Santa Teresa de Jesús

Datos biográficos

Santa, mística y carmelita
Nacimiento: 28-III-1515
Fallecimiento: 4-X-1582

Biografía

Hija de don Alfonso Sánchez de Cepeda, buen castellano, religioso, caritativo y austero y de doña Beatriz de Ahumada, también de recias cualidades castellanas. Teresa vino al mundo en la ciudad de Ávila, el 28-III-1515. Su juventud fue llena de piedad, pues ni la lectura de los Libros de Caballería, ni los inocentes pasatiempos, ni incluso la venial curiosidad por su belleza (crecía con singular hermosura), lograron desviarla de su recto futuro de religión. En su alma juvenil, los Libros de Caballería, lectura que alternó con las Vidas de los Santos, despertaron cuanto más el deseo de atrevidas aventuras por tierras de moros en servicio de la causa del Redentor.

Santa Teresa, por François Gérard.Santa Teresa, por François Gérard.

En 1531 entró como pensionista en el convento de las Agustinas, de su ciudad natal. Aunque en un principio no sentía gran atractivo por recluirse en una casa de religión, el proselitismo edificante de una monja y el adoctrinamiento de su tío don Pedro, que le enseño a despreciar las cosas del mundo, acabaron con sus vacilaciones.

A los dieciocho años entró en el convento de la Encarnación, en el cual tomó el hábito de carmelita el 3-XI-1534. Durante unos veinte años, la vida de Santa Teresa fue una lucha emocionante contra el dolor físico, los recuerdos de su juventud y la rutina de la vida conventual. En 1537 sufrió un ataque de parálisis. Pero más que las fatigas y dolores corporales, fue terrible el conflicto espiritual. La santa anhelaba elevarse a las máximas alturas del sentimiento religioso; a veces creía que su piedad y su devoción disminuían.

Por fin, la voluntad venció al dolor y el entusiasmo de la fe a toda inquietud íntima. Esto acaeció hacia 1555. Desde entonces —según confesión propia—, Teresa inició una nueva vida: la de Dios en ella. Tres años más tarde comenzaron las visiones místicas, constantes luego, que Santa Teresa nos ha narrado con un candor y una humildad que hacen toda sospecha improcedente e indigna. Al mismo tiempo, cristalizaba en el espíritu de la santa el deseo de reformar la orden carmelitana y de reintegrarla a su regla primitiva.

Obtenida la necesaria autorización del papa Pío IV, Teresa fundó en agosto de 1562 el primer convento de las Carmelitas Descalzas, el de San José, en Ávila. A pesar de la oposición de los carmelitas de la regla mitigada, de las injurias, burlas y murmuraciones que la zaherían pero no la rendían, la obra de la santa se fue extendiendo paulatinamente por toda España. Su figura irradiaba virtud, hidalguía y entereza, virtudes de la monja inquieta y andariega para conquistar las almas de los nobles, de los indigentes, de la aristocracia y del pueblo.

San Juan de la Cruz se adhirió a su causa y comenzó a reformar los conventos de varones en el Carmelo descalzo. Santa Teresa no conoció tregua ni descanso durante veinte años, en cuyo transcurso peregrina por todas las rutas de castilla, fundó treinta y dos conventos.

Mientras tanto, y esto es todavía más admirable, aún tenía tiempo para redactar —por indicación de sus guías espirituales— esas maravillosas obras: El Libro de su Vida (1562-1565), el Camino de la perfección (1564-1567) y el Castillo interior o Libro de las siete moradas (1577), su obra capital, el libro más perfecto de la mística española.

Teresa de Cepeda y Ahumada, la madre Teresa de Jesús, murió en Alba de Tormes, el 4-X-1582. El clamor de su santidad fue tal, que Paulo V la beatificó el 24-IV-1614, Gregorio V la canonizó el 22-III-1622, y Urbano VIII la nombró copatrona de España el 21-VI-1627. Pío X la nombró doctora de la Iglesia durante su pontificado (1903-1914). Fray Luis de León, otra inteligencia de la época traza los méritos de la Santa.

En la alteza de las cosas que trata y en la seguridad con que las trata, excede a muchos ingenios; y en la forma del decir, y en la pureza y facilidad del estilo, y en la gracia y buena compostura de las palabras, y en una elegancia desaceitada que deleita en extremo, dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con ellos se iguale.
Y así, siempre que los leo, me admiro de nuevo, y en muchas partes de ellos me parece que no es ingenio de hombre el que oigo, y no dudo que hablaba el Espíritu Santo en ella en muchos lugares y que la regía la pluma y la mano: que así lo manifiesta la luz que pone en las cosas oscuras y el fuego que enciende con sus palabras en el corazón que las lee...Que el ardor grande que en aquel pecho santo vivía, salió como pegado en sus palabras, de manera que levantan llama por dondequiera que pasan.
VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 5-6.