CRISTÓBAL COLÓN, navegante y descubridor (1451-1506) [Génova-Valladolid].

La vida del descubridor de América está henchida de problemas, debidos en parte a las ocultaciones o tergiversaciones de él mismo y de su primer biógrafo, su hijo Fernando Colón, que, para disimular su origen plebeyo dejó en la oscuridad su patria y familia. El primer grupo lo forman la cuestión de su lugar y fecha de nacimiento y familia.

Para todos sus coetáneos. Colón fue indudablemente genovés, o italiano al menos; él, en sus documentos subsistentes, se considera extranjero y muestra predilección por los italianos y, concretamente, por Génova; sin embargo, el único documento en que declara paladinamente ser genovés es la institución de mayorazgo de 22 de febrero de 1498; pero ha suscitado dudas su autenticidad total o parcial por conocerse solo en copias —utilizadas durante los pleitos colombinos— y ofrecer ciertas dificultades internas; los enemigos de la oriundez genovesa han recusado este documento y se ha supuesto falsificación hecha a raíz de los pleitos; la confirmación real del mismo, en Simancas, está incompleta, por lo que no puede comprobarse la identidad del texto; pero solventes historiadores admiten su validez.

Diversos documentos, conocidos algunos de antiguo, y en especial la masa recopilada a raíz del IV centenario del descubrimiento de América en la Raccolta colombiana, 14 Vol. 1892-96, precedida por la crítica de Harrisse, han hecho luz sobre su origen genovés y su familia, presentando una serie de testimonios que, aun no siendo numerosos, ofrecen un enlace íntimo, coherente y lógico entre sí y con hechos conocidos por otras fuentes, condición que falta completamente a las hipótesis o pruebas aducidas en favor de las teorías no genovesistas. Fernando Colón aludió a varias ciudades, sin concretar ninguna, vacilación compartida por Oviedo y Las Casas, aunque este dentro solo de Liguria, y así se sostuvieron por diversos autores —incluso los cronistas del siglo XVI— las tesis de Piacenza, Cogoleto, Cuccaro y Savona (la última afirmada ya en documentos del siglo XVI, como el expediente de ingreso de un nieto de Colón en la Orden de Santiago).

En tiempos recientes han surgido en abundancia las tesis que intentan buscar en otros países la patria de Colón, adoleciendo todas de falta de base o de exceso de fantasía o de exageradas sutilezas o de componerse de complejas hipótesis de múltiple grado, sin que ofrezcan la verosimilitud y suficiente certeza histórica de la documentación genovesa; aparte de algunas menos importantes, como las del Colón corso, extremeño, portugués o griego, las más ruidosas han sido las de la patria gallega, defendida por Celso García de la Riega y rechazada por un informe oficial de la Real Academia de la Historia (1928) por haberse manipulado los documentos, y la catalana de Luis de Ulloa y R. Carreras Valls, de excesiva interferencia de hipótesis y sin aceptable comprobación de los documentos notariales genoveses Luis de Ulloa, Christophe Colomb catalán, París, 1927.

Algunas de estas teorías —como la extremeña y la gallega— se enlazan con otra hipótesis, la del supuesto judaísmo de Colón, sostenida, entre otros, por Madariaga y carente de base científica. En la imposibilidad de entrar en tan enmarañadas cuestiones, solo queda decir que los más competentes y serios historiadores de Colón han defendido exclusivamente la nacionalidad genovesa.

Fernando Colón trató de hacer creer que su padre era de estirpe noble y de familia de marinos, en la que se habían dado otros almirantes, suposición muy explorada en los pleitos, y que poseía amplia cultura por haber estudiado en la Universidad de Pavía. Pero en el siglo XVI, escritores genoveses (Antonio Gallo, en 1506; el obispo Agustín Giustiniani, en 1516) habían impreso que Colón era plebeyo y de familia trabajadora, lo que confirmaron los documentos de la Raccolta. Su nombre italiano era Colombo (que al principio de su estancia en España se transcribió Colomo y Colom, una de las bases de la teoría catalana).

En el siglo XIV, una rama de los Colombo se estableció en Mecconesi cerca de Terrarossa ( Terra Rubra fue apellido usado también por los Colón); en 1429 aparece el abuelo de Colón, Juan Colombo, residente en Quinto, colocando de aprendiz de tejedor de paños en Génova a su hijo Domenico, de once años de edad; una serie de documentos muestran a Domenico como maestro tejedor, adquirente de fincas, guardián de la puerta dell´Olivella, quesero y tabernero en ocasiones, residente en Génova, en Quinto, en Savona hombre sumamente inquieto, emprendedor, negociante, aunque poco afortunado económicamente (si se refieren al mismo personaje todos los documentos, lo que he ha puesto en duda); el último documento a él referente es de 1494.

Hacia 1445 se casó con Susana Fontanarossa, hija de otro tejedor de la comarca de la que tuvo cinco hijos; Cristoforo, Giovanni-Pellegrino, Bartolomeo, Giacomo y Bianchinetta, citados a menudo en la referida documentación: de ellos coinciden con Cristobal y sus hermanos Bartolomé y Diego (Oviedo, en el siglo XVI, sabía que el padre de Colón se llamaba Domingo). Era, pues, familia de artesanos, así como sus parientes Antonio, hermano de Domenico, y sus hijos.

Ha estado en duda mucho tiempo por los datos contradictorios suministrados por el mismo o por el cronista Andrés Bernáldez, colocándose en 1436, 1439, de 1445 a 1448, 1456 y 1458. El año exacto ha podido fijarse por un documento del 31 de octubre de 1470, en que Cristoforo Colombo se declara mayor de diecinueve años (y menor de edad; mayoría a los veinticinco), y por otro de 25 de agosto de 1479 — documento Assereto, descubierto después de los de la Raccolta y publicado en 1904, puesto en duda y aun recusado, pero generalmente admitido hoy— en el que declara tener veintisiete años o cerca.

Se admite, por tanto, que nació entre el 25 de agosto y el 31 de octubre de 1451.

De su adolescencia en Génova quedan seis documentos en que se le cita con su padre entre 1470 y 1473, apareciendo en 1472 en Savona y llamándosele en uno lanero o tejedor. Sin embargo, se cree que ya navegaba antes, como grumete o en viajes comerciales, pues, según su hijo, empezó a hacerlo desde los catorce años, aunque él mismo afirma en 1492 que hacía veintitrés, es decir, desde 1469; probablemente no como marino, sino como agente de casas comerciales genovesas.

Sin embargo, Fernando Colón cita un episodio militar de su padre ocurrido en 1472, consistente en haberle enviado el rey Renato de Anjou (ex soberano de Nápoles) de Marsella a Túnez a capturar una galera aragonesa o napolitana de las que bloqueaban Barcelona, sitiada por Juan II; y en haber engañado a la temerosa tripulación, llevándola en una noche de Cerdeña a su objetivo. Muchos historiadores han rechazado el hecho como invención de la obra de Fernando y por ser incompatible tal jefatura, confianza regia y habilidad náutica con titularse Colón lanero en tal fecha; otros, hacen esfuerzos por compaginar tales extremos, entre ellos los partidarios del Colón catalán, en quien ven a un antiguo noble enemigo de Juan II de Aragón.

En 1474 ó 75 tomó parte en una expedición genovesa a Chíos, y en 1476 llegó a Portugal, náufrago de una flota genovesa que fue atacada y casi destruida en el cabo de San Vicente por el corsario francés Guillaume de Casenove-Coullon, llamado Colón el Viejo (supuesto pariente de Colón).

Se estableció en Lisboa, donde siguió de agente comercial, representando a la casa de Centurione, que le encomendó en 1478 una compra de azúcar en Madera por mediación de Paolo di Negro (de la familia de uno de los armadores de la citada flota), que no pudo pagar por no remitirse fondos; en 1479 se hallaba en Génova —por última vez— y hubo de responder de tal hecho el día antes de regresar a Lisboa, según el aludido documento Assereto, que tiende así un lazo entre Cristoforo Colombo y el descubridor, pues este, en su testamento de 1506, ordena pagar unas cantidades a los herederos de Luis Centurión y Paolo di Negro. (Otro enlace es la deuda reconocida a Jerónimo de Porto en un documento de 1470 y recordada en su testamento de 1506.).

Desde Portugal efectuó varios viajes, incluso a países lejanos, como a Inglaterra y Thule (Islandia) en 1477, y aun cien leguas más allá de la última (febrero), según una aseveración suya bastante discutida. Es de notar que en 1476 se verificó una expedición danesa a Islandia enviada por el rey Cristian I, cuyo piloto (conocido incluso por Gómara ) era Juan Scolvus, polaco al parecer, llamado también Scolnus (Kolno, Skolny). Ulloa, en sus audaces teorías llega a identificarlo con Colón e imagina —sin base sólida que desde Groenlandia llegó a las Antillas y que este predescubrimiento sería el eje de su empresa de 1492. Tal viaje a Islandia no debió de influir en sus proyectos ni darle noticia de las expediciones de los Vikingos. Otros viajes conocidos hizo años después a Guinea en buques portugueses, entre ellos a la factoría de San Jorge de la Mina, fundada en 1482.

En Portugal se casó con Felipa Moniz, hija de Bartolomé Perestrello, oriundo de Piacenza, en Italia, capitán donatario y colonizador de la isla de Porto Santo (Madera) (h. 1457), y de Isabel Moniz, una de sus mujeres, de noble familia; la boda se celebraría hacia 1478 ó 79 (Ballesteros la sitúa en 1476), y en adelante residió temporadas en Porto Santo, donde nació al parecer su hijo Diego; donde examinaría los papeles y mapas del suegro y tendría noticia de supuestas tierras en el Atlántico, hacia el occidente, de islas imaginarias, de viajes portugueses hacia ellas o a las más reales de Guinea.

Es lo más probable que en Portugal —foco entonces de las más activas navegaciones, en pleno ambiente de descubrimientos y centro del saber náutico y cosmográfico— fuera donde Colón concibiera su gran proyecto, más que lo trajera de Italia, donde, pese a Antecedentes que se han señalado, es menos fácil que lo imaginara, pues no hay prueba de que sus conocimientos ni lo que se sabe de su vida le predispusieran a planear todavía tan audaz empresa.

Colón fue un hombre dotado de aguda y despejada inteligencia, pero su doctrina fue primordialmente la de un autodidacta: a las primeras letras y quizá algo de latín unió después, quizá en Portugal, estudios de matemáticas, astrología (astronomía) y náutica (aunque no es improbable que los iniciara en su etapa de navegaciones genovesas), habilidad en el dibujo, en especial en el cartográfico, y una intuición rápida e insaciable curiosidad que le hicieron interrogar a gentes muy diversas, como exponía con jactancia a los Reyes Católicos, en 1501; acabó por adquirir conocimientos algo extensos, pero heterogéneos y faltos de método; supone Gandía —y otros— que cuando ahondó más su cultura fue al tropezar con las objeciones —probablemente bastante fundadas—, que se oponían a su proyecto y después de verificado su primer viaje, quizá en los conventos de La Rábida y las Cuevas.

En lo que no cabe duda es en sus aptitudes marineras, puestas de realce por Charcot, y harto demostradas durante sus navegaciones. El origen de su proyecto es complejo: el influjo de la correspondencia de Toscanelli pudo ser decisivo, admitiendo sus respectivas certeza y autenticidad, pero queda en pie la cuestión de la prioridad: si concibió Colón el proyecto por el impulso toscanelliano, o con anterioridad, como ya sostuvo Fernando Colón.

Para la elaboración de las ideas colombinas se han aducido bastantes hechos; unos de tipo teórico y otros fruto de la experiencia; entre estos figuran los documentos de Perestrello, informes recogidos en Madera y en las Azores sobre troncos, cañas, leños tallados, canoas, incluso cadáveres, arrastrados por el mar y no procedentes del Viejo Mundo; rumores existentes en aquellos archipiélagos, de misteriosas islas o tierras imaginadas o creídas entrever en el Atlántico, como las fantásticas que insertan los mapas medievales ( Antilia, Siete ciudades, Brasil, San Brandán, Mano de Satanás, Stocafixa [esta última quizá correspondiente a Terranova, pues significa bacalao en lenguas germánicas], etcétera).

Los portugueses pensaban en tales tierras occidentales, y en su búsqueda salieron las expediciones de Diego de Teive (h. 1452) al N, O, del Océano; João Vogado y Gonzalo Fernandes (antes de 1462), Antonio Leme, o se otorgaron tales islas o tierras para descubrirlas, como a Ruy Gonçalves da Cámara (1473), Fernão Domingues de Arco (1484) y Fernão Dulmo y João Afonso de Estreito (1486), cuyas expediciones no consta que salieran; las dos últimas quizá se organizaron para realizar el pensamiento de Colón a sus espaldas.

Desde los primeros tiempos del Descubrimiento corrió la leyenda del piloto desconocido (recogida ya por Oviedo, Gómara, Las Casas, Fernando Colón, Castellanos, etcétera), que habría llegado a tierras occidentales y al regreso —único superviviente— había muerto en casa de Colón (en Porto Santo), a quien habría legado su secreto, o habría hallado a Colón en La Rábida o en Murcia o en el Puerto de Santa María; se llamaría Alonso Sánchez de Huelva (según Garcilaso el Inca), o se confundiría con Pedro de Velasco, de Palos, compañero de Teive, o con Pedro Vázquez de la Frontera, con quien confirió realmente Colón en Palos, creyéndose por algunos que los dos últimos son la misma persona.

Rechazada la leyenda del piloto anónimo por la mayoría de los historiadores modernos, fue valorada por Vignaud como uno de los fundamentos de su teoría negadora de que Colón buscase la ruta de la India y sí islas atlánticas, de las que tenía noticia segura, y de nuevo en descrédito hoy. Para Ulloa, Alonso Sánchez es el mismo Colón, predescubridor de América, según su imaginativa tesis. Por último, el fundamento decisivo de este tipo sería el conocimiento por Colón de la carta de Toscanelli a Martins, ya por amistad con este (Gandía ), o por estar entre los papeles de su suegro por su parentesco con dicho canónigo (Jos ), o por otro medio, y la correspondencia que entabló con el cosmógrafo florentino —si es auténtica—, por medio de Lorenzo Girardi.

Las bases teóricas o científicas radicaban en la esfericidad de la tierra, universalmente admitida en el siglo XV; en la unicidad del océano, que bañaba, por tanto, lo mismo las costas occidentales de Europa que las orientales de Asia y en la posibilidad de atravesarlo, como ya lo anunciaba Séneca —en contraste con la ruta oriental que buscaban los portugueses— y por fin, en las dimensiones que atribuía al globo, al ecumene o parte sólida y al grado del círculo terrestre.

Sus conocimientos en este campo procedían todos de segunda mano y de unas pocas lecturas en que hallaba compiladas teorías y noticias de autores antiguos y medievales; eran tales libros los de Marco Polo (pub, h. 1485), con su revelación de un maravilloso Extremo Oriente, el gran imperio del Catay (China) y la áurea isla de Cipango (Japón); la Imago Mundi, de Petrus Alliacus (el cardenal Pedro d'Ailly, 1350-1420), publicada en Lovaina entre 1480 y 1483, y la Historia rerum ubique gestarum, de Eneas Silvio Piccolomini (papa Pío II), pub. en Venecia, 1477 (más tarde la Historia Natural de Plinio, 1489, libros conservados en la Biblioteca Colombina, que él leyó repetidamente y anotó en los márgenes con centenares de notas, en las que es difícil distinguir las diversas manos que intervinieron (el P. Fritz Streicher, s. J., atribuyó a Colón casi exclusivamente parte de las de Marco Polo, y le negó casi las 900 del Alliaco, el libro más copiosamente anotado y todas las del Eneas Silvio; las extremadas conclusiones de Streicher han recibido serias objeciones).

Su principal fuente fue Ailly (no faltan quienes creen que lo leyó después de su estancia en Portugal, e incluso de su primer viaje (Vignaud )], donde halló abundantes datos sobre las teorías geográficas y cosmográficas de Ptolomeo (del que poseyó después un ejemplar), Aristóteles, Plinio, Estrabón, Marino de Tiro, Averroes, Alfragano, etc. Para Ptolomeo, el ecumene tenía 180° de longitud, es decir, la mitad del círculo terrestre, desde España al Extremo Oriente (50 por 100 más de la realidad); Eratóstenes, sin embargo, lo había fijado en un tercio del círculo.

Marino lo alargó a 225° a los que Colón añade 28° por los descubrimientos de Marco Polo; a este exagerado ecumene de 253° corresponde un océano de solo 170° cuya travesía queda facilitada por las escalas de Antilia y Cipango, esta de 30° del Catay, y si se salía de nueve grados al oeste (Canarias), la navegación más larga quedaba reducida a 68° (de la Península a China hay 228° por el Oeste y al Japón 210°).

Situaba Colón el Cipango a 750 leguas de Canarias y de aquí al Catay ponía 375 más, en total unas 1.125 leguas. Cuando llegó a Guanahani había contado 1.128 leguas y a Cuba 1.142, según estampa en su Diario de a bordo. Por tanto, creyó haber triunfado y tener razón, (La legua romana suya equivale a 3,18 millas náuticas actuales. )

Pero además Colón adoptó el módulo del árabe Alfragano (Alferganí, siglo IX) de 56 2/3 millas por grado ecuatorial, en lugar del de Ptolomeo de 62 1/2, pero creyendo erróneamente que se trataban de millas romanas (=1.480 metros, siendo de 1.973); resultaba así el círculo máximo de 20.400 millas (30.200 kilómetros en lugar de 40.000) y a la latitud de 26°, de 74 kilómetros el grado en lugar de 98; la distancia de Canarias a Cipango resultaba de unos 4.450 kilómetros y al Catay de unos 6.575 (en lugar de 19.600 y 21.800 en la realidad —Morison—). El Japón, así, estaba a la distancia de las Antillas Menores, y China, a la de América Central, Aunque el proyecto de Colón coincida con el de Toscanelli en sus directrices generales, no lo hace en los pormenores, pues puso el punto de partida en Canarias y no en Azores o Lisboa y sus cálculos de distancia son inferiores todavía (Toscanelli da 130° al espacio marítimo).

En fecha desconocida presentó Colón su proyecto de ruta a la India por el Oeste a la corte portuguesa; examinada por la Junta de matemáticos (Diego Ortiz de Calzadilla, obispo de Ceuta, castellano y confesor de Juana la Beltraneja; Maestre Rodrigo das Pedras Negras y el judío Josef Vizinho ), fue rechazada su propuesta, por no interesar a Portugal, dada la concentración de esfuerzos y energías en la ruta africana, lo que ya había hecho desechar años atrás el plan de Toscanelli, por poseer mejor información que Colón sobre las dimensiones del globo y el valor del grado (70 millas = 103,6 kilómetros, más próximo al real); por no dar importancia a sus explicaciones sobre Cipango y por la exageración de sus pretensiones, pues pretendía ser nombrado caballero, almirante mayor del Océano con gran cantidad de prerrogativas y virrey de lo que descubriera, y percibir la décima parte de todo lo que se beneficiara; casi las mismas condiciones que presentó luego a los Reyes Católicos, inaceptables para un rey muy celoso de su autoridad como Juan II y procedentes de un oscuro extranjero, cuando tenía a su disposición muchos marinos portugueses que harían cualquier empresa sin tantas exigencias. Se cree que la intentó sin contar con Colón, y quizá a ello corresponda la capitulación con Fernam Dulmo.

Indignado Colón por la repulsa, quizá por fraudes, viudo ya, abandonó secretamente y por motivos oscuros Portugal (donde ya residía su hermano Bartolomé ) en los primeros meses de 1485, y probablemente por mar llegó a Palos (se ha supuesto también que a Sevilla —con menos probabilidad—, no admitiendo algunos historiadores esta primera visita a Palos); el motivo fue quizá ver a sus cuñados Violante o Briolanja Moniz y Miguel Muliart, residentes en Huelva, y dejarles a su hijo Diego; otros creen que fue a obtener noticias sobre sus planes y ver a uno de los pilotos citados (Pedro de Velasco ).

Entró en relación con los franciscanos de La Rábida, especialmente con fray Juan Pérez, cuyo apoyo le fue más adelante decisivo, y se supone que dejó allí a su hijo. Además de los que no admiten esta primera visita, Manzano supone que no estaba entonces allí el padre Pérez y sí fray Antonio de Marchena. Pasó a Sevilla, donde padeció una época apurada y se dedicó a la venta de libros; allí quiso interesar en su proyecto al duque de Medina Sidonia (Enrique de Guzmán, II duque), que no le atendió, y al de Medinaceli (el I, Luis de la Cerda ) en Puerto de Santa María, que le socorrió generosamente y estuvo dispuesto a tomar sobre sí la empresa, pero la reina Isabel la reclamó para la corona (es poco clara la cronología de este episodio y pudo ocurrir en años posteriores o en dos veces). Manzano cree que fue directamente a Córdoba y que el episodio de los duques es posterior.

Desde el momento de su entrada en España, Colón no cesó de proyectar su anhelado viaje, pero hasta 1492 no pudo firmar las Capitulaciones de Santa Fe, que le permitieron zarpar en busca de nuevas rutas atlánticas. Se inaugura así la serie de los viajes de Colón, que sitúan al genovés entre las primeras figuras de la historia universal.

No todo fue para el gran navegante felicidad y reconocimiento; fue víctima de envidias, tanto en España como en las tierras nuevas por él descubiertas, y al regresar de su cuarto viaje (7-XI-1504), su llegada a España se vio oscurecida por la desaparición de su más firme patrocinadora; en efecto, pocos días después fallecía la reina Isabel y perdía Colón a su mejor protectora. Sus últimos días —en Sevilla y luego en séquito de la corte— estuvieron dedicados a velar por sus intereses, a reclamar constantemente el cumplimiento de las promesas regias y de los derechos concedidos y a procurar transmitirlos a su hijo Diego, agregado a la corte.

El rey Fernando daba largas al asunto, pues los privilegios de Colón excedían en mucho lo supuesto al otorgarlos, y de respetarse ponían las Indias en manos del descubridor, en oposición a la política unificadora, autoritaria y antifeudal de los Reyes Católicos. Además, el descubrimiento iba tomando proporciones de empresa nacional, y era imposible que quedara supeditada a un solo individuo, por la trascendencia y creciente complejidad de sus problemas.

Aunque por la malevolencia de Ovando y desidia oficial no percibía Colón con regularidad sus rentas de Indias, no es cierto que estuviera en la pobreza; por entonces se comenzó a tratar el matrimonio de su hijo Diego con una sobrina del duque de Alba, enlace que introducía a la familia de Colón en lo más encumbrado de la aristocracia castellana. De esta época es una carta en la que Colón elogia a su amigo Vespucio, y probablemente no hubo por parte de este propósito deliberado de arrebatarle la gloria de bautizar al Nuevo Mundo.

Por sus enfermedades no pudo Colón ir al encuentro de los nuevos reyes, Juana y Felipe I; hallándose con la corte en Valladolid, en 1506, se agravó y falleció en esta ciudad (20-V). Sus restos sufrieron numerosos traslados: a la cartuja de las Cuevas, a la catedral de Santo Domingo (h. 1536), a la de La Habana (1795) y a la de Sevilla (1899); en la República Dominicana pasa por indubitable que no salieron los verdaderos en el traslado de 1795, y que allí siguen; la cuestión de los restos ha acabado por adquirir un indebido matiz político.

Quedan de Colón escritos que han servido para darle categoría literaria y para estudiar la cuestión de su idioma, pues están en español, idioma que Menéndez Pidal cree usó ya en Portugal, por lo que le quedarían luego muchos portuguesismos; otros (Streicher ) atribuyen casi todos sus escritos a secretarios; negando que sirvan de base a ninguna teoría sobre tal asunto.

Colón, autodidacta, férreo creyente en sus ideas que en sus últimos años llega a un iluminismo místico), tenaz en grado sumo, errado en sus fundamentos científicos, pero de una enorme energía para llevar a cumplida realización sus proyectos, inflexible por tanto en sus pretensiones, por estar plenamente consciente de tener razón, frente a las razones ajenas, hondamente religioso (en el siglo XIX se dio una tentativa de canonización), intransigente en exigir el respeto de sus derechos, imaginativo y soñador, pero dotado de sentido práctico, de realismo en la ejecución de sus planes, experto en percibir lo lucrativo, buen administrador de sus derechos y de sus bienes, es una de las figuras más extraordinarias de la Historia.

Cierto es que el descubrimiento de América flotaba en el ambiente de la época, y que hubiera acabado por producirse a consecuencia de las exploraciones portuguesas; pero a él se debió y en el concurrieron las cualidades y tesón necesario para realizarlo. Pero también hay que reconocer que la empresa fue española por completo, y aunque sin él, España quizá no hubiera dado tan sorprendente giro en su historia, sin España, sin el apoyo de los Reyes Católicos y de sus amigos, sin la ayuda de los marinos españoles —ante todo de Pinzón, aun sin exagerar el papel que se le ha achacado—, sin la constancia que puso España a pesar de la desilusión brotada tras los primeros momentos de entusiasmo, parece difícil que hubiera podido Colón llevar a término su empresa, rechazada en otros países, hecho que por sus consecuencias es uno de los más trascendentales de la Historia, como ya percibía agudamente López de Gómara en el siglo XVI, al afirmar que la mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la Encarnación y Muerte del que lo crió, es el descubrimiento de Indias.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, págs. 886-892.

Los Viajes de Colón

Según la reciente obra de J. Manzano C. C. Siete años decisivos de su vida, de Palos fue Colón a Córdoba donde estaba la Corte a causa de la guerra de Granada, y quizá recomendado por el padre Marchena y fray Hernando de Talavera; presentaría su propuesta al Consejo Real y al no ser admitido solicitaría una entrevista con los Reyes. El 20 de enero de 1496 compareció Colón ante los Reyes Católicos, no en Córdoba como se ha creído, sino en Alcalá de Henares, donde estaban en aquel momento, por intermedio del contador mayor Alonso de Quintanilla, su primer protector y, a través de este, del poderoso cardenal Pedro González de Mendoza o quizá por Talavera.

Ocupados los reyes exclusivamente por la guerra de Granada sometieron la demanda de Colón ahora a una junta presidida por el confesor de Isabel I, fray Hernando de Talavera. No es cierto que hubiera dos juntas, una en Salamanca y otra en Córdoba, sino una sola al lado de la nómada corte, y que deliberaría, por tanto, en varios lugares, asesorándose en algunos de otras personas, como el doctor Rodrigo Maldonado en la primera ciudad, pero no de su Universidad, como se ha imaginado.

La opinión de la junta fue desfavorable (fines de 1486 o comienzos de 1487), lo que Las Casas y Fernando Colón atribuyeron ignorancia frente a la ciencia de Colón, formándose así la leyenda de la incomprensión española ante el sabio revolucionador de la ciencia; Colón debió de estar poco explícito por temor a lo ocurrido ya en Portugal y sus bases geográficas debieron de ser juzgadas erróneas e insuficientes, como lo eran realmente, y su plan imposible de ejecutar.

Ya se han expuesto sus bases científicas, basadas en la esfericidad de la Tierra y en la relativamente escasa distancia al Catay, acortada por la existencia de Cipango a 750 leguas de Canarias; demostró además siempre una plena seguridad de existir tierras a las distancias que indicaba, lo que ha hecho suponer un conocimiento previo, directo o a través del piloto desconocido de la leyenda, pero probablemente su seguridad era puramente científica (Jos ).

No se conocen los argumentos que se le opusieron, pues Fernando Colón aduce los más ineptos, como el de que la esfericidad impediría la vuelta, por ser cuesta arriba, cuando ya los portugueses iban a Guinea; probablemente se le opondría la grandeza del mundo, la no proximidad del Catay, la enorme distancia a los antípodas y la distancia a Asia según Ptolomeo, de 180°, y no haber hallado los portugueses tierras al Oeste. Tampoco parecen ciertas las conferencias más favorables del convento de San Esteban de Salamanca, aunque si la protección del dominio fray Diego de Deza, maestro a la sazón del príncipe don Juan y en lo sucesivo uno de sus mejores amigos.

Talavera fue, asimismo, amigo suyo, y los reyes no rechazaron sus proyectos, limitándose a aplazar la resolución, concediéndole entre tanto una pequeña pensión. M. Giménez Fernández, seguido de Pérez Embid supone que la vacilación de Isabel I procedía de escrúpulos de conciencia, sostenidos por Talavera, sobre la licitud de una empresa contraria a los tratados con Portugal. Manzano no comparte esta opinión por suponer que no había más limitaciones para Castilla que el Sur del paralelo de Canarias.

Colón siguió en adelante, varias veces, a la corte en sus traslados, habiendo reconstruido Ballesteros su itinerario. En 1487 residió en Córdoba y tuvo amores con Beatriz Enríquez de Arana, huérfana, de unos veinte años de edad, de familia media, labradores, no inculta, y nacida quizá en Santa María de Trassierra (Córdoba), con la que no se casó y de quien tuvo a Fernando, nacido el 15 de agosto de 1488. Después del primer viaje no continuaron las relaciones, aunque la sostuvo y la encomendó en su testamento a su hijo Diego; ella le sobrevivió hasta después de 1521.

En 1488 (20-III), le escribió a Colón Juan II, invitándole a volver a Portugal y ofreciéndole salvoconducto para no ser perseguido por la justicia, indicio de que tenía cuentas con ella, quizá por deudas: se ignora si estuvo allí, aunque no parece imposible, y que fuera él quien presenciara el regreso de la expedición de Bartolomé Díaz, según unas notas manuscritas en la Imago Mundi y en el Eneas Silvio, o quizá su hermano Bartolomé; cuestión dudosa, pues parece que en ese año su hermano Bartolomé, entre tanto, había realizado gestiones en Inglaterra ante Enrique VII con el mismo objeto que él, efectuadas también en Francia, pero no en Venecia y Génova, como se ha supuesto.

Jos y Manzano creen que dicho regreso de Díaz se efectuó en 1487, que quien lo presenció fue Bartolomé y que alarmado Colón por lo que creía fracaso de sus planes, envió a Bartolomé a Inglaterra, donde estaba en febrero de 1488 —mientras él iba a verse de nuevo con Juan II—. Supone Manzano que fue al regreso de Portugal cuando ofreció su empresa a los poderosos magnates andaluces duque de Medina Sidonia y de Medinaceli, habiéndose interesado este, pero la reina la recabó para la Corona.

En 1489 aparece Colón en Sevilla y se cree que asistió al sitio de Baza. Con esto y la capitulación del Zagal se creyó que iba a terminar la guerra, pero Boabdil no se atrevió a hacer lo mismo y la lucha ofreció aspecto de duración indefinida, con lo cual Colón sufrió un nuevo aplazamiento en la atención a sus proyectos. Hacia 1491 dio la junta dictaminadora una opinión totalmente desfavorable, de cuyos argumentos Las Casas y Fernando solo reproducen los más absurdos e ineptos, callando los que hubiera más fundados y los pareceres favorables. Los reyes aplazaron, no obstante, su decisión final a momento más oportuno para ellos. Supone Manzano que no fue entonces cuando la junta dio su dictamen sino años antes, como ya se dijo.

Atravesó Colón una etapa de desaliento y pobreza, y pensó ir a Francia a ofrecer su proyecto. Antes se dirigió a La Rábida (otoño de 1491), donde fray Juan Pérez era guardián y se hallaba fray Antonio de Marchena; fue socorrido y mantuvo conversaciones con el segundo y el médico Garci Hernández, conocedores de cosmografía; Pérez, a quien Colón debió de confiar sus secretos, envió una carta a la reina, quien le ordenó ir inmediatamente a Santa Fe, y su intervención fue decisiva, pues Isabel I hizo ir a Colón al campamento (fines de 1491).

Después de la rendición de Granada, una nueva junta oyó a Colón, en la que participaban Mendoza, el escribano de ración Luis de Santángel, Pérez, el legado pontificio Alejandro Geraldini, y personas dolista, que pronunciaron un juicio aprobatorio; pero surgió otro obstáculo, que pareció irresoluble: la tenacidad con que el pobre extranjero exigió, sin transigir, las condiciones que pedía por el cumplimiento de la empresa, y que parecieron exorbitantes. Sobrevino la ruptura, de la que fue autor importante Talavera, y de nuevo se ausentaba Colón (fines de enero de 1492), pero la intervención de los amigos de Colón, fundamentalmente la de Santángel —quizá por interés económico—, y de Deza y de Juan Cabrero, estos cerca del último, decidió al fin la suerte.

Colón fue llamado y aceptadas sus condiciones por las Capitulaciones de Santa Fe, firmadas el 17 de abril de 1492, entre el secretario Juan de Coloma y fray Juan Pérez; por ellas se otorgaban a Colón concesiones análogas a las que pidió en Portugal, que le convertían, si tenía éxito la empresa, en uno de los más encumbrados magnates del reino: se le otorgaba el título y cargo hereditarios de almirante de las tierras que se descubrieran; el de visorrey de las mismas, y el diezmo de todas las ganancias. Se ha indicado en Colón una mentalidad de mercader: ofrece un negocio, pero quiere su control; prefirió el Almirantazgo, y así pide el octavo y el diezmo de los beneficios, por sus grandes provechos económicos. El virreinato fue exigido por él, planeando así previamente el futuro gobierno de los países descubiertos y no los reyes; lo pidió para completar su jurisdicción sobre el mar y en busca de una situación de preeminencia, honor y dignidad.

Sobre los fondos que requería la expedición, quedan desechadas hoy las leyendas de las joyas de Isabel y de que procedieran del tesoro aragonés: Santángel prestó a los reyes 1.140.000 maravedises de los fondos de la Santa Hermandad cuyas rentas tenía arrendadas con el genovés Francisco Pinelo; por ser insuficiente tal cantidad, puso Colón medio millón, que le proporcionaron amigos suyos, quizá el banquero florentino Berardi, Pinzón —dudoso— y varios mercaderes italianos residentes en Andalucía; el coste total fue de uno o dos cuentos o millones de maravedís (la cuarta parte de lo que costó la expedición de Magallanes, y cuyo valor se ha calculado con más o menos acierto, en unas 25.000 pesetas de antes de 1914).

Pensaría Colón pagar sus deudas en oro y esclavos, pero fallaron ambos y así murió Berardi, sin cobrar. De los tres carabelas que formarían la flota, dos fueron aprontadas por la villa de Palos, como castigo que ya tenía impuesto, y se promulgaron numerosas disposiciones para facilitar la empresa. La elección de Palos quizá se debiera a la iniciativa de fray Juan Pérez, y los Reyes compraron a los Silvas la mitad de su pertenencia de la villa, que compartían con Medina Sidonia y el conde de Miranda (24 V-1492) y poco después compraron la otra mitad, probablemente para que la expedición saliera de un puerto real, ya que casi todos los de Andalucía eran señoriales; hasta enero de 1493 no rescataron Cádiz, de donde saldría la segunda expedición.

En mayo se trasladó Colón a Palos para organizarla allí (la difundida designación de Palos de Moguer es inexacta); halló fuerte resistencia Colón para el cumplimiento de las órdenes reales, ante un viaje lejanísimo, peligroso y bajo un desconocido, y solo se alistaron algunos delincuentes, a quienes se prometía seguro durante el viaje, hasta que intervino Martín Alonso Pinzón, por intermedio de fray Juan Pérez o de Marchena; marino experto de fama y prestigio, hombre culto, cuya intervención en la empresa y cuyos acuerdos con Colón han sido objeto de largas polémicas; se ha supuesto que ya había tratado con él en sus estancias anteriores, y, según los pleitos colombinos, Colón le prometió la mitad de lo que le concedieron los reyes, lo que ha sido puesto muy en duda, pues hubiera necesitado permiso de los Reyes y hubiera sido ocasión de Pleitos que no hubo, aunque es verosímil que mediaran promesas.

La intervención de Pinzón decidió a los reacios y se logró reclutar las tripulaciones; Las Casas supone que fue quien proporcionó medio millón de maravedís, para completar la suma necesaria. Pinzón sustituyó dos de las naves embargadas por otras, y se reunieron las tres célebres carabelas, o naos, una de ellas, la Santa María, de 150 a 200 toneles de arqueo, propiedad de Juan de la Cosa, que iba de maestre, y el mismo Colón de Capitán; la Pinta, de 105 a 115 toneles, propiedad de Gómez Rascón y Cristóbal Quintero, que iban de mala voluntad, con Pinzón por capitán y su hermano Francisco Martín Pinzón de maestre, y la Niña, de 100 a 105 toneles, de Juan Niño, con Vicente Yáñez Pinzón, por capitán, y Pedro Alonso Niño, de piloto.

El número de tripulantes es dudoso: Miss A. b.Gould, que ha consagrado su vida a este problema, ha hallado los nombres de 87, más de 18 inciertos Boletín de la Real Academia de la Historia, t. 85-88, 90, 92, 100, 110, 111, 115, 1925-28, 1942, 1944; muchos eran de Palos, Moguer y Huelva, algunos vascos, y un reducido grupo de extranjeros; iba un judío converso, Luis de Torres, como intérprete de lenguas orientales, y no se embarcó ningún religioso.

Se ha discutido mucho el objetivo de la expedición, pues habiendo sido inconcuso durante siglos que se dirigía al extremo oriental de Asia, al Catay y a la India, Vignaud, con ingeniosa erudición, trató de demostrar que solo tenía por fin la búsqueda de islas atlánticas, como la fantástica Antilia, y que al regreso es cuando surgió la teoría de haber llegado a las Indias; los contemporáneos, siempre hablaron de las Indias, y el pasaporte dado a Colón el 17 de abril y la carta credencial del 30 de abril, se saben destinados a la India y al Gran Khan, el primero indica que va Colón ad partes Indie; el tenor de la carta credencial aunque no diga el destinatario se refiere a Oriente. El carácter del viaje era, según García Gallo y Pérez Embid, puramente comercial, tendente a entablar relaciones mercantiles con las Indias, para restaurar la economía española y compensar la renuncia al tráfico africano en beneficio de Portugal hecha en el tratado de Alcacovas de 1480. No ostentó este primer viaje el aspecto religioso que ya ofrecieron, entre otros más, los siguientes.

Primer viaje 1492

El relato del primer viaje está contenido en el Diario de a bordo del mismo Colón, transmitido por el extracto que de él hizo Las Casas, con pasajes al pie de la letra, y muy ampliamente resumido en el resto; el manuscrito de ese extracto está hoy en la Biblioteca Nacional de Madrid y fue publicado por primera vez por Fernández de Navarrete, habiéndose hecho de él muchas ediciones (cf. la de Julio F. Guillén, 1943; la facsímil de Carlos Sanz y la inglesa de S. E. Morison ); también uno extenso lo incluye el mismo Las Casas en su Historia de las Indias; además, el único viaje del que queda tan valioso documento.

Partió la escuadra de Palos, el 3 de agosto de 1492 y llegó el 9 a Canarias, donde, en Gran Canaria, fue reparada la Pinta y se cambió el velamen de todas en cuadrado, por más acuerdo. El 6 de septiembre abandonaron Gomera y comenzó la travesía de lo desconocido, tras esquivar a unos buques portugueses con intenciones hostiles. Para evitar alarmas, llevaba Colón dos cuentas de distancias recorridas: una breve para los marineros, y otra secreta y real.

El rumbo seguido fue el del paralelo 28° hacia el Oeste, y el motivo, como ha señalado Jos, no entrar en la jurisdicción reservada a Portugal por el tratado de Alcacovas, que prohibía la navegación castellana al sur de Canarias. El 13 de septiembre observó Colón por primera vez la variación de la declinación magnética. Con frecuencia creían ver señales de tierra próxima, como aves. Colón esperaba encontrarla a 750 leguas (3.000 millas, unos 5.400 kilómetros). Cruzó el mar de los Sargazos, cuya vegetación pareció también signo de tierra; el tiempo era muy apacible y el alisio del Noroeste impulsaba continuamente las naves. Pero la inquietud por el largo viaje y el no verse costas, a lo que no estaban habituados, crecía la inquietud entre los marineros, manifestada en murmuraciones, descontento y amenazas de insubordinación, que no llegó a estallar.

A fines de septiembre buscaba Colón las islas del mapa de Toscanelli, y acrecía el disgusto, contenido por Pinzón, por cuyo consejo puso rumbo Colón al Suroeste el 7 de octubre, pues aquel quería ir a Cipango, que creía cercano, y Colón había preferido ir antes a Tierra Firme; de haber seguido el rumbo anterior, habría llegado a la Florida.

En la noche del 11 de octubre vieron luces, y el marinero Juan Rodríguez Bermejo, llamado también Rodrigo de Triana, dio el primero la voz de ¡Tierra!, aunque el premio de 10.000 maravedís anuales ofrecido al primero que la viera lo cobró Colón, que, al parecer, vio las luces un poco antes; parece leyenda que dicho marinero, despechado, renegara en Berbería. Según el cómputo de Colón, había recorrido, desde Canarias 1.133 leguas (6.707 kilómetros; en realidad 56 grados de longitud y unos 5.500 kilómetros).

El día 12 de octubre de 1492 se verificó el desembarco en la primera tierra del Nuevo Mundo, la isla o atoll coralino, que llamó Colón San Salvador y creyó que los indígenas designaban Guanahaní (hoy Watling, en el archipiélago de las Bahamas). Los lucayos, de muy bajo nivel cultural, le recibieron asombrados y con benevolencia. Colón dio gracias a Dios y tomó posesión de la isla, que creía pertenecer al Extremo Oriente, a la India; se cambiaron bujerías con los isleños, en quienes vieron trocitos de oro, que se convertiría en una obsesión. El día 15 descubrió otra isla, Santa María de la Concepción (Cayo Rum); el 16, Fernandina (Long); el 19, Saometo o Isabela (Crooked). El itinerario completo con la identificación definitiva de las islas ha sido reconstruido por Morison mediante una navegación por la ruta colombina.

Siguió Colón, afanoso de llegar a Cipango y al imperio del Gran Khan, y oyó hablar a los indígenas de Cuba, adonde llegó el día 27, desembarcando el 28, hacia las cercanías de Gibara, en la costa Nordeste; llamó a la isla Juana, en honor del príncipe don Juan. Se persuadió de estar en el Catay, cerca de los puertos de Quinsay y Zaiton (Hangcheu y Changchou) y que aquel país era ya tierra firme; así, envió a Torres y otro con carta e instrucciones para el Gran Khan, que no hallaron, desde luego.

Se veía una bellísima naturaleza, que asombraba a los expedicionarios. Costeó Colón hacia el Sudeste, buscando la áurea isla de Babeque, y el 21 de noviembre, Pinzón, con la Pinta, abandonó a Colón para explorar por su cuenta, en verdadera deserción. El 5 de diciembre dejó Colón la punta de Maisí, extremo sureste de Cuba, que llamó cabo de Alpha y Omega, y el día 6 descubrió la isla de Haití, que creyó llamarse de Bohío y que bautizó Española. Pinzón había llegado ya días antes a ella.

Recorrió su costa Norte, vio la isla de la Tortuga, entró en tratos con algunos caciques, entre ellos Guacanagari, en la bahía de Acul o Santo Tomás; recibió oro y oyó hablar del Cibao, que creyó Cipango; el día de Navidad se hundió la Santa Maria, y con sus restos construyó Colón el fuerte de Navidad, donde dejó a Diego de Arana, primo de Beatriz, con 38 hombres más, para empezar la colonización y obtener noticias del oro, que veía abundante, y de las especias, que creía se producían. Tras despedirse afectuosamente de dicho cacique, partió de regreso, el 4 de enero, y dos días más tarde halló la Pinta y a Pinzón, que había ido a Babeque (Inagua Grande), sin hallar oro, y cuyas excusas hubo de aceptar; en su Diario acusa Colón a los hermanos de estar indisciplinados. Costeó el litoral norte de Haití, descubriendo el río Yaqui, y el 16 de enero abandonó el cabo de Samaná, emprendiendo el regreso.

Había recibido noticias de otras islas, de los caribes y de oro; había visto productos nuevos, como el tabaco, la batata y la yuca; había descubierto a los tainos o araguacos, ciguayos de Haití y siboyenes de Cuba, la baja cultura de estos y de los lucayos y la más desarrollada de aquellos. Le había impresionado el paganismo reinante y surgían en él afanes religiosos y deseos de la conversión de los indígenas; volvía, por último, persuadido de haber cubierto su objetivo y de haber llegado a las Indias: el indígena americano sería, en lo sucesivo, el indio. Traía un grupo de ellos a Europa.

El regreso se hizo por una ruta más al Norte de la ida, hacia el Nordeste, paralelamente y a mucha distancia de la costa norteamericana y al Oeste del mar de los Sargazos, hasta ponerse, a comienzos de febrero, en la latitud de las Azores y en la región de los vientos del Oeste que le impulsaron hacia Europa; el 12 de febrero, al sur de las Azores, sufrió una tempestad que duró tres días, de tal violencia, que temieron perderse; la Pinta volvió a separarse y llegó a Bayona de Galicia, desde donde Pinzón se trasladó a Palos y moría a los pocos días.

Colón arribaba el 19 a Santa María en las Azores, donde los portugueses apresaron a parte de la tripulación, pero la devolvieron al no capturar al almirante. El 4 de marzo, a causa de otra tormenta, entraba en el puerto de Lisboa, Juan II le recibió a los pocos días en Valparaíso, cortésmente, pero manifestándole que le pertenecían las tierras descubiertas, disimulando su disgusto por el triunfo de la empresa; Colón se mostró jactancioso, y se dice que algunos cortesanos querían matarle.

El 15 de marzo entraba Colón con la Niña en Palos, cumplida su gloriosa misión —horas antes que Pinzón, ya francamente enemistado—. En alta mar aún (15-II), escribió una carta a Santángel y otra análoga al tesorero Gabriel Sánchez, en que les daba cuenta de su viaje; ambas fueron impresas y traducida la segunda al latín en Roma el mismo año y reimpresa en otros países, dieron a conocer en Europa el descubrimiento cf. ed. facsímil de todas las ed. conocidas de la época por Carlos Sanz, M., 1958.

Tardíamente, proponía en aquel momento la misma empresa Martín Behaim al rey de Portugal. Los Reyes Católicos confirmaron los privilegios de Colón y le ordenaron ir a Barcelona, donde se encontraban, a dar cuenta de su viaje; con los indios y animales traídos atravesó triunfalmente la Península, y, a fines de abril, compareció ante los monarcas, que le recibieron solemnemente y a quienes hizo relación de su descubrimiento, impresionando el hecho, el oro traído y la incultura y paganismo de los indios, esto, sobre todo, a la reina, que se propuso firmemente su conversión.

Sin embargo, no faltaron dudas sobre que hubiera arribado a las verdaderas Indias. Para asegurar los nuevos territorios se apresuró Fernando V a impetrar del papa Alejandro VI su concesión, lo que motivó las Bulas de partición y misionales, la Línea de Demarcación, un conflicto con Portugal y el tratado de Tordesillas, tratado todo ello en otros artículos. Colón había roto el estrecho espacio, sin posibilidades de expansión, en que Portugal quiso encerrar a España.

Segundo viaje 1493

Con rapidez dispusieron los reyes los preparativos de una nueva expedición, urgidos, además, por la actitud de Portugal. Para los asuntos de las Indias nombraron delegado y administrador a Juan Rodríguez de Fonseca, a la sazón arcediano de Sevilla. Durante todo el verano de 1493 menudearon órdenes y disposiciones: la empresa sería ahora colonizadora —se enviaban labradores, artesanos, ganado y semillas—; conquistadora: partían soldados y nobles, y evangelizadora: iban varios religiosos dirigidos por fray Bernardo Boil, dos de ellos flamencos (no hay prueba de que partiera fray Juan Pérez; fray Román Pane dejó el primer escrito sobre la cultura indígena). También marcharon muchos hidalgos, servidores de la casa real, funcionarios y otras gentes, atraídos por las riquezas que se suponían fácilmente asequibles.

El número total era de 1.200 a 1.500; destacan Margarit, Alonso de Hojeda, Velázquez de Cuéllar, Esquivel, Ponce de León (?), futuros conquistadores; Diego Colón, hermano del Almirante; el doctor Álvarez Chanca, autor de una relación del viaje y el gran marino Juan de la Cosa. La flota se componía de 17 embarcaciones, de ellas doce carabelas y tres naos. Pinelo, como tesorero, y Berardi participaron en la organización. Colón, nombrado capitán general de la expedición, hizo zarpar esta de Cádiz, el 25 de septiembre de 1493.

Fueron a Gomera (Canarias) y de allí se siguió un itinerario más meridional que en el primer viaje; el 3 de noviembre llegaba a las Pequeñas Antillas, y descubrió la isla que llamó Dominica, a la que siguieron las de María Galante, Guadalupe (4-XI), donde hallaron huellas de la antropofagia de los caribes que reconoció Hojeda; Montserrat (11-XI), Santa María la Redonda, Santa María de la Antigua (13-XI) (nombres de santuarios españoles y que conservan sus nombres); San Martín, Santa Cruz (14-XI) y las Once Mil Vírgenes, el 16 descubrió la isla de San Juan Bautista o Boriquén —Puerto Rico—; el 22 llegó a La Española y el 28 ancló la flota ante Navidad, hallando destruido el fuerte y exterminada toda la guarnición por el reyezuelo Caonabó, apareciendo dudosa la conducta de Guacanagari, con quien disimulo Colón, por no entrar en hostilidades.

Más al Este, y en la misma costa septentrional de Haití, fundó La Isabela, primera ciudad española en América (6-1-1494), denominada así en honor de la reina cuyo alcaide fue Antonio de Torres, hermano del ama del príncipe. La falta de víveres y el trabajo de la construcción hizo enfermar a la mayoría de los expedicionarios y en busca de socorros y más elementos envió Colón doce de los buques a España con Torres (2-II). Remitió también varios indios y propuso a los Reyes establecer la esclavitud, limitada por el momento a los caribes.

Hojeda fue al Cibao y halló oro. Pero también habían comenzado las sementeras, aunque el clima no les resultó favorable. El descontento de los decepcionados colonos se expresó en la conjura del contador Bernal de Pisa para apoderarse de los buques y volver a España: Colón lo apresó. El 12 de marzo emprendió Colón una campaña al interior; descubrió la Vega Real y llegó a Cibao, viendo oro en abundancia; construyó allí el fuerte de Santo Tomás, donde dejó a Margarit.

En La Isabela halló hambre y muertes; el rígido racionamiento que impuso y la obligación de que trabajaran los hidalgos exacerbaron el descontento; cundió el odio a Colón y hubo choques con Boil. La situación en la novel ciudad llegó a ser trágica, y aun hubo que enviar a Hojeda en socorro de Margarit, atacado por Caonabó, Pasado el peligro, salió con tres naves y unos cien hombres, el 24 de abril de 1494, para proseguir las exploraciones, dejando el gobierno a un consejo presidido por su hermano, y encomendada a Margarit la sumisión de la isla. Quería encontrar en Cuba la tierra del Catay; recorrió la costa meridional de esta isla y se desvió al Sur, descubriendo, el 5 de mayo de 1494, la isla de Jamaica, a la que llamó Santiago.

Regresó a Cuba, y desde el cabo de la Cruz —su extremo Suroeste— navegó su litoral sur hasta cerca del extremo occidental, pero ante su gran longitud, se obstinó en que era parte del continente y próxima a la India y a China, y el 12 de junio hizo redactar una declaración de serlo, que firmaron todos bajo amenazas absurdas y draconianas. Al regreso descubrió la isla de San Juan Evangelista (Pinos); el 22 de julio estaba en Jamaica, cuya costa exploró durante cerca de un mes, y luego reconoció todo el litoral sur de La Española, aún inexplorado: habiendo caído enfermo, tuvo que volver a La Isabela, el 29 de septiembre, poniendo fin a tan fructuoso viaje. Allí encontró a su hermano Bartolomé, llegado en junio al mando de una nueva flota, y también que Boil y Margarit, abandonando sus cargos, se habían ido a España, donde expusieron a los reyes un negro cuadro del gobierno de Colón, pintándole como un inepto tirano.

En Haití se encendía la guerra, por aliarse los cuatro caciques principales. Hojeda capturaba astutamente a Caonabó, y Colón y su hermano Bartolomé hacían una expedición a la Vega (III-1495), derrotando a los indios, sometiéndolos e imponiéndoles un tributo que puede considerarse como el punto de partida de los repartimientos; muchos prisioneros fueron enviados a España como esclavos, pero los reyes hicieron examinar la licitud del hecho, y ante las quejas y mala situación de la colonia, enviaron a su repostero Juan de Aguado, que había ido, en 1493, sin jurisdicción, pero con una especie de misión inspectora y rectificadora de defectos: llegó en octubre de 1495, y se portó sin discreción, invadiendo la autoridad de Colón, que era total según las capitulaciones; surgieron asperezas y desorden, y no se atenuaban las calamidades de los colonos.

Decidió el Almirante volver a España e informar a los reyes; antes hizo erigir siete fortalezas para contener a los indios, y Francisco de Garay y Miguel Díaz descubrieron las minas de Bonao, en el sur de la isla, por lo que encomendó a Bartolomé Colón la fundación de una ciudad, lo que llevó a cabo el 5 de agosto de 1496, llamándola Santo Domingo, en memoria de su padre. Dejó Colón de gobernador a su hermano y de alcalde mayor a Francisco Roldán, y en la misma flota que Aguado salió el 10 de marzo de 1496; tocó en Guadalupe (no estuvo en Martinica, pero ya supo de ella a la ida, designándola con el nombre de Matinino y creyéndola poblada de amazonas), y llegó a Cádiz el 11 de abril, tras de mostrar su gran pericia náutica de nuevo

Encontró mal ambiente, y decepción por la falta de beneficios de la colonia, pero cuando vio a los reyes en Burgos —ya en el otoño— gozó de nuevo de su favor; sin embargo, hasta abril de 1497 no se dispuso una nueva expedición, anulándose el permiso otorgado para que otros pudieran explorar contra el monopolio de Colón; se le confirmaron sus privilegios, fueron nombrados sus hijos pajes de la reina y se le autorizó a fundar el mayorazgo citado (23-IV-1497), en virtud del cual hizo testamento e institución del mayorazgo, terminado de extender el 22 de febrero de 1498, documento conocido solo por copias y del que se desconoce el original, lo que ha causado polémicas sobre la autenticidad del texto conocido, ya que en él Colón se declara por única vez genovés.

Los numerosos sucesos de aquel año y los apuros de la Hacienda retrasaron la organización de la flota, unido a la malevolencia de Fonseca hacia Colón. Se quiso que fueran labradores y se introdujeran cultivos, como el de la caña de azúcar, pero faltaba el entusiasmo que hubo para el segundo viaje, al punto de disponerse que pasaran presos comunes; también se establecía el repartimiento de tierras entre los pobladores. La impresión dominante es que el descubrimiento era un fracaso y no se habían hallado las tierras ricas en metales preciosos O mercaderías de gran valor prometidos; de ahí la obsesión de Colón por encontrar oro a toda costa.

Tercer viaje 1498

Vencidos lentamente los obstáculos, partió Colón de Sanlúcar de Barrameda, el 30 de mayo de 1498, con seis navíos (mandaba uno Pedro de Arana, hermano de Beatriz, y otro, su pariente Juan Antonio Colombo). Pasó por Madera y Gomera, y de aquí envió tres buques a La Española; él tomó un rumbo más meridional que en los viajes anteriores, quizá por consejo del cosmógrafo y joyero catalán Jaime Ferrer, consultado por los reyes, que indicaba mayores riquezas hacia el ecuador y señalaba un método para determinar la línea de Demarcación.

Se dirigió a las islas de Cabo Verde, de las que salió el 4 de julio, pero no pudo seguir muy al Sur, como quería, para ir al Oeste bajo el ecuador, llevándole la corriente ecuatorial del Norte desde 5° N. (así creía, pero estaba a 9°), hacia las costas sudamericanas; el 31 de julio descubrió la isla de Trinidad, y el 2 de agosto de 1498 entró en el golfo de Paria por la Boca de la Sierpe, descubriendo el continente sudamericano, pues quedaba a su oeste la costa firme de la actual Venezuela; observó la fuerza de la corriente del Orinoco, que desemboca allí, endulzando en gran trecho el mar, y exploró el golfo por su parte occidental, llamando isla de Gracia a la península de Paria; el 5 se verificó el primer desembarco, en el que no intervino Colón (no está claro si bajo a tierra en este viaje; se ha supuesto que el que lo hizo fue Pedro de Terrenos, primer europeo que pisó tierra sudamericana). Viendo cerrado el golfo, salió de él el 13 de agosto por la Boca del Dragón y costeó la actual Venezuela hasta la Península de Araya, antes de Cumaná; vio la isla Margarita (15-VIII), y, con prisa por llegar a La Española, no siguió el descubrimiento; había comprobado que aquel país era rico en perlas.

Le encantó tanto aquella costa que creyó próximo el Paraíso terrenal e imaginó la teoría de que la Tierra no era plenamente esférica, sino que tenía forma de pera, hallándose la cima por aquellas regiones; por otra parte, el caudal del Orinoco —procedente del Paraíso— le convenció de que estaba ante tierra firme, es decir, ante un continente, otro mundo, tierra infinita de su carta a los reyes sobre este viaje; pero aún pensó que fuera parte de Asia. Su descubrimiento de América del Sur es anterior al viaje de Hojeda y Vespucio y posterior en un año al de América del Norte por Juan Caboto.

En La Española había gobernado entre tanto su hermano Bartolomé contra quien se rebeló el alcalde mayor Francisco Roldán con un grupo de descontentos, y estaba alzado en Xaraguá cuando llegó Colón, oprimiendo a los indios, habiéndosele sumado los delincuentes del tercer viaje enviados por delante por el almirante.

Temiendo este una guerra civil y la repercusión del hecho en España, dado su mal ambiente, entabló negociaciones con los rebeldes, cada vez más envalentonados, y acabó por claudicar, pactando el 17 de noviembre un perdón completo y el envío a España de los que querían volver; habiéndose retrasado la organización de los buques, adoptaron de nuevo una actitud insolente, y de nuevo otorgó Colón condiciones humillantes, como la de reintegrar a su puesto a Roldán y proceder a repartimientos de tierras e indios entre los rebeldes (1499), confirmando la norma implantada arbitrariamente por ellos; la llegada de Hojeda, de vuelta de su primer viaje, produjo choques entre este y Roldán, y la difusión de rumor de que Colón estaba en desgracia. Pero habiéndose sublevado Hernando de Guevara y otros contra Roldán, perdió la paciencia Colón inició una represión, prendiendo a los nuevos culpables y condenando a algunos a muerte, por medio de Bartolomé y de Roldán.

Colón, al comunicar estos sucesos a los reyes, justificándose, pidió el envío de un juez y propuso implantar la esclavitud de los indios, como fuente de ingresos, iniciándola, además, al darlos a los que regresaron a España, en número de 300, lo que indignó a reina, la cual ordenó su liberación y devolución a La Española (20 junio 1500). El ambiente hostil a Colón era cada vez más espeso en España, atizado por Roldán —en correspondencia con el cardenal Cisneros— y por todos los que venían de allá, acusando a Colón y a sus hermanos de ineptos, tiranos, mal vistos por extranjeros e, incluso, de que negociaban con otros países para entregarles la Indias.

Si varias acusaciones eran calumniosas, quedaba patente que Colón, magnifico marino, capaz de verificar una hazaña tan grandiosa como la suya, carecía de cualidades de gobernador y era incapaz de regir una colonia tan difícil y turbulenta como la de Haití, que venía atravesando hacía tiempo condiciones críticas; las esperanzas surgidas del descubrimiento se habían desvanecido, pues las soñadas riquezas del Catay no aparecían por parte alguna y, en cambio, exigía la empresa continuos gastos. El viaje de Vasco de Gama demostraba que las Indias no estaban en lo descubierto por Colón.

Ante lo que ocurría en La Española, nombraron los reyes juez pesquisidor y gobernador, destituyendo a Colón, al comendador Francisco de Bobadilla (21-V-1499); aun tardaron un año en enviarle, hasta que llegaron los procuradores de Colón y Roldán, y resolvieron poner fin a aquella situación. Llegó Bobadilla a Santo Domingo el 23 de agosto de 1500, hizo leer sus nombramientos, se hizo cargo de presos y procesos, suspendiendo las ejecuciones preparadas, abrió una información y demostró absoluta hostilidad por Colón; prendió a su hermano Diego, se incautó de sus bienes y, cuando Colón llegó a la capital, ante órdenes reales, le hizo poner en prisión y encadenarlo (IX-1500), haciendo lo mismo con Bartolomé, mientras Roldán y Guevara no recibían castigo alguno.

La conducta brutal de Bobadilla, agente de los enemigos de Colón, no estaba ordenada concretamente por los reyes, y, aunque enviado para despojar de mando a Almirante, parece que se extralimitó en sus instrucciones. Temió Colón la muerte, pero Bobadilla le envió a España, junto con sus hermanos. Las cartas de los franciscanos residentes en la isla a Cisneros, sobre este suceso, son hostiles a Colón. El dolor de Colón dante el trato sufrido se exhaló en una famosa carta a Juana de Torres, antigua ama del príncipe don Juan, y su fe ardiente le hace verse como predestinado por la Providencia para su sublime misión.

Llegó a Cádiz hacia el 20 de noviembre de 1500, y en cuanto supieron los reyes lo acaecido hicieron ponerle en libertad y le llamaron a Granada, donde le recibieron afectuosamente, le consolaron, hicieron devolverle su hacienda y le prometieron nuevas empresas, pero ya no le reintegraron en sus cargos ni autoridad. Su monopolio de explorador ya estaba anulado de hecho hacía tiempo, y partían continuamente expediciones en las que no tenía ninguna intervención.

En la época de inacción que siguió debió de componerse el Libro de las Profecías, obra de inspiración suya y realizada en gran parte por su amigo el cartujo italiano fray Gaspar Gorricio, del monasterio de las Cuevas; recopilación de pasajes de las Escrituras aplicados con carácter profético a Colón, que eleva su exaltación religiosa a tonos apocalípticos y sueña en que el fruto de sus empresas se dedique a la reconquista del Santo Sepulcro, idea que expuso también al Papa (1502), pidiéndole su apoyo para la evangelización de las Indias.

Cuarto viaje 1502

Autorizado Colón para realizar un nuevo viaje, partió en octubre de 1501 a Sevilla para hacer los preparativos. Su objetivo era ahora buscar un estrecho que le condujera a la India, al oeste de las Antillas, pues ya se veía que estas no lo eran, pero suponía que aquella no estaba lejos, interponiéndose las tierras descubiertas. Los descubrimientos recientes de Hojeda, Bastidas, Pinzón, Lepe, Álvarez Cabral y Vespucio habían prolongado la Tierra Firme considerablemente, pero quedaba desconocido el litoral desde Nombre de Dios (istmo de Panamá) en adelante; o desde Cuba, que seguía creyendo parte del continente.

Partió Colón de Sevilla el 13 de abril de 1502, con dos carabelas y dos navíos, con 140 ó 150 hombres (de ellos un 10 por 100 italianos); le acompañaban su hermano Bartolomé y su joven hijo Fernando, el piloto Pedro de Ledesma, que más tarde volvió con Pinzón y Solís, y los hermanos Francisco y Diego de Porras, capitán de buque y escribano de la armada, respectivamente.

Acudió Colón a Arcila, sitiada por los moros; pasó por Canarias, Martinica (15-VI) y Dominica, y se dirigió a Santo Domingo para cambiar un navío averiado y resguardarse de una inminente tempestad, pero los reyes le habían prohibido tocar allí, para evitar el resurgimiento de las pasiones, y Nicolás de Ovando, el nuevo gobernador, enemigo suyo, no le permitió la entrada ni hizo caso de sus avisos. Colón capeó el huracán, que hundió 24 de los 28 buques de la escuadra que salió de Santo Domingo hacia España, ahogándose Bobadilla, Torres y muchos de los antiguos rebeldes.

De las costas de La Española pasó a Jamaica, a los Jardines de la Reina (islas del sur de Cuba), y descubrió la isla de Guanaja (costa de Honduras, 30-VII); halló una barca con mercaderes mayas y, desechando la ocasión de descubrir Yucatán y México, tomó rumbo al Este, hacia el áureo país de Veragua, de que le hablaban, costeando la América Central —Honduras, Nicaragua y Costa Rica, de las que es su descubridor—, combatido continuamente por tempestades. El 14 de septiembre vio el cabo de Gracias a Dios; en octubre llegó a Veragua (istmo de Panamá), que supuso abundante en oro y cercana a la India; pasó por Portobelo —el futuro puerto de la flotas de Indias-, Nombre de Dios, término del viaje de Bastidas, y puerto del Retrete (26-XI), límite del periplo; retrocedió a Veragua, asaltado por las tormentas, y entró el 6 de enero de 1503 en el río de Belén, donde se propuso fundar una colonia, que llevó a cabo Bartolomé Colón, destinado a quedarse en ella con unos 80 hombres.

Enterado de que el reyezuelo Quibian iba a atacar la colonia, le prendió. En cuanto partió Colón atacaron los indios, resistiendo los españoles a duras penas. Volvió Colón, y el 16 de abril evacuó la inhospitalaria comarca. Con dos buques solo y en mal estado siguió al Darién, y de ahí se encaminó a Cuba, pero no pudo llegar a La Española, por el mal tiempo y el desastroso estado de sus barcos; se refugió en Jamaica, de donde ya no pudo salir (24-VI).

Para pedir socorro a La Española, el escribano mayor Diego Méndez de Segura, leal amigo de Colón (†1536), realizó la hazaña de pasar a esa isla en canoa, con el genovés Bartolomé Fiesco y unos indios; pero hasta un año después no pudo fletar y enviar un navío. Entre tanto, Ovando no quiso socorrer a Colón y se limitó a enviar un buque para observar su situación. Los Porras promovieron una sublevación, y, no pudiendo salir de Jamaica, se dedicaron a merodear por la isla, hasta que Bartolomé Colón los derrotó y apresó.

Un oportuno eclipse anunciado por Colón hizo que los indios siguieran abasteciendo a los expedicionarios. Salieron, por fin, de Jamaica el 28 de junio de 1504, y en Santo Domingo se complugo Ovando en molestar a Colón y favorecer a los Porras. El 7 de noviembre arribaba Colón a Sanlúcar, concluido el más desgraciado y fracasado de sus viajes, sin haber hallado el anhelado estrecho, y cuyo único resultado fue el descubrimiento de Centro-América, habiendo estado cerca de verificar el de México.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. N-Z, págs. 976-984.