Alejandro III

Alejandro III.Alejandro III.

ALEJANDRO III, Papa (¿1181; 1159-1181). En la segunda crisis suscitada entre el Imperio y el Papado a fines del siglo XII a causa de la restauración del poder monárquico en Alemania e Italia por los Staufen, descuellan dos personajes. . De un lado, Federico Barbaarroja, el emperador alemán, cuya figura acabamos de examinar; de otro, Alejandro III, el gran papa que con su profunda cultura, su prudencia, su firmeza y su inquebrantable fe en su misión espiritual y en los sagrados derechos de la Iglesia, supo defender con éxito la independencia de esta Institución y preparar el terreno para el sumo esplendor del Pontificado bajo Inocencio III.

La aparición de Orlando Bandinelli en la escena política fue sensacional. En octubre de 1157 celebraba Federico Barbaarroja una asamblea en Besanzón, a la que el Papado envió dos legados, los cardenales Orlando y Bernardo, los dos caracterizados adversarios del emperador. El primero había sido elevado a la púrpura cardenalicia por Eugenio III en 1150, al objeto de recompensar su actividad literaria y jurídica. Tres años más tarde había recibido el cargo de canciller de la Iglesia romana, desde el cual, durante el pontificado de Adriano IV, se había mostrado como fervoroso partidario de la alianza normanda para evitar los abusos de la autoridad imperial en Italia y el Reich.

En Besanzón, en la fecha indicada y a propósito del arresto arbitrario del arzobispo de Lund, el cardenal Orlando defendió con sumo calor los derechos de la Iglesia, hasta el extremo de llegar a manos con el noble Otón de Wittelsbach. En aquella ocasión el Papado y el Imperio rompieron sus relaciones, presagiándose un futuro muy tempestuoso dadas la libertad de lenguaje y de acción de Federico I y las disposiciones tomadas por Adriano IV para asegurar la resistencia de la Iglesia.

En este trance murió Adriano IV (1 de septiembre de 1159). Seis días más tarde el cónclave elegía papa al cardenal Orlando, lo que defraudaba las esperanzas de Federico I, depositadas en el cardenal Octaviano. Este solo recogió algunos votos; pero sus secuaces se apoderaron de la ciudad y le proclamaron como Víctor IV. Orlando, refugiado en Ninfa, se coronaba con el nombre de Alejandro III (20 de septiembre).

Con tenacidad soberbia y magnífica, Alejandro III inició la lucha en defensa del Papado: excomulgó al emperador y a Víctor IV, fomentó el espíritu de rebeldía en las ciudades lombardas y ganó para su causa a los soberanos de Occidente ; en 1160 a Francia e Inglaterra ; poco después, a España, Irlanda y Escocia. Cuando en 1162 Barbarroja triunfó en Milán y pareció sujetar la Lombardía a sus deseos, Alejandro III se trasladó de Agnani, donde había residido desde su coronación, a Francia, donde fue acogido con generosa hospitalidad por Luis VII.

Desde su refugio en Montpellier, el papa logró aumentar su autoridad, favorecido por el desacierto de sus adversarios, los cuales, a la muerte de Víctor IV en 1164, habían elegido papa a Pascual III, personaje poco grato a gran parte del obispado de Italia y Alemania. En estas circunstancias, Alejandro III consideró tan favorable la situación política que regresó a Roma (23 de noviembre de 1165). Pero al cabo de poco tiempo salía precipitadamente de la ciudad, amenazado por el poderoso ejército que había enviado contra él el emperador alemán (agosto de 1167).

Este fue el último éxito de Federico I. Italia se sublevaba al paso de su ejército en retirada, descompuesto por la peste. En diciembre de 1167 los lombardos constituyeron la Societas lombarda, liga dirigida contra el emperador. Tres años más tarde, esta Liga elegía como patrono al papa y daba su nombre a la nueva fortaleza federal —Alejandría—. El poder de Alejandro III creció tanto que el emperador le mandó emisarios para llegar a un acuerdo (marzo de 1170), que no fue viable por no ir precedido del reconocimiento explícito de la legitimidad de su pontificado. Sólo después del desastre sufrido por Federico I en Legnano en 1176, se reanudaron los tratos entre el emperador y Alejandro III, los cuales condujeron al acuerdo de Agnani (noviembre de 1176), ventajoso en absoluto para los intereses de la Iglesia. El 24 de julio de 1177 Alejandro III sellaba oficialmente la paz mediante el ósculo dado al emperador en el portal de San Marcos de Venecia.

Cuatro años más tarde, el 30 de agosto de 1181, moría en Civita Castellana el gran pontífice, alejado de Roma, que entonces se hallaba divorciada por luchas intestinas y rivalidades de varios bandos. Tras de sí dejaba una obra admirable, marcada no solamente por su triunfo sobre el Imperio, sino por su actividad legislativa y religiosa. Reunió el III Concilio Laterano, en que se dictaron normas para evitar cismas en la Iglesia (1179); excomulgó a los cátaros; procuró llegar a un acuerdo con Manuel Comneno y la Iglesia cismática griega; confirmó Órdenes nuevas y favoreció la vida religiosa. La autoridad ecuménica del Pontificado en su época se revela en la concesión del título real al príncipe Alfonso de Portugal (1179) y en la dura penitencia impuesta a Enrique II de Inglaterra después del asesinato de Santo Tomás Becket (1170), arzobispo de Canterbury.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, T. I, págs. 123-124.