Espartero

Datos biográficos

Regente del Reino de España: 1840-1843
Nacimiento: 1793
Fallecimiento: 1879

Biografía

Don Baldomero Espartero, duque de la Victoria, duque de Morella, príncipe de Vergara, conde de Luchana, caballero del Toisón de Oro, etc., murió en 1879 en su retiro de Logroño, a los ochenta y siete años de edad. Agobiado de títulos, cruces y honores pasó este español, el que más cerca anduvo de ser el héroe de la revolución liberal.

Baldomero EsparteroBaldomero Espartero por José Casado de Alisal

Oriundo de la bucólica Mancha, Espartero nació entre mulas contumaces —su padre era un carretero con ocho hijos— y en el seno del genuino pueblo de la Castilla de trajinantes, en el Campo de Calatrava. A los quince años formaba ya en un batallón de estudiantes que guerreaba contra los franceses de Bonaparte. Desafiando la voluntad paterna, se negó a abrazar la profesión eclesiástica, y optó por la militar. La guerra de la Independencia le confirmó soldado. Peleó luego en América a las órdenes de Morillo. Allá pasó ocho años durante los que recibió innumerables heridas. El desastroso fin para nuestras armas de la batalla de Ayacucho cortó su carrera en el Nuevo Mundo, del que regresó con muy alta graduación. La rendición en Ayacucho empañó un tanto en España el prestigio militar de Espartero y sus hombres, que recibieron el sobrenombre de ayacuchos con timbre peyorativo.

A la muerte de Fernando VII, don Baldomero se presentó en la escena política como uno de los campeones de la causa de Isabel II, y en la guerra carlista fue digno adversario de los fanáticos capitanes del pretendiente. Espartero se movía en las barrancas del Norte con la agilidad de un Zumalacárregui. En el vencimiento militar del carlismo, el duque de la Victoria tomó parte decisiva. Nadie entendía, del lado de la reina, la táctica militar del momento como él. Sellada la paz de Vergara, fue el pacificador de España y el hombre más popular del la nación.

En América y en España había tenido sobrada coyuntura de darse a conocer. No era hombre enigmático, de repliegues psicológicos. Sus dos virtudes militares consistían en un insuperable valor personal y en un cariño por el soldado raso que ningún militar español igualó. A imitación de los generales romanos, repartía a voleo las prebendas entre sus parciales, pero en cuanto a su moral personal tenía ganada fama de incorruptible. Le sobraba ambición, que sin ella no hubiera llegado a donde llegó.

Ascendió a cimas con que el hijo del aldeano no podía soñar. Fue, en realidad, rey de los españoles por virtud de su regencia, y pudo serlo, quizás, si hubiera querido, en 1869, cuando Serrano le ofreció la jefatura del Estado en una nación sin monarca y sin republicanos. Espartero era un campesino castellano, con el rostro, las maneras y la terquedad de un labrador manchego. Toda su vida fue lo mismo. Ni su portentosa carrera, de la pluralidad de investiduras, ni su paso por los salones y las cámaras grabaron el menor rasguño en su carácter. En los salones y en el parlamento, el duque de la Victoria se perdía. Dentro de los uniformes más vistosos, posando sobre las alfombras más ricas, sentado de hecho en el trono de España, era un aldeano a quien el destino le había jugado la treta de improvisarlo estadista.

Hombre del pueblo y soldado, amaba al pueblo y a la milicia sobre todas las cosas. Tenía un pronto ejecutivo y a las veces inexorable, y en tales momentos ejecutaba a media docena de hombres, bombardeaba Barcelona o hacía cualquier otro disparate de barbarote. Pero de todos los generales de la ocasión, el hijo del carretero era el de temple más noble.

Narváez era rencoroso, un andaluz con el alma de hielo. O´Donnell, desleal. Serrano, oportunista, un hombre sin principios. Don Baldomero no conocía el rencor. En una sociedad como la isabelina, de petimetres atildados, de generales lindos y de ambiciones complicadas, Espartero era el desorden en el vestir, la llaneza ruda en los modales y la rectitud en el propósito. Se equivocaba porque se tenía que equivocar, porque era un labrador contumaz y un general de fortuna, no un gobernante. A su caso puede aplicarse lo que se dijo de Mario.

El primer hombre de España y, sin embargo, un novicio en política.

El vencedor de Zumalacárregui, era vencido por su ex protegido, O´Donnell, mílite mediocre, pero astuto político. Y por Narváez, inferior a O´Donnell en la política, pero, desde luego, superior a Espartero en los salones y en los consejos de ministros. Al lado de don Baldomero, O´Donnell era un Fernando el Católico en maquiavelismo.

Espartero entra en la política por inercia, porque le arrastran a ella los acontecimientos, y cuando llega al poder se muestra irresoluto y confundido. Ningún otro general español fue jamás, por razones políticas, más popular que él. El pueblo, sobre todo el pueblo de Madrid, estuvo siempre a su lado. En su fuero íntimo, Espartero fue siempre fiel a los humildes, entre los cuales nació, humilde como el que más, en el pueblecito de Granátula, cuando en Francia iba a caer la cabeza de Luis XVI.

Don Baldomero no acertó, en el supuesto de que se lo propusiera, a encauzar la revolución liberal. La situación política que presidió o sostuvo de 1839 a 1843 se resintió de la desorientación general. A nadie dio completa satisfacción, y los que se llamaban amigos del regente, como sus enemigos pudieron maniobrar a placer en los cuarteles, en la Cámaras y en los mentideros. Fue el ensayo de gobierno de un hombre bien intencionado, pero incapaz de conservar, y menos de fundar, un movimiento político.

No supo hacer de si inigualada popularidad el instrumento ejecutivo de un sistema que le consagrara como jefe indiscutido de la revolución y creara el relativo equilibrio que faltaba a la sociedad española para organizarse en un régimen de convivencia. Nadie, hasta entonces, había gozado como Espartero la doble confianza casi ilimitada del pueblo y del ejército. Pero el poder se el escapó de las manos.

Richard Ford, que recorrió España en aquellos años, vio claramente la causa del fracaso de Espartero: Personalmente valeroso y honesto, su gran error fue el afán de gobernar de acuerdo con la Constitución, un trabajo en que habría fracasado hasta el mismísimo Hércules.Handbook. II. p. 860.

En la última gran oportunidad para las reformas, en el bienio de 1854-1856, la gran cabeza enciclopédica de don Pascual Madoz preparaba en el ministerio de Hacienda reformas mejor orientadas que las de Mendizábal. Mas la reacción, suelta, se servía de la plebe para alborotar a la nación, o intrigaba en Palacio. Conflictos dentro del gobierno parlamentario, ruptura con el Vaticano, las guardias pretorianas de los demás generales, impacientes por participar en el botín. Tal era la situación. Y al frente del gobierno, por última vez, el libertador de Bilbao, pendiente de un parlamento de abogados e intrigantes.

No reunía el conde de Luchana condiciones de estadista, y además, nunca mostró gran afán de conservar el poder, que los triunfos militares y una confusa ambición personal, pusieron a su alcance. Tras Espartero, el vencedor de los cimbrios carlistas, vino O´Donnell, y el carlismo, derrotado en los campos de batalla, comenzó a gobernar, como en seguida veremos. A pesar de todo, el pueblo vio en la caída de Espartero su propia derrota.

Como correspondía a un hombre cuyo genio más íntimo está en colisión con la política, el duque de la Victoria se apartó a su rincón de Logroño para no abandonarlo ya. Aquellas encrucijadas no eran para él, que seguramente prefería tratar con Cabrera: con tigres mejor que con zorros.

Se había reproducido en la historia de España el infalible fenómeno de las guerras civiles ganadas por la democracia. Espartero volvió del Norte con la aureola de héroe popular, del héroe cuyo destino no puede detenerse en la victoria militar y lo arrastra al centro del vórtice nacional para que ponga orden y guíe. Pero carecía Espartero, para ser el héroe cabal, de aquello que un César, un Cromwell, un Napoleón tuvieron en abundancia: dotes de hombre de Estado superiores a las de soldado. Y al fallar el pacificador de España en la política, la revolución liberal —esa mezquina revolución, que dijo Larra—, que con él había alcanzado su punto más alto, inicia su proceso descendiente, está vencida.

RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 231-235.