Taifa de Sevilla

Introducción a la taifa

Régulos de Sevilla

Muhammad Abbad, 1023-42
Mutadid Abbad, 1042-69
Muhammad Mutamid, 1069-91

Introducción a la taifa

Al final, consideraremos la historia de esta taifa de Sevilla, que se expandió tanto por el sur de al-Andalus, incorporando varias taifas a sus dominios, que acaso, si así hubiera seguido habría llegado a constituir un nuevo al-Andalus reunido, si bien bastante le faltaba para ello por más que lo intentó no sólo por expansiones armadas, sino invitando al resto a reconocer a su califa, en la ficción que para su dominio forjó. Con todo, las fuentes suelen calificar a estos reyes sevillanos como los más importantes de todos.

Sevilla se convirtió en taifa, bastante avanzado el siglo, a través de un proceso representativo de un territorio que se mantuvo vinculado al poder central hasta el año 1023, y sólo se soltó cuando no pudo más; sin recibir desde fuera ocupación de eslavos ni de bereberes nuevos, que hubieran podido formar allí taifa, como sucedió en otros lugares, la autonomía sevillana recurrió a constituirse en torno a sus autoridades locales, de manera conjunta primero, en una especie de triunvirato formado por el cadí Muhammad b. Abbad, el alfaquí Abu Abd Alah al-Zubaydi y el visir Abu Muhammad Abd Allah b. Maryam.

Hasta esa fecha de 414/1023, Sevilla había obedecido al califa de Córdoba, significándose por su adhesión al califa Sulayman al-Mustain (m. 1016), hasta que se alzó contra él Ali b. Hammud, que sentó las bases del poder hammudí en Sevilla, durante los siete años aún en que los Hammüdíes ocuparon el califato cordobés. De puertas para adentro, la administración sevillana cumplía sus funciones, destacando entre ellos el cadí Ismail b. Abbad, nombrado cadí de Sevilla por el gran Almanzor (fallecido en 1002). Un ejemplo más de las consecuencias que tuvo, a todos los niveles, la actuación de Almanzor, como determinante de situaciones que luego se dieron en el período siguiente.

Así pues, en esa primera veintena del siglo V/XI, Ismail b. Abbad ejerció el cadiazgo en Sevilla, y aún más, desde su puesto, y ante el vacío del poder central, comenzó a actuar políticamente el papel que cada vez más empezaron a asumir los jueces andalusíes desde aquella centuria en adelante. Ibn al-Jatib nos describe así a Ismail:

... veló por el bienestar de su tierra, conduciéndola políticamente (siyasa) de forma ejemplar, hasta que las cataratas afectaron sus ojos el año 414 (marzo 1023 a marzo de 1024); fue operado, pero no le pareció permisible juzgar entre litigantes, y encargó del cadiazgo entonces a su hijo Abu l-Qasim (Muhammad), limitándose él a conducir los asuntos locales y a velar por las decisiones de la Asamblea de Notables (masyaja). No tenía parigual en ciencia, conocimientos, bellas letras y sabiduría. Defendió su ciudad de Sevilla de la acometida de los bereberes que señoreaban sus alfoces y se habían aposentado en sus alrededores; [y todo ello lo hizo] de forma correcta, con sobresaliente criterio y cuidado por los asuntos de gobierno, hasta que falleció en 414 (marzo 1023-marzo 1024).

Entretanto, el 21 de yumadà II de 414/10 de septiembre de 1023, el califa hammudi al Qasim b. Hammud, que tantos lazos había mantenido en el último sexenio con Sevilla, fue obligado a abandonar Córdoba, e intentó ser acogido por sus antes fieles sevillanos; pero éstos, ahora, le cerraron las puertas, y sellaron su autonomía, aunque mantuvieron por la fuerza nominal reconocimiento aún al califa hammudí Yahya b. Ali b. Hammud.

VIGUERA MOLINS, Mª Jesús, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo VIII-I pág. 108-109.

Muhammad b. Abbad

Datos biográficos

Régulo de Sevilla: 1023-42
Fallecimiento: 1042
Sucesor: Mutadid Abbad

Biografía

El poder único de Muhammad b. Ismail b. Abbad se afianza poco a poco, desde la enfermedad de su padre, y se consolidó cuando éste murió, tras ir apagando además las intervenciones de quienes con él compartían dicho triunvirato, y tras cortar cada vez más sus lazos con los califas hammudíes, pues en 1027 tuvo más enfrentamientos con ellos. Ya entraron en juego posiciones de partido (beréberes contra andalusíes, podemos decir, a grandes rasgos), intereses expansionistas y afán de legitimizarse como sea, recurriendo a tener por cabeza a un califa.

Así, Muhammad b. Isma'il b. Abbad empezó por tomar Beja, circunstancialmente ayudado por el señor de Carmona, en contra de los aftasíes de Badajoz, que ya se convirtieron en irreconciliables enemigos de Sevilla. En 1027, el califa hammudí Yahya b. Ali b. Hammud, secundado esta vez por el señor de Carmona, vino a exigir mayores condiciones a Sevilla, y sitió la ciudad donde prevaleció el criterio de pactar con ellos, y Muhammad b. Isma'il b. Abbad les entregó a un hijo en rehenes, reconociendo de nuevo teóricamente al ḥammudí, el cual fue pronto a ocupar la taifa de Carmona, cuyo señor ahora acudió a refugiarse en Sevilla; hasta allí le siguió el califa hammudi Yahya b. Ali, que ante aquellos muros pereció, en emboscada, en 426/noviembre de 1034 a noviembre de 1035. La independencia de Sevilla respecto a los hammudies que siguieron, y más aún, la constitución de un bloque andalusí con su propio califa —el pretendido Hisam II— frente al bloque bereber reunido todavía alrededor de los hammudies, se planteó de inmediato, por iniciativa también de Muhammad b. Ismail b. Abbad.

En el curso del 426 (noviembre de 1034-noviembre de 1035) o del 427 (noviembre 1035 octubre de 1036), este señor de Sevilla, Muhammad, tomó la decisión audaz de encumbrar en Sevilla a un califa propio, naturalmente arabe..., y no se le ocurrió nada mejor que resucitar al omeya Hisam II, figura de legitimidad prioritaria, si de verdad hubiera seguido existiendo. Ibn Hayyan, con su aguda pluma, pinta así el peregrino pero útil recurso:

Una de sus noticias más famosas [de este señor sevillano, Muhammad] es que buscaba descendientes de los omeyas en aquel tiempo, y le llegó noticia de uno que pretendía ser (el califa] Hisam b. al-Hakam [II], pues se le parecía; se contaba que había escapado de las manos de su vencedor [el califa] Sulayman [al-Mustain] y marchado a Oriente varios años, para tornar luego a al-Andalus. Ello impresionó a las gentes, por los precedentes relativos a este hombre y las dudas sobre su muerte, ya que su asesino, Sulayman [al-Mustain], dejó sin mostrar su cadáver públicamente... Así, un grupo de partidarios siguió negando su muerte, refiriendo todo género de noticias alejadas de la realidad... Contaban que [tras residir de incógnito en Córdoba y en Oriente] había regresado a al-Andalus en determinada fecha, para restaurar la dinastía omeya... La historia de este sosia de Hisam [II] se propagó por los corazones como el fuego por el carbón. Ibn Abbad trazó sus planes, aprovechando aquello, pues notaba lo poco que tenía a su favor para defenderse de su aborrecido [califa hammudi] Ibn Hammud y aprestar a las gentes a combatirlo. Anunció que Hisam (II) había reaparecido allí, y reunió a las mujeres que aún quedaban en Sevilla [procedentes] del alcázar y el harén [omeya], la mayoría de las cuales le reconoció [como a tal califa Hisam II].

La taifa de Sevilla ya tenía califa, y su dueño, Muhammad b. Ismail b. Abbad, legalidad, pues se convirtió en su hayib, y ya tenía base su pretensión expansiva, cuyo principal freno era el bloque bereber, que oponían la legalidad califal de sus hammudies. Al califa sevillano le reconocieron la taifa de Carmona (excepción entre los bereberes), y casi todos los señores eslavos (en Denia, Valencia y Tortosa), siendo excepción Zuhayr de Almería, que parece había tenido trato anterior con el presunto Hisam y le había expulsado de su taifa. Esta desclasificación costó a Zuhayr la vida, pues tampoco llegó a avenirse con Badis, y pereció en el empeño.

Entre los lejanos Tuyibies de Zaragoza, Mundir II también se resistió a reconocer a este Hisam II, y también le costó la vida. Más o menos forzadamente le reconoció Yahwar de Córdoba, donde el entusiasmo por la reaparición de Hisam II fue enorme, mas el avisado régulo cordobés envió emisarios para cerciorarse de la personalidad del reaparecido, y, poco convencido, acabó por negarle poco después su entrada en Córdoba; los sevillanos no olvidaron la afrenta que esta negativa cordobesa les supuso, pues se habían plantado incluso ante la puertas de Córdoba, llevando al pretendido Hisam II, y tuvieron que regresar a Sevilla sin haber sido acogidos.

Los últimos años de su reinado los dedicó el señor de Sevilla, Muhammad b. Ismail b. Abbad, a buscar su consolidación frente al bloque bereber, y también su expansión, guerreando contra Badajoz, contra Granada y contra los Hammudies; al partido de estos últimos se incorporó el régulo de Carmona, reforzando la coalición bereber, que, representados esta vez por fuerzas de Carmona, Granada y de los Hammudies, lograron cerca de Écija una famosa victoria contra el ejército sevillano, el 5 de octubre de 1039. Murió en aquella batalla Ismail hijo y heredero del señor sevillano, hasta entonces destacado brazo ejecutor de la política paterna y dejó así abierto el camino de la sucesión a su hermano Abbad. Pronto murió también el señor sevillano.

VIGUERA MOLINS, Mª Jesús, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo VIII-I pág. 109-110.

Mutadid b. Abbad

Datos biográficos

Régulo de Sevilla: 1042-1069
Sobrenombre: al Mutadid bi-llah
Fallecimiento: 27-II-1069
Predecesor: Muhammad b. Abbad
Sucesor: Muhammad al Mutamid

Biografía

Abu Amr Abbad b. Muhammad b. Abbad al Mutadid bi-llah, muere en Sevilla el 29-III-1069 ó el 27-II-1069 según otros cronistas. Segundo rey de la taifa de Sevilla, el más importante de su dinastía y el más poderoso de todos los reyes de taifas. Partiendo del pequeño reino constituido por su padre Abu al Qasim b. Abbad, después del desmembramiento del califato omeya de Córdoba engrandeció considerablemente su reino a costa de las taifas limítrofes, durante un reinado que duró veintiséis años, en los cuales se volvió el paladín más firme de la causa árabo-andalusí contra los beréberes.

A la muerte de su padre y primer dinasta abbadí, Abbad comenzó a reinar en Sevilla el 16-I-1042, a la edad de veintiséis años, con el título de hayib, esto es, chambelán del falso califa Hisam II —que su padre había suscitado para legitimar su poder y terminar con la división de al Andalus—. Abbad siguió todavía con la ficción de un califa omeya aposentado en Sevilla, a fin de asumir la jefatura del partido árabo-andalusí frente al partido beréber, que contaba con un califa hammudí, con más títulos que el omeya por descender del Profeta por línea directa, pero con menos tradición en al Andalus y, además, sumamente berberizado.

El supuesto califa sevillano había sido reconocido por todos los esclavones levantinos, régulos de Tortosa, Denia y Valencia, exceptuando el de Almería. También en un principio por el señor de Córdoba, e incluso por el jefe beréber de Carmona. Sevilla adquirió asó las bases legales para las pretensiones expansivas de sus reyes. Cuando Abbad accedió al trono, las condiciones estaban maduras para ese designio.

Su padre había asegurado la paz del reino y la tranquilidad de sus gentes. Contaba con los medios y los ejércitos adecuados, así como con las cualidades personales requeridas para conducir los asuntos de conquista y gobierno. Las fuentes no son nada parcas en reconocer sus cualidades o en describir sus rasgos físicos y gustos personales. Si se hace caso de Ibn ayyan, su contemporáneo, se sabe que era de hermosa apariencia, físicamente bien formado y de majestuoso porte, generoso, perspicaz y animoso. Se había preocupado de estudiar y cultivarse, dedicándose a las bellas letras; pudo así realizar composiciones poéticas que se recogieron en un poemario. No se privaba de la pompa real, tomó el título honorífico de al Mutadid bi-llah, (el que busca la ayuda de Dios) y construyó palacios elevados y fomentó cultivos productivos. Adquirió objetos preciosos [...] y se procuró esclavos.

Era además muy dado a las mujeres, las tenía de todas las categorías y procedencias, llegando a pasar por su harén unas ochocientas. Eso no le impidió hacer un matrimonio de alcance político, pues tuvo por favorita y única esposa a una hija del esclavón Muyahid al Amirí, señor de Denia y de las Baleares. Dejó al morir, además de su esposa, setenta esclavas concubinas y una descendencia de unos cuarenta hijos de ambos sexos.

Todos los principales cronistas señalan que era hombre de gran valor y que no tenía reparos en eliminar a quien se opusiera a sus planes, ya que era extremadamente cruel, hasta tal punto que se hacía enviar las cabezas de sus enemigos, con el correspondiente nombre escrito en un papel pendiente de la oreja, y tras ordenar limpiarlas y perfumarlas con ungüentos y bálsamos para que durasen, las emplazaba en picas en el jardín de su alcázar en medio de las flores.

Entre esas cabezas figuraban la de Muhammad b. Abdállah al Birzali, señor de Carmona, el conocido como llama de la sedición, otrora aliado de su padre; la de Ibn Jizrun, señor de Arcos y Sidonia, la de Ibn Nuh, señor de Morón, junto a la del califa hammudí que ellos reconocieron, Yahya b. Ali b. Hammud, así como las de otros que mató con su espada. Este jardín que llenaba los corazones de terror, según las fuentes, era para al Mutadid motivo de regocijo y orgullo.

Saliendo de los anecdótico, está claro que al Mutadid fue coherente con la situación heredada, por eso lideró el bloque anti beréber y la legalidad califal. Ni siquiera pudieron competir con él los magnates de aquellos reinos que por circunstancias históricas nacieron militarmente fuertes —por haber sido circunscripciones fronterizas en época califal—, tales como los reinos de Zaragoza y Toledo, las entidades taifales más importantes tras Sevilla en poder expansivo.

El nuevo rey de Sevilla continuó la lucha contra la taifa de Carmona, logrando en el primer año de su reinado matar en una emboscada a Muhammad Abdállah al Birzali; sin embargo, según al Udri, no pudo hacerse con ese pequeño reino hasta 1068. En una primera fase al Mutadid optó por atacar las taifas situadas al oeste de Sevilla, menos fuertes militarmente que las taifas beréberes del sur. En el segundo año de su reinado, efectivamente atacó el señorío de Mértola, aliado de sus enemigos los aftasíes de Badajoz, desalojando de allí al oscuro Ibn Tayfur en 1044; acto seguido se dirigió contra Niebla, pero no pudo tomarla; mientras que Ibn Yahya al Yahsubi, un árabe señor de la ciudad, pedía auxilio al rey de Badajoz.

El ataque del sevillano fue un toque de arma para los régulos de taifas vecinos, que, sin tardanza, organizaron una coalición en la que entraron Badajoz, Carmona, Málaga, Algeciras y Granada, cuyo rey Badis fue nombrado jefe de la alianza (otros cronistas señalan que también se unieron a esta coalición los señores de Morón y el de Arcos, e incluso el notable de Huelva Fath Allah); una alianza esta a la que al Mutadid supo hacer frente.

En realidad pronto el peso de la misma recayó en las fuerzas de Badajoz, que con suerte diversa —finalmente adversa— se opusieron a los afanes de expansión del rey de Sevilla. Luego de tres años de cruentos y terribles combates en los que el de Badajoz llevó la peor parte, gracias a la intervención mediadora del régulo de Córdoba, Abu l-Walid b. Yahwar, se logró la paz entre ambos reinos en 1051. El señor de Niebla terminó cediendo sus tierras a al Mutadid y marchó a refugiarse en Córdoba ese mismo año. La taifa fue definitivamente absorbida por Sevilla en el año 1053-1054.

Una vez asegurada la paz con el reino de Badajoz, al Mutadid se lanzó contra las pequeñas taifas del suroeste peninsular. Así, en 1051-1052 los bakríes de Huelva y Saltés se vieron obligados a cederle sus dominios y a refugiarse en Córdoba; en seguida les llegó el turno a los haruníes de Santa María del Algarve, y, en fin, a los Banu Muzayn de Silves.

Con todo, esta taifa parece que no fue dominada de forma definitiva hasta 1063. En una segunda etapa de expansión, al Mutadid decidió hacerse con los dominios de los régulos beréberes zanata, situados al sur del reino, valiéndose de una estratagema. Invitó a venir a Sevilla, con motivo de la circuncisión de alguno de sus hijos, Muhammad b. Nuh de Morón, a Abu Nur b. Abi Qurra de Ronda, y a Abdun b. Jizrun de Arcos.

Estos régulos, que ya reconocían la hegemonía del sevillano, fueron recibidos espléndidamente así como su séquito, unos doscientos caballeros entre los arráeces de sus cabilas a los que honró y alojó en uno de sus palacios. Según Ibn Idari, el tercer día permitió al Mutadid que entraran ante él los tres régulos, a los que enseguida reprochó su poca diligencia en la guerra contra sus enemigos. Finalmente el Rey sevillano mandó encarcelarlos y, tras tenerlos en prisión durante un tiempo considerable a ellos y a sus hombres, el Rey los hizo liberar a todos, considerado el castigo suficiente, y los colmó de honores y dádivas. Mandó, en fin, que los llevasen al baño antes del banquete preparado para la ocasión. Los esclavos los perfumaron y después los dejaron para que se solazasen. Mientras se hallaban allí los régulos de Arcos y de Morón con sus emires, en total unos sesenta hombres, se tapiaron la entrada del baño y los respiraderos y se atizó la caldera, pereciendo todos los encerrados en el baño asfixiados (por mandato de al Mutadid, Abu Nur de Ronda no se hallaba entre ellos, puesto que siempre se había conducido como buen aliado y no se había unido antaño a la coalición beréber).

Al Mutadid atacó entonces Algeciras, cuyo señor hammudí al Qasim b. Muhammad, ostentaba el título califal; más, sin recursos para defenderse, no pudo sino entregar la ciudad en 1055 y refugiarse en Córdoba; luego le tocó el turno a Ronda y Morón en 1066; Arcos fue tomada en diciembre de 1066; Carmona caería finalmente en sus manos en 1068.

Al Mutadid, después de deshacerse del califa hammudí de Algeciras, prescindió del falso Hisam II, que seguía oficialmente a la cabeza del reino sevillano, haciendo saber que el califa había muerto en 1044, pero metido en guerras no había creído conveniente revelarlo en ese momento. No obstante, al Mutadid siguió acuñando sus monedas con el nombre del califa Hisam II hasta 1069, año de la muerte del Rey. Su hijo y sucesor al Mutamid, como algunos otros reyes taifas, hizo figurar en el numerario el nombre califal de Abdállah, invocando así la supremacía ficticia de un califa del todo inexistente.

La última década de la vida de al Mutadid fue bastante sombría: su hijo y heredero Ismail, que tanto había colaborado con su padre en las conquistas conduciendo ejércitos, se rebeló contra él instigado por su consejero Abu Abdállah al Bizilyani, un emigrado, malagueño intrigante y ambicioso, que sabedor de las malas relaciones entre el Rey y su hijo, incitó al segundo a hacerse con su propia taifa.

Así, en vez de ir en campaña hacia Córdoba, Ismail regresó a Sevilla aprovechando que su padre se hallaba en el palacio-fortaleza de al Zahir, una de sus residencias palaciegas al otro lado del Guadalquivir, y se adueñó de cuanto pudo en el palacio de la capital, llevándose a su madre y a un grupo de mujeres del harén en dirección a Algeciras, Al Mutadid, enterado del hecho, ordenó a los jefes de los castillos que se hallaban en el camino de Sevilla a Algeciras, que cerraran las puertas al rebelde.

Ibn Idari da cuenta pormenorizada de esta aventura. Refugiado en la fortaleza del alcalde Abu Ayyub, conocido por al Hassadi, en el distrito de Sidonia, este le instó a que se entregase al Rey y le pidiera perdón, mientras él se servía de mediador. Al Mutadid lo hizo volver a Sevilla con la gente que le acompañaba y, aunque perdonó al príncipe, ordenó que le cortaran la cabeza al consejero de su hijo y a otros cómplices de la traición.

Aun cuando al Mutadid hubiese retirado el trato a su hijo, le restituyó sus bienes, e incluso acrecentó sus dádivas. Ismail, desconfiando de su padre, intentó un golpe de estado, previo asesinato del Rey, pero la nueva acción no tuvo éxito. Y esta vez nada pudo salvar al príncipe y a los que les secundaron, pues parece que al Mutadid los mató por su propia mano. Esto fue seguido de las ejecuciones de otros partidarios de su hijo, esclavos e incluso mujeres del harén. Esto ocurría en el año 1068-1069.

Este parricidio fue considerado por los andalusíes como una impiedad, y al Mutadid tuvo que dirigir un escrito a la comunidad de sus aliados a fin de justificar su muerte. El Rey nombró heredero a su hijo Muhammad, el futuro al Mutamid, el rey poeta, mucho menos dotado que su hermano para los asuntos militares y políticos. Pronto su padre tuvo prueba de ello.

Los malagueños, deseosos de quitarse el yugo granadino, tomaron partido por al Mutadid, entonces el Rey dirigió hacia Málaga sus escuadrones al mando de sus hijos Muhammad y Yabir, pero estos no fueron capaces de desalojar a la milicia negra que se había refugiado en lo alto de la alcazaba, en el Gibralfaro. Sin tomar las medidas necesarias los príncipes se apresuraron a festejar por anticipado la conquista.

Los de la alcazaba, mientras, hicieron llegar un mensaje a su rey Badis, y este los socorrió con un ejército que atrapó a los sevillanos entre la ciudad y la campiña. Los granadinos hicieron una carnicería en las tropas del Rey de Sevilla. Mientras los dos príncipes se retiraron vencidos a Ronda, no atreviéndose a entrar en Sevilla por miedo al castigo de su padre.

Desde allí, Muhammad envió una composición poética a su progenitor, que luego fue fue conocida, implorando su benevolencia. No obstante, mayor peligro suponía para al Mutadid la política agresiva de Fernando I, que tras unir Castilla y León, se había empeñado con terminar con la existencia de al Andalus. Iniciando sus campañas en el año 1055 por las fronteras norteñas andalusíes, conquistó Lamego y Viseo en 1057, para terminar con la toma de Coimbra en 1064, a costa del reino de los aftasíes de Badajoz.

Fernando I, viendo la debilidad militar andalusí, había realizado incursiones por los reinos de Toledo y Zaragoza, y en el curso del año 1063 llegó a tierras sevillanas saqueándolas. Al Mutadid se vio obligado a comprar la paz al castellano mediante el pago de un tributo anual. Sevilla, el reino más extenso y poderoso de al Andalus, se convirtió así en un reino tributario de Castilla, sometido y humillado a pagar parias.

Al Mutadid, al final de su reinado, parece que intuyó, según recoge Ibn Bassam, el peligro que supondría para su reino el irresistible avance de los almorávides por el oeste del Magreb, que por entonces se hallaban en las llanuras de Marrakech, donde fundarían dicha ciudad. Los rumores y las misivas que le llegaban de su inmenso poder, le llevaron a ordenar a su gobernador en Algeciras que pusiera vigilancia en Gibraltar y se prestase a reforzar sus defensas.

De hecho, con el propio al Mutadid empezaba la decadencia de su reino y, aunque él no conociera su fin —puesto que luego de ver morir a su hija más querida, murió fulminado por una angina de pecho en 1069, a los 57 años— todavía su hijo reinaría veintidós años más, dejaba a su heredero un país próspero, sí; pero también un reino tributario de Castilla, con la amenaza latente de una conquista cristiana por el norte, o la de la absorción almorávide por el sur, que fue lo que sucedió.

MAÍLLO SALGADO, Felipe, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XXXVII, págs. 233-237.