Miguel Hidalgo y Costilla

Autores: M. R. - Ramón Ezquerra

Antonio Fabres, Miguel Hidalgo, óleo sobre telaMiguel Hidalgo por Antonio Fabres.

HIDALGO Y COSTILLA, Miguel (1753-1811) [Corralejo (jurisdicción de Pénjamo, México)-Chihuahua]. Es el personaje iniciador de los movimientos revolucionarios mexicanos, y una de las figuras que más polémicas ha suscitado en la historia de la Independencia de su país. La opinión conservadora ha desprestigiado notablemente su actuación así como el grupo liberal le ha exaltado también con exceso.

Era criollo y estudió la carrera eclesiástica en el colegio de San Nicolás de Valladolid (hoy Morelia), donde fue rector hasta 1792, desde donde pasó a ejercer su ministerio encomendándosele, tras otras varias, la parroquia de Dolores (1803). Durante sus años de aprendizaje era apodado el Zorro por sus compañeros, nombre que prevaleció, y califica su carácter. Su fuentes revolucionarias no pueden, pues, remontarse muy lejos del seminario y es errónea la interpretación del cura Hidalgo como portavoz de la revolución de exclusivo corte francés y actuando conforme a este ideario. Pero sí estaba imbuido del espíritu de la Ilustración, manifestado en su cultura, en sus traducciones de Molière y Racine y en el afán de mejorar la suerte de sus feligreses y la economía de la comarca, con la difusión del cultivo de la morera y de la vid y la fundación de algunas fábricas. Sus ideas le valieron un proceso inquisitorial, sin consecuencias, y su vida privada no era ejemplar.

El 16 de septiembre de 1810 se da el primer paso hacia la Independencia. Surgió la insurrección de Hidalgo de una conjuración en Querétaro, en la que entraban los capitanes Allende, Aldama y Abasolo, el corregidor Miguel Domínguez, su mujer, Josefa Ortiz, y otras personas de cierta calidad social y, asimismo, Hidalgo. Por haber sido descubiertas las maquinaciones de los conjurados y apresados algunos de ellos, los demás vacilaron en echarse a la calle antes de lo previsto, y don Miguel Hidalgo lo decidió por sí y se traslada a su feligresía de Dolores y arenga al pueblo reunido con las voces de: ¡Viva Fernando VII! ¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Mueran los gachupines! Es el famoso Grito de Dolores, que agrupa a todos los patriotas, mestizos, criollos y los mismos indios.

Se forman hordas más que ejércitos, que avanzan avasalladoramente haciendo el recorrido triunfal que supone la primera parte de la campaña. Sin embargo, el movimiento era prematuro. Los principios seguidos teóricamente por Hidalgo eran la lealtad al rey cautivo, la oposición a los españoles que se suponía querían entregar México a los franceses y la desposesión de su privilegiada situación social y económica, para hacerla pasar a los criollos y la mejora de las clases pobres, pero en la práctica desencadenó en las masas el odio al europeo, el resentimiento racial y social de indios y mestizos, y como método, que creyó insustituible, el saqueo de los bienes de los españoles, señalados como usurpadores de la riqueza del país, el asesinato y toda clase de violencias, no bien vistas por algunos de sus seguidores criollos, como Allende.

El día 16 pasó por San Miguel el Grande, donde se le unió un regimiento de caballería y el 20 del mismo mes entran en Celaya, donde son asegurados en su mando los caudillos revolucionarios, proclamándose a Hidalgo capitán general y a Allende teniente general. Entre ambos jefes no existió, sin embargo, nunca un acuerdo. Allende es el defensor de la guerra militar y ordenada con objetivos ya pensados, e Hidalgo de la de guerrillas, impetuosa e irresistible. Esta manera de actuar ha sido calificada por algunos de atroz, impolítica y absurda (Alamán ), pero, sin embargo, era la única que hacía posible enfrentarse con un ejército bien organizado y armado, con el que no podrían medirse de otra manera las fuerzas insurgentes.

Pero, no obstante, el objetivo de Hidalgo era claro, y no por este sistema guerrero dejaba de tener un plan para la paz. Opiniones en contra, como la del señor Zavala, que cree al cura de Dolores vacío de cualquier idea sobre gobierno y tan solo, quizás, con vago pensamiento teocrático, son inexactas. Bulnes y otros, por el contrario, opinan en favor de su existencia, consistiendo dicho plan, más o menos, en la independencia de Nueva España a base de una monarquía confiada a Fernando VII o su descendencia.

Desde Celaya se encaminan los insurgentes a Guanajuato (28 de septiembre), donde se les opone el intendente realista y anterior amigo de Hidalgo Juan Antonio Riaño, vencido tras sangriento combate; en la alhóndiga de la ciudad pereció Riaño y se procedió a la matanza y el saqueo, quedando arruinada esta población por mucho tiempo. Desde este nudo estratégico y centro económico por su comercio de minas, se prepara la ofensiva, se toma Valladolid (17 de octubre), donde se proclamó generalísimo y ascendió a generales a Aldama y Mariano Jiménez y capitán general a Allende; abolió la esclavitud y el tributo de los indios y los impuestos sobre el pulque.

El ejército se acrecienta prodigiosamente; se le unen familias de indios enteras, armadas de los más extraños pertrechos, masas fanatizadas y sanguinarias, a las que se hace cada vez más difícil someter a un orden. La transigencia con los crímenes y desmanes de este ejército ha sido otro de los fuertes de los adversarios de Hidalgo sin que falten por ello los defensores que justifican cualquiera de estos actos como imprescindibles a toda revolución. El éxito alcanzado, además, por Hidalgo en esta primera campaña no podía ser mayor, dadas las heterogéneas y difícilmente manejables tropas con que contaba y la inexperiencia de ambos caudillos por distintos estilos. Sus distintos puntos de vista van a terminar separando —en perjuicio de la revolución— sus campos de acción.

Había alzado Hidalgo a las masas en un movimiento racial y social, demagógico y antiespañol, al que no faltaron simpatizantes en otros ambientes sociales, pero enfrente hallaría a la alta Iglesia, el ejército, los grandes propietarios, los peninsulares, amenazados de exterminio; los elementos conservadores y muchos criollos, en peligro ante la explosión de odio de razas y de pobres contra ricos. Esto restó apoyo más amplio a la insurgencia y retrasó su triunfo muchos años, convirtiéndose en guerra civil entre mexicanos.

El virrey Venegas, que acababa de llegar a México y había sido tardíamente prevenido, manda al encuentro de los rebeldes a Torcuato Trujillo al frente de 1.300 hombres que se encuentran con los de Hidalgo en el lugar llamado monte de las Cruces (30 de octubre), trabándose batalla que ganan los sublevados, con lo que queda abierto el paso hacia la capital. Sin embargo, Hidalgo, contra la opinión de su lugarteniente Allende, no se decide a entrar en México y se retira hacia Querétaro.

A partir de aquí, comienza la segunda parte de la guerra en que la sugestión ejercida por el caudillo va decreciendo al mismo tiempo que los españoles se rehacen con rapidez, y don Félix María Calleja presenta batalla en Aculco (7-XI), que casi no fue tal ya que el ejército de Hidalgo se dispersó antes de iniciarse el combate. A este fracaso se juntan las desavenencias entre ambos caudillos revolucionarios. Allende se retira hacia Valladolid e Hidalgo hacia Guanajuato, encaminándose, por Celaya, a Guadalajara, ocupada el 11 de noviembre por el cabecilla Antonio Torres. La rebelión se había extendido con enorme rapidez, surgiendo muchas guerrillas y jefes improvisados. San Blas cayó el 10 de diciembre, e igualmente Zacatecas, Cuernavaca y San Luis Potosí, llegando la insurgencia a gran parte del territorio mexicano. Antes de salir de Valladolid hizo matar a los españoles presos.

Ya antes de declinar su poder, Hidalgo había sido excomulgado por la autoridades eclesiásticas —por el obispo electo de Michoacán, su antiguo amigo Abad y Queipo, y por el arzobispo de México y ex virrey Lizana— y acusado de herejía por la inquisición. Los españoles adoptaron el estandarte de la Virgen de los Remedios para anular, en cierto modo, el empuje que ejerce el lema guadalupano. Y contra todo ello Hidalgo se establece en Guadalajara (26 XI), intentando dar una apariencia de gobierno estable a su actuación: reconstruye a su modo la Audiencia, nombró dos ministros, uno de ellos Ignacio López Rayón, que intentaría ejercer el mando después de él, publica un periódico, El despertador americano, etcétera, abolió de nuevo la esclavitud, sin indemnización, y el tributo; los estancos, la requisa forzosa a los americanos y prohibió que se arrendasen a extraños las tierras de comunidad de los indios; pero no se atrevió a decretar la abolición de deudas y el reparto de tierras; se apoderó de todos los fondos que pudo e hizo asesinar a varios cientos de españoles, ordenando que hiciera lo mismo a González Hermosillo, que llevó la insurgencia al noroeste, apoderándose de Rosario (Sinaloa) y Mazatlán; también se sublevaron Texas, Nuevo Santander, Coahuila y Nuevo León.

Entre tanto las tropas realistas, organizadas por Venegas —que desconfiaba de los mexicanos— y por Calleja tomaron la ofensiva; este recobró varias poblaciones y el 25 de noviembre, con Flon, se apoderó de Guanajuato, entrando a degüello y ejecutando a culpables de los excesos anteriores o de traición. El 28 de diciembre José de la Cruz recobró Valladolid. Allende trató de ponerse en comunicación con él para prepararse contra el golpe que organizaba el jefe español Calleja, que disponía de 5.000 ó 6.000 hombres bien armados, dispuestos y bien disciplinados.

La batalla que señala el derrumbamiento de este efímero mando de un año se presenta en Puente de Calderón (17 de enero de 1811). El lugar es estratégico para los insurgentes, dadas las condiciones de la época; pero en el combate, una aplastante derrota señala el fin de este primer movimiento mexicano debida, pese a la gran masa insurgente ya su artillería, al desorden y falta de disciplina, en contraste con el reducido ejército realista, compuesto por otra parte por mexicanos en su mayoría; allí pereció Flon. Se recuperó Guadalajara y se alternó el indulto, ya promulgado por el virrey anteriormente para debilitar la insurgencia, con el rigor si esta se reproducía. Cruz sometió de nuevo Tepic.

Los caudillos consiguen escapar y se reúnen en Aguascalientes para marchar a Zacatecas. pero, por consejo de Allende se dirigen a Coahuila y Saltillo. Allende hizo renunciar a Hidalgo el mando, por su incapacidad militar, aunque se mantuvo el hecho secreto. Pensaban Hidalgo y sus compañeros de huida refugiarse en los Estados Unidos para buscar allí auxilios. La insurrección por el momento se desprestigiaba y le restaba partidarios el creer que querían romper con la fidelidad al monarca. Poco tiempo después eran capturados en Acatita de Baján (Coahuila), mediante una asechanza, por el realista Elizondo, que había simpatizado con ellos en un principio, cayendo prisioneros Hidalgo, Allende, Aldama, Abasolo, Jiménez y cerca de otros 900 individuos (21 de marzo de 1811) y conducidos a Chihuahua donde junto con los demás hombres de la Revolución fueron fusilados Allende, Lanzagorta, Santos Villa, Jiménez, Ignacio Aldama (este en Monclova, etc).; Abasolo fue deportado a Cádiz.

Hidalgo, un mes después, el 30 de julio de 1811, previa degradación, y sentencia del Consejo de guerra, corría la misma suerte. Antes de su muerte, se ha hablado de una retractación por parte del caudillo revolucionario, a la que muchos no han dado significación de tal, basándose en que no fue aprovechada después por los realistas como hubiese podido serlo, de haber tenido tal sentido, aunque no es inverosímil, pues no era Hidalgo en fin de cuentas un incrédulo. Inició la revolución de independencia, pero retrasó su éxito por el citado tono que le dio y que espantó a las clases más elevadas. Cometió errores y matanzas injustas y tuvo menos visión y dotes políticas que su discípulo y continuador Morelos; como ha dicho Pereyra, fue el alma del levantamiento, pero no supo ser su inteligencia directora. Pero se ha convertido en el héroe nacional, no solo por su aspiración a la independencia, sino incluso en símbolo democrático y revolucionario.

M. R. - EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 354-356.