Nazaríes de Granada

Historia del reino nazarí

Sultanes nazaríes

Muhammad I Ahmar, 1231-72
Muhammad II, 1272-1301
Muhammad III, 1301-1308
Nasr 1308-1313
Ismail I, 1313-1324
Muhammad IV, 1324-1333
Yusuf I, 1333-1354
Muhammad V, 1354-1390
Ismail II, 1358-1359
Muhammad VI, 1359-61
Yusuf II, 1391-1392
Muhammad VII, 1392-1407
Yusuf III, 1407-1417
Muhammad VIII, 1417-19
Muhammad IX, 1419-1454
Yusuf IV b. al Mawl, 1432-1432
Yusuf V b. Ahmad, 1445-46
Ismail III, 1446-1447
Muhammad X, 1453-54/55
Abu Nasr Sa´d, 1452-1462
Ismail IV, 1462-1463
Muley-Hacén,1464-85
Muhammad XI, 1482-92
Muhammad XII, 1485-1486

Historia del reino nazarí

Uno de los aspectos más singulares y sorprendentes del reino nazarí de Granada es su propia existencia. La cuestión de como llegó a consolidarse y mantenerse a lo largo de más de dos siglos y medio frente al poderío de los reinos cristianos, que cuando nacía el emirato nasrí acababan de conquistar todo el resto de al Andalus, es uno de los interrogantes y temas fundamentales de su historia que se han estudiado y abordado por numerosos investigadores sin llegar a una respuesta única y definitiva.

Precisamente esta es una de las cuestiones que resaltan el valor, transcendencia e importancia de la última dinastía de al Andalus. Durante el primer tercio del s. XIII se produjo el desmoronamiento del imperio almohade norteafricano y el final de su poder en al Andalus, donde se originó una nueva fragmentación de la unidad territorial en diversos reinos de taifas. Ambos hechos, junto con otras circunstancias, propiciaron la expansión militar y las conquistas castellano-leonesas y aragonesas, que no encontraban ya un poder central, ni almohade ni andalusí, que pudiera contenerlas.

Así, en menos de tres decenios, las tres cuartas partes del territorio andalusí de época almohade había pasado a manos cristianas. El proceso de avance cristiano parecía que iba a acabar con al Andalus y que no se iba a detener hasta completar la conquista de toda la Península, donde solo quedaba ya el rincón sudoriental en el que se había refugiado el levantamiento de Ibn al Ahmar, el fundador nazarí. Lo que en principio no tenía más posibilidades de supervivencia que el resto de los poderes locales, a mediados del s. XIII todavía se mantenía independiente y, más sorprendente aún, continuó, ya en solitario y como único bastión de al Andalus que aseguraba la permanencia del estado islámico, durante casi dos siglos y medio.

Desde el punto de vista de la historia política, la cuestión presenta dos fases. La primera es la supervivencia inicial, la constitución del reino más allá de una taifa temporal y, por tanto, el inicio de una vida independiente a pesar de la inferioridad militar y política frente a los reinos cristianos, en especial Castilla. La segunda es la pervivencia posterior, el mantenimiento y prolongación de esa vida durante un periodo muy extenso a pesar de una situación de inferioridad, e incluso, de debilidad extrema en la que se sumió durante diversos periodos.

Reino nazarí en 1482.Reino nazarí en 1482.

La singularidad y lo inesperado de ambos hechos han originado explicaciones de la más diversa índole y se han indicado numerosas causas. Esa variedad de explicaciones y causas aportadas es fruto, precisamente, de que ninguna de ellas es suficiente y definitiva. Por lo que respecta a la primera, las principales razones son la hábil diplomacia y realismo político del fundador, Ibn al Ahmar, quien supo negociar con Fernando III y admitir un vasallaje que le permitía formar su estado frente a otros competidores musulmanes, primero, y frente a los mismos cristianos, después, aunque el precio a pagar fuese alto. Además, Castilla estaba ocupada entonces en la conquista del Guadalquivir y le bastó el sometimiento del caudillo nasrí, que le proporcionaba el beneficio económico del tributo anual y la ayuda militar para continuar su avance hacia tierras más ricas e importantes que las sudorientales. Luego, varios decenios después, cuando Alfonso X quiso continuar la conquista del territorio nazarí se encontró con un reino más fuerte, organizado y consolidado, que además empezaba a contar con la ayuda exterior de los estados islámicos norteafricanos.

En cuanto a la segunda cuestión, la pervivencia del pequeño y débil emirato nazarí ante los grandes y poderosos reinos cristianos de la Península, las causas son más variadas y la explicación más compleja. Evidentemente, lo que se desprende de la historia política de los reinos cristianos y nazarí es que los primeros simplemente no pudieron lleva a cabo esa conquista del emirato nasrí y que si no lo hicieron sin duda no fue por falta de voluntad o interés, por mucho que en ciertos momentos prefirieran recibir parias a desencadenar una guerra abierta.

Los motivos más aducidos han sido los de carácter geográfico. El relieve montañoso constituía un obstáculo y defensa natural que fue completada y potenciada por fortalezas inexpugnables y ciudades fortificadas en las zonas más débiles. Igualmente, la salida al mar y la proximidad al N. de África, donde se habían constituido tres estados islámicos tras el desmembramiento del imperio almohade, facilitaron a los Nazaríes el recurso y llegada de la ayuda de sus correligionarios, sobre todo benimerines.

Esta última fue, no cabe duda, una de las claves más importantes del mantenimiento de los nazaríes: la ayuda benimerín en forma de intervención directa en suscesivas campañas en la Península Ibérica. Y no solo por la ayuda en sí, sino también por su papel en el equilibrio de fuerzas en las relaciones entre Castilla, Aragón y Granada. Sin embargo, la injerencia benimerín en la vida del sultanato nazarí supuso también una amenaza para su independencia, por lo que los emires granadinos debieron contrarrestarla mediante la alianza con los cristianos.

En este sentido, también hay que destacar como otro de los factores de pervivencia la enorme habilidad y destreza de la diplomacia nasrí al servicio de una magistral y sutil estrategia política que supo oscilar entre Castilla y el Magreb, básicamente, pero que también negoció con Aragón y Tremecén. Mediante múltiples alianzas los nazaríes pudieron mantener su independencia y conservar su reino frente a poderosos y amenazadores vecinos de las dos orillas, pues parece seguro que los meriníes habrían incorporado a sus dominios lo que quedaba de al Andalus de no habérserlo impedido los señores de la Alhambra con sus inteligentes maniobras.

Sin duda, en los siglos XIII y XIV los nasríes ganaron la difícil partida de ajedrez que se jugaba en el tablero político de la Península Ibérica, partida que se puede simbolizar de manera perfecta en una escena de las miniaturas de las Cantigas de Alfonso X el Sabio, donde un caballero cristiano y otro musulmán juegan una partida de este juego, cuya popularidad en la época seguramente no sea casual. Otros elementos internos relevantes fueron su gran potencial humano y económico, ambos adquiridos gracias a la gran concentración demográfica que proporcionó la emigración de los mudéjares y de los musulmanes procedentes de los lugares conquistados por los cristianos.

En el otro lado de la frontera, en la parte cristiana, también se encuentran factores y causas que es imprescindible tener en cuenta. Las luchas internas y conflictos que dividieron y asolaron Castilla jugaron un papel decisivo en la prolongación de la vida e, incluso, en el esplendor del sultanato nazarí. Junto a los elementos geoestratégicos y políticos, también tuvieron una importancia destacada los demográficos. La población, o mejor dicho, la falta de una población amplia que Castilla sufría, población que necesitaba para asentar y tomar posesión efectiva de las tierras conquistadas, que quedaban desiertas o con una mayoría musulmana, no le permitía proseguir una expansión que no podía consolidar. De hecho se ha demostrado que a finales del s. XIII existían grandes problemas para la repoblación de Andalucía. Córdoba, por ejemplo, se estaba despoblando.

Este fracaso del asentamiento y ocupación del elemento humano hacía casi imposible y que supusiera una gran pérdida económica la conquista del emirato nasrí, que no se podría repoblar y que, además, dejaría de pagar sustanciosa parias. En otro sentido, la población también jugó un papel en el terreno militar y logístico, pues la escasez de habitantes en la Andalucía cristiana obligaba a que el ejército necesario para la conquista del emirato nasrí procediera de lejanas tierras castellanas y leonesas, por lo que este ejército no podía permanecer en campaña largo tiempo; la conquista de Granada era una empresa que exigía mucho más que unos meses de guerra.

Incluso, se ha recurrido al factor psicológico de Castilla, según el cual esta no podía a mediados del s. XIII pensar o considerar la posibilidad de suprimir por completo un poder que había estado dominando la Península durante siglos y hasta poco tiempo antes. También desde el punto de vista psicológico se ha considerado que la detención del avance cristiano se debía a la relajación tras el gran esfuerzo realizado. Pero quizá resulte clarificador en este análisis observar, en lugar de comienzo y desarrollo, las causas de la caída final y analizar las circunstancias que la provicaron para deducir las que permitieron su mantenimiento.

Pues bien, la conquista final fue producto del creciente poderío cristiano, especialmente tras la unión de Castilla y Aragón, a la vez que de las divisiones internas y luchas sucesorias en las que Granada se hallaba envuelta y que la sumieron en un estado de suma debilidad e indefensión. A ello se sumó el contexto internacional: mientras que los conflictos exteriores de los cristianos de iban solventando, los estados norteafricanos —por su debilidad— y orientales —por su lejanía— no pudieron ofrecer ninguna ayuda efectiva al agonizante emirato nasrí.

Pero antes de llegar ese momento, Castilla había tenido, si bien no en tan buenas condiciones como en la segunda mitad del s. XV, oportunidad de acometer el ataque definitivo. Pero los castellanos tenían a su servicio en los musulmanes nazaríes a los mejores y más eficientes aparceros, artesanos y especialistas en todos los ámbitos de la economía rural y urbana. Al mismo tiempo, Aragón sobre todo, disponía de una sucursal comercial cercana que se abría al norte de África y Oriente. Por lo tanto, no tenían ninguna prisa ni necesidad alguna de acabar con este floreciente emporio, aunque sí había que someterlo y ponerlo a su servicio. Mientras los reyes castellanos lo entendieron así y sus circunstancias políticas interiores les impidieron emprender una guerra de conquista y eliminación durante el s. XV, el reino nazarí pudo sobrevivir.

Cuando los intereses religiosos y políticos, determinados por motivaciones ideológicas, primaron sobre los intereses sociales, económicos e incluso culturales del estado cristiano, se emprendió la conquista del ya reducido y debilitado Estado andalusí, que, además, ya era vasallo de Castilla. No se pudo o no se quiso ver el acierto y el beneficio para la Península cristiana que en la palabras atribuidas al condestable Álvaro de Luna se encerraban, con gran lucidez y perspicacia política, ante la posibilidad de conquistar definitivamente Granada en 1431, tras la batalla de La Higueruela.

¡Oh Rey! no sería provechoso para nosotros que se cortara aquel árbol que nos trae tales frutas.

En síntesis, los factores del mantenimiento del reino fueron las condiciones geográficas, la hábil diplomacia nazarí, el apoyo exterior meriní, los conflictos internos de Castilla, la falta de repoblación cristiana y el potencial demográfico y económico de los nasríes. No obstante, más allá de la enumeración de estos factores, todos válidos pero ninguno suficiente, la pervivencia del emirato nasrí fue producto de una conjunción de estos factores y resultado de una coyunturalidad. Fue la concurrencia, en cada momento, de circunstancias diferentes, específicas y favorables lo que le permitió mantenerse.

Primero fue un tratado de paz satisfactorio para Castilla; después fue la falta de repoblación cristiana y la intervención benimerín; luego la efectiva política de alianzas y los conflictos internos de los castellanos; pero, finalmente, cuando los asuntos exteriores permitieron a los ya unificados Castilla y Aragón concentrarse en la guerra contra Granada, la caída final, enormemente facilitada por las sangrientas luchas dinásticas nazaríes, solo fue cuestión de tiempo.

Para entender el nacimiento del emirato nasrí y situarlo en el contexto histórico que lo rodea es necesario remontarse a los últimos decenios de vida del imperio almohade en la Peninsula. La debilidad del poder central del imperio beréber masmuda tras la muerte del califa Abu Yaqub Yusuf II al Mustansir en 1224 y las querellas sucesorias subsiguientes originaron su progresivo desmoronamiento. Ello hizo que surgiera una serie de levantamientos de jefes locales en al Andalus que fragmentaron el terrotorio en unas terceras taifas, entre las que se encuentra la que se convertiría en el reino nazarí de Granada. Sin embargo, las dos taifas más importantes de este periodo de transición fueron las de los Banu Mardanis en Valencia y, sobre todo, la de los Banu Hud de Murcia, hasta el punto de que el fundador nazarí estuvo subordinado políticamente a los hudíes de Murcia durante algunos años.

Consecuencia, en gran parte, de esta situación de decademcia almohade y fragmentación andalusí fue un factor que tendría mucho más alcance e importancia que estos hechos en si mismos para la evolución política de al Andalus: el avance cristiano. La presión del reino de Aragón, por un lado, y la de Castilla y León, ambos unificados desde 1230 bajo Fernando III el Santo, por otro, produjo un enorme, irreversible y, a la larga, letal retroceso territorial. Avance cristiano cuantitativo y cualitativo, pues no solo se perdieron grandes espacios sino también casi todos los centros fundamentales, las ciudades emblematicas de los musulmanes (Mallorca, Valencia, Badajoz, Jaén Cádiz, Murcia), incluidos los dos enclaves estratégicos del sur —el corazón de al Andalus—: Córdoba (1236) y Sevilla (1248).

Perdidos los dos pilares que sustentaban y representaban la centralidad de al Andalus, su supervivencia estaba amenazada y solo la habilidad y capacidad política de Muhammad b. Yusuf b. Nasr impidió la desintegración total, ya que supo maniobrar en el agitado y turbulento s. XIII hasta alumbrar el nacimiento de la última gran dinastía islámica en la Península Ibérica, aunque fuese refugiada en un reducto sudoriental del territorio.

VIDAL CASTRO, Francisco, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 2000, Tomo VIII págs. 49-54.