Taifa de Sevilla

Índice

Historia de la taifa
Régulos de Sevilla
Muhammad b. Abbad, 1023-42
Mutadid Abbad, 1042-69
Muhammad Mutamid, 1069-91

La taifa

Al final, consideraremos la historia de esta taifa de Sevilla, que se expandió tanto por el sur de al-Andalus, incorporando varias taifas a sus dominios, que acaso, si así hubiera seguido habría llegado a constituir un nuevo al-Andalus reunido, si bien bastante le faltaba para ello por más que lo intentó no sólo por expansiones armadas, sino invitando al resto a reconocer a su califa, en la ficción que para su dominio forjó. Con todo, las fuentes suelen calificar a estos reyes sevillanos como los más importantes de todos.

Sevilla se convirtió en taifa, bastante avanzado el siglo, a través de un proceso representativo de un territorio que se mantuvo vinculado al poder central hasta el año 1023, y sólo se soltó cuando no pudo más; sin recibir desde fuera ocupación de eslavos ni de bereberes nuevos, que hubieran podido formar allí taifa, como sucedió en otros lugares, la autonomía sevillana recurrió a constituirse en torno a sus autoridades locales, de manera conjunta primero, en una especie de triunvirato formado por el cadí Muhammad b. Abbad, el alfaquí Abu Abd Alah al-Zubaydi y el visir Abu Muhammad Abd Allah b. Maryam.

Hasta esa fecha de 414/1023, Sevilla había obedecido al califa de Córdoba, significándose por su adhesión al califa Sulayman al Mustain (m. 1016), hasta que se alzó contra él Ali b. Hammud, que sentó las bases del poder hammudí en Sevilla, durante los siete años aún en que los Hammüdíes ocuparon el califato cordobés. De puertas para adentro, la administración sevillana cumplía sus funciones, destacando entre ellos el cadí Ismail b. Abbad, nombrado cadí de Sevilla por el gran Almanzor (fallecido en 1002). Un ejemplo más de las consecuencias que tuvo, a todos los niveles, la actuación de Almanzor, como determinante de situaciones que luego se dieron en el período siguiente.

Así pues, en esa primera veintena del siglo V/XI, Ismail b. Abbad ejerció el cadiazgo en Sevilla, y aún más, desde su puesto, y ante el vacío del poder central, comenzó a actuar políticamente el papel que cada vez más empezaron a asumir los jueces andalusíes desde aquella centuria en adelante. Ibn al-Jatib nos describe así a Ismail:

... veló por el bienestar de su tierra, conduciéndola políticamente (siyasa) de forma ejemplar, hasta que las cataratas afectaron sus ojos el año 414 (marzo 1023 a marzo de 1024); fue operado, pero no le pareció permisible juzgar entre litigantes, y encargó del cadiazgo entonces a su hijo Muhammad b. Abbad, limitándose él a conducir los asuntos locales y a velar por las decisiones de la Asamblea de Notables (masyaja). No tenía parigual en ciencia, conocimientos, bellas letras y sabiduría. Defendió su ciudad de Sevilla de la acometida de los bereberes que señoreaban sus alfoces y se habían aposentado en sus alrededores; [y todo ello lo hizo] de forma correcta, con sobresaliente criterio y cuidado por los asuntos de gobierno, hasta que falleció en 414 (marzo 1023-marzo 1024).

Entretanto, el 21 de yumadà II de 414/10 de septiembre de 1023, el califa hammudi al Qasim b. Hammud, que tantos lazos había mantenido en el último sexenio con Sevilla, fue obligado a abandonar Córdoba, e intentó ser acogido por sus antes fieles sevillanos; pero éstos, ahora, le cerraron las puertas, y sellaron su autonomía, aunque mantuvieron por la fuerza nominal reconocimiento aún al califa hammudí Yahya b. Ali b. Hammud.

El poder único de Muhammad b. Ismail b. Abbad se afianza poco a poco, desde la enfermedad de su padre, y se consolidó cuando este murió, tras ir apagando además las intervenciones de quienes con él compartían dicho triunvirato, y tras cortar cada vez más sus lazos con los califas hammudíes, pues en 1027 tuvo más enfrentamientos con ellos. Ya entraron en juego posiciones de partido (bereberes contra andalusíes, podemos decir, a grandes rasgos), intereses expansionistas y afán de legitimizarse como sea, recurriendo a tener por cabeza a un califa.

Así, Muhammad b. Ismail b. Abbad empezó por tomar Beja, circunstancialmente ayudado por el señor de Carmona, en contra de los aftasíes de Badajoz, que ya se convirtieron en irreconciliables enemigos de Sevilla. En 1027, el califa hammudí Yahya b. Ali, secundado esta vez por el señor de Carmona, vino a exigir mayores condiciones a Sevilla, y sitió la ciudad. donde prevaleció el criterio de pactar con ellos, y Muhammad b. Ismail b. Abbad les entregó a un hijo en rehenes, reconociendo de nuevo teóricamente al hammudí, el cual fue pronto a ocupar la taifa de Carmona, cuyo señor ahora acudió a refugiarse en Sevilla; hasta allí le siguió el califa hammudi Yahya b. Ali, que ante aquellos muros pereció, en emboscada, en 426/noviembre de 1034 a noviembre de 1035. La independencia de Sevilla respecto a los hammudies que siguieron, y más aún, la constitución de un bloque andalusí con su propio califa —el pretendido Hisam II— frente al bloque bereber reunido todavía alrededor de los hammudies se planteó de inmediato, por iniciativa también de Muhammad b. Ismail b. Abbad.

En el curso del 426 (noviembre de 1034-noviembre de 1035) o del 427 (noviembre 1035-octubre de 1036), este señor de Sevilla, Muhammad, tomó la decisión audaz de encumbrar en Sevilla a un califa propio, naturalmente árabe..., y no se le ocurrió nada mejor que resucitar al omeya Hisam II, figura de legitimidad prioritaria, si de verdad hubiera seguido existiendo. Ibn Hayyan, con su aguda pluma, pinta así el peregrino pero útil recurso:

Una de sus noticias más famosas [de este señor sevillano, Muhammad] es que buscaba descendientes de los omeyas en aquel tiempo, y le llegó noticia de uno que pretendía ser [el califa] Hisam b. al-Hakam [II], pues se le parecía; se contaba que había escapado de las manos de su vencedor [el califa] Sulayman [al-Mustain] y marchado a Oriente varios años, para tornar luego a al-Andalus. Ello impresionó a las gentes, por los precedentes relativos a este hombre y las dudas sobre su muerte, ya que su asesino, Sulayman [al-Mustain], dejó sin mostrar su cadáver públicamente... Así, un grupo de partidarios siguió negando su muerte, refiriendo todo género de noticias alejadas de la realidad... Contaban que tras residir de incógnito en Córdoba y en Oriente) había regresado a al-Andalus en determinada fecha, para restaurar la dinastía omeya... La historia de este sosia de Hisam [II] se propagó por los corazones como el fuego por el carbón. Ibn Abbad trazó sus planes, aprovechando aquello, pues notaba lo poco que tenía a su favor para defenderse de su aborrecido [califa hammudí] Ibn Hammud y aprestar a las gentes a combatirlo. Anunció que Hisam [II] había reaparecido allí, y reunió a las mujeres que aún quedaban en Sevilla (procedentes del alcázar y el haren [omeya], la mayoría de las cuales le reconoció [como a tal califa Hisam II].

La taifa de Sevilla ya tenía califa, y su dueño, Muhammad b. Ismail b. Abbad, legalidad, pues se convirtió en su haýib; y ya tenía base su pretensión expansiva, cuyo principal freno era el bloque bereber, que oponían la legalidad califal de sus hammudies. Al califa sevillano le reconocieron la taifa de Carmona (excepción entre los bereberes), y casi todos los señores eslavos (en Denia, Valencia y Tortosa), siendo excepción Zuhayr de Almería, que parece había tenido trato anterior con el presunto Hisam y le había expulsado de su taifa. Esta desclasificación costó a Zuhayr la vida, pues tampoco llegó a avenirse con Badis b. Habus, y pereció en el empeño.

Entre los lejanos Tuyibies de Zaragoza, Mundir Yahya Muizz también se resistió a reconocer a este Hisam II, y también le costó la vida. Más o menos forzadamente le reconoció Yahwar de Córdoba, donde el entusiasmo por la reaparición de Hisam II fue enorme: mas el avisado régulo cordobés envió emisarios para cerciorarse de la personalidad del reaparecido, y, poco convencido, acabó por negarle poco después su entrada en Córdoba; los sevillanos no olvidaron la afrenta que esta negativa cordobesa les supuso, pues se habían plantado incluso ante las puertas de Córdoba, llevando al pretendido Hisam II, y tuvieron que regresar a Sevilla sin haber sido acogidos.

Los últimos años de su reinado los dedicó el señor de Sevilla, Muhammad b. Ismail b. Abbad, a buscar su consolidación frente al bloque bereber, y también su expansión, guerreando contra Badajoz, contra Granada y contra los Hammudies; al partido de estos últimos se incorporó el régulo de Carmona, reforzando la coalición bereber, que, representados esta vez por fuerzas de Carmona, Granada y de los Hammudies, lograron cerca de Écija una famosa victoria contra el ejército sevillano, el 5 de octubre de 1039.144. Murió en aquella batalla Ismail, hijo y heredero del señor sevillano, hasta entonces destacado brazo ejecutor de la política paterna, y dejó así abierto el camino de la sucesión a su hermano Abbad. Pronto murió también el señor sevillano, en 433/1042.

Abbad b. Muhammad b. Ismail b. Abbad empezó a ejercer como soberano en Sevilla, sucediendo a su padre, a finales de yumada I 433/25 de enero de 1042. Las fuentes le describen de forma bastante positiva, siguiendo en ello a la pluma de Ibn Hayyan, que parece tenerle temerosa admiración:

Abbad estaba dotado de hermosa apariencia, perfecta constitución e imponente aspecto, era generoso, perspicaz y agudo, de intuición certera, superando en ello a sus semejantes; además prestaba atención a las bellas letras, con constancia y sagaz disposición, de modo que llegó a adquin un buen bagaje en la materia... Era hombre de gran valor, inmensa resistencia y enorme vigor, que no reparaba en derramar sangre.

Otras fuentes transmiten otros rasgos: su afán guerrero, que nunca se apagaba, sus argucias con los otros señores, su gusto por atesorar riqueza, para comprarse objetos principescos y alzar magníficos alcázares, pagar tropas escogidas y poner en explotación feraces campos. A la vez, se resalta su afición por las mujeres, de todas las categorías, llegando a tener lleno su harén, pero supo hacer una elección matrimonial de alcance político, teniendo por favorita y única esposa a una hija de Muyahid, rey de Denia.

Había heredado, y supo continuarla, una situación dada: encabezamiento del bloque anti bereber y mantenimiento de la legalidad califal. Ambos ejes los siguió utilizando para multiplicar los logros expansivos, iniciados por su padre. Para empezar continuó la lucha con la taifa de Carmona, haciendose endémica esta querella, no resuelta a favor de Sevilla hasta 1067, dos años antes de la muerte de Abbad, quien adoptó, por cierto, un gran título honorífico, el de al Mutadid, y así le llamaremos en estas páginas.

Las etapas expansivas estuvieron geográficamente calculadas: primero fueron atacadas las pequeñas taifas situadas al oeste de Sevilla. En golpe fulminante fue ocupada Mértola, en 436/1044-45, cuyo régulo osó años antes ayudar a los de Beja contra Sevilla. Luego fue tomada Niebla, cuyo regulo recurrió a la coalición de Badajoz, Carmona, Granada y Málaga, sonadamente derrotados por al Mutadid, alcanzando la crisis tan graves proporciones que sólo el empeño pacífico de Ibn Yahwar de Córdoba logró que no se quebrara la tierra de al Andalus en el conflicto. El señor de Niebla cedió sus tierras a al Mutadid, y marchó a refugiarse en Córdoba, en marzo de 443/julio-agosto de 1051. La taifa pasó definitivamente a Sevilla en 1053-54.

A continuación los ejércitos sevillanos tomaron Huelva, y en seguida Saltés, en 443 ó 444/1051-53, en que también ocuparon la taifa de Santa María del Algarve, y en 444/1052-53 o en sawwal de 455/septiembre-octubre de 1063, fue conquistada Silves.

El turno correspondió entonces a las taifas del cinturón bereber por el este y el sur: Algeciras, en 1054-55; Ronda, 1064-66; Morón, 1056-66: Carmona, 1066-67, y Arcos, 1068-69.

Quitado así de en medio el califa hammudí de Algeciras, cuando al Mutadid tomó aquella taifa, se decidió por su parte a prescindir también del suyo, del presunto Hisam II, que seguía al frente bien teórico del Estado sevillano, hasta que ya no se necesitó más ficción califal. Esto debió ocurrir en enero-febrero de 1060, y el señor sevillano se decidió entonces a declarar que su califa había muerto, en 1044, pero que no había creído conveniente revelarlo hasta entonces; el pasaje donde esto se describe es totalmente expresivo:

Cuéntase que [al Mutadid] convocó a los principales personajes de su corte y les anunció la muerte de su imam Hisam; les aclaró que había fallecido tiempo atrás de una enfermedad crónica, y les explicó que la situación de guerra era tan crítica entre él y los otros soberanos de al-Andalus que se le oponían, que fue impedimento para revelar la muerte de este imam y hacerle funerales públicos... Se cuenta también que escribió a los soberanos de al-Andalus que reconocían obediencia al pretendido Hisam, y les comunicó su fallecimiento.

Desde 450/1058-59 la estrella de al Mutadid sufrió un eclipse, por el complot que contra él organizó su hijo y nombrado heredero Ismail, tras oponerse a partir en campaña sobre Córdoba. Airado, al Mutadid hizo decapitar a Ismail, tomando su sitio un segundo hijo, Muhammad, que sucederá a su padre con el título de al Mutamid, el famoso rey poeta, que sin duda poseía menores cualidades guerreras e incluso políticas que su desgraciado hermano Ismail, como empezó a demostrar en seguida, fracasando en el intento sevillano de apoderarse de Málaga.

A esta triste mengua intenor vino a añadirse otra exterior, como fue la irresistible ascensión del reino unido de León y Castilla en la persona de Fernando I, lanzado a la conquista de tierras andalusíes desde 1055 ó 1057; seis años después se avino al Mutadid a pagarle parias, con un realismo político que los historiadores le reconocen, quizá con exceso, describiendo incluso su anticipada intuición del futuro socorro y tambien peligro que representarán los almorávides. La noticia de tanta premonición la recoge Ibn Bassam y refleja bien la situación dubitativa de las taifas entre la sumisión a los reinos cristianos y la todavía lejana aurora almorávide:

Todos cuentan que entró a verle un día uno de sus visires y tenía [al Mutadid] ante él un escrito en que demoraba la vista; era una carta de Suqut, señor de Ceuta, comunicándole que los velados llamados almorávides habían llegado con sus vanguardias hasta la llanura de Marrakech; y el citado visir vino a decirle, más o menos: ¿Y qué se nos da de la llanura de Marrakech?, ¿que nos importa que la hayan ocupado?...; pero al Mutadid le repuso: Es algo que me preocupa y asusta; ya verás si vives lo bastante. Escribe a fulano —es decir, a su gobernador en Algeciras— que ponga vigilancia en Gibraltar hasta que lleguen órdenes mías, de que se apreste a reforzarlo... aunque todo tiene su término establecido

A los cincuenta y siete años murió al Mutadid, en la noche del sábado 2 yumadà I de 461/27 de febrero de 1069. Le sucedió su hijo Muhammad, nacido en 1039, en Beja. Cultivadísimo, excelente poeta, siendo muy joven, su padre le había designado gobernador de Huelva, luego de Silves. En Silves fue su mano derecha Ibn Ammar, oriundo de una alquería próxima, hábil poeta ambicioso personaje que acabó traicionándole; juntos conocieron a la esclava Rumaykiyya, con la que se casó al Mutamid, y que llevó el título de Gran Señora (al Sayyida al Kubra), teniendo importancia en aquel escenario lírico, cruzado también por la tragedia del que pronto se apoderó la leyenda y con proyección que asoma incluso en creaciones literarias contemporáneas, como en las de Blas Infante y Sánchez Albornoz".

Continuó la expansión sevillana. Al fin logró tomar Córdoba, aprovechando, como vimos en su lugar, la llamada de socorro que le hizo Ibn Yahwar; en 461/1069-70 las tropas de al Mutamid le proclamaron en la antigua capital del califato, cuyo gobierno entregó a su hijo el hayib Abbad Siraj al-Dawla, ayudado por el caíd Muhammad b. Martin; pero en 467/1075, Sevilla perdió Córdoba, porque allí se alzó a favor de al Mamun, señor de Toledo, el caíd de un castillo cordobés. Hakam b. Ukasa, y atajándole pereció el hijo de al Mutamid. Luego, muerto al Mamun el señor sevillano logró de nuevo Córdoba, en 469/1076-77, o quizá en 1078, y allá volvió a colocar como gobernador a un hijo, esta vez al-Fath, que morirá defendiendo la plaza frente a los almorávides, en marzo de 1091.

Por de pronto, recuperada Córdoba, y ante la incapacidad de al Qadir, señor de Toledo, le fue ganando a este territorio, entre el Guadalquivir y el Guadiana, por las actuales Ciudad Real e incluso Cuenca. Además, y por iniciativa quizá de su todavía amigo y visir Ibn Ammar de Silves, acabó también ocupando Murcia, y la dominó intermitentemente, acuñando allí incluso moneda a su nombre.

La presión cristiana sobre las taifas arreciaba. El señor sevillano intentaba sin éxito evadir algo del peso de las parias. Algún conflicto al respecto llevó a Alfonso VI a algarear el Aljarafe y a tener incluso sitiada Sevilla durante tres días, quizá hasta a asomarse retador, por la punta de Tarifa, en 1084 ó 1085. Sobrevino luego el golpe, terrible para los andalusíes, de la conquista de Toledo, el 10 muharram de 478/6 de mayo de 1085. Los principales reyes de taifas, y entre ellos al Mutamid, decidieron pedir claramente ayuda al emir almorávide Yusuf b. Tasufin, en situación que recrea una crónica del siglo XIII/XIV, con superposición de una fantasía que no cierra del todo el fondo real de lo ocurrido:

Estando a solas (al Mutamid) con su hijo y presunto heredero, al Rasid Abu l-Hasan Ubayd Allah, le dijo: ¡Ubayd Allah!, somos extraños en este al-Andalus, entre un mar tenebroso y un enemigo malvado, no tenemos quien nos valga y ayude, sino Dios, ensalzado sea, pues nuestros compañeros y vecinos, los otros reyes de al Andalus, de nada nos sirven, ni ayuda ni defensa ninguna puede de ellos esperarse si algún mal nos ocurriese o nos atacase algún gran enemigo. Ahí tienes a ese maldito Alfonso (VI), que ha cogido Toledo de manos de Ibn Di l-Nun, (cuya familia la tenía desde hacía setenta y siete años, convirtiéndose en morada de infieles, y ahora torna su cabeza hacia nosotros, y, si nos asedia con sus tropas, no se partirá hasta tomar Sevilla. Por esto nos parece conveniente enviar una embajada a este sahariano (emir almorávide), rey del Magreb, invitándole a venir a defendernos de ese perro maldito, pues nosotros solos no podemos. Nuestras parias se han desperdiciado, nuestros soldados desaparecido y nos odian tanto las clases poderosas como el vulgo. Al Rasid le respondió: Padre, ¿vas a introducir contra nosotros, en nuestro alAndalus, a quien robe nuestro reino y nos disperse? Y [al Mutamid] contestó: ¡Hijo mío, por Dios, que no ha de oirse decir de mí jamás que yo convertí al Andalus en morada de infieles ni se la dejé a los cristianos, para que no se me maldiga desde los almimbares del islam, como ocurre con otros! ¡Por Dios, prefiero cuidar camellos (en Africa) que cerdos (en Castilla).

Entre las varias delegaciones que acudieron al Magreb en busca de auxilio, conocemos la integrada por el cadí de Badajoz, Abu Ishaq b. al-Muqana; por el cadí de Granada, Abu Yafar al-Qulay; por el cadí de Córdoba, Ubayd Allah b. Adham; por el visir sevillano Ibn Zaydun, y quizá por el secretario Ibn al-Qasira 359. Ibn Simak, en su crónica del siglo XIV al-Hulal almawsiyya, ha pergeñado las misivas cruzadas entre al Mutamid y otros protagonistas del momento, alrededor de todos estos acontecimientos.

El emir almorávide solicitó a al Mutamid que le cediera Algeciras, para instalarse allí, y cruzó el Estrecho. A su ejército se unieron los reyes de las taifas de Granada, Almería, Sevilla y Badajoz, señaladamente, con tropas, y avanzaron hacia el Norte, encontrándose frente a Alfonso VI, cerca de Badajoz, en la batalla de Sagrajas o Zallaqa, el 12 de ragab de 479/23 de octubre de 1086. Ganada la batalla, volvió Yusuf b. Tasufin al Magreb, pero dejó algunos soldados a al Mutamid; este los usó en disensiones internas, pues atacó a Ibn Rasīq de Murcia, reticente en reconocerle por soberano, pero un contingente cristiano le salió al paso y derrotó.

La incapacidad política, militar y económica de los andalusíes, entonces, se manifestó además en que algunas taifas, y entre ellas Sevilla, volvieron a tratar con Alfonso VI, que ahora atacaba a al Mutamid por la zona de Aledo.Así que, en 1089, regresó el emir almorávide, aunque entonces fracasó ante aquel castillo de Aledo, por culpa principal de las disensiones taifas. En seguida Yusuf b. Tasufin decidió acabar con aquella situación, apoderándose de las taifas, y comenzó por Granada, en noviembre de 1090. Pronto le llegó el turno a Sevilla; los almorávides comenzaron por apoderarse de Tarifa, en diciembre de 1090, y, a las órdenes de Sir b. Abi Bakr, avasallaron la cuenca del Guadalquivir, para instalarse en asedio de Sevilla, desde mayo de 1091; al cabo, Sīr entró por la fuerza, tras haber mantenido tratos con algunos sevillanos; pero no se respetó la inviolabilidad de los hogares, por la violencia incontenible de las tropas almorávides que habían soportado tanta resistencia (sevillana) alrededor de su rey. Sīr estaba tan impresionado del ardor de los sevillanos en los combates, que exclamaba: ¡Si hubiese atacado una ciudad cristiana, no hubiese hallado tanta resistencia!

El 7 o el 9 de septiembre de 1091, 20 ó 22 raġab de 484, ocuparon Sevilla los almorávides, apresando a al Mutamid y a su familia, mermada por la guerra, pues parte de sus hijos había caído o caerían luchando, allí o en otras plazas, frente a los magrebíes. Yusuf b. Tasufin, tras consultar con los alfaquíes, como siempre, decidió desterrar al norte de África al soberano de Sevilla, destronado, con su más próxima familia. En Agmat, allá en el Atlas, murió este rey poeta, cuatro años después de perder Sevilla. Ibn al Jatib visitó su sepulcro, tres siglos después, y de su prueba dejó escrito:

Se le desterró, encadenado, desposeído de poder y privado de reino, tras ocurrirle tragedias... Se estableció en Agmat, ganando su sustento del trabajo de rueca de sus hijas. Calamidades de todos sabidas le ocurrieron, que oírlas lleva a despreciar otros reveses de fortuna y cualquier suceso. En Agmat murió su querida esposa [Rumaykiyya], por cuyo duelo, como también en epitafio de sí mismo, sobre sus votos por reunirse prontamente con ella, evocando su primer encuentro, su vida y los reveses padecidos, compuso versos que el corazón conmueven, el alma parten y consuelan de las pérdidas que en el mundo se sufren.
VIGUERA MOLINS, Mª Jesús, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo VIII-I pág. 108-114.

Muhammad b. Abbad

Datos biográficos

Régulo de Sevilla: 1023-42
Sucesor: Mutadid Abbad

Biografía

El poder único de Abu al-Qasim Muhammad ibn Abbad se afianza poco a poco, desde la enfermedad de su padre, y se consolidó cuando éste murió, tras ir apagando además las intervenciones de quienes con él compartían dicho triunvirato, y tras cortar cada vez más sus lazos con los califas hammudíes, pues en 1027 tuvo más enfrentamientos con ellos. Ya entraron en juego posiciones de partido (beréberes contra andalusíes, podemos decir, a grandes rasgos), intereses expansionistas y afán de legitimizarse como sea, recurriendo a tener por cabeza a un califa.

Así, Abu al-Qasim Muhammad ibn Abbad empezó por tomar Beja, circunstancialmente ayudado por el señor de Carmona, en contra de los aftasíes de Badajoz, que ya se convirtieron en irreconciliables enemigos de Sevilla. En 1027, el califa hammudí Yahya b. Ali b. Hammud, secundado esta vez por el señor de Carmona, vino a exigir mayores condiciones a Sevilla, y sitió la ciudad donde prevaleció el criterio de pactar con ellos, y Muhammad ibn Abbad les entregó a un hijo en rehenes, reconociendo de nuevo teóricamente al hammudí, el cual fue pronto a ocupar la taifa de Carmona, cuyo señor ahora acudió a refugiarse en Sevilla; hasta allí le siguió el califa hammudi Yahya Ali b. Hammud, que ante aquellos muros pereció, en emboscada, en 426/noviembre de 1034 a noviembre de 1035.

La independencia de Sevilla respecto a los hammudies que siguieron, y más aún, la constitución de un bloque andalusí con su propio califa —el pretendido Hisam II— frente al bloque bereber reunido todavía alrededor de los hammudies, se planteó de inmediato, por iniciativa también de Muhammad ibn Abbad. En el curso del 426 (noviembre de 1034-noviembre de 1035) o del 427 (noviembre 1035 octubre de 1036), este señor de Sevilla, Muhammad, tomó la decisión audaz de encumbrar en Sevilla a un califa propio, naturalmente arabe..., y no se le ocurrió nada mejor que resucitar al omeya Hisam II, figura de legitimidad prioritaria, si de verdad hubiera seguido existiendo. Ibn Hayyan, con su aguda pluma, pinta así el peregrino pero útil recurso:

Una de sus noticias más famosas [de este señor sevillano, Muhammad] es que buscaba descendientes de los omeyas en aquel tiempo, y le llegó noticia de uno que pretendía ser (el califa] Hisam b. al-Hakam [II], pues se le parecía; se contaba que había escapado de las manos de su vencedor [el califa] Sulayman [al-Mustain] y marchado a Oriente varios años, para tornar luego a al-Andalus. Ello impresionó a las gentes, por los precedentes relativos a este hombre y las dudas sobre su muerte, ya que su asesino, Sulayman [al-Mustain], dejó sin mostrar su cadáver públicamente... Así, un grupo de partidarios siguió negando su muerte, refiriendo todo género de noticias alejadas de la realidad... Contaban que [tras residir de incógnito en Córdoba y en Oriente] había regresado a al-Andalus en determinada fecha, para restaurar la dinastía omeya... La historia de este sosia de Hisam [II] se propagó por los corazones como el fuego por el carbón. Ibn Abbad trazó sus planes, aprovechando aquello, pues notaba lo poco que tenía a su favor para defenderse de su aborrecido [califa hammudi] Yahya Ali b. Hammud y aprestar a las gentes a combatirlo. Anunció que Hisam (II) había reaparecido allí, y reunió a las mujeres que aún quedaban en Sevilla [procedentes] del alcázar y el harén [omeya], la mayoría de las cuales le reconoció [como a tal califa Hisam II].

La taifa de Sevilla ya tenía califa, y su dueño, Muhammad b. Ismail b. Abbad, legalidad, pues se convirtió en su hayib, y ya tenía base su pretensión expansiva, cuyo principal freno era el bloque bereber, que oponían la legalidad califal de sus hammudies. Al califa sevillano le reconocieron la taifa de Carmona (excepción entre los bereberes), y casi todos los señores eslavos (en Denia, Valencia y Tortosa), siendo excepción Zuhayr de Almería, que parece había tenido trato anterior con el presunto Hisam y le había expulsado de su taifa. Esta desclasificación costó a Zuhayr la vida, pues tampoco llegó a avenirse con Badis b. Habus, y pereció en el empeño.

Entre los lejanos Tuyibies de Zaragoza, Mundir Yahya Muizz también se resistió a reconocer a este Hisam II, y también le costó la vida. Más o menos forzadamente le reconoció Abu al Hazm Yahwar de Córdoba, donde el entusiasmo por la reaparición de Hisam II fue enorme, mas el avisado régulo cordobés envió emisarios para cerciorarse de la personalidad del reaparecido, y, poco convencido, acabó por negarle poco después su entrada en Córdoba; los sevillanos no olvidaron la afrenta que esta negativa cordobesa les supuso, pues se habían plantado incluso ante la puertas de Córdoba, llevando al pretendido Hisam II, y tuvieron que regresar a Sevilla sin haber sido acogidos.

Los últimos años de su reinado los dedicó el señor de Sevilla, Muhammad b. Ismail b. Abbad, a buscar su consolidación frente al bloque bereber, y también su expansión, guerreando contra Badajoz, contra Granada y contra los Hammudies; al partido de estos últimos se incorporó el régulo de Carmona, reforzando la coalición bereber, que, representados esta vez por fuerzas de Carmona, Granada y de los Hammudies, lograron cerca de Écija una famosa victoria contra el ejército sevillano, el 5 de octubre de 1039. Murió en aquella batalla Ismail hijo y heredero del señor sevillano, hasta entonces destacado brazo ejecutor de la política paterna y dejó así abierto el camino de la sucesión a su hermano Mutadid Abbad. Pronto murió también el señor sevillano.

VIGUERA MOLINS, Mª Jesús, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo VIII-I pág. 109-110.