Agustín de IturbideRetrato de Agustín de Iturbide.

ITURBIDE, Agustín de (1783-1824) [Valladolid (México) - Padilla (Tamaulipas)]. De origen criollo y familia aristocrática (su padre era español, de Pamplona), fue uno de los forjadores de la independencia mexicana, aunque con matiz totalmente distinto al que había tenido hasta entonces dicho movimiento. Nació el 27 de septiembre de 1783. Estudió al principio en su ciudad natal y después se retiró a trabajar su hacienda, lo que deja para dedicarse a las armas; ingresó como alférez en el regimiento provincial de Valladolid. Su carrera política se encuentra al principio, completamente ligada a la causa realista, y seguramente por ello no quiso sumarse al movimiento de Hidalgo, quien le invitó, negándose por creer que su plan estaba mal combinado y solo produciría calamidades. Al entrar Hidalgo en Valladolid se negó a unírsele y rehusó el cuantioso ascenso que le ofrecía —era entonces teniente—, y con setenta soldados de su regimiento huyó a la capital.

Combatió a las órdenes de Torcuato Trujillo en la batalla del Monte de las Cruces (1810), donde hizo sus primeras armas y fue ascendido a capitán. Combatió en adelante con energía a los insurgentes y llegó a ser uno de los más prestigiosos jefes realistas. Se distinguió en las campañas contra Morelos y en 1812 salvó a García Conde y su convoy de caer en poder del guerrillero Albino García; tras un baldío intento por envolverlo, logró derrotarlo y prenderlo en el Valle de Santiago (5 de junio de 1812), con tropas mexicanas solo, siendo ascendido a teniente coronel.

En 1813 luchaba en la región de Guanajuato, a las órdenes de José de la Cruz; habiendo derrotado a López Rayón en Salvatierra, el virrey Calleja le ascendió a coronel, dándole el mando del regimiento de Celaya y la comandancia de Guanajuato. A fines de ese año acudió en socorro de Valladolid, atacado por Morelos, y derrotó a Bravo (23-XII), entrando en la ciudad; derrotó al día siguiente al ejército de Morelos y con Ciriaco del Llano ganó el 5 de enero de 1814 la decisiva batalla de Puruarán, que marcó el descenso de los triunfos del caudillo insurgente.

En 1815 fracasó en el asalto a Cóporo y se esforzó en apresar el Congreso que había convocado Morelos y que andaba errante por el mal éxito de la guerra para los insurgentes, pero se le escapó. Gozaba de gran prestigio Iturbide, como uno de los jefes realistas más capaces y afortunados, pero también se distinguía por su dureza, sin dar cuartel a los sublevados. Había recorrido desde el comienzo de la campana unos 20.000 km. Calleja le dio en recompensa el mando de Guanajuato y Michoacán y del ejército del Norte (1 de septiembre de 1815).

Pero sus desmanes, crueldades y sus inmoralidades en el orden financiero provocaron quejas, reforzadas por el nuevo obispo de Puebla, Antonio Joaquín Pérez, ex presidente de las Cortes españolas, y aunque quiso Calleja protegerlo, fueron tan graves las denuncias procedentes de Guanajuato y Querétaro que hubo de suspenderlo y llamarlo a la capital: solo se atrevió a acusarle el cura de Guanajuato, pero como no compareció nadie más, se dieron por calumniosas sus acusaciones y se le devolvió el mando (3 de septiembre de 1816); sin embargo, renunció el mando del ejército del Norte, aunque conservándolo oficialmente, y se retiró a vivir en la capital; le acusaba el citado cura de que se había hecho odioso a todos y que había creado con su conducta más insurgentes que los que exterminó.

En 1816 era ya coronel y adicto al virrey Apodaca, de corte absolutista, tendencia que estaba de lo más extendida entre los mexicanos partidarios de España, que solo con esta condición querían seguir dependiendo de ella. Esta peculiaridad del sentir público será tenida bien en cuenta, por lo que se llamará plan de Iguala, creación de Iturbide. No obstante la ideología del virrey, este cree conservar la fidelidad a la causa española, volviendo a jurar la Constitución (1820) y defendiéndola, aunque dispuesto a preparar ocultamente el terreno al rey Fernando VII.

La iniciativa de un cambio, opuesto a la tendencia irreligiosa y revolucionaria del Gobierno y Cortes de España, partió de un grupo de extrema derecha, que pensó ofrecer refugio al rey en México para que siguiera gobernando en forma tradicional; este grupo formó el Plan de la Profesa, así llamado por reunirse en la antigua Casa Profesa de los jesuitas y buscó un jefe militar en Iturbide, disponible entonces, a quien nombró Apodaca comandante general del Sur para reducir. Para ello es elegido Iturbide junto con el general Liñán. Después se ofrece para reducir al general Vicente Guerrero, que maniobraba en el Sur. Tal nombramiento indica una relación del virrey con los conjurados de la Profesa, aunque después lo negó y no es creíble, por lo menos, que estuviera dispuesto a secundar la independencia.

Por su parte, Iturbide estaba decidido a actuar por cuenta propia, prescindiendo de los de la Profesa, pues el ambiente general en México era favorable a la separación de España, coincidiendo en tal aspiración tendencias incluso contrapuestas, tanto de los liberales como de los absolutistas y mexicanos y peninsulares, en especial los militares. Al recibir el mando (9 de noviembre de 1820) entró inmediatamente en relación con elementos separatistas y se atrajo a sus oficiales. Derrotado por Guerrero y Pedro Asensio, últimos jefes insurrectos y no sometidos, pensó sumarlos a su plan y les propuso reunir sus fuerzas para proclamar la independencia, aceptando Guerrero, tras vacilar ante la inesperada oferta del hasta entonces tenaz enemigo de los insurgentesiglo Iturbide, entretanto, establecía contactos con otros jefes militares realistas, y logró fondos y un ejército de 6.000 hombres, sin que al parecer el virrey sospechara aún sus intenciones.

El Plan de Iguala

En Iguala, pueblecito de este departamento, se jura un programa de actuación por toda la tropa, que se conoce con el nombre de dicho pueblo (1 de marzo de 1821). En él se deciden tres puntos o Tres Garantías : conservar a toda costa la religión católica; independencia de México con respecto a cualquier potencia, aunque haciendo subir al trono a Fernando VII o a otro miembro de la familia real española y supresión de toda diferencia entre las razas que residían en América. Este plan, que nunca llegó a realizarse, tiene, sin embargo, aciertos en la observación de la situación concreta: conservación de la monarquía en forma constitucional y la religión católica, dos temas de popularidad casi absoluta.

El sentido del plan de Iguala ha tenido muchas interpretaciones. Se acepta comúnmente que Iturbide quiso llevar la guerra a un terreno mis limpio, quitándole el resabio de guerra civil y salvaje que había tenido en los anteriores defensores de la independencia mexicana. Era de carácter conciliador y de transacción entre las diversas tendencias; aspiraba a la independencia, pero sin la eliminación violenta de los españoles, y buscaba una continuidad, evitando el tono revolucionario de los caudillos insurgentes, y el cambio repentino de régimen sin proyecto de organización; asimismo, trataba de establecer un poder fuerte que conservara la unidad y el orden, pero con reformas liberales moderadas. Los resultados entusiásticos que produjo se deben, según Bulnes, a que su autor colocó sobre cada interés especial un obelisco de esperanzas . Sin embargo, la continuidad con España era imposible, no obstante la correspondencia que evidentemente se cruzó entre el virrey y Fernando VII en este sentido. El Plan de Iguala debilitó extraordinariamente la resistencia realista, al unir a la causa independiente el ejército y las clases altas, sus enemigas hasta entonces, por lo menos de la forma en que se había manifestado.

Pronto se le sumaron a Iturbide numerosos jefes realistas mexicanos, como Bustamante, Barragán, Santa Anna, incluso peninsulares, como Negrete, y desde luego los antiguos insurgentes, además de Guerrero, Bravo, Guadalupe Victoria, Mier y Teran, Ramon Rayón, etc. Los jefes realistas españoles permanecieron en una actitud dudosa o inactiva, tales Cruz y Pascual de Liñán, al que dio Apodaca el mando del ejército. Esto salvó la situación de iturbide, de escaso éxito al comienzo, dándole tiempo a una intensa propaganda y a que se disolviera el ejército del virrey, y surgieran alzamientos por todas partes.

Iturbide encomienda al general Bravo la conquista de Puebla, objetivo que queda cumplido tras larga resistencia; después se pasa a Valladolid (22 de mayo) y Querétaro. Entretanto, estaban en poder de los insurgentes ya Guanajuato, Patzcuaro, Jalapa, Orizaba, Córdoba y, a poco, Guadalajara, Zacatecas, San Luis Potosí, Monterrey y otros muchos lugares. Ante tales derrotas, el ejército leal, descontento por la inactividad y desacierto del virrey, aunque no podía actuar mejor, se sublevó (5 de julio); Apodaca tiene que dimitir, dejando en su puesto al general Novella, que se encuentra asimismo impedido para cualquier acción.

En España no se confía en el constitucionalismo de sus representantes, por lo que se envía con poderes virreinales al general Juan O'Donojú, que llegó a Veracruz el 3-VIII-1821; este, sorprendido por las noticias sobre Iturbide, no tiene otro remedio que pactar con el; la condición era invalidar el plan de Iguala, y se firma, en vista de esto, otro convenio en la ciudad de Córdoba (24 de agosto de 1821) que no fue reconocido por Novella. El contenido de este convenio era, en el fondo, otro Plan de Iguala, con modificaciones no esenciales, fuera del reconoci miento de la independencia, que hizo O'Donojú sin facultades para ello, y la hábil inserción por Iturbide de que en caso de que no aceptaran la corona del Imperio mexicanoFernando VII ni sus hermanos ni el príncipe de Lucca, sería emperador quien designasen las Cortes mexicanas, abriéndose así el camino al trono. Se nombraría como gobierno provisional una junta y una regencia. Como Novella no podía defenderse encerrado en México, se sometió a la fuerza, capitulando en una entrevista cerca de Guadalupe entre el, O'Donojú e Iturbide, y reconoció la autoridad del segundo, descargando en él la responsabilidad del tratado de Córdoba.

El 26 entró O'Donojú como virrey para dar cumplimiento a los acuerdos. Acrecentada la popularidad de Iturbide, este entra en la capital con los honores de Libertador, el 27 de septiembre de 1821, al frente del ejército llamado Trigarante o defensor de las tres garantías mencionadas. El entusiasmo fue entonces delirante. Pero la monarquía no podía cuajar en México por complejas razones y, a pesar de todo, no hubo en esta fecha ni un solo disidente. El historiador L. Zavala nos dice que estaba por el imperio de Iturbide la mayoría del país . Por debajo de este entusiasmo latían los descontentos que iban a aparecer en breve.

Fernando VII no acepta el convenio cordobés, y esto da lugar a una oposición que no impediría el encumbramiento cada vez mayor de Iturbide. Después de esta entrada gloriosa, es firmada el Acta de Independencia, y se establece una regencia bajo su jefatura (28 de septiembre). Constituyeron la Regencia Iturbide, O'Donojú, el eclesiástico Manuel de la Bárcena, el oidor José Isidro Yáñez y el funcionario Manuel Velázquez de León; el poder legislativo radicaba en una Junta Provisional Gubernativa de treinta y ocho miembros de las clases elevadas y de la que Iturbide excluyó a los antiguos insurgentesiglo Iturbide fue nombrado también generalísimo, recibió el tratamiento de Alteza, 120,000 pesos de sueldo, un millón de capital y grandes posesiones en Texas.

Al poco tiempo muere O'Donojú (8-X) y queda Iturbide por única autoridad, con el resto de la Regencia y la Junta; el Gobierno y las Cortes españolas rechazaron el tratado de Córdoba (13 de febrero de 1822), y así quedó Iturbide libre de compromisos. En la Junta se mostraron tendencias liberales y oposición a Iturbide; renovados los ayuntamientos, triunfaron los liberales y masones y, a través de ellos, los diputados elegidos para el Congreso —inaugurado el 24 de febrero de 1822— pertenecieron en su mayoría a esa tendencia, dirigida por la masonería escocesa, entonces en México liberal, exaltada y anticlerical. Declaró el Congreso que en él radicaba la soberanía nacional, lo que en el fondo equivalía a anular el Plan de Iguala como base indiscutible y previa de la nueva organización. Al mismo tiempo resurgían con virulencia las campañas antiespañolas —aún quedaban muchos peninsulares bastante adheridos al nuevo régimen, como militares de alta graduación, y tropas no reembarcadas todavía— y se volvía al primitivo ideario insurgente.

Iturbide proclamado emperador

No elaboró el Congreso la proyectada constitución y su abierta hostilidad a Iturbide y sus choques con él provocaron la proclamación imperial de Iturbide por el sargento Pío Marcha (18 de mayo de 1822), secundada por la guarnición y el pueblo de la capital y elegido al día siguiente por el Congreso, obligado por los vencedores. Se hizo coronar emperador con todos los honores bajo el nombre de Agustín I, 21 de julio de 1822. Se juró la estricta unidad religiosa, la constitución española provisionalmente, el carácter constitucional y hereditario del Imperio; se creó una casa imperial y se nombraron príncipes a los familiares de Iturbide. Este creó la Orden de Guadalupe. Sin em bargo, el corto período en que Iturbide ejerció su poder no es considerado como imperio por varios historiadores mexicanos. Su duración no pasó de diez meses, pues las intrigas republicanas, como ha ocurrido en otras independencias americanas, empezaron a aparecer apenas esbozada la monarquía.

Se diferencian asimismo tres partidos: el absolutista, adicto a Fernando VII; el iturbidista y el republicano; el primero era monárquico, católico, constitucional y conservador; el segundo continuaba la tradición antiespañola de los insurgentes, enemigo del Plan de Iguala y de la Iglesia y de su poderío e influencia, democrático y partidario de reformas avanzadas y aun utópicas, dirigido por las logias escocesas; al caer Iturbide se dividió en centristas, menos revolucionarios, y federales, partidarios de la República federal y más radicales, tomando el nombre de yorkinos, según su rito masónico, mientras los escoceses pasaban a ser el partido conservador. En el partido liberal, luego republicano, socialmente de clase media, figuraban los antiguos insurgentes y también los borbonistas, partidarios de llamar a un rey europeo, y españoles, enemigos del consumador de la separación.

A Iturbide le apoyaban el clero, el ejército, el pueblo de la capital y muchos monárquicos. Iturbide no sabe ya hacerse dueño de la opinión pública. Empieza a recordarse su pasado realista y el desprecio por los antiguos generales insurgentes (caso de Bravo ), y en el Congreso se le oponen los republicanos, por cuyo motivo lo disuelve (31-X-1822) y crea una Junta legislativa ( Junta Nacional Instituyente ). Ante este acto interpretado como tiránico, el general López Santa Anna se subleva en Veracruz (2 de diciembre) y proclama la República. A este movimiento se unen los generales Guadalupe Victoria, Guerrero (su primer compañero de armas) y Bravo. Iturbide envía para combatirlos un ejército, al mando de Cortázar y Echávarri, que se pasan a Santa Anna, proclamando el 1 de febrero de 1823 el calificado de tendencioso plan de Casamata, que es el preliminar de la República.

El emperador actuó sin energía ni acierto y vio como se le disolvía su ejército y las defecciones se realizaban en masa, a pesar de la adhesión popular. No sabiendo qué hacer Iturbide, convoca el Congreso de nuevo y dimite (19-III-1823); no le es aceptada la dimisión por considerar nula la coronación, suprimiéndose también el Plan de Iguala —aunque no las tres garantías—, el tratado de Córdoba y el decreto sobre la monarquía. Iturbide tiene que resignarse al destierro en Italia (Liorno, Toscana).

Durante su breve gobierno, tanto como regente como emperador, rebajó los impuestos, declaró una total libertad de comercio, en perjuicio de la industria nacional; se prohibió durante algún tiempo la exportación de capitales en perjuicio de los españoles que emigraban a México; se incorporaron al ejército de línea las milicias provinciales; estalló un motín en las tropas españolas aún no reembarcadas, reprimido fácilmente por no sumarse otras unidades; su primera actitud favorable a los peninsulares se cambió en hostilidad, no intentó gestionar la ida de miembros de la familia real y acabó por prohibir el comercio con la antigua metrópoli y la admisión de sus buques, y se incautó de los fondos que se iban a enviar aquí, considerándose en guerra con ella de nuevo. El jefe español Lemaur seguía dueño de Ulúa y controlaba el tráfico de Veracruz, imponiéndole condiciones. Hecho importante había sido la incorporación al Imperio mexicano de la América Central, que fomentó Iturbide apoyado por los elementos conservadores, atraídos por el Plan de Iguala, pero tuvo que enviar un ejército al mando de Filísola para acabar de imponerse y reducir la tenaz resistencia de San Salvador.

Al caer Iturbide se forma un Gobierno provisional con Bravo, Victoria y Negrete en la capital mexicana, donde se convoca Congreso Constituyente, reunido el 7 de noviembre de 1823. De la Junta fue ministro el famoso historiador Lucas Alamán. A la caída de Iturbide se separó la América Central de México (1 de julio de 1823), excepto Chiapas, que siguió unida al Estado mexicano. En el nuevo Congreso predominaron los elementos republicanos y triunfó el liberalismo extremado, laico, igualitario políticamente —no socialmente— y federalista, poniéndose fin al régimen conservador que quiso implantar Iturbide.

Proclamación de la República Federal

El 4 de octubre de 1824 se declara la República Federal, poniéndose a la cabeza por presidente, con poder para cinco años, al general Guadalupe Victoria. Enterado de estos sucesos Iturbide, ante la inestabilidad del país y las supuestas amenazas de la Santa Alianza a la independencia y aconsejado por algunos amigos realistas, se embarca para México y desembarca en Soto La Marina, sin fuerza alguna. El Congreso de la República le había previamente declarado traidor y puesto fuera de la ley por el decreto del 28 de abril, publicado el 7 de mayo, y del que no había podido tener noticia, y por ello, sorprendido, no obstante su cuidado en ocultarse, fue ejecutado en el Estado de Tamaulipas, por orden de su congreso local, efectuándose el fusilamiento en Padilla el 17 de julio de 1824, a los tres días de desembarcar. Su esposa —efímera emperatriz— se llamaba Ana María Huarte : a un nieto suyo pensó más tarde nombrarle sucesor el otro desgraciado emperador, Maximiliano. En la opinión mexicana, en adelante no se vio en él al autor de la independencia, glorificándose exclusivamente como héroes de ella a Hidalgo y Morelos.

La figura de Iturbide ha sido exaltada por la opinión conservadora contraponiéndola a la de Hidalgo, pero aquellos de ideas democráticas y liberales, le culpan de haber sido movido más por la avidez del Poder que por verdadero interés por la Independencia. Alamán dice que nunca fue un enemigo de la Independencia, sino de los insurgentes y sus métodos . Su ascensión al trono ha sido comparada con la de Napoleón III, debida a un golpe de Estado, así como tachada de tiránica e ilegal su declaración por el Congreso. Se olvida así la conveniencia de su mando, y el manifiesto deseo de todo el pueblo que le aclamaba. Lo que Iturbide no supo hacer, desde luego, fue mantenerse en el Poder. Los motivos de su caída no son del todo claros: algunos han pensado en el error que supuso mantener a toda costa el Plan de Iguala; otros, en que no supo establecer a tiempo una República federalista.

Así resume la actuación de Iturbide Bulnes, en su monografía: no fue un tirano: fue en nuestra patria el primero de los oprimidos y tenía que ser el primero de los asesinados; lo mereció . La suerte de Iturbide fue un aviso para los caudillos de la independencia en otros países americanos, que ejercerían dictaduras y autocracias, pero no se atreverían a colocarse una corona, pues les faltaba tradición y el prestigio mítico y religioso de los monarcas españoles y europeos en general, que no podía ser suplido por sus triunfos y la consecución de la independencia, y siempre serían vistos como iguales por los demás jefes militares. Con la muerte de Iturbide fracasó el único intento de monarquía en las nuevas naciones hispanoamericanas, excepto el caso del Brasil, diferente por reinar aquí una dinastía tradicional. Así quedó el campo libre para la plena implantación del republicanismo, al menos como régimen oficial.

M. R. - EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 1124-1125.