Andrés Urdaneta

Datos biográficos

Religioso y cosmógrafo
Nacimiento: 1498
Fallecimiento: 1568

Biografía

Religioso y cosmógrafo español, nació en Villafranca de Ordicia (Guipúzcoa) en 1498 y murió en Méjico en 1568. Estudio latinidad y poesía, y habiendo quedado huérfano prefirió la carrera militar a la eclesiástica, que sus padres querían que siguiese, aun cuando después ingresó en la Orden de San Agustín. Sirvió en las guerras de Alemania e Italia bajo las banderas de Carlos V, y por su valor y méritos llegó a capitán. Al mismo tiempo se aplicó y con rápido progreso al estudio de las matemáticas, astronomía y cosmografía, y en 1525 se embarcó en la armada que al mando del comendador Fray García Jofre de Loaisa salió de la Coruña para el Maluco (las Molucas).

P. Andrés de Urdaneta. Fotografía de una pintura original de Víctor VillánP. Andrés de Urdaneta. Fotografía de una pintura original de Víctor Villán

Estuvo en aquellas islas hasta 1536, siempre con las armas en la mano, en compañía de Martín Íñiguez de Carquisano, Álvaro Saavedra y Hernando de la Torre, contra las agresiones de los portugueses. Restituido a España por el piloto Macías del Poyo, natural de Murcia, por la vía de Lisboa, fue detenido por el guarda mayor de las Indias, que le tomó relación de la navegación, varios derroteros del mar de Sur y las Molucas, las cartas de Hernando de la Torre y otros papeles, sin haber podido lograr que se los devolviesen.

Pudo sin embargo escapar y se presentó en la corte, que entonces estaba en Valladolid, y comunicó el descubrimiento de la ruta de las Molucas desde Nueva España (Méjico), hecha por Saavedra, enviado por Cortés, y el de la isla del Poniente y Nueva Guinea. La casualidad de haber ido el emperador a la jornada de Túnez y la Goleta entorpeció el éxito de sus pretensiones, si bien sus prendas y grandes servicios merecieron mucha estimación del Consejo; más, cansado de tantas dilaciones, partió para Nueva España.

Acreditada su capacidad en los destinos que se le confiaron y supo desempeñar en Méjico, quiso el virrey Antonio de Mendoza elegirle general de la armada que debía ir al descubrimiento de las islas de Poniente, en lugar del adelantado de Guatemala Pedro de Alvarado, que había muerto despeñado por un caballo en Jalisco. Pero, decidido ya a vivir vida tranquila, rehusó aquel honroso encargo; y más adelante, llevado de otra vocación, tomó el hábito de San Agustín, en cuya religión y convento de Méjico profesó el 20-V-1553.

Retraído así del bullicio pasó seis años dado enteramente al ejercicio de las virtudes monásticas, aunque sin esquivar el trato a que se ligaba la estimación que se merecía fuera del claustro, cuando malogradas las expediciones que el emperador había enviado a la conquista de Filipinas, su hijo y sucesor Felipe II, que se ocupaba de esta empresa con mayor ardor, le dirigió la carta siguiente:

El Rey. Devoto Padre Fr. Andrés de Urdaneta, de la orden de San Agustín: Yo he sido informado que vos, siendo seglar, fuisteis con la armada de Loaisa, y pasasteis el estrecho de Magallanes y a la Especiería, donde estuvisteis ocho años en nuestro servicio. Y ahora habemos encargado a Luis de Velasco, nuestro virrey en esa Nueva España, que envíe dos navíos al descubrimiento de las islas de Poniente, hacia las Molucas, y les de orden en lo que han de hacer conforme a la instrucción que le he dado, y según la mucha noticia que vos diz que tenéis de las cosas de aquella tierra y entender como entendéis las cosas de la navegación de ellas, y ser buen cosmógrafo, sería de grande efecto que vos fuésedes en los dichos navíos, así por lo que toca a la navegación como para servicio de nuestro Señor. Yo vos ruego y encargo, que vais en los dichos navíos, y hagáis lo que el dicho nuestro virrey vos fuere ordenado, que demás del servicio que haréis a Nuestro Señor, seré yo muy servido, y mandaré tener en cuenta con ello, para recibáis merced en lo que hubiera lugar.De Valladolid a 24 de septiembre 1559 años Yo, el Rey.Por el mandato de S.M. Francisco de Eraso.

Urdaneta recibió muy respetuosamente de manos del virrey, quien apreciando su modesta resignación en lo que fuese voluntad del prelado, llamó al provincial para hacerle saber la intención de su Majestad, y también la suya, de que fuesen de la misma Orden los religiosos que habían de ir en esta expedición para ayudar a Urdaneta en lo espiritual de la conquista. El prelado le dio desde luego su beneplácito, y el virrey procedió inmediatamente, con dictamen en todo del mismo Urdaneta, a ultimar las disposiciones necesarias para la empresa, principiando por hacer construir en el puerto de la Navidad no solo los dos navíos que el rey designaba, sino también un galeoncete y un patache, con sujeción a la traza dada para cada uno por Urdaneta.

Estando ya muy adelantada la habilitación de los cuatro buques, se trató en repetidas Juntas del virrey y los oidores sobre el nombramiento del capitán general de dicha empresa, y al fin comprometieron a Urdaneta a que hiciese esta elección, la cual recayó en Miguel López de Legazpi, noble y acreditado marino guipuzcoano. Se concedió a los religiosos agregados que pudiesen elegir prelado, y eligieron a Urdaneta, y habiéndolo aprobado el definitorio, le expidió la correspondiente patente en Calhuacán, el 9-II-1564, concediéndosele además el título de Protector de los Indios.

Salió en fin, aquella armada del puerto de la Navidad el 21 de noviembre del mismo año, y a los cuatro días de navegación con buen tiempo y rumbo SO., abrió el general el pliego cerrado que había recibido de la Audiencia de Méjico y que contenía las instrucciones dadas para su gobierno. En ella se le mandaba ir en derrota de las Filipinas o de otras por allí pertenecientes a la demarcación de Castilla. Y aunque esta determinación desazonó mucho a Urdaneta, porque iba persuadido de que el viaje sería a la Nueva Guinea, como él había propuesto al virrey, creyendo ser lo más conveniente, se conformó con esta alteración, respetándola como emanada de la superioridad y estableció desde luego los rumbos que se debían seguir para las Filipinas.

Se les separó otro día el patache San Lucas, por cohesión entre el capitán y el piloto que era mulato, codiciosos de ser los primeros que hiciesen los descubrimientos. Los demás buques de la expedición llegaron el 9 de enero siguiente a la isla que denominaron de los Barbudos, por alusión a los habitantes que tenían la barba y los cabellos largos; el 22 estaban buscando ya donde surgir en las islas de los Ladrones, y los indios que llegaban en sus paraos al rescate o cambio de sus frutas, se admiraban de que les hablase en su lengua Urdaneta.

Habiendo dejado el 3 de febrero estas islas por la mala voluntad de los isleños, llegaron el 13 a otras, desde las cuales descubrió una de las Filipinas. Urdaneta bajó a tierra junto con algunos oficiales a explorar en la que llamaban Ibabao, formalizando la toma de posesión en nombre del rey; pasaron los buques a otras de estas islas llamadas de Tandaya, y habiendo bajado a ella el general a hacer por sí mismo solemne toma de posesión, dejó en su lugar en la capitanía a Urdaneta.

Pasó, por fin, la armada a la isla de Cebú, y como en todas las anteriores, y aun en esta, hubiese sido más o menos hostilizada, por el odio que los portugueses de las Molucas habían difundido contra los españoles, se dispuso enviar a Nueva España a la capitanía, porque era la más fuerte y ligera, al mando de un nieto del general Legazpi, para dar cuenta a la Audiencia de todos los sucesos del viaje y del descubrimiento hecho, y que se embarcase también en este buque Urdaneta para el descubrimiento de la ruta de regreso, como estaba previsto en la instrucción dirigida por la corte.

Para el regreso, Urdaneta zarpó de San Miguel, en Filipinas el 1-VI-1565 y puso rumbo nordeste, ascendió hasta el paralelo 40, donde encontró la corriente de Kuro Siwo, que desde Japón les llevó hasta más al norte del cabo Mendocino, en California, desde donde costearon rumbo sur hasta Acapulco. El 8-X-1565, tras haber recorrido 20.000 kilómetros en poco más de cuatro meses, la hazaña quedaba completada, la tornavuelta era ya una realidad, una histórica y capital aportación a la humanidad.

Este viaje fue muy trabajoso para Urdaneta, por el cuidado de gobernar la nave y anotar los rumbos, vientos y escollos que le impedían dormir de noche y por las enfermedades de la tripulación y muerte de una parte de ella, incluso uno de sus dos pilotos, habiendo quedado inútil el otro por efecto de sus padecimientos. Fundó Acapulco y pasó luego a Méjico, causando allí mucha alegría su llegada, porque las patrañas del capitán del patache San Lucas hicieron creer que habían perecido las otras tres naos.

Durante el resto de los siglos XVI y XVII las naves españolas, particularmente los galeones que recorrían anualmente el trayecto Acapulco-Manila-Acapulco, emplearon la ruta de Urdaneta, quien además dejó escrita y presentada al Rey de España y a las autoridades las relaciones de sus expediciones con Loaysa y con Legazpi y la ruta completa del Tornaviaje. Después de corta detención partió para España por disposición de la Real Audiencia, con despachos de ella y los que traía del general Legazpi.

Llegado a la corte le dio el rey rápida audiencia. La relación que hizo de todo a su Majestad y los despachos del general Legazpi, pusieron de manifiesto el parte fraudulento del capitán del patache San Lucas, que ya estaba allí y tenía en buen estado sus pretensiones de premio como primer descubridor de la vuelta de las Filipinas a Nueva España.

El rey quiso recibir otro día y con más sosiego a Urdaneta, y este, entre tanto, posponiendo a su ansia de volver a la quietud de su celda las mercedes con que se le incitaba a detenerse algún tiempo en la corte, negociaba solamente por la licencia para restituirse a Méjico, cuyo viaje emprendió después de segunda audiencia del rey, quedando Su Majestad admirado de su desprendimiento de dignidades y honras terrenas.

Cuando ya se vio en aquel reposo, se sintió movido a ir otra vez a continuar sus tares evangélicas en Filipinas, pero cedió a la obediencia y a las persuasiones de los prelados, que consideraban su avanzada edad y el estado de salud en que le tenían sus muchos padecimientos y tantos viajes por todo el mundo, muriendo en su convento en la fecha indicada, a los setenta años de edad.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa, 1988, tomo 65 págs. 1406-1407.