Retrato del Conde de Aranda por José María Galván.Retrato del Conde de Aranda por José María Galván.

PEDRO PABLO ABARCA DE BOLEA, militar, diplomático y político (1719-1798) [Siétamo (Aragón)-Épila (Aragón)]. Fue una de las figuras políticas más representativas del reinado de Carlos Ill; descendía de los Jiménez de Urre nobles aragoneses, señores de la villa Épila. Viajó en su juventud por gran parte de Europa y estudió en Prusia la táctica militar, pasando luego a Francia, donde hizo amistad con D'Alembert, Voltaire y el abate Raynal. Simpatizó profundamente con las ideas enciclopedistas, y el segundo de los autores citados le menciona así en su Diccionario filosófico : Aunque los nombres propios no sean objeto de nuestras enciclopedias, nuestra Sociedad se ha creído obligada a hacer una excepción en favor del conde de Aranda, presidente del Consejo Supremo de España y capitán general de Castilla la Nueva, el cual ha comenzado a cortar las cabezas de la hidra de la Inquisición. Justo era que un español librase a la tierra de ese monstruo, ya que otro español la había hecho nacer.

Aranda inició su carrera militar en el reinado de Felipe V, siendo gravemente herido en la batalla de Camposanto; por sus notables servicios de armas llega a mariscal de campo, y representa más tarde a s. M. Católica como embajador cerca de Augusto III, rey de Polonia. Después ocupa, sucesivamente, las capitanías generales de Valencia y Aragón. En 1766, tras el llamado motín de Esquilache, sustituye a Diego de Rojas y Contreras, obispo de Cartagena, en la presidencia del Consejo de Castilla, y es también nombrado capitán general de Castilla la Nueva.

He aquí el texto del decreto autógrafo de su nombramiento presidencial: Por la satisfacción que tengo de vuestra persona y celo con que me serviréis, os he nombrado por presidente del Consejo y tomaréis la posesión mañana. Y espero cumpliréis con las obligaciones del oficio, de modo que descarguéis mi conciencia y la vuestra. Aranjuez, 11 de abril de 1766. Yo el rey. —Al conde de ArandaOrtega Rubio, Historia de España, t. V, pág. 78, Madrid, 1908. Un año antes de ocupar tan alto cargo, había sido designado gran maestro de la masonería española: por entonces preparó la conjura contra la Compañía de Jesús, de acuerdo con el marqués de Pombal, Choisseul y el marqués de Tanucci, primeros ministros, respectivamente, de Portugal, Francia y Nápoles.

En lo que a España se refiere a los efectos de la expulsión de los jesuitas (IV-1767), Aranda fue eficazmente secundado por Campomanes, Moñino y el marqués de Roda. Voltaire le felicitó por esta medida de Gobierno, y le regaló la pluma con que había escrito sus tragedias. Sin embargo, recientemente el P. R. Olaechea en Archivum Historicum Societatis Iesu, 1964 afirma que Aranda no era enemigo de los jesuitas y que no participó en la preparación de la expulsión y solo para ejecutarla, estando luego en buenas relaciones con expulsos.

En política exterior, durante el reinado de Carlos III, destaca por su enemiga a la Gran Bretaña, que le lleva a reconocer la independencia de los Estados Unidos. No obstante su entusiasmo por las nuevas ideas, era un hombre ordenancista, con un rigida concepto de la disciplina, terco, impositivo. Menéndez Pelayo habla de su férreo carácter y franca honradezHistoria de los heterodoxos españoles, t. III, pág. 150. Representaba al partido llamado ‘aragonés’, nobiliario e ilustrado, propugnador de reformas, pero alejado del partido ‘golilla’, formado por burgueses y funcionarios y asimismo reformista e ilustrado, aunque de inferior categoría social.

Suspendió los derechos del fuero eclesiástico, siguió procesos secretos, uso el tormento, que apenas se empleaba, prohibió el funcionamiento de imprentas en lugares de clausura; limitó el derecho de asilo en las iglesias; estableció los procuradores municipales o diputados del común: reformó el Tribunal de la Nunciatura en un sentido regalista; prohibió las procesiones y rosarios a horas desusadas; autorizó la celebración de espectáculos teatrales durante la noche.

En otros aspectos de política interior, hizo una fecunda labor en pro de la agricultura, la industria y el comercio, y a él se debe, asimismo, la construcción de los mejores edificios públicos en la corte y en las más importantes regiones de España Dictó leyes de excepcional interés sobre la navegación de cabotaje, el desarrollo hidrológico y la exploración minera. Se ha dicho en algunas enciclopedias y textos de Historia que su nombramiento como presidente del Consejo de Castilla fue acogido con desagrado por la opinión. Y no debió de ser asl, como puede apreciarse por cierta inédita Miscelánea de papeles curiosos, que perteneció a la biblioteca privada de la corona española.

Carlos III le depuso de su cargo, porque estimó que las directrices políticas de Aranda eran inconciliables no solo con la actitud de Grimaldi y Floridablanca, sino con la misma prerrogativa regia. Pero en consideración a sus méritos le nombró embajador en Francia (1773), donde desempeñó dignamente los intereses españoles en momentos difíciles, cuales fueron los de nuestra guerra con Marruecos, la expedición contra Argel y el bloqueo de Gibraltar durante la guerra con la Gran Bretaña.

Con motivo de aquella primera acción, escribió a Grimaldi desde París: Si atacasen en forma de dar cuidado, hazme el gusto de decir al rey de mi parte, que si me considerase útil a servirle defendiéndole la plaza que más arriesgase, se digne mandármelo, pues iría volando y me volvería a descansar a París. Que sean las ocasiones pequeñas o grandes, no me imprimen, pues en todas anhelo comprobar a s. M. que le sirvo muy de veras7-XI-1774; Archivo General de Simancas, Papeles de Estado, 4.351. Aranda era partidario de la destrucción de Melilla y de los demás presidios menores de África, conservando solo Ceuta y Orán. Si salimos bien de esta —escribía al mismo Grimaldi—, luego que se hayan retirado y no piensen en nada, arrasar Melilla, que así ni a ellos ni a nosotros servirá de nada y saldremos de cuidadosibidem.

Fue decidido partidario de la intervención de España en la guerra de independencia de los Estados Unidos y de que aprovechara España la ocasión para vengar los agravios de Inglaterra y recobrar los territorios perdidos, frente a la política de cautela y aplazamiento llevada a cabo por Floridablanca. que percibía mejor los riesgos de la intervención por el ejemplo que se daría a los súbditos hispanoamericanos. Aranda seguía las directrices del gobierno francés y al fin entró en la guerra.

En París, Aranda estuvo en relación con Franklin, Lee, Jay y los demás enviados norteamericanos procurándoles ayuda en la restringida medida con que quería actuar el gobierno español, que rehusó siempre reconocer a los Estados Unidos como país independiente. También le correspondió llevar el peso de las laboriosas negociaciones de paz con los representantes ingleses (1782-83), y a pesar de su empeño no logró la devolución de Gibraltar; el firmó la paz de París (1783) que puso fin a la guerra y reconoció la existencia de los Estados Unidos, aunque Aranda solo suscribió la paz con la Gran Bretaña. Elevó al rey un proyecto, que no fue aceptado, de establecer tres monarquías en México, Perú y Tierra Firme, con miembros de la familia real española y en previsión de la pérdida más o menos lejana de aquellos dominios, ante la dificultad de conservarlos, los abusos cometidos con sus habitantes y la expansión y ambiciones de los Estados Unidos, que en este documento se prevén certeramente.

Sin embargo, este famoso y ponderado Memorial de Aranda (1783) está en entredicho y se ha dudado de su autenticidad entre otros por Ferrer del Río, Konetzke, Die Politik des Grafen Aranda, 1929 y Whitaker, con argumentos de peso como sus exactas profecías sobre la expansión norteamericana, su contradicción con lo sostenido por Aranda antes. Su tardía publicación —en 1827— y no haber aparecido hasta ahora ninguna copia coetánea. No obstante el plan de crear monarquías en América o de colocar allí a los infantes como gobernantes ya había sido expuesto por José de Carvajal y luego por Godoy.

Volvió a ser primer ministro con Carlos IV, en 1792, mas su inclinación a transigir con los revolucionarios franceses y su oposición a Godoy, fueron causa de que el rey le exonerara y decidiera su destierro. ¿Quién perdió al conde de Aranda? Su violento carácter, la fiereza de su amor propio. Aranda se expresó con un tono de despecho que ni estaba bien con su edad ni con la augusta dignidad del monarcaMemorias de Godoy, príncipe de la Paz, t. I, págs. 222 y 223, París, 1825.Aranda fue tratado por Godoy del mismo modo que él había tratado a los jesuitas.

Con motivo del célebre Consejo habido en Aranjuez el 14 de marzo de 1794, en el que se trató de hacer la guerra a Francia, el nuevo favorito Godoy estuvo por la afirmativa, el conde opinaba por la neutralidad armada Este dirigió a aquel serias reconvenciones, y no falta quien asegura que llegó hasta el extremo de enseñarle los puños. De regreso Aranda a su casa se presentó en ella el gobernador del Sito, el cual le ocupó los papeles, le hizo entrar brutalmente en un coche y le hizo conducir atropelladamente a su destierro de Jaén, como él había desterrado a los jesuitas Vicente de Lafuente, Historia eclesiástica de Espana, 6 III, Madrid.

En 1795 fue indultado y se le autorizó para residir en la villa de Épila, donde murió. Aunque algunos historiadores afirman que Aranda fue más un convencido que un sectario, debe tenerse en cuenta que murió en el seno de la Iglesia católica según la partida de defunción, mencionada por Ferrer del Río en su Historia del reinado de Carlos III, y que en 1785, tres años antes de morir Carlos III, había rectificado sus ideas respecto a los jesuitas e indicaba a Floridablanca que debían ser revocadas las duras medidas tomadas contra dicha Orden religiosa. En el proceso que siguió el Santo Oficio contra Pablo de Olavide, estuvo encantado Aranda, mas no se hizo cargo ninguno contra él.

VILLA, Justa de la, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, págs. 308-311.