ANTONIO ESCOBAR HUERTAS. Ceuta, 14.XI.1879 – Montjuic (Barcelona), 8.II.1940.

La formación de guardias civiles avanzaba por la Vía Laietana de Barcelona, en las primeras horas de la tarde de un caluroso 19 de julio, en dirección a la Consejería de Orden Público de la Generalidad de Cataluña. Al frente marchaba el coronel Escobar, cuidadosamente uniformado, que dio la voz de alto cuando se percató de la presencia de Lluís Companys, presidente de la Generalidad. Escobar se volvió hacia él y le saludó militarmente:

—¡A sus órdenes, señor presidente! —dijo.

Eran momentos de altísima tensión; la sublevación militar aún no estaba decidida y el saludo de esos guardias civiles constituía un inmenso alivio para las autoridades republicanas.

Pero la escena encerraba otro significado más profundo si cabe: aparte de su condición de guardia civil, el coronel Escobar era una persona de arraigadas convicciones morales que entendía que su obligación era la de apoyar a las instituciones legítimas de la República. Además, Escobar tenía unas sólidas creencias religiosas y, como católico convencido, vivía intensamente la religión y colaboraba asiduamente en multitud de obras de caridad. Sin embargo, esta circunstancia no afectó a su comportamiento en aquella hora, cuando la explosión antirreligiosa apenas se había hecho notar en las calles de Barcelona, y tampoco lo hará después, cuando se vea obligado a compaginar sus convicciones más íntimas y profundas con la lealtad a la causa republicana.

En las horas siguientes de aquel 19 de julio, la columna del coronel Escobar se presentó en la Plaza de la Universidad y, posteriormente, en la Plaza de Cataluña, principal escenario de la sublevación militar. En los dos lugares consiguió que los militares sublevados se entregaran sin ofrecer resistencia. Esta escena aparece recogida en la novela L’Espoir, de André Malraux, donde se pone especial énfasis en el valor del coronel, «solo, entre las balas, en medio de la inmensa plaza».

Pero mientras entraba en el Hotel Colón, en la Plaza de Cataluña, Escobar, que era viudo, aún no sabía que allí encontraría al más pequeño de sus hijos, José, que se había afiliado a la Falange. El coronel logró trasladarlo discretamente al domicilio familiar y, pocos días más tarde, consiguió embarcarlo con rumbo a Italia. De regreso a la zona sublevada, el joven se incorporaría al ejército franquista y encontraría la muerte a primeros de septiembre de 1937, en el transcurso de la batalla de Belchite. Su padre tardó bastante tiempo en enterarse de la noticia.

Aquella tarde del 19 de julio la sublevación podía considerarse abortada en Barcelona, y solo quedaba un pequeño reducto en el cuartel de las Atarazanas y un grupo de soldados y oficiales de un regimiento de Caballería que había buscado refugio en el convento de los carmelitas, situado en la confluencia de la Avenida Diagonal con la calle Roger de Lauria. A los militares se les había unido un pequeño contingente de guardias civiles. Hacia allí se dirigió Escobar, cuya misión era hacer que los militares se rindieran.

La situación era especialmente delicada porque el convento y la iglesia estaban rodeados por un grupo muy crecido de personas, en su mayoría pertenecientes a organizaciones obreras, muy soliviantadas por la sublevación militar. Aquella muchedumbre reclamaba una acción violenta e inmediata contra los autores de la intentona golpista. La rendición del general Goded, que había encabezado la sublevación en la ciudad, y su mensaje radiofónico para liberar de todo compromiso a los militares que le habían seguido, no habían calmado los ánimos, por lo que, en el instante en el que Escobar se situaba ante las puertas del convento de los carmelitas, las perspectivas eran bastante sombrías. Escobar negoció con el coronel que mandaba la tropa y, aunque no pudo darle garantía de que preservaría sus vidas, se comprometió a acompañarlos en todo momento. También dio instrucciones para que los guardias civiles que se habían unido a la sublevación salieran del convento sin ser advertidos por la muchedumbre que se había agolpado en torno al edificio. Sin embargo, la tarea de protección de los militares sería un fracaso. Muchos de los jefes y oficiales fueron tiroteados allí mismo y la matanza continuó en el interior del convento, donde también murieron unos frailes que nada tenían que ver con la sublevación militar.

Tiempo después, cuando se celebró el Consejo de Guerra, a Escobar se le acusó de haber faltado a su palabra y de pasividad a la hora de evitar la matanza, pero ni mucho menos fue así. El coronel había conseguido proteger a los guardias civiles que se habían unido a los rebeldes, y difícilmente habría podido hacer más de lo que hizo para salvar la vida de los que se encontraban en el interior del convento.

Los acontecimientos de aquel día de julio marcarían profundamente al católico coronel Escobar, que tenía ya noticia directa del furor anticristiano que se había apoderado de algunos sectores de la sociedad. Sin embargo, su sentido de la lealtad hacia las autoridades republicanas no se vio afectado por esos hechos, ni entonces ni durante el desarrollo del conflicto bélico.

A principios de septiembre de 1936, Escobar fue trasladado al frente de Madrid —quizá con la secreta intención de alejarlo de Barcelona— y, a finales de octubre, se distinguió en la defensa de Navalcarnero, última población en la que se intentó frenar el avance de las tropas franquistas hacia Madrid. Posteriormente fue herido en la defensa de la capital y se le trasladó a Barcelona para su recuperación.

Durante los sucesos de mayo de 1937 en Barcelona —originados por el intento de afirmación del Gobierno central, apoyado por comunistas, y de la Generalitat, contra los anarquistas de la CNT y los trotskistas del POUM—, Escobar resultó herido de gravedad en un atentado, cuando acudía a tomar posesión de su cargo como delegado de Orden Público, en representación del Gobierno en Cataluña, y jefe superior de Policía en Barcelona. En esas circunstancias se aceptó su dimisión y, a finales de junio, fue ascendido a general, según se leía en la Gaceta de la República, «por su inquebrantable adhesión y lealtad al régimen republicano cuanto que, desde el mismo día de la subversión militar, actuó con gran eficacia y ha resultado dos veces herido en combate».

En su Cuaderno de la Pobleta, Azaña reconocería también los méritos de Escobar:

Escobar, el 19 de julio, decidió la jornada poniéndose con la Guardia Civil a las órdenes del Gobierno de la Generalidad. Después estuvo en los frentes de Madrid y Talavera, siendo herido malamente. Su conducta cuando el ataque a Navalcarnero fue ejemplar. Y aquí [...] Escobar no ha tenido quien le dé las gracias ni le otorgue una recompensa. La baja de Escobar fue grave contrariedad. De haber tomado el mando, las cosas habrían ido de otro modo.

Ese ascenso, desde luego, nunca sería reconocido en el otro bando, pero el Gobierno republicano siguió demostrando su confianza en él. De hecho, poco después fue nombrado jefe de la Quinta Zona (Barcelona) de la Guardia Nacional Republicana —la antigua Guardia Civil— en sustitución del general Aranguren, que era quien la había dirigido hasta entonces.

Escobar había permanecido hasta aquel momento en Montserrat, convaleciente de las heridas del atentado de mayo, pero acudió a Valencia para agradecer a Azaña su reciente nombramiento y entrevistarse con Indalecio Prieto, ministro de Defensa en el Gobierno de Juan Negrín. También debió de entrevistarse entonces con Julián Zugazagoitia, que era ministro de la Gobernación e inmediato superior jerárquico del nuevo jefe de la Guardia Nacional Republicana. Más tarde Zugazagoitia lo recordaría así:

Siempre que me visitó lo hizo para pedirme un destino activo, y su palabra, correcta y medida, tenía los acentos reglamentarios. No omitía el tratamiento y se conservaba en posición militar. Para las horas que vivíamos era un anacronismo ejemplar. Con muchos anacronismos como el suyo, la guerra hubiese seguido derroteros distintos.

En su visita a Valencia, el general Escobar llevó también la extraña solicitud de que se le autorizase un viaje a Francia para ir a Lourdes. La petición no dejaba de resultar peregrina —nunca mejor dicho— en aquel contexto, pero Escobar nunca había escondido su condición de ferviente católico y había hecho todo lo posible para aliviar la situación de muchos religiosos —y simples fieles— que se acercaron a él tras estallar la rebelión militar. Azaña no dejó ninguna observación especial de la entrevista que mantuvo con Escobar el 19 de agosto de 1937, aunque parece que no puso ninguna objeción al viaje a Lourdes del general, como tampoco lo harían Prieto y Zugazagoitia. El primero de ellos incluso le proporcionó algún dinero extra para el viaje.

Escobar emprendió el camino hacia Lourdes a comienzos de septiembre de 1937, y lo hizo acompañado de su hijo Antonio, capitán de la Guardia de Asalto, casi por los mismos días en que su hijo pequeño, José, moría en el frente de Aragón. Antonio Escobar tenía además una hija, Emilia, que había profesado en la Congregación de las Adoratrices y residía en Italia desde antes de la guerra.

Las heridas de guerra retrasaron el retorno del general Escobar a la actividad bélica, pero en octubre de 1938 fue nombrado jefe del ejército de Extremadura con la esperanza, por parte de sus superiores, de que reactivara aquel frente tan lánguido y, quién sabe, intentara una penetración que dividiera el territorio franquista y aislara a Andalucía del resto de la España nacional.

Pero objetivos tan ambiciosos estaban ya muy lejos de poder lograrse. Por el contrario, los efectivos republicanos no dejaban de deteriorarse cada día, con una cascada de deserciones y frecuentes intromisiones de los asesores soviéticos. Estos hechos llevarían a Escobar a presentar su dimisión en diciembre de aquel año.

No le sería aceptada y, ya en los primeros días de enero de 1939, dirigió una ofensiva que constituyó el último espejismo de las esperanzas republicanas en la guerra. En aquellas circunstancias, uno de sus escasos consuelos fue el trato con un sacerdote que estaba alistado en el ejército republicano, sin revelar su condición, que se encargó de confortar el espíritu del general entre los meses de enero y marzo de aquel año. El 29 de marzo, Escobar se entregó en Ciudad Real a las tropas de Yagüe y, pese al ofrecimiento generoso de este, que le aconsejó que alcanzase la frontera portuguesa y se pusiera a salvo, prefirió afrontar sus responsabilidades. Así se lo hizo saber a su familia en el breve mensaje que en aquel momento transmitió a su capitán ayudante: «Diles que siempre he cumplido con mi deber y que seguiré haciéndolo hasta el final».

Pocos días después fue trasladado a Madrid y recluido, primero, en la prisión de San Antón, y después en la del Paseo del Cisne (hoy Eduardo Dato), donde coincidió durante casi dos meses con Julián Besteiro. A comienzos de diciembre de 1939 fue trasladado a Barcelona, pues allí se le había incoado el sumario judicial. Fue recluido en el castillo de Montjuic, donde se encontraría con su hijo mayor, Antonio, que también esperaba a ser juzgado. En el Consejo de Guerra, celebrado pocos días antes de Navidad, fue condenado a muerte.

Hubo numerosos intentos para conseguir el indulto, como los del cardenal Segura, de los generales Varela y Yagüe, de las monjas Adoratrices y, probablemente, del Vaticano, aunque ninguno tuvo éxito. El 8 de febrero de 1940 compareció ante el pelotón de ejecución y murió con la misma entereza con la que siempre había vivido. De hecho, cuando le comunicaron la sentencia y le solicitaron su firma, antes de la rúbrica escribió estas palabras: «Bendita sea la Divina voluntad».

Julián Zugazagoitia, un socialista que había tenido a Escobar a sus órdenes cuando fue ministro de la Gobernación y, posteriormente, secretario general del Ministerio de Defensa, trazó este perfil del coronel en un libro que redactó pocos meses después de finalizar la guerra, y que constituye uno de los testimonios más ecuánimes de aquellos hechos:

De entre los jefes y oficiales que traté en función de mi cargo, nadie me dio tan cabal prueba de disciplinada obediencia como el coronel de la Guardia Civil señor Escobar, que, sin que le estorbase su catolicismo, se puso a las órdenes incondicionales de la República, aceptando sin la más tenue vacilación, a pesar de su edad, las comisiones más ásperas, en la primera de las cuales recibió dos balazos, que le pusieron al borde de la tumba y determinaron sus ascenso a general, y la segunda, la muerte, que le fue dada por el enemigo al hacerle prisionero.

En 1984 se estrenaría la película Memorias del general Escobar, dirigida por José Luis Madrid, en la que el actor Antonio Ferrandis interpretaba al malogrado general. La cinta se basaba en una novela de José Luis Olaizola, titulada La guerra del general Escobar, que había obtenido el año anterior el Premio Planeta de novela.

RUIZ-MANJÓN, Octavio, Algunos Hombres Buenos, Ed. Espasa, 2016, págs. 33-41.