Juan de Escobedo

Juan de Escobedo.La obra representa el asesinato en Madrid de Juan de Escobedo (1530-1578), que fue el secretario personal de Don Juan de Austria.

ESCOBEDO, Juan de (1530-1578) [Colindres Madrid]. El secretario de don Juan de Austria, Juan de Escobedo, fue muy joven a la corte y trabajó al lado del príncipe de Éboli, de cuyo testamento fue testigo, lo mismo que Antonio Pérez. Felipe II, en consideración a la estima en que Éboli le tenía, nombró a Escobedo alcaide del castillo de San Felipe y Casas Reales de Santander. Esto dio a Escobedo gran importancia en la Montaña, donde tenía parientes y amigos. Escobedo construyó un baluarte en el castillo de San Felipe y pidió que se fortificase también la peña de Mogro. Antonio Pérez aconsejó al rey que el Mogro se fortificase, pero que se confiara la fortaleza a persona que nada tuviera que ver con Escobedo, empezando así a sembrar la desconfianza en el ánimo del receloso monarca. En casa de Éboli se habían conocido y tratado Escobedo y Pérez. Aparentaban amistad, pero esta no podía existir entre hombres tan distintos. Pérez tenía a Escobedo por listo, pero también por atrabiliario; por eso le llamaba el Verdinegro.

Don Juan de Austria había tenido por secretario a Juan de Soto. Lo eligió Éboli para que fuese también espía de Felipe II cerca de su hermano, de quien siempre el rey estuvo receloso. Como espía, Soto no daba satisfacción al monarca y Antonio Pérez propuso como sustituto a Escobedo. Como todas, esta propuesta de Pérez fue aceptada por el rey y por don Juan, que quería tener de su parte al poderoso secretario del rey. Desde entonces, Antonio Pérez fue un perfecto espía doble: descubría a Felipe II los pensamientos y deseos que le confiaba don Juan de Austria o su secretario Escobedo, y a estos lo que el rey maquinaba o pensaba de ellos. En realidad, Pérez hablaba al rey y a don Juan de Austria como si fueran niños o retrasados mentales G. Marañón, Antonio Pérez, I, 282. De otro modo no se comprende que intentara hacer creer al rey y que este lo creyera, que Escobedo había conseguido dinero para fortificar la peña de Mogro, a la entrada de la bahía de Santander, y utilizar esta para el desembarco de las tropas de don Juan.

No se sabe cuántas eran las pretensiones de Escobedo. Una, la de ennoblecerse, que entonces era también enriquecerse, es indudable, y don Juan le apoyaba en esta pretensión. Pero Antonio Pérez acabó por convencer a Felipe II de que su hermano don Juan, sugestionado por Escobedo, había llegado a desvaríos rayanos las deslealtad. Era, de consiguiente, necesario eliminar a Escobedo. Felipe II lo aprobó y encargó a Antonio Pérez de hacerlo por medios secretos que estimase conducentes al fin.

Pero no era al rey, sino a Antonio Pérez a quien Escobedo estorbaba, y esto por dos razones. Antonio Pérez había revelado secretos de Estado a los rebeldes de Flandes, y al mismo Escobedo había escrito cosas que tenía el deber de callar. Por temor a que Escobedo revelase al rey estas traiciones le convenía deshacerse de él, y no porque pudiera descubrir unas relaciones amorosas extinguidas ya, si alguna vez existieron.

Los dos, Pérez y Escobedo, intrigaban atentos a su provecho material; los dos se descubrían secretos y se engañaban recíprocamente. En julio de 1576 Escobedo había estado en España y había expuesto a Felipe II las pretensiones de don Juan, que eran, en suma, el tratamiento de infante y armas y hombres para hacer la expedición contra Inglaterra. Las dilaciones del rey y la necesidad de soluciones inmediatas determinaron otro viaje de Escobedo a Madrid en junio de 1577. Se esperaba la ruptura de la efímera paz de Flandes. Don Juan deseaba la guerra y quería que su hermano le autorizase para hacerla de veras.

La habitual lentitud del rey dejaba a Escobedo tiempo para hacer algunas averiguaciones que le interesaban mucho; por ejemplo, cuál era la verdadera situación suya y de don Juan de Austria en el ánimo del rey, y qué papel jugaba en ello Pérez, del que fundamentalmente desconfiaba. Entre los dos secretarios se entabló un verdadero duelo de intrigas. Escobedo se afanaba buscando pruebas de la doblez de Antonio Pérez, para presentarlas a Felipe II. Y lo que halló fue verdaderamente grave. Pérez y la princesa de Éboli habían montado una oficina de negocios fructuosa a costa de los secretos de Estado, y de los provechos habían excluido a Escobedo. El áspero y codicioso montañés no podía sufrir esa eliminación, por parte de personas que creía le estaban obligadas, y amenazaba con hacérselo saber todo al rey. Antonio Pérez y a princesa, aterrados, decidieron suprimir Escobedo, tomando al rey por instrumento de esa eliminación, cosa no difícil, porque es Escobedo, con sus incontinencias de lenguaje, tenía al rey enfadado y ofendido.

Felipe II, convencido por Pérez de que las actividades de don Juan de Austria eran peligrosas para el Estado y de que el ángel malo de don Juan era Escobedo, autorizó la muerte de este a propuesta de Pérez y en presencia del marqués de los Vélez, accedió a que se le matara por la técnica del bocado, esto es, del veneno (enero de 1578), y delegó en su secretario la ejecución de la tenebrosa intriga, con el mayor tiento posible, para que don Juan de Austria no pudiera sospechar la verdadera causa y pensara que la muerte venía de alguna venganza particular.

Se repitieron, muy seguidas, tres tentativas ineficaces de envenenamiento: la primera en la Casilla, lujosa residencia de Pérez, en una cena: la segunda, cuatro días después, a mediados de febrero, en otra residencia de Pérez, la llamada Casa del Cordón, y la tercera en la propia casa de Escobedo, con la complicidad de su cocinero. Esta vez el intento de envenenamiento se descubrió, y una mujer pagó en la horca un crimen en que no había tenido ninguna participación.

Después de estos fracasos, Antonio Pérez decidió eliminar a Escobedo al arma blanca. Para ello llamó a Madrid a su antiguo mayordomo, Juan de Mesa, que vivía retirado en Bubierca (Aragón), el cual se puso de acuerdo con otros criados de Pérez, como el nuevo mayordomo Diego Martínez, Antonio Enríquez, al que llamaban el Ángel Custodio, porque solía dar escolta a su amo, Juan Rubio, llamado el Pícaro y Miguel Bosque, todos aragoneses, y un catalán, llamado Insausti. Después de no pocos cabildeos, se optó por la espada, arma más segura que la ballesta catalana o el pistolete, y se encomendó la ejecución a Insausti. Se convino en que los tres más bragados, Rubio, Bosque y el propio Insausti, con espadas en vaina de tafetán, rondarían la casa de Escobedo, espiando la ocasión oportuna de atacarle, mientras los otros tres, armados de dagas y pistoletes, esperarían el resultado en la plaza de San Juan.

Antonio Pérez preparó su coartada marchando a Alcalá, con el pretexto de la Semana Santa, en compañía de su familia y llevando como invitado a Gaspar de Robles, amigo de don Juan de Austria, acabado de llegar de Flandes. El lunes de Pascua, 31 de marzo, pasó la tarde Escobedo en la casa de la princesa de Éboli. Al anochecer, salió de ella y se dirigió, según su costumbre, a la casa de Brianda de Guzmán, su presunta amante. De aquí salió a las nueve y, a caballo y precedido de antorchas, marchaba pensativo a su propia casa. Al atravesar la callejuela del Camarín de Nuestra Señora de la Almudena, que daba paso desde la calle Mayor hasta las casas de Éboli y de Escobedo, muy cerca ya de estas, junto a los muros de la iglesia de Santa María, aprovechando sin duda un momento de soledad, atacaron al grupo y a favor de la confusión, Insausti, como un rayo, atravesó a Escobedo con su espada, de parte a parte, derribándole de la cabalgadura. Subieron el cuerpo a la casa vecina, acudieron los médicos; pero el golpe, de maestro, había sido mortal. No tuvo tiempo ni para confesarse. Los criminales huyeron todos a Aragón, donde encontraron protección en el duque de Villahermosa y otros amigos de Pérez.

Como el lugar en que cayó herido Escobedo estaba tan próximo a la casa de Éboli, los murmuradores acusaron de complicidad a la princesa. Estaba sin duda complicada en esa muerte, preparada por Pérez, de acuerdo con Felipe II, pero no por los motivos que los murmuradores imaginaban.

AGUADO BLEYE, Pedro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, págs. 1286-1287.