Políticos de España

Índice

Álvaro de Luna, 1388-1453
Marqués de Villena 1419-1474
Duque de Lerma, 1550-1623
Duque de Osuna, 1574-1624
Olivares, 1587-1645
Nithard, 1607-81
Valenzuela, 1636-92
Juan José de Austria, 1629-1679
José Patiño, 1666-1736
José de Carvajal, 1698-1754
Esquilache, 1700-85
Ensenada, 1702-81
Aranda, 1718-1798
Campomanes, 1723-1803
Floridablanca, 1728-1808
Jovellanos, 1744-1811
Godoy, 1767-1851
Calomarde, 1773-1842
Martínez de la Rosa, 1787-1862
Mendizábal, 1790-1853
Donoso Cortés, 1809-1853
Serrano, 1810-1885
Prim, 1814-1870
Figueras, 1819-1882
Pí y Margall, 1824-1901
Sagasta, 1825-1903
Cánovas del Castillo, 1828-1897
Castelar, 1832-1899
Salmerón, 1838-1908
Amadeo de Saboya, 1845-1890
Maura, 1853-1925
Canalejas, 1854-1912
Romanones, 1863-1950
Lerroux, 1864-1949
Largo Caballero, 1869-1946
Alcalá Zamora, 1877-1949
Azaña, 1880-1940
Martínez Barrio, 1883-1962
Indalecio Prieto, 1883-1962
Andreu Nin, 1892-1937
José Díaz, 1892-1942
Juan Negrín, 1892-1956
Francisco Franco, 1892-1975
Joaquín Maurín, 1896-1973
José Antonio, 1903-36

Marqués de Villena

1419-1474. Del retrato que nos han legado sus contemporáneos, se desprende que Juan Pacheco, marqués de Villena, era hombre de trato afable y dulce, de palabra elocuente y de fecunda imaginación para inventar intrigas y promover disturbios. Sagaz, avieso y torcido, disimulado y astuto, sereno ante la adversidad, acomodadizo a todas las situaciones pero perseverante en sus propósitos, don Juan fue el alma de las conspiraciones que perturbaron los últimos años del reinado de Juan II y el espíritu maligno de la época de Enrique IV, de quien fue privado, principal adversario y dominador en toda circunstancia. Pudo ser el Álvaro de Luna del Impotente, pero le faltaron las grandes dotes políticas del Condestable de Castilla y, en partucular, su firmeza de gobernante y su aguda visión de futuro. Se limitó, pues, a medrar y a atizar las discordias políticas que podían redundar en provecho propio.

Hijo de Alfonso Téllez de Girón, señor de Belmonte, entró en la corte de Juan II de Castilla como paje de don Álvaro de Luna. el cual, percatándose de las dotes del muchacho y disponiéndose a utilizarlas para sus fines, le puso al lado del heredero del trono, el príncipe Enrique. Juan Pacheco se captó muy pronto la privanza del infante, que pensó aprovechar para sus propios fines y no en servicio de los del condestable. Así fomentó desde 1440 las intrigas que se anudaban alrededor del príncipe de Asturias contra Juan II y don Álvaro.

Intervino en la sublevación de 1441 y en el segundo destierro del favorito del monarca. Pero luego, viendo que el poder había recaído en el rey de Navarra, inclinó el ánimo del príncipe de Asturias a favor de los conjurados reunidos por el obispo de Ávila, Lope de Barrientos. En consecuencia, participó en la lucha de la monarquía contra la nobleza en los campos de batalla de Olmedo (1445), y fue favorecido a raíz de esta victoria con el título de marqués de Villena. El triunfo de Olmedo consolidó el poder de don Álvaro, lo que produjo nuevas intrigas del marqués. En 1448 el condestable se confederó con este y con Alonso de Fonseca, obispo de Ávila, para gobernar a placer al rey y al heredero y alejar de la corte a los nobles sospechosos de amenazar su preponderancia.

Esta claudicación del condestable dio alas al marqués de Villena, quien en 1449 fue alma de la segunda gran confederación contra la privanza de don Álvaro. Desde esta fecha su actividad no conoció límites, pues se halló en su mismísimo elemento en el agitado ambiente que precedió a la ejecución del condestable (1453) y a la muerte de Juan II (1454). El advenimiento al trono de Enrique IV dio a su privado, el marqués de Villena, la oportunidad de revelarse como un buen gobernante.

Pero en este trance solo demostró que era un habilidoso conspirador, incapaz de hacer frente con espíritu de responsabilidad a los numerosos problemas que tenía planteados la corona. Después de la parodia de la campaña contra los musulmanes y del enlace del rey con doña Juana de Portugal (1455), empezaron las intrigas en la corte.El marqués de Villena, disgustado por el favor que Enrique IV otorgaba a gente de humilde condición, acaudilló el partido de la reina, frente al de la manceba real doña Guiomar.

En 1460 favoreció secretamente la constitución de la gran liga de la gran nobleza en Tudela, lo que no fue óbice para que revelara al monarca parte de la trama. De esta manera provocó la ruptura de relaciones entre Castilla y Aragón, y fomentó las pretensiones de su rey a las coronas navarra y aragonesa, las cuales acabaron, debido a la debilidad delmonarca y a la poca constancia del privado, en la entrevista del Bidasoa con Luis XI de Francia (1463). Desde este momento, el marqués de Villena va perdiendo el favor del rey.

A fines de 1463 Enrique IV se trasladó a la frontera extremeña sin consultarle. Entonces, el artero privado renovó la conspiración de los nobles en Alcalá de Henares. Mientras convencía al monarca de que su mayor enemigo era Alonso de Fonseca, arzobispo de Sevilla, y obtenía su orden de detención; mientras que, simultáneamente, avisaba al arzobispo de que se pusiera a salvo, preparaba planes de suma audacia, que se pusieron de manifiesto en los dos intentos de prender al monarca en Madrid y en Segovia (1464).

Suplantado en la privanza del rey por Beltrán de la Cueva, Villena se lanzó a una acción decisiva, que tuvo por efecto la claudicación de Enrique IV en la entrevista entre Cabezón y Cigales, el reconocimiento de la sucesión a favor del príncipe Alfonso y la entrega de este al marqués (octubre de 1464). Pero no bastándole esta usurpación de las funciones del soberano, alentó a su bando para que promoviera la deposición de Enrique IV y la proclamación del infante en Ávila —farsa de Ávila— el 5-VI-1465.

La guerra civil se hizo inevitable, aunque de nuevo maniobró el marqués para poner a Enrique IV en una situación desairada ante sus mismos partidarios. A mayor abundamiento, obtuvo poco después del claudicante monarca la mano de su hermana, la princesa Isabel, para su hermano, el maestre de Calatrava, don Pedro Girón. Matrimonio que no llegó a celebrarse por la afortunada muerte del maestre (mayo de 1466).

Después de la derrota de los nobles en Olmedo (1467) y de la muerte del príncipe Alfonso (1468), el marqués de Villena fue el artífice del tratado de los Toros de Guisando, que reconocía la corona para la princesa Isabel. Pacificada de momento la nación, el marqués volvió a gozar del favor real, recibiendo de Enrique IV la confirmación del maestrazgo de Santiago que le había sido otorgado por el príncipe Alfonso en 1467. Entonces se preocupó de concertar el matrimonio entre el rey de Portugal y la princesa de Asturias.

No aceptando esta la sugerencia y habiéndose inclinado por el infante don Fernando de Aragón (1469), el artero Villena maniobró contra doña Isabel, logrando que Enrique IV legitimara a la Beltraneja en 1470. Sin embargo, puso gran empeño en evitar que estallara una nueva guerra civil. Desairado por el monarca a causa de la entrevista celebrada por este en Segovia con su hermana (diciembre de 1473), se mantuvo algún tiempo alejado de la corte.

Luego aprovechó una enfermedad de Enrique IV para apartarle de los príncipes y llevárselo consigo a Extremadura, al objeto de que le diera la posesión de la plaza de Trujillo. El rey agravado en su dolencia, tuvo que regresar a Madrid donde le esperaba su lecho de muerte. El favorito murió, aún antes que el monarca, a dos leguas de Trujillo, en Santa Cruz, el 4-X-1474.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 201-202.

Duque de Osuna

Cuando la decadencia del Imperio creado por España en Europa se anunciaba por todas partes, existieron figuras que aún supieron responder a la grandeza de la misión ecuménica de la patria. Entre ellas es muy característica —en su propia humanidad— la del gran duque de Osuna, tercero de este título, don Pedro Téllez Girón.

Pedro Téllez-Girón y Velasco, por Bartolomé González y Serrano (1615).Pedro Téllez-Girón y Velasco, por Bartolomé González y Serrano (1615).

Si la historia pudiera reducirse a fórmulas matemáticas, diríamos que este fue al reinado de Felipe III lo que el duque de Alba al del Prudente. En efecto, el duque de Osuna hizo revivir en Italia y en el Mediterráneo los días de la mayor potencialidad hispana, y aunque caído en desgracia a su muerte, esto no fue óbice para que dejaran de cantar sus proezas los poetas más privilegiados de España, como Lope y Quevedo, los cuales se dieron cuenta, ya en su época, de la significación de su biografía. Faltar pudo su patria al gran Osuna, / pero no a su defensa sus hazañas; / diéronle muerte y cárcel las Españas, / de quien él hizo esclava la fortuna...

Hijo de Juan Téllez de Girón y Ana María de Velasco, descendiente del conquistador de Méjico, Pedro nació en Osuna el 17-XII-1574. Niño todavía fue llevado a Italia, al objeto de reunirse con su abuelo, que se llamaba también Pedro, primer duque de Osuna y virrey de Nápoles (1582-1586). En esta ciudad tuvo como preceptor al docto humanista Andrés Savone, quien pudo apreciar las dotes de agudo ingenio, portentosa memoria y rápida comprensión del muchacho. De regreso a España, estudió en Salamanca letras, y en Madrid, el ejercicio de las armas.

Para su futuro pudo ser fatal la muerte de su abuelo (1590), pues su débil padre no pudo imponer una norma a su desbordada juventud. El llamado por entonces el marqués de Peñafiel, estableció su centro de operaciones en Sevilla, en cuya ciudad cometió todo género de travesuras y canalladas, solo perdonables por sus pocos años.

En 1593, antes de cumplir los veinte, se casó con doña Catalina Enríquez de Ribera. Pero el matrimonio no pareció que hiciera sentar la cabeza al marqués, quien en 1595 tuvo que salir de Sevilla para ocultarse en la Puebla de Cazalla y en 1600 y 1602 estuvo preso en Arévalo y Peñafiel, respectivamente. A mediados de este último año huyó de España, empezando sus peregrinaciones por Europa. Sentí plaza de soldado en Flandes, donde combatió contra los holandeses, y visitó las cortes de Enrique IV de Francia y Jacobo I de Inglaterra.

Estos años le dieron una gran experiencia tanto en el arte del gobierno como sobre las necesidades de la política exterior de España. En 1607 obtuvo de nuevo la gracia de Felipe III, ante quien sostuvo el criterio de pactar una tregua con las Provincias Unidas y de otorgarles incluso independencia.

En 1610 recibió el nombramiento de virrey de Sicilia, a cuya isla pasó en abril de 1611, acompañado de varios personajes que formaban una pequeña corte (entre ellos Quevedo.) Su estancia en Italia habría de prolongarse hasta 1620, pues al abandonar el cargo de virrey de Sicilia en 1616, fue destinado a la gobernación de Nápoles, para lograr lo cual utilizó toda clase de medios.

En Sicilia se había acreditado por sus ideas reformistas y hasta cierto punto innovadoras; pero, en particular, por el dinamismo de su política naval, pues en base a sus acertadas disposiciones desaparecieron los corsarios, hizo frente a los turcos y logró importantes éxitos en la defensa de aquellos mares. También intervino en la política de la Italia septentrional (1613); pero cuando su actuación se hizo más destacada, en este aspecto, fue al ocupar el cargo de virrey de Nápoles.

En contacto con el gobernador de Milán, marqués de Villafranca, y con el marqués de Bedmar, embajador de España ante la Serenísima, se propuso acabar de hundir el poder de Venecia en beneficio de la hegemonía completa de España en la península. La llamada Conjuración de Venecia no tuvo éxito, y, por el contrario, Osuna fue destituido de su cargo, cuando menos se lo esperaba.

Llegó a Madrid el 10-X-1620, y poco después ceñía la corona un nuevo monarca Felipe IV —y ascendía al poder un nuevo valido —el conde-duque de Olivares. Uno de los primeros actos de este fue ordenar la detención del duque, quien fue trasladado a la fortaleza de la Alameda.

Acusado de prevaricación —cosa que después se ha demostrado ser falsa—, no le valieron ni súplicas ni instancias, ni incluso la expresión de afectos populares. La desgracia se cebó también sobre su salud. Enfermó de gota y calenturas, y tuvo que ser residenciado en Madrid. Aquí murió el 25de septiembre de 1624.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 56-56.

Juan Everarado Nithard

El padre Juan Everardo Nithard asomó a las páginas de la gran Historia por muy breve tiempo, a través de las de España. Su figura fue muy poco popular en su época y lo ha continuado siendo hasta nuestros días. Siempre es desagradable para un país el gobierno de un extranjero, y más si este, como en el caso en cuestión es hombre de pocas dotes para dirigir la política estatal y se halla enfrentado con la bancarrota interior y exterior de una monarquía. Nithard nació Falkenstein, en el Tirol, el 8-XII-1607.

Retrato del cardenal Nithard.Retrato del cardenal Nithard, por Alonso del Arco (c. 1674).

Su padre Juan, era de estirpe aristocrática y comisario de la provincia, habiéndose distinguido en la lucha contra la herejía protestante. Por esta causa es poco probable que Juan Everardo Nithard sintiera veleidades luteranas.

A los dieciocho años se alistó en las banderas de la liga católica para combatir contra los protestantes del Norte de Alemania; más luego se convenció que la santificación la hallaría en el ministerio de Dios. En 1631 ingresó en la Compañía de Jesús, en la que se distinguió por la laboriosidad y la honestidad de su vida.

Llevado a una cátedra de la universidad de Gratz, adquirió tal ascendencia por sus virtudes que el emperador Fernando III le nombró preceptor de sus hijos Leopoldo y Mariana de Austria, probablemente después de 1644. En 1649 se trasladó a España con la infanta, prometida del rey Felipe IV.

Durante varios años desempeño el cargo de confesor y guía espiritual de la soberana. Cuando murió Felipe IV, el 17-IX-1665, Mariana fue declarada regente, y esta fue la oportunidad por la que Nithard pasó a ocupar el primer plano en el gobierno de España.

Es muy posible que obedeciera a la voluntad de la reina, pues parece ser que se mostró bastante reacio a aceptar el cargo de inquisidor general, el cual llevaba anexa la participación en la junta de Gobierno instaurada por Felipe IV para asesorar a la regente. En todo caso, el 20-IX-1666 fue naturalizado español y al día siguiente se le expedía el nombramiento de inquisidor general. Por su influjo cerca de la soberana, el padre Nithard ejerció de hecho funciones de primer ministro.

Poco hábil en la administración y no revestido de la autoridad que le hubiera dado ser español, el padre Nithard tuvo además, que hacer frente a la guerra contra Portugal y a la que planteó en 1667 Luis XIV de Francia (llamada de Devolución). En ambas, España se mostró impotente y se vio obligada a firmar la paz con sus rivales en condiciones onerosas (1668).

El partido rival al primer ministro, acaudillado por el príncipe Juan José de Austria, redobló sus esfuerzos. Según parece se intentó atentar conta la vida de Nithard y el poder de la regente; por lo menos fueron ejecutados dos supuestos conspiradores, el marqués de Saint Aunais y el capitán Mallada.

El príncipe Juan José de Austria tuvo que refugiarse en Barcelona, desde cuya ciudad marchó con un ejército sobre Madrid (febrero de 1669). Ante el avance del bastardo y las demostraciones de la plebe madrileña, Mariana de Austria separó de su cargo al padre Nithard, aunque le nombró embajador de España en Roma (24-II-1669).

Ya en Italia se relacionó con la Santa Sede de modo muy estrecho. Obtuvo el arzobispado de Edesa y, en 1672, el Capelo cardenalicio de manos de Clemente X. Murió en Roma en enero de 1681.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 86-86.

Fernando de Valenzuela

En la desdichada corte de Mariana de Austria, regente de España durante la minoridad de Carlos II, Fernando de Valenzuela debió su encumbramiento a la ambición, el favoritismo y la intriga, que no a sus propias condiciones de estadista, de las que carecía. Su periodo de gobierno, entre la privanza del Nithard y de de Juan José de Austria, representa, quizá, el peldaño más bajo a que llegó España en la época de su declive político durante el s. XVII.

Retrato de Fernando de Valenzuela (c. 1660) por Claudio Coello.Retrato de Fernando de Valenzuela (c. 1660) por Claudio Coello.

Nacido en Nápoles, donde fue bautizado el 17-I-1636, Valenzuela era de estirpe andaluza, pues su padre, don Fernando, era un hidalgo de Ronda. Casado este de segundas nupcias con doña Leonor de Enciso, que también había pasado a Italia al servicio de los marqueses de Tarifa, y que pronto dio a luz a don Fernando. Muerto su padre en 1640, Valenzuela partió con su madre para España, donde, con la influencia de su abuela, logró emplearse como paje (1648) en la casa del duque del Infantado. Con este, que había sido nombrado virrey de Sicilia, pasó de nuevo a Italia. En Palermo sentó plaza en la milicia y fue ascendido al cargo de paje-guión del duque. Sin embargo, en 1655 abandonó el servicio del virrey, juzgando que este no le recompensaba como se merecía, y fue a buscar fortuna a Nápoles.

Poco después regresaba a Madrid, hidalgo sin recursos de fortuna, algo poeta, aventurero, entrometido, listo y hablador. Su carrera política en la corte de los Austrias se inició en las habitaciones más bajas del palacio: en las cocinas.

Allí conoció a doña María de Uceda, camarera favorita de la reina Mariana de Austria, con quien se casó en 1661. Es posible que el padre Nithard, al que Valenzuela había cortejado en demanda de varios favores, le apoyara en sus pretensiones. En todo caso, Valenzuela fue nombrado caballerizo real y empezó a distinguirse como confidente de Mariana de Austria y su confesor, refiriéndoles los chismes, noticias y secretillos de la corte.

Poco a poco, el Duende de Palacio —que así fue denominado cuando se supo la identidad del que descubría los intereses de los cortesanos y altos funcionarios— fue ascendido en el favor real, hasta que, a raíz de la caída del padre Nithard en 1669, se convirtió en instrumento esencial de la regente para mantener correspondencia con su confesor y, luego, para gobernar la nación. La privanza de don Fernando no se reflejó, de momento, en ningún cargo oficial.

Caballero de la orden de Santiago e introductor de embajadores en 1671, favorecido por la reina con un afecto que el clamor público tachó de ilegítimo, el privado se afianzó en su posición otorgando mercedes y favoreciendo a cuantos se querían convertir en sus partidarios frente al grupo hostil a la regente, acaudillado por don Juan José de Austria.

El cohecho, la dádiva y la intriga fueron las armas de que se valió don Fernando, el cual, nombrado consejero del Consejo de Italia en 1674, continuó en el favor real al llegar Carlos II a la mayoría de edad. Entonces (1675) fue nombrado Marqués de San Bartolomé de Villasierra. A pesar de sus muchos enemigos, Valenzuela se afianzó en el poder logrando que la Junta de Gobierno de la regencia prolongara sus funciones durante dos años. Este acto fue un auténtico golpe de teatro, pues se suponía que don Juan José de Austria iba a encargarse del poder.

Para disimular la verdad, Valenzuela fue nombrado capitán general de Granada, cargo que desempeñó durante dos meses escasos (1676). De regreso a Madrid, Carlos II le confirió el despacho universal (22-IX-1676) y a poco, debido a un afortunado accidente de caza, la grandeza de España. Pero este encumbramiento, que culminó al instalarse en las habitaciones de palacio del Buen Retiro, fue el preludio de su caída.

Todos los grandes y los cortesanos de más alcurnia se confabularon contra el orgulloso valido. El 25-XII-1676, viéndose perdido, Valenzuela huyó al Escorial, en cuyo monasterio fue detenido el 22 de enero siguiente. Sustanciado el proceso, fue condenado a la pérdida de sus dignidades y bienes —que en pocos años había ascendido a 10 millones de reales— y al destierro durante diez años a un fuerte de las Filipinas.

El 14-IV-1678 Valenzuela fue embarcado en Cádiz, rumbo a la Nueva España. De aquí, por Acapulco, pasó a Cavite, donde demoró en la fortaleza de San Felipe hasta cumplir su condena. Luego se trasladó a Méjico, pues no le fue permitido regresar a España. Murió en aquella ciudad el 7-I-1692 de una coz de un potro mal domado.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 86-87.

Juan José de Austria

Gobernador de los Países Bajos. La persona de Juan José de Austria, vinculada a los hechos más dolorosos de la decadencia del poder español en Europa, fue por unos años centro de las esperanzas mesiánicas de quienes confiaban en él para salvar la monarquía del desastre que la amenazaba.

Posible retrato de Juan José de Austria, anónimo madrileño del siglo XVII.Posible retrato de Juan José de Austria, anónimo madrileño del siglo XVII.

Como representante de este sentimiento enfermizo del pueblo que ha perdido el Norte de su rumbo, el infante gozó de una popularidad que realmente no merecía ni por sus cualidades ni por su talento. Pero ante la descomposición del Estado, ante la perspectiva de una larga regencia y la privanza de un extranjero, los españoles no hallaron otro recurso que acogerse a las posibilidades que les podía brindar el hijo natural de Felipe IV y la Calderona.

Decir que Juan José no respondió a las citadas esperanzas es referirse a una observación histórica objetiva. ¿Pero quién era capaz entonces de rahabilitar la fortuna de las armas de España frente a los poderosos ejércitos de Luis XVI, apoyándose en un país empobrecido y arruinado por dos siglos de guerras en Europa y de colonización en América? Fruto de una de esas aventuras amorosas a que se entregó con harta frecuencia Felipe IV, Juan José nació en Madrid, el 7-IV-1629, hijo bastardo de Felipe IV y de la famosa actriz María Calderón.

A poco de venir al mundo su madre se retiró a un convento. El niño recibió una buena educación, y pese a las dudas que existían sobre su filiación, fue reconocido por Felipe IV en 1642 y beneficiado con el priorato de San Juan en Consuegra. Recordando en la corte el nombre de don Juan de Austria, el famoso hijo natural de Carlos V, se le invistió muy pronto con misiones de gran confianza. En 1647, a los dieciocho años de edad, fue enviado a Nápoles para sofocar la insurrección de Tomás Aniello, lo que logró con el auxilio de buenos generales.

Desempeñó el cargo de virrey de Nápoles de 1648 a 1651, en cuya fecha regresó a España para participar en los últimos hechos de armas de la guerra de Cataluña. Asistió al sitio y rendición de Barcelona (1651-1652) y combatió con éxito contra los franceses en Gerona.

Estas acciones en que desempeñó el papel de Pacificador, y sus modales simpáticos y agradables, le dieron un popularidad merecida. En 1656, la corte le nombró gobernador de los Países Bajos, cargo de suma responsabilidad a causa de la guerra que dirimían Francia y España.

En el transcurso del mismo año, obtuvo al lado de Condé la victoria de Valenciennes, en cuya acción demostró innegable arrojo. Pero dos años más tarde, Turena le derrotaba por completo en la batalla de las Dunas (14-VI-1658), triste preliminar de la Paz de los Pirineos. Pese al fracaso de la Dunas, la corte de Felipe IV no había perdido la confianza en Juan José de Austria. En 1661 se le confió el mando del ejército que operaba en Extremadura contra Portugal.

Al iniciarse la campaña tuvo éxitos apreciables en Évora y, poco después, los españoles tomaron Alcacer do Sal, cerca de Setúbal; pero los portugueses, que contaban con la ayuda de Francia e Inglaterra, pronto reconquistaron las plazas y llegaron a penetrar en territorio español.

En 1663 era derrotado en de nuevo en la batalla Ameixial (8-VI-1663), de modo muy grave para la causa de España. Este revés fue aprovechado por el partido de la reina doña Mariana de Austria para perderle. Desposeído del mando del ejército se retiró a Consuegra. Aquí se hallaba cuando murió Felipe IV (1665).

Desde este momento se convirtió en jefe del partido de la oposición contra el gobierno del padre Nithard, privado de la regente Mariana de Austria. Aprovechando los descalabros sufridos por España en la guerra de Devolución, redobló sus ataques contra Nithard, hasta el punto que este decidió poner coto a sus demasías. Pero don Juan huyó de Consuegra, se refugió en Barcelona, y desde aquí emprendió una verdadera marcha militar sobre Madrid (1669).

El pueblo le aclamaba como salvador de España, pero a don Juan le faltó decisión y valor; se satisfizo con obtener la sustitución de Nithard y con formular unas cuantas admoniciones políticas a la regente. El 4-VI-1669 aceptó el cargo de virrey de Aragón con la esperanza de rehacer su partido.

El desgobierno del estado bajo la privanza de Valenzuela rehizo el crédito de Juan José de Austria. A fines de 1677, poco después de la mayoría de edad de Carlos II, fue nombrado ministro universal de la corona, triunfando sobre Mariana de Austria y Valenzuela.

Su periodo de gobierno fue muy breve, pues murió el 17-IX-1679 en Madrid. Sin embargo, aún se vio obligado a firmar la Paz de Nimega (1678). La muerte le libró de la destitución, medida que hacía prever el rápido desencanto de la gente que le había considerado dotado de poderes sobrenaturales para restaurar España.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 87-87.

José Patiño

En el rehacerse de España en el s. XIII, José Patiño y Castillo, inaugura la lista de los grandes ministros y reformadores que dieron pujanza al estado y nueva vitalidad económica al país. Íntegro y de acrisolada honradez, el llamado Colbert español destacó tanto en el campo de la política interior comen el de la exterior.

Retrato de José Patiño Rosales.Retrato de José Patiño Rosales. Esta obra es una copia realizada en 1828 por Rafael Tejeo a partir de un original de Jean Ranc.

Su credo diplomático fue la alianza con Francia para oponerse a Inglaterra en los mares y restablecer la influencia de España en Italia; en este último extremo sirvió a la política personal de Isabel de Farnesio. Nacido en Milán el 11-IV-1666, descendiente de una noble familia gallega que se había establecido en la ciudad hacía un siglo, sin que en el transcurso del mismo perdiera su abolengo hispano, José Patiño fue uno de esos segundones destinados a la carrera eclesiástica. Hacia 1691 ingresó en la Compañía de Jesús; pero luego, no teniendo suficiente vocación religiosa, salió de la orden para dedicarse a las labores administrativas. En 1702 pasó a España con Felipe V, quien le había distinguido gracias a los servicios que prestaba en la intendencia del ejército. Durante la Guerra de Sucesión cumplió con la misma brillantez análogo cometido en la Península. Terminada la lucha, Alberoni le designó para preparar las armadas que habían de conducir las tropas españolas a la reconquista de Cerdeña y Sicilia.

El 28-I-1717 fue nombrado por sus méritos, intendente general de la Marina, cuyos servicios reorganizó mediante una Instrucción que se ha hecho famosa. Conservó el cargo a la caída de Alberoni en 1718, e incluso su prestigio fue en aumento. El barón de Ripperdá, para eliminar a aquel molesto competidor, le destinó a la embajada de Bruselas (1725). Pero el intrigante holandés cayó prendido en sus propias redes (25-V-1726), y en el gobierno que le sucedió, Patiño ocupó la secretaría de Marina e Indias.

Pese a la antipatía de Felipe V, que superó con el apoyo de la reina, Patiño se impuso en el gobierno de la nación. En 1731, cuando su hermano, el marqués de Castelar, fue destinado a la embajada de París, asumió las secretarías de Guerra y Estado, que desempeñó con consumada competencia, como demostró al preparar la expedición de Orán, suyo resultado fue la reconquista de esta plaza (1732).

En 1733 firmo el I pacto de familia, por el cual España intervino en la guerra de Sucesión de Polonia, y en 1734 las tropas españolas, al mando del marqués de Montemar, establecían al príncipe don Carlos en Nápoles y Sicilia y obtenían sobre las austriacas la victoria de Bitonto. Más tarde, Patiño acumuló las secretarías de Hacienda y Comercio, por lo que de hecho fue secretario universal de Felipe V (1735).

Extenuado por el abrumador trabajo que caía a sus espaldas, murió en San Ildefonso el 3-XI-1736. Poco antes, Felipe V le había otorgado la grandeza de España, cabal recompensa al hombre que en diez años había restablecido el crédito internacional de la monarquía, robustecido su potencia militar y naval y fomentado el comercio con la creación de Compañías privilegiadas para el tráfico mercantil con América y las Islas Filipinas.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, pág. 104.

José de Carvajal

Uno de los diplomáticos más hábiles del s. XVIII fue don José de Carvajal y Láncaster, secretario de Estado durante el reinado de Fernando VI. De una honestidad intachable y de un patriotismo fuera de toda duda, Carvajal quiso orientar la política de la monarquía, dentro el marco del sistema del equilibrio europeo, hacia una aproximación con Inglaterra, considerando que los intereses de España coincidían con los de esta nación y se hallaban, por el contrario, en pugna con los de Francia.

Retrato del aristócrata y politico español José de Carvajal y Lancaster.Retrato del aristócrata y politico español José de Carvajal y Lancaster.

Base de esta alianza, concertada a través de Portugal, había de ser la devolución a la corona de Gibraltar y de Menorca, en poder de Inglaterra desde la Guerra de Sucesión. Descendiente de una familia de ascendencia portuguesa y británica —sus padres se llamaban Bernardino de Carvajal y Josefa María de Lancaster Noreña—, José nació en la extremeña ciudad de Cáceres en 1698. Estudió en el colegio de San Bartolomé de la universidad de Salamanca y dedicó sus actividades a la diplomacia.

Figuró al lado del conde de Montijo en el congreso de Fráncfort. Su independencia de criterio en los asuntos italianos y la protección que le dispensó su amigo don José Campillo, ministro casi universal de Felipe V desde 1741, le hicieron ocupar un lugar, primero, en el Consejo de Estado y luego en la secretaría del mismo departamento ministerial. Al advenimiento de Fernando VI fue nombrado ministro (diciembre de 1746). Desde este cargo dirigió las operaciones que pusieron fin a la guerra de la Pragmática Sanción (1748), en las cuales la doblez de Francia desconcertó e irritó al gobierno esàñol.

Dispuesto a hacer una política propia, Carvajal preparó un tratado con Portugal para solventar los litigios coloniales en América, que se firmó el 13-I-1750. Este pacto, por el que Portugal devolvía a España la colonia de Sacramento a cambio de algunas tierras en el Paraguay, fue muy criticado por los adversarios del ministro, y en primer lugar por el Marqués de la Ensenada.

Continuando en su trayectoria internacional, el 14-VI-1752 firmó un convenio en Aranjuez con la emperatriz María Teresa y el gran duque de Toscana relativo a la pacificación de Italia, el cual provocó viva hostilidad de la corte francesa. Carvajal no pudo continuar su obra pues la muerte le sorprendió prematuramente, el 8-IV-1754. Su administración fue escrupulosa y su protección a las artes y a las ciencias muy notable.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 104-105.

Marqués de Esquilache

Leopoldo de Gregorio, Marqués de Vallesantoro y de Squillace. Político español de origen italiano, n. en Sicilia y m. probablemente en Venecia el 15-X-1785. De familia muy humilde, por su talento y probidad logró subir a los más altos puestos, y cuando Carlos III era rey de Nápoles estuvo a su servicio como ministro de Hacienda; al venir a España el monarca le acompañó Squillace, desempeñando aquí igual cargo que en Italia (1759).

Giuseppe Bonito: Retrato de Leopoldo de Gregorio.Giuseppe Bonito: Retrato de Leopoldo de Gregorio.

Sus medidas, aunque acertadas, fueron muy mal recibidas por la opinión, en parte por lo rigurosas y en parte también por el odio a la esposa del ministro, a la que se acusaba de vender los empleos públicos. Esto no obstante, el italiano seguía gozando del favor absoluto del monarca, hasta el punto que circulaban sátiras en verso en las que se pintaba al rey como un hombre sin voluntad y supeditado por completo a la de su ministro. Este continuaba dando pruebas de celo y actividad incansable en el despacho de los negocios, y sus enemigos, con ser tantos y tan poderosos, no pudieron echarle en cara la más pequeña inmoralidad administrativa.

La mayor parte de las reformas adoptadas en los primeros años de reinado de Carlos III se deben a Squillace, que poco después de su llegada a España unió a la cartera de Hacienda la de Guerra y más tarde la de Gracia y Justicia. Entre sus principales disposiciones, o por lo menos llevadas a cabo durante su gobierno, figuran: la fundación de los montepíos para viudas y huérfanos de militares; la creación del Colegio de artillería; las ordenanzas para el reemplazo del Ejército; la reglamentación del despacho con Roma; los derechos sobre la libre circulación de los granos, completados con la adquisición de trigos en Sicilia para aminorar el encarecimiento del pan; la creación de la renta de Loterías, cuyos productos debían dedicarse a la beneficencia pública; la construcción de edificios de Correos y Aduanas, posteriormente ministerios de la Gobernación y de Hacienda, respectivamente y la iglesia de San Francisco el Grande.

Hasta aquí todo fue bien, pero cuando Squillace quiso poner mano sobre las costumbres comenzó a verse sañudamente combatido y se lanzaron contra él las más deshonrosas acusaciones, difundidas por libelos y que al fin tomaron forma concreta elevándose una representación al rey, que Squillace no dejó llegar a sus manos, en la que se afirmaba que su ministro había acumulado los más pingües cargos en individuos de su familia; que enviaba a su país grandes cantidades ganadas no se sabe como; que los empleos públicos no eran para los más aptos sino para los que los pagaban mejor, etc.

Además, y esto se decía en el terreno particular, se acusaba a Squillace de marido complaciente y esta cualidad se quería ver la razón principal de su privanza para con el rey. Por otra parte, el clero también le había declarado la guerra, y es lo cierto, que con fundamento o sin él, Squillace había llegado a hacerse odioso al pueblo. La indignación contra el italiano llegó a su límite cuando publicó, el 10-III-1766, una disposición prohibiendo el uso del sombrero redondo y de la capa larga.

El populacho quiso matar al ministro —Motín de Esquilache—, y este tuvo que esconderse para salvar la vida. El rey, aunque muy afecto a él, se vio obligado a privarle de todos sus cargos y a desterrarle con toda su familia, embarcando entonces para su patria. Años más tarde fue nombrado embajador de España en Venecia, cargo que desempeñó hasta su muerte.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, tomo 57 págs. 914-915.

Marqués de la Ensenada

Entre los ministros más clarividentes de España en el siglo XVIII figura don Zenón de Somodevilla y Bengoechea, que supo aunar el espíritu de innovación política, social y administrativa con el respeto a la tradición nacional. A su persona, se deben, en buena parte, la prosperidad de que gozó España durante el reinado de Fernando VI y nuchas de las reformas que fueron más tarde desarrolladas por los ministros de Carlos III. De prodigiosa capacidad de trabajo y de fina percepción política, el marqués de la Ensenada rehizo el prestigio internacional de España y reafirmó su independencia política frente a Francia, y, en particular, frente a Inglaterra.

Retrato del marqués de la Ensenada, por Jacopo Amigoni.Retrato del marqués de la Ensenada, por Jacopo Amigoni.

Pertenecía don Zenón de Somodevilla a una noble familia riojana, de muchos blasones y poca hacienda. Nacido en Alesanco (Logroño), el 2-VI-1702, inició su carrera militar y administrativa como oficial supernumerario del ministerio de Marina, a las órdenes de Patiño (1720). En el desempeño de los encargos que le fueron confiados demostró tal competencia, que tanto Patiño como su sucesor Campillo (1726) le distinguieron sobremanera. A los veintiséis años, el 10-VIII-1728, fue nombrado comisario general de la Marina.

Desempeñó este puesto en Cartagena, en El Ferrol y en la expedición a Orán de 1732. Para la campaña napolitana, abierta con motivo de la guerra de Sucesión de Polonia, Somodevilla fue nombrado comisario-ordenador (1733-1734), destacándose tanto en sus servicios que el infante don Carlos, luego rey de Nápoles, le recompensó con el marquesado de la Ensenada. Poco tiempo después, Felipe V le nombraba sucesivamente secretario del consejo de la Armada e intendente de Marina (1737), desde cuyo cargo dictó unas Ordenanzas (1737-1738) que se han hecho célebres en la historia de la flota española de combate.

A principios de 1742, en calidad de secretario universal, acompañó al infante don Felipe en la campaña que dio por resultados la expulsión de los piamonteses de Saboya (guerra de la Pragmática Sanción —guerra del II Pacto de Familia, comenzada en 1741 entre España, apoyada por Francia, y Austria por la posesión de los ducados de Parma y Plasencia y el Milanesado.—

A la muerte del ministro Campillo, ocurrida el 11-IV-1743, Felipe V reclamó al Marqués de la Ensenada para que ocupara las secretarías de estado que aquel dejaba vacantes, que eran las de Hacienda, Guerra, Marina e Indias. Después de algunas vacilaciones don Zenón regresó a Madrid. Su gestión gubernamental, forzada de momento por las circunstancias de la guerra general en que intervenía España, no logró en el principio gran relieve, más que el de salvar con acierto las dificultades propias de aquella hora. Pero muerto Felipe V (1746), confirmado en su cargo ministerial por Fernando VI, y concertada la paz de Aquisgrán (1748), Ensenada pudo dar la medida completa de su valer.

Mantuvo una política de paz, pero una paz asegurada por el desarrollo de la propia potencialidad de España. En este aspecto creó nuevos regimientos, estableció la cría caballar, aumentó la artillería del ejército, fundó depósitos de municiones en varias plazas de España, y, en particular, fomentó el desarrollo de la marina, cuyo auge llegó muy pronto a inquietar al gobierno inglés.

A su actividad se debe la prosperidad de los arsenales de Cartagena y del Ferrol. A mayor abundamiento se preocupó de los canales (proyecto del de Castilla) y de las carreteras (abertura del puerto de Guadarrama). La industria resurgió gracias a su sagaz política comercial y financiera. En su época los ingresos fiscales casi se duplicaron, y se llenaron las arcas del tesoro. En fin, como si lo anterior fuera poco, resolvió las cuestiones religiosas y políticas pendientes con la Santa Sede por el concordato de 1753.

Este fue el último acto de importancia en su gestión gubernamental. El 8-IV-1754, había reemplazado al difunto ministro Carvajal en la Secretaría de Estado. Desde este nuevo puesto se opuso con todas sus fuerzas al tratado de límites firmado el 13-I-1750 con Portugal.

Para evitar lo que juzgaba mal irremediable, cometió la imprudencia de provocar la intervención de Carlos de Nápoles, futuro heredero de la Corona. Inglaterra y Portugal se aprovecharon de este incidente para arrancar de Fernando VI la orden de destitución de Ensenada. Esta llegó el 20-VII-1754. Desterrado a Granada y luego a Puerto de Santa María, residió aquí seis años. En 1760, al advenimiento al trono de Carlos III, regresó a Madrid.

Pero ya no intervino en la política, puesto que el gobierno había sido concedido a los italianos Grimaldi y Esquilache. Cuando en 1766 se produjeron los motines de Madrid —Motín de Esquilache—, se acusó al marqués de la Ensenada de haber participado en la preparación del movimiento, debido a su amistad con los jesuitas. Fue desterrado de nuevo de la corte el 18-IV-1766 y residenciado en Medina del Campo, en cuya villa acabó sus días el 2-XII-1781.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 105-105.

Conde de Aranda

Caracterizadísimo representante del Despotismo ilustrado y de la filosofía enciclopedista en España, Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda, unió a sus ideas generales un temperamento particular no siempre amable ni benévolo. Aristócrata, como heredero del título de una de las más rancias familias de Aragón, hombre de armas en su juventud, político y diplomático en su madurez, imprimió al gobierno del Estado durante el reinado de Carlos III un rumbo notoriamente extranjerizante, afrancesado y regalista.

Retrato del Conde de Aranda por José María Galván.Retrato del Conde de Aranda por José María Galván.

Arrogante, inquieto y brusco, quiso romper con una tradición multisecular, logrando, en efecto, hacer patente su nombre como uno de los personajes más ilustrados de la época, aplaudido por los filósofos franceses y criticado por los que representaban la parte más sana de España. Sus reformas económicas y religiosas levantaron grandes protestas, las cuales pusieron fin a su política y a su poder. A ello contribuyó, en parte no muy pequeña, su intemperancia y sus modales altivos, que no reparaban ni en la misma persona del monarca.

El décimo conde de Aranda vino al mundo en el castillo de Siétamo, cerca de Huesca, el 18-XII-1718. Recibió una buena educación en Bolonia y en la escuela militar de Parma. En 1740 entró en el ejército español, con el que actuó durante la guerra de la Pragmática Sanción, a las órdenes del marqués de Montemar, el general Giges y otros jefes. Terminada la lucha, viajó por el extranjero; pasó algún tiempo en Prusia, donde admiró y aprendió la reforma militar de Federico el Grande.

A su regreso a España, intentó aplicar los principios de esa reforma en el ejército español, y durante algún tiempo ejerció el cargo de director general de Artillería bajo Fernando VI. De este mismo reinado fueron sus primeros escarceos diplomáticos, primero como embajador en Lisboa y luego en Varsovia. Por sus audacias de lenguaje fue confinado a sus posesiones aragonesas. Recobró el favor real al advenir al trono Carlos III (1759).

Fue de nuevo embajador de España en Portugal (1760), cargo que, al entrar su patria en lucha con esta nación e Inglaterra (guerra de los Siete Años), cambió con el de jefe del ejército de operaciones, en sustitución del marqués de Sarriá (1762). Bajo su dirección fue tomada la ciudad de Almeida. Pero la campaña terminó sin resultados positivos.

Recompensado con el grado de capital general fue destinado al gobierno de Valencia (1764), donde permaneció hasta que, a raíz del Motín de Esquilache, Carlos III le nombró presidente del Consejo de Castilla (1766). Durante siete años el conde de Aranda fue el árbitro de la política española.

Después de reestablecer el orden en el país, Carlos III dio la orden de expulsión de la Compañía de Jesús (1767). Su actitud anticlerical se manifestó asimismo en sus trabajos para lograr la supresión general de los jesuitas, mantener la realeza en posición privilegiada respecto ante el papado, y eliminar el espíritu religioso en la enseñanza pública. Como tantos otros ministros enciclopedistas, favoreció el desarrollo de la agricultura —incluso en detrimento de la ganadería—, del comercio y de la colonización interior.

Enemistado con el partido de los golillas —al que pertenecía Floridablanca— y fracasado en el litigio con Inglaterra respecto a las islas Malvinas, Carlos III le nombró embajador suyo en París (1773). Era una fórmula diplomática para encubrir su desgracia. Durante catorce años, el mordaz conde actuó en la capital de Francia, donde pudo dar satisfacción a sus inclinaciones filosóficas. Gracias a su intervención, Francia arrastró a España a la lucha por la independencia americana, de la que Carlos III sacó honra, más no grandes provechos (Tratado de Versalles, 1783).

En 1787 Aranda regresó a su patria, donde empezó a intrigar contra Floridablanca. El 28-II-1792 fue nombrado primer ministro; pero en esta ocasión actuó de comparsa en la escena montada por las ambiciones de Godoy. Derribado, por innecesario, el 15 de noviembre del mismo año, continuó en la corte como consejero de Estado, hasta que después de una violenta discusión con el favorito (1794) fue desterrado a Jaén y, luego, encarcelado en la Alhambra de Granada. En 1795 se le permitió establecerse en sus posesiones aragonesas. Murió en Épila el 9-I-1798.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 127-128.

Conde de Campomanes

Pedro Rodríguez, conde de Campomanes perteneció al grupo de intelectuales y políticos españoles que durante el reinado de Carlos III representaron las corrientes afrancesadas, cuyas normas intentaron aplicar en el sistema del Despotismo ilustrado. Hombre de una erudicción considerable, distinguido como historiador y como jurista, desde el gobierno impuso al país una política enciclopedista, caracterizada no solo por el fomento de la agricultura, la industria, el comercio, la colonización interior y la enseñanza, sino también por su espíritu regalista y sectario. No todas sus reformas redundaron en beneficio de la nación.

Retrato del politico e ilustrado español Pedro Rodríguez de Campomanes.Retrato del politico e ilustrado español Pedro Rodríguez de Campomanes.

Asturiano, natural de Santa Eulalia de Sorriba, donde nació el 1-VII-1723, se educó en Oviedo, revelando una precocidad intelectual poco común. Aunque estudió filosofía en Santillana, su vocación le encaminó a la investigación científica e histórica.

Poseía las lenguas clásicas y el árabe, y en su biblioteca figuraban muchos autores extranjeros. En 1742 se licenció en derecho y poco después trasladó su residencia a Madrid. La publicación de una obra sobre los templarios le abrió las puertas de la Academia de la Historia (1748). Durante algún tiempo cotejó los códigos escurialenses sobre los concilios celebrados en España y reunió materiales para su obra Sobre las leyes y el gobierno de los godos (1752). En 1755 fue nombrado superintendente general de correos y postas, con lo que Campomanes inició su carrera administrativa.

Destacó en este servicio por la normalización y aumento de rapidez en la distribución de la correspondencia. Publicó una obra sobre las postas en España (1761) y elaboró las ordenanzas de 1762, que significaron un gran progreso en esta rama de administración pública. Los éxitos logrados por Campomanes determinaron que Carlos III le nombrara fiscal del Consejo de Castilla, uno de los cargos políticos más importantes de la época (1762). Sus dictámenes, inspirados en un rígido criterio regalista, iniciaron una serie de disposiciones legales contra las órdenes religiosas.

Particularmente notable es el Tratado de la regalía de la amortización (1764), referentes a los bienes de manos muertas, que fue traducido a varios idiomas con el aplauso de los enciclopedistas. En 1766 presentó al Consejo el informe sobre los sucesos del Motín de Esquilache, en el que acusaba a la Compañía de Jesús. Esta fue la base de la expulsión de los jesuitas, decretada por Carlos III en 1767. En 1782, Campomanes recibió la presidencia del Consejo, que desempeñó hasta 1791.

Aplicando las ideas que había expuesto en sus Discurso sobre el fomento de la industria popular (1774) y Discurso sobre la educación popular de los artesanos y su fomento (1775-1777), favoreció la agricultura, aun a costa de perjudicar innecesariamente los intereses de la ganadería al suprimir los privilegios de la Mesta.

Fomentó las manufacturas nacionales mediante subsidios, decretó la libre circulación de los cereales, impulsó el comercio con América; mejoró la administración municipal y reformó los planes de enseñanza en sentido más moderno. En 1789 presidió las cortes convocadas en Madrid por Carlos IV. Dimitió dos años más tarde por discrepancias con Floridablanca y se retiró a la vida privada. Murió en Madrid el 3-II-1803.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 128-128.

Conde de Floridablanca

Durante el reinado de Carlos III de España, don José Moñino, conde de Floridablanca, fue otro infatigable propulsor del desarrollo económico, cultural y político del país, entendido según las normas enciclopedistas. Sinceramente español, convencido de que el absolutismo monárquico era el mejor instrumento para hacer la felicidad del pueblo, elevó este sistema de gobierno a la cúspide de su perfección en España. Su visión económica fue fisiócrata, es decir, encaminada al progreso de la agricultura, del comercio y de la industria.

El Conde de Floridablanca, por Francisco de Goya, 1783.El Conde de Floridablanca, por Francisco de Goya, 1783.

En política exterior mantuvo una estrecha alianza con Francia, que consideraba necesaria para hacer frente a las amenazas de Inglaterra en las colonias americanas. En el candente problema religioso de la época de Carlos III, se mostró resueltamente regalista, hasta el punto que fue uno de los personajes que más contribuyó a la expulsión de la Compañía de Jesús. Sin embargo, en la intimidad de su vida privada fue un católico sincero. Nacido el 21-X-1728 en Murcia, hijo de un notario de la ciudad, cursó sus primeros estudios en el colegio de San Fulgencio.

Completados estos, se trasladó a la universidad de Salamanca, donde se graduó en leyes para suceder a su padre en su profesión. Trabajó durante algunos años como abogado, distinguiéndose tanto en varias intervenciones, que el marqués de Esquilache, omnipotente ministro de Carlos III, fijó en él sus ojos y lo elevó al cargo de fiscal del Consejo de Castilla. En calidad de tal, colaboró con el gobierno en la investigación de los sucesos del Motín de Esquilache (1766) y formó parte de la Junta que dio el beneplácito al acuerdo regio de extrañar a los jesuitas (1767).

Más tarde, cuando los borbones presionaron al papado para que suprimiera esta orden, José Moñino fue enviado a Roma como embajador cerca del papa Clemente XIV para gestionar dicha supresión, a la que se había negado Clemente XIII. Obtuvo en esta misión un éxito muy rápido, aunque no fácil (julio de 1773), por lo que fue recompensado por la corte española con el título de marqués de Floridablanca. Continuó como embajador en Roma hasta fines de 1776, en el que le llegó el nombramiento de ministro en sustitución del marqués de Grimaldi.

Durante doce años ejerció este cargo con bastante competencia. Reflexivo, circunspecto y moderado, procuró a toda costa el bienestar de España, abriendo canales, construyendo carreteras e impulsando el comercio español con las colonias y en el Mediterráneo. Durante su gestión ministerial tuvo que luchar contra las intrigas del conde de Aranda. A fines del reinado de Carlos III presentó la dimisión de su cargo, que no le fue aceptada. Continuó como ministro al advenimiento de Carlos IV en 1788.

Pero el nuevo soberano no le apoyó como su padre. Floridablanca se mostró enemigo acérrimo de la Revolución francesa e hizo lo imposible para evitar que sus ideas se propagaran por España. El 18-VII-1790 fue objeto de un atentado por el francés Pairet. Año y medio más tarde, el 28-II-1792, era exonerado de la corte por el triunfo del partido de Aranda sobre el de los golillas, que era el suyo. Poco después se le sacaba de la residencia de Hellín, se le encerraba en la ciudadela de Pamplona y se le instruía proceso.

Sin embargo la desgracia de Aranda y el advenimiento al poder de Godoy le libraron de la cárcel y de la ignominia. Restituido en sus bienes y honra, vivió en el convento de los franciscanos de Murcia hasta 1808, en cuya fecha, al producirse el alzamiento nacional contra la invasión francesa, fue elevado a la presidencia de la Junta de Murcia.

Al constituirse la Junta General Suprema, fue designado, asimismo, para ocupar su presidencia. Dirigió, pues, los primeros pasos de la vida de este organismo hasta el 28-XII-1808, en el que la muerte se lo llevó al sepulcro de Sevilla.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 128-129.

Jovellanos

Gaspar Mechor de Jovellanos llenaría por sí solo, con su figura de una elevación poco común, la última parte del s. XVIII en España. Realmente, fue un hombre independiente, dotado de ideas propias, en cuya aplicación sincera y honrada hallaba el mejor camino para la recuperación de España. Su españolismo fue, en efecto, intachable en todo momento. Estudioso, con una gran cultura y un espíritu abierto a las vibraciones de la época, fue un gran magistrado, un político y economista clarividente, un crítico de arte justo y un poeta no despreciable.

Gaspar_Melchor_de_Jovellanos.Gaspar Melchor de Jovellanos por Goya.

Entre la tradición y el liberalismo que se anunciaba, entre el credo de sus mayores y los atrevimientos de la Enciclopedia, Jovellanos fue, pese a sus inclinaciones de un romanticismo precursor, el hombre que buscó empalmar el pasado con el presente y forjar la fórmula de concordia que desterrara cualquier extremismo. Su vida y su muerte respondieron de sus ideales, de una honradez acrisolada.

El autor del Informe del expediente de Ley Agraria nació en Gijón el 5-II-1744. Preparándose para alcanzar la carrera eclesiástica, estudió en Ávila y en Alcalá de Henares, hasta que habiendo sido nombrado en 1767 alcalde del crimen de Sevilla, halló en la nueva ocupación el sendero más importante de su vida. Sin embargo, dadas sus aficiones al cultivo de las buenas letras, empezó a figurar como literato afiliado a las corrientes renovadoras que procedían, singularmente, de Francia.

En 1759 compuso una tragedia, Pelayo, que representó en 1772, inferior a la del mismo título de Quintana. En 1773 dio un nuevo paso en el teatro con el Delincuente honrado, drama influido por Diderot, el cual, pese a su convencionalismo y sentimentalidad retórica, representa algo nuevo en la escena española, afectada por la tragedia neoclásica. Al mismo tiempo, se pone en contacto con la escuela salmantina de fines del siglo XVIII, y sus poesías se caracterizan por su sobriedad, sentido horaciano de la vida y gran elevación moral.

Llamado a Madrid en 1778 para ocupar el cargo de alcalde de casa y corte, sus conocimientos jurídicos y económicos hicieron recaer en él la atención de Campomanes. En 1782 emitió un dictamen favorable a la creación del banco de San Carlos y en 1785 proclamó sus ideas de equilibrado liberalismo en el Informe sobre el ejercicio de las artes, fundamental para conocer los problemas de la España de su época.

Estas obras, de gran envergadura política, no desterraban de él al buen catador de las bellas artes, como lo demuestra el Elogio, de 1782, en el que por primera vez, se halla una revalorización del gótico y de la pintura velazqueña.

En 1790, a poco de reinar Carlos IV, Jovellanos fue desterrado a Madrid a causa de su amistad con Francisco Cabarrús, organizador del banco de San Carlos. Se retiró a Gijón donde halló un vasto campo para sus actividades en la fundación del Real Instituto Asturiano, dedicado a enseñanzas politécnicas. El mismo Jovellanos profesó en el citado centro docente un curso de humanidades, aparte de varios cursos sintéticos de lenguas castellana, francesa e inglesa.

Sus retos de ocio los llenó con la preparación de Informe de la Ley Agraria, que en 1795 fue presentado al Consejo Supremo de Castilla en la Sociedad Económica de Amigos del País de Madrid. En este informe, quizás excesivamente fisiocrático, Jovellanos trazó con mano maestra los diversos aspectos planteados por la reorganización del agro español, en un tono de elevada dignidad y con estilo sobrio, elegante y correcto.

Llamado a ocupar el Ministerio de Gracia y de Justicia por Godoy, quien no se atrevía a enfrentarse con el clamor público, lo ocupó durante noviembre de 1797 a agosto de 1798. El Príncipe de la Paz, basándose en un informe emitido por Jovellanos sobre el tribunal del Santo Oficio, le desterró por segunda vez a Gijón. Pero ni aun aquí, pudo ahora permanecer tranquilo. Detenido en 1801, fue trasladado a Mallorca y encerrado en la cartuja de Valldemosa y en el castillo de Bellver.

En este periodo de su vida compuso varios trabajos históricos sobre la Lonja de Mallorca y la fortaleza que le servía de cárcel. Recobró la libertad en 1808, al caer Godoy. Entonces, José I Bonaparte le ofreció una cartera ministerial, que Jovellanos rechazó con gesto altivo.

Dedicó sus últimos años a la defensa de la causa de la independencia y de la Junta Central, ya en Cádiz, ya en Asturias. Murió en Vega de Navia, al huir de los invasores, el 27-XI-1811. Estudioso, con una gran cultura y espíritu abierto a las vibraciones de la época, fue un gran magistrado, un político y economista clarividente, un crítico de arte justo y un poeta no despreciable.

Entre la tradición y el liberalismo, Jovellanos fue un hombre que buscó empalmar el pasado con el presente y exponer una fórmula de concordia que desterrara cualquier tipo de extremismo.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 129-129.

Manuel Godoy

Durante más de quince años,-XI-1792 a marzo de 1808, Manuel Godoy fue el árbitro de los destinos de la monarquía española. En él recayó el peso del gobierno en una de las épocas más difíciles para todas las monarquías de Europa: la de las guerras de la Revolución francesa y la del Imperio napoleónico. Apoyado de manera incondicional por Carlos IV y la reina Maria Luisa de Parma, Godoy se libró la tarea de salvar la nave del Estado con una inteligencia natural no despreciable, pero sin ninguna formación cultural o política. Ambicioso de poder, su único objetivo fue medrar y perpetuarse en él. Sus ideas políticas no fueron muy claras, excepto las de reconocer la fuerza de Francia y someterse de buen grado a las exigencias de la Convención, del Directorio y del Consulado.

Godoy en 1790. Retrato pintado por Francisco Bayeu.Godoy en 1790. Retrato pintado por Francisco Bayeu.

En esta traición a las esencias de la legitimidad habría podido salvar la monarquía de España y su Imperio colonial ante las acechanzas de Inglaterra, si hubiera tenido la voluntad firme de llegar a conseguir esta meta. Sin embargo, la perspectiva histórica nos presenta a Godoy como un instrumento más de la diplomacia francesa de la época.

Manuel Godoy Álvarez de Faria había nacido en Badajoz, en el seno de una familia de la pequeña aristocracia local, el 12-V-1767. A los diecisiete años entró en el cuerpo de guardias de corps de la corte real, en cuyo servicio logró cautivar por su juventud y sus maneras despejadas el corazón de María Luisa de Parma, esposa del príncipe de Asturias, el futuro Carlos IV. De aquí le provino el valimiento. En pocos años, de 1788 a 1792, hizo una carrera rapidísima: ascendió en el ejército y, en 1792, fue nombrado duque de Alcudia y ministro. Después de derribar al conde de Floridablanca del poder, sirviéndose de Aranda, provocó la dimisión del aragonés. El 15-XI-1792 ocupaba la secretaría de Estado.

Su gestión ministerial comenzó dirigiendo la lucha de España contra la Convención a raíz de la ejecución de Luis XVI (1793). Después de una brillante campaña inicial en el Rosellón, el ejército español sufrió varias derrotas (1794). Estos reveses, junto con el panorama militar general, desfavorable para la primera Coalición, decidieron a Godoy firmar la paz con la Convención (tratado de Basilea de 1795), que le valió grandísimos honores y el título de Príncipe de la Paz. Realmente, nada se puede criticar al favorito, pues lo mismo había hecho Prusia.

Pero así como Federico Guillermo III supo mantener una neutralidad prudente, Godoy no vaciló de acatar el poder del astro de Europa, y el 18-VIII-1796 concertó la alianza de San Ildefonso con la potencia que hacía un año era todavía la irreconciliable adversaria de España. Este tratado pesó gravemente sobre el destino del país. Consecuencias inmediatas del mismo fueron la guerra contra Inglaterra, la derrota naval del cabo de San Vicente y la pérdida de la isla Trinidad (1797).

En estas circunstancias, Godoy fue separado del gobierno el 28-III-1798. Pero regresó al cabo de poco tiempo. A fines de 1800 se encargó de nuevo del gobierno. Sus orientaciones políticas no cambiaron. Al servicio de Francia, representada ahora por Bonaparte, dirigió una campaña contra Portugal, denominada Guerra de las Naranjas (1801), cuyo resultado fue la incorporación oficial de Olivenza al territorio español.

Los intereses de la monarquía fueron descuidados por Napoleón en Amiens (1802), lo que no fue óbice para que el príncipe de la Paz se aferrara a la alianza francesa e interviniera en un nuevo conflicto con Inglaterra (1804), cuyos resultados inmediatos fueron la batalla de Trafalgar (1805) y el sacrificio de las aspiraciones navales de España. Estos fracasos hicieron crecer en la corte un partido adverso a Godoy, acaudillado por el príncipe de Asturias (Fernando VII).

Para hacer frente a sus planes, el omnipotente ministro secundó aún más a ciegas los proyectos de Napoleón, como de reveló en el tratado de Fontainebleau (1807). Por él, Godoy obtenía, en la futura desmembración de Portugal, las dos provincias meridionales; pero al autorizar el paso de las tropas francesas por España, hacía posible la invasión de esta nación por Bonaparte. La situación política se hizo irrespirable. El príncipe de Asturias fue detenido por conspiración contra Godoy y Carlos IV (28-X-1807). Fruto de la irascibilidad de los espíritus fue el motín de Aranjuez (17-V-1808): Godoy fue exonerado del cargo, encarcelado y privado de todos sus honores y prebendas. Napoleón le devolvió la libertad. Trasladado a Bayona compartió el destierro de Carlos IV en París y Roma.

A la muerte de este (1819), intentó reivindicar sus posesiones en España, sin lograrlo. Vivió algún tiempo con una pensión que le había otorgado Luis Felipe I de Francia. En 1847, Isabel II, a instancias de Mesonero Romanos, rehabilitó alguno de sus títulos. Pocos años más tarde, el príncipe de la Paz moría en París (4-X-1851).

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 159-160.

Calomarde

Figura típica de la década de 1823 a 1833, consecutiva al restablecimiento del régimen absolutista, fue Francisco Calomarde Ministro de Gracia y de Justicia de Fernando VII y uno de sus consejeros más escuchados.

Francisco Tadeo Calomarde por Vicente López.Godoy en 1790. Francisco Tadeo Calomarde por Vicente López.

Hijo de unos humildes campesinos de Villel, en la provincia de Teruel, donde nació el 10-II-1773, Calomarde ayudó a sus padres en las faenas del campo durante su niñez. pero demostrando cierta inteligencia natural, se trasladó a Zaragoza para cursar la carrera de leyes (1788), lo que hizo a costa de grandes sacrificios. Parece que se distinguió en los estudios económicos; por lo menos fue premiada por la Sociedad de Amigos del País de Zaragoza una memoria que presentó sobre esta materia. Recibido como abogado por la Audiencia zaragozana y no hallando en esta ciudad campo abierto a sus ambiciones, se trasladó a Madrid, donde gracias a la influencia de Antonio Beltrán, médico de Godoy, obtuvo un empleo en la secretaría de Gracia y Justicia de Indias (1800). En enero de 1808 contrajo matrimonio con Juana Beltrán, enlace de pura conveniencia.

Gozando de la amistad de Lardizábal, ministro de Fernando VII y luego de la Regencia, le siguió a Cádiz, en donde en 1810 ocupó el empleo de oficial mayor de la secretaría de Gracia y Justicia. Por esta época tuvo veleidades liberales, quizá con la esperanza de ser elegido diputado por Aragón en las Constituyentes de 1812. Pero habiendo fracasado en este propósito, se convirtió en acérrimo defensor del régimen absolutista.

Al regreso de Fernando VII, y siempre a la zaga de Lardizábal, Calomarde desempeñó las subsecretarías de Gobernación y Ultramar (1814) y la de Gracia y Justicia (1815). Pero a la caída de su protector (1816), fue desterrado a Pamplona por Pedro Cevallos. Los constitucionalistas de 1820 le levantaron el destierro.

En 1822 se trasladó en secreto a Madrid, y en 1823 ocupó la secretaría de la regencia establecida en la capital por el duque de Angulema. Fernando VII, liberado de los constitucionalistas en Cádiz, le nombró el 17-IX-1824, ministro de Gracia y Justicia. Intransigente en sus ideas políticas, que eran paralelas a las de los apostólicos, pero siempre atento a realizar las conveniencias reales, que en definitiva eran las suyas, Calomarde fue el ciego instrumento de la voluntad de Fernando VII.

Instituyó las Juntas de purificación y las Comisiones militares y toleró las Juntas de Fe. A pesar de las concomitancias ideológicas con los ultrarrealistas, les combatió en Cataluña (1827), a la vez que no dejaba en reposo ni un solo momento a los elementos levantiscos de la facción liberal. En cambio apoyó a los realistas portugueses, por lo que recibió de don Miguel de Braganza el título condal de Almeida. Al plantearse la cuestión sucesoria, Calomarde contribuyó a la preparación de la Pragmática de 29-III-1830, poniendo en vigor la de Carlos IV que anulaba la ley sálica de Felipe V.

Por este hecho, al nacer Isabel II, fue recompensado con el ducado de Santa Isabel por los reyes de Nápoles y con el Toisón de Oro por el monarca español. Pero luego se convenció de que parte del país y del ejército querían la sucesión del infante Carlos María Isidro. Intrigó para lograr una revocación de dicha pragmática.

Después de una lucha diaria para persuadir a los reyes, el 18-IX-1832 obtuvo de Fernando VII, que al parecer estaba en su lecho de muerte, un codicilo redactado a favor de las aspiraciones de don Carlos. Este codicilo fue destruido el 22 del mismo mes por la infanta Luisa Carlota, quien se lo arrancó de sus manos, rubricando el gesto con un bofetón que se ha hecho histórico. Así terminó la privanza del ministro, el cual fue destituido el 1 de octubre y desterrado a Alba de Aragón. Huido a Francia, murió en Tolosa el 19-VI-1842.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 191-192.

Martínez de la Rosa

Fue un hombre de transición, un poeta y un político moderado en la más correcta interpretación de este vocablo. Situado a caballo de dos siglos y de dos sistemas de pensamiento, Martínez de la Rosa tuvo mucho del s. XVIII y algo del XIX, cuyo espíritu nunca llegó a comprender por completo a causa de la formación equilibrada de su alma. Clasicista en el fondo, romántico en alguna de sus obras, fue en la agitada vida nacional de la primera mitad del s. XIX un partidario convencido de las ideas medias y enemigo acérrimo de los extremistas de cualquier color que fuesen. Precisamente porque ni en poesía ni en política fue un hombre unilateral o de personalidad acusada, su figura tiene un amable encanto en medio de las desatadas pasiones que le rodearon.

Retrato del poeta, dramaturgo, político y diplomático español Francisco Martínez de la Rosa.Retrato del poeta, dramaturgo, político y diplomático español Francisco Martínez de la Rosa.

Nacido en Granada en Marzo de 1787, de familia de buena posición social, Francisco cursó sus primeras letras bajo la dirección de Pérez de Vargas, catedrático de elocuencia de la universidad granadina. A los doce años ingresó en el colegio de San Miguel, afecto a aquel centro docente, donde destacó por sus dotes de inteligencia y aplicación, así como por su precocidad literaria.

En 1807, terminada su carrera de leyes, ganó la cátedra de filosofía moral de la universidad. La invasión de los franceses en 1808 lanzó a Martínez de la Rosa a la vida pública del país. Su cátedra se convirtió en tribuna del patriotismo. En relación con el núcleo de políticos refugiados en Cádiz, adonde se había trasladado, su espíritu se inclinó hacia las ideas constitucionales.

En 1811 pasó a Inglaterra para estudiar el sistema político de esta nación. De regreso a Cádiz en los momentos de mayor apuro para la causa de los patriotas, fue nombrado diputado a Cortes. En esta época publicó algunas poesías inspiradas en Quintana, y compuso alguna piezas teatrales, como Lo que puede un empleo, de abolengo moratinesco. La reacción de 1814 tuvo duras consecuencias personales para don Francisco.

El 10 de mayo fue detenido en Madrid junto con otros liberales distinguidos. Después de unos meses de cárcel, fue desterrado al peñón de la Gomera, donde permaneció hasta 1820. Distrajo su ocio dedicándose al estudio y redactando una Poética, que apareció más tarde, en 1827. El triunfo del pronunciamiento de Riego le devolvió la libertad (1820). Elegido diputado por Granada, se distinguió por su credo moderado, opuesto a las exigencias de los exaltados y de las sociedades secretas. Estaba convencido de que el liberalismo podía y debía ser una nueva forma en la evolución de las monarquías.

El 28-II-1822, en medio de una espantosa disolución política, aceptó el cargo de ministro de Estado, que implicaba de hecho la presidencia de gobierno. Se propuso contener a los demagogos y mantener al rey en los límites de la constitución. No logró ninguno de estos propósitos. Después de las jornadas de junio y julio de 1822, decidió presentar la dimisión (5 de agosto). Al cabo de un año, después de la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis, Martínez de la Rosa salió desterrado para el extranjero.

Residió casi ocho años en París, entregándose de nuevo a sus aficiones literarias. A esta época pertenece lo mejor de su producción: a un lado los dramas históricos de situación prerromántica, como Abén Humeya y la Conjuración de Venecia ; de otro la adaptación del Edipo de Sófocles, una de sus obras mejor logradas.

En 1831 regresó de su destierro y se estableció en su ciudad natal. Las circunstancias políticas en que se hallaba la monarquía, determinaron que la reina regente, doña María Cristina, le llamara al poder. Con el segundo ministerio Martínez de la Rosa (15-I-1834 a 7-VI-1835) se inicia el verdadero periodo constitucional en la historia de España. El prócer granadino dio pruebas inequívocas de su ideología en la concesión regia del Estatuto Real, que había de determinar la progresiva evolución del constitucionalismo.

Sin embargo, no tuvo la suficiente energía para hacer frente a los carlistas del Norte y a los exaltados en el resto del país. Por dos veces se atentó contra su vida. Después de su dimisión intervino en la vida política como uno de los campeones del moderantismo. Por esta causa fue desterrado cuando triunfó la revolución de 1840. Vivió en Paría hasta la caída de Espartero (1843). Desde entonces estuvo casi siempre al servicio de la corona española.

Fue embajador de España en Francia en 1844 y de 1846 a 1848, y en Roma, de 1848 a 1849. Ministro de Estado en el gobierno Narváez de 1844, presidente del Congreso de diputados durante las legislaturas iniciadas en 1851 y 1857, de nuevo ministro de estado en el gobierno Armero de 1857-1858, Martínez de la Rosa formó en las filas de la Unión Liberal en los últimos años de su vida, extinguida en Madrid el 7-II-1862.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 194-195.

Donoso Cortés

En medio de la avasalladora corriente ideológica de una época que propendía al liberalismo y al parlamentarismo, se levanta la figura de Juan Donoso Cortés, primer marqués de Valdegamas, el cual, reaccionando en su intimidad contra el hundimiento de una concepción del mundo que había orientado a la Humanidad durante tantos siglos de su historia, se lanzó a la palestra política y filosófica para defender los supremos valores del catolicismo como integración de la vida del Estado y del pueblo. Estilista consumado, orador grandilocuente y polemista agudo, Donoso Cortés recaba uno de los primeros lugares en la historia de las ideas españolas durante la primera mitad del s. XIX.

Juan Donoso Cortés.Juan Donoso Cortés.

Juan Donoso Cortés nació en el valle de la Serena el 6-V-1809, en ocasión de trasladarse su familia de Don Benito a Valdegamas para huir de los ejércitos napoleónicos. Era su padre, don Pedro, abogado de los Reales Consejos, terrateniente extremeño y propietario de ganado vacuno y caballar; influido por las ideas de la Ilustración, y, sin embargo, profundamente religioso.

Su hijo recibió una educación esmerada, que aprovechó con gran inteligencia y elevada vida sentimental. A los once años ingresó en los colegios de la universidad de Salamanca, pero al cabo de un año se trasladaba a Cáceres para continuar sus estudios en el Colegio de San Pedro.

En esta época conoció a Quintana, que le inició en el liberalismo. De 1824 a 1828 cursó sus estudios en la universidad de Sevilla, donde terminó su carrera de leyes.

Emprende viaje a Madrid, pero en 1829 le hallamos en Don Benito, trabajando en el bufete de su padre, aunque en octubre siguiente aceptó la cátedra de Estética y Literatura del colegio cacereño, que se le ofreció por indicación de Quintana. Durante su estancia en Cáceres, casó con Teresa Carrasco, hermana del futuro conde de Santa Olalla. A principios de 1832, Donoso Cortés se estableció en Madrid, con el propósito de dedicarse al mundo de la política.

La publicación de una Memoria sobre la situación actual de la monarquía, dirigida a Fernando VII, le valió el favor real y su ingreso en la burocracia, a la vez que le definía políticamente dentro del partido moderado, como defensor de un sistema constitucionalista, similar al preconizado en Francia por los doctrinarios, y opuesto tanto al régimen absolutista como al de los progresistas. Pareció que reafirmaba esta actitud en las Consideraciones sobre la diplomacia(1834), que según opinión general es uno de los tratados políticos más agudos de la época.

Bien visto de los liberales, fue nombrado secretario del Gabinete y de la Presidencia del Consejo de Ministros por Mendizábal. Pero ocupó este cargo muy breve tiempo, del 8 al 13 se agosto de 1836. A partir del motín de la Granja, Donoso se apartó deliberadamente de los liberales, a los que combatió desde la tribuna parlamentaria —diputado por Cádiz 1837, 1835—, y desde la del Ateneo de Madrid, del que fue socio fundador en desde las columnas de varios periódicos madrileños, como el Porvenir y el Correo Nacional.

Con el triunfo de Espartero en el conflicto entre moderados y progresistas, Donoso solicitó un permiso para trasladarse a Francia (julio de 1840). A poco de hallarse en París, llegó a esta capital la ex regente doña María Cristina, que había renunciado a su cargo después del pronunciamiento de la Junta de Madrid. Donoso, que fue secretario ocasional de la augusta señora, intervino en la preparación del pronunciamiento de 1843, que puso fin a la regencia de Espartero y al trienio progresista.

De regreso a España tomó parte muy activa en la vida parlamentaria, representando los intereses de su provincia natal. Empezó a destacar como gran orador en 1847. Sus discursos concebidos en largos párrafos, llenos de enjundiosas ideas, culminaron en el tan famoso de la Dictadura (4-I-1849), que mereció la atención de todos los círculos europeos.

Donoso Cortés, que en la crisis de 1848 había acabado de perfilar su actitud espiritual, se definió como uno de los principales antirrevolucionarios del continente. Sin embargo, las ideas contenidas en el mencionado discurso solo eran precursoras de su obra máxima, el Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, que apareció en 1851, después de una breve estancia del autor en Berlín como embajador de España en la corte de Prusia (febrero a noviembre de 1849).

En el Ensayo, Donoso rompía una lanza a favor de la civilización católica, en contra de la civilización racionalista, y proponía como remedio a las perturbaciones del tiempo y a la escisión de la sociedad, la vuelta a las ideas de solidaridad cristiana.

Nombrado embajador en París el 28-II-1851, Donoso Cortés presentó sus cartas credenciales a Napoleón, entonces presidente de la República francesa, el 27 de marzo siguiente. Fue un atento observador de la vida interna de Francia y de la situación internacional, y uno de los mejores diplomáticos españoles de la época. Murió prematuramente en París, el 3-III-1853, víctima de un ataque cardíaco.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs.