pérez, se dice de él que era hijo sacrílego y adulterino. Aunque el moderno biógrafo de Gonzalo González Palencia, Gonzalo Pérez, 1946, tomo I, pág. 20 pusiera en duda que llegara a ser sacerdote, lo más cierto es que cuando Antonio nació su padre lo era ya. Felipe II, que para estas cosas tenía particular memoria, así lo afirma. Esta condición de hijo de clérigo explica el resentimiento de Antonio. Felipe II, aunque no gustaba de los que lo eran, puso en él excepcionalmente una confianza que no merecía.

Antonio Pérez se crió de niño en Val de Concha, aldea de tierra de Pastrana, en el señorío de Éboli. Cuando tenía doce años, su padre le envió a la Universidad de Alcalá, de la que pasó a las de Lovaina, Venecia, Padua y, finalmente, a la de Salamanca. Italia, entonces gran escuela de política y de vida, modeló el carácter de Antonio Pérez. Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli, que le conocía desde niño y del que alguna vez se ha pensado que fuera su verdadero padre, fue quien hizo venir de Italia a Antonio y quien le introdujo en la corte, campo adecuado para que aquel joven brillante luciera sus aptitudes diplomáticas y su capacidad para la intriga. Gonzalo adiestró en el manejo de los papeles de Estado a su hijo Antonio, que le igualó en inteligencia y laboriosidad y hasta en cualidades literarias, superándole en simpatía.

En la corte había dos partidos: de uno era cabeza el duque de Alba; de otro, el príncipe de Éboli. Antonio Pérez fue, desde luego, ebolista. Cuando Gonzalo murió, Antonio le sucedió interinamente en la Secretaría de Estado. Si Eboli contaba con un secretario del rey, Alba contaba con otro, Mateo Vázquez, clérigo astuto y untuoso que, poco a poco, fue limando la fuerza de Antonio Pérez, Felipe II acabó por repartir la Secretaría que este tenía, encomendando a Antonio los negocios de Italia y a Gabriel Zayas los de Flandes y Alemania. Sin embargo, el rey no firmó el nombramiento de Antonio Pérez hasta el 17 de julio de 1567, y no le permitió tomar posesión de su cargo hasta el 17 de noviembre de 1568, después que hubo cumplido el compromiso de honor de casarse con doña Juana Coello ( enero 1568), matrimonio al que Antonio se resistía.

Tenía Antonio veintiocho años cuando tomó posesión de la Secretaría, y recordaba por su elegancia y persuasiva habilidad al príncipe de Eboli. No es extraño, por tanto, que con un conocimiento perfecto de los puntos vulnerables de su rey, llegara a adueñarse de su voluntad. Cierto es que cuando Felipe II se dio cuenta de ello, reaccionó, rompió las ligaduras y no perdonó jamás a quien había descubierto sus debilidades y había sabido aprovecharse de ellas. Es sorprendente, sin embargo, que el monarca que tanto miraba la rectitud de sus funcionarios y la limpieza de su sangre entregase los secretos de Estado a este joven de ascendencia turbia y prevaricador.

En la vida de Antonio Pérez hay un drama del que Felipe II, Juan de Austria, el mismo Pérez y Juan de Escobedo son los protagonistas. El 31 de marzo de 1578 fue muerto a estocadas en Madrid, junto al muro de la iglesia de Santa María de la Almudena, Juan de Escobedo, secretario de don Juan de Austria, entonces gobernador de Flandes. La muerte se atribuyó a Pérez, el cual, según la voz popular, le había hecho asesinar para que no descubriese al rey los amores que su secretario sostenía con la princesa viuda de Éboli, amores que Escobedo descubrió por acaso.

Los enemigos de Pérez y los familiares de Escobedo reclamaban el castigo de los culpables. Felipe II tardó mucho tiempo, hasta el 28 de julio de 1579, en decretar la prisión de Pérez y de la princesa. Caso notable, Antonio Pérez no cesó en el cargo de secretario y siguió despachando negocios de Estado durante otros cinco años (1579-84), al cabo de los cuales el rey autorizó que se le formasen dos procesos, uno por cohecho y otro para averiguar los motivos ciertos de la muerte de Escobedo. Once años había pasado Antonio Pérez en diversas prisiones, cuando, disfrazado con los vestidos de su mujer, logró fugarse de la cárcel de Madrid (19 de julio de 1590). Llegó, a caballo, hasta Calatayud, donde tomó sagrado en el convento de dominicos. Como invocara su calidad de aragonés, los oficiales reales no le pudieron sacar de él, sino para entregarle a la corte del justicia de Aragón, con arreglo al privilegio de manifestación, y ser conducido a la cárcel foral. Felipe II viendo que Pérez iba a escapársele de las manos hizo que se le acusase de herejía.

Lógicamente la Inquisición de Zaragoza reclamó la persona del presunto heterodoxo (13 de mayo de 1591). El alcalde de la cárcel de manifestados entregó el preso al alguacil del Santo Oficio, que lo condujo a la Aljafería, donde la Inquisición tenía sus prisiones, en un coche y con grillos en los pies. Los zaragozanos se amotinaron; la campana de la Seo tocó a rebato. Un grupo de revoltosos llegó a la Aljafería, reclamando a Antonio Pérez, que tan hábilmente había sabido unir su causa a la de los fueros de Aragón. Las autoridades reunidas en el palacio arzobispal —el virrey, el arzobispo y el zalmedina— estaban tan amilanadas que no hallaron otra salida que pedir a los inquisidores que entregasen al preso para llevarle otra vez a la cárcel de manifestados, donde seguiría sometido a la jurisdicción inquisitorial. Pérez fue trasladado en coche a la cárcel foral, en medio de la multitud que gritaba alborozada: ¡Libertad! Cuando Felipe II conoció estos sucesos, concibió su plan definitivo: invadir Aragón y acabar con el prestigio de los fueros.

Antonio Pérez permaneció cuatro meses más en Zaragoza. Desde la misma cárcel dirigía una gravísima campaña de agitación popular contra el rey y la Inquisición. En Zaragoza se constituía un verdadero ejército de revoltosos, en el que entraban los nobles fueristas, que a sí mismos se llamaban caballeros de la libertad, curas y frailes, pelaires y hortelanos y gente advenediza, especialmente bearneses. Felipe II, silencioso, concentraba en Ágreda un ejército a las órdenes de Alonso de Vargas, dispuesto a entrar en Aragón y resolver por la fuerza el problema fuerista cuando llegase el momento oportuno. No tardó en presentarse. Quería Felipe II que Antonio Pérez y el criado genovés que le servía volviesen a la Aljafería. El traslado de los presos era cosa delicada y para prepararlo se celebraban juntas en Zaragoza, en la Diputación y en la casa del virrey. En Madrid se constituyó otra junta especial para entender en el asunto.

Antonio Pérez sabia cuanto se hacía: temiendo por su vida, proyectó fugarse de la cárcel foral antes que en ella le mataran o le trasladasen a la Aljafería. Cuando se descubrió el intento, se le cambió de celda, pero ya los barrotes de la ventana estaban serrados. Por orden del rey, el traslado de los presos había de hacerse el 24 de septiembre de 1591. El gobernador distribuyó los 2.000 hombres de que disponía desde la plaza del Mercado hasta la puerta de Nuestra Señora del Portillo, frente a la Aljafería, y cerró con carros todas las bocacalles. Los fueristas y perecistas, dirigidos por Gil de Mesa, don Martín de Lanuza y don Juan de Torrellas, yerno del conde de Sástago, estaban resueltos a impedir el traslado. El tumulto estalló cuando se acercaba a la cárcel de manifestados el coche que había de llevar a Pérez a la Aljafería. Las cuatro mulas del tiro fueron muertas y el coche incendiado. Entre los soldados y los revoltosos se entabló una lucha que duró poco, pues los soldados se dispersaron o se unieron a los rebeldes.

El pueblo alborotado y sus cabecillas pidieron la entrega de Antonio Pérez y los guardianes lo entregaron. Por las calles se lo llevaron en triunfo no a la Seo como algunos pretendían, sino a casa de don Diego de Heredia. Aquella misma tarde, Antonio Pérez salió de Zaragoza a caballo, rompiendo las cadenas de la puerta de Santa Engracia, acompañado de Gil de Mesa, Francisco de Ayerbe y dos lacayos. Llegó hasta Bárboles, pero, enfermo y perseguido, hubo de regresar a Zaragoza, llamado por don Martín de Lanuza, que le ocultó en su casa (2 de octubre).

De la ciudad se hizo dueño don Diego de Heredia, porque las autoridades la abandonaban. El 15 de octubre Felipe II anunció que el ejército que acampaba en Ágreda entraría en Aragón y allí seguiría hasta restaurar el respeto debido a la Inquisición y hasta lograr que el uso y ejercicio de las leyes y fueros de aquel reino estuviese expedito y libre. Los caballeros inquietos de Zaragoza, dirigidos por Heredia y acaso también por Pérez desde su escondite, se prepararon a defender los fueros, ya que la entrada del ejército extranjero constituiría una grave violación de los mismos. Así lo entendían todos: los labradores y los menestrales, el prior de la Seo y los nobles.

La Diputación sometió las requestas presentadas por estos tres grupos a informe de once jurisconsultos aragoneses famosos. El dictamen de estos fue que la Diputación, salvo siempre la fidelidad del rey, podía y debía resistir al ejército extranjero. Los diputados aceptaron el dictamen y entregaron armas al pueblo. El joven e inexperto justicia, don Juan de Lanuza, que hacía pocos días había sucedido a su padre, del mismo nombre, aprobó la conducta de los diputados, contra la opinión y consejo de su lugarteniente Micer Bautista de Lanuza. En su insensatez, la Diputación y el Justicia pidieron ayuda militar a todas las ciudades y villas de Aragón, al reino de Valencia y al principado de Cataluña, y pretendieron sublevar a los moriscos. Todo fue en vano, y el movimiento fuerista, limitado a Zaragoza. no pasó de ser un motín más.

Estaban comprometidos en él cuatro personajes: el Justicia, el diputado de la nobleza don Juan de Luna, el duque de Villahermosa y el conde de Aranda. El ejército real pasó la frontera de Aragón el 8 de noviembre. Salieron a detenerle el Justicia y don Juan de Luna, pero en Utebo abandonaron a su gente, yéndose a Épila, donde se juntaron con Aranda y Villahermosa. La hueste fuerista, abandonada por sus jefes, se desbandó, y don Alonso de Vargas hizo su entrada en Zaragoza, sin disparar un tiro, el 12 de noviembre de 1591.

Antonio Pérez había estado en Zaragoza hasta el 10. Aquella noche don Martín de Lanuza le sacó a las afueras; en el camino de Francia se despidieron. Don Martín volvió a su ciudad, para afrontar los acontecimientos, y Antonio Pérez marchó hacia el destierro. El 16 llegó a Sallent. Desde esta villa envió, por medio de Gil de Mesa, una carta a la gobernadora de Bearn. Catalina, hermana de Enrique IV, pidiendo hospitalidad. Antes de que llegara de Pau la respuesta, en la fría y nevada noche del 23 al 24 de noviembre de 1591, Antonio Pérez cruzó la frontera, dejando su patria, a la que no volvería a ver. Entre tanto, Felipe II había comenzado la dura represión de las alteraciones de Aragón. La Inquisición condenó en rebeldía a Antonio Pérez a ser quemado en estatua, como convicto de herejía, y a las penas accesorias de confiscación de bienes e inhabilitación de sus hijos y nietos para todo cargo y dignidad. La sentencia se cumplió en Zaragoza, en la plaza del Mercado, el martes 20 de octubre de 1592. Se apoyaba en la ascendencia judía del acusado, del que se afirmaba que era sodomita, en su hostilidad al Santo Oficio y en su conducta heterodoxa.

Cuando Antonio Pérez salió de España tenía cincuenta y dos años; en el extranjero vivió otros diecinueve, muy amargos. El primer lugar de su residencia fue Pau, donde la princesa de Bearn le aseguraba la libertad de vivir en su religión, esto es, dentro del catolicismo. Después de pasar algunos días en casa de un capitán, se alojó en la Torre de la Moneda, junto al Castillo, por temor a los que le buscaban para ganar el precio ofrecido en España por su cabeza. La primera y principal ocupación de Pérez fue preparar la invasión de España, en connivencia con otros refugiados españoles y con aventureros de toda laya. Para avivar el espejismo de los conspiradores, escribió dos panfletos que se imprimieron en Pau a expensas de Catalina (diciembre, 1591). Enrique de Bearn, todavía hugonote, aprobó los proyectos de Pérez y hasta dio 600 soldados al jefe militar de la intentona, que era don Martín de Lanuza.

A primeros de febrero de 1592 los conspiradores pasaron la frontera española y obtuvieron algunas ventajas: don Martín de Lanuza ocupó los pueblos de Sallent y Lanuza; Gil de Mesa, el valle y la villa de Tena (9 febrero). Felipe II sabía bien lo que se preparaba por numerosos espías. El capitán don Pedro Manrique, del ejército de Vargas, con algunos soldados y la gente voluntaria de Jaca y Huesca, obligó a los invasores a repasar la frontera, haciendo algunos prisioneros ya en tierra francesa. Los españoles fueron ejecutados, pero Vargas puso en libertad a los bearneses con el pretexto galante de que todo había sido cosa de una mujer.

El fracaso de la absurda intentona redundó en desprestigio de Pérez, y entonces, por medio de Gil de Mesa, ofreció sus servicios a Isabel de Inglaterra (abril-mayo, 1592). Cuando el mensajero volvió de Inglaterra, Antonio Pérez se decidió a pasar el Canal, En Londres vivió en el Colegio de Eton, donde también se alojaban el pretendido rey de Portugal, don Antonio, prior de Crato, y un médico portugués, de origen judío, el doctor López, que se había hecho anglicano. Antes de embarcar para Londres, Pérez había tenido en Tours una entrevista con Enrique IV; en ella planteó al rey de Francia el plan de sublevación de los moriscos. Felipe II lo supo por un espía doble y se apresuró a desarmar a los moriscos de Aragón.

Antonio Pérez estuvo en Inglaterra desde la primavera de 1593 hasta agosto de 1595. Allí publicó sus Relaciones (1594), y es probable que el conde de Essex pagase la impresión. Isabel de Inglaterra nunca trató bien a Pérez, pero Essex aceptó su plan de ataque a España por mar, y no porque el antiguo secretario le descubriese el estado de indefensión de nuestras costas, de sobra conocido por él. En los barcos de Howard que atacaron Cádiz en 1596 no iba Pérez, pero el pueblo español no se equivocaba del todo al suponerlo.

Enrique IV había escrito a Pérez pidiéndole que volviese a Francia (30 de abril de 1595); para complacerle, Pérez desembarcó en Dieppe (2 de agosto); desde allí se dirigió a Ruan y París (10 de septiembre de 1595), donde fue recibido con honores de embajador. El gobernador de Dieppe le consultó sobre cierto ataque que se proyectaba a las Indias españolas; el embajador veneciano, Duodo, le visitó y habló de Drake, de las Indias y de los turcos; Enrique conferenció con él acerca de los medios de conseguir la ayuda de Isabel de Inglaterra contra el conde de Fuentes, esto es, contra Felipe II. Acaso nunca mereció Pérez tanta consideración internacional como en estos meses.

El rey de España sabía bastante de todas estas intrigas. Al fin, Isabel se entendió con Enrique IV movida no por la verbosidad de Pérez que hizo un segundo viaje a Londres, sino por el peligro que para Inglaterra representaba la presencia de los españoles en Calais, plaza tomada por el archiduque cardenal Alberto de Austria. En Inglaterra el papel de Pérez bajaba, mientras en Francia subía más que nunca: Enrique IV le nombró consejero.

Antonio Pérez llegó a concebir los más fantásticos proyectos, bastará citar uno: apoderarse del reino de Nápoles y dar la ciudad a Inglaterra para que tuviese en el Mediterráneo una base que le permitiera, aliándose con el Turco, hacer la guerra a Felipe II lejos de las Islas Británicas. A Enrique IV le presentó un nuevo plan, no tan desaforado, para invadir Aragón. Desde tales alturas la caída sería terrible, y se produjo pronto. Los soldados de Felipe II se apoderaron de Amiens (1597); Enrique IV hizo los mayores esfuerzos para recobrar la plaza. Cuando lo consiguió (febrero, 1598), propuso a Felipe II la paz, que se firmó en Vervins, sin que las intrigas de Pérez sirvieran de nada para impedirlo (mayo, 1598). Poco después fracasó la expedición inglesa contra las Azores y contra los galeones españoles, y de los fracasos se culpaba al emigrado español.

Cuando Pérez vio que perdía la gracia de Enrique IV y que en Inglaterra tampoco era estimado, discurrió una argucia por la cual esperaba conseguir el perdón de Felipe II, al menos para su mujer y sus hijos. El duque d'Aumale no había querido reconocer a Enrique IV por rey y se había refugiado en Bruselas. Suponía Pérez que Felipe II pediría en las negociaciones de paz el perdón de Aumale para que pudiera volver a su patria. Enrique IV podría entonces hacer una petición simultánea: el perdón de Pérez para que pudiera volver a España. Y el pobre desterrado se humilló a pedirselo a Gabriela d'Estrées, amante del rey frances. Parece que en Vervins no se trató de Aumale ni de Pérez, pues ni el uno ni el otro fueron entonces amnistiados.

Enrique IV, después de la muerte de Felipe II. encomendó a su embajador, conde de la Rochepot, que solicitara de Felipe III libertad y benevolencia para la familia de Pérez. En libertad estaba ya, y el hijo de Felipe II mejoró el trato que venían recibiendo la mujer y los hijos del desterrado pero no se avino a perdonar a este. No era fácil realmente, dice el doctor Marañón Antonio Pérez, II, pág. 222, ya que Antonio Pérez seguía traicionando a su patria. Pero el desterrado, ya viejo, sentía cada vez más fuerte la llamada de la tierra natal y de los hijos. En su imaginación creyó posible volver a verlos cuando, muerta Isabel de Inglaterra, Jacobo I inició negociaciones de paz con España (1603). Y se fue otra vez a Londres con una carta del embajador inglés en París, Parry, para el ministro Robert Cecil. El viaje fue un desencanto (1604); el nuevo rey del Reino Unido no solo no le recibió, sino que le obligó a volverse inmediatamente a Francia. Enrique IV le acogió de nuevo con desinteresada nobleza.

Una última gracia pidió Antonio Pérez a su patria: la de que se le enviase con una modestisima pensión a Besançon o Constanza, donde acaso podría prestar algún servicio. El Consejo se la denegó, aunque un consejero, don Baltasar de Zúñiga, dio como razón para acceder a ella que se sacaría de Francia a Pérez apartándole de portugueses, aragoneses y otros inquietos expatriados. Felipe III nada podía hacer por Pérez, a pesar de que Enrique IV le pidió muy encarecidamente, por carta particular, que le restituyera en su gracia, porque sus consejeros eran opuestos resueltamente al perdón. Antonio Pérez nada sabía de esto y seguía un año y otro esperándolo.

En 1608 recibió un gran consuelo: la visita de su hijo mayor Gonzalo, que iba a Roma a solicitar una prebenda. Pero esa visita le causó también una gran desilusión: la de saber que su mujer no tenía la menor esperanza de que le permitieran volver a España. Los libros que había escrito eran un obstáculo invencible. Pérez renunció a ver a su mujer y a sus hijos; pero le quedaba otro deseo: volver al seno de la Iglesia. Antes de que la Inquisición resolviera, el desdichado falleció en París, el 3 de noviembre de 1611. La Inquisición, aun que tarde, en 1615, revocó la sentencia contra él pronunciada por supuesto delito de herejía.

De Antonio Pérez quedan, aparte de las citadas Relaciones, los Pedazos de historia o Relaciones, impresos en Lyon (1599); Aphorismos del libro de las Relaciones, París, 1603, extracto de la obra anterior; El arte de gobernar, discurso dirigido a Felipe III (1598), no impreso hasta 1867 en París, y numerosas Cartas, no pocas publicadas en la Biblioteca de Autores Españoles, XIII, 463-570, y en otros lugares.

AGUADO BLEYE, Pedro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. N-Z, págs. 223-227.