Cánovas del Castillo

Datos biográficos

Político e historiador
Nacimiento: 1828
Fallecimiento: 1897

Biografía

Aunque orientado por su padre, don Antonio Cánovas y García, maestro de escuela, hacia el estudio de las ciencias exactas, pronto se manifiesta en el joven Antonio la inclinación por las letras; estudia el Bachillerato, funda un semanario de vida efímera La Joven Málaga, expresión del entusiasmo adolescente: la faceta literaria es la primera en manifestarse en Cánovas, que al quedar huérfano de padre (1843) piensa en trasladarse a Madrid bajo la protección de Serafín Estébanez Calderón, El Solitario, quien accede a recibir en la villa y corte (1845) al escritor en ciernes, cumpliendo los deseos de la madre de Cánovas, que era prima de Estébanez.

Cánovas del CastilloCánovas del Castillo

Compaginando el destino que le buscó su pariente —un empleo en las oficinas del ferrocarril en construcción Madrid-Aranjuez (8.000 reales de sueldo)—, prosigue sus estudios, ya en la Universidad, licenciándose en Derecho (1851). No tardó en adquirir nombre como escritor, en la redacción de La Patria (1849), que dirigía Joaquín Francisco Pacheco; poco después aparecía su novela histórica La Campana de Huesca (1852). Si este género delataba ya una afición evidente a la Historia, vino a confirmarla su obra siguiente: Historia de la decadencia de España desde el advenimiento al trono de Felipe III hasta Carlos II, algunas de cuyas ideas fueron rectificadas en sus posteriores Estudios del reinado de Felipe V. A estas actividades de historiador puede agregarse, por ahora, el curso que dio en el Ateneo de Madrid (1853-54).

Simultáneas a estas tareas —y que en cierto modo estaban en función de una vocación política bien definida—, eran sus actividades de hombre público. No era nada sorprendente que, en la pugna entre moderados y progresistas, Cánovas eligiera la fórmula conciliadora —a que luego daría alguna consistencia la Unión Liberal—, si bien con un sello marcadamente conservador. Su amistad con Pacheco, jefe de los puritanos, que le llevó a la redacción de La Patria, como ya se ha dicho, determina en el Cánovas recién adentrado en el ambiente de la política, el ideal de toda su vida: no se comprometerá, de hecho, en ninguna de las diversas situaciones que habrían de sucederse con anterioridad a la Restauración, a cuya implantación puede entregarse con toda su habilidad y energía por haber estado a igual distancia de moderados de tendencia autoritaria y de revolucionarios como los de septiembre de 1868 o de la República del 73.

En los preparativos que precedieron a la revolución de 1854, O´Donnell tuvo en él al hombre de confianza; participó en las de liberaciones de los generales, no siendo partidario de hacer demasiadas concesiones a los progresistas, como pretendían y lograron O´Donnell y Dulce (restablecimiento de la Milicia Nacional, institución nada simpática a Cánovas; a instancias de Serrano, Canovas redactó el Manifiesto de Manzanares, que tuvo como resultado la revolución que implanta el bienio progresista; pero lejos de mezclarse en las consecuencias políticas de su actividad de conspirador, se limita a ser diputado por Málaga en las constituyentes de 1854-56 —en las que brilla por su oratoria— y a desempeñar gestiones diplomáticas en Roma, cerca de la Santa Sede, con el cargo de Agente de Preces.

Fruto histórico literario de su estancia en Roma fueron sus estudios Asalto y saco de los españoles (que refirió en carta erudita a su tío Estébanez) y El barcho o Campo de Pavía (de que dio cuenta en otra carta dirigida al marqués del Duero); se valió para su investigación de documentos de los archivos italianos. Gobernador Civil de Cádiz, por nombramiento del Gabinete Armero, al subir nuevamente al poder O´Donnell, Cánovas fue director general de Administración Local (1858), y el mismo año pasó a desempeñar la subsecretaria de Gobernación.

Ya entregado a la política, bajo el patrón de la Unión Liberal, no abandonaba Cánovas sus estudios históricos; escribió por aquella época unos Apuntes sobre la historia de Marruecos y los estudios sobre la Batalla de Rocroy y las Relaciones de España y Roma en el siglo XVI, que, aparte de acreditar a la Revista de España, valieron a Cánovas el ingreso en la Academia de la Historia.

De acuerdo con O´Donnell en la política a seguir para la pacificación de Marruecos, después de la guerra de África, disintió de su opinión en la cuestión de México, donde Cánovas no quería seguir la política abandonista preconizada por el jefe del Gobierno, En consecuencia, dimitió sus cargos públicos. La retirada de Cánovas coincide con el retraimiento que se observa en los progresistas, y que preludia, aunque a distancia aún, los acontecimientos del 68. Al subir al poder Mon, en 1864, Cánovas es por primera vez ministro, en el ramo de Gobernación; logró del Congreso y del Senado la aprobación de varias leyes -de incompatibilidades parlamentarias, de imprenta y de reuniones, etcétera, de tendencia liberal; sin embargo, el Gobierno Mon fue derrotado a los seis meses de vida.

En junio de 1865 subió al Poder nuevamente O´Donnell, y Cánovas fue ministro de Ultramar; preparó, desde esta cartera, el camino para reformas políticas y administrativas en las colonias, pero tuvo que abandonar Madrid a los pocos días para acompañar a unos baños del Pirineo a su primera mujer, María de la Concepción Espinosa de los Monteros, fallecida poco después en Madrid.

Al renunciar Alonso Martínez a la cartera de Hacienda, la desempeñó interinamente Cánovas, que fue desterrado a Palencia después de producirse el 22 de junio de 1866 la insurrección de los sargentos de San Gil.

Alejado entonces de la política, casi en voluntario ostracismo, sigue cultivando la historiografía y, después de ingresar en la Academia Española, donde a su discurso sobre La libertad en las artes contesta Valera, Cánovas se sumerge en sus estudios, y la triunfante revolución de 1868 le sorprende en Simancas, entre los legajos que consulta para escribir (1869) su Bosquejo histórico de la Casa de Austria. La activa vida política no le había impedido crear una sólida obra histórica, ni le había sustraído al contacto de contertulios y amigos escritores, pintores, escultores, etc., que encontraban en Cánovas siempre al decidido protector.

La salvación de España la veía Cánovas únicamente en la renovación de la Monarquía. Desacreditada esta por doña Isabel II, Cánovas no defendió a la reina, pero no se sumó tampoco a los revolucionarios. Combatió a estos en sus diversas manifestaciones —reinado de don Amadeo, república— valiéndose de la Prensa, de la tribuna del Ateneo, de la gestión personal, logró en su orientación política dar cauce a la opinión pública que veía la posible salvación de España en una restauración a base de don Alfonso XII. En 1873, Isabel II y don Alfonso, en quien había abdicado su madre, otorgan plenos poderes a Cánovas para dirigir la fuerza monárquica y organizar la restauración.

Opuesto a la acción militar, Cánovas espera la vuelta de la monarquía como fruto natural del ambiente creado por la propaganda y de la decisión de las Cortes, que se propone convocar el duque de la Torre, ya que la inmensa mayoría del país, desencantado la experiencia revolucionaria, vuelve los ojos al príncipe Alfonso. Pero cuando Martínez Campos, impaciente y sobre la base del ejército del Centro, proclama a Alfonso XII rey de España, en Sagunto, Cánovas asume el Poder en virtud de las facultades a él conferidas y de su irrecusable autoridad sobre las fuerzas monárquicas del país.

Así se da por primera vez en la historia de los pronunciamientos el caso de que el Poder sea asumido por un hombre civil, ya que ni Martínez Campos ni general alguno negaron a Cánovas la primacía en la formación del ambiente y en los preparativos todos del movimiento hacia la restauración, que sin los trabajos preliminares de Cánovas, no hubiera triunfado tan rápidamente en Sagunto cf. Melchor Fernández Almagro, Cánovas. su vida y su política, Madrid, 1951, páginas 270 ss. El redactor del manifiesto de Sandhurst —más decisivo que el que redactara en 1854—, pasó algunas horas en formularia detención y constituyó inmediatamente el Gobierno-regencia, confirmado pocos días después por el rey.

Inspirado en las fórmulas liberales y equilibradas de tipo inglés, promulgó la Constitución de 1876, que introducía en España, bajo la monarquía, la tolerancia religiosa, que Cánovas había defendido ya en 1869. Durante el reinado de Alfonso XII procuró pacificar el país, aquietar las pasiones de las guerras carlistas y sofocar la rebelión de Cuba, aun a trueque de algunas ventajas autonomistas para los isleños.

No ignoraba Cánovas que uno de los males derivados de las largas guerras que había sostenido España durante el siglo XIX en la Península y en Ultramar había sido la creación de la clase militar; no quería ver él, político a la europea, a la nación al servicio del militarismo, sino al ejército al servicio de la nación. Por eso infundió a la restauración un espíritu eminentemente civil, parlamentario, legislador.

Fue el primero en comprender que el hombre público se gasta en el Poder, y en consecuencia, no dudó en favorecer la constitución del partido liberal bajo Sagasta, después de frustrada su tentativa de atraer a la monarquía a Ruiz-Zorrilla —que prefería vivir emigrado en París como conspirador republicano—. De esta suerte consiguió establecer una dinámica en la vida pública que cristalizó en el llamado turno de los partidos.

Gobernó Cánovas prácticamente hasta 1881 con dos interpolaciones: Jovellar (1875: preparación de elecciones) y Martínez Campos (1879), que volvía de Cuba con la aureola de la paz del Zanjón. En 1881 fue reemplazado por Sagasta. En 1883 volvió a ocupar la presidencia hasta después de la muerte de don Alfonso XII. Su talla de político internacional salió robustecida anteriormente, al presidir la Conferencia de Madrid (1880) sobre asuntos de Marruecos, y luego al sortear con serenidad la polémica diplomática que hubo de sostener con Bismarck a propósito de las Carolinas (1885); salvó a España de una posible guerra con Alemania, gracias al arbitraje de León XIII.

Al iniciarse la regencia de doña María Cristina, solicitó el apoyo del partido liberal y, concretamente, de Sagasta, en el llamado pacto de El Pardo, para que fuesen los liberales los que dirigiesen los primeros pasos —delicados y comprometidos— de la regente.

En esta ausencia del Poder, Cánovas contrajo segundas nupcias con doña Joaquina de Osma. Antes de volver a ser jefe del Gobierno, fue elegido director de la Academia de la Historia y presidente del Ateneo.

En 1891, Cánovas empezó a preparar la conmemoración del IV Centenario del descubrimiento de América, y él mismo redactó el decreto de las solemnidades: viajes por Andalucía, reuniones en la Rábida, presencia de sabios americanistas de todo el mundo, congresos y publicaciones, etc. Fue entonces cuando Rubén Darío realizó su primer viaje a España, siendo curioso recoger el juicio que Cánovas mereció al poeta: Quien estas líneas traza hale visto y oído ante un sinnúmero de personajes de distintas nacionalidades, con un tacto que revela la frecuencia de la vida cortesana y diplomática, hablar a cada cual de lo que más de cerca le interesaba, sin olvidar nombres, detalles personales, títulos de libros, cuestiones, anécdotas y toda suerte de asuntos. Y el viejo Cánovas, con la firmeza de quien conoce su poder, vibraba, iba y venía tan lleno de una brava y contagiosa juventud cf. Fernández Almagro, ob. cit., pág. 523.

Se produjo después diciembre, 1892 la escisión en la mayoría conservadora, provocada por el antagonismo entre Cánovas y Silvela; este aludió —en el debate sobre las irregularidades financieras del Ayuntamiento de Madrid, que Cánovas quería soslayar— a la necesidad de soportar al jefe; Cánovas acusó el golpe y presentó la dimisión, siendo sustituido nuevamente por Sagasta.

Por el mismo año (1892) empezó a tomar cuerpo el movimiento catalanista en virtud de las Bases de Manresa, y en 1893, ya bajo mando liberal, se mezcló al separatismo catalán el anarquismo con una serie de atentados y surgieron incidentes en Marruecos. La situación exterior estaba sobre todo amenazada por la inminencia de las aspiraciones cubanas y filipinas, y a pesar de los esfuerzos de Cánovas por rehacer lo perdido a lo largo de tres cuartas partes del siglo XIX, los movimientos antillano y filipino surgieron alentados por Estados Unidos, en un momento —1895— en que España estaba lejos aún de una verdadera recuperación.

Llamado Cánovas nuevamente a presidir el Consejo de Ministros, aceptada la dimisión de Martínez Campos de su cargo de capitán general de Cuba, y sustituido por Weyler, ya ninguna medida de las adoptadas por Cánovas podía frenar los acontecimientos, menos comprometedores en Filipinas, adonde había sido enviado Polavieja.

En el interior procedió el Gobierno a hacer un escarmiento en ocho anarquistas, ajusticiados en Montjuich, y empezó a tambalearse el edificio tan cuidadosamente levantado por Cánovas. Contra este se concitaron los odios del anarquismo, en contacto quizá con algunos elementos del separatismo cubano, y durante su estancia en el balneario de Santa Águeda, el 8 de agosto de 1897, el ácrata italiano Miguel Angiolillo, disparó contra él su revólver, ocasionándole la muerte casi instantánea.

Cánovas consagró a la política española medio siglo de incansable actividad: obsesionado por el tema histórico de la decadencia, quiso luchar, con patriotismo, por el renacer de España, dotándola de una monarquía moderna, transaccional. Un papel triste, pero hermoso, me ha correspondido en la historia de mi país, había dicho Cánovas. Y comenta Charles Benoist: El fin de la vida de Cánovas fue ensombrecido, asediado por preocupaciones y pruebas... En el interior, el provincialismo, si no era el federalismo, y tal vez una especie de separatismo, se encubría bajo las paredes, menos nocivas, de un regionalismo económico. La anarquía había encendido en Barcelona uno de sus hogares internacionales más ardientes... en las colonias, Cuba y Filipinas insurrectas, codiciadas, acechadas, trabajadas; peso demasiado pesado, confesaba Cánovas, para el brazo de España, en los dos extremos del mundo.

Y señalando el triunfo de Cánovas, escribe: Lo que no había podido evitar, lo que había habido de triste en su papel político, venía de las fatalidades del pasado, que más que nadie había percibido, de las causas de decadencia que había discernido, y que no habían cesado de obra lo menos desde el siglo XVII, desde el hundimiento de Rocroy. Pero, en suma, la restauración estaba hecha. La monarquía estaba en pie. Tal como la concebía: consustancial con el pueblo español, constitución interna de España; hereditaria, tradicional, tal como la había querido representativa, parlamentaria, moderna Charles Benout, Cánovas del Castillo. La Restauración Renovadora, ed. esp., Madrid, 1931, págs. 307 y ss.

Sin embargo, el esfuerzo de Cánovas, sin mermar sus indudables méritos —que abarcan desde la atalaya de la política las más variadas inquietudes intelectuales (no se olvide su biblioteca de 35.000 volúmenes instalada en La Huerta residencia de sus últimos años)—, no se vio históricamente compensado. Esto explica la reacción de un historiador vinculado al menos generacionalmente, al espíitu del 98, como el duque de Maura Historia crítica del reinado de don Alfonso XIII durante su minoridad. Barcelona, 1919, que no juzga con tanto entusiasmo al prohombre malagueño.

Hay que admitir que lo que en Cánovas hubo de doctrinario, con el fin de restablecer la convivencia nacional sobre base de una Constitución —que él respetó a ultranza aunque no sin astucia legítima, evidentemente, en la vida pública—, aceptado el sufragio universal y una legislación de matiz liberal, después de tres cuartos de siglo de revoluciones y reacciones, en fin, todo lo que sirvió para vitalizar la obra de la restauración, no llegó a sobrevivir como sistema.

Sin embargo, la actualidad de su interés político queda atestiguada por la riqueza bibliográfica en torno a su vida y a su obra cf marqués de Lema, Cánovas, Madrid, 1931, y la más completa biografía, ya citada de Melchor Fernández Almagro; otras obras de Fabié, Pons Umbert, etc., y recientemente, José María Escudero, De Cánovas a la República, Madrid, 1951.

VEGA, José, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 659-662.