León X .León X por Rafael Sanzio.

León X, papa (1475-1521; 1513-1521). La historia del Papado durante el pleno Renacimiento está llena de figuras destacadas como entes humanos, pero que no siempre respondieron a las exigencias de la Iglesia en aquellos críticos instantes. Tal es el caso, en especial, para el pontificado de León X, pues mientras de un lado el Renacimiento alcanzaba en Roma el máximo esplendor, en Alemania se iniciaba la profunda escisión religiosa que iba a quebrantar y reducir las fuerzas y la obra de la Cristiandad. La misma vida de León X ofrece un conjunto de luces y sombras, pues aunque él fue personalmente devoto, piadoso y honesto, no supo corregir los escándalos de la Curia, ni enderezar la reforma religiosa, ni poner freno con la debida energía a los primeros pasos de Lutero. Careció, pues, de visión del futuro, y sólo se preocupó de los intereses italianos, desequilibrados a consecuencia de la lucha de Francia y España en la península. Mecenas de los artistas, favoreció la eclosión de una cultura elegante y arbitraria, carente de un sentimiento hondo. Su misma figura, corpulenta y fofa, revela su predisposición a los goces de los sentidos y la carencia de la energía necesaria para imponerse a los acontecimientos.

Nacido en Florencia el 11 de diciembre de 1475, Juan de Médicis, hijo de Lorenzo el Magnífico y de Clarisa Orsini, recibió una educación esmerada, aunque superficial. Su padre le dedicó a la carrera eclesiástica. Protonotario a los siete años, abad de Montecasino a los once, cardenal a los trece (9 de marzo de 1489), fue un típico exponente de la necesidad de reformar la Iglesia en la provisión de sus jerarquías. Después de estudiar derecho canónico en Pisa, revistió el capelo cardenalicio en 1492. En el mismo año fue creado legado pontificio del Patrimonio y del dominio florentino.

Aunque dio su voto a Alejandro VI, no fue amigo de este papa. Vivió en sus posesiones de la Toscana hasta que sobrevino el hundimiento de la señoría medicea (1494). Entonces huyó de su país; viajó por Alemania, los Países Bajos y Francia, completando su formación cultural. En 1500 se estableció de nuevo en Roma, y reunió a su alrededor a los humanistas y artistas más en boga. En los últimos años del pontificado de Julio II reanudó su vida pública. Nombrado legado de la Romaña (1511), participó en las hostilidades contra los franceses, quienes le capturaron en Rávena (1512) y le trasladaron a Milán. Juan de Médicis logró burlar la vigilancia de sus guardianes, fugándose en ocasión de su traslado a Francia, y participó en el éxito final de la Santa Liga. En el congreso de Mantua obtuvo que los Médicis pudieran volver a establecerse en Florencia (1512).

El 11 de marzo de 1513 fue elegido pontífice sin simonía, como posible mediador entre los dos bandos que se disputaban el poder después del tempestuoso pontificado de Julio II. Pero, en realidad, no supo o no quiso practicar una política conciliadora. A consecuencia de sus empresas contra el ducado de Urbino (1517), arruinó el tesoro pontificio, y para volverlo a llenar recurrió a medios reprobables, entre los cuales la condena de cinco cardenales por una supuesta conspiración (uno de ellos, Alfonso Petrucci, fue ejecutado). Atemorizado, el cónclave cardenalicio aceptó el nombramiento de treinta y un cardenales (julio de 1517), muchos de los cuales compraron su dignidad por cuantiosas sumas. Pocos meses más tarde, en la lejana Wittenberg, Lutero fijaba sus famosas tesis heréticas.

En política exterior, León X no tuvo una actitud clara. Su diplomacia trabajaba a base de dos principios: mantener el Estado mediceo en Florencia y evitar que Nápoles y Milán cayeran en una sola mano. Alternativamente se alió con Francisco I y con Carlos V; con aquél, después de la batalla de Marignano (pacto de Viterbo, 1515, y Concordato de 1516); con este, después de su elección imperial y del progreso rápido del luteranismo en Alemania. El 8 de mayo de 1521 firmó una alianza permanente con el emperador, dirigida contra los franceses y los venecianos.

Recibido triunfalmente en Roma el 25 de noviembre de 1521 después de los primeros éxitos de las tropas imperiales en Lombardía, León X murió muy pocos días después, el 1 de diciembre. Había claudicado ante los reyes extranjeros, permitido el libertinaje romano, vacilado ante Lutero. Sólo podía tener a su crédito la tentativa de hacer de Roma el centro intelectual de Europa. Favoreció a Lascaris, a Bembo, a Guicciardini, a Castiglione y a Sadoletto; instituyó bibliotecas, construyó museos y hermoseó la ciudad. Pero, sin embargo, no tuvo el ímpetu constructor, colosal y magnífico de un Julio II, a pesar de contar con los mismos colaboradores artísticos.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, T. I, pág. 177.