Paulo IV, Retrato de Onofrio Panvinio.

PAULO IV (1476-1559; 1555-1559). La figura que en Italia equivale, en parte, a la de San Ignacio de Loyola, es la de Giampietro Carafa, natural de San Angel della Scala, en el napolitano Avellino. De temperamento ardiente, de fe inquebrantable y profunda, de procedimientos rectos, severos y enérgicos, llevó al Papado el espíritu militante de la Contrarreforma. Si Paulo III preparó el terreno para la obra de resurgimiento de la Iglesia, Paulo IV la impuso en el campo de la realidad. Fue intransigente, porque en la intransigencia hallaba el único sistema para garantizar las esencias de lo católico. A veces fue extremado, como en su acendrado nacionalismo italiano y en sus deseos de reverdecer la teocracia pontificia de Inocencio III. Sin embargo, es una figura señera de la Iglesia. Cuando hace revestir con algunos paños las figuras demasiado desnudas que pintó Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, y cuando expulsa a sus tres sobrinos de los cargos que ocupaban en la Curia (1559), Paulo IV pone un término ineludible a las aventuras renacentistas de sus predecesores y al nefando nepotismo que era mancha y corrupción del Papado del gran Renacimiento.

Toda su vida fue puesta al servicio de la Iglesia, A los catorce años de edad —había nacido el 28 de junio de 1476— huyó al convento napolitano de Santo Domingo. Sus padres, Juan Antonio, conde de Montorio, y Victoria Camponeschi, de la noble casa de los Carafas de Benevento, le rescataron; pero Juan Pedro no se dejó imponer por ninguna consideración. Su vocación era la vida eclesiástica, y a la Iglesia fue con el mejor de sus entusiasmos. Sacerdote en 1484, fue nombrado camarero pontificio en 1492. Obispo de Chieti en 1503, desempeñó varias legaciones en el extranjero, una en la corte de Fernando el Católico en Nápoles (1506) y otra en la de Enrique VIII de Inglaterra (1513-1514). Su actividad diocesana fue extraordinaria, tanto en Chieti como en el arzobispado de Brindisi (1517-1520).

Desde 1516 formaba parte del Oratorio del Amor Divino, que se constituyó en Roma bajo su dirección y la de Gaetano de Thiene. Del Oratorio, una de las células de la Reforma católica, nació a poco la orden de los teatinos. Carafa renunció en 1524 a su dignidad episcopal para dedicar sus actividades a la nueva orden, de la que fue primer superior. Los teatinos intentaban robustecer la acción popular católica por la enseñanza, el estudio y la predicación; ideales que serán los que más tarde realizarán a la perfección los jesuítas. Por su espíritu de sacrificio y sus relevantes méritos, contraídos durante la peste que azotó a Roma en 1525, Carafa se captó el aplauso y la estima de los romanos.

El saco de Roma llevó a Venecia a los miembros del Oratorio. En la ciudad de la Serenísima Carafa desempeñó hasta 1536 importantes comisiones políticas y eclesiásticas. En Venecia, donde se había introducido el luteranismo, Carafa pudo darse cuenta de la gravedad del mal y de la urgencia de los remedios que requería. Por este motivo dirigió una amplia memoria a Clemente VII exponiendo su sistema para combatir los progresos de la herejía protestante, entre las cuales figuraba la reorganización del Santo Oficio a base del modelo de la Inquisición española (1532).

Nombrado cardenal por Paulo III el 25 de diciembre de 1536, Giampietro Carafa fue el miembro más destacado del grupo intransigente de la Curia pontificia. Formó parte de varias comisiones que prepararon la obra de la Reforma católica; intervino en la institución de la Compañía de Jesús; en fin, fue el propagandista acérrimo de la creación de la Inquisición romana, que logró ver aprobada en 1542. El mismo Carafa dirigió sus primeros pasos como miembro destacado de la congregación cardenalicia encargada de su gobierno.

Su figura, en verdad poco amable para quienes intentaban sojuzgar la Iglesia a sus designios, acabó por imponerse después de los pontificados de Julio III y Marcelo II. A los 79 años de edad, el 23 de mayo de 1555, era elegido papa. Su gestión pontificia duró unos cuatro años, puesto que le sobrevino la muerte el 18 de agosto de 1559. Escaso tiempo para regir la Iglesia, pero sobrante para imprimir el sello de la Contrarreforma en sus destinos. Prescindiendo de su política internacional, que le condujo a la guerra contra Felipe II de España en 1555, acabada con un fracaso lamentable, el cual no se convirtió en desastre igual al de 1527 gracias a la caballerosidad del duque de Alba, Paulo IV dedicó sus actividades a la depuración de la Iglesia.

Fue tan suspicaz, que incluso llegó a dudar de la ortodoxia del futuro san Pío V, y en 1557 mandó a la cárcel al cardenal Morone, acusado de excesivamente tolerante. Dirigió con mano firme la lucha contra la herejía, tanto en España e Italia, como en Francia, Inglaterra y Alemania. Fue implacable debelador de la heterodoxia. Bajo su pontificado se inició en Alemania la memorable obra de San Pedro Canisio. En Francia fomentó la política antiluterana del cardenal de Lorena y en Inglaterra confió la legación pontificia al franciscano Guillermo Peto. En resumen, Paulo IV fue el primer pontífice que supo usar de los resortes de la Contrarreforma creados bajo Paulo III.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, T. I, pág. 254.