Vicente Rojo Lluch

Datos biográficos

Militar: Oficial del Ejército, arma de Infantería.
Nacimiento: 1894
Fallecimiento: 1966

Biografía

Oficial del Ejército, arma de Infantería. Militar español (Fuente de la Higuera, Valencia, 1894-Madrid, 1966). Oficial del Ejército, arma de Infantería. Oficial de Infantería, general en jefe del Estado Mayor del Ejército republicano. Huérfano de militar, ingresó en la Academia de Infantería de Toledo en 1911 y recibió su despacho en 1914 como segundo teniente, el cuarto de una promoción de 390 cadetes. Veterano de las campañas de Marruecos, profesor de táctica de la Academia de infantería de Toledo, conocido de Franco (algunos historiadores creen que eran amigos).

Retrato de Vicente Rojo Lluch.Retrato de Vicente Rojo Lluch.

Durante la República, tras firmar la promesa de adhesión, estudió en la Escuela Superior de Guerra y obtuvo el diploma de Estado Mayor. Curiosamente, el ejercicio táctico propuesto para diplomarse fue el paso del Ebro para establecer una línea defensiva entre Reus y Granadella, una operación similar a la que dirigió durante la guerra civil. Católico practicante, fue miembro de la conservadora Unión Militar Española (UME).

Al comienzo de la guerra estaba destinado en la Escuela Superior de Guerra de Madrid, en la que era profesor, con el grado de comandante, y fue adscrito al Estado Mayor del ministerio el 20 de julio, en medio del desorden originado por la sublevación y la defección de muchos oficiales y jefes. Luego pasó a la columna de operaciones de Somosierra y regresó al ministerio el 6 de septiembre, cuando ya se había constituido el gobierno de Largo Caballero y el coronel Asensio Torrado había asumido el mando de las fuerzas del teatro de operaciones de la región central.

En el Madrid revolucionario y en el Ministerio de la Guerra infectado de rumores y acusaciones, se proclamó católico y legalista, según diversos testimonios concordantes, lo que suscitó algunos recelos en el ambiente enfebrecido de los primeros meses de combates.

Ascendido a teniente coronel por lealtad y comisionado por el gobierno, el 9 de septiembre, entró en el Alcázar de Toledo para parlamentar con los sitiados y conseguir su rendición, pero fracasó en el empeño. Algunos cronistas, fantaseando con los antecedentes ideológicos y las supuestas simpatías de Rojo, lucubraron maliciosamente sobre su conversación con Moscardó, su imaginario deseo de quedarse en el Alcázar o con las informaciones que presuntamente facilitó a los sitiados.

En el mismo sector, mandó inmediatamente después una columna de milicianos en un intento fallido de reconquistar Illescas. A finales de octubre fue nombrado segundo jefe del Estado Mayor del Ministerio. Ante la marcha del gobierno a Valencia (noviembre de 1936) y el nombramiento de una Junta de Defensa de Madrid, el general Asensio Torrado lo propuso como jefe del Estado Mayor de ese organismo, cargo desde el que planificó las operaciones para detener el avance de las columnas franquistas, cuya entrada en la capital se consideraba inevitable e inminente.

Según escribió el mismo Rojo, su nombramiento no fue propuesto sino simplemente aceptado por Miaja, presidente de la Junta. El éxito defensivo, sus buenos modales inalterables, sus excelentes relaciones con los comunistas y los mandos de las Brigadas Internacionales, así como sus enérgicas y precisas maniobras en los diversos frentes madrileños, elevaron su prestigio dentro del Ejército Popular, por lo que fue condecorado con la Placa Laureada de Madrid y promovido a coronel en marzo de 1937.

Tras el excelente comportamiento de los gubernamentales en la batalla del Jarama (febrero de 1937), las fuerzas que combatían en el entorno de Madrid fueron reorganizadas y fusionadas en el Ejército del Centro, del que fue designado jefe del Estado Mayor, de nuevo a las órdenes del general Miaja.

Su decisión de nombrar al teniente coronel Jurado Barrio como jefe del cuerpo de ejército que protagonizó la contraofensiva y el triunfo en la batalla de Brihuega-Guadalajara (marzo de 1937) fue decisiva para que empezara a fraguarse su reputación como el más capacitado de los jefes militares republicanos. Tras la caída del gobierno de Largo Caballero, el nuevo ministro de Defensa Nacional, Indalecio Prieto, le nombró Jefe de Estado Mayor de la Defensa, supuestamente por iniciativa comunista, cargo en el que permaneció hasta febrero de 1939.

Ascendido a general en septiembre de 1937, dirigió las fuerzas gubernamentales en sus ofensivas de Brunete, Teruel y Ebro, después de ser confirmado en su cargo por el jefe del gobierno y nuevo ministro de Defensa, Juan Negrín (abril de 1938).

Colaboró estrechamente con los comunistas, lo que le echaron en cara algunos compañeros de armas republicanos, como el coronel Jesús Pérez Salas, por entender que favorecía la promoción de los oficiales procedentes de las milicias, y que llegó a considerarlo como un instrumento más del PCE. M. Teresa Suero Roca, en unas notas biográficas bastante críticas, sin aportar ninguna prueba, acepta la diatriba de Pérez Salas.

Rojo, que no era ni fue jamás comunista, tampoco aceptó el carnet del [PCE], pero admitió la servidumbre política al partido, probablemente antes de ser nombrado jefe del Estado Mayor de la defensa de Madrid.Militares republicanos de l Guerra de España, Barcelona, 1981.

La primera operación concebida como jefe del Estado Mayor Central fue la ofensiva de Brunete (6-14-VII-1937), presumiblemente auspiciada por los comunistas en condiciones poco favorables , con el fin de frenar la marcha nacionalista hacia Santander.

El éxito inicial (toma de Brunete y Quijorna) no pudo mantenerse por mucho tiempo. Algo parecido ocurrió con la ofensiva sobre Zaragoza (agosto de 1937) que acabó por conocerse como la batalla de Belchite, aunque esta fue planeada por el teniente coronel Antonio Cordón, a la sazón jefe de Estado mayor del Ejército del Este, y meramente aceptada por el Estado Mayor Central.

En diciembre de 1937 planeó y dirigió una ofensiva contra Teruel, donde el frente enemigo formaba un entrante en territorio republicano, a fin de obligarle a concentrar más tropas y frustrar un nuevo intento de presionar hacia Madrid. La toma de la ciudad (7 de enero de 1938), única capital de provincia recuperada por los republicanos, constituyó un importante éxito táctico y estratégico, pero que, al cabo de mes y medio de encarnizados combates, bajo los rigores de un ambiente siberiano, no pudo consolidarse.

Los nacionalistas reconquistaron Teruel el 22 de febrero. Al día siguiente, presentó su dimisión, pero no le fue aceptada por el ministro Prieto, que le renovó la confianza, en un momento crítico de las operaciones militares. Pese a todos los refuerzos encaminados hacia el frente de Aragón, los gubernamentales no pudieron impedir lo que el mismo Rojo había considerado un acontecimiento decisivo para la suerte de la guerra: el hachazo del enemigo y su llegada al Mediterráneo, por Vinaroz (15 de abril), lo que entrañaba el corte en dos del territorio republicano.

Ante la presión de los nacionalistas en todos los frentes de Cataluña, Rojo concibió y organizó la más ambiciosa ofensiva, la del Ebro, con unidades mandadas principalmente por comunistas, con el coronel Juan Modesto Guilloto al frente, cuyo objetivo último era llegar a Alcañiz y restablecer la continuidad territorial de la zona republicana.

Como en otras ocasiones parecidas, la ofensiva fulgurante degeneró en combates de desgaste, por lo que el éxito inicial que supuso el paso del río por sorpresa (25-VII-1938) y la toma de posiciones en su margen meridional quedó muy lejos del objetivo estratégico y tampoco pudo explotarse tácticamente más allá de tres meses. La retirada del Ebro, completada el 15 de noviembre, señaló el principio de su eclipse como máximo estratega del Ejército Popular.

Las críticas no se hicieron esperar por los que consideraron que la ofensiva del Ebro fue el último disparate estratégico cometido por el bando republicano, según la severa reflexión muy posterior del historiador británico Raymon Carr, pero que parece inspirada por el general republicano Gamir Ulibarri, quien, nada más terminar la guerra, escribió en sus memorias (1939) que la pérdida de Cataluña se decidió en el Ebro y que la batalla fue un desastre estratégico. Rojo se defendió en sus libros reduciendo quizá en exceso los objetivos militares de toda la operación, como si se tratara de una mera ofensiva táctica.

Al producirse el derrumbamiento de Cataluña y la llegada de los nacionalistas a la frontera francesa (10-II-1939), pasó a Francia. En sendos informes comunicó al presidente Azaña y al jefe del Gobierno, Negrín, que la guerra estaba irremediablemente perdida y que, por lo tanto, aconsejaba negociar la rendición. Los partidarios de Negrín y los comunistas le reprocharon que se negara a regresar a la zona centro-sur para organizar la resistencia a ultranza, pero él asegura en sus escritos que no recibió orden expresa para el regreso, aunque no es menos cierto que presentó la dimisión al jefe del gobierno y ministro de Defensa.

Según de desprende del archivo del general Vicente Rojo Lluch, en la última decena de enero se le cayó la venda, es decir, concluyó que la resistencia era inútil, dando por admitido que tanto por razones de orden interno como internacional es imposible sostenerla [la guerra] con alguna probabilidad de éxito. Cuando pasó la frontera francesa, el 9 de febrero, su decisión de abandono era irrevocable, y el día 12 comunicó a Negrín, por telegrama y por carta, su renuncia al cargo y su alejamiento definitivo de la política numantina condenada al fracaso, pese a que el día antes había sido ascendido a teniente general, según decreto firmado por el presidente de la República en la embajada de París.

Esta actitud fue compartida esos días por su compañero el general Enrique Jurado Barrio, que también se encontraba en Francia. El jefe del Gobierno no quiso darse por enterado y requirió a ambos generales para que regresaran a la zona centro-sur, pero Rojo le replicó con una última carta, el 28 de febrero, en la que reiteró que estaba ya desligado del gobierno y le pedía que asumiera la derrota y creara en una resistencia baldía.

Por el contrario, tras producirse el golpe de Estado del coronel Casado, el general Rojo expresó por carta su adhesión a Matallana el 8 de marzo y le informó de que tanto él como Jurado no tendrían inconvenientes en regresar a Madrid porque no deseaban seguir la suerte de los fugitivos políticos, sino, buena o mala, la que sea la de los militares que, como yo, han hecho la guerra honradamente.

El 12 de marzo, insistió en mostrar su adhesión al Consejo Nacional de Defensa. No obstante, posteriormente, en sus libros, se mostró muy crítico con la ambición de Casado y la rivalidad de los anarquistas con los comunistas que adquirió dimensiones trágicas al final de la contienda, para subrayar los deplorables efectos de la politización sobre el esfuerzo militar.

De Francia marchó a la Argentina y luego a Bolivia, donde fue profesor en la Escuela Militar de Cochabamaba. Regresó con su familia a España en 1957, previa mediación de un jesuita y un obispo bolivianos, y fue sometido a consejo de guerra y condenado a 30 años de cárcel, pero indultado inmediatamente.

La condena fue por rebelión militar, paradójicamente por no haberse rebelado contra el gobierno de la República. Como su regreso suscitó algunas críticas entre los militares más recalcitrantes y vengativos, todo parece indicar que el mismo Franco tomó una solución salomónica. El archivo privado del general Rojo, depositado por su familia después de su muerte, se conserva en el Archivo Histórico Nacional de Madrid y resulta imprescindible para adentrarse en el laberinto de los últimos meses de la contienda.

Autor de ¡Alerta los Pueblos!, 1939, edición en Barcelona en 1974, ¡España heroica!, 1942, edición en Barcelona en 1975; y ¡Así fue la defensa de Madrid!, México, 1967. Las tres obras constituyen una especie de historia militar del conflicto desde el punto de vista del más famoso estratega del bando republicano. El primero ofrece una reflexión en profundidad y muy cercana a los acontecimientos sobre las causas internas y externas de la victoria de Franco, una terrible condena de los fallos militares causados por el faccionalismo político, según la opinión de Raymon Carr.

Su panegírico puede leerse en Carlos Blanco Escolá, Vicente Rojo, el general que humilló a Franco; Barcelona, 2004. Para una visión menos elogiosa puede consultarse el libro de M.Teresa Suero Roca, Militares republicanos de l Guerra de España, Barcelona, 1981. Una aproximación biográfica que incluye algunos documentos de interés es la de Jesús I. Martínez Paricio (coordinador). Los papeles del general Rojo, Madrid, 1989. Uno de sus nietos recibió en 2005 el premio Comillas por una biografía de su abuelo.

Madridejos, Mateo, Diccionario onomástico de la guerra civil, Ed. Flor del Viento, 2006, págs. 313-316.