Álvaro de Luna

Datos biográficos

Condestable de Castilla: 1423-1453
Valido de Juan II de Castilla
Nacimiento: 1390
Fallecimiento: 22-VI-1453
Padre: Álvaro Martínez de Luna
Consorte: Juana Pimentel

Biografía

Figura central de la política castellana en la primera mitad del s. XV, el condestable don Álvaro de Luna encarna el hombre de acción, que se eleva al poder con sus propios medios, no solo para satisfacer sus inmediatas e ingentes ambiciones de mando, sino para poner sus altas dotes políticas al servicio de una causa general determinada. En su enérgica tentativa para restablecer la autoridad monárquica en Castilla —gobierno de uno solo, de él a través de Juan II— don Álvaro estuvo muy próximo a alcanzar la plenitud de sus propósitos. Su fracaso se debió a la potencia de los intereses que se coaligaron frente a su persona, a la debilidad de Juan II de Castilla y a su propia decadencia personal en los últimos años de su vida.

Colecta para sepultar el cadáver de don Álvaro de Luna, de José María Rodríguez de Losada.Decapitación de Álvaro por Losada.

Don Álvaro era bastardo. Su padre un caballero del mismo nombre, era señor de Juvera, Alfaro, Cornago y Cañete. Los Lunas de Castilla descendían de los poderosos Lunas de Aragón, varios de cuyos miembros habían entrado en Castilla con las huestes de Enrique II y habían sido recompensados por este rey con algunas mercedes.

En 1388 el señor Juvera tuvo un hijo natural con doña María Fernández Jarana, esposa del alcaide de Cañete. Este varón fue el futuro condestable. Educado por su tío don Juan Martínez de Luna, alférez del infante don Fernando, el joven Álvaro fue llevado a la corte por otro pariente, don Pedro de Luna, arzobispo de Toledo. Ya en el ambiente frívolo que rodeaba a Juan II de Castilla, Álvaro supo conquistarse sus simpatías por su trato afable, sus modales atractivos e incluso por su cultura, pues había leído mucho y conocía bastante a fondo los escritores del primer Renacimiento italiano, en particular Bocaccio.

Pero detrás de las apariencias externas de aquel agradable cortesano, se ocultaba un corazón de fuego y una inteligencia fría y resuelta. Bien lo demostró cuando, a raíz de la coronación real de Juan II en marzo de 1419, supo deshacer con suma habilidad las intrigas del infante don Enrique de Trastámara, rescatar al joven soberano en Talavera y defender su persona en Montalbán (1420). Después de esta feliz intervención, don Álvaro fue favorecido con la absoluta confianza del monarca y recibió el cargo de condestable de Castilla y el título de conde de Santisteban (1423).

Contra la privanza de don Álvaro, que había logrado reducir a prisión al infante don Enrique, se elevaron los nobles de Castilla, incitados y apoyados por los infantes de Aragón, hermanos de aquel noble: don Pedro, Alfonso V el Magnánimo, y el infante Juan II, recién elegido rey de Navarra (1425). La poderosa coalición obtuvo la libertad de don Enrique (1425) y, a poco, el destierro del condestable después de un proceso en Valladolid (1427). Sin embargo, el rey le reclamó muy pronto a su lado.

El condestable, que se había retirado a Ayllón, se hizo rogar hasta tres veces, al cabo de las cuales se encargó de nuevo de la privanza, con satisfacción incluso de gran parte de la nobleza, que salió a recibirle triunfalmente en Turégano (1428). La reposición del condestable dio lugar a una nueva crisis, cuya alma fueron, como siempre, los infantes de Aragón.

En 1429 se declaró la guerra entre aragoneses y castellanos, pero no hubo verdaderas batallas. Al año siguiente, inducido por el condestable, Juan II confiscó al rey de Navarra y a don Enrique las posesiones que tenían en Castilla y dio el maestrazgo de Santiago a su privado (Medina del Campo 1430). Esta situación fue mantenida hasta 1432, en que el rey y los infantes de Aragón se convencieron de la inutilidad eventual de derribar del poder a don Álvaro.

Mientras tanto, este se había acreditado de buen militar en la campaña conducida en 1431 contra Muhammad VIII de Granada, en la que obtuvo la resonante victoria de La Higueruela. Las intrigas de los infantes de Aragón, y luego las ocupaciones del gobierno, inutilizaron estos esfuerzos de reconquista, a pesar de lo cual cayó en poder de Castilla la plaza de Huéscar.

Desde 1432 a 1438 don Álvaro gobernó pacíficamente, pero en este último año se reprodujeron los disturbios, iniciados con el encarcelamiento y la fuga del adelantado don Pedro Manrique. Los infantes de Aragón aprovecharon la ocasión para levantar lanzas. Ante la amenaza de la guerra civil, Juan II se avino, por el tratado de Castronuño, a desterrar por segunda vez a don Álvaro (1439).

Desde su retiro de Sepúlveda, el condestable pudo contemplar la anarquía en que caía Castilla, pues incluso el heredero de la corona hacía causa común con los infantes de Aragón. Juan II quería resistirles, pero la confabulación fue bastante poderosa como para triunfar, pese al auxilio armado que en 1440 prestó don Álvaro a su monarca. Después de una guerra civil muy empeñada, los nobles lograron sitiar al rey y a su privado en Medina del Campo, y tomar la plaza el 29-VI-1441. El condestable pudo escapar y refugiarse en su villa de Escalona. No había de tardar la hora del desquite.

La anarquía en el gobierno era tal, que pronto se rehízo el partido del condestable, al que ahora se sumó el príncipe heredero, Enrique. Juntas las fuerzas de este con las del rey y de don Álvaro, derrotaron a las huestes nobiliarias en la batalla de Olmedo (19-V-1445). Esta victoria restableció el poder del condestable, el cual no supo deducir sus consecuencias prácticas, salvo las del aumento de su influencia en el ánimo del soberano.

Rodeado de enemigos por todas partes, no solo en las fronteras de Navarra, Aragón y Granada, sino en la propia corte donde intrigaban el príncipe de Asturias y la reina Isabel de Portugal, don Álvaro fue perdiendo ecuanimidad en sus miras y aciertos en sus decisiones.

Minada su influencia en el espíritu del rey, sin poder resolver el estado endémico de agitación del país, cayó víctima de una conspiración urdida en los aposentos de la reina. Hallándose en Burgos fue detenido por orden de Juan II el 4-IV-1453. A los pocos días, después de un rápido proceso, era ajusticiado en Valladolid. Al rodar su cabeza bajo el hacha del verdugo el 22-VI-1453, se inauguraba el caótico periodo de discordias civiles y humillación del poder real correspondiente al reinado de Enrique IV el Impotente.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 197-198.