Mola Vidal, Emilio. Placetas (Cuba), 9.VII.1887—Alcocero (Burgos), 3.VI.1937. Militar, organizador de la sublevación militar de 1936.

El general Mola fue, entre abril y julio de 1936, el principal responsable de la organización del levantamiento militar que, iniciado el 18 de julio, puso fin a la Segunda República española y desencadenó la Guerra Civil (1936-1939). Como tal, Mola llevó a cabo en esos meses lo más urgente: ultimar contactos con jefes y oficiales comprometidos, ampliar la conspiración, calibrar la situación, definir objetivos, fijar fechas. Era probablemente el hombre idóneo para todo ello. Su paso por la Dirección General de Seguridad en 1930-1931 le había familiarizado con el secretismo y los sistemas de trabajo –uso de confidentes y agentes secretos, espionaje, infiltración en organizaciones enemigas, y similares– propios de los servicios de inteligencia y seguridad del estado. De elevada estatura (1,80 metros) y evidente delgadez, figura desgarbada, voz dura y ronca, conversación áspera y breve, rostro enérgico, gesto amargo y despectivo, y temperamento imperativo e inflexible, la figura de Mola componía una personalidad dominante. Con alguna razón, por sus libros –dos tomos de memorias sobre su labor en la Dirección General de Seguridad (Lo que yo supe y Tempestad, calma, intriga y crisis) y el volumen El pasado Azaña y el porvenir, publicados en 1933-1934, Mola estaba además considerado como el más intelectual de los militares que en 1936 encabezaron el levantamiento contra la República.

En julio de 1936, Mola era general de brigada. De familia militar, nacido en Placetas, Cuba –destino de su padre, capitán de la Guardia Civil; su madre era una mujer criolla de ascendencia catalana–, y en España desde 1894 por traslado de su padre ascendido a comandante a la Península, ingresó en la Academia Militar de Toledo en 1904 y se graduó, como n.º 1 de su promoción, en 1907. Como otros militares de su generación, Mola hizo gran parte de su carrera en Marruecos. Combatió primero, entre 1909 y 1912, en las campañas de Melilla y del Kert, para pasar luego a la zona de Tetuán, inicialmente como oficial en el Regimiento de Infantería de Melilla, enseguida en las Fuerzas Regulares Indígenas creadas en 1911: resultó herido en mayo de 1913, ascendió a capitán en junio de ese mismo año y a comandante en 1914 (con 27 años). Mola permaneció en la Península entre 1917 y principios de 1919, casi todo el tiempo en Barcelona, en el batallón de Cazadores Alba de Tormes, y unos meses en Madrid, como juez instructor en Capitanía General. Volvió a Marruecos en enero de 1919, al reavivarse la guerra. Incorporado en el Grupo de Regulares de Ceuta, entró de nuevo en combate, primero, en la zona occidental del Protectorado (operaciones de Uad Ras, Fondak de Ain Yedida, Álcazar Seguer, Miskrela,..); luego, tras su ascenso a teniente coronel en junio de 1921 y al frente sucesivamente del Regimiento de Andalucía y los Regulares de Melilla, en las operaciones llevadas a cabo esta vez en las zonas central y oriental del mandato español para recomponer las posiciones de la comandancia de Melilla casi deshechas tras el desastre de Annual de julio de 1921. Su acción más destacada, y la más dura de su carrera: la defensa de Dar Akobba, en el marco de las varias operaciones que en 1924 conllevó la difícil evacuación de Xauen.

Mola no tuvo mando en el desembarco de Alhucemas (septiembre de 1925); pero ascendido a coronel en febrero de 1926, participó en las operaciones de “limpieza” y pacificación definitiva del Rif –en su caso: pacificación de la cabila Beni Urriaguel y ocupación de Axdir, operaciones de Ketama, ocupación de la cabila de Tegsut– que siguieron a, y completaron, la operación hispano-francesa sobre Alhucemas. Mola ascendió a general de brigada en octubre de 1927. En 1928 ocupó la Comandancia General de Larache, la ciudad portuaria del Atlántico y uno de los principales centros administrativos del Marruecos español. Con una vida privada y familiar estable –Mola se casó en 1922 con Consuelo Bascón; el matrimonio tuvo cuatro hijos–; con una brillante y rápida carrera profesional, general de brigada con 44 años y al frente de una Comandancia prestigiosa, la carrera de Mola parecía culminada.

Marruecos, pues, marcó su carrera militar. Inesperadamente, en enero de 1930 Mola aceptó el cargo de Director General de Seguridad en el gobierno que el general Dámaso Berenguer –creador en 1911 de las Fuerzas Regulares españolas, las unidades militares coloniales con tropa indígena y mando español con las que Mola se sintió especialmente identificado en Marruecos– formó tras la caída de la dictadura de Primo de Rivera. Mola pasó a desempeñar así responsabilidades más policiales y represivas que militares (a riesgo de empañar de alguna forma su trayectoria militar). Mola fue Director General de Seguridad en los gobiernos de Berenguer (enero de 1930–febrero de 1931) y Aznar, (febrero-abril de 1931), en una situación definida por la caída de Primo de Rivera, el restablecimiento del orden constitucional, el ascenso del republicanismo y la creciente movilización contra la Monarquía. Dos sucesos sobre todo marcaron su gestión: el movimiento republicano de diciembre de 1930 –cuyo episodio más dramático fue la sublevación militar de Jaca y la ejecución de los capitanes Galán y García Hernández—y la represión por la policía de seguridad, en marzo de 1931, de la agitación de los estudiantes de medicina de la Universidad de Madrid. El paso por la Dirección General de Seguridad cambió a Mola, y cambió su imagen y valoración públicas. Mola identificó republicanismo con subversión y agitación, con conspiraciones anti-españolas y anti-patrióticas; paralelamente, el republicanismo hizo de él, un hombre muy poco afecto a la monarquía y responsable directo solo de los sucesos de la Facultad de Medicina de Madrid, el símbolo, o uno de ellos, de la represión.

La Segunda República apartó a Mola. Cesado en su cargo de forma inmediata –por Azaña, ministro de Defensa en el gobierno provisional que apareció el mismo 14 de abril de 1931 al frente del nuevo régimen–, brevemente encarcelado y procesado luego, fue separado del Ejército en agosto de 1932 tras el intento de golpe de estado del general Sanjurjo. Mola escribió entonces, y con gran éxito, los libros citados: Lo que yo supe; Tempestad, calma, intriga y crisis; El pasado Azaña y el porvenir, publicados en 1933 y 1934 (un último libro de Mola Dar Akobba, aun totalmente acabado, apareció póstumamente). No eran simples memorias, con comentarios ácidos y revelaciones más o menos singulares. Exponían el pensamiento de Mola: los dos primeros revelaban su preocupación, u obsesión, por el mundo de la subversión y la agitación, donde aparecía ya el fantasma de la conspiración comunista; El pasado, Azaña y el porvenir hacía del anti-militarismo –que según Mola culminaba en Azaña y el régimen republicano, en la “trituración del Ejército” por Azaña, en palabras de Mola—la causa principal de la crisis de España. Ese libro y Dar Akobba –del que Mola corrigió pruebas de imprenta en junio de 1936— eran una exaltación del Ejército, y de su labor en Marruecos, como encarnación del patriotismo frente a la política y el poder civil. Esto es: teorías de conspiración contra España, el Ejército como primera institución nacional, la Segunda República como un régimen anti-militarista (y por extensión, anti-español).

Esa era el pensamiento de Mola en 1933-1936. La Ley de Amnistía de abril de 1934 permitió su reincorporación al Ejército. Gil-Robles, el líder de la derecha católica y ministro de Defensa entre mayo y diciembre de 1935 (en uno de los gobiernos formados tras la victoria del centro y la derecha españoles en las elecciones noviembre de 1933), con Franco como Jefe de Estado Mayor, nombró a Mola primero general jefe de la zona de Melilla, y luego jefe de las Fuerzas Militares en Marruecos (del Ejército de África). La victoria del Frente Popular en febrero de 1936 llevó a un núcleo importante de militares, entre ellos Mola –a quien el nuevo gobierno, presidido por Casares Quiroga, trasladó a Pamplona como jefe de la 12.ª Brigada de Infantería y comandante militar de la plaza– a la conspiración. Desde abril, Mola asumió, como El Director, la organización del golpe militar en preparación. De sus varias Instrucciones Reservadas, dos ideas fueron particularmente importantes: la idea de que el golpe, que Mola preveía para el 19 de julio, debía partir de la periferia para converger –con unidades procedentes de Valencia, Zaragoza, Burgos y Valladolid– sobre Madrid; y la idea de que la acción militar debía ser “en extremo violenta” para reducir de forma fulminante al “enemigo”. Mola añadió luego, a fines de junio, después que el cauteloso Franco decidiese su participación en el golpe, instrucciones para operaciones a cargo de columnas de Ceuta y Melilla sobre Algeciras y Málaga para confluir en Córdoba, y marchar desde allí también sobre Madrid. Gestiones suyas perfilaron además, los posibles apoyos al levantamiento militar de fuerzas políticas de la derecha (tuvo personalmente dificultades para entenderse con el carlismo, la fuerza política hegemónica en Navarra), y captaron a varios militares indecisos.

El asesinato de Calvo Sotelo el 13 de julio precipitó el desenlace y alteró el curso de los hechos. El plan y las instrucciones de Mola no se iban a cumplir. El levantamiento militar comenzó en Melilla en la tarde del 17 de julio y triunfó de forma inmediata en todo el norte de África (Ceuta, Melilla, Marruecos español). Fracasó en Valencia, Barcelona y Madrid, con sus respectivas regiones militares (España estaba dividida militarmente en ocho divisiones orgánicas, o regiones militares, tres comandancias militares y tres departamentos marítimos). En Andalucía triunfó solo en las ciudades de Sevilla, Córdoba y Granada; en Aragón, en las capitales; y en la 6.ª División Orgánica en la que se encuadraba Navarra, y por tanto Mola, el levantamiento fracasó en Guipúzcoa, Vizcaya y Santander (en Navarra, donde triunfó, se ajustó el guión de Mola: 2.789 personas fueron ejecutadas en la provincia).

El golpe fulminante, la convergencia sobre Madrid desde regiones militares periféricas, fracasaron. El levantamiento desembocó en guerra civil. Mola, personalmente, rechazó la posibilidad de acuerdo que el gobierno de Madrid (Martínez Barrio) le ofreció telefónicamente el 19 de julio. El Ejército de África, trasladado a la Península desde finales de julio y cuyo mando había asumido Franco el día 19, aparecía, contra lo que había pensado Mola, como el cuerpo de ejército más importante de los ejércitos “nacionales”. Mola, que tras deponer y detener al general Batet, luego fusilado, asumió el mando de la 5.ª División Orgánica con sede en Burgos, solo pudo enviar a Madrid tres columnas, que además quedaron retenidas en el puerto de Somosierra, en la sierra madrileña: tuvo, contra lo previsto, que enviar tropas a Guipúzcoa, Logroño y Zaragoza. El objetivo iba a seguir siendo Madrid: pero el avance sobre la capital quedaba a cargo de las columnas del Ejército de África, y se realizaría desde Andalucía y Extremadura. El norte, donde las fuerzas de Mola (las Brigadas Navarras, en torno a 20.000 hombres, bajo el mando del coronel Solchaga) tomaron la práctica totalidad de Guipúzcoa a lo largo de septiembre, quedaba momentáneamente como frente de guerra secundario. Aun flanqueado por Queipo de Llano en Andalucía y Mola en el norte, Franco era de hecho el verdadero hombre fuerte del levantamiento y de la situación militar creada. La Junta de Defensa Militar formada en Burgos el 24 de julio –otra iniciativa de Mola– así lo entendió: nombró a Franco Generalísimo (21 de septiembre) y luego, 1 de octubre, jefe del Gobierno y del Estado español.

El norte recobró centralidad en la guerra a partir de marzo de 1937, cuando Franco, fracasadas las ofensivas sobre Madrid –desde Andalucía-Extremadura, por la carretera de La Coruña, por el Jarama, desde Guadalajara—decidió llevar la guerra a aquel frente, con Vizcaya, Santander y Asturias como objetivo. Primero fue, a partir del 31 de marzo de 1937, la ofensiva sobre Vizcaya (Euzkadi, región autónoma desde octubre de 1936 gobernada por el Partido Nacionalista Vasco), la única fase de la guerra del norte en que Mola, que murió el 3 de junio de 1937, pudo intervenir. Franco concentró sobre Vizcaya bajo el mando de Mola la casi totalidad de las fuerzas aéreas (entre ellas, la Legión Cóndor alemana) y de artillería de que disponía, y fuerzas de infantería de gran capacidad de maniobra (cinco Brigadas Navarras, flanqueadas por la Brigada Mixta italiana de Flechas Negras: en total, en torno a 50.000 hombres), al servicio de una táctica básica: bombardeos masivos de aviación y artillería, asalto posterior de la infantería. Mola, cuyo mando quedó condicionado por las interferencias del cuartel general de Franco –en lo que hacía, por ejemplo, a la aviación y la artillería, o al mando de las distintas Brigadas, o en las relaciones con las fuerzas extranjeras–, creyó que ocuparía Vizcaya en tres semanas. Le llevó tres meses hacerlo, no obstante la absoluta superioridad aérea de su ejército. Él no llegó a verlo: murió días antes de la toma de Bilbao (19 junio 1937). La ofensiva, que comenzó con el bombardeo de Durango el 31 de marzo de 1937 (237 muertos), preveía la ruptura de los distintos frentes vizcaínos (estabilizados desde octubre/noviembre de 1936 en la divisorias entre esa provincia y las provincias limítrofes de Guipúzcoa, Álava y Burgos) desde Álava y desde Guipúzcoa, para lograr una doble penetración en Vizcaya que confluyese en Durango, base del avance sobre Bilbao; doble ruptura completada por operaciones tanto por la costa (tropas italianas) como desde Burgos, para ir avanzando escalonadamente sobre el cinturón de hierro de Bilbao, que sería atacado desde Galdácano y desde todas las carreteras convergentes en esa localidad procedentes de Durango, Vitoria y Burgos. Un plan que, con alteraciones y retrasos en razón de los combates, fue cumpliéndose: primero, rotura de la línea vizcaíno-alavesa; segundo, desde el 20 de abril, ofensiva sobre Elorrio y rotura del frente guipuzcoano; tercero, ocupación, en mayo, de alturas y valles ya en las proximidades de Bilbao; cuarto, rotura, desde el 28 de mayo, del cinturón de Bilbao. La escalada y dureza de la guerra fueron considerables. El bombardeo de Guernica el 26 de abril (en torno a 300 muertos) por la aviación alemana y algunos aviones italianos, tras la rotura del frente guipuzcoano y la retirada de las tropas vascas hacia líneas ya cercanas a Bilbao, conmocionó al mundo (y disgustó por ello a Mola: un Mola, ciertamente partidario de alguna acción militar extremada que sirviera de advertencia a Bilbao, que sin duda supo que se preparaba una acción aérea sobre Guernica, pues se vio con el jefe de Estado Mayor de la Legión Cóndor, von Richtofen, el 25 de abril, pero que tal vez no tuvo noticia detallada de la intensidad y dimensiones del bombardeo).

La República intentó aliviar la presión sobre Vizcaya con una ofensiva sobre Valsaín-Segovia a fines de mayo, la ofensiva que sirvió de escenario a la novela de Hemingway Por quién doblan las campanas. La ofensiva no prosperó; Bilbao cayó el 19 de junio de 1937. Mola había muerto el 3 de junio, cuando el avión que le llevaba de Burgos a Valladolid para desde allí inspeccionar el frente segoviano se estrelló, debido a la niebla, en el puerto de La Brújula, en el término de Alcocero (Burgos). Se reconoció su cadáver por la máquina fotográfica –su gran afición—marca Leika que siempre llevaba. Mola, pues, no pudo tener ya parte alguna ni el posterior curso de la guerra ni en la construcción del régimen que siguió a la victoria en la misma del bando nacional. Es imposible saber cuál hubiera sido el papel de Mola en todo ello. Lo que se sabe es que Mola era, después de Franco, el más importante de los generales “nacionales”, y la personalidad más enérgica y fuerte de todos ellos. Hitler, por ejemplo, le tenía por el auténtico cerebro del bando nacional (o eso comentó al conocer su muerte).

FUSI AIZPÚRUA Juan P., «Mola», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, http://dbe.rah.es/biografias /12899/emilio-mola-vidal)