Taifa de Granada

Historia de la taifa

Régulos de Granada

Zawí b. Zirí, 1013-20
Habus b. Maksan Zirí, 1020-38
Badis b. Habus, 1038-73
Abdállah Buluggin, 1073-90

La taifa

Estos Sinhaya, de la rama de los Baranis, pasaron a al Andalus en cabilas que debieron ser numerosas, mandadas por Zawi b. Ziri, querellado contra su sobrino Badis, soberano de Ifriquiya. Ya señalamos su actuación en al-Andalus, especialmente notable la del poderoso Zawi b. Ziri durante la guerra civil, en que apoyó toda alternativa de poder que favoreciera a los bereberes. Incluso después de trasladarse desde Córdoba a Elvira-Granada, posiblemente en 1013, siguieron interviniendo en las luchas generales, y, cuando Jayran y Mundir b. Yahya alzaron al califa al Murtada, en 1019, contra él, fue decisiva la oposición de los Ziríes, que le dieron muerte y aniquilaron su partido.

Acordada con los habitantes de Elvira la instalación de los Ziríes allí, su territorio comprendió también Jaén e Iznájar, y tomaron el acuerdo de crear dos áreas separadas, aunque conectadas: Zawi b. Ziri quedó al frente de la de Elvira y su sobrino Habus b. Maksan del resto. En seguida sintió Zawi b. Ziri necesidad de una buena sede, sobre todo al notar la hostilidad de otros cabecillas «llenos de disgusto por verlos instalados en aquel territorio», como apunta el emir Abd Allah; eligieron el lugar de Granada y en tanto Elvira quedaba arruinada, comenzaron a edificar en aquel sitio, y cada uno de los hombres del grupo, lo mismo andaluz que bereber, procedió a edificar allí su casa.

En 400/1019-20, Zawi b. Ziri tomó la decisión de volver a Ifriqiya. Su lugar fue ocupado, a pesar de sus previsiones, por su sobrino Habus b. Maksan Zirí, que acudió desde Jaén y se hizo dueño de toda a taifa, ayudado seguramente por el cadí Abu Abd Allah b. Abi Zamanin, en contra de los hijos de Zawi b. Ziri. Con Habus b. Maksan Zirí comienza realmente la cuenta de la taifa de Granada, al frente de la cual se mantuvo hasta su muerte en 429/1038, siendo en ella sucedido por su hijo Badis b. Habus y por su bisnieto Abd Allah, que trazó de él un positivo retrato en sus Memorias, alabando su buena organización judicial, económica y militar, junto con la seguridad pública conseguida, formando una especie de consejo rector con sus principales contríbulos.

Mantuvo buenas relaciones con Zuhayr de Almería. Reconoció a los Hammudies —primero a al Mutali y luego a su hijo Idris I Ali Hammud— y procuró contrarrestar el expansionismo de la taifa de sevilla, ayudando al régulo de Carmona. Todos ellos acabaron por derrotar a los sevillanos en Écija, a comienzos de muharram de 431/ finales de 1039, poco después de la muerte de Habus b. Maksan Zirí.

La sucesión de Habus por su hijo Badis b. Habus no fue discutida por su otro hijo Buluggin b. Habus, pero si por su sobrino, Yaddayr b. Hubasa, con el cual Habus b. Maksan Zirí ya había tenido conflicto para ser propuesto heredero, y del que tuvo que librarse después de una conjura. En todo aparece Badis b. Habus bien aconsejado por un judío, Abu Ibrahim Samuel o Ismail b. Nagrela, que desde tiempos de Habus b. Maksan Zirí venía destacando en la administración, subiendo sin parar en la corte Ziri hasta su muerte en 1056-57, dejando entonces en su puesto a su hijo José o Yusuf, cuyo trágico final veremos más adelante.

Samuel b. Nagrela toma parte en todos los actos y cierta responsabilidad parece haber tenido también en el deterioro de relaciones entre Almería y Granada, que acabaron con la invasión por Zuhayr del territorio de Badis b. Habus y con la sonada victoria de este último, en 1038, a raíz de la cual Granada ocupó tierras al noroeste de Almería, y entre ellas recuperó Jaén. En todo ello hubo también injerencia de Sevilla, que, desde 1035, tras proclamar a su falso califa Hisam II, atacó a Yahya b. Ali b. Hammud al-Mutali, venciéndole y ocasionando su muerte en 1036, y siguiendo contra los Birzalíes de Carmona; pero todos estos bereberes juntos derrotaron en Écija, el 5 de octubre de 1039, sonadamente al sevillano. En seguida Badis b. Habus atacó Sevilla y en los combates el cadi y hayib Muhammad b. Ismail resultó muerto, a comienzos del año 431/finales de 1039.

La posición de Granada en el frente bereber se consolidaba así, aunque actuara como aparente defensora del califato hammudi, agobiado por sus querellas dinásticas, aun cuando Idris II b. Yahya logró mantenerse cinco años en su primer reinado, desde 1042 a 1047, reforzándose así la posición de Badis b. Habus, cuyas campañas en esos años se dirigieron contra Ronda, Osuna, Morón y Carmona, por conflictos internos del bloque bereber cuyo contenido desconocemos, pero que no impidieron, en 439/1047-48, que sus principales integrantes, Ishaq b. Muhammad o al-Aziz de Carmona, Muhammad Nuh Abi de Morón, Abdun Muhammad de Arcos y Badis b. Habus de Granada, reconocieran como califa al hammudi Muhammad b. al Qasim en Algeciras, apartándose del califa hammudi de Málaga Muhammad II Idris, titulado también al Mahdi. Esta separación propiciará la toma de Algeciras por Sevilla, seguramente en 1054-1055, y la de Málaga por Granada en 1056, como mencionamos además en sus lugares correspondientes.

La toma de Algeciras por Sevilla estuvo precedida de la reclusión de los régulos bereberes de Morón, Arcos y Ronda por Mutadid Abbad, en 1053, en complot del que sólo salió con vida Abu Nur Hilal, de Ronda. Badis, asustado por la osadía del sevillano y temiendo tramara alguna conjura en su contra con los árabes que vivían en Granada, pensó aniquilarlos, lo cual evitó Samuel b. Nagrela. El episodio muestra un aspecto interesante de las relaciones entre Ziríes y población de su taifa, en complejo equilibrio.

Restauró Badis b. Habus, tras la muerte de Zuhayr, las relaciones con Almería, reconociendo a su arráez Abu l-Ahwas Man como gobernador de Almería, independizado de Abd Aziz Sanchuelo de Valencia en 1041-42; las buenas relaciones se reafirmaron con su sucesor Abu Yahya Muhammad al-Mutasim, soberano de Almería en 443/1052.

En el gobierno de Málaga colocó Badis b. Habus a su hijo Buluggin, en 1056, ayudado por el visir y cadí Abu Abd Allah Muhammad b. al-Hasan al-Yudami al-Nubahi, destacado ya en la administración hammudi. Mantuvo Badis b. Habus en sus monedas mención de los califas hammudies, ya extinguidos, hasta 455/1063. En 456/1063-64, Buluggin b. Badis sayf al-Dawla, hijo mayor entonces del soberano granadino, fue envenenado, en acto que seguramente muchos de su entorno adjudicaron a José, hijo de Samuel b. Nagrela, por la hostilidad que se tenían. Badis b. Habus envejecía y todos los asuntos los llevaba su visir judío José, a quien el emir Abd Allah en sus Memorias culpa de todo:

... luego se descompusieron las cosas, por la traición de que nos hizo víctima el judío (¡Dios le maldiga!); porque Guadix con todos sus territorios anejos pasó a poder de [Abu Yahya Muhammad b. Man] ibn Sumadih [al Mutasim], y porque los restantes soberanos se lanzaron contra nuestros dominios, no dejándonos más que Granada, Almuñécar, Priego y Cabra. Cuando corrió entre los vasallos la nueva de que había muerto el príncipe excelso (al-rais al ayall), Badis b. Habus, que por mucho tiempo no se había mostrado a ellos, nuestras guarniciones evacuaron los castillos y estos fueron ocupados ilegalmente por los habitantes del país.

Texto importante, porque muestra la relación entre Sinhaya y autóctonos, bastando una quiebra estatal o dinástica para sacudirla, cuando además, en esos tiempos, aparecían relegados del gobierno por un Badis b. Habus envejecido, con advenedizos en su círculo administrativo, como al-Naya, que iba desplazando a José b. Nagrela en su proximidad al soberano; este José se metió en intrigas contra Maksan b. Badis, y logró que fuera expulsado de Granada: Maksan se declaró independiente en Jaén.

A la desesperada, José b. Nagrela conspiró con Abu Yahya Muhammad b. Man al Mutasim de Almería, ofreciéndole Granada. Al Mutasim avanzó con sus tropas y se apostó cerca de Granada Los granadinos, pueblo y aristocracia, bereberes y árabes se alzaron contra los judíos, el 10 de safar de 459/31 de diciembre de 1066. Murieron muchos, entre ellos José. una famosa qasida de Abu Ishaq de Elvira prendió la mecha:

Ve y di a todos los Sinhaya, lunas de su tiempo, valientes leones / las palabras de uno que les quiere y cree que un consejo es prueba de amigos y deber sagrado., / Vuestro señor ha caído en un error grave, que los maledicentes les ha dado tema: / pudiendo elegirle entre los creyentes, nombró a un infiel secretario suyo. / Con e llos judíos se han engrandecido, se han vuelto altaneros, siendo antes los más despreciados. / Su ambición cumplieron y fueron muy lejos; esto es un oprobio, mas no se aperciben. / ¡Cuantos musulmanes se han visto humillados por el mono más vil de los politeístas!... / !Corre a degollarle, sacrifícale pronto, que es cordero cebón! / Con ninguno de su ralea seas menos duro, que todos amasan inmensos tesoros... / No creas que matarles es felonía, la traición es dejarles cometer abusos...

Esos versos, ligados a una de las pocas reacciones antijudías ocurridas en al-Andalus, acabaron con el encumbramiento de los Nagrela, iniciado por Samuel, que desde Málaga se había trasladado a Granada y empezado a trabajar en la secretaría del primer soberano ziri, Habus, siendo llevado por sus correligionarios al cargo supremo de su comunidad judía, el de nagid, en 1027, no cesando de ascender hasta su muerte, en 1050-57, cuando le sucedió su hijo Yusuf o José, nacido en 1035, y cuidadosamente educado por su progenitor. Prieto Vives acertó describirles:

Samuel, uno de los hombres más ilustres de su tiempo y el único judío que llegó a tal puesto en un estado musulmán; sus condiciones de carácter debieron ser extraordinarias para alcanzar, por una parte, la absoluta privanza de un hombre como Badis b. Habus, mientras a la vez se captaba las simpatías de los musulmanes, que admiraban su vasta cultura literaria, y José, su hijo, que no debió heredar su tacto especial por cuanto se enajenó con su vanidad la simpatía de musulmanes.

Los Sinhaya, los siempre presentes Sinhaya, aprovecharon esta oportunidad para ganar el terreno perdido: Con estos sucesos se envalentonaron los Sinhaya y mostraron con sus hechos poca sumisión al soberano, que tenía que hacer frente a los tumultos que estallaban contra él por todas partes. Dichos Sinhaya se convirtieron en visires y ocuparon los altos puestos del Estado. Badis b. Habus pidió ayuda a Yahya al Mamun de Toledo para recuperar su territorio y luchar contra Almería. Recuperó Guadix y Al Mutasim le pidió perdón. Yahya al Mamun eligió ser premiado con la plaza de Baza. A todo esto, los jiennenses se cansaron de su independencia bajo Maksan b. Badis y el régulo de Granada recuperó la soberanía. Maksan se refugió en Toledo, hasta que fue de nuevo recibido en Granada, pero allí actuó tan mal que no llegó a ser nombrado heredero.

La última gesta granadina, en tiempos aún de Badis b. Habus, fue cobrar Baeza, quitándosela a Ali b. Muyahid de Dénia. Y murió Badis b. Habus, el 20 de sawwal de 465/30 de junio de 1073. Fue uno de los más importantes reyes de taifas. Se había titulado al-Nasir y al-Muzaffar, como muchas veces le llama su nieto Abd Allah en sus Memorias, aunque no inscribió tal título en sus monedas, en las cuales continuó la serie hammudi, cuando sus califas ya estaban extinguidos.

Alguna de sus monedas, sin fecha, menciona como heredero a su hijo Buluggin b. Badis llamandole al-hayib Sayf al-Dawla, que habia fallecido en 1063-64. Badis b. Habus aun dejaba tras sí a su hijo Maksan, gobernando de nuevo Jaén cada vez con mayor autonomía, hasta que la taifa de Sevilla se la arrebate, en 466/1074; y también a dos nietos, hijos ambos de su hijo Buluggin: el mayor, Tamim al-Mu'izz y al-Mustansir, con ambos títulos en sus monedas, parece que nunca llegó a ser designado heredero por su abuelo, y en las Memorias de Abd Allah sólo se señala la preferencia en que alguna vez le tuvieron algunos círculos y todas las princesas, que habían sido muy bien tratadas por él, le amaban en memoria de nuestro difunto padre. Todas estaban, pues, concertadas con el judío para matar a Maksan y nombrar presunto heredero a al-Mu'izz.

Tamim residía en Málaga, donde Badis b. Habus había designado primero a un jeque sinhayí hasta que el príncipe tuviera edad para gobernarla, lo cual empezó a ocurrir entonces, hacia 1073, cuando su hermano Abd Allah accedió al trono de Granada, del cual se fue declarando cada vez más independiente, hasta llegar a ocuparle castillos y estallar una guerra entre ambos hermanos, consiguiendo Abd Allah victorias, hacia 1082, que no acabaron con sus hostilidades, de las que el emir almorávide Yusuf b. Tasufin hubo de ser árbitro.

El menor de los nietos conocidos de Badis b. Habus era Abd Allah, que residía en Granada cuando murió su abuelo, y su juventud animó seguramente a los jeques Sinhaya a preferirle como sucesor, invistiéndole del poder, para el cual tomó los mismos títulos precisamente que su antecesor, al-Muzaffar y al-Nasir, presentes también en sus monedas, junto con su kunya de Abu Muhammad. Los jeques de Sinhaya pusieron como tutor suyo a uno de ellos, llamado Simaya, que ejerció nueve años como gran visir, al frente de todo.

Había nacido Abd Allah en 1055-1056, En 465/1073, cuando accedió al poder, tenía unos diecisiete años, y le quedaban otros tantos hasta 483/1090, en que fue destronado por los almorávides y desterrado al Magreb, donde murió en Agmat en fecha desconocida. Sus Memórias son un valiosíssimo documento de su historia, muy bien resaltadas hasta ahora por Levi Provençal, Menéndez Pidal, García Gómez y Tibi.

Aunque escritas años después para justificarse y ensalzar la política de los almorávides, contienen todas las referencias esenciales a la decaída situación de las taifas en el último cuarto de aquel siglo, sus rebatiñas territoriales legitimadas por la fuerza o por la elección sobre la marcha de los habitantes, sin que valiera remontarse a lejanas concesiones de olvidados califas, por lo cual Abd Abd Allah no tiene en cuenta la posible donación de Elvira-Granada a los Zīríes, sino la entonces ya más efectiva convocatoria de sus pobladores, cuya conflictiva diversidad —como ha descrito muy bien García Gómez: andaluces, árabes y muladíes; bereberes, tanto Sinhaya... como Zanata; muchos mozárabes; judíos en gran número— se agravaba porque en la cúspide rectora faltaba la mano firme y dúctil que estructurara las distintas fuerzas en el quicio armónico del Estado, dedicándose en cambio a inter aniquilarse y a aniquilarlo, cada uno intentando ganar por su lado, familia real y visires de Șinhaya, pugnas familiares escindidas de Maksan en Jaén y Tamim en Málaga, las otras taifas con sus pretensiones, y Alfonso VI con quien mal lo pasó Abd Allah, y que se decía su amigo, pero que, ducho en conocer a los hombres, le juzgaba tal como era y apretaba un poco más cada día el nudo corredizo que le tenía puesto en la garganta.

Claro está que Abd Allah fue incapaz de superar tanta conflictividad acumulada y que, seguramente, no supo discernir a tiempo, por mucho que después ofrezca un juicio bastante razonador de sus actos en sus Memorias. Si de verdad los hubiera previsto, no habría caído en sus trampas. Cobarde... asustadizo, dado a los placeres, y que confiaba los visiratos a ignorantes, que conocía la retórica y las ciencias profanas; buen versificador..., buen calígrafo, dicen sobre él las fuentes antiguas, con lo cual todo está dicho.

Su reinado se inició con el agrio sabor de la presión cristiana. Alfonso VI le cogió Alcalá la Real y envió a Pedro Ansúrez a pedirle parias. Se negó Abd Allah. Ibn Ammar, el visir de Sevilla que empezaba ya sus tremendas desmesuras, quiso aprovechar esta negativa para unir al castellano y a la taifa sevillana contra Granada, su más pertinaz enemiga, y juntos alzaron contra ella el castillo de Belillos, haciendo desde él al Mutamid alardes de fuerza contra Abd Allah, que a punto estaba de ceder a las parias, cuando al Mamun de Toledo ocupó Córdoba, en yumada 11 de 467/enero-febrero de 1075, y hasta su muerte, seis meses después, los sevillanos concentraron en este problema sus fuerzas, dejando Belillos y ocupándolo Abd Allah.

Volvió Ibn Ammar a incitar contra Granada a Alfonso VI en 1078, quizá después de que Sevilla se desquitara ocupando Córdoba. Esta segunda vez sí pagó Abd Allah 30.000 meticales, con regateo que cuenta en sus Memorias, y hubo firma de un pacto con Castilla, comprometiéndose el granadino a pagar 10.000 meticales anuales, entregar Estepa, Castro del Río y Martos (que eran posiciones importantes frente a la Córdoba ya sevillana o a punto de serlo) a cambio de Alcalá la Real —que antes, como primera coacción, le había cogido Alfonso VI— y de Bedmar (Matmar), que aún era de los Du l-Nun de Toledo, a los cuales manipulaba ya tanto el castellano.

En éstas, el malévolo visir sevillano Ibn Ammar salió de este escenario, bien porque fuera ya a incordiar en Zaragoza, donde se refugió entre mayo de 1082 y julio de 1084, bien porque ya hubiera logrado acabar con él su antiguo amigo y soberano al Mutamid, en 1086-1087, el caso es que ambos régulos vecinos, el de Sevilla y el de Granada, por encima de su antagónica tradición, se aliaron, pesando sobre ambos la espada extranjera..., la amenaza cristiana, ante la cual, si no podían ayudarse, según expresivo pasaje de las Memórias , en refuerzos materiales, por nuestra debilidad, podíamos al menos asociarnos en las negociaciones, en la adopción de resoluciones….

Curiosas relaciones, apaciguadas en la perspectiva de Abd Allah, reflejando más lo que debió ser que acaso lo que fue, pues nada dice en sus Memórias sobre la ocupación de Jaén por al Mutamid de Sevilla, aunque sí menciona algunos episodios de buen entendimiento y otros ya de tensiones, después que la llegada de los almorávides abriera nuevas brechas entre las taifas.

Hacia 1082 empezaría Abd Allah a prescindir de su visir Simaya y a ocuparse más directamente de todo. Ello le costó hostilidades; por ejemplo, con los gobernadores de Almuñécar y Guadix, Simaya acabó trasladado a Almería, y alentó algún conflicto entre ambas taifas, por sus fronteras de Fiñana y Cerro Montaire (Muntawri). Pero Abd Allah vuelve a mostrarse amistoso en sus Memórias y cuenta como tras alguna lucha, por ejemplo en Torralbas, donde venció, no le importó desmantelar los siete castillos y hacer paces con Abu Yahya Muhammad al-Mutasim. Unos años antes éste le había ocupado Baza y Siles, trocado por Sant Aflay.

Poco después, hacia 1082-1083, Tamim de Málaga empezó a atacar a su hermano Abd Allah. No le bastaba con su independencia, máxima, simbolizada en sus monedas, de las que conocemos ejemplares desde 474/1081-82. Por tierra y mar Tamim atacó Almuñécar y Jete. Contraatacó Abd Allah y una veintena de castillos malagueños se le sometieron. Su hermano le pidió perdón, y Abd Allah, con esa perspicaz generosidad de que hace gala a posteriori, le dio Riana y Jotrón y los castillos de la Garbía, como Cártama, Mijas, Comares (Humāris?) y además Cámara, aunque le privé de otros territorios, de cuyos habitantes era de temer que, instigados por él, perturbaran mis dominios, es decir, las rebeldías locales estaban latentes, y aún tuvo que reducir Abd Allah las de Archidona y Antequera, y seguir aplacando conjuras de funcionarios en su misma corte, como la de los Banu Tagnawt.

El final se precipitó. El 10 de muharram de 478/25 de mayo de 1085, Alfonso VI entró en Toledo. Una delegación de notables de Sevilla, Badajoz y Granada acudió pidiendo ayuda a Yusuf b. Tasufin, emir de los almorávides, que pasaron a la Península y vencieron a Alfonso VI en Sagrajas-Zallaqa, en 479/1086, donde dio su vida el disipado príncipe ziri Maksan, que no había servido para reinar en Granada.

La llegada, por una parte salvadora, de los almorávides abrió nuevas brechas en Granada al dar ocasión a que, puestos en contra o a favor de ellos, nuevos partidos e intereses quisieran sacar provecho. Por un lado, ¡cuánto les alaba Abd Allah, poniéndose a resguardo en sus Memórias cuando ya estaba en sus garras!; por otro, ¡cómo se alarma, desde la campaña de Aledo, en 1088, con las amenazas que capta en el almorávide Garur! Además, la presencia del ejército almorávide y estas batallas de Zallaqa y Aledo requieren más dinero y suben los impuestos, las protestas de los súbditos granadinos fueron utilizadas por el alfaquí Abu Yafar Ahmad b. Jalat al-Gassan al-Qulay'i en su propio beneficio, aprovechando además el haber actuado como embajador granadino ante Yusuf b. Tasufin en la mencionada embajada de notables andalusíes: con sus intrigas, un nuevo daño afectó a Abd Allah, hasta que pudo destituirlo.

Todos estos problemas de su inseguridad administrativa y económica, más el no acabar de ver claras las intenciones de los almorávides, llevaron a Abd Allah a pactar con Alfonso VI y a darle parias, pagándole incluso las tres anualidades —1086 a 1088, o bien 1087 a 1089—, en que, con las espaldas cubiertas por la presencia almorávide, nada había pagado. Ahora, temeroso de protestas por parte de sus súbditos, que ya clamaban por los abusos impositivos, pagó Abd Allah los 30.000 meticales atrasados de su propio peculio. Enterado Yusuf b. Tasufin de estos pasos, escribió a Abd Allah con reproches.

Ocurrieron otras rebeliones, como la de los judíos de Lucena y la del ejército regular de los Zanata, o la de cortesanos, como Mu'ammal, alzado en Loja, aparte de la incesante inquina de Tamim desde Málaga, y un último enojo de al Mutamid creyendo que Abd Allah le quitaría Murcia, y la final traición de sus embajadores —el cadí Ibn Sahl entre otros— ante Yusuf b. Tasufin que ya venía a atacarle. Abd Allah había pensado que siendo también un Sinhaya, de la rama Talkata, como lo era también el emir almorávide, de la rama Lamtuna, se salvaría, pero solo le cupo el privilegio de ser el primer régulo de taifas destronado.

En el verano de 483/1090, hacia junio, cruzó Yusuf b. Tasufin por tercera vez a la Península. Le inquietaban los tratos de Abd Allah con Alfonso VI, y estudió el caso con al Mutamid en Córdoba; éste echó más leña al fuego. El emir almorávide convocó a Abd Allah, que no compareció, y entonces escribió a sus caídes para que, cesando en la obediencia ziri, se pasaran a los almorávides. Yusuf b. Tasufin avanzó hasta Belillos, provisto de fetuas en contra del rey de Granada y del de Málaga por sus tratos con los cristianos y sus impuestos ilegales.

La población entera de la taifa de Granada, en todas sus variedades y cada uno por sus propias ventajas, esperaba entusiasmada a los almorávides, como repasa con amargura Abd Allah. Tras sopesar sus posibilidades y rechazar al final pedir ayuda cristiana, salió al encuentro de Yusuf b. Tasufin y se rindió, el 10 raġab de 483/8 de septiembre de 1090. Después fue desterrado al Magreb y acabó su vida en Agmat. Seguramente al mes siguiente, los almorávides destronaron a Tamim y ocuparon Málaga, llevándole también al Magreb e internándole en Marrakech. El imperio almorávide había comenzado a actuar en al-Andalus.

VIGUERA MOLINS, Mª Jesús, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo VIII-I pág. 42-50.

Zawí b. Zirí

Datos biográficos

Régulo de Granada: 1013-1020
Sobrenombre: al Sinhayi
Sucesor: Habus b. Maksan Zirí

Biografía

Caudillo beréber activo a principios del s. IX. Provenía de una de las tribus Sinhaya norteafricanas, en cuyas disputas se vio envuelto, causa probable de su paso a la Península. En Córdoba sirvió como mercenario beréber al caudillo amirí Almanzor y, más tarde a su hijo, Abderramán Sanchuelo. Tras la muerte de este y el inicio de la fitna (1009), tomó partido por el pretendiente beréber al trono califal, Sulayman al Mustain (1009, 1013-1016), frente al omeya Muhammad II al Mahdi (1009, 1010).

Así, tras concluir una alianza con el conde Sancho I García de Castilla (995-1017), ambos ejércitos, el beréber y el castellano, avanzaron sobre Córdoba, y tras derrotar al ejército de Muhammad II al Mahdi en las cercanías de Alcolea de Córdoba y saquear sus arrabales, tomaron la capital del califato (8-XI-1009), donde al día siguiente Sulayman al Mustain fue entronizado.

No obstante, la derrota en el Vacar (V-1010) supuso la pérdida de Córdoba en manos de Muhammad II. Repuesto en el trono el antiguo califa omeya Hisam II (976-1009, 1010-1013), Zawí dirigió un largo asedio de los beréberes a la capital, que fructificó finalmente con la reposición de Sulayman al Mustain y un nuevo saqueo de la ciudad por las tropas beréberes. Sulayman al Mustain recompensó a Zawí con el feudo de Elvira (Granada), que Zawí convirtió en centro de sus dominios y, posteriormente de la dinastía zirí.

Se declaró vasallo del nuevo califa hammudí, Ali b. Hammud (1016-1018), a la muerte del cual rechazó un intento de invasión de su cora por un nuevo y efímero pretendiente omeya al trono califal, Abderramán IV al Murtada (1018). Poco después decidió volver a su patria norteafricana, seguramente con la intención de tomar el mando de la ciudad de Qayrawan, no sin antes delegar el gobierno en sus hijos y un consejo de ancianos, aunque finalmente quien accedió a él fue su sobrino Habus b. Maksan Zirí.

VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XXII pág. 11024.

Habus b. Maksan Zirí

Datos biográficos

Régulo de Granada: 1020-1038
Predecesor: Zawi b. Zirí
Sucesor: Badis b. Habus

Biografía

En 1019-20, o quizás en 1025 según Ibn al Jatib, Zawi b. Zirí al Sinhayi, fundador de la taifa de Granada, abandonó al Andalus para regresar a Ifriqiya, su tierra. Su sobrino, Habus b. Maksan, se hizo cargo de toda la taifa, desplazando a los propios hijos de Zawi b. Zirí ayudado por el poderoso caíd granadino Abu Abd Allah b. Abi Zamamin. Afirma el emir Abdállah, su descendiente y último rey de la taifa, en sus Memorias, El siglo XI en primera persona, 91-92, que en cuanto Zawi b. Zirí decidió volver a su tierra y se alejó en su camino de regreso a Ifriqiya, Habus fue convocado por los delegados de aquél por ser considerado el más adecuado para gobernar la taifa y, atendiendo rápidamente a la llamada, los Sinhaya le acogieron con muestras de obediencia y de sumisión a su autoridad.

Habus había llegado a al Andalus con su tío, el mencionado Zawi b. Zirí, jefe del clan tribal de los Ziríes, beréberes Sinhaya de la rama de los Baranís, que emigraron a principios del s. XI tras las diferencias habidas con Badis b. al-Mansur b. Buluggin b. Ziri, señor de Ifriquiya (996-1016). Según señala el emir Abdállah, entre los jefes beréberes que pasaron a territorio andalusí en tiempos de Abd al Malik al Muzaffar, hijo y sucesor de Almanzor, destacaban Zawi b. Zirí y su sobrino Habus b. Maksan.

Había sido califa Sulayman al Mustain —según informa Ibn Idari— en medio de la gran confusión causada por la fitna beréber y en respuesta a la ayuda recibida por estos y otros beréberes nuevos, quien concedió Ilbira a los Sinhaya. Informa Ibn Hamad en la obra de Mª Jesús Viguera, que instalados los ziríes en Ilbira y extendiéndose hasta Jaén, acordaron crear dos áreas, separadas aunque conectadas, y Zawi b. Zirí quedó al frente de la de Ilbira, mientras su sobrino Habus b. Maksan regía el resto.

Según informa el emir Abdállah, Zawi b. Zirí decidió instalarse en una sede propia y se trasladó al cercano lugar de Granada, mientras Ilbira quedaba arruinada y los habitantes del antiguo lugar empezaron a construir sus hogares en el nuevo emplazamiento. Con el traslado de la capital comenzó la edificación de la que habría de convertirse en una gran ciudad. El núcleo urbano se inició en la colina situada junto a la orilla derecha del río Darro y posteriormente se extendió hacia la zona llana donde se levantó el conjunto de edificios que dieron lugar al espacio principal de la ciudad.

Los emires se instalaron en la alcazaba vieja y tanto este emir como sus sucesores mantuvieron como objetivo principal la edificación de la capital, de manera que, en palabras de al Idrisi (s. XII) fueron consolidadas sus murallas y construida su alcazaba por Habus al Sinhayi, a quien sucedió su hijo Badis b. Habus, en cuyo tiempo fue completada la edificación de Granada y su poblamiento, que aún continua. Habus se mantuvo al frente de la taifa granadina desde la partida de Zawi b. Zirí a Ifriqiya (1019-1020 ó 1025), como quedó dicho, hasta su muerte, en 1038, siendo sucedido por su hijo Badis b. Habus y posteriormente por su bisnieto Abdállah, que alaba en sus Memorias su acertada organización judicial, económica y militar, así como la seguridad general conseguida por él.

Este retrato halagüeño de sus Memorias —en traducción de E. García Gómez, El siglo XI, 92— dice así: Habus b. Maksan encontró despejado su camino y procedió de la mejor manera y de la forma más equitativa. Delegó en los caídes de sus tierras la misión de dictar sus sentencias, y él apenas intervenía en nada, guardándose muy bien de cometer algún acto prohibido por la religión ni sacar dinero a sus súbditos. Las gentes le amaban, ya que en su tiempo estaban seguros los caminos, eran raros los desórdenes y desapareció la injusticia.

Según la misma fuente, había sido un gobernante de gran habilidad hasta el punto de que dividió el territorio en circunscripciones militares y para estas animó a cada unos de sus caídes a reclutar cierto número de soldados. De esta forma todos los contríbulos de Habus eran señores del territorio que les había sido asignado y con ellos consiguió un consejo de aliados, que sentían la satisfación de ser dirigentes militares, gobernadores de su propio territorio y partícipes de los asuntos de la taifa. Crecieron durante su gobierno los efectivos del ejército y se reforzó la disciplina militar entre los soldados. Era proverbial su amor por los Sinhaya, y su delicadeza y benevolencia para con sus colaboradores, consiguiendo con todo ello una gran solidez para con su taifa.

En lo que se refiere a su política exterior, mantuvo buenas relaciones con el eslavo Zuhair de Almería y reconoció, como su antecesor, a los califas hammudíes, procurando reforzar el grupo de aquellas taifas beréberes frente al expansionismo del los abbadíes de Sevilla, ayudando también contra ellos a los Birzalíes de Carmona que, poco después de la muerte de Habus lograron —en octubre de 1039— vencer a los sevillanos en Écija.

La sucesión de Habus por su hijo Badis b. Habus, decidida por aquél en vida, fue aceptada por su otro hijo Buluggin b. Habus pero discutida por su sobrino, Yaddayr b. Hubasa, que mantenía la esperanza de convertirse en su legítimo sucesor puesto que había ejercido como colaborador de Habus y dado que, según Abdállah resolvía con inteligencia y pericia todo asunto de responsabilidad que se le recomendaba. Pero la evolución dinástica estatal se consolidaba y el asunto se resolvió a favor de la transmisión patrilineal que, a pesar de no ser habitual en grupos clánicos, se instauró y consolidó entre los ziríes granadinos. Habus b. Maksan murío sin haber dejado moneda acuñada con su nombre.

ROLDÁN CASTRO, Fátima, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XXV, págs. 521-523.