Mendizábal

Datos biográficos

Político liberal
Nacimiento: 1790
Fallecimiento: 1853

Biografía

De los gobernantes civiles del liberalismo, el único hombre de acción fue Juan Álvarez de Mendizábal. De ascendencia semítica, trocó su apellido materno (Méndez) por aquel otro con que ha entrado en la Historia. Mendizábal había nacido en Cádiz, cuyos pueblos recorrió de mozo ofreciendo la variada mercancía del buhonero. La revolución liberal tuvo en este personaje su más consecuente campeón. Revolucionario, pero no afrancesado, pues, al contrario, no veía con simpatía a los franceses, conjugaba a la perfección su oficio de comerciante con el de conspirador.

Juan Álvarez de MendizábalJuan Álvarez de Mendizábal por José Gómez (Biblioteca Nacional)

Es más: ambas circunstancias nos lo presentan como genuino representante de la clase media europea, entre la cual hubiera desempañado un papel político más afortunado que en España, donde, como tantas veces he dicho, la revolución burguesa carecía de clase social que la impulsara y sus líderes eran, a la vez, masa. Dependiente de la casa de Bertrán de Lis, en vísperas de la conjuración masónica de 1819, Mendizábal pasaba por ser el alma de aquel comercio, y su influencia en la empresa era la de un socio principal. Participó en la insurrección junto a Riego, para escapar a Londres cuando Fernando VII recuperó su vesánico poder, gracias a las tropas de Angulema, en 1823. Desde Londres siguió conspirando y aumentando su fortuna personal, que llegó a ascender a un millón de libras esterlinas, y que dejó en la capital inglesa bajo la custodia de alguien que la disipó en ausencia de su dueño.

El paso del comerciante gaditano por la embajada de España en Londres bajo el gobierno del conde de Toreno, fue sumamente fructífero para los liberales. Mendizábal, cuyo prestigio en los medios políticos y financieros de la capital británica era muy alto, se acreditó de sagaz diplomático.

Su política consistió en explotar la rivalidad anglofrancesa, y lo hizo con indudable éxito. Porque convencida Inglaterra de que Francia decidiría intervenir a la postre en la guerra civil española a favor de los liberales para consolidar los intereses políticos y económicos franceses en la Península, dispuso el envío de la legión Evans. Y por otra parte, recelosa Francia de la misma intención por el lado de su competidora, movilizó un contingente de la legión extranjera contra los carlistas. En todo ello anduvo la mano del diplomático Mendizábal, que supo jugar hábilmente el naipe de la mutua desconfianza entre los gobiernos de Londres y París, con el excelente resultado de que ambos dieron apoyo militar a Isabel II

Cuando regresó a España, Mendizábal se impuso a todo el mundo por sus conocimientos financieros. En peligro el trono de doña María Gloria, la reina liberal portuguesa, el político español reorganizó el ejército y la marina del reino vecino, y puso orden en su Hacienda, contribuyendo así a impedir que el pretendiente don Miguel se alzara allí con el cetro.

En España, en el momento en que Mendizábal recogió el poder de manos del conde de Toreno, la nación hervía, una vez más, con juntas indómitas, conflagración que el gobernante progresista sofocó como por arte taumatúrgico, gracias a su enorme prestigio. Prometió milagros financieros, y la opinión los creyó posibles, tratándose de banquero tan sagaz. Se empleó a fondo en la obra desamortizadora. Las Cortes le dieron un amplio voto de confianza, pero Mendizábal no supo hacer uso de él. Cayó, en rigor, por no tener política, por falta de orientación clara. Había hecho esperar demasiado de sus recursos y habilidad personales; su mano insegura y sus errátiles propósitos decepcionaron al país.

Mendizábal era un tipo gigantesco: en Cádiz le llamaban Juan y Medio. En 1843 su formidable humanidad se movía entre el pueblo de Madrid, dispuesto a resistir a Narváez, cuyos cañones tronaban en las afueras de la capital. Pero era aquella una batalla perdida para la revolución.

El periódico de Mendizábal, que era el de los progresistas, El Eco del Comercio, pasaba por peligrosísimo, y Toreno, siendo primer ministro, se había decidido a suspenderlo en agosto de 1835. Nada atestigua mejor el carácter de la revolución que el pavor que infundía este Eco del Comercio en los salones de Madrid. En el complot de los sargentos de la Granja apareció complicado don Ángel Iznardi, redactor-jefe del temible periodiquito.

Era aquella la revolución de la clase media, y los banqueros, los pocos banqueros que había en España, infundían serias sospechas a la policía y organizaban juntas revolucionarias como la que don Justo Sevillano formó en Madrid en 1854.

RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 229-231.