El Cardenal Richelieu

Datos biográficos

Político francés
Nacimiento: 9-IX-1585
Fallecimiento: 4-XII-1642

Biografía

Richelieu (detalle), pintura de Philippe de Champaigne Richelieu (detalle), pintura de Philippe de Champaigne

De constitución asténica, de porte autoritario, augusto y casi militar, hábil calculador, de alma templada como el acero, frío y resuelto en sus decisiones, inhumano a veces, y siempre dueño de su persona y seguro de sus fines, el cardenal Richelieu es la estampa clásica del político superior en la gobernación del Estado. El aportó al gobierno de Francia el ideal resuelto del hombre del Renacimiento, deduciendo lógicamente las consecuencias de las transformaciones políticas y sociales acaecidas en el transcurso del siglo XVI. Si la disgregación de los sistemas políticos medievales llevaba ineluctablemente al robustecimiento de la individualidad nacional y al desarrollo de la autoridad de la monarquía, era preciso someter a la nación y al rey cualquier fuerza que no redundara en beneficio colectivo y obstaculizara los supremos fines del Estado. El dogma político de Richelieu fue, en consecuencia, garantizar el poder supremo y absoluto de la monarquía, como encarnación propia del país, y sacrificar a ella, en virtud de la razón de Estado todo sentimiento o actuación disconforme con sus propósitos. En la obra de Richelieu existe el primer germen de la evolución del Estado moderno.

La ascensión al poder de Armand Jean du Plessis de Richelieu fue una tarea ardua y laboriosa. Nacido probablemente en París el 9 de septiembre de 1585, fue el tercer hijo de Francois du Plessis, señor de Richelieu, y de Susana de La Porte. Esta pertenecía a la nobleza parlamentaria y aquél a una familia de la baja aristocracia del Poitou. Habiéndose distinguido Francisco en las guerras de religión al servicio de Enrique III y Enrique IV, obtuvo para su hijo Armando, en 1606, el obispado de Luçón, una diócesis pobre e insignificante. Consagrado en Roura en abril de 1607, se dedicó durante los años siguientes a los asuntos de su diócesis, a los que atendió con gran desvelo. Su hora se presentó en los Estados Generales de 1614. Elegido representante del clero del Poitou, el joven obispo tuvo intervenciones muy felices en aquella Asamblea, que le valieron el favor de la regente María de Médicis.

Disueltos los Estados Generales, permaneció en París, con el cargo de limosnero de Ana de Austria, la prometida esposa de Luis XIII. Los vaivenes de la influencia de Concini le elevaron a la Secretaría de Estado en 1616 y al destierro en Aviñón en 1618, Pero muy pronto volvió a hacer sonar su nombre al intervenir, con feliz éxito, en la reconciliación de María de Médicis y Luis XIII por el tratado de Angulema (1619). Este éxito le valió el capelo cardenalicio el 5 de septiembre de 1622 y un puesto en el Consejo real el 29 de abril de 1624. Designado presidente de este organismo en agosto del mismo año, Richelieu fue, desde entonces, el ministro omnipotente de Luis XIII, el hábil artífice de la nueva política francesa y el precursor de la hegemonía de Francia en Europa durante la época de Luis XIV.

Para lograr sus fines, Richelieu tuvo que imponerse a los nobles, a los protestantes y al mismo Luis XIII. Los hugonotes constituían un Estado dentro del Estado francés y una positiva amenaza para la seguridad de la monarquía en cualquier empresa de política exterior, como lo había demostrado la rebelión de Montauban de 1621. La Rochela era el foco vital de la resistencia protestante, y contra esta plaza dirigió sus ataques Richelieu. Pese al auxilio inglés, La Rochela tuvo que capitular en 1629. Este triunfo fue seguido por la Gracia de Alais, edicto que mantuvo las cláusulas religiosas del de Nantes, pero suprimió el calvinismo político, restableciendo en su plenitud la unidad de la monarquía francesa.

La lucha por la unidad de mando fue quizá menos aparatosa, pero mucho más dura y tenaz. Las reinas y los nobles se confabularon para poner término a la privanza del cardenal, aprovechando la suspicacia y las vacilaciones de Luis XIII. Después de salir airoso de una primera conspiración, la de Chalais (1626), en que intervino el intrigante Gastón de Orleans, hermano del rey, el cardenal se halló gravemente comprometido por el ataque de María de Médicis y Ana de Austria (1630), quienes estuvieron a punto de lograr su propósito. Después de la journée des dupes (10 de noviembre de 1630), Richelieu se afirmó en el poder. Se vengó terriblemente de los fracasados conspiradores, e incluso la reina madre y el príncipe Gastón tuvieron que emigrar al extranjero. Nuevas conjuras, esta vez seguidas de intentos armados, tuvieron lugar en 1632, 1641 y 1642, contando con el auxilio español. En la primera pereció el duque de Montmorency, gobernador del Languedoc, en la última fue ajusticiado Cinq-Mars, favorito de Luis XIII y traidor a Francia.

Después del triunfo sobre los protestantes y de la journée des dupes, Richelieu posee por completo los órganos directivos del Estado. Exige obediencia pasiva a las órdenes del rey y centraliza en sus manos la administración pública. Los Parlamentos son reducidos a una situación política nula. El cardenal escoge los gobernadores de provincias entre las personas adictas, y la voluntad del poder central se cumple a rajatabla por los intendentes. La opinión es dirigida por una activa propaganda, mientras que una policía fiel escudriña la conciencia pública. Richelieu favorece la agricultura, piensa en las colonias, estimula la industria y reorganiza el ejército y la marina. En una palabra, concentra las fuerzas de la nación para realizar, en el campo internacional, lo que considera gran misión de Francia: hundir el poder de los Habsburgos en Europa y obtener las llamadas fronteras naturales: los Pirineos, los Alpes y el Rin.

Con una tenacidad inquebrantable y una diplomacia excelente —inferior en este aspecto, sin embargo, a la de Mazarino—, Richelieu espolea a los enemigos y adversarios de los Austrias en Alemania, el Norte de Italia y la península Hispánica. Después de la derrota diplomática de Monzón en 1620, obtiene sus primeros triunfos en el Norte de Italia con el tratado de Cherasco (1631), la anexión de Pingerolo y el establecimiento del príncipe Carlos de Nevers —un francés— en Mantua y Monferrato. Simultáneamente, echa a Gustavo Adolfo de Suecia en el incendio de la guerra de los Treinta Años (tratado de Bärwald, 1631), y cuando esta intervención parece fracasada por la muerte de aquel rey en Lützen (1632) y la victoria de los hispano imperiales en Nördlignen (1634), entonces se decide a hacer participar su país en la contienda (1635). Aliada con los holandeses, los suecos y los protestantes de Alemania, Francia obtiene señalados triunfos a partir de 1637. A mayor abundamiento, Richelieu fomenta y luego apoya las sublevaciones de Portugal y Cataluña contra la monarquía española (1640).

Aunque el cardenal no pudo ver los resultados finales de su política, pues murió en París el 4 de diciembre de 1642, es indudable que cabe reputarle como el fautor de los triunfos de Rocroi y Lens, que dieron a Francia la supremacía militar en Europa, junto con la política, afirmada por la paz de Westfalia de 1648.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 65-66.