Abdállah b. Buluggin

Datos biográficos

Régulo de Granada: 1073-1090
Sobrenombre: al Muzaffar
Predecesor: Badis b. Habus

Biografía

Abdállah b. Buluggin b. Badis fue el último rey de la taifa de Granada, nació en el año 1056 y murió en el año 1095. Era el menor de los nietos conocidos del rey Badis b. Habus, residía en Granada a la muerte de su abuelo, en 1075, y, según precisa su biógrafo Ibn al-Jatib, los funcionarios palatinos juddam dawlatihi y los jeques Sinhaya asya qabilati-hi, pese a su juventud, unos diecinueve años, le prefirieron sobre su tío Maksa, que regía Jaén, y sobre su hermano mayor Tamim, que regía Málaga, y le invistieron del poder, bajo la tutoría de uno de ellos, Simaya, que durante casi dos lustros ejerció como todopoderoso visir.

Su padre era uno de los dos hijos conocidos de Badis, y se llamaba Bulluggin Sayf al Dawla, que había muerto envenenado, en 1064, a los veinticinco años de edad. Es curioso que las fuentes árabes no coincidan en fechar la muerte de Badis b. Habus y el acceso al trono de Abdállah, oscilando entre 1073, 1077 y la más probable de 1075.

Escribió sus Memorias, entre 1094 y 1095, consevadas en manuscrito único en la Qarawiyyin de Fez, que son un extraordinario documento de su historia, y acción insólita entre los soberanos medievales; aunque redactadas después de ser depuesto por los almorávides, ya en Agmar (Magreb), y debiendo halagarles, contienen las pistas esenciales sobre los deterioros de las taifas, entre ellas la de Granada: pugnas dinásticas, conflictos administrativos, heterogénea población, ataques entre taifas, acoso militar y tributario cristiano.

El emir Abdállah no pudo enderezar tanto problema: cobarde, asustadizo, dado a los placeres, y que confiaba los visiratos a sinvergüenzas, le retratan algunas fuentes árabes, sobre las cuales comentarán los especialistas modernos, como E. Levi-Provençal y E.García Gómez, al introducir su traducción de las Memorias o autobiografía de Abdállah, su extraño destino y su falta de cualidades: un tiranuelo impopular que ya en su destierro africano, irá precisándose en su pensamiento la necesidad de reaccionar contra la opinión de sus contemporáneos que hasta entonces lo han tenido por un mentecato y un traidor al Islam, y escribirá sus Memorias como una justificación a su conducta. Las tituló al-Tibyan an al-hadita al-kaina bi dawlat Banu Ziri fi Garnata (Exposición de los sucesos acaecidos en el estado de los Banu Ziri de Granada). En sus Memorias muestra su arabización cultural.

Adoptó el sobrenombre seudo-califal de al Muzaffar, el Triunfante, que también había llevado su abuelo, y que además contenía referencias al ejercicio del poder por parte de los chambelanes amiríes, pues así se tituló el primero de los hijos de Almanzor en sucederle, Abd al Malik al Muzzaffar, y ahora, exhibido dos veces por los bereberes ziríes de Granada, parece sobre todo un reto al partido proamirí de las taifas eslavas, con quien tanto pugnaban.

Pero las pretensiones de este Abdállah, último rey zirí de Granada, aún volaron más alto, pues para demostrar que no se aminalaba frente a las reminiscencias Omeyas de que alardeaban de taifas andalusíes, también enemigas de los ziríes, y especialmente entre ellas la taifa de Sevilla, este Abdállah duplicó su titulatura con al Nasir (el Triunfador, como había llevado el primer califa de Córdoba Abderramán III al Nasir, y que solo se atrevió a utilizar otro rey de taifas, unos años antes que él: Muhammad b. Isa al Nasir de los Banu Muzayn de Silves. Sin embargo, el emir Abdállah solo acuño monedas de plata, y en esos dirhemes no consta su lugar de ceca.

Su emirato se inició con el agrio sabor de la presión cristiana. Alfonso VI y su aliado el rey al Mutamid de Sevilla le cogieron parte de territorio jienense, incluso Jaén, en 1074, alzándole la cuña del castillo de Belillos, desde donde realizaban algaras en la Vega granadina. Abdállah perdió plazas (Alcalá la Real), tuvo que entregar otras y pagar parias. Hacia 1082 empezó a ocuparse el emir granadino más directamente de todo, y el visir Simaya se trasladó a Almería, alentando allí algún conflicto territorial entre ambas taifas.

Al poco, su hermano Tamim, gobernador de Málaga, empezó a atacarle por Almuñecar y Jete; contraatacó el emir de Granada, al cabo ambos hermanos pactaron el reparto de varios enclaves, aunque le privé de otros territorios, de cuyos habitantes era de temer que, instigados por él, perturbaran mis dominios, según confiesa en sus Memorias, es decir, las rebeldías locales estaban latentes: aún tuvo que reducir Abdállah las de Archidona y Antequera, y seguir aplacando conjuras en su misma corte.

El final se precipitó. En Muharram 478/mayo de 1085, Alfonso VI conquistó Toledo. Antes de aquel mayo de 1085, en que al Andalus retrocedió hasta el centro de la Península, ya se habían entablado contactos con los almorávides, sobre todo por iniciativas aisladas e individuales, e incluso a veces por razones personales, según cuenta el emir Abdállah en sus Memorias: que su hermano Tamim de Málaga, pidió ayuda a los almorávides contra él, aunque ellos no le hicieron caso, pero después de tan alarmante fecha, el recurso a los almorávides fue oficial y por intereses generales, protagonizado tal recurso incluso por los reyes de las taifas de Sevilla, de Badajoz y de Granada, en realidad solo entonces unidos en una acción conjunta, tan crítica la situación resultaba. Con caídes de esas taifas, y algún otro personaje significativo, partió una embajada para implorar ayuda a los almorávides, cuyos ideales de Guerra Santa, requeridos también por sus planteamientos ortodoxos, armonizaban con su intervención en al Andalus, adonde llegaron por primera vez en 1086, para ayudar a las taifas, venciendo a Alfonso VI en la batalla de Sagrajas o Zallaqa.

Vuelven al Magreb. El pujante movimiento político-religioso los llevó a formar un imperio por el occidente y centro del Magreb, originado por reciente reacción de los bereberes Sinhaya, oriundos los almorávides del occidente del Magreb, pero parientes a los ziríes granadinos, que eran Sinhaya de Ifriqiya o Túnez. Tras esa victoria en 1086, el emir Yusuf b. Tasufin regresó al Magreb, pero la incapacidad política de las taifas continuaba, e incluso seguían en tratos con Alfonso VI, que atacó por Aledo y Abdállah volvió a pactar, pagándole atrasos de sus parias. El emir almorávide decidió apoderarse de las taifas comenzando por Granada.

El apoyo de Alfaquíes y ulemas —doctores de la ley mahometana—, el inicial entusiasmo de los andalusíes por los almorávides, y su predicada ortodoxia política y fiscal, les facilitó en parte su conquista de las taifas andalusíes, cuya fragmentación contrariaba además la política ortodoxa de unión centralizada, que los almorávides propugnaban. No faltan versos políticos (como los de al Sumaysir) que critican al señor de Granada, el emir Abdállah.

El señor de Granada es un necio / que se cree el hombre más sabio. / Trata con Alfonso y los cristianos, / ¡vaya juicio más discreto!, / y fortifica edificios, desobedeciendo / a Dios y al emir almorávide.

El propio emir Abdállah, incapaz de resistir tantos conflictos, detalla su crítica situación y el final de su reino en sus Memorias: Yusuf b. Tasufin avanzó sobre Granada, donde la población le esperaba alborozada, y Abdállah salió a entregarle el poder, el domingo 8-IX-1090. Un mes después los almorávides ocuparon la taifa de Málaga, en parecidas circunstancias.

Ambos reyes hermanos, Abdállah y Tamim, de origen beréber sinhayí como el mismo emir almorávide, tratados con bastante miramiento, fueron desterrados al norte de África, adonde regresó también el emir almorávide, dejando a su sobrino Sir al frente de los nuevos territorios y de los siguientes proyectos de conquista, realizados con planificación militar excelente, proponiéndose a continuación a acabar con la extensa taifa de Sevilla.

Sobre la heterogénea población de la taifa granadina hay valiosas, aunque aisladas, referencias en las memorias de Abdállah, pues, por ejemplo, documenta aún la importancia de la población cristiana en algunos enclaves, al señalar como: Riana y Jotrón, cuyos habitantes eran cristianos, por estar situados entre ambos territorios (la taifa de Granada y la de Málaga) no podían rebelarse contra ninguno de los dos.

El párrafo alude también a la condición levantisca atribuida con frecuencia por las fuentes a las poblaciones, sobre todo rurales, de cristianos andalusíes, que se encontraban ya en minoría dentro del conjunto de la población andalusí. También los judíos de Granada disminuyeron desde la segunda mitad del s. XI, por conversión real o figurada y por emigraciones. El detonante fue el alzamiento contra el todopoderoso cortesano de Granada José b. Negrela y contra los demás judíos granadinos, en diciembre de 1066, muriendo muchos. Una famosa casida del Alfaquí Abu Ishaq de Elvira prendió la mecha.

Ve y di a todos los Sinhaya, lunas de su tiempo, valientes leones / las palabras de uno que les quiere y cree que un consejo es prueba de amigos y deber sagrado. / Vuestro señor Badis de Granada ha caído en un error grave que a los malidicentes les ha dado tema: / pudiendo elegirle entre los musulmanes, nombró a un infiel [judío] secretario suyo./ Con él los judíos se han vuelto altaneros, siendo antes los más despreciados [...].

En sus Memorias, el emir Abdállah no menciona estos famosos versos, pero no deja de comentar estos sucesos, ocurridos en tiempo de su abuelo y antecesor, pues a José b. Negrela le responsabiliza del envenenamiento de su propio padre, Buluggin b. Badis, en 1064. Sobre estas tensiones, las Memorias detallan también la rebelión de los judíos de Lucena, y el conflicto con los zanata.

Al emir Abdállah le corresponden 15 años de crítico reinado, sobre los cuales y sobre sus antepasados proyectó una inaudita luz en su inusual autobiografía. Es notable que Abdállah, dejando su Granada, como cuatro siglos después tuvo que hacer Boabdil, también comparte protagonismo con su madre, según cuenta el mismo incluyendo de ella varias referencias, como la de su partida conjunta mientras entraban los almorávdes.

al salir de Granada, en efecto, la idea de que podía ser encarcelado me hizo temer verme separado de mi madre, si la dejaba en el alcázar, y salí con ella, sin cuidarme de la suerte de nadie más.

Pinceladas humanas de un autorretrato excepcional, pero atiéndase al comentario de Martínez-Gros (1986): notons enfin que les femmes n´apparaissent qu´avec la crise de la monarchie.

VIGUERA MOLINS, María Jesús, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2009, Vol I, págs. 115-118.