Nubeluz

Hernán Cortés

Autor:Autores: M. R. - Ramón Ezquerra

Retrato de Hernán CortésHernán Cortés. Anónimo

CORTÉS, Hernán (1485-1547) [Medellín (Badajoz)-Castilleja de la Cuesta (Sevilla)]. El conquistador de México era de familia hidalga: hijo del capitán Martín Cortés (†1527) y de Catalina Pizarro Altamirano; sus abuelos paternos eran Rodrigo de Monroy y María Cortés, y descendía de los Rodríguez de las Varillas y los Monroy; su abuelo era primo del maestre de Alcántara Alonso de Monroy, de vida extraordinaria, audaz y heroica que recuerda la de Hernán Cortés; por la madre estaba emparentado Cortés con los Pizarro Leopoldo Martínez Cosío, Heráldica de Cortés, México, 1949. Le enviaron sus padres a la Universidad de Salamanca y se impregnó algo de espíritu humanista, pero dejó pronto los estudios; en Valladolid adquirió cierta práctica curialesca con un escribano.

Desorientado anduvo muchos meses por España a la flor del berro hasta que embarcó hacia 1501 para La Española en busca de la protección de Ovando; participó en las campañas contra los indios y se estableció como encomendero y escribano en Azúa. Pasó en 1511 a la conquista de Cuba con Diego Velázquez y se fijó en Baracoa como estanciero y, asimismo, de escribano, proporcionándole los negocios cierta fortuna; allí se casó con Catalina Juárez, la Marcaida, y tuyo disensiones con Velázquez, referidas de vario modo, quien le puso preso, y se dijo que quiso ir Cortés a Santo Domingo con quejas de algunos colonos contra él; reconciliados de nuevo, fue nombrado Cortés alcalde de Santiago.

Llevaba en Cuba una apacible vida de colono y hombre de negocios cuando, cansados de ella, grupos de pobladores de la isla realizaron los viajes de Hernández de Córdoba (1517) y Grijalva (1518), que revelaron la existencia del Yucatán y de México, y de una cultura indígena superior a la vista hasta entonces, e indicios de oro y riqueza. Desde Ulúa envió Grijalva a Pedro de Alvarado para avisar a Velázquez, quien inmediatamente preparó otra expedición, pero sin pensar en ponerse él al frente; buscaba un jefe lo suficientemente subordinado y a la par con espíritu de iniciativa y capaz de realizar la conquista, y creyó hallarlo en Cortés, aconsejado además por el contador Amador de Lares y su secretario Andrés de Duero, amigos y socios de aquel; antes del regreso de Grijalva, ya se extendieron las instrucciones (23-X-1518), según las cuales debía Cortés buscar a Grijalva, explorar el país descubierto, tomar posesión de él, rescatar unos cautivos cristianos de que había rumor, obtener oro, extender la fe, etc., omitiendo la fundación de ciudades, por no estar autorizado Velázquez para ello.

Cortés desplegó una intensísima actividad para preparar la flota y sus bastimentos y para reclutar expedicionarios, lo que no fue difícil por la atracción de la nueva tierra y el ascendiente y dotes de persuasión del capitán, quien invirtió en la empresa su fortuna y la de algunos amigos, y tomó a préstamo otras sumas, asumiendo ya aires de gran señor. Velázquez empezaba a desconfiar de él; pero no se decidió a quitarle el mando antes de su partida, que efectuó desde Santiago el 18 de noviembre de 1518; en las escalas de Trinidad y La Habana —en la costa sur esta aún— acumuló más víveres y se le reunieron numerosos conquistadores, y ya le fue fácil desobedecer a Velázquez, que quería revocar tardíamente su nombramiento.

En actitud rebelde, pero apoyado por buenos y leales amigos, zarpó definitivamente de Cuba el 18 de febrero de 1519, con once embarcaciones, 508 soldados, según Bernal Díaz del Castillo; 500, según López de Gómara, o 530, según otros testimonios; 110 marineros, 200 indios y algunos negros; 16 caballos y 14 piezas de artillería, y gran cantidad de objetos de trueque. Entre los miembros de la expedición que se distinguieron en ella o en otras, figuran el piloto Antón de Alaminos; Alvarado, segundo de Cortés; Cristóbal de Olid, Montejo, Gonzalo de Sandoval, Juan de Escalante, Alonso Hernández Puertocarrero, Alonso de Ávila, Juan Velázquez de León, Diego de Ordás, el soldado cronista Bernal Díaz, Luis Marín, Andrés de Tapia y otros muchos; iban dos clérigos, Juan Díaz, que ya había ido con Grijalva, y el padre Bartolomé de Olmedo. Como intérprete, el maya Melchor, capturado por Córdoba.

Llegaron a los pocos días a la isla de Cozumel, en la costa yucateca, donde Cortés mostró la firmeza de su autoridad e impidió hacer daño a los indígenas, revelando sus inéditas dotes de caudillo y de político: all se le unió Jerónimo de Aguilar, cautivo en el país y que sirvió de intérprete en adelante. Sin detenerse costeó el Yucatán, hasta la Boca de Términos. En Tabasco, donde se había recibido bien a Grijalva, tuvo que combatir con los mayas, a quienes venció en la batalla de Ceutla (marzo de 1519), gracias a la superioridad de táctica y al empleo de la exigua caballería y de las escasas armas de fuego; se sometieron los habitantes y les hizo predicar el cristianismo. Allí le regalaron varias indias, una de ellas una mujer extraordinaria, la célebre doña Marina, su amante, su imprescindible intérprete y su fiel y valiente consejera, que fue para él un apoyo capital en la conquista.

Siguió el viaje y llegó el Jueves Santo (21 de abril) a Ulúa, donde recibió mensajeros de Moctezuma, ya advertido mucho antes de la llegada de los españoles; hubo cambio de embajadores y regalos, riquísimos por parte del jefe azteca, pero que rehusó la visita a su capital que le ofrecía Cortés. Apurada ya la situación, recibió este la oferta de amistad del cacique de Cempoala, advirtiendo que Moctezuma tenía enemigos, y en lo sucesivo decidió apoyarse en ellos, y oponer unos pueblos a otros, ante la falta de íntima cohesión del llamado imperio azteca.

Pero su hueste estaba también dividida, por existir muchos partidarios de Velázquez y de volver a Cuba. Para legalizar su situación —de jefe faccioso—, asegurar la empresa, poniendo pie en el país, pese a la falta de facultades, e imponerse a los adversarios, ayudado por sus amigos, hizo fundar —teóricamente— en los arenales de Ulúa una ciudad, Villa Rica de Veracruz, designándose su ayuntamiento, el cual, en uso de las atribuciones de los antiguos municipios castellanos, nombró a Cortés capitán general y justicia mayor en nombre del rey, desligándolo de la autoridad de Velázquez. El emplazamiento real de la futura villa fue por entonces Quiahuiztlan, más al Norte, en territorio a los totonacas de Cempoala, a quienes protegía contra Moctezuma y donde derribó los ídolos y prohibió los sacrificios humanos,.

Por un buque llegado de Cuba supo Cortés que Velázquez había obtenido de la corte el gobierno de las nuevas tierras, y para evitar las consecuencias envió a España ante Carlos I a Montejo y Puertocarrero con todos los ricos presentes de Moctezuma, y noticia de las hazañas realizadas sin intervención de Velázquez (16-VII-1519). Para evitar deserciones, hacer inevitable la empresa y aprovechar a los marineros hizo hundir los restantes navíos, barrenándolos y dándolos al través -no quemándolos, como se ha creído, y dejando a Escalante en Veracruz partió de Cempoala con el resto de la hueste (unos 400 hombres) hacia el interior de Nueva España y la corte de Moctezuma (16-VIII 1519); le acompañaban indios auxiliares y de carga. Por Jalapa subió a la Sierra Madre Oriental, que cruzó entre el Cofre de Perote y el Orizaba, y llegó a la meseta del Anáhuac.

Por consejo de los cempoaltecas se dirigió al territorio del señorío o república de Tlaxcala, independiente y enemiga irreconciliable de los aztecas de Tenochtitlán o México, cuya alianza quería asegurarse; pero el Gobierno de Tlaxcala prefirió hacerle frente, hasta que la victoria de Cortés originó una estrecha alianza, que resultó firmísima y a prueba de reveses. Con Tlaxcala disponía Cortés de una segura base para su atrevida marcha hacia México, de apariencia amistosa, y de la que en vano trataba de disuadirle con mensajes el irresoluto y débil Moctezuma.

Jal-ixcoLos tlaxcaltecas acompañaron a los españoles en las exploraciones posteriores a la conquista del norte de México.

A los veinte días salió de Tlaxcala, con varios miles de sus nuevos aliados, y pasó por Cholula, donde efectuó una matanza, anticipándose a una sorpresa y para escarmentar a los posibles enemigos; sin hacer caso de las observaciones de Moctezuma, llegó a orillas del lago en que se asentaba Tenochtitlán, y por la calzada de Iztapalapa penetró (8-XI) en la gran capital nahua, cabeza de la confederación azteca, que había impuesto su hegemonía al Anáhuac y a un extenso territorio, regida por el jefe de hombres o tlacatecuhtli.

Moctezuma, cuya majestad y fastuosidad oriental, más de soberano que de la magistratura originaria, impresionó, tanto en el solemne recibimiento como en la contemplación de sus palacios, etiqueta, lujo y tesoros, a los audaces aventureros que se habían encerrado como en una ratonera en aquella rara ciudad, estratégicamente construida en el centro de un lago, y donde solo podrían imponerse a la muchedumbre de sus habitantes por su prestigio de teúles o seres divinos, como se les supuso al comienzo, y por la osadía y una conducta inconsiderada, no de visitantes y embajadores amigos, sino de ejército de ocupación.

Examinó Cortés los pormenores y elementos de la capital y obtuvo más presentes de Moctezuma, que, en realidad, era ya solo un instrumento en manos del conquistador, como se mostró en la quema del jefe Cuauhpopoca por orden de Cortés, por haber atacado y muerto a Escalante. Al saber aquel hecho, había obligado Cortés a Moctezuma a ir a vivir al cuartel español (14-XI-1519), sin suspender oficialmente su autoridad, pero convertido en un rehén y un verdadero prisionero, a través de quien empezó Cortés a regir el Estado azteca, con un creciente descontento de la población; el afán de tesoros llegó a fuertes extremos, sin considerar la tempestad que se fraguaba. Moctezuma hubo de reconocerse vasallo de Carlos V, y su imperio pasaba así a formar parte oficialmente del español.

Cortés envió a capitanes suyos a reconocer minas, explorar el territorio y obtener la sumisión de las diversas comarcas y tribus, en especial de los adversarios de Moctezuma; derribó los ídolos del gran teocalli o templo de México, depuso al rey de Tezcoco y nombró otro, y apresó para su seguridad a varios príncipes y al rey de Tlacopan. Conseguido un enorme tesoro (calculado en 2.000.000 de pesos, aunque el quinto real solo subió a 32.400), procedió al reparto, tocando tan exigua cantidad a los soldados que supusieron grandes ocultaciones además de la parte leonina que se adjudicó Cortés.

Cuando se creía más seguro, llegó a la costa mexicana una gran flota de 19 navíos con 1.400 hombres, enviada por Diego Velázquez y al mando de Pánfilo de Narváez, para apresar a Cortés e imponer la autoridad de aquel, quien recogería sin moverse el fruto de la conquista. Salió Cortés hacia la costa, dejando en México a Alvarado, y entabló unas fingidas negociaciones con el crédulo e inepto enviado de Velázquez, sobornando a sus emisarios y luego a sus soldados; le minó de tal modo su hueste que breve fue el combate en que Cortés sorprendió y capturó a Narváez en Cempoala (28-V-1520), incorporando su ejército al suyo. Pero recibió noticia de la sublevación de la capital, provocada por una terrible y torpe matanza efectuada por Alvarado entre la nobleza, creyendo anticiparse a una insurrección, y se apresuró a volver a México (25-VI), que halló en rebeldía, sin que pudiera contenerla Moctezuma, pues se le depuso, nombrándose jefe de hombres a su hermano Cuitláhuac.

Durante los días siguientes continuaron los combates, haciendo salidas los españoles y atacando los aztecas su cuartel; en ellos murió Moctezuma, apedreado al arengar al pueblo, y Cortés se vio privado de su influjo.

Ante el riesgo de perecer todos, se impuso la retirada, verificada la noche del 30 de junio, por la calzada del Oeste, en medio de un durísimo combate en que perecieron muchos españoles y tlaxcaltecas, entre ellos Juan Velázquez y algunos príncipes aztecas y se perdieron los tesoros ( Noche Triste).

El 7 de julio se dio otra batalla en Otumba, en la que se peleó desesperadamente y se consiguió abrirse paso hacia Tlaxcala, que recibió bien a Cortés, a pesar del desastre, en que habían perecido de 600 a 800 españoles (o de 450 a 500) y varios millares de tlaxcaltecas. Cortés estaba salvado, y en lugar de desalentarse, se dispuso a emprender de nuevo la campaña hasta dominar México, con más medios y mayor prudencia. Ya en agosto reanudó las operaciones, apoderándose de Tepeaca, donde fundó una nueva villa española, Segura de la Frontera, y sometió la región al este de México.

Llegaron nuevos refuerzos, entre ellos parte de los expedicionarios de Francisco de Garay; envió a España a Ordás para gestionar sus asuntos; a Ávila, a La Española; despidió a algunos de los soldados de Narváez e hizo construir en Tlaxcala unos bergantines, y propuso al emperador el nombre de Nueva España para el país que estaba conquistando.

Cuitláhuac había muerto (XII-1520) de una epidemia de viruela, enfermedad allí nueva y que hizo cuantiosos estragos entre los indios, sucediéndole el valiente Cuauhtémoc (Guatimocín), sobrino de Moctezuma y tenaz defensor de la independencia de su pueblo. El último día de 1520 se apoderó Cortés de Tezcoco, como nueva base en el valle de México, adonde hizo transportar por tamemes o indios de carga los trece bergantines y botarlos en el lago, al tiempo que él o Sandoval realizaron una serie de expediciones que fueron arrasando las ciudades aztecas del valle o de las riberas del lago, e impuso su autoridad y alianza a otras tribus, preparando una gran coalición contra la confederación azteca; después de promulgar unas ordenanzas en Tlaxcala, primera ley española en México, en la que justificaba la guerra solo por extender la fe, comenzó la campaña definitiva contra Tenochtitlán.

Disponía de los barcos, de 900 españoles, 18 cañones y miles de aliados indios; hizo ahorcar al jefe tlaxcalteca Xicoténcatl el Joven, que quiso abandonar el ejército sitiador, y dividió este en tres tropas mandadas por Alvarado, Sandoval y Olid. El verdadero sitio comenzó a fines de mayo de 1521 y duró hasta el 13 de agosto, en que cayó prisionero Cuauhtémoc, que no había querido rendirse; había perecido gran parte de la población, y la ciudad quedó totalmente arrasada, habiéndose conquistado casa por casa y destruyéndose todo para no dejar puntos de defensa; al final, los restos de la población estaban envueltos y arrinconados en un reducido espacio en el barrio y antiguo señorío de Tlaltelolco, al noroeste de la isla. Había terminado virtualmente la conquista, complementada por varias expediciones que sometieron, sin grandes dificultades, en general, otros territorios, como el reino de Michoacán, que se sometió fácilmente; Coatzacoalcos, Oajaca, Tehuantepec, Pánuco, las orillas del Pacífico y Tuxtepec, donde Sandoval fundó Medellín (1522), la tercera ciudad española.

Cortés se estableció en Coyoacán, y al fin se decidió a reedificar México, a pesar de los inconvenientes de su situación lacustre, dado su gran prestigio (comienzos de 1522), fundándola de nuevo como ciudad española y nombrando previamente su ayuntamiento. La reconstrucción se llevó a cabo con rapidez; también restauró parte de la organización india para facilitar el gobierno de los indígenas, a través de sus autoridades. Pero tuvo la debilidad, a la caída de México, de permitir el tormento dado por el tesorero Julián de Alderete a Cuauhtémoc y al señor de Tacuba para lograr los tesoros perdidos y que no aparecieron, pues la cantidad repartida a los soldados fue ridícula.

Había demostrado Cortés en la conquista soberbias dotes de capitán, valor inquebrantable, tenacidad y cualidades de experto general; en la organización de la paz, en la implantación de la civilización española, en la tarea de asimilar a ella el pueblo vencido, en el gobierno de Nueva España, iba a demostrar condiciones igualmente excepcionales de político y de estadista. Capturó a Garay, impidiendo se quedara con Pánuco, y sus jefes fundaban dos nuevas villas, Espíritu Santo en Coatzacoalcos, y Santisteban, en Pánuco, y el puerto de Zacatula en el Pacífico (1525), donde montó más tarde astilleros, con objeto de proseguir los descubrimientos.

A fines de 1521 llegó el nuevo gobernador Cristóbal de Tapia, fruto de las gestiones de Velázquez y de la mala voluntad del obispo Fonseca, pero no fue admitido. Para atraerse el favor de Carlos V, le envió Cortés lo mejor de tesoro conquistado con Antonio de Quiñones —que murió en ruta— y Alonso de Ávila, que cayó prisionero de los franceses. Las gestiones de Ordás, del padre de Cortes y de otros amigos y el persuasivo argumento de sus hazañas y de sus presentes triunfaron por el momento de sus enemigos, y fue nombrado gobernador y capitán general de Nueva España (15-X-1522), dándole la razón contra Velázquez.

Para compartir su gloria llegó su esposa, a quien poco amaba, y que murió a poco repentinamente (X1-1522), acusando más tarde a Cortés sus enemigos de haberla asesinado personalmente, hecho sin prueba y que han sostenido también sus enemigos modernos. Dio nuevas disposiciones para el gobierno; introdujo las encomiendas; se ocupó en la difusión de la civilización española, en los problemas económicos que planteaba, de introducir cultivos nuevos, como la caña de azúcar, y de propagar el cristianismo. Aparte de los misioneros aislados que llegaron en los primeros años, como fray Pedro de Gante, en 1524 desembarcaron fray Martín de Valencia y doce franciscanos más —entre ellos fray Toribio de Benavente o Motolinia—, a quienes tributó Cortés públicamente honores excepcionales para demostrar a los indios la excelencia de su función en contraste con la pobreza de su aspecto.

Hombre muy activo, se creyó obligado y le arrastró su temperamento a nuevas empresas, y así acometió una expedición sumamente peligrosa y que pudo costarle cara y comprometer la consolidación de la conquista. En 1523 envió a Alvarado a la conquista de Guatemala, y poco después, a comienzos de 1524, a Olid por mar, a la de Honduras o Hibueras; pero se sublevó este contra Cortés, quien envió a someterlo a su pariente Francisco de las Casas, y sin esperar el fin del asunto, partió en persona, con una lucida hueste, acompañado de doña Marina, de Sandoval y de Cuauhtémoc y otros señores aztecas por precaución; desacertadamente dejó abandonado el gobierno, que confió al tesorero Alonso de Estrada, al contador Rodrigo de Albornoz y al licenciado Alonso de Zuazo, pero luego dio amplios poderes a otros dos oficiales reales, el factor Gonzalo de Salazar y el veedor Peralmindez Chirinos, gente sin escrúpulos, que se alzaron con el gobierno, expulsando a los otros y tiranizaron y desgobernaron México durante la ausencia de Cortés.

Partió este en octubre de 1524, y en lugar de seguir la ruta marítima, se internó en la terrestre, por Tabasco y Chiapas y cortando la península del Yucatán por su base, a través de selvas, pantanos y ríos caudalosos, en una espantosa lucha contra la naturaleza tropical, que reveló la locura del plan; era la primera vez que un ejército europeo se internaba a fondo en las selvas del trópico. Las dificultades y miserias superaron a las de la mayoría de las expediciones desgraciadas. En el camino (Izancanac) ejecutó a Cuauhtémoc, por sospechas, probablemente falsas, de que conspiraba. Tras varios meses de abrirse paso por la selva y de construir puentes enormes —aún queda uno- llegó a Honduras, donde Olid ya había perecido a manos de Casas y González Dávila, que, a su vez, se habían ido a México. Halló a los colonos españoles en apurada situación y los socorrió, fundando la villa de la Natividad (Puerto de Caballos); Casas había fundado Trujillo. Aún pensaba en proseguir sus empresas en América Central, a pesar del hambre y de la apurada situación de hueste y colonos, cuando las noticias que recibió de los desmanes de Salazar y Chirinos, que le creían muerto, le decidieron a volver. Al saberse que vivía, una insurrección derribó a los tiranuelos, y Cortés entró triunfante en México, en junio de 1526.

Pero los ataques de sus enemigos, como Narváez, habían causado efecto en la Corte, y en vista de las copiosas acusaciones, se nombró al licenciado Luis Ponce de León juez de residencia, quien llegó a México en julio de 1526 y murió a los pocos días de fiebres, acusándose a Cortés de haberlo envenenado; pero el mando ya no volvió a sus manos, pues Ponce lo dejó al licenciado Marcos de Aguilar, y al morir este a los pocos meses (1527), a Estrada, con quien lo compartió algún tiempo Sandoval, el fiel amigo de Cortés. Estrada favoreció a los enemigos de Cortés y le desterró de la capital.

Para deshacer el espeso ambiente que formaban sus acusadores, vino a España con un fastuoso séquito (1528); acababa de morir su padre y, al llegar, murió Sandoval, que le acompañaba. Fue bien recibido por la corte y por Carlos V, pero no se le devolvió el gobierno —salvo el mando militar—, pues se había nombrado ya la primera Audiencia (1527, instalada a fines de 1528) presidida por Nuño de Guzmán y compuesta por acérrimos enemigos suyos, la cual abrió una pesquisa secreta, en que se acumularon toda clase de acusaciones, calumniosas las más, y hechas por sus enemigos, cargándole crímenes y traiciones; no causó en España efecto visible, pues no se le siguió curso. Se le hizo capitán general, adelantado de la mar del Sur, caballero de Santiago y marqués del Valle de Oaxaca; se le concedieron 22 pueblos (entre ellos Coyoacán y Cuernavaca) y 23.000 vasallos y otras muchas mercedes, y se casó con Juana de Zúñiga, sobrina del duque de Béjar.

No obtuvo reparación a los agravios que padecía y regresó a México en 1530, dedicándose a la explotación de sus ricas haciendas, donde introdujo la morera y ganados, y a preparar escuadras para la Especiería y la exploración del Pacífico. La primera que tuvo preparada la envió a las Molucas con Álvaro de Saavedra, por orden de Carlos V. En 1532 zarpó otra de Zacatula con Diego Hurtado de Mendoza, que pereció; al año siguiente envió a Diego Becerra, que fue asesinado por el piloto Ortún Jiménez, el cual descubrió la península de California (1533 ó 1534); en 1535 partía personalmente Cortés, que fundó la primera colonia en donde hoy está La Paz, que resultó un fracaso, de donde volvió en 1537; todavía, en 1539, despachó a Francisco de Ulloa, que descubrió la costa occidental de la península —creída isla—; el golfo de California fue llamado también mar de Cortés.

A pesar de su elevada jerarquía se creía obligado Cortés a no cesar en sus actividades conquistadoras; estos viajes solo le reportaron gastos sin compensación, pero rematan su categoría de gran descubridor, además de la de conquistador. Seguía en constantes pleitos y disensiones con la segunda Audiencia y con el primer virrey, Antonio de Mendoza, nada amigo suyo, y que coartaba su autoridad de capitán general, y para obtener justicia y mercedes volvió de nuevo a España en 1540, sin conseguir nada. En 1541 participó en la desgraciada expedición de Carlos V contra Argel, sin que le hiciera caso. Permaneció sus últimos años en España, entregado a sus baldías gestiones y en contacto con personas cultas, falleciendo cuando se disponía a volver a México (2-XII 1547).

De su segunda esposa le sobrevivieron sus hijos Martín Cortés, María, casada con el conde de Luna; Catalina y Juana, casada con el duque de Alcalá. Tuvo bastantes hijos naturales, siendo los más conocidos: Martín Cortés, hijo de doña Marina; Luis, caballero de Santiago; Catalina Pizarro, hija de una india cubana; Leonor, hija de Tecuichpochtzin o Isabel Moctezuma, hija esta de Moctezuma y que estuvo casada con Cuauhtémoc, Alonso de Grado y otros españoles. Leonor casó con el minero Juan de Tolosa y fue suegra de Juan de Oñate; y María, hija de otra princesa azteca.

Enterrado Cortés definitivamente en el Hospital de Jesús en México, fueron ocultados sus restos a raíz de la independencia y han sido descubiertos en el mismo edificio en 1946.

Aparte de la obra clasicista de Antonio de Solís, tan leída antaño y olvidado hoy Historia de la conquista de México, 1.a ed., 1684, en la abundante bibliografía moderna sobre Cortés cabría seleccionar unas pocas obras: la no anticuada del todo y asimismo muy popular de Prescott History of the conquest of Mexico, 1.a ed., New York, 1843; la sucinta y exacta de Carlos Pereyra, Hernán Cortés, 1941 y la sugestiva interpretación de Salvador de Madariaga Hernán Cortés, 1941; se podría agregar la de Ángel de Altolaguirre, Descubrimiento y conquista de México, 1954, obra póstuma; y la original interpretación de M. Giménez Fernández, Hernán Cortés y su revolución comunera en la Nueva España , Sevilla, 1948, Anuario de Estudios Americanos, V.

Entre otras fuentes, tres obras fundamentales han trazado en su tiempo la historia de Cortés y de la conquista: el propio conquistador, historiador asimismo de sus hechos, en sus cuatro Cartas de Relación a Carlos V (1520, 1522, 1524 y 1526), en que en forma sencilla y detallada refirió periódicamente los sucesos acaecidos; su capellán Francisco López de Gómara, que en elegante estilo y con abundancia de información ensalzó discretamente su figura, como héroe de la conquista, y el rudo soldado Bernal Díaz del Castillo, que en lenguaje más popular y prolijamente, sin exornación literaria, dejó el cuadro más vivo, atrayente y minucioso, recalcando la intervención de los conquistadores, altos y humildes, postergada por los otros dos cronistas, pero sin rebajar a Cortés, de quien se muestra objetivo admirador.

Ambos dibujan una semblanza de las cualidades privadas de Cortés, sin ocultar sus defectos: valiente, liberal, paciente, gran señor con naturalidad, devoto, caritativo, sufrido en las penalidades; pero terco, tacaño en otras ocasiones, mujeriego. Osado, activo, emprendedor, incluso en años avanzados, de irresistible autoridad y ascendiente, leal a su soberano y víctima, no obstante, de porfiadas e injustas suspicacias; duro e implacable cuando lo creyó conveniente, pero no innecesariamente, y acabó por ser muy popular entre los indios.

En cuanto a su significado y valor histórico, Cortés es indudablemente, y con razón, el conquistador español más famoso; con superiores dotes de mando y cualidades militares; fue un gran general, y es dudoso que ninguno de sus capitanes y difícilmente otro de los conquistadores célebres hubiera llevado a cabo sus hazañas con el éxito final, dado el pueblo con que se enfrentó y las circunstancias en que se desenvolvió, ni hubiera superado tan rápidamente los reveses. Pero su audacia —imprudente en ocasiones— y su valor habrían quizá servido de poco sin la colaboración de sus cualidades de hábil político, bastante excepcionales entre sus congéneres, mediante las cuales supo buscar fieles aliados y realizar la conquista de México por medio de los mismos mexicanos, dirigidos y encuadrados por él y su reducida hueste. Su tercer aspecto es de organizador y civilizador, no solo de mero guerrero. Al día siguiente de la conquista creó ya la colonia con sus directrices permanentes y echó las bases de la moderna nacionalidad mexicana, cuyo indiscutible fundador es.

M. R. - EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, págs. 1003-1009.