Mutadid b. Abbad

Datos biográficos

Régulo de Sevilla: 1042-1069
Sobrenombre: al Mutadid bi-llah
Predecesor: Muhammad b. Abbad
Sucesor: Muhammad al Mutamid

Biografía

Abu Amr Abbad b. Muhammad b. Abbad al Mutadid bi-llah, muere en Sevilla el 29-III-1069 ó el 27-II-1069 según otros cronistas. Segundo rey de la taifa de Sevilla, el más importante de su dinastía y el más poderoso de todos los reyes de taifas. Partiendo del pequeño reino constituido por su padre Muhammad b. Abbad, después del desmembramiento del califato omeya de Córdoba engrandeció considerablemente su reino a costa de las taifas limítrofes, durante un reinado que duró veintiséis años, en los cuales se volvió el paladín más firme de la causa árabo-andalusí contra los beréberes.

A la muerte de su padre y primer dinasta abbadí, Abbad comenzó a reinar en Sevilla el 16-I-1042, a la edad de veintiséis años, con el título de hayib, esto es, chambelán del falso califa Hisam II —que su padre había suscitado para legitimar su poder y terminar con la división de al Andalus—. Abbad siguió todavía con la ficción de un califa omeya aposentado en Sevilla, a fin de asumir la jefatura del partido árabo-andalusí frente al partido beréber, que contaba con un califa hammudí, con más títulos que el omeya por descender del Profeta por línea directa, pero con menos tradición en al Andalus y, además, sumamente berberizado.

El supuesto califa sevillano había sido reconocido por todos los esclavones levantinos, régulos de Tortosa, Denia y Valencia, exceptuando el de Almería. También en un principio por el señor de Córdoba, e incluso por el jefe beréber de Carmona. Sevilla adquirió asó las bases legales para las pretensiones expansivas de sus reyes. Cuando Abbad accedió al trono, las condiciones estaban maduras para ese designio.

Su padre había asegurado la paz del reino y la tranquilidad de sus gentes. Contaba con los medios y los ejércitos adecuados, así como con las cualidades personales requeridas para conducir los asuntos de conquista y gobierno. Las fuentes no son nada parcas en reconocer sus cualidades o en describir sus rasgos físicos y gustos personales. Si se hace caso de Ibn Hayyan, su contemporáneo, se sabe que era de hermosa apariencia, físicamente bien formado y de majestuoso porte, generoso, perspicaz y animoso. Se había preocupado de estudiar y cultivarse, dedicándose a las bellas letras; pudo así realizar composiciones poéticas que se recogieron en un poemario. No se privaba de la pompa real, tomó el título honorífico de al Mutadid bi-llah, (el que busca la ayuda de Dios) y construyó palacios elevados y fomentó cultivos productivos. Adquirió objetos preciosos [...] y se procuró esclavos.

Era además muy dado a las mujeres, las tenía de todas las categorías y procedencias, llegando a pasar por su harén unas ochocientas. Eso no le impidió hacer un matrimonio de alcance político, pues tuvo por favorita y única esposa a una hija del esclavón Muyahid, señor de Denia y de las Baleares. Dejó al morir, además de su esposa, setenta esclavas concubinas y una descendencia de unos cuarenta hijos de ambos sexos.

Todos los principales cronistas señalan que era hombre de gran valor y que no tenía reparos en eliminar a quien se opusiera a sus planes, ya que era extremadamente cruel, hasta tal punto que se hacía enviar las cabezas de sus enemigos, con el correspondiente nombre escrito en un papel pendiente de la oreja, y tras ordenar limpiarlas y perfumarlas con ungüentos y bálsamos para que durasen, las emplazaba en picas en el jardín de su alcázar en medio de las flores.

Entre esas cabezas figuraban la de Muhammad b. Abdállah al Birzali, señor de Carmona, el conocido como llama de la sedición, otrora aliado de su padre; la de Abdun Muhammad, señor de Arcos y Sidonia, la de Muhammad Nuh Abi, señor de Morón, junto a la del califa hammudí que ellos reconocieron, Yahya b. Ali b. Hammud, así como las de otros que mató con su espada. Este jardín que llenaba los corazones de terror, según las fuentes, era para al Mutadid motivo de regocijo y orgullo.

Saliendo de los anecdótico, está claro que al Mutadid fue coherente con la situación heredada, por eso lideró el bloque anti beréber y la legalidad califal. Ni siquiera pudieron competir con él los magnates de aquellos reinos que por circunstancias históricas nacieron militarmente fuertes —por haber sido circunscripciones fronterizas en época califal—, tales como los reinos de Zaragoza y Toledo, las entidades taifales más importantes tras Sevilla en poder expansivo.

El nuevo rey de Sevilla continuó la lucha contra la taifa de Carmona, logrando en el primer año de su reinado matar en una emboscada a Ishaq b. Muhammad al Birzali; sin embargo, según al Udri, no pudo hacerse con ese pequeño reino hasta 1068. En una primera fase al Mutadid optó por atacar las taifas situadas al oeste de Sevilla, menos fuertes militarmente que las taifas beréberes del sur. En el segundo año de su reinado, efectivamente atacó el señorío de Mértola, aliado de sus enemigos los aftasíes de Badajoz, desalojando de allí al oscuro Ibn Tayfur en 1044; acto seguido se dirigió contra Niebla, pero no pudo tomarla; mientras que Muhammad Yahya al Yahsubi, un árabe señor de la ciudad, pedía auxilio al rey de Badajoz.

El ataque del sevillano fue un toque de arma para los régulos de taifas vecinos, que, sin tardanza, organizaron una coalición en la que entraron Badajoz, Carmona, Málaga, Algeciras y Granada, cuyo rey Badis b. Habus fue nombrado jefe de la alianza (otros cronistas señalan que también se unieron a esta coalición los señores de Morón y el de Arcos, e incluso el notable de Huelva Fath Allah); una alianza esta a la que al Mutadid supo hacer frente.

En realidad pronto el peso de la misma recayó en las fuerzas de Badajoz, que con suerte diversa —finalmente adversa— se opusieron a los afanes de expansión del rey de Sevilla. Luego de tres años de cruentos y terribles combates en los que el de Badajoz llevó la peor parte, gracias a la intervención mediadora del régulo de Córdoba, Abu l-Walid b. Yahwar, se logró la paz entre ambos reinos en 1051. El señor de Niebla terminó cediendo sus tierras a al Mutadid y marchó a refugiarse en Córdoba ese mismo año. La taifa fue definitivamente absorbida por Sevilla en el año 1053-1054.

Una vez asegurada la paz con el reino de Badajoz, al Mutadid se lanzó contra las pequeñas taifas del suroeste peninsular. Así, en 1051-1052 los bakríes de Huelva y Saltés se vieron obligados a cederle sus dominios y a refugiarse en Córdoba; en seguida les llegó el turno a los haruníes de Santa María del Algarve, y, en fin, a los Banu Muzayn de Silves.

Con todo, esta taifa parece que no fue dominada de forma definitiva hasta 1063. En una segunda etapa de expansión, al Mutadid decidió hacerse con los dominios de los régulos beréberes zanata, situados al sur del reino, valiéndose de una estratagema. Invitó a venir a Sevilla, con motivo de la circuncisión de alguno de sus hijos, Muhammad Nuh Abi de Morón, a Abu Nur Hilal de Ronda, y a Abdun Muhammad de Arcos.

Estos régulos, que ya reconocían la hegemonía del sevillano, fueron recibidos espléndidamente así como su séquito, unos doscientos caballeros entre los arráeces de sus cabilas a los que honró y alojó en uno de sus palacios. Según Ibn Idari, el tercer día permitió al Mutadid que entraran ante él los tres régulos, a los que enseguida reprochó su poca diligencia en la guerra contra sus enemigos. Finalmente el Rey sevillano mandó encarcelarlos y, tras tenerlos en prisión durante un tiempo considerable a ellos y a sus hombres, el Rey los hizo liberar a todos, considerado el castigo suficiente, y los colmó de honores y dádivas. Mandó, en fin, que los llevasen al baño antes del banquete preparado para la ocasión. Los esclavos los perfumaron y después los dejaron para que se solazasen. Mientras se hallaban allí los régulos de Arcos y de Morón con sus emires, en total unos sesenta hombres, se tapiaron la entrada del baño y los respiraderos y se atizó la caldera, pereciendo todos los encerrados en el baño asfixiados (por mandato de al Mutadid, Abu Nur Hilal de Ronda no se hallaba entre ellos, puesto que siempre se había conducido como buen aliado y no se había unido antaño a la coalición beréber).

Al Mutadid atacó entonces Algeciras, cuyo señor hammudí al Qasim b. Muhammad, ostentaba el título califal; más, sin recursos para defenderse, no pudo sino entregar la ciudad en 1055 y refugiarse en Córdoba; luego le tocó el turno a Ronda y Morón en 1066; Arcos fue tomada en diciembre de 1066; Carmona caería finalmente en sus manos en 1068.

Al Mutadid, después de deshacerse del califa hammudí de Algeciras, prescindió del falso Hisam II, que seguía oficialmente a la cabeza del reino sevillano, haciendo saber que el califa había muerto en 1044, pero metido en guerras no había creído conveniente revelarlo en ese momento. No obstante, al Mutadid siguió acuñando sus monedas con el nombre del califa Hisam II hasta 1069, año de la muerte del Rey. Su hijo y sucesor al Mutamid, como algunos otros reyes taifas, hizo figurar en el numerario el nombre califal de Abdállah, invocando así la supremacía ficticia de un califa del todo inexistente.

La última década de la vida de al Mutadid fue bastante sombría: su hijo y heredero Ismail, que tanto había colaborado con su padre en las conquistas conduciendo ejércitos, se rebeló contra él instigado por su consejero Abu Abdállah al Bizilyani, un emigrado, malagueño intrigante y ambicioso, que sabedor de las malas relaciones entre el Rey y su hijo, incitó al segundo a hacerse con su propia taifa.

Así, en vez de ir en campaña hacia Córdoba, Ismail regresó a Sevilla aprovechando que su padre se hallaba en el palacio-fortaleza de al Zahir, una de sus residencias palaciegas al otro lado del Guadalquivir, y se adueñó de cuanto pudo en el palacio de la capital, llevándose a su madre y a un grupo de mujeres del harén en dirección a Algeciras, Al Mutadid, enterado del hecho, ordenó a los jefes de los castillos que se hallaban en el camino de Sevilla a Algeciras, que cerraran las puertas al rebelde.

Ibn Idari da cuenta pormenorizada de esta aventura. Refugiado en la fortaleza del alcalde Abu Ayyub, conocido por al Hassadi, en el distrito de Sidonia, este le instó a que se entregase al Rey y le pidiera perdón, mientras él se servía de mediador. Al Mutadid lo hizo volver a Sevilla con la gente que le acompañaba y, aunque perdonó al príncipe, ordenó que le cortaran la cabeza al consejero de su hijo y a otros cómplices de la traición.

Aun cuando al Mutadid hubiese retirado el trato a su hijo, le restituyó sus bienes, e incluso acrecentó sus dádivas. Ismail, desconfiando de su padre, intentó un golpe de estado, previo asesinato del Rey, pero la nueva acción no tuvo éxito. Y esta vez nada pudo salvar al príncipe y a los que les secundaron, pues parece que al Mutadid los mató por su propia mano. Esto fue seguido de las ejecuciones de otros partidarios de su hijo, esclavos e incluso mujeres del harén. Esto ocurría en el año 1068-1069.

Este parricidio fue considerado por los andalusíes como una impiedad, y al Mutadid tuvo que dirigir un escrito a la comunidad de sus aliados a fin de justificar su muerte. El Rey nombró heredero a su hijo Muhammad, el futuro al Mutamid, el rey poeta, mucho menos dotado que su hermano para los asuntos militares y políticos. Pronto su padre tuvo prueba de ello.

Los malagueños, deseosos de quitarse el yugo granadino, tomaron partido por al Mutadid, entonces el Rey dirigió hacia Málaga sus escuadrones al mando de sus hijos Muhammad y Yabir, pero estos no fueron capaces de desalojar a la milicia negra que se había refugiado en lo alto de la alcazaba, en el Gibralfaro. Sin tomar las medidas necesarias los príncipes se apresuraron a festejar por anticipado la conquista.

Los de la alcazaba, mientras, hicieron llegar un mensaje a su rey Badis b. Habus, y este los socorrió con un ejército que atrapó a los sevillanos entre la ciudad y la campiña. Los granadinos hicieron una carnicería en las tropas del Rey de Sevilla. Mientras los dos príncipes se retiraron vencidos a Ronda, no atreviéndose a entrar en Sevilla por miedo al castigo de su padre.

Desde allí, Muhammad envió una composición poética a su progenitor, que luego fue fue conocida, implorando su benevolencia. No obstante, mayor peligro suponía para al Mutadid la política agresiva de Fernando I, que tras unir Castilla y León, se había empeñado con terminar con la existencia de al Andalus. Iniciando sus campañas en el año 1055 por las fronteras norteñas andalusíes, conquistó Lamego y Viseo en 1057, para terminar con la toma de Coimbra en 1064, a costa del reino de los aftasíes de Badajoz.

Fernando I, viendo la debilidad militar andalusí, había realizado incursiones por los reinos de Toledo y Zaragoza, y en el curso del año 1063 llegó a tierras sevillanas saqueándolas. Al Mutadid se vio obligado a comprar la paz al castellano mediante el pago de un tributo anual. Sevilla, el reino más extenso y poderoso de al Andalus, se convirtió así en un reino tributario de Castilla, sometido y humillado a pagar parias.

Al Mutadid, al final de su reinado, parece que intuyó, según recoge Ibn Bassam, el peligro que supondría para su reino el irresistible avance de los almorávides por el oeste del Magreb, que por entonces se hallaban en las llanuras de Marrakech, donde fundarían dicha ciudad. Los rumores y las misivas que le llegaban de su inmenso poder, le llevaron a ordenar a su gobernador en Algeciras que pusiera vigilancia en Gibraltar y se prestase a reforzar sus defensas.

De hecho, con el propio al Mutadid empezaba la decadencia de su reino y, aunque él no conociera su fin —puesto que luego de ver morir a su hija más querida, murió fulminado por una angina de pecho en 1069, a los 57 años— todavía su hijo reinaría veintidós años más, dejaba a su heredero un país próspero, sí; pero también un reino tributario de Castilla, con la amenaza latente de una conquista cristiana por el norte, o la de la absorción almorávide por el sur, que fue lo que sucedió.

MAÍLLO SALGADO, Felipe, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XXXVII, págs. 233-237.