Nubeluz

Conde de Floridablanca

El Conde de Floridablanca, por Pompeo Batoni, ca. 1776, El Conde de Floridablanca, por Pompeo Batoni, ca. 1776,

MONINO, José (1728-1808) [Murcia-Sevilla). Estudió Leyes en la Universidad de Salamanca, distinguiéndose pronto como abogado, y como tal se encargó de algunos asuntos que le encomendó el ministro Esquilache. Gracias a la habilidad con que supo resolver las misiones a su cargo, Carlos III le nombró fiscal del Consejo de Castilla. En su nuevo puesto tuvo que aclarar el origen de unos disturbios en Cuenca (1767), donde fueron saqueados algunos bienes eclesiásticos y lesionados varios sacerdotes en su dignidad y persona. El dictamen emitido por Moñino en aquella ocasión puso de manifiesto su simpatía por el regalismo, como ocurría con tantos otros consejeros de Carlos III. Cooperó a la redacción de la Pragmática de 2-IV-1767 sobre la expulsión de los jesuitas. Vacante la embajada en Roma, Carlos III, en carta a Tanucci (24-IV-1772), da las razones que le inducen a nombrar a Moniño: buen regalista, prudente y de buen modo y trato; pero firme al mismo tiempo y muy persuadido de la necesidad de la extinción de los jesuitas, pues, como todo ha pasado por sus manos, ha visto cuán perjudiciales son y cuán indispensable es que se haga, y así creo que se desempeñará bien en su misión. En premio a sus gestiones, que culminan en confiársele la redacción de la bula o Breve de extinción de la Compañía de Jesús (1773), Carlos III le creó conde de Floridablanca.

Hombre indudablemente dotado para la administración, apoyado por Campomanes, Aranda, Roda, Múzquiz y otros, en 1777 sucedió a Grimaldi en el Consejo del monarca. Su labor fue fecunda a partir de esta fecha: mejoró las relaciones de España con Portugal, asegurando la soberanía española en la colonia del Sacramento y adquiriendo las islas de Fernando Poo y Annobón (1778). Como otros ministros del siglo XVIII, prestó atención especial al aumento de la marina, fomentando además las obras públicas con nuevos caminos y la agricultura con la construcción de canales de riego. A su apoyo especial se debieron la creación del Banco de San Carlos y de la Compañía de Filipinas.

A pesar de tan eficaz labor, fue dibujándose la oposición contra la política de Floridablanca, que chocaba con el partido llamado aragonés y que dirigía su antiguo amigo Aranda. Se difundieron sátiras contra Moñino, hombre ilustrado pero no ajeno a los procedimientos despóticos, y el ministro quiso dimitir, a cuyo efecto presentó al rey un célebre memorial, que es el resumen de su vasta labor de gobierno. Carlos III no aceptó la retirada de Floridablanca, e incluso recomendó a su hijo que siempre conservara a su lado a tan eficaz consejero. Muerto Carlos III, empezaron las intrigas contra Floridablanca, a pesar de que este se había sometido a la voluntad de la nueva reina, María Luisa de Parma. En 1789 se vio envuelto en acusaciones de robo, lo que decidió al ministro a reiterar su dimisión. Solo consiguió que se le relevara de alguna secretaría, reduciendo su trabajo.

En política internacional no pudo evitar la intervención de España en la guerra de independencia de los Estados Unidos, pero mostró a la faz de Europa impensadas y respetables fuerzas, y supo sostener entre las demás la dignidad de la nación, Toreno, II, 110.Floridablanca fue quien concedió el primer empréstito a Norteamérica, que había enviado a España al embajador Lee.

Durante el reinado de Carlos IV intervino activamente en los problemas que creaba a España la Revolución francesa; prohibió la entrada de libros franceses (1791), pero vaciló en cumplir el deseo de Carlos IV, partidario de salvar a todo trance a Luis XVI, aunque su política se distinguió por una abierta hostilidad a la Revolución, por lo que un curandero francés (Juan Pablo Pairet) había atentado ya contra su vida (julio de 1790). En 1792, debido a maquinaciones de Aranda y de Godoy, favorito de la reina, Floridablanca fue exonerado de todos sus cargos y encerrado en la ciudadela de Pamplona. Se le siguió proceso por defraudación al Estado, cuando se hallaba en el poder el conde de Aranda, aunque al ser eliminado el aragonés, Floridablanca fue absuelto y pudo disfrutar de todos sus antiguos honores, si bien solo simbólicamente.

Después de esta rehabilitación, Floridablanca permaneció alejado de la vida pública durante la privanza de Godoy y solo reapareció, ya más como figura decorativa, en la crisis de 1808, para hacer frente a la invasión francesa. Elegido presidente de la Junta Suprema Central, se trasladó a Madrid y más tarde a Sevilla, y en esta ciudad le sobrevino la muerte. Como por su cargo tenía tratamiento de alteza, fue sepultado con honores de infante, reposando sus restos debajo de la urna que contiene los del rey San Fernando.

VILLA, Justa de la, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 1121-1122.