Taifa de Toledo

Historia de la taifa

Régulos de Toledo

Abu Muhammad Ismail, 1018-44
Yahya al Mamun, 1044-75
Yahya Ismail al Qadir, 1075-85

La taifa

No se sabe ni cuándo ni como exactamente la ciudad de Toledo se declaró independiente. Las fuentes señalan que cuando se desató la guerra civil en al-Andalus, el gobernador (al-wali) de la ciudad de Toledo y sus contornos era Abd al-Rahman b. Matiyo, a quien llegó la hora de su muerte por entonces, y heredó su puesto Abd al-Malik b. Abd al-Rahman b. Matiyo, que mostró muy mala conducta con sus súbditos; se levantó en Toledo el cadí de esta ciudad Ibn Yais, aunque su mandato no duró mucho tiempo, pasando el poder a Abd al-Rahman b. Matiyo, luego a Abd Allah b. Matiyo y luego a al Zafir Isma'il b. Di l-Nun. Ibn al Jatib, por su parte, inicia la serie de régulos con Abd al-Rahman seguido por Abd Allah b. Matiyo.

Cabe pensar que, tras la marcha del caíd de la Frontera Media, Wadih, en 1010, para intervenir en los revueltos asuntos de Córdoba, donde acabó asesinado en octubre de 1011, los toledanos tuvieron que hacerse cargo de su propio gobierno y, naturalmente, lo asumieron quienes lo venían ejerciendo, como una especie de gobierno municipal dirigido por un consejo de notables, probablemente bastante informal, en el cual empezó por destacar el cadí Abu Bakr Yais b. Muhammad b. Yais al-Asadi, junto con un Ibn Masarra, que para Prieto Vives fue quien primero logró el mando supremo, estando además los Banu Matiyo y otros notables. Riñeron, y Yais fue apartado, yendo a establecerse a Calatayud, donde murió en 418/1027-28.

Parece que luego murió Abd al-Rahman b. Matiyo y le sucedió su hijo Abd al-Malik, tan mal gobernante que los toledanos recurrieron al señor de Santaver, Abd al Rahman b. Di l-Nun, el cual les envió a su hijo Abu Muhammad Ismail, con posterioridad a 1018, y allí empezó a reinar con el título de al Zafir, presente en sus monedas de 434/1042-43, el penúltimo año de su vida, y en las cuales inscribe también la figuración califal de Abd Allah. Es interesante notar cómo un consejo de notables locales, de funcionarios civiles, sólo pudo enderezar su mando recurriendo a un vecino militarmente poderoso.

Los Du l Nun eran bereberes Hawwara, incorporados a los conquistadores árabes, entrados con el Islam a la Península en 711. Se establecieron en Santabariyya, distrito extendido aproximadamente por la actual provincia de Cuenca y cuyo nombre quedó en el pequeño lugar de Santaver. Allí habían dominado desde tiempos omeyas, con las típicas oscilaciones de rebeldía-sumisión al poder central, y no es del todo cierto, como indica quizá Ibn Hayyan, que les faltara relieve hasta la época de Almanzor, pues las crónicas traen varios nombres destacados de estos belicosos emires de la frontera, que habían recibido incluso concesiones de al Hakam II sobre Huete y otros castillos de Santaver, siendo entonces el así beneficiado Mutarrif b. Ismail b. Di l-Nun, cuyo hijo Abd al-Rahman destacó ya en los ejércitos de Almanzor. Dominaba Uclés, por nombramiento oficial incluso, y cuando murió Wadih, caíd de la Marca Media, 15 rabi II de 402/16 de octubre de 1011, ocupó también Cuenca, dando allí refugio a la familia del caíd y a sus partidarios, y continuando la ampliación de su poder en estos territorios, sobre los cuales el califa al Mustain, posiblemente en su segundo reinado, hacia 1013 le concedió dominio con el cargo de visir y el título de Nasir al-Dawla .

Sabemos que este señor bereber de Santaver, Abd al-Rahman, confió en 1018 a su hijo Abu Muhammad Ismail el gobierno de uno de sus castillos, Uclés, y que luego le envió a Toledo cuando los toledanos fueron a pedirle que les gobernara.

Abu Muhammad Ismail puso en Toledo, en los años que reinó hasta morir en 435/1043-44, las bases de una taifa importante por su papel político, económico y cultural, regida por su dinastía dunnuní hasta su toma por Alfonso VI en 1085, taifa que limitaba con la de Badajoz, a partir de Coria, con Trujillo, Talavera y Vascos en su poder, luego con los confines de la taifa de Córdoba, cuya capital poseyeron en 1075, siendo suyos Almadén y Almodóvar, con Granada por el norte de Úbeda, y llegando por el resto desde Cuenca a Atienza, incluyendo Guadalajara.

Su corte empieza a ser cita de literatos y de sabios anunciando el brillo de la de su hijo, a pesar de la avaricia que le achaca Ibn Hayyan. Mantuvo a sus súbditos bien enderezados, dicen de él también los cronistas, y supo afianzarse en el Gobierno gracias al jeque de la ciudad (sayj al-balda) Abu Bakr Ibn al-Hadidi, aunque ya este prohombre empezó a levantar envidias. Se negó a reconocer al falso Hisam II, alzado por los sevillanos al califato desde 1035, y que según una de las versiones de su discutida personalidad había sido esterero en Calatrava, uno de los enclaves de la taifa toledana.

Su hijo Yahya al Mamun halló, al subir al trono en 435/1043-44, un Estado bien consolidado, llegando a sobresalir él todavía más y recibiendo elogios de sus contemporáneos, incluso del severo Ibn Hayyan. Se preocupó Yahya al Mamun de hermosear su capital, con su almunia magnífica, procurando un tono cortesano en fiestas sonadísimas, como la de la circuncisión de su nieto al Qadir.

En su política exterior hubo de hacer frente a graves problemas, los primeros de todos surgidos por conflictos territoriales con Sulayman b. Hud de Zaragoza, a quien una parte de las gentes de Guadalajara se inclinaba a reconocer; los duros enfrentamientos duraron desde 1043-44. en que murió Sulayman b. Hud, y el conflicto se canceló. Pero antes, la taifa de Toledo recurrió a la ayuda del rey de Pamplona y Zaragoza a la del rey de Castilla, que entraron en las taifas enfrentadas, arrasaron y ganaron parias, siendo cada vez mayor la codicia con que el enemigo cristiano, miraba a los musulmanes y aumentaban sus esperanzas de apoderarse de las tierras musulmanas, ya que ni uno solo de estos [reyes taifas], osaba hacerles frente.

Yahya al Mamun pechó a Fernando I de Castilla, como refiere la I Crónica General, pues el rey castellano volvió por su cuenta hacia 1057 a atacar la parte septentrional de Toledo, y su rey tomó mucho oro y mucha plata y muchos paños preciados y lo envió todo en bestias cargadas de ello al rey don Fernando. Y... él mismo se fue para él y le dio aquel haber y otras cosas más nobles aún, y le rogó muy humildemente que tomase todo aquello y que no le destruyese más la tierra... el rey don Fernando...; le trajo a que le diese sus parias buenas y grandes cada año, y que el mismo Almemón se tornase su vasallo. Así reflejan por su parte la situación las fuentes musulmanas.

...los toledanos enviaron una delegación al tirano Fernando, el aliado de Ibn Hud, para concluir con él un tratado de paz mediante la entrega de una cantidad de dinero que le enviarían... [Fernando Il les estipuló unas condiciones que no podían cumplir... Si tuviéramos tal cantidad de dinero - le contestaron los toledanos - se lo pagaríamos a los bereberes y les llamaríamos para resolver este problema, pero Fernando les replicó: «Eso de que no podéis reunir esas cantidades es absurdo, pues si se levantasen los tejados de vuestras casas, resplandecería el mucho oro que teneis; y en cuanto a vuestra llamada a los bereberes, asunto es del que nos habláis y con el que nos amenazáis siempre, pero resulta imposible por la enemistad que os tienen. Ya os hemos propuesto por medio de vuestro enviado lo que nos interesa No queremos otra cosa que nuestro país (bilad) que nos ganasteis antaño, en vuestros comienzos. Habéis vivido en él todo lo que Dios ha querido, pero ahora os hemos vencido por vuestra maldad. Marchad, pues, a vuestra orilla (del Mediterráneo y dejadnos nuestro país.

Situación figurada que, sin embargo, muestra la mentalidad de las relaciones entre taifas y cristianos, la codicia castellana que arremete ya contra Toledo y, si esos bereberes aludidos pudieran ser ya los almorávides, el texto despuntaría ya la dualidad de soluciones, entre el recurso a los cristianos y a los almorávides, con que acabarán las taifas.

Señalan las crónicas, buscando causas emotivas y aparentes de los conflictos, y en este caso de las querellas dinásticas, que al bando de Sulayman b. Hud se había pasado un hermano de Yahya al Mamun, llamado Abd al-Rahman b. Ismail b. Di l-Nun, que le había disputado el poder.

Consecuencia de aquellas luchas con Zaragoza fue también que Yahya al Mamun se alió con Mutadid Abbad de Sevilla, que le prometió ayuda —nunca se la prestó luego— si el toledano reconocía al califa Hisam II, el falso montaje de Mutadid Abbad; y así lo hizo Yahya al Mamun, a pesar de que desde el primer momento se había negado a aceptarlo su padre. Su intención de mantenerse también él al margen de aquella causa dio, pues, un cambio total, y la aceptaba ahora e invitaba a sus súbditos a abrazarla, todo ello por su deseo de que [Mutadid] le defendiera de las acometidas de Sulayman b. Hud. En efecto, sus monedas mencionan al falso Hisam II y al rey con el título de al-ḥayib Yahya y en algunas el título Saraf al-Dawla..., un ejemplar del año 435 / (1043-44), primero del reinado de Yahya al Mamun..., suprime ya la mención de Hisam II, al que no vuelve a nombrarse en lo sucesivo; el rey... pronto aparece con el título de al-Mamun Du l-maydayn.

Yahya al Mamun tuvo conflictos luego con su vecino al-Muzaffar de Badajoz, alrededor de 1051, que no pasaron de riñas fronterizas, motivadas por los afanes expansivos de Yahya al Mamun, que a continuación se manifestaron hacia el Este, yendo a intervenir en Valencia, con una hija de cuyo régulo Abd al-Aziz estaba casado, de igual manera que un hijo de este, su sucesor Abd al-Malik, casó con una hija de Yahya al Mamun. En esto murió Abd al-Aziz, en 1061, y pronto Fernando I fue a atacar Valencia, venciendo ya en Paterna, pero sintióse enfermo y volvió a León, donde murió el 27 de diciembre de 1065. Entretanto, Yahya al Mamun había enviado tropas a su yerno Abd al Malik y a su secretario Ibn al-Mutanna para que le orientara, por la notoria debilidad del nuevo régulo valenciano . Sobre estos hechos hay varias versiones, pero el resultado fue que Yahya al Mamun ocupó Valencia, en noviembre de 1065, que recluyó a Abd al Malik en Cuenca o en Uclés, y dejó en Valencia, para que gobernara en su nombre, al visir Muhammad b. Abd al-Aziz b. Rubas. Desde 457 a 462/1064 a 1070 hay monedas de Yahya al Mamun con ceca de Valencia.

Después quiso Yahya al Mamun expandirse por el Sur, anhelando la antigua capital de al-Andalus, mas por allí tenía que competir con Sevilla. Sin embargo, ocupó Almodóvar, poco antes de la muerte de Mutadid Abbad, en 1068-1069, y acordó con éste darle Carmona a cambio de ayuda sevillana para tomar Córdoba, lo cual tampoco mantuvo su sucesor, al Mutamid hijo de Mutadid Abbad. Por el contrario, para hacer frente al gran ejército de Yahya al Mamun que cercaba Córdoba, al Mutamid envió tropas sevillanas, que acabaron ocupando la ciudad en nombre del rey sevillano, desde daban de 462/mayo-junio de 1070.

Mas no cejó Yahya al Mamun, y lo logró por medio de Hakam b. Ukasa, personaje caído en desgracia en Córdoba junto con el que fuera gran visir Ibn al Saqqa, Ibn Ukasa dio muerte al gobernador sevillano, Abbad b. al-Mutamid Siray al-Dawla, y proclamó en Córdoba a Yahya al Mamun. El 25 de yumāda II de 467/15 de febrero de 1075 Yahya al Mamun entró triunfal en la ciudad. Todo al-Andalus se conmocionó. En los pocos meses que aún vivió, todavía acuñó dirhemes en su nueva ciudad, donde murió, parece que envenenado, en junio de aquel mismo año. Córdoba siguió, bajo Ibn Ukasa, reconociendo a Toledo, hasta su ocupación definitiva por Sevilla dos años después.

A pesar de todo, uno de los actos más trascendentales de Yahya al Mamun fue el de acoger en su corte a Alfonso VI de León, desposeído por su hermano Sancho II de Castilla, tras derrotarlo en Golpejera, en enero de 1072, y desterrarlo poco después a Toledo; el otro hermano, García de Galicia, se había refugiado también un año antes, al ser desposeído, junto a al Mutamid de Sevilla. En Toledo, Alfonso VI estará durante varios meses hasta que se produzca la muerte de su hermano (Sancho) en el sitio de Zamora (en 1072) y pueda recuperar el reino. Sobre su estancia en Toledo los cronistas han transmitido la noticia, al menos significativa, de la fijación de Alfonso en la importancia que podía tener conquistar para los cristianos aquella gran ciudad musulmana, como resalta Carlos Estepa.

Sucedió a Yahya al Mamun su nieto Yahya al Qadir, cuyo padre, Hisam Ismail, había muerto con anterioridad, aunque existe alguna indicación de que llegó a suceder a su padre unos meses y en seguida murió. La incapacidad de Yahya al Qadir es unánimemente señalada. Pronto perdió Córdoba ante al Mutamid de Sevilla, que también le privó de territorios por el Este y por el Sur. Yahya al Qadir, se apoyaba cada vez más en Alfonso VI, a cambio de parias, que recaían en los descontentos toledanos, los cuales se alzaban, y Yahya al Qadir sacrificó al gran visir de su dinastía Ibn al-Hadidi, asesinado el 25 de agosto de 1075, lo cual atizó más aún las disensiones interiores. A la vez perdió territorio frente a los ataques de Ahmad al Muqtadir de Zaragoza, combinado con Sancho Ramírez de Aragón.

El soberano de Valencia Abu Bakr Aziz depuso su obediencia a Yahya al Qadir, aunque siguió mencionándole en las monedas valencianas hasta 476/1083-84. En esto, una revuelta estalló en Toledo contra él, en 1080, y Yahya al Qadir intentó sin éxito que el gobernador de Huete le acogiera, aunque sí lo hizo el de Cuenca, Ibn al-Faray. Desde allí intensificó sus negociaciones con Alfonso VI, para que éste le ayudase a recuperar su capital. En ella había entrado, como nuevo señor, entre junio de 1080 y abril de 1081, al-Muta wakkil de Badajoz, que se tornó a su tierra ante la venida, ya, de al-Qadir con Alfonso VI, que repuso en Toledo a cambio de los castillos de Zorita y Cantuarias, y luego Canales.

Cuatro años aguanto todavía Yahya al Qadir en Toledo, acosado por sus súbditos y hostigado por ataques de Sevilla y de Zaragoza, que le cogían tierras. Según algún cronista, llamó entonces desesperado a Alfonso VI, ofreciendo darle Toledo si el rey cristiano le ayudaba a lograr a cambio Valencia. Así ocurrió; Alfonso llegó sobre Toledo en 1083, para instalarse en otoño de 1084 en la famosa almunia de Yahya al Mamun situada extramuros. Yahya al Qadir seguía en su alcázar, mientras los habitantes de la ciudad por su propia cuenta resistían. El invierno de 1085 fue muy duro y puso en aprietos tanto a sitiados como a sitiadores, pero estos salieron mejor parados y lograron la rendición de los toledanos el 10 muharram de 478/6 de mayo de 1085, por medio de un compromiso pactado por el cual Alfonso VI respetaría vidas y haciendas de los que quisieran quedarse, cobraría un impuesto de capitación y les respetaría su mezquita, condición esta que fue pronto incumplida. El 25 de mayo entró Alfonso VI en la ciudad.

La toma de Toledo desencadenó de inmediato la llegada de los almorávides y un nuevo giro en la historia de la Península. Por de pronto, Yahya al Qadir debió retirarse a Cuenca. El 6 de junio murió el régulo de Valencia Abu Bakr Aziz. Convencido de la acogida de los valencianos y apoyado por Alfonso VI partió Yahya al Qadir hacia Valencia, y entró en ella a principios de 1086, logrando mantenerse allí hasta 1092, como veremos en seguida.

VIGUERA MOLINS, Mª Jesús, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo VIII-I pág. 86-91.

Abu Muhammad Ismail

Datos biográficos

Régulo de Toledo: 1018-1044
Dinastía: Dunnuní
Sobrenombre: al Zafir
Sucesor: Yahya al Mamun

Biografía

Ismail b. Abd al-Rahman b. Di l-Nun. Primer dinasta de los Banu Di l Nun y auténtico fundador del reino de taifas de Toledo. Al decir del historiador Ibn Hayyan, que fue su contemporáneo, Ismail fue el primero de los reyes de taifas en romper con la autoridad central, y luego fue imitado por los demás. Se ignora, sin embargo, la fecha y las condiciones de esta secesión. Ismail hizo de Toledo uno de los más brillantes, activos y prósperos reinos de taifas.

Toledo conservaba el renombre de haber sido la urbe regia de los visigodos, de ahí que los árabes la conocieran también con la designación de Madinat al Muluk (ciudad de los reyes). Como capital de la frontera o Marca Media —así como Zaragoza lo era de la Marca Superior y Badajoz, de la Marca Inferior— era una circunscripción militarizada, por eso pudo mantener una cuasi independencia frente a Córdoba hasta la época califal. Al producirse las guerras civiles que acabarían con el califato a principios del s. XI, Toledo volvió a ser independiente, ayudada como siempre por su posición inexpugnable.

El primer personaje que formó una jefatura política riyasa en la ciudad parece que fue el caíd Abi Bakr Yais b. Muhammad, hacia 1010; pero al cabo de un tiempo fue expulsado por los toledanos, refugiándose entonces en Calatayud, ciudad en la que moriría entre 1027 y 1028. Tras ese periodo otros personajes trataron de apoderarse de la ciudad, entre ellos un tal Ibn Masarra, que no tardó en ser depuesto por los toledanos.

Otras fuentes insisten en que el poder en la ciudad y sus distritos lo tomó Abderramán b. Manyub o Matiyo, que no supo conducirse como debía —a juicio de los toledanos— y lo depusieron. Parece que los habitantes de Toledo dieron el poder y depusieron a otros dos individuos más, según recoge Ibn Idari, finalmente decidieron enviar una misiva a Abderramán b. Di l Nun, señor de Santaver, ofreciéndole la dirección de la taifa toledana. Este les envió para hacerse cargo del poder a su hijo Ismail.

Los Banu Di l Nun eran una familia beréber de la tribu Hawwara, que llegaron a España en los primeros tiempos de la conquista islámica del país. Sus descendientes aparecen aposentados desde los tiempos de Muhammad I (852-886) en Santabariyya o Santaver, antigua Centobriga, lugar harto estratégico y de difícil acceso sobre un altozano, no lejos de la confluencia del Guadiela y del Tajo. Santaver, denominaba en principio tanto al distrito o a la cora, como a su capital, hasta que en el s. IX estos bereberes —que en el proceso de arabización de los siglos VIII al X cambiaron su gentilicio de Zannun por Di l Nun— funden la capital de Uclés Uqlis, que en adelante sería la capital de la cora.

Durante los dos primeros siglos de dominio árabe islámico, los Banu Di l Nun fueron uno de los linajes más importantes de la Marca Media, citados frecuentemente en las fuentes por sus continuos alzamientos frente al poder central y por las sumisiones subsiguientes a ese poder. Una vez desaparecido el califato de Córdoba, luego de la deposición y del asesinato del último chambelán amirí, volverían a su antigua autonomía desde el primer decenio del s. XI.

Durante la guerra civil que siguió, los Banu Di l Nun apoyaron al califa Sulayman al Mustain quien otorgaría a Abderramán b. Di l Nun el título de Nasir al Dawla (defensor del Estado) por su defensa de la frontera contra los cristianos norteños, dándole también confirmación y nombramiento como señor de Santaver, junto a Huete, Uclés y Cuenca; en seguida el dunnuní adoptaría una línea de conducta totalmente independiente. Se sabe, en fin, que Abderramán b. Di l Nun confió en 1018 a su hijo Ismail, que tenía a la sazón dieciocho años, la plaza de Uclés. Unos años más tarde, y después de la destitución de los sucesivos gobernadores de Toledo, los toledanos acogieron a Ismail b. Abderramán b. Di l Nun como soberano de la ciudad y sus distritos, pues vieron en el un medio para sacar a Toledo de la anarquía reinante.

La entronización de Ismail señala la culminación de las luchas de la gente de Toledo a lo largo de tres siglos contra la soberanía cordobesa. La independencia que los toledanos habían intentado alcanzar sin éxito, bajo el caudillaje de un buen número de rebeldes, fue realizada con Ismail, el primero de los reyes de taifas. No cabe duda de que este soberano puso las bases de la gran taifa toledana que ocupaba territorialmente lo que había sido otrora la Marca Media —o sea, la vasta región de Castilla la Mancha situada entre Sierra Morena y el Sistema Central—, ya que se extendía su efectivo dominio desde Guadalajara y Talavera en el Norte hasta Murcia en el Sur, destacando en la política, cultura y economía de su siglo.

Ahora bien, el principal valedor de Ismail en la ciudad fue un personaje local ilustre de entre sus gentes, Abu Baku b. Yahya b. Said b. al Hadidí, que llegó a adquirir tal relevancia en la urbe que le daban el apelativo de Sayj al Balda, jeque de la ciudad ; pues, a más de ser persona de gran inteligencia, era experto en administración. El joven Ismail b. Di l Nun —como recoge Ibn Idari—, no decidía un asunto sin él y le pedía consejo en las cosas más importantes. Esto trajo no pocos problemas, dado que la influencia de Ibn al Hadidí en las decisiones políticas del emir atizaba la animadversión de otra facción de las gentes de Toledo. El consejero del emir moriría muchos años más tarde que Ismail.

Asentado su dominio sobre Toledo, en política exterior persiguió tres objetivos principales: en primer lugar, buscar la legitimación de los Banu b. Di l Nun (ya que en Toledo había cierta tradición de caudillaje electivo) mediante la defensa de las fronteras del reino contra los ataques cristianos; segundo, manifestar abierta oposición a toda política expansionista por parte de las demás taifas vecinas; en tercero, presentar absoluta hostilidad a cualquier intento de reunificación de al Andalus bajo una soberanía centralizada fuera de Toledo, combatiendo con las armas o diplomáticamente las pretensiones de califas o supuestos califas.

Efectivamente, la abolición definitiva del califato por los notables de la ciudad de Córdoba (1031), no borró del ánimo de muchos andalusíes su devoción por los Omeyas, ya que eran símbolo de unidad, prestigio y poder. La restauración de la dinastía Omeya se convirtió en la principal causa legitimista que enarboló, entre otros aventureros, el gobernante de la Asamblea cordobesa Abu I Hazm Yawar. Felicitó a Ismail por el celo que manifestaba defendiendo las fronteras de los ataques de los cristianos del Norte y de paso le recordaba que la prosperidad y firmeza del Estado consistía en su unión. Ismail contestó a tal misiva, diciéndole al cordobés que debía de contentarse con mandar en el rincón que de prestado tenía en Córdoba, mientras sus vecinos se lo permitieran, que por su parte no reconocía en el Andalus ni fuera de él más soberano que al del cielo.

Ismail b. Abderramán b. Di l Nun tuvo que enfrentarse a lo largo de su reinado con el problema de los aspirantes al califato, cosa que sembraría el desorden en sus dominios, e incluso ponía en peligro la integridad del reino (tal como sucedió en la zona de Calatrava cuando se dio el caso del falso Hisam II), amenazando la estabilidad de su trono. Tuvo que enfrentarse a las pretensiones de Abu I Hazm Yawar en dos ocasiones, a las maniobras de los abbadíes en Sevilla, que suscitaron el faso califa Hisam II. En general este problema gravitó durante todo su reinado, pero Ismail lo contrarrestó con una política de independencia absoluta del reino de Toledo, negándose a jurar lealtad a ningún pretendiente al califato. se dice que en una ocasión declaró.

Tiene derecho al poder quien lo tiene efectivamente. Yo no elijo para el poder más que a mí mismo y no me someto a nadie.

Ismail luchó contra los cristianos con suerte diversa, pero supo salvaguardar sus fronteras sin pagar jamás parias, cosa de la cual no se libraron sus sucesores. El historiador cordobés Ibn Hayyan, conocido por su hostilidad hacia él, no pudo negar sus méritos políticos y militares, y reconoció su grandeza, su modestia y su devoción en la defensa de las tierras del Islam.

De lo poco que se conoce de Ismail b. Abderramán b. Di l Nun se puede afirmar que fue hombre de mano firme y activo en la lucha y en las intrigas de la política y la diplomacia. En un ambiente turbulento y en una ciudad siempre presta a rebelarse, llegó en poco tiempo a constituir un reino, a consolidar su poder y a dominar los territorios de su estado como señor absoluto.

Poseía refinada cultura, hablaba árabe con elocuencia, pese a ser de etnia beréber. Conocía de memoria las antiguas obras de los poetas árabes, él mismo componía poesía. En la corte toledana no hubo nunca poetas de primer orden, de ahí que algunos autores manifestaran hostilidad hacia Ismail calificándolo de avaro. En realidad, tal acusación no carece de fundamento en lo que a los poetas se refiere, estos, acostumbrados a la prodigalidad de los omeya o de otros reyes de taifas, no hallaban en la Corte toledana los subsidios a los que se creían merecedores, pues allí, solo la ciencia era realmente atendida y considerada por el rey y sus sucesores.

Ismail se preocupaba de tener unas finanzas saneadas, a fin de hacer frente a los gastos del Estado —la partida principal era la destinada al ejército— y tener bien pertrechadas y abastecidas las fortalezas de la frontera norteña. Vigilaba la entrada regular de impuestos y cuidaba de la Hacienda Pública. Sus gastos suntuarios eran modestos, llegando por todo ello a acumular grandes riquezas.

Ismail b. Abderramán b. Di l Nun murió en el año 1043, dejando bien afianzado el trono de uno de los reinos taifales más poderosos, si no el más fuerte, sus límites eran: al Este, el reino de Zaragoza y los principados independientes de Alpuente y Albarracín; al Sureste, los reinos esclavones de Denia y Valencia; al Oeste, el reino de Badajoz; al Norte, el Sistema Central lo separaba de los reinos cristianos. Le sucedió su hijo Yahya al Mamun, conocido como al Mamun que llevaría su dinastía a su apogeo.

MAÍLLO SALGADO, José, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2009, Vol I, págs. 279-281.