III Duque de Osuna

Datos biográficos

Valido de Felipe III
Nacimiento: 17-XII-1574
Fallecimiento: 25-IX-1624

Biografía

Cuando la decadencia del Imperio creado por España en Europa se anunciaba por todas partes, existieron figuras que aún supieron responder a la grandeza de la misión ecuménica de la patria. Entre ellas es muy característica —en su propia humanidad— la del gran duque de Osuna, tercero de este título, don Pedro Téllez Girón. Si la historia pudiera reducirse a fórmulas matemáticas, diríamos que este fue al reinado de Felipe III lo que el duque de Alba al del Prudente.

Pedro Téllez-Girón y Velasco, por Bartolomé González y Serrano (1615).Pedro Téllez-Girón y Velasco, por Bartolomé González y Serrano (1615).

En efecto, el duque de Osuna hizo revivir en Italia y en el Mediterráneo los días de la mayor potencialidad hispana, y aunque caído en desgracia a su muerte, esto no fue óbice para que dejaran de cantar sus proezas los poetas más privilegiados de España, como Lope y Quevedo, los cuales se dieron cuenta, ya en su época, de la significación de su biografía. Faltar pudo su patria al gran Osuna, / pero no a su defensa sus hazañas; / diéronle muerte y cárcel las Españas, / de quien él hizo esclava la fortuna...

Hijo de Juan Téllez de Girón y Ana María de Velasco, descendiente del conquistador de Méjico, Pedro nació en Osuna el 17-XII-1574. Niño todavía fue llevado a Italia, al objeto de reunirse con su abuelo, que se llamaba también Pedro, primer duque de Osuna y virrey de Nápoles (1582-1586). En esta ciudad tuvo como preceptor al docto humanista Andrés Savone, quien pudo apreciar las dotes de agudo ingenio, portentosa memoria y rápida comprensión del muchacho. De regreso a España, estudió en Salamanca letras, y en Madrid, el ejercicio de las armas. Para su futuro pudo ser fatal la muerte de su abuelo (1590), pues su débil padre no pudo imponer una norma a su desbordada juventud.

El llamado por entonces el marqués de Peñafiel, estableció su centro de operaciones en Sevilla, en cuya ciudad cometió todo género de travesuras y canalladas, solo perdonables por sus pocos años. En 1593, antes de cumplir los veinte, se casó con doña Catalina Enríquez de Ribera. Pero el matrimonio no pareció que hiciera sentar la cabeza al marqués, quien en 1595 tuvo que salir de Sevilla para ocultarse en la Puebla de Cazalla y en 1600 y 1602 estuvo preso en Arévalo y Peñafiel, respectivamente. A mediados de este último año huyó de España, empezando sus peregrinaciones por Europa. Sentó plaza de soldado en Flandes, donde combatió contra los holandeses, y visitó las cortes de Enrique IV de Francia y Jacobo I de Inglaterra.

Estos años le dieron una gran experiencia tanto en el arte del gobierno como sobre las necesidades de la política exterior de España. En 1607 obtuvo de nuevo la gracia de Felipe III, ante quien sostuvo el criterio de pactar una tregua con las Provincias Unidas y de otorgarles incluso independencia.

En 1610 recibió el nombramiento de virrey de Sicilia, a cuya isla pasó en abril de 1611, acompañado de varios personajes que formaban una pequeña corte (entre ellos Quevedo.) Su estancia en Italia habría de prolongarse hasta 1620, pues al abandonar el cargo de virrey de Sicilia en 1616, fue destinado a la gobernación de Nápoles, para lograr lo cual utilizó toda clase de medios.

En Sicilia se había acreditado por sus ideas reformistas y hasta cierto punto innovadoras; pero, en particular, por el dinamismo de su política naval, pues en base a sus acertadas disposiciones desaparecieron los corsarios, hizo frente a los turcos y logró importantes éxitos en la defensa de aquellos mares. También intervino en la política de la Italia septentrional (1613); pero cuando su actuación se hizo más destacada, en este aspecto, fue al ocupar el cargo de virrey de Nápoles.

En contacto con el gobernador de Milán, marqués de Villafranca, y con el marqués de Bedmar, embajador de España ante la Serenísima, se propuso acabar de hundir el poder de Venecia en beneficio de la hegemonía completa de España en la península. La llamada Conjuración de Venecia no tuvo éxito, y, por el contrario, Osuna fue destituido de su cargo, cuando menos se lo esperaba.

Llegó a Madrid el 10-X-1620, y poco después ceñía la corona un nuevo monarca Felipe IV —y ascendía al poder un nuevo valido —el conde-duque de Olivares. Uno de los primeros actos de este fue ordenar la detención del duque, quien fue trasladado a la fortaleza de la Alameda.

Acusado de prevaricación —cosa que después se ha demostrado ser falsa—, no le valieron ni súplicas ni instancias, ni incluso la expresión de afectos populares. La desgracia se cebó también sobre su salud. Enfermó de gota y calenturas, y tuvo que ser residenciado en Madrid. Aquí murió el 25 de septiembre de 1624.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 56-56.