Taifa de Córdoba

Introducción a la taifa

Régulos de Córdoba

Abu al Hazm Yahwar, 1031-43
Abu al Walid, 1043-63
Abd al Malik, 1063-70

Introducción a la taifa

Hasta que los notables de Córdoba no decidieron abolir el califato y deponer al omeya Hisam III al Mutadd, el 30-XI-1031, Córdoba había seguido como ilusorio poder central, y solo a última hora anduvo el camino de las otras taifas y se tornó una más, aunque siempre pesó sobre ella la aureola de su historia; igual que en otros centros urbanos —pero este más—, con amplio funcionariado y destacada aristocracia, emergió de sí mismo el recambio de poder, en general asumido por el grupo de sus notables, en informal corporación municipal, en yama´a, presente también en los comienzos autonómicos de Toledo y Sevilla o en algún momento decisivo del periplo de otras, como Valencia y alguna otra.

Y entre esos notables pronto se destacó, o le encomendaron la responsabilidad, al Yahwar, jeque de la comunidadsayj al yama´a, como le llama Ibn al Jatib, sobresaliente por situación familiar y por las circunstancias de su actuación política en años inmediatos: Los Banu Yahwar pertenecían a la gran familia de los Banu Abi Abda, clientes de los omeyas de Damasco, y llegados a al Andalus desde mediado el s. VIII para significarse como visires y otros cargos de los omeyas de Córdoba y también de Almanzor, de quien el padre de al Yahwar, llamado Muhammad, había sido secretario particular, y al Yahwar también de Abderramán Sanchuelo, además de visir de Sulayman al Mustain, por lo cual Ali b. Hammud acabó encarcelándolo; así que al Yahwar encabezó el alzamiento en Córdoba contra los Hammudíes, erradicándoles de allí desde 1023, alzando después omeyas al califati hasta no poder más, en 1031.

VIGUERA MOLINS, Mª Jesús, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo VIII-I pág. 104-105.

Abu al Hazm b. Yahwar

Datos biográficos

Régulo de Córdoba: 1031-1043
Fallecimiento: 6-VIII-1043
Sucesor: Abu l-Walid

Biografía

Con gran acierto evitó Yahwar, al desempeñar el poder, que pudieran encontrársele reminiscencias del turbulento periodo pasado, soslayando todas las prerrogativas califales o siquiera soberanas, y así imprimió a su ejercicio de autoridad la apariencia de una república burguesa, poniendo él mismo como condición que actuaría en triunvirato con otras dos personas, Muhammad b, Abbas y Abd al Aziz b. Hasan, que fueron por él mismo elegidos entre sus parientes y allegados.

Las fuentes alaban su actuación política, muy consciente de las peculiaridades y circunstancias de la taifa cordobesa: restableció el orden cívico, licenció a las tropas beréberes, excepto a un contingente manejable de Yafraníes, y los reemplazó por una milicia ciudadana, restableció la judicatura, enderezó la economía y regularizó los impuestos, aunque, como observa el crítico Ibn Hayyan, que estuvo al servicio de los Banu Yahwar, ya este primer régulo se hizo riquísimo.

Una descripción interesante de sus actuaciones nos la ofrece un cronista de tiempos almorávides, al-Marrakusi:

Era Yahwar ingenioso, reservado, sólido de juicio y muy capaz en la gestión. Con su habilidad habla sabido sustraerse de las revueltas ocurridas antes y, manteniéndose a resguardo de aquellas, había seguido dando muestras de rectitud, religiosidad y honradez, pero en cuanto se le quedó el campo libre, vació de pretendientes al poder, concretándosele la oportunidad, saltó sobre ella y asumió el gobierno de Córdoba y se encargó de la defensa del Estado. Mas no pasó a ejercer el boato del mando, sino que siguió su hábito ya dicho de manifestare con modestia y, más aún, lo asumió de un modo sin precedentes pues se colocó a sí mismo como depositario del cargo, en tanto apareciese alguien al que unánimemente todos dieran el poder, al cual, entonces, él se lo entregaría. Asignó porteros y servidores a los alcázares [califales], tal como habían estado en los días de la dinastía omeya, pero no se trasladó a vivir a ellos y siguió en su casa. Los beneficios que producían las propiedades califales los puso bajo control de unos hombres a los que encargó de ello expresamente y que él mismo supervisaba. A las gentes de los zocos las convirtió en soldados suyos (yund) y sus estipendios los constituyó como un capital que estaba en sus manos y a su cuenta y cuyos dividendos cogían, quedando el capital a salvo, de lo cual se les pasaba control en cualquier momento para saber qué tal lo guardaban. Les distribuyó armas y los ordenó tenerlas en sus tiendas y en sus casas, de modo que si cualquier cosa les sobrevenía de día o de noche, cada uno tuviese sus armas junto a sí, se hallara donde se hallanse. Yahwar asistía a los funerales y visitaba a los enfermos, tal como hacen las gentes de bien, y no por eso dejaba de administrar el poder como podían hacerlo los reyes dominantes Era sereno y apacible. Córdoba, en los días de su gobierno, fue como un recinto improfanable en que todo medroso podía hallarse a salvo.

La mayor confrontación de su papel como depositario del cargo, en tanto apareciese alguien..., como indica el texto anterior, ocurrió ante la proclamación en Sevilla de un califa que el cadí-soberano Muhammad b. Ismail b. 'Abbad había alzado en su propio beneficio, urdiendo la ficción de un Hisam II reaparecido, en 1035. Yahwar tenía que saber la más plausible versión de la historia; que Hisam II había muerto cuando la cruel segunda entrada de al Mustain en Córdoba, en 1013, pero no le interesó oponerse a la ilusionada credulidad de las gentes, sobre todo teniendo a algún pretendiente hammudi pululando todavía en Carmona, y se avino a reconocer a Hisam II, en noviembre de 1035, enviándole el acta de reconocimiento y carta de felicitación redactadas por el gran secretario Abu Hafs Ahmad b. Burd a Sevilla, empezando a mencionarse el nombre de Hisam II al-Mu'ayyad en los rezos oficiales.

Las pretensiones de Ibn 'Abbad eran más grandes, pues quiso que el califa volviera a su alcázar cordobés, y eso ya no lo consintió Yahwar, que, para enfriar las ilusiones de sus conciudadanos, envió una embajada a cerciorarse de la personalidad del pretendido Hisam, embajada que tornó más bien decepcionada, Yahwar suprimió su reconocimiento a Hisam, y ya en las monedas yahwaries conservadas, de 1048 a 1051, el califa es, por reverencia, el abbasí o quizá genérico 'Abd Allah. De todos modos, Yahwar debió retirar su reconocimiento al falso Hisam en 431/1039, cuando Ismail, hijo del cadí y hayib sevillano, marchó contra Córdoba.

Es notable la actividad diplomática de Yahwar, encaminada buena parte de ella a arbitrar muchos de los litigios que por doquier estallaban entre las taifas. Intercedió por los almerienses, prisioneros de Badis de Granada tras la invasión y muerte de Zuhayr, en 1058, y medió en las luchas entre Badajoz y Sevilla; acogió al hijo de Sabur desplazado de Badajoz y a otros exiliados; esta política conciliatoria la continuaron los otros Banu Yahwar, pues a Córdoba vinieron a refugiarse, más adelante, los Bakríes y el último hammüdí, unos y otro desplazados por el régulo de Sevilla, No fueron los únicos, los Banu Yahwar, en acoger a desterrados por los conflictos taifales, pues al cundir las acometidas hubieron de multiplicarse los refugios. Ahora bien, sí tuvieron los Banu Yahwar un embajador de categoría en la persona del poeta y visir Ibn Zaydun, aunque acabó cayendo en desgracia, porque no todo era bonanza, tampoco, en Córdoba.

Yahwar, en su actuación republicana, no designó sucesor, como tampoco llevó títulos, pero la fuerza de los hechos hizo que el poder recayera en su hijo Abu l-Walid, que ya tomo el título de al Rasid. Yahwar murió el 6-VIII-1043.

VIGUERA MOLINS, Mª Jesús, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo VIII-I pág. 105-107.

Abu al Walid Muhammad

Datos biográficos

Régulo de Córdoba: 1043-1063
Sobrenombre: al Rasid
Predecesor: Abu al Hazm b. Yahwar
Sucesor: Abd al-Malik

Biografía

Abu l-Walid Muhammad al-Rasid fue muy alabado en su acción de gobierno por los cronistas, aunque no debe olvidarse que el principal de ellos, Ibn Hayyan, era secretario suyo, y le colocó, como él mismo dice, entre las gentes distinguidas, a pesar de mis flacos merecimientos; salió al paso de mi estrechez, cuando me ahogaba ya la miseria, y me encargó completar el registro de la Cancillería Real (Diwan al-sultān), lo cual iba bien con mi formación y casaba con mis aficiones, dándome una generosa pensión.

Parece que, en efecto, durante los veinte años que mantuvo el poder, dio al-Rasid muestras de prudente gobierno, procurando que la situación siguiera normalizándose, levantando la confiscación de propiedades a quienes abandonaron Córdoba por la guerra civil, y devolviéndoselas a sus dueños, calmando ánimos, reduciendo a sus cauces el poder de algunas autoridades que, como los todopoderosos jefes de policía, en los tiempos del poder central, se habían extralimitado. Ello era necesario, pues todavía el rescoldo del califato omeya seguía encendido en su tiempo, alrededor de un hijo del efímero califa al Murtadà, cuyos partidarios empezaron a querer llevarle al poder, hasta que al-Rasidd le desterró de Córdoba.

Contó como visir con un personaje de pobre origen, que llegó a acaparar casi todo el poder, Abu l-Hasan ibn al-Saqqa , que fue, sin embargo, asesinado por Abd al-Malik, hijo y sucesor de al-Rasid, posiblemente por intrigas de al Mutadid de Sevilla, que ambicionaba Córdoba, hasta acabar su sucesor consiguiéndola. El asesinato ocurrió en 455/1062 siendo todavía Abd al-Malik presunto heredero, pero ya interviniendo en política todo lo posible para desbancar a su hermano mayor Abd al-Rahmān.

La rivalidad entre sus dos hijos llenó los últimos años de al-Rasid y fue la comidilla de los cordobeses, como señala Ibn Hayyan. Al-Rasid procuró arreglar su enfrentamiento encargando al mayor, Abd al-Rahmān, de los asuntos financieros, y al otro, Abd al-Malik, de los militares. Desde esta fuerza, contando con la preferencia paterna, accederá al poder, a pesar de sus pocas cualidades.

Al-Rasid siguió en todo los pasos de su padre, y también en su política armoniosa entre las demás taifas, componedora de guerras entre ellos, como cuando pelearon Sevilla y Badajoz, acogiendo a los desterrados señores de Niebla, Huelva y Algeciras, anexionadas todas por al Mutadid, que, desde 449/1057 al menos, había iniciado sus intentos de anexionarse Córdoba también. Enfermo al-Rasid, se retiró del poder en 1063 y le sucedió su ambicioso hijo Abd al-Malik.

VIGUERA MOLINS, Mª Jesús, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo VIII-I pág. 107.

Abd al Malik b. Muhammad

Datos biográficos

Régulo de Córdoba: 1063-1070
Fallecimiento: 1070
Predecesor: Abu l-Walid

Biografía

Con este tercer régulo yahwari se rompió la línea de actuación política que habían mantenido sus dos antecesores, que habían logrado la estabilidad interna y externa de la taifa cordobesa. Los cronistas acumulan sus características negativas: opresor y tirano, que se rodeaba de malas gentes y descuidaba el gobernar; así cundió la corrupción y la inseguridad, pero además

se dio prerrogativas que su abuelo y su padre declinaron aceptar, pues tomó los títulos de doble señorío (dū l-siyādatayn), de al-Mansür bi-llāh y de al-Zāfir bi-fadl Allāh. Los rezos se dijeron en su nombre desde los almimbares, cuando ni su abuelo ni su padre habían querido sobrepasar los atributos de visir, ni adoptar nada del boato que había correspondido a los omeyas.

La situación interna se deterioró, y también la neutralidad hacia el exterior, cuando tropas cordobesas ayudaron a las taifas de Carmona y de Ronda contra la de Arcos. Córdoba entró así en las querellas taifales, y las ansias de Toledo y de Sevilla por ocuparla no cejaron ya.

Primero el régulo de Toledo, al-Ma'mun, pidió la colaboración de al Mutadid, que con falaz promesa de ayuda logró concesiones del toledano, que fue apercibiéndose de su doble juego, desesperando de cooperación sevillana tras la muerte de al Mutadid y la ascensión de al Mutamid, en 461/1069. Así pues, se lanzó sobre Córdoba, y la sitió, mientras la ciudad no lograba reunir para su defensa más de doscientos jinetes, reclutados a toda prisa y descontentos contra su soberano, pero éste llamó en su auxilio al señor de Sevilla, que le envió un destacamento, ante el cual se retiró al-Ma'mun. El enzarzamiento no terminó ahí: las tropas sevillanas captaron la decadencia del poder yahwarí, y proclamaron en Córdoba la soberanía de al Mutamid. Abd al-Malik y su familia fueron desterrados, estableciéndose en la isla de Saltés, donde sólo sobrevivió poco más de un mes a su desgracia, muriendo el 15 de sawwāl de 462/27 de julio de 1070.

Me desposé con Córdoba la bella —cantaba un verso de al Mutamid—, la novia de reyes nuestra es, y en su alcázar hay boda; en duelo están los otros soberanos, temerosos. El poema nos testimonia las dimensiones del triunfo del rey-poeta sevillano, que, sin embargo, aún perdió su codiciada presa, entre yumādà I o II 467/enero de 1075, y safar o rabi I 471 septiembre de 1078, por el alzamiento allí de Ibn Ukasa, que proclamó a al-Ma'mun. Desde 1078 hasta que los almorávides la ocupen, en reñido combate, el 3 de safar de 484/27 de marzo de 1091, Córdoba, regida por un hijo de al Mutamid, llamado Abbad al-Fath, volvió a pertenecer a la taifa de Sevilla, que allí acuñó, incluso, una serie de sus ricas monedas

VIGUERA MOLINS, Mª Jesús, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo VIII-I págs. 107-108.