Muhammad VII

Datos biográficos

Sultán nazarí: 1392-1407
Sobrenombre: al Mustain bi-llah.
Fallecimiento: 13-V-1408
Predecesor: Yusuf II
Sucesor: Yusuf III

Biografía

El duodécimo rey nasrí se llamaba también Muhammad y tenía por kunya Abu Abd Allah y adoptó el sobrenombre honorífico de al Mustain bi-llah. Su ascensión al poder se produjo de manera irregular dado que era el hijo menor de Yusuf II y su entronización se realizó a costa del derecho legítimo del primogénito, su hermano Yusuf, de tan solo dieciséis años. Para tener controlado al legítimo heredero, lo recluyó en el castillo de Salobreña, que era utilizado como palacio de recreo y fortaleza vigía del litoral, funciones a las que añadió a partir de entonces la de cárcel real de los soberanos nazaríes.

Lógicamente, en esta conspiración debieron participar los altos dignatarios de la corte, quienes, probablemente, serían los que instigaran al adolescente Muhammad VII a desplazar a su hermano del trono que le correspondía. Alguno de estos funcionarios, como Ibn Zamrak, al que Yusuf II le había devuelto sus funciones, fue destituido y, en el verano de 1393, ejecutado. En esta época empiezan ya a aparecer en puestos destacados miembros de la familia de los Abencerrajes, los Banu Sarray, que tanto determinó la vida política del reino en el siglo XV. Concretamente, aparece como qaid Abu Yafar Ahmad b. Abd Allah b. al Sarray (m. 1404).

En política exterior Muhammad VII, en lugar de mantener las treguas y seguir la línea de su abuelo Muhammad V, que evitó la guerra siempre que pudo, reemprendió los ataques a Castilla e intentó aprovechar las divisiones internas en la corte castellana de Enrique III (1390-1406). Para ello envió una expedición hacia Murcia que incendió Caravaca en 1392 y que provocó la represalia cristiana con una victoria sobre los granadinos en el puerto de Nogalete cuando estos regresaban de su algazúa. A partir de ese momento se inició una serie de combates fronterizos y algaradas de ambos bandos con escaso alcance y con el solo objetivo de saquear y apoderarse de animales y cosechas, pero fueron cantera de actos heroicos que inspiraron los célebres romances fronterizos.

Sin embargo, y a pesar de estos incidentes y la entrada en la Vega de Granada del maestre de Alcántara en abril de 1394, las treguas se mantuvieron. Pero cuando Enrique III se hubo consolidado en el trono y la situación interior y exterior de Castilla se estabilizó, la guerra contra Granada volvió a plantearse como objetivo de estado a partir de 1404 e intentó implicar a Navarra y Aragón en un ataque contra Granada.

Por su parte Muhammad VII consiguió cerrar un acuerdo con Martín I el Humano de Aragón el 4-V-1405 y, además, se adelantó a los ataques castellanos en 1405, aunque con desigual fortuna: mientras que fue derrotado en Murcia, en el extremo occidental, consigue apoderarse de Ayamonte. Por otro lado, a primeros-VIII-1407, el sultán nazarí puso cerco a Jaén y luego algareó Baeza. Los numerosos ataques nazaríes a distintos puntos de la frontera fortalecieron la posición de los granadinos en las largas negociaciones, que se extendieron durante varios meses, para llegar a la tregua de dos años que se firmó el 6-X-1410 en Madrid.

Por ese mismo mes, el jueves 4 de octubre, las tropas nasríes entraron por Quesada y atacaron Baeza y cuando el ejército cristiano acudió a su encuentro fue diezmado en una sangrienta batalla trabada en el puerto de los Collejares, cerca de Quesada, en la que perdieron la vida numerosos nobles castellanos. Ante ello, Enrique III inició la preparación de una guerra general contra Granada y convocó Cortes para recaudar fondos necesarios y, aunque murió el 25-X-1406, su hermano Fernando —futuro rey de Aragón— y su viuda, Catalina de Lancaster, regentes de su hijo Juan II, de solo veintidós meses, prosiguieron la empresa.

Las condiciones económicas y demográficas de Castilla entonces ya permitían un ataque a gran escala para terminar con el reino nasrí. La campaña se emprendió a final de 1407 y los asaltos y ataques de uno y otro lado se fueron sucediendo. Sin embargo, en la narración de estos primeros enfrentamientos bélicos, las crónicas cristianas prácticamente no incluyen más que las victorias de los suyos o bien presentan las batallas de manera que no se puede casi atisbar más que alguna que otra retirada parcial: en febrero de 1407 los cristianos saquean Vera y Zurgena, en abril toman Huércal-Overa, aunque tengan que cederla después; en junio los castellanos toman Pruna y los musulmanes desisten del cerco de Lucena, vencen a las flotas de Túnez y Tremecén en Gibraltar, etc.; y todo ello, para mayor gloria de los cristianos, en clara inferioridad numérica y en peores condiciones que los musulmanes.

Excepciones son la toma y saqueo de Bedmar por un ejército granadino, eso sí, de enormes dimensiones. A pesar de todo el despliegue castellano, cuando, llegado el invierno, el infante don Fernando dio por terminada la campaña de 1407, la principal pérdida del sultanato nazarí era Zahara, que cayó el 2 de octubre, pues el asedio de Setenil fracasó ante la dura resistencia de los nasríes y la inoperancia de la artillería castellana, si bien fueron conquistadas algunas plazas menores durante la primera quincena de octubre, como Ayamonte, Cañete la Real, Torre-Alháquime, Cuevas del Becerro y Ortegícar.

Muhammad VII aprovechó el invierno para atacar Alcaudete el 18-II-1408 y estuvo asediándolo durante varios días en los que se desarrollaron diversas escaramuzas con los cristianos. Poco después, en abril de ese año, el sultán nazarí solicitó una tregua que, tras muchas discusiones, los castellanos le concedieron por ocho meses. Muhammad VII no pudo disfrutar de este armisticio porque falleció al mes siguiente, el domingo 13-V-1408 con menos de treinta y dos años, edad de su hermano mayor, lo que hace más probable la versión de su muerte envenenado con camisa herbolada.

La situación en la que que dejaba el sultanato granadino tras más de quince años de belicoso reinado era bastante difícil en el aspecto militar. Su ejército ya no estaba reforzado y estructurado por los combatientes de la fe meriníes, mientras sus enemigos gozaban de una mayor población, más recursos y un mayor dominio de la artillería, de todo lo cual estaban dispuestos a sacar partido para acabar con el emirato nazarí.

VIDAL CASTRO, Francisco, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 2000, Tomo VIII págs. 143-144.