MIRANDA, Francisco de (1750-1816) [Caracas-San Fernando (Cádiz)]. Hijo del comerciante canario Sebastián de Miranda y de la criolla Francisca Antonia Rodríguez Espinosa, se llamaba Sebastián Francisco, y desde 1772 usó solo el segundo nombre. El padre prosperó en sus negocios y tenía una posición desahogada, y fue capitán de milicias, habiendo tenido, al retirarse, un pleito por el uso del uniforme con el municipio de Caracas, órgano de la orgullosa aristocracia mantuana o criolla. Estudió Miranda en el seminario de Santa Rosa y en la Universidad de Caracas, ignorándose si llegó a graduarse de bachiller en Artes. En 1771 se embarcó para España, donde ingresó en el ejército como capitán de Infantería en el regimiento de la Princesa, gracias a una buena suma por el despacho, Demostraba ya curiosidad universal por todos los aspectos de la cultura y fuerte espíritu crítico; estudiaba lenguas, matemáticas y adquiría gran cantidad de libros, muchos de ellos de ideas enciclopedistas, dominado ya por tendencias avanzadas en religión y política, que se agudizaron rápidamente.

Fue destinado a Melilla, donde se distinguió en el sitio puesto por los moros (1774-75) y del que redactó un diario (pub. en 1939); participó en la desgraciada expedición de O'Reilly contra Argel (1775), y visitó Gibraltar, donde le impresionó la vida inglesa y entabló amistad con oficiales británicos. Acuartelado en Cádiz y en Madrid, hizo estrecha amistad con Juan Manuel de Cagigal (1739-1808), a la sazón coronel de su regimiento e hijo del virrey de México Francisco Cagigal de la Vega. Su inquieto espíritu seguía leyendo obras enciclopedistas y le hizo chocar con algunos jefes. Realizando deseos anteriores, volvió a América en 1780, en el regimiento de Aragón, con la expedición de Victorino de Navia, con motivo de la intervención de España en la guerra de la independencia norteamericana. Asistió a la toma de Panzacola (1781), ascendiéndosele a teniente coronel. Cagigal, nombrado gobernador de Cuba (1781-82), le envió a Jamaica para obtener un canje de prisioneros y en misión de espionaje; fue bien recibido por las autoridades inglesas, realizó su misión y, excediéndose de sus atribuciones, firmó un pacto regulador del corso, que fue desaprobado; asimismo, obtuvo datos del estado militar de la isla y levantó un mapa de ella, gracias a permitir un cuantioso contrabando que llevó a Cuba, en el que asimismo participó junto con algunos personajes cubanos. (1781).

Espíritu independentista

En 1782, tomó parte en la expedición de Cagigal contra la isla de la Providencia en las Bahamas. Tenía muchos rivales, entre ellos, Bernardo de Gálvez, y con motivo del contrabando, el intendente Juan Ignacio Urriza inició un proceso, sumamente largo y complicado, que llevó el oidor de Guatemala Juan Antonio de Uruñuela, acusándose a Miranda no solo por el contrabando, sino por haber permitido a un general inglés canjeado examinar las fortificaciones de La Habana —cargo que resultó infundado—, y simultáneamente, la Inquisición de Cartagena de Indias le instruía otro proceso por lectura de libros prohibidos. Cagigal fue destituido y enviado preso a la Península. Miranda, en primera instancia, fue condenado a multa, pérdida de empleo y destierro en Orán por diez años (22-XII-1783); pero no cumplió la sentencia, pues habiendo sido puesto en libertad de una primera intención, huyó de La Habana en un barco norteamericano, el 1 de junio de 1783, y se refugió en los Estados Unidos, desembarcando en la Carolina del Norte. Su pensamiento estaba ya orientado hacia la emancipación hispanoamericana, y, según dijo y comprueba una carta conservada, estaba en relación con algunos criollos de viso —como el padre de Bolívar, Martín de Tovar y el marqués de Mijares— que le incitaban a trabajar por aquella (1782). Sin embargo, parece que fluctuó algunos años entre ella y el deseo de volver a su situación anterior.

Permaneció año y medio en los Estados Unidos, recorriendo sus principales ciudades; visitó los campos de batalla de la guerra de la independencia y se embriagó con el espíritu, la vida, el ambiente de libertad del país y sus instituciones, manifestando una admiración ilimitada y algo ingenua, como lo revela su Diario. Trabó conocimiento y amistad con muchos personajes —Washington (para quien llevaba carta de recomendación de Cagigal), Lafayette, Hamilton, Steuben, Arthur Saint Clair, Wayne, Samuel Adams, los Morris, Paine— que habían desempeñado papeles de primer orden en la lucha por la independencia, y comunicó sus aspiraciones a varios de ellos —Hamilton, Henry Knox, William S. Smith, yerno de John Adams— que se mostraron propicios a secundarle, pero no halló favorable disposición en el Gobierno, y se dirigió a Inglaterra, adonde llegó a comienzos de 1785.

Viaje por Europa

A pesar de su situación, no dejó de mantener relaciones con los representantes españoles, recibiéndole bien Francisco Rendón en Filadelfia (a quien le recomendó Cagigal), y Bernardo del Campo en Londres, aunque este se dedicó a hacer vigilar sus andanzas, y escribió a Floridablanca, en solicitud de que se le hiciera justicia, pero evitó volver a territorio español ni penetrar en Francia, para no ser detenido. Trató Miranda en Inglaterra a otros personajes y concibió profunda admiración por su vida, cultura y régimen, pero no halló ambiente favorable para sus planes, y decidió llevar a término su anterior designio de recorrer Europa y estudiar las instituciones políticas y sus formas de vida. Durante cuatro años estuvo viajando, como un alto personaje, en contacto con los monarcas, los Gobiernos y las figuras y medios más encumbrados socialmente, que se le abrieron sin restricciones, titulándose a veces conde de Miranda, sin escasearle los medios pecuniarios, incorporado al curioso núcleo típicamente dieciochesco de los aventureros internacionales, participando en ese tiempo de sus rasgos y vida.

Ya debía de pertenecer por entonces probablemente a la masonería. Con el citado Smith, que le acompañó hasta Viena, estuvo en Holanda y Alemania, asistiendo a las maniobras militares prusianas y examinando los campos de batalla; recorrió luego Italia, Grecia, Egipto, Turquía, y entró en Rusia por la costa del mar Negro (fines de 1786). En Kiev fue presentado a Catalina II, que se prendó de él, tomándole bajo su protección, le mantuvo en su corte, le nombró coronel ruso y se entusiasmó con sus planes emancipadores. No quiso Miranda radicarse en Rusia, y la zarina le concedió un pasaporte ruso y su protección diplomática contra las persecuciones del Gobierno español. Viajó luego por Suecia, Dinamarca, Holanda, Suiza, siempre con cartas de recomendación para elevadas personalidades, y por Francia, regresando a Londres en junio de 1789. Había satisfecho su insaciable curiosidad, había estudiado, ampliado su cultura, y se había entregado con desenfreno a los placeres simultáneamente; había tratado a más individuos famosos quizás que ningún español de su época —además de los dichos, a Federico II, Gustavo III de Suecia, Estanislao Poniatowski, rey de Polonia, Potemkin, Haydn, Lavater, Raynal, Ségur, Bernstorff, Gibbon, Fox, Burke; de sus pasos y aventuras dejó escritos hasta los más insignificantes pormenores en sus diarios. También había recogido documentos sobre las recientes insurrecciones en América y entrado en contacto con los jesuitas americanos expulsados.

En Londres se dedicó por completo a la ingente tarea de hacer independiente la América española, a la que consagró su gran talento, todos sus esfuerzos y una tenacidad inagotable; su actividad, sin par en esta dirección, hace que los veinte años inmediatamente anteriores a la revolución hispanoamericana estén presididos por la potente silueta del Precursor por antonomasia, y que su iniciativa o su intervención aparezcan en la mayoría de las tentativas emancipadoras, al punto de poder denominarse a este período la época de Miranda. Pero toda esa incansable actividad se desenvolvió siempre en conexión con los peculiares objetivos de potencias extranjeras, primordialmente de Inglaterra, a cuya clientela quedó adscrito ineludiblemente, por ser el único Estado del que podía esperar ayuda eficaz y el más interesado en la destrucción del imperio español. Miranda, a pesar de sus esfuerzos por no hipotecar sus ideales, se vio obligado a ser juguete de las conveniencias de los gobernantes ingleses, a convertirse en agente asalariado suyo y a ajustar sus planes a los superiores del Gobierno británico. Sin embargo, su acción fue muy importante y eficaz en la preparación del movimiento insurgente, pero debida más a su labor personal que a la impuesta colaboración extraña.

En juego de mutuo engaño se volvió a relacionar con el embajador Campo, solicitando la readmisión en el ejército, que fue rechazada por Floridablanca (1790). Con Thomas Pownall, ex gobernador colonial, compuso Miranda un plan de separación con ayuda de Inglaterra, que por mediación de aquel fue presentado a Pitt el Joven (14-II 1790), quien escuchó al venezolano, por haber surgido con España un conflicto por la cuestión de Nutka y amenazar la guerra. Pidió Miranda ayuda inmediata, con 12 ó 15.000 hombres y 15 buques, ofreciendo grandes concesiones comerciales a Inglaterra y la posibilidad de abrir un canal en Panamá; entregó a Pitt muchos documentos sobre la situación de América, su población y economía; alegaba como razones para la independencia, la exclusión de los criollos de los cargos, las prohibiciones de libros, el exceso de impuestos y la riqueza y población de América que le daban derecho a poseer un Gobierno propio.

Proyectaba Miranda un solo Estado con la América española, cuyos límites en América del Norte serían el Mississipi y los 45° N, pero de las Antillas solo incluiría Cuba; en una rara mezcla de instituciones inglesas predominantes con vestigios romanos e indígenas, habría un emperador hereditario o Inca, una Cámara de Caciques o senadores vitalicios, y otra de Comunes, más ediles, cuestores y censores; el régimen sería constitucional. Esta Constitución es la primera proyectada para Hispanoamérica. Se hicieron planes y preparativos militares, y Miranda incluso confiaba en el apoyo yanki, pero no estaban Washington y Hamilton dispuestos a ir a la guerra. España, no sostenida por Francia, claudicó y llegó a un arreglo con Inglaterra; había fracasado Miranda, y aunque recibió dinero de Pitt, no hallando el apoyo que pedía, abandonó Inglaterra y pasó a Francia, en pleno desarrollo de la revolución, llegando a París el 23-III-1792; entró pronto en contacto con miembros destacados del partido girondino, como Brissot, Bailly, Pétion, Roland, Dumouriez, Servan, que le invitaron a entrar al servicio de Francia; aceptó Miranda con la esperanza de hallar ayuda a sus proyectos de emancipación, mientras que aquellos deseaban emplearle en América contra Inglaterra y España, nombrándole gobernador de la parte francesa de Santo Domingo, para apaciguar sus disturbios, y desde allí revolucionar e invadir Hispanoamérica con un ejército de negros y mulatos, creyéndose que su nombre bastaría para levantar las masas.

El 1º de septiembre de 1792 —caída ya la monarquía fue nombrado general. No tenía interés Miranda en secundar aquellos planes, pues desconocía la situación de Santo Domingo y recelaba de sus complicaciones, y probablemente temía el tono extremista que tomaba la revolución. Fue destinado al ejército del Norte, a las órdenes de Dumouriez, y asistió a la batalla de Valmy; puesto al mando de una división, tomó parte en la invasión de Bélgica y conquistó Amberes el 29-XI-1792, haciendo borrar en la fortaleza los nombres de los caudillos españoles del siglo XVI. Tomó Ruremonde, y por orden de Dumouriez emprendió el sitio de Maestricht, donde fracasó; incorporado a aquel, tomó parte en la batalla de Neerwinden (18 III-1793), perdida por los revolucionarios, achacando Dumouriez la derrota a Miranda, por no haber querido secundarle en su proyecto de marchar contra París y acabar con la República.

Compareció Miranda ante el Tribunal revolucionario, pero su brillante defensa y el testimonio de muchos amigos sobre su amor a la libertad -entre ellos el de Paine, que era entonces diputado en la Convención— obtuvieron su absolución (16 V-1793), pero quedó sin empleo. Continuó viviendo en París, con sus libros, colecciones y obras de arte, y llevando una vida regalada, en desacuerdo con el espíritu del Terror, lo que motivó un nuevo encarcelamiento por orden del Comité de Seguridad Pública (9-VII), pues los girondinos ya habían caído en desgracia, y ganó, en cambio, el odio de Robespierre; pospuesto su proceso largamente, la caída de Robespierre libró a Miranda de terminar en la guillotina; pero siguió, no obstante, preso después de Terminor hasta enero de 1795; continuó radicado en Francia, y probablemente con grandes ambiciones, aunque el espectáculo del Terror le inspiró aversión por el jacobinismo, y fue en adelante partidario de ideas más moderadas dentro del espíritu revolucionario francés, que ningún otro americano conoció y compartió tan hondamente.

Una tercera detención sufrió por orden del Directorio (XI-1795), de la que huyó, escondiéndose algún tiempo, entrando en relación por entonces con Monroe, ministro a la sazón de los Estados Unidos en París, y también conoció a Napoleón. Incluido en la deportación a Guayana ordenada por el Directorio en IX-1797, se ausentó de Francia, en enero de 1798, después de haber tenido en París (22-XII-1797) una reunión de hispanoamericanos partidarios de la separación, sedicentes representantes de la que tituló pomposamente Miranda Junta de los diputados de las ciudades y villas de América —existente en Madrid, según decían—, con Manuel José de Salas, José de Pozo y Sucre —ambos casi desconocidos— y el peruano Pablo de Olavide, aún desterrado; se redactó un convenio para pedir a Inglaterra copiosa ayuda militar a cambio de concesiones comerciales y territoriales, y también el apoyo yanki, a trueque de Luisiana y Florida; otro agente suyo, el cubano Pedro José Caro, le gestionó el regreso a Inglaterra, de nuevo en guerra con España y fomentadora de otros movimientos subversivos en América. También estaba en contacto con el neogranadino Francisco Antonio Zea; aunque no personalmente, con Nariño, huido por entonces, José de Baquijano y otros americanos que vivían o viajaban por Europa.

En Londres desenvolvió Miranda una férvida actividad para realizar sus ensueños. Presentó a Pitt su plan de ataque y el citado convenio; entró en relación con Rufus King, ministro norteamericano en Inglaterra, que se adhirió a sus propósitos, y escribió con igual fin a Hamilton y al presidente John Adams y envió a Caro a América; pero este le traicionó y comunicó al Gobierno español sus informes. No se realizaron las ilusiones que Miranda creía próximas, pues Pitt no dio curso a sus planes ni el Gobierno americano quiso comprometerse en conflictos internacionales, ni tenía ambiente la alianza anglo-norteamericana, que Miranda suponía muy fácil. Entró en correspondencia con el revolucionario venezolano Manuel Gual (1799) y trabó amistad con Bernardo O'Higgins, que pasó por Londres (1798-99) y con el conspirador granadino Pedro Fermín de Vargas. Se ha dicho que fundó entonces la logia Lautaro o una análoga para trabajar por la emancipación, pero no hay certeza de ello, y el verdadero inspirador de la misma, años después fue San Martín. En 1799 hizo imprimir en Filadelfia la Carta a los españoles americanos del jesuita peruano expulso Juan Pablo Vizcardo y Guzmán († 1798), encendida proclama por la independencia y en que se enumeran los agravios, reales o supuestos, que habían de servirle de motivación ideológica. Detalle sarcástico fue la noticia de que el Consejo de Indias le absolvía, en 1799, de su viejo proceso iniciado en Cuba, como también a Cagigal, declarándole leal y buen servidor del rey.

Vivía holgadamente, como siempre le gustó, gracias a subvenciones del Gobierno in glés y de su amigo John Turnbull; pero cansado de interminables dilaciones, puso de nuevo su esperanza en Francia, regida ya por Napoleón, como primer cónsul, y regresó a París (1800), tras escribir a este y con el apoyo del antiguo revolucionario Lanjuinais; pero, en cuanto llegó, Fouché, el famoso ministro de Policía, le hizo detener (1-XII 1800) como sospechoso y agente inglés, y no fue liberado más que para ser definitivamente expulsado de Francia (III-1801), y hubo de volver a Inglaterra, donde reanudó sus gestiones, ahora con el nuevo primer ministro Henry Addington, con el de Marina, lord Saint Vincent, y con el de Hacienda, Nicolás Vansittart, a quien presentó un plan de ataque, aprobado antes por el general Ralph Abercromby, conquistador de la isla de Trinidad en 1797 -que se había convertido en foco de propaganda inglesa contra España—; redactó Miranda un manifiesto a los americanos y proponía un gobierno federal para Colombia, nombre que aplicaba a todo el imperio hispanoamericano, con la capital en el istmo panameño, regido por dos Incas, sustituidos por un dictador en caso de peligro (sugestión de Knox y Hamilton), un Parlamento o Consejo colombiano y asambleas provinciales; habría tolerancia de cultos, supresión de la Inquisición, respeto a la religión católica, abolición del tributo e igualdad de razas. El proyecto es más republicano que el 1790, pero de tendencia monárquica en el fondo, centralista y poco federal.

Pedía considerables fuerzas inglesas para invadir Venezuela, de donde —fácilmente creía— se propagaría la insurrección al resto de América, y preveía los menores detalles. Pero no halló su urgencia eco; no se le quería por jefe de la expedición, y percibió que el Gobierno británico nutría objetivos expansionistas propios más que emancipadores (1801). Solo consiguió continuar a sueldo de Inglaterra, pero prosiguió las gestiones, especialmente después de la ruptura de la efímera paz de Amiens (1802-03), dándole largas al Gobierno, que tenía otros problemas más acuciantes, como el de la invasión napoleónica. Miranda sostenía activa correspondencia con conspiradores americanos y sus agentes, en particular Vargas.

En 1803 redactó sir Home Popham otro plan de ataque simultáneo contra Venezuela, Nueva Granada, Panamá y Buenos Aires, con tropas procedentes incluso de la India por el Pacífico, que apoyó Miranda e incluso comerciantes ingleses, dispuestos a subvencionarlo por las perspectivas mercantiles que se abrirían. Pero en IV-1804, Vansittart rompió la negociación, que reanudó Miranda a los pocos días con Pitt, de nuevo primer ministro, y se rehizo el plan de Popham, añadiendo un ataque a Chile y Perú, que examinó lord Melville, ministro de Marina; la declaración de guerra por España, provocada por Inglaterra (XII-1804), reavivó las esperanzas de Miranda, pero, convencido al fin de que no se tomaban formalmente en serio sus proyectos, abandonó Inglaterra tras cuatro años de inútiles esfuerzos, y con 1.600 libras que le dio Pitt, más 7.000 en letras, desembarcó en Nueva York, a comienzos de noviembre de 1805, confiado en la tirante situación existente entre España y los Estados Unidos. Entró en relación con sus antiguos amigos King, Smith y Knox, y con el presidente Jefferson y el secretario de Estado, James Madison, quienes le aseguraron, no el apoyo, pero sí la tolerancia oficial para su empresa, que estaba decidido a llevar a cabo por su cuenta. Se relacionó, sin ponerse de acuerdo, con Aaron Burr.

Fracaso de la 1ª expedición

Con el dinero de Pitt y el que le facilitó el negociante Samuel Ogden (20.000 dólares), armó un buque pequeño, el Leander, que cargó con pertrechos de guerra, bajo el mando del capitán Thomas Lewis, y Smith reclutó unos 200 voluntarios, aventureros no hispanoamericanos, enganchados a sueldo o por promesas, sin revelarles el verdadero objetivo; zarparon el 2-11-1806, y Miranda se dedicó a bordo a instruir a su tropa y nombrar oficialidad y a izar la nueva bandera de Colombia, la actual de Venezuela, Colombia y Ecuador.

En Jacmel, en la isla de Haití, agregó a su exigua flota las goletas Bacchus y Bee, y con el Leander siguió a Aruba, desde donde intentó un desembarco en Ocumare, cerca de Puerto Cabello, el 27 de abril de 1806. Pero el marqués de Casa-Irujo, ministro de España en los Estados Unidos, velaba celosamente: conocía los pasos de Miranda, avisó la salida de la expedición a las autoridades españolas de América. que tomaron precauciones, ayudados por la lentitud de aquella, y protestó ante el Gobierno norteamericano por la ayuda dada a Miranda, consiguiendo la destitución de Smith y el procesamiento de Ogden, aunque la opinión yanki simpatizaba con los filibusteros, y así, ambos fueron absueltos.

Esperaba Miranda que al desembarcar en su patria estallaría inmediatamente la sublevación, pues su nombre era ya famoso en América, para el elogio o la execración. Pero el elemento criollo, simpatizante con la independencia, temía que Miranda fuera meramente un agente inglés y que su empresa solo tuviera por fin el cambio de dominación. Así que no respondió a sus llamamientos y apoyó al capitán general Manuel de Guevara Vasconcelos en sus medidas de defensa. Fracasada la tentativa de Ocumare, muy mal dirigida, en parte por culpa de Lewis, los buques españoles capturaron las dos goletas el 28-IV, y de sus tripulantes diez fueron ahorcados y el resto (48) condenados a presidio, Miranda, con el Leander, se refugió en la isla de Granada, adonde le condujo un navío inglés, y pasó a Barbados, donde el almirante Alexander Cochrane (pariente del que combatió en Chile) le ayudó y firmó con él un acuerdo (9-VI) otorgando a Inglaterra amplios privilegios mercantiles.

Pitt había muerto, sucediéndole lord Grenville. Reclutó Miranda gente en las Antillas inglesas —hasta tener de 300 a 400— y con abierto apoyo inglés, que le facilitó nueve buques más, desembarcó en la Vela de Coro, el 3 de agosto de 1806, y el 4 tomó la ciudad, que habían abandonado los habitantes; publicó con la imprenta que llevaba —primera en Venezuela— un manifiesto y la proclamación de Vizcardo; por lo expuesto antes, nadie respondió a su llamamiento —la empresa parecía ahora, aún más, una conquista inglesa, y en la masa el sentimiento de lealtad estaba muy arraigado—. Las autoridades pudieron reclutar fuerzas cuantiosas, y Miranda decidió evacuar la Vela de Coro, el 13 de agosto. La cabeza de Miranda fue puesta a precio, aportando el dinero los mismos que se sublevarían cuatro años después. No había perdido sus ilusiones, pero la falta de ayuda le obligó a disolver su hueste y regresar, al fin, a Inglaterra (últimos de 1807).

Generalización independentista

El Gobierno británico había intentado llevar a cabo entre tanto los planes de Popham contra el Río de la Plata, pero sin Miranda, y habían fracasado en 1806 y de nuevo en 1807. A pesar de tales reveses no cejaron Miranda y el Gobierno inglés, afanoso de atacar el imperio español, ante la sumisión cada vez mayor de España a Francia, y menudearon los proyectos de invasión y emancipación, entre ellos uno de Sir Arturo Wellesley, que inspiró y compartió Miranda a su regreso; este pergeñó otro que visaba a crear sendas monarquías en los cuatro virreinatos; entró en contacto también con los nuevos ministros lord Castlereagh y Canning, los futuros dirigentes de la política británica, y por carta, con el revolucionario argentino Saturnino Rodríguez Peña, y desarrolló una febril actividad a través de todos sus conocidos —los citados, lord Melville, Cochrane— para conseguir un pronto ataque a la América española.

La ocupación de España por los franceses, en 1808, precipitó la decisión y se prepararon tropas en Irlanda, que mandaría Wellesley, contra el golfo de México o contra Venezuela y el Río de la Plata, para ayudar a la independencia. Pero la sublevación nacional española contra la usurpación napoleónica cambió instantáneamente la situación: Inglaterra hallaba una aliada y abandonó por el momento sus planes, enviándose aquellas tropas a la Península. Miranda se vio frustrado una vez más, cuando creía inminente la realización de sus tenaces ideales, que, realizados en la forma tan frenéticamente buscada hasta entonces, probablemente habrían dado por resultado solo la implantación de la soberanía inglesa -directa o no en Hispanoamérica.

No se desalentó, sin embargo, y continuo intrigando con el mismo fin, pero ahora directamente con los patriotas americanos: así, escribió el marqués de Toro, invitándole a que el Cabildo de Caracas asumiera el Gobierno, y dirigió propaganda en igual sentido a otros países, interceptándola los ingleses para no debilitar ahora a España; Toro, que iba a ser uno de los jefes de la independencia, entregó la carta al gobernador. Actuó también por la imprenta y en los periódicos, fundando además el Colombiano para difundir las tendencias independientes, y mantuvo constante relación con los patriotas que conspiraban en América, siendo muy probable que a él se debiera en buena parte la simultaneidad del movimiento revolucionario de 1810 y la identidad de procedimientos que se manifestó, habiendo obrado, en cierto modo, como centro coordinador.

La revolución venezolana de 1810, seguida por la de otros países, colmó los ideales del viejo Precursor, pero no regresó a su patria hasta que le instó Bolívar, al ser enviado a Londres en misión diplomática, y le autorizó el Gobierno inglés tras alguna vacilación, embarcando el 10-X 1810; a las innumerables personalidades que había tratado cabe añadir los nombres de Bentham y Wilberforce, que últimamente influyeron bastante sobre él, y lady Stanhope. Tenía en Inglaterra su familia ilegítima: de su llamada ama de llaves, la judía Sara Andrews, dejaba dos hijos, Leandro (1803-83) y Francisco (1806-31), ejecutado en Colombia.

El 13-XII desembarcaba en La Guaira, bien acogido por unos por sus largos servicios a la independencia, y con recelo por otros, por sus antecedentes extremistas y heterodoxos. Se le admitió en el Congreso, y desde la tribuna de la Sociedad Patriótica propugnó la declaración de la independencia, votada el 5 de julio de 1811 por aquella asamblea, habiendo pronunciado Miranda enérgicos y decisivos alegatos en pro de la inmediata proclamación, exhibiendo la esperanza de la ayuda extranjera. Trató Miranda de obtener por medio de su incondicional amigo Vansittart el reconocimiento de Inglaterra, en balde. Asimismo tomó parte en la discusión de la constitución, oponiéndose en vano al federalismo, curado de sus viejos radicalismos e inclinado a las instituciones inglesas. Pero aún conservaba tendencias democráticas que le distanciaban de los mantuanos, quienes le veían con poca simpatía. Por sus conocimientos militares, superiores a los del resto de sus compatriotas, fue nombrado general en jefe y tomó el mando de las tropas contra los realistas de Valencia (VII-1811), haciendo, a sus órdenes, sus primeras armas Bolívar, que también se distanció de él.

Reacción realista

En 1812, ante la campaña de Monteverde y el mal giro de la situación para los patriotas, el poder ejecutivo no tuvo más remedio que recurrir a Miranda, y le nombró generalísimo (28 de abril de 1812), como el único hombre capaz de hacer frente a la catástrofe que amenazaba; el 19-V fue encargado de todos los poderes, confiriéndosele la plena dictadura. Adoptó medidas enérgicas, como una movilización general y prometer la libertad a los esclavos que se alistasen, lo que le indispuso con los grandes propietarios. Pero la revolución se hundía: abundaban las deserciones; Monteverde era recibido como la autoridad legítima, los patriotas se hallaban divididos, y Miranda, mal visto, por sus disposiciones, la ojeriza de sus rivales, el favor otorgado a oficiales extranjeros, las continuas derrotas y su táctica defensiva y contraproducente.

Miranda aparecía entonces inferior a su fama, pasado y conocimientos, tanto en su conducta política, como en sus talentos militares. Confiaba casi solo en la ayuda extranjera, dada su vida anterior, y envió agentes a Nueva Granada, Estados Unidos, Inglaterra y las Antillas inglesas, donde seguía Cochrane. La caída de Puerto Cabello representó el golpe decisivo, y desanimado Miranda, reunió en La Victoria, el 12-VII, a varias altas autoridades patriotas para proponer la gestión de un armisticio con Monteverde; entabladas las negociaciones que llevó el marqués de Casa-León-, fue claudicando Miranda ante las exigencias del jefe español, y el 25 de julio se firmó la capitulación de San Mateo, que prometía respeto a vidas, libertad y bienes de los insurgentes, facultad de abandonar el país y promulgación de la Constitución gaditana.

Arresto y final de Miranda

Actuó Miranda por sí, sin dar cuenta al resto del ejército —aún tenía 4.500 hombres—, que vio ocupado el territorio antes de enterarse de la capitulación, Miranda salió apresuradamente para embarcar en La Guaira; según las opiniones más favorables, para organizar la resistencia en Nueva Granada o pedir ayuda al extranjero, Pero los jefes republicanos estaban irritados con él, creyendo que les había traicionado, y que firmó innecesaria y precipitadamente la capitulación, sin tomar, además, garantías para su cumplimiento; la noche del 30-VII, en La Guaira, un grupo de oficiales, dirigidos por Bolívar, le prendió, y corrió riesgo de ser ejecutado. Excediéndose de lo acordado, el comandante de la ciudad, Manuel María de las Casas, le entregó a Monteverde. Bolívar nunca se arrepintió de lo hecho con Miranda.

Rigurosamente encarcelado, se le trasladó, en 1813, a Puerto Cabello, desde donde elevó protestas por el incumplimiento de lo pactado y la dura represión de Monteverde. En VI-1813, ante los éxitos de Bolívar, fue llevado al castillo del Morro, en Puerto Rico, donde elevó otra protesta a las Cortes. A fines de 1813, se le trajo al castillo de Cuatro Torres, en el arsenal de La Carraca (San Fernando), donde vivió aún tres años estrechamente recluso, aunque en correspondencia con Vansittart y otros amigos, pero sin lograr ninguna gestión eficaz para su libertad. Murió en el hospital del arsenal (14-VII-1816), y sus restos, enterrados en su cementerio, se perdieron al desaparecer este.

Miranda fue cuidadosísimo en dejar memorias de varias etapas de su vida y en recopilar a millares todos los documentos de interés, o sin mucho, relativos a sus asuntos, a los problemas que le ocupaban o a las personas con que trataba; pocos personajes han dejado, por tanto, una masa tan considerable de documentación propia, que Miranda llevaba consigo, y salvada a raíz de su encarcelamiento, fue recogida en Inglaterra en 63 volúmenes y depositada hoy en la Academia de la Historia de Venezuela, se halla en vías de publicación.

La vida de Miranda es una de las más extraordinarias de su época, tan copiosa en ellas: rica, compleja, variada, dramática y hasta pintoresca. Consagró todos sus esfuerzos durante treinta años a la emancipación americana, aunque acabara por concretar sus tentativas en su patria, con una tenacidad a prueba de cualquier fracaso, un entusiasmo y una energía inagotables, que le convierten en el personaje central de toda una época de la independencia —la del Precursor— sin más émulos que Bolívar y San Martín, presidiendo la época siguiente y coronando su obra.

Pero no le acompañó la fortuna, y su enorme tarea terminó temporalmente en desgracia, impidiéndole presenciar el triunfo final. Se debió ello, en gran parte, a su exceso de fantasía, a su exagerada creencia en el deseo de independencia en el pueblo hispanoamericano, a su afición a abstracciones más que a realidades, no obstante su gran poder de captarlas y de intentar aprovecharlas, y a que fue un conspirador y un revolucionario más que un caudillo o un estadista. Aunque haya sido un general revolucionario en 1792, sus ideas y concepciones políticas fueron mucho más influidas por Inglaterra, y poseyó siempre un fondo aristocrático y autoritario, que se revela en sus diversos proyectos constitucionales.

Militarmente, demostró más profundo conocimiento de la teoría —que estudió a fondo— que verdaderas cualidades tácticas, Poco honrosa fue su condición casi permanente de agente asalariado de Inglaterra -los gobernantes ingleses casi no veían en él más que un útil instrumento—, y su tesón en seguir el imprudente juego de su ayuda, poniendo en riesgo la misma independencia que trataba de conquistar. Admiran su vasta cultura, autodidáctica, su afán de lecturas —muy influido por la ideología del XVIII—, su curiosidad sin excepciones, aunque algo desordenada, y el contraste con rasgos irregulares y hasta inmorales de su vida privada, que no oculta en sus minuciosas memorias. Como a todos los precursores, no le tocó a él terminar su obra, realizada por una figura más capaz y dinámica, la de su rival e incluso enemigo, Bolívar.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 1073-1080.