Baldomero EsparteroBaldomero Espartero por José Casado de Alisal

BALDOMERO ESPARTERO, regente del Reino de España (1793-1879; 1840-1843 ). Granátula (Ciudad Real)-Logroño). El último de los hijos de Joaquín Fernández Espartero, carretero de un pueblo de la Mancha, y de Josefa Álvarez (el primitivo nombre del famoso general fue Joaquín Baldomero Fernández Álvarez Espartero, que él convirtió después en Baldomero Espartero), había sido destinado por su padre a la carrera eclesiástica y llegó a cursar los primeros estudios en el seminario de Almagro. En 1808, al iniciarse la guerra de la Independencia, el mozo de quince años abandonó el seminario y tomó las armas, batiéndose en diversas acciones, hasta la crisis de 1810, año en que el ejército español se vio reducido a la isla de León. En ella funcionaba el Colegio de Ingenieros, y Espartero siguió estudios en ese centro, hasta que salió, en 1811, con el grado de subteniente. Siguió prestando servicios, sin embargo, en unidades de infantería. Después de vencidos los franceses, quedó de guarnición en Valladolid, y en 1815 embarca para América, a las órdenes de Morillo.

Hasta 1824 lucha Espartero en América, a parte en diversos hechos de armas contra los independientes americanos; combate a las órdenes de Pezuela y La Serna, general que acusaba grandes simpatías por las ideas liberales. Estas también empezaron a prender en Espartero, que dedicó versos a la Constitución de 1812 e intentó proclamarla en el Perú. En mayo de 1824 el virrey del Perú le envió con una misión a Madrid. No estuvo presente en Ayacucho, pues el mismo día en que se libró la decisiva batalla que acabó con el dominio español en el continente americano, Espartero embarcaba en Burdeos, según unos apuntes autobiográficos citados por Romanones Espartero, el general del pueblo, Madrid, 1932, para regresar de nuevo a América, donde sufrió prisión y estuvo a punto de ser fusilado.

Sin embargo, por su amistad con La Serna, se vulgarizó el nombre de ayacuchos aplicado a los amigos de Espartero y, en general, a los progresistas.

Regresó Espartero de América corridos los treinta y dos años; la edad de oro en el hombre. ¡Qué mejor momento para trazar su retrato! De estatura mediana, por el conjunto y proporciones de su cuerpo no daba la impresión de su pequeñez; a caballo, por el desarrollo del tórax y la gallarda colocación de la cabeza, resultaba un buen mozo. Los ojos, claros, la mirada fría, dura y vaga; las facciones, correctas; la cabellera, abundante, peinada en rematado copete, según el gusto de la época; el rostro, encuadrado en recortadas patillas; el bigote, no largo, rematado en una perilla de forma tan característica y personal, que se impuso con el nombre de Luchana, en recuerdo de quien por primera vez la luciera» Romanones; Espartero, el general del pueblo, Madrid, 1932, pág. 39 y s.

De regreso de América el coronel Espartero es enviado de cuartel a Pamplona (1825), donde conoce a su futura esposa, María Jacinta Martínez de Sicilia, hija de un rico propietario de Logroño; destinado después a esta plaza, contrae matrimonio (1827) y pasa a Barcelona, y más tarde a Palma de Mallorca. Allí le sorprendió la muerte de Fernando VII, origen inmediato de la primera guerra carlista, en la que Espartero iba a jugar un papel decisivo.

Había llegado, con la primera guerra civil, la gran oportunidad, militar y política, para Espartero. De convicción liberal, adicto a la Reina Gobernadora, se incorporó con el máximo entusiasmo a las filas que combatían a los carlistas, y su mérito castrense empezó a ser reconocido a lo largo de los años 1833-35. Se sucedieron los ascensos, hasta que, después del motín de sargentos de La Granja y la subsiguiente subida al poder de los liberales, Fernández de Córdoba fue relevado en el mando del ejército del Norte por Espartero, que es nombrado general en jefe. Dirigiendo las operaciones para levantar el sitio de Bilbao, Espartero obtuvo la decisiva victoria de Luchana, por lo que la reina le concedió el condado del lugar de la batalla.

Esta acción, gracias a cuyo éxito pudo restablecerse la comunicación con la capital vizcaína, fue la que abrió a Espartero el camino de la política. Sin embargo, desde diciembre de 1836 al convenio de Vergara, aún había que recorrer un largo trecho no exento de vicisitudes. Espartero tuvo que defender incluso Madrid (1837) de la amenaza carlista; pero no tardó en cundir el desconcierto entre las fuerzas del pretendiente, y el conde de Luchana fomentó hábilmente la disensión entre los mandos de don Carlos, atrayéndose a Maroto, con quien entabló conversaciones de paz que culminaron en el abrazo de Vergara (31-VIII-1839).

Por este triunfo militar y político recibió el título de duque de la Victoria. Procedió el general después a la pacificación del Maestrazgo, derrotando a Cabrera (mayo 1840), y a partir de este momento, su fuerza, su prestigio y su popularidad los quiere emplear en servicio de sus ideales progresistas; fomenta la hostilidad contra la reina regente María Cristina e impone un Gabinete afín a sus ideas. La Reina Gobernadora nombra a Espartero presidente del Consejo de Ministros, pero se niega a aprobar el programa que propugna el general. Este la obligó a abdicar de su cargo de regente (12-X-1840), y las Cortes nombran, para desempeñar esta misma función a Espartero (10-V-1841), que ejercerá la regencia hasta 1843. Espartero, en su larga experiencia de la guerra, había adquirido cabal conocimiento de los valores militares; pero, al llegar al campo de la política, su ignorancia acerca de los hombres civiles era completa, afirma el conde de Romanones.

El duque de la Victoria, convertido en regente de España en virtud de una revolución apoyada por los más destacados progresistas, no supo aprovechar la coyuntura para dotar a su período de mando de una legitimidad reconocida por todos los sectores. Mal asistido por un hombre egoísta, como Linage, jefe de su Estado Mayor y secretario, comenzaron a apartarse de su lado personalidades que le habían ayudado para alcanzar tan alto puesto, y solo siguieron prestándole todo su apoyo los milicianos nacionales. Por otra parte, los elementos moderados y afectos a María Cristina, no tardaron en preparar conspiraciones: en septiembre de 1841, O'Donnell y Diego de León pretenden asaltar Palacio para raptar a la reina Isabel II; la represión fue dura, con el fusilamiento de Diego de León, cuya muerte restó también simpatías al regente, que reprimió movimientos del mismo matiz en otros puntos de la Península.

Una revuelta republicana (diciembre 1842) en Barcelona fue sofocada con idéntica dureza. Los elementos adictos del duque de la Victoria disminuían hasta el punto de que en mayo de 1843 se vio obligado a disolver las Cortes, Este acto precipitó los acontecimientos; se pronunciaron varias unidades, y la rebelión antiesparterista, fraguada por Narváez y Serrano, acabó por triunfar el 23 de julio. Siete días después partía Espartero desde el puerto de Santa María rumbo a Inglaterra; en 1849 regresa a España y se retira a Logroño.

Reaparece en la política española a raíz de la revolución de 1854, unido a O'Donnell, con quien comparte el gobierno durante el bienio progresista. Después, Espartero se retira de la política y se convierte, ante los acontecimientos que se suceden, en elemento pasivo desde su retiro de Logroño. Conoce el destronamiento de la reina, a la que él, treinta años antes, había afirmado en el trono; recibe la carta de Prim, en que le propone —caso de que las Cortes le otorguen sus votos— ocupar el trono de España (ofrecimiento que rechaza el duque de la Victoria, aunque obtiene ocho votos para ser rey); recibe la visita del monarca que ha sido elegido por las Cortes: Amadeo de Saboya, que le concede el título de príncipe de Vergara, con tratamiento de alteza real; se proclama la República, y el Gobierno le comunica su implantación y le anuncia que respetará todos sus títulos e incluso el tratamiento de alteza; al producirse el pronunciamiento de Sagunto, también es informado Espartero, y el rey Alfonso XII, al volver de las victoriosas operaciones del Norte, que cancelan al fin el largo pleito dinástico, pasa por Logroño para visitar al anciano militar. Así, la vida de Espartero es una síntesis de gloria y fracaso, un exponente característico del militar del siglo XIX español: arrojo en el campo de batalla, que no se ve compensado por un talento equivalente para el ejercicio de poder político.

BLEIBERG, Germán, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, págs. 1311-1313.