Juan José de Austria

José de Ribera: Retrato de don Juan José de Austria con la ciudad de Nápoles al fondo, 1648.José de Ribera: Retrato de don Juan José de Austria con la ciudad de Nápoles al fondo, 1648.

JUAN JOSÉ DE AUSTRIA, gobernador de los Países Bajos (1629-1679) [Madrid-ibidem]. Juan José de Austria, llamado también don Juan de Austria y elsegundodon Juan de Austria, es el más famoso de los hijos bastardos del rey Felipe IV. Nació en Madrid, en la noche del 6 al 7 de abril de 1629, en unas casas de la calle de Leganitos que el duque de Medina de las Torres, confidente del rey, había proporcionado a la madre, la famosa comediante María Calderón, la Calderona, que tuvo la abnegación de retirarse, en cuanto dio a luz el fruto del fugaz capricho amoroso del monarca, a un convento de la Alcarria. Fue bautizado el día 21, con el nombre de Juan José, y comohijo de la tierra, esto es, de padres desconocidos, en la parroquia de los Santos Justo y Pastor.

Desde la casa natal madrileña, una mujer humilde, llamada Magdalena, llevó al niño a León, y allí lo crió y lo cuidó maternalmente hasta su muerte. Pasada la puericia, don Juan fue trasladado a Ocaña, y allí fue educado en la relativa clandestinidad que permitía la holgura de la casa en que el mozo vivía. Ayos y maestros cultivaron muy bien las naturales facultades del mozoG. Maura y Gamazo, Carlos II y su corte, Madrid, 1911, T. I, cap. 6.°, o Vida y reinado de Carlos II, Madrid, 1942, t. I, pág. 70.Se le educaba e instruía para ocupar dignamente alguna sede episcopal metropolitana y recibir quizá algún día el capelo cardenalicio.

Esos eran probablemente los planes del rey, pero todo se torció por influjo del conde-duque de Olivares, que pensó remediar la falta de heredero de su casa, legitimando a un hijo varón habido fuera de matrimonio. Para ahogar el escándalo que semejante legitimación había de producir, aconsejó al rey otra, la de su hijo Juan, que andaba entonces por los doce años. Felipe IV accedió a la proposición, y, en 1642, don Juan, ya legitimado, tenía puesta casa serenísima con numerosa servidumbre, al frente de la cual estaba el ayo conde de Fontanar. Don Juan fue armado caballero de la Orden de San Juan por el Gran Bailío de Malta, que le impuso el hábito y manto de gran prior de Castilla y León.

Sobre un aspecto de la educación de don Juan conviene decir algo, ya que tuvo funesta trascendencia en la vida de este célebre personaje: don Juan pintaba telas y miniaturas, y dibujaba, y lo hacía con tal maestría, que el pintor don Juan Carreño pudo decir, a la vista de una miniatura suya, quea no haber nacido príncipe, pudiera con su habilidad vivir como talJ. R. Ceán Bermúdez, Diccionario histórico de los más ilustres profesores de las Bellas Artes en España, Madrid, Ibarra, 1800, t. I, pág. 82.Fue su maestro en este arte miniaturista don Eugenio de las Cuevas, elegido precisamente por VelascoA. Palomino, El Museo Pictórico, Madrid, 1724, t. III, pág. 361.

Una miniatura fue, como se dirá más abajo, causa de la desgracia de don Juan. Muy poco es lo que queda de la obra pictórica de don Juan: miniatura, ninguna; un aguafuerte, de atribución muy probableÁngel M. Barcia, Algunas obras de aficionados reales, en Rev. de Archivos, 1906, págs. 32-41y una tela, representando a San Juan Evangelista, que se conserva en el palacio del gran escultor Quintín de Torre, en Espinosa de los Monteros, BurgosP. Aguado Bleye,Una pintura inédita del segundo don Juan de Austria, en el Bol. del Seminario de Estudios de Arte, de la Univ. de Valladolid, facsímil XLVI-XLVIII, curso 1947-48, páginas 171-179.

Don Juan en el reinado de Felipe IV

No resultó cierto que Felipe IV pensara, ya en 1642, enviar a su hijo como general a Portugal, murmuración que recogen lasCartas de JesuitasMemorial Histórico Español, T. XVI, pág. 300.Precoz y valiente era este bastardo del rey, del que muchos esperaban que emulase las glorias de su homónimo el glorioso bastardo de Carlos V; pero era todavía un niño y no se le podía confiar el mando de un ejército. Seis años después, cumplidos ya los dieciocho, don Juan José de Austria recibió el mando supremo de la escuadra española que, llevando a bordo cuatro tercios, entró en el golfo de Nápoles el 1 de octubre de 1647, intimando a los sublevados la rendición.

Como las negociaciones no avanzaban, don Juan, de acuerdo con el virrey, duque de Arcos, bombardeó la ciudad, para proteger el desembarco de los soldados de los tercios. El virrey no supo impedir que entrase en Nápoles el duque de Guisa, Enrique de Lorena, el cual, aceptando la invitación de los rebeldes, acudió desde Roma, donde se encontraba, y fue recibido en triunfo. La escuadra española obligó a retirarse a una flota francesa de la que era almirante el duque de Richelieu y que se había acercado a Nápoles con el propósito de apoyar la sublevación. Don Juan, después de oír al Consejo de Guerra, destituyó al duque de Arcos y se hizo cargo del virreinato, mientras el rey no dispusiera otra cosa.

Felipe IV nombró virrey de Nápoles al conde de Oñate, entonces embajador en Roma. El conde, tan buen general como diplomático, tomó el mando supremo (febrero 1648), dispuso un ataque general a la ciudad de Nápoles y se apoderó de ella. El duque de Guisa fue hecho prisionero cerca de Capua (6 abril 1648). Oñate le hubiera cortado la cabeza, pero don Juan lo impidió enviándole a España. Felipe IV le puso en libertad en 1653, y el de Guisa pagó con la mayor ingratitud esta magnanimidad del rey español, pretendiendo de nuevo sublevar a Nápoles.

Los historiadores de aquel tiempo elogian la gestión de don Juan en Nápolesiglo Importa, sin embargo, recordar una mala acción del bastardo legitimado y encumbrado. En Nápoles vivía y trabajaba, rodeado de su familia y de sus discípulos de taller, el gran pintor valenciano José Ribera, el Españoleto. Don Juan José de Austria, sin pasión ni secreto, antes con infamante publicidad, mancilló a Ana María, hija apenas núbil del maestro. Fruto de aquel amorío fue sor Margarita de la Cruz, monja de las Descalzas Reales de Madrid. Don Juan frecuentaba, acaso como aficionado a la pintura, la casa y taller del maestro, que le hizo un retrato heroico, y aprovechó aquellas visitas para seducir a la más joven y más bella de las hijas del gran maestro valenciano, cuya vejez amargó.

Si no de caballero, el segundo don Juan de Austria había ganado, en su primer mando, crédito de discreto político y buen soldado. La fortuna le deparó la ocasión de aumentarlo. La guerra de Cataluña en liquidación se acercaba a su desenlace. El virrey marqués de Mortara, preparaba el ataque decisivo a Barcelona. Para que cooperase a la empresa, se dio a don Juan la orden de acudir con las galeras de Sicilia y tropas de desembarco. Mortara salió de Lérida hacia Barcelona, en junio de 1651, con un ejército que no pasaba de 11.000 hombres. Don Juan, nombrado ya generalísimo del ejército sitiador, cerraba la boca del puerto con 20 galeras. Dirigían la defensa de la ciudad el catalán Margarit y el francés La Motte. A los quince meses de asedio, Barcelona pidió condiciones para rendirse. Don Juan se las ofreció generosas, y Barcelona se rindió el 11 de octubre de 1652.

En 1656, después de una desastrosa campaña, nuestro gobernador de Flandes, el archiduque Leopoldo, pidió el relevo, y Felipe IV envió a su hijo don Juan, con los títulos de gobernador y generalísimo, dándole como segundo al marqués de Caracena, que hubo de dejar el gobierno de Milán. Tan pronto como don Juan llegó a Flandes, acudió en socorro de la plaza de Valenciennes que los mariscales franceses Turena y La Ferté tenían sitiada. Mandaba la vanguardia, constituida por tropas españolas, el marqués de Caracena, y con tal ímpetu acometió a las trincheras francesas, que los sitiadores tuvieron que desalojarlas, no sin dejar en ellas 7.000 muertos y 4.000 prisioneros, y con ellos el mariscal de La Ferté (15-16 julio 1656). Un mes después, las tropas españolas eran dueñas de la plaza de Condé (15 agosto), y el rey de Francia, Luis XIV, ofrecía a España la paz, que no fue aceptada.

Felipe IV llamó a España a don Juan de Austria para darle el mando del ejército de Portugal, y a Flandes fue como gobernador otro archiduque de Austria: Segismundo, hermano del emperador Leopoldo. Se preparaba la campaña de 1659, pero, antes de que se abrieran las hostilidades, llegó la Paz de los Pirineos, que puso también fin a la guerra de Cataluña.

El mando supremo del ejército español en Portugal era ciertamente un papel difícil. Don Juan de Austria, ya experto y siempre valeroso, lo tuvo en sus manos cuatro años, de 1661 a 1664; pero lo dejó, al fin, descorazonado.

Don Juan en el reinado de Carlos II

La actuación militar de don Juan José de Austria terminó en esta campaña de Portugal; pero en el reinado de Carlos II (1665-1700) tuvo todavía una interesante intervención política, que no podría comprenderse sin recordar un incidente que le hizo perder la gracia de su padre y puso al descubierto sus insensatas, ambiciones.

No le bastaba a don Juan haber sido legitimado, y forcejeaba por alcanzar el título de infante. Tal pretensión no gustaba al emperador Leopoldo, que advertía a su embajador en Madrid, Poetting, que procurase que a don Juan le embutieran en una sotana,porque las armas en manos de gentes de su condición son peligrosas. Pero la ambición de don Juan fue mucho más allá: concibió el extraño pensamiento de casarse con la infanta Margarita, hija de Felipe IV y de doña Mariana de Austria, que tenía por entonces (1665) catorce años, y tuvo la estupenda audacia de dárselo a entender al rey. Como la salud del heredero, el príncipe Carlos [II] (n. 1661) no podía ser más precaria, semejante matrimonio representaría para don Juan el camino de alcanzar la corona de España.

Las cosas ocurrieron así. Durante la primavera de 1665 la corte estaba, como de costumbre, en Aranjuez. Don Juan, como prior de San Juan, estaba cerca, en Ocaña, y pidió a su padre y rey la venia para ir a saludarle. El rey accedió. Dos veces visitó don Juan, que tenía treinta y seis años, a su padre, que andaba por los sesenta, y en las dos audiencias le ofreció regalos. El presente de la segunda fue una miniatura que dijo haber pintado. Representaba ella al anciano Saturno sonriendo complaciente ante los incestuosos amores de Júpiter y Juno. En los rostros de estas divinidades se reconocían fácilmente las facciones del rey, de don Juan y de la infanta Margarita. Felipe IV, a ratos poeta y buen conocedor de la mitología clásica, como todos los de su tiempo, no tardó en interpretar la escena y descubrir la pretensión monstruosa de su hijo bastardo, al que volvió la espalda y no quiso ver más en toda su vida. Sin embargo, en su testamento recomendaba a su sucesor y a la reina que amparasen y favorecieran y se sirvieran de él como de cosa suya.

Felipe IV murió en 1665 (17 septiembre), y como el nuevo rey, Carlos II, no tenia cuatro años, se encargó de la regencia la reina madre, doña Mariana de Austria, asistida por una Junta de Gobierno. Doña Mariana desdeñaba sistemáticamente a don Juan; luego la política abrió entre ellos una sima de odios.

La Reina Gobernadora y su valido el padre Nithard se dejaron sorprender por la agresión de Luis XIV a Flandes (1667), cuyo gobierno tenía el marqués de Castel-Rodrigo, el cual, aunque viejo y achacoso, cumplía con su deber, si bien deseaba ser relevado. Para reemplazarle se pensaba en don Juan de Austria, pero este rechazaba el cargo, pues era jefe de un partido de oposición y aspiraba al gobierno de España, no al de Flandes.

La Gobernadora, sin embargo, le designó para el alto cargo que no deseaba. Don Juan fue a La Coruña, pero allí no le faltaron pretextos para retrasar su embarque. El 16 de enero de 1668 se mandó a don Juan embarcarse sin más dilación, y él dimitió; pero, como entonces le llegara otra orden, la de retirarse a Consuegra sin pasar por Madrid, anuló la dimisión. Mas el ambicioso general no fue nunca al difícil puesto de honor. Firmada la paz de Aquisgrán (2 de mayo, 1668), Castel Rodrigo cesó en el gobierno de Flandes y, ante la obstinada resistencia de don Juan, lo asumió disciplinadamente el duque de Frías y condestable de Castilla, don Íñigo Fernández de Velasco.

El padre Nithard era cada día más impopular; don Juan, que acaudillaba el partido hostil al jesuita austríaco, compró asesinos, como el marqués de Saint-Aunis y José Maltada, que se comprometieron a matarle; pero Maltada fue preso y ejecutado sin que se diera publicidad a la causa (2 junio 1668). Don Juan tramó otra conjura y, como de ella esperaba mayores resultados, dimitió definitivamente,por motivos de salud, el gobierno de Flandes. La Gobernadora le ordenó que se retirase a Consuegra (3 agosto 1668), y don Juan cumplió la orden.

Don Juan, que marchó a Barcelona, dirigió cartas a la Gobernadora, a la Junta de Gobierno, a los reinos de Cataluña, Aragón y Valencia, y a las ciudades castellanas de voto en Cortes. En todas pedía la destitución de Nithard, pero la Gobernadora no despidió a su valido hasta que don Juan, que con gente armada había hecho una marcha sobre Madrid, no le envió desde Torrejón un apremiante ultimátum (25 febrero, 1669). Pero don Juan, falto de decisión, no entró en Madrid y hubo de presenciar todavía el encumbramiento de otro valido, Fernando Valenzuela. Mientras, con sus cartas a la Gobernadora no consiguió otra cosa que la creación de la Junta de Alivio y ser complacido en menudencia, doña Mariana, con la creación de laChambergamermaba su partido, acabando por alejarse de Madrid, con el nombramiento de vicario general de Aragón, aunque no lograra hacerle salir de España con un nuevo nombramiento de gobernador general de Flandes (1670).

Con el destierro de Nithard, el favor del llamadoDuende de Palacio, don Fernando Valenzuela, se fortaleció y creció, al extremo de ser, en realidad, el segundo valido de la Reina Gobernadora en los años 1670 a 1675. El 6 de noviembre de 1675 Carlos II cumplía catorce años y debía ser declarado mayor de edad; pero como, ni corporal ni espiritualmente había salido de la infancia, la Gobernadora y Valenzuela pensaron prolongar la regencia. Temían que, llegado ese caso, fuera preferido don Juan para el cargo de regente o curador, por lo que, para alejarle de España, le nombraron virrey de Nápoles (julio, 1675).

Don Juan, con su vieja táctica, retrasó la marcha, mientras la nobleza, descontenta, conspiraba contra el valido con el concurso del preceptor y del confesor del rey. Por consejo de estos, don Carlos, el 1 de noviembre, llamó al cardenal de Aragón y le anunció que tenía el propósito de asumir el poder el mismo día de su cumpleaños, y prender a Valenzuela y tomarle cuentas. El mismo día escribió a don Juan de Austria, diciéndole:Día 6 juro y entro al gobierno de mis Estados. Necesito de vuestra persona a mi lado para esta función y despedirme de la reina, mi señora y mi madre; y así, miércoles, a las diez y cuarto, os hallaréis en mi antecámara, y os encargo el secretoG. Maura, Carlos II y su corte, t. II, Madrid, 1915, página 243.

Doña Mariana, decidida a ganar por la mano a sus contrarios, presentó a su hijo, el 4 de noviembre, un documento, en el que, declarándose incapaz todavía de ejercer por sí solo el gobierno, prorrogaba por dos años los poderes que el testamento de Felipe IV confería a la reina y a la Junta: Carlos II les dejó estupefactos, negándose a firmar semejante papel.

El 6 de noviembre llegó don Juan a Madrid y fue vitoreado por las calles: que de él y del nuevo rey esperaba España su redención. Doña Mariana se negó a recibir al bastardo y no asistió al Te Deum. Terminada la ceremonia, Carlos II fue a las habitaciones de su madre, de las que salió a las dos, con señales de haber llorado y, tan cambiado, que confió al duque de Medinaceli el encargo de mandar a don Juan, que aguardaba en el palacio del Retiro, que, sin demora, marchase a Italia. Pidió don Juan la orden por escrito, y el rey la dio, siendo este el primer decreto de su reinado. Don Juan salió para Zaragoza el mismo día 7, pero no cumplió la orden de marchar a Italia, ni devolvió el dinero recibido para los gastos de viaje.

Tampoco salió de España Valenzuela, al que se había nombrado embajador en Venecia, y no tardó en convertirse en valido de Carlos II. Los grandes, en un manifiesto firmado también por algunas damas, pidieron a Carlos II la separación de la reina madre, la prisión de Valenzuela y la vuelta de don Juan. Este, por su parte, se agitaba en Zaragoza, soliviantando a los nobles, haciendo levas y comprando caballos. Ante tales noticias, los Consejos de Estado y de Castilla pidieron al rey la prisión de Valenzuela y que se prohibiese a don Juan venir a Madrid.

Por consejo de Valenzuela, el rey llamó al cardenal de Aragón (22 diciembre 1676), el cual, no atreviéndose a reclamar el puesto de primer ministro, se avino a constituir una Junta con Medinaceli, el almirante y el condestable (23 diciembre). El primer acuerdo de esta Junta fue reclamar la inmediata salida de Valenzuela, que partió de Madrid para El Escorial, con una escolta de 20 chambergos a caballo, en la madrugada del 25 de diciembre. El almirante, a espaldas de sus compañeros de Junta, aconsejó a los reyes que, sin demora, llamasen a don Juan, para encargarle del Gobierno. Así lo hicieron el 27 de diciembre de 1676. Don Juan, con fuerte escolta, salió de Zaragoza para Madrid. La marcha era lenta. Cuando don Juan, el 11 de enero de 1677, pasó la raya de Castilla, su escolta era ya un ejército de 12 a 16.000 hombres.

Por consejo de Villaumbrosa, presidente del Consejo de Castilla, el rey dejó a su madre en el Alcázar y se trasladó al Retiro, para esperar a don Juan, a cuyo encuentro salió el cardenal. Lo halló en Hita (Guadalajara), y le pidió que disolviese sus tropas. Cuando la chamberga y la caballería de Cataluña hubieron salido de la costa, don Juan despidió su escolta y, el 23 de enero, entró en Madrid solo con dos criados. Desenlace tan pacífico de una crisis que había infundido tantos temores, produjo en España gran alegría. Carlos II fue popular por unos meses.

Don Juan se hizo cargo del gobierno y lo tuvo en sus manos cerca de tres años, hasta el día de su muerte, 17 de septiembre de 1679. Cuando don Juan subió al poder estaban ya convocados en Nimega los representantes de España y sus aliados para discutir la paz con los de Luis XIV. Mientras los plenipotenciarios discutían, Luis XIV hizo secretamente a don Juan la proposición de entregar a España, a cambio de todo Flandes y el Franco Condado, el Rosellón y las plazas de Sicilia, que ocupaban las tropas francesas. A don Juan le prometía cuatro millones de libras para su bolsillo, si remataba el negocio; proposición que don Juan, insobornable por dinero, rechazó.

Mientras se andaba en tales regateos, la guerra continuaba, y con poca fortuna para España, que perdió, en Flandes, Saint Ghislain, Gante e Iprés, y en la Península, la plaza de Puigcerdá. Los holandeses, abandonando a España, firmaron la paz con Luis XIV (11 agosto 1678); y a los plenipotenciarios españoles, don Pedro Ronquillo y el marqués de los Balbases, no les quedó otro remedio que adherirse (17 septiembre 1678). Carlos II perdió en Nimega el Franco Condado y las plazas flamencas de Valenciennes, Bouchain, Condé, Aire, Saint Omer, Iprés, Warwik y Cassel, pero recobró Charleroi, Oudenarde, Gante, Saint-Ghislain y otras de Flandes, además de Puigcerdá. El vencedor pareció magnánimo, pero el tratado fue realmente desgraciado.

La actuación interior de don Juan tampoco correspondió a las esperanzas que en él se habían puesto. Sus primeros actos los inspiró la venganza. Desde Hita había enviado a El Escorial, para que detuviesen a Valenzuela, a don Antonio de Toledo, primogénito del duque de Alba, y a don Juan Carlos Pérez de Guzmán, con 500 soldados a caballo. Los jóvenes aristócratas, después de ruidosos incidentes, prendieron al valido (22 enero 1677), al que la jurisdicción eclesiástica desterró al fuerte de Cavite (Filipinas, Luzón). Al almirante le relegó don Juan a sus Estados de Medina de Rioseco. El bufón Alvarado, correveidile de doña Mariana, fue desterrado de la corte; los soldados de lachambergafueron enviados a Sicilia, y en sus jefes, como en otros partidarios de Valenzuela, se cebó el rencor del triunfador.

Apenas llegado al Retiro don Juan, solicitó audiencia de la reina madre, y esta vez le fue concedida; pero el bastardo desairó a su eterna enemiga, no acudiendo, y arrancó a don Carlos la orden de que su madre se retirase a Toledo (17 febrero 1677). El rey y su hermano y ministros volvieron entonces al Alcázar, instalándose don Juan en las habitaciones del príncipe (7 marzo).

Se reconoce, en justicia, que, mientras duró el gobierno de don Juan, la corte se hizo más seria y que cesó el negocio de los empleos, que se conferían por motivos inconfesables. La situación exterior también mejoró algo, pues Luis XIV, ante el crecimiento de la francofobia en Inglaterra, ordenó la evacuación de Sicilia para concentrar sus fuerzas en Francia.

Tres años duraba el gobierno de don Juan. La desgraciada paz de Nimega le hacía perder influencia en el ánimo de su versátil rey y hermano, a la vez que la carestía de las subsistencias enfriaba la popularidad con que llegara al poder. El venir detrás del inepto Valenzuela y la muerte prematura le salvaron de un fracaso más ruidoso. Murió, en efecto, don Juan José de Austria el 17 de septiembre de 1679, decimocuarto aniversario del fallecimiento de su padre. El mismo día del entierro (20 septiembre) anunció Carlos II a su madre que iría a verla a Toledo. En la entrevista se convino la instalación definitiva de la reina madre en Madrid, donde entró con todo aparato el 28 de septiembre, quedándose a vivir en el Retiro. El duque de Medinaceli fue el sucesor de don Juan en el cargo de primer ministro.

Don Juan José de Austria no se casó, pero dejó varias hijas. El padre Flórez (Reinas católicas) menciona tres: Margarita de Austria, que profesó en las Descalzas Reales de Madrid, en 1666, con el nombre de Margarita de la Cruz, tenía entonces dieciséis años y, desde los seis, vivía en el convento. Ana María Juana Ambrosia Vicenta, que ingresó a los nueve años en el convento de las Agustinas, de Madrigal, y en él murió en 1705, a la edad de cuarenta y dos años, después de haber sido varias veces priora. Y, por último, Catalina, religiosa en Bruselas, donde murió en 1714, a la edad de cincuenta y tres años.

AGUADO BLEYE, Pedro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 580-585.