Badis b. Habus

Datos biográficos

Régulo de Granada: 1038-1073
Predecesor: Habus b. Maksan Zirí
Sucesor: Abdállah

Biografía

Tercer emir de la taifa de Granada desde 1037-38 hasta 1073. Tomó Badis b. Habus las riendas del poder de la taifa granadina tras suceder a su padre, Habus b. Maksan Zirí, que falleció en 1038; ambos pertenecían a la rama de los ziríes, que regían esta taifa desde comienzos del s. XI. Esta sucesión fue aceptada por el sucesor de Badis, Buluggin b. Habus, pero no por su primo Yaddayr b. Hubasa, que mantenía la esperanza de convertirse en legítimo sucesor por haber ejercido como colaborador de Habus y dado que según Abdállah, tenía a gala haber resuelto con inteligencia y pericia todo asunto de responsabilidad que se le hubiese encomendado. Pero la evolución dinástica estatal se consolidaba y el asunto se resolvió a favor de la transmisión patrilineal que, a pesar de no ser habitual en grupos clánicos, se instauró y consolidó entre los ziríes granadinos.

Estos beréberes nuevos se diferenciaban de los andalusíes por la fuerza que al inicio mostraban sus estructuras feudales, aunque, poco a poco, se consolidó su arabización, siendo un notable ejemplo de asimilación a la cultura árabe el caso del emir Abdállah de Granada, como queda patente en sus famosas Memorias, El siglo XI en 1ª persona. El nombre del emir, Badis, fue habitual entre la rama de los ziríes, que regían Ifriqiya desde finales del s. X; Badis se llamó también el tercer emir Zirí de Ifriqiya, que enlaza a través de Zirí con la rama de Granada —aquel era Badis b. al Mansur b. Buluggin b. Zirí—, que tomó como sobrenombre honorífico el de Nasir al Dawla (1015-16).

Una vez que Badis se situó en el lugar de máxima responsabilidad de su taifa, se ocupó con interés de los asuntos ya iniciados por sus antecesores. En concreto, en lo que se refiere al proceso de edificación de la capital, Badis mantuvo la atención y el cuidado de sus antecesores en este asunto, al menos así lo afirmaba al Idrisi (s. XII): [fueron] consolidadas sus murallas y construida su alcazaba por Habus b. Maksan Zirí al Sinhayi, a quien sucedió su hijo Badis b. Habus, en cuyo tiempo fue completada la edificación de Granada y su poblamiento que aún continúa.

Afirman las fuentes que Badis estuvo aconsejado, en general, por un judío, Samuel b. Nagrela, que desde los últimos tiempos de Habus b. Maksan Zirí venía destacando en la administración, ascendiendo rápidamente en la corte Zirí hasta su muerte en 1056. Había dejado entonces su puesto preeminente en la Administración de Granada a su hijo José. Samuel b. Nagrela estuvo siempre en la escena granadina, y cierta responsabilidad parece haber tenido en el deterioro de relaciones entre Almería y Granada, que acabaron con la invasión del territorio granadino por parte de Zuhair, vencido en 1038, a raíz de la cual ocupó Granada tierras al noroeste de Almería y recuperó Jaén.

En todo ello hubo también intervención de los abbadíes de Sevilla, quienes, tras proclamar a su presunto califa Hisam II, desde 1035, precisamente para oponerse en similares condiciones al califa hammudí, atacaron a este, que entonces era Yahya Ali b. Hammud, venciéndolo y ocasionándole la muerte en 1036, para continuar contra los Birzalíes de Carmona. Estos enfrentamientos se saldaron con la victoria del grupo beréber en Écija, en 1039. Tras estos sucesos, Badis atacó Sevilla, muriendo en aquellos combates un hijo del señor de aquella taifa, el hayib Muhammad b. Ismail b. Abbad, en el mismo año.

Entre las taifas beréberes se iba consolidando el predominio de Granada, aunque aún actuara como aparente defensora del califato hammudí, preso en querellas dinásticas, aun cuando Idris II b. Yahya logró mantenerse cinco años en su primer reinado, desde 1042 hasta 1047, reforzándose así también la posición del granadino Badis, quien dirigía sus campañas militares en esta época contra Ronda, Osuna, Morón y Carmona, al estallar las desavenencias en el bloque de esas taifas beréberes.

Se desconocen los detalles de estos conflictos, pero sí se sabe que no impidieron, en 1047-48, que sus principales figuras, Ishaq b. Muhammad de Carmona, Muhammad Nuh Abi de Morón, Abdun Muhammad de Arcos y Badis de Granada, reconocieran como califa al hammudí Muhammad b. al Qasim en Algeciras, apartándose del califa hammudí de Málaga, Muhammad b. Idris, de sobrenombre al Madhi.

Esta situación propició la toma de Algeciras por Sevilla, hacia 1054-55, y la conquista de Málaga por Badis. La ocupación de Algeciras por Sevilla estuvo precedida por la reclusión de los reyes de las taifas beréberes de Morón, Arcos y Ronda por el rey sevillano al Mutadid, en 1053, de la que solo salió con vida el de Ronda. Asustado Badis ante el atrevimiento sevillano, y ante una posible conjura en su contra, para la que él suponía habría de contar con el apoyo de los árabes que vivían en Granada, pensó incluso en deshacerse de estos últimos, cosa que evitó Samuel b. Nagrela. Este suceso expone con claridad absoluta el estado de las relaciones entre los beréberes ziríes y la heterogénea población de su taifa, que mantenían entre sí un complejo equilibrio.

Badis, tras la muerte de Zuhair en 1038, retomó sus contactos con la taifa de Almería, a partir de entonces regida por la dinastía de los Banu Sumadih, de rancio abolengo árabe Tuyibí; seguramente este ocasional buen entendimiento entre Granada y Almería se debió a intereses comunes para compensar respectivos enfrentamientos con otras taifas. En el gobierno de Málaga situó Badis en 1056 a su hijo Buluggin ayudado por un personaje clave, el visir y el caíd Muhammad al Nibahi (o al Bunnahi), según ha propuesto recientemente Muhammad Bencherifa, el cual venía ya destacando en la administración de los califas hammudíes.

En 1063-64 Buluggin b. Badis Sayf al Dawla, hijo mayor del soberano granadino, fue envenenado, acción adjudicada al visir judío José b. Samuel b. Nagrela, dada la enemistad manifiesta entre ambos, y dadas las suspicacias que provocaba aquel visir, verdadero amo de la situación, y puesto que Badis había envejecido y perdía la capacidad del control directo de sus asuntos de Estado.

Dichas suspicacias las refleja el emir Abdállah en sus Memorias, El siglo XI, 114-115, donde culpa al judío José:

... luego se descompusieron las cosas, por la traición de que no hizo víctima el judío (¡Dios le maldiga!); porque Guadix, con todos sus territorios anejos pasó a poder de [Muhammadibn Man] b. Sumadih [señor de Almería], y porque los restantes soberanos se lanzaron contra nuestros dominios, no dejándonos más que Granada, Almuñécar, Priego y Cabra. Cuando corrió entre los súbditos la nueva de que había muerto el 'príncipe excelso', [Buluggin ibn] Badis, que por mucho tiempo no se había mostrado a ellos, nuestras guarniciones evacuaron los castillos y estos fueron ocupados ilegalmente por los habitantes del país.

Este texto muestra la relación entre los ziríes Sinhaya y sus súbditos andalusíes, y el hecho de que un problema dinástico era suficiente para hacer desaparecer el buen entendimiento entre unos y otros. Badis, cada vez más anciano y menos capaz, empezaba a apoyarse en advenedizos, como al Naya, que iba desplazando a José b. Nagrela de su preeminencia junto al soberano.

José, intrigando contra un hijo de Badis, Maksan, logró que fuera expulsado de Granada, el cual, tras marcharse a Jaén, se declaró independiente, restándole a la taifa granadina dicho territorio. Intentando mantenerse a toda costa, José b. Nagrela ofreció Granada al rey de Almería, al Mutasim, que avanzó con sus tropas y se instaló cerca del lugar. Los granadinos, unidos bajo una causa común —pueblo y elite, beréberes y andalusíes— se alzaron el 31-XII-1066 contra José y contra sus correligionarios, dejando disminuida la presencia de judíos en esta ciudad al morir muchos de ellos en este suceso.

Ahora serían los Sinhaya los que procurasen ganar el terreno cortesano y político que otros habían venido ejerciendo en la taifa granadina y, según las Memorias de Abdállah:

Se envalentonaron los Sinhaya y mostraron con sus hechos poca sumisión al soberano, que tenía que hacer frente a los tumultos que estallaban contra él por todas partes. Dichos Sinhaya se convirtieron en visires y ocuparon los altos puestos del Estado. El siglo XI, 133.

Badis pidió ayuda a Yahya al Mamun de Toledo para recuperar tierras, sobre todo Guadix, y luchar contra Almería, hasta volver al equilibrio con unos y con otros. Los giennenses volvieron a obedecer al señor de Granada, expulsando de Jaén a Maksan, que se refugió en Toledo, aunque tornó a Granada y, mostrando un comportamiento advenedizo, perdió la posibilidad de ser designado sucesor por su padre Badis, cuya última gesta fue recuperar Baeza que estaba en poder del rey de la taifa de Denia.

Badis murió el 20-VI-1073. Fue uno de los más importantes reyes de las taifas de al Andalus. Se había titulado al Nasir (el Triunfante) y al Muzaffar (el Victorioso), con referencia explícita al sobrenombre honorífico del primer califa de Córdoba Abderramán III al Nasir, por una parte, y por otra, al del primer sucesor del chambelán Almanzor, su hijo Abd al Malik al Muzaffar, conjugando así los nexos con Omeyas y Amiríes, como también al adoptar el título de chambelán hayib, había dejado claro las pautas políticas en que se situaba.

Es curioso, sin embargo, que no reflejó tales títulos en sus monedas, en las que mantuvo, hasta 1063, la referencia hammudí, como vínculo legitimador, aun cuando sus califas ya se habían extinguido. Es sabido que la acuñación de moneda es signo del Estado y que la limitación con que los reinos de taifas emitieron es manifestación de su fragilidad estatal. No solo faltó en general buen oro excepto en algunos dinares de Zaragoza y Sevilla, en fracciones de dinar en ciertas taifas, y en los dinares de los hammudíes, sino que algunas taifas nunca acuñaron tipo alguno de moneda e incluso las que sí lo hicieron no mantuvieron emisiones a lo largo de todo su reinado.

Habus b. Maksan Zirí murió sin haber acuñado moneda en su nombre. En cambio, supeditadas las taifas de beréberes a los califas Hammudíes, aunque fuera simbólicamente, de ellas solo la taifa de Granada emitió moneda, desde 1058-59 hasta 1081-82, ya con posterioridad al final de los Hammudíes manteniendo siempre la referencia expresa a estos, los cuales venidos del Magreb, habían acuñado moneda primero en Córdoba (1016-1026) y luego en Málaga, dejando claro su convencimiento de legitimidad.

En lo que se refiere al hecho de la sucesión, algunas de las monedas de Badis, sin fecha, señalan como presunto heredero a su hijo Buluggin, muerto en 1063-64. Pero Badis tenía también a su hijo Maksan, que gobernaba Jaén con autonomía ascendente, el cual, como ya se ha dicho, perdió la oportunidad de ser nombrado heredero. Y tenía dos nietos, descendientes de Buluggin: el mayor, Tamim, al Muizz al Mustansir, y el siguiente, Abdállah, que habría de convertirse en el último emir de la taifa granadina.

Parece evidente que el primero de ellos nunca llegó a ser designado sucesor por su abuelo. Residía en Málaga, donde Badis había nombrado a un jeque sinhayí para que se hiciera cargo del control del lugar hasta que el príncipe tuviera edad para gobernar. En 1073 comenzó el gobierno de aquél, al tiempo que su hermano Abdállah accedió al trono de Granada. Tamim se fue distanciando de su hermano, llegando el enfrentamiento a serias controversias que acabó arbitrando y usando en su propio beneficio el emir de los almorávides, Yusuf b. Tasufin, desde sus intervenciones en al Andalus desde 1086.

Según algunas fuentes, fue Badis un gobernante admirado por personajes influyentes de su época debido, entre otras razones, a su ecuanimidad, esta fue ensalzada incluso en anécdotas de adab que cabe recordar. El autor de la obra Kitab al Uaharat al mantura, b. Simak (s. XIV), que pertenecía a una ilustre familia de caídes y juristas en Málaga y Granada, redactó esta obra de prosa edificante con cien ejemplos o historias, de los cuales treinta y ocho se dedican a temas andalusíes.

Solo dos historias se refieren a la Granada de su tiempo, y de ellas una se dedica a loar al emir Badis b. Habus, quien, en el correcto desempeño de su responsabilidad en materia jurídica, impuso el castigo merecido a un sobrino que había sido denunciado por el rapto de una mujer M. Guillén Monje, Dos azahares sobre Granada, 237.

ROLDÁN CASTRO, Fátima, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol VI, págs. 493-497.