Emilio Mola Vidal

Datos biográficos

Militar: Oficial del Ejército, arma de Infantería.
Sobrenombre: el Director
Nacimiento: 9-VII-1887
Fallecimiento: 3-VI-1937

Biografía

Nació en Plantas, Santa Clara, Cuba, 1887 y murió en Alcocero, Burgos, 1937). Hijo de un capitán de la Guardia Civil destinado en Cuba. A los 17 años ingresó en la Academia de Infantería de Toledo (1904), de la que salió tres años después con el grado de segundo teniente. Destinado en Marruecos, realizó una brillante carrera militar.

Mola junto al general FrancoMola junto al general Franco en una aparición en Burgos el 27 de agosto de 1936, recogida por el periódico alemán Berliner Illustrierte Zeitung.

En junio de 1924, siendo teniente coronel de Regulares, participó en las operaciones de Dar-Akobba, en las que reforzó su prestigio profesional, y que le granjearon la notoriedad pública. Ascendió a coronel en 1926, y a general al año siguiente, gracias a la defensa de la atalaya marroquí de Beni-Hassan, y fue nombrado comandante militar de Larache (1928) y director general de Seguridad en el gobierno de transición del general Dámaso Berenguer (1930-1931), cargo en el que desplegó una gran actividad antisubversiva y contra los elementos republicanos, pese a no ser un ferviente defensor de la Monarquía.

El imperativo Fusilad a Mola se convirtió en un grito frecuente entre los radicales de la época. Tras la proclamación de la República (1931) fue separado del servicio, detenido y encarcelado cuando Azaña era ministro de la Guerra, como presunto responsable de la represión de una manifestación de estudiantes durante su gestión como director general de Seguridad.

Según se desprende de algunos testimonios, ese castigo público engendró en su ánimo una inalterable inquina contra el ministro de la Guerra republicano. Amnistiado en 1934 por el Gobierno Lerroux, se reincorporó al Ejército y poco después, el entonces ministro de la Guerra, José María Gil Robles, lo destinó a Larache (1935) y le encomendó en la práctica el mando de las tropas de Marruecos.

Tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones del 16-II-1936, fue destituido y trasladado a Pamplona como jefe de una brigada de infantería y comandante militar de la plaza (marzo de 1936), quizá con el propósito de abortar sus planes golpistas. pero la verdad es que se convirtió en el auténtico cerebro de la conspiración en sus dos ramificaciones (militar y civil) y dirigió la sublevación desde y en Pamplona, donde llegó a un entendimiento fundamental con los carlistas.

Contó con la colaboración de los coroneles José Solchaga y García Escámez, que le sirvieron de enlaces con otros militares, así como con el respaldo de un ambiente popular harto enfebrecido contra el Frente Popular en la capital navarra y del carlismo.

La conjura sufrió algunos sobresaltos y dilaciones como consecuencia de la ardua negociación con los carlistas, ya que estos pretendían resolver la cuestión de la naturaleza del régimen en favor de la monarquía tradicionalista, mientras que muchos militares eran accidentalistas en cuanto a la forma de gobierno o preconizaban el mantenimiento de la República, la separación de la Iglesia y el Estado y la preservación de las conquistas sociales. Mola insistió en que el respaldo civil era imprescindible para el éxito del alzamiento.

Considerado en todo momento el director de la sublevación militar, aunque actuando siempre como delegado del general José Sanjurjo, en abril de 1936 puso en marcha sus planes y escribió su primera instrucción reservada, en la que abogó por la instauración de una dictadura militar que tendrá por misión inmediata restablecer el orden público, imponer el imperio de la ley y reforzar convenientemente al Ejército, para consolidar la situación de hecho, que pasará a ser de derecho.

Firmó esta y otras proclamas como el director. El 27 de mayo recibió una carta de José Antonio Primo de Rivera favorable para sus propósitos golpistas.

Los planes de rebelión se fueron concretando en sucesivas instrucciones y consultas, en las que además designó a los militares que debían encabezarla en las distintas capitales de provincia. El 5 de junio distribuyó entre los conspiradores un documento político en el que hablaba de un directorio militar para dirigir el alzamiento. Todo estaba a punto a principios de julio, pero la fecha se aplazó al menos en dos ocasiones debido a la falta de coordinación y algunos incidentes menores.

El asesinato de Calvo Sotelo por un grupo de guardias de asalto (13-VII-1936) terminó con las dudas de algunos conjurados, Francisco Franco entre ellos, y el 15 de julio, Mola recibió la adhesión definitiva de la Comunión Tradicionalista. Tras la sublevación del 18 de julio, dirigió de hecho la acción de los insurrectos y asumió el mando de la VI División, con sede en Burgos, del que había sido despojado el general Domingo Batet.

En la madrugada del 18 al 19 de julio, triunfante el alzamiento en la capital navarra, habló por teléfono con Diego Martínez Barrio, cuando este había sido encargado de formar gobierno, pero la conversación resultó infructuosa.

Algunos historiadores sugieren que Martínez Barrio llegó a ofrecerle la cartera de Guerra en el nonato gabinete, pero que la rechazó, y se sabe que le dijo que era demasiado tarde para detener la rebelión. La desaparición en accidente aéreo, cuando se dirigía a Pamplona, del general José Sanjurjo, que era el jefe nominal de la sublevación (20 de julio), reforzó su autoridad entre los sediciosos en la Península.

Miembro de la Junta de Defensa Nacional, constituida en Burgos el 24-VII-1936, presidida por Miguel Cabanellas, asumió también la jefatura del Ejército del Norte. Aunque en un principio se mostraba reticente y poco comprometido, cambió de parecer y se unió al general Kindelán como uno de los principales valedores de la candidatura del general Franco al mando supremo y único de los ejércitos.

Participó en todas las reuniones que los jefes militares celebraron en Salamanca a tal fin (21 y 28 de septiembre) y apoyó a Franco porque creía que era el mejor visto en el exterior, según le comentó a Cabanellas. En cualquier caso, su propia candidatura contaba con muy pocas posibilidades debido a los recelos que concitaba entre sus pares. De haber nombrado a Mola, habríamos perdido la guerra, es la sentencia que se atribuye al general Queipo de Llano.

A principios de octubre trasladó su cuartel general a Ávila, en la esperanza pronto frustrada de poder entrar en Madrid. Sus comentarios imprudentes a un periodista extranjero sobre la quinta columna, presuntamente actuante en Madrid, que sería la primera en conquistar la capital, desató una oleada represiva (29-X).

Entonces centró todos sus esfuerzos en la conquista del País Vasco, pero no pudo completar sus objetivos porque murió en un accidente de aviación en 3-VI-1937, cuando se dirigía de Vitoria a Burgos, al estrellarse su aparato contra el cerro de Alcocero, muy probablemente a causa de la niebla.

El mismo día del accidente, Franco le concedió la Cruz Laureada de San Fernando, a título póstumo, en reconocimiento a los grandes servicios prestados a la causa nacionalista. El 18-VII-1848 le fue otorgado el título de duque de Mola.

H.Thomas, aunque solo lo conoció en fotografía, pergeñó un retrato poco convencional:

Era un militar valiente, imaginativo, tortuoso y con cierta inclinación hacia la literatura, cuyo rostro ascético, subrayado por unas gafas, le hacía parecer más un secretario papal que un general

Enjuiciando su negativa a aceptar la transacción propuesta por el jefe de gobierno republicano, el historiador Ángel Viñas aseguró que era, en el peor sentido del término, un reaccionario, que añoraba la sociedad de antaño, cuasi rural .

Pero fue probablemente el más ilustrado de los militares sublevados, o al menos, el más aficionado a la escritura y el análisis, por lo que otros historiadores y testigos le suponen ideas liberales y creen que su evolución hacia el golpismo, como escribió Gil-Robles, se inicia en una celda por su encarcelamiento durante el bienio social-azañista (1931-1932).

Sus Obras completas se publicaron en Valladolid en 1940 y en ellas se incluye el ensayo titulado El pasado, Azaña y el porvenir, dirigido contra las reformas militares republicanas y contra su promotor, al que manifiesta una animadversión irrefrenable. Varias obras están dedicadas a su vida y su actividad en relación con la rebelión militar.

Entre otras, la de José María Iribarren, El general Mola (Madrid, 1936); la de B. Félix María Sarasa, Mola, aquel hombre. Diario de la conspiración, 1936 (Barcelona, 1976), por el que fue su agente y enlace; y la del general Jorge Vigón, General Mola, el Conspirador (Barcelona, 1957). También pueden seguirse sus pasos en pamplona en las memorias de Jaime de Burgo, Conspiración y guerra civil (Madrid, 1970).

Madridejos, Mateo, Diccionario onomástico de la guerra civil, Ed. Flor del Viento, 2006, págs. 235-238.