Felipe III de Borgoña

De Jaime Vicens Vives

Retrato de Felipe III de Borgoña.Retrato de Felipe III de Borgoña

Felipe III, duque de Borgoña (1396-1467) el Bueno. El asesinato de Montereau (10 de septiembre de 1419) tuvo enormes repercusiones en la política francesa. El heredero de Juan I Sin Miedo, Felipe III el Bueno, contaba entonces veintitrés años de edad, pues su madre, Margarita de Baviera, le había dado a luz en Dijón el 30 de junio de 1396. Aunque más dotado para las obras pacíficas que para la guerra, la sangre de su padre echaba una barrera entre la corte de Francia y el ducado de Borgoña, que era preciso salvar con las armas. En consecuencia, no es de extrañar que Felipe diera el grave paso de aliarse con Enrique V de Inglaterra y de reconocerle como monarca de Francia por el tratado de Troyes de 21 de mayo de 1420.

En aquellos días Francia estuvo a punto de dejar de ser francesa, pues incluso la capital, París, era ardientemente borgoñona. Sólo la maravillosa reacción nacional llevada a cabo por Juana de Arco pudo salvar a los Valois del desastre. Felipe el Bueno, en guerra con Segismundo de Austria y ya no en muy buenas relaciones con Inglaterra, se reconcilió con Carlos VII por el tratado de Arrás de 21 de septiembre de 1435, uno de sus mayores triunfos diplomáticos, pues Francia, además de cederle los condados del Artois y Boulogne y gran parte de la Picardía, reconocía la posición internacional adquirida por el ducado de Borgoña.

Estas anexiones redondearon las conquistas y adquisiciones territoriales hechas por el duque pocos años antes. En 1421, la del condado de Nemur; en 1430, a la muerte de su primo Felipe de Saint Pol, el Limburgo y el ducado de Brabante; en 1433, la de los condados de Holanda, Zelanda y Henao, después de una porfiada lucha militar y política con la condesa Jacobina de Baviera. Más tarde, en 1443, el tratado de Hesperingen le dió el ducado de Luxemburgo.

Felipe el Bueno no solo se reveló como un afortunado agrupador de tierras, sino como el verdadero artífice del estado borgoñón. Fue el primer príncipe norte alpino que implantó los principios de la monarquía autoritaria renacentista. Su corte fue de un refinamiento extraordinario y en ella pulularon los literatos y artistas, como Juan Van Eyck. La nobleza de sus dominios fue agrupada al servicio del duque en la orden del Toisón de Oro, creada en enero de 1429. Felipe instituyó, además, varios consejos comunes, y al lado del Consejo Áulico, que hizo permanente en 1446, dio realidad a la idea de la formación de unos Estados Generales, los cuales funcionaron por vez primera en 1463. Celoso de sus prerrogativas, el duque las impuso a las grandes ciudades que querían conservar su autonomía: Brujas fue sometida por la fuerza en 1437, y Gante en 1453, después de sendas sublevaciones.

Felipe el Bueno no logró que Federico III de Alemania le invistiera con el título de rey de Lotaringia, meta de sus ambiciones. Al morir en Brujas (15 de junio de 1467) cedía a su hijo Carlos el Temerario la consecución de tal política, y con ella la lucha inevitable contra Francia y los príncipes del Reich alemán.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, T. I, pág. 186.